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miércoles, 5 de enero de 2011

Lágrimas de luz

Oí hablar de Lágrimas de luz hace un par de años y ya entonces pensé que tenía que leer este libro. Tras hurgar un poco en los entresijos de la Red de redes prácticamente todo lo que encontré sobre ella y su autor eran parabienes y el título pasó a mi infinita lista de lecturas pendientes. Hará cosa de un año me topé con el libro en una librería de ocasión en Torremolinos, editado por Orbis en una colección que no me era ajena (varios de los títulos de su Biblioteca de Ciencia Ficción, al igual que otros de Grandes Novelas de Aventuras, orlan mis estanterías) y huelga decir que se vino a casa conmigo.

De Lágrimas de luz se ha afirmado desde que supuso un antes y un después en la ciencia ficción española o que dio inicio a la ciencia ficción moderna en nuestro país hasta que se trata de una space opera cargada de un lirismo magistral. No sabría si suscribir lo primero (hace mucho que salté de la ciencia ficción a la literatura fantástica más pura, salvo por el acercamiento a alguna que otra distopía o novela de ciencia ficción con trasfondo social de las que tenemos que hablar algún día por aquí) pero sí que es cierto que tras leer finalmente su historia he de decir que el libro me ha impactado poderosa y agradablemente.

La primera novela de un joven Rafael Marín Trechera (la escribió cuando tenía 22 años) nos sitúa en un futuro incierto, durante la Tercera Edad Media, con una humanidad inmersa en la inabarcable labor de conquista del Universo. La Corporación, con su centro neurálgico en Nueva York, en la antigua y desgastada Tierra, impone sus reglas y cada individuo no es más que un ínfimo y prescindible engranaje dentro de los objetivos impuestos. Como una nueva Roma, la Corporación extiende este nuevo imperio gracias a sus ansias de conquista imparable e implacable. No obstante, no duda en borrar todo rastro de aquello que no le es necesario en su crecimiento, devastando planetas e incorporándolos a sus dominios para extraer de ellos hasta el más mínimo recurso que le resulte de interés.

Los hombres cumplen su función y son desechados después. Soldados, escribidores (poetas) o meros obreros, todos están al servicio de la Corporación y son completamente prescindibles. La Corporación busca crecer, expandirse, y su manera de hacerlo es la guerra, aunque venga disfrazada de lírica y heroísmo en los cantares de gesta que cumplen su función ocultando los verdaderos horrores de aquella.
Casi un año más tardó el planeta en ceder y los nors en entregarse. Un año duro y difícil donde descubrí que los militares de la Corporación, a partir del grado de sargento, empiezan a hacerse más y más estúpidos, como si los galones no hicieran sino secarles el escaso cerebro que pudieran tener. Realmente, el nivel de incompetencia era espantoso. Los abusos de autoridad se repetían cada día ante mis ojos, sin que nadie de más alta graduación pareciera enterarse de todo aquello. Los soldados que se mataban allí eran hombres, protestaba yo en mi interior, y se merecían algo más que ser enviados a la batalla en manos de un inepto que iba a conducirlos a la muerte. Los nors eran unos enemigos formidables, de acuerdo, el sueño dorado de cualquier militar, pero aquello no justificaba los continuos descalabros de las patrullas de reconocimiento. Sólo una de cada tres volvía, y de ésta, la mitad de sus hombres estaban heridos o muertos. ¿La culpa? No lo sé. Mía, desde luego, no. Yo era un extraño en aquella inmensa parafernalia de correajes y uniformes. Yo no era nadie. ¿La culpa? A pesar de lo que había dicho Ares Wayne el día de mi llegada a bordo, la culpa la tenía el afán de protagonismo, la visión particular de los conceptos de hombría y honor, los deseos de añadir un galón rojo o amarillo a una manga sin que importase cuántas vidas, amigas o enemigas, había costado aquel ascenso. El honor se incrementaba si tus hombres morían berreando en un charco de fango.
Pero para que la guerra sea gloriosa ha de ser cantada. Así, los cantares de gesta que son recitados en diez mil mundos son tan imprescindibles como el propio acto de conquista. Por eso la Corporación no duda en mantener a un pequeño grupo de poetas que, tras ser instruidos en Monasterio, escriban sobre las gloriosas hazañas de los soldados. Sus poemas, si son aprobados tras pasar por el pertinente filtro de Nueva York, serán cantados por los juglares en miles de planetas iluminados por tantos otros soles, en naves de guerra y rompehielos, en navíos comerciales y lupanares. Sí, también allí, porque el sexo y las drogas son el pan y circo del nuevo imperio, la forma en que los humanos se evaden de sus miserias. 

Hamlet Evans, nuestro protagonista, es uno de aquellos jóvenes escritores con ánimo de convertirse en poeta. Él lo logrará, mas no así el resto de sus compañeros de un curioso círculo literario que mantienen en la Tierra. Así, Hamlet viajará a Monasterio, aprenderá y comenzará a viajar en diversas naves de guerra aprendiendo en su viaje que este futuro no es tan de su gusto como habría deseado.
- Muchachito, eres ingenuo de veras. No sabes leer entre líneas. Imagina que no existiera más que una raza, que los blancos estuvierais solos en el jodido planeta, en la condenada galaxia. ¿Existiría entonces el racismo?
- ¿Existiría?
- Soy yo quien te pregunta, corazón, pero voy a contestarte a eso. Claro que existiría. Naturalmente que sí. No porque a la Corporación le sea necesario, que quizá ni siquiera le es, como tú dices, puesto que es infinitamente más antiguo. No por eso, sino porque vosotros, omnipotentes hombres blancos, sahibs autoproclamados, lo necesitáis para sobrevivir. No, digo mal. Rectifico. Todos lo necesitamos. La raza humana se basa en este axioma para salir adelante. Tengamos el color que tengamos, necesitamos creer, estar seguros de la existencia de alguien inferior por debajo de nosotros. No el de arriba, eso casi no nos interesa. Es el de debajo el que quiere ocupar nuestro sitio, y a él le tenemos que combatir.
Y en otro momento leemos:
- Mira, Hamlet –decía Turin-. Es mejor que lo veas de esta forma. Tú has leído mucho y tal vez de esta manera me des la razón. Imagina que la Corporación no existe, que tú y yo no nos conocemos, que la Conquista no nos une. Tarde o temprano alguna raza en el universo tomaría el lugar que nosotros estamos ocupando ahora. Alguien que podría ser incluso peor que nosotros. ¿Te gustaría eso? Claro que no. A nadie le encandila esta idea. Digas lo que digas, es mejor estar encima que debajo. Yo creo que lo que estamos haciendo es lo justo, aunque me guste tan poco como a ti derramar sangre. Creo que esto es lo justo para la Tierra y también lo mejor para los mundos que forman parte de la Corporación.
- Ya. Antes de morir, matar. Destruir antes de ser destruidos. Esclavizar antes de vernos convertidos en esclavos.
- Eso mismo. La consigna lo resume muy bien. No trates de comprenderlo, únicamente hazlo.
Lágrimas de luz es una novela profundamente antibelicista. La guerra, la aniquilación del otro está continuamente presente en toda su crudeza y Hamlet la denosta y denuncia hasta llegar a ser perseguido por la Corporación. No descubro nada al lector; ya el primer capítulo nos muestra la huida de Hamlet en el circo en que trabaja y, a partir de ahí, conoceremos cómo llegó hasta esa situación y los diversos avatares por los que pasó en su camino. Porque la novela nos invita a un viaje al espacio exterior, gracias a la Corporación, pero también al espacio interior del enamoradizo Hamlet en un periplo posiblemente cargado de peligros y nostalgia. Esta faceta del viaje, la de la introspección del protagonista, es tal vez la que ha sido más criticada de la novela por ralentizar su acción y presentar un estilo ciertamente algo ampuloso, pero a mi parecer es precisamente lo que aporta un alto grado de originalidad a una space opera, por otro lado, no muy alejada de otros alegatos antibelicistas dentro de la ciencia ficción (recordemos la saga de Ender de Scott Card, especialmente sus dos primeros títulos o La guerra interminable de Joe Hadelman, por citar un par de ejemplos).

La presencia de referencias literarias, veladas o no, es también continua en la novela. Moby Dick o la Eneida están presentes en todo momento, así como la figura del poeta y el juglar del medioevo, y nos encontraremos incluso con una representación de teatro dadaísta entre sus páginas. Todo un compendio de arte y filosofía enmarcado en el particular gusto por las palabras que muestra Rafael Marín deleitándose en la escritura hasta el infinito.

En resumen, una novela magnífica que, cerca de treinta años después de haber sido escrita, sigue manteniéndose fresca y resultando de lo más interesante al lector que se acerque a ella. Muestra, no nos vamos a engañar, unos cuantos excesos por parte del autor, por aquel entonces novel, pero su calidad global se encuentra fuera de toda duda. Me ha encantado y me ha mantenido enganchado incluso a pesar de contar con poco tiempo e ir leyéndola simultáneamente con otros libros o dejarla aparcada en ocasiones durante al menos una semana. Su estilo, triste y algo melancólico, me atrapó desde el principio y me ha dejado un regusto agridulce al finalizar la lectura que no me ha resultado nada desagradable. Tendré que corregir este alejamiento mío de la ciencia ficción (ni pretendido ni absoluto, pero sí prolongado) y seguir descubriendo pequeñas joyas como esta.
- El mundo es una porquería, Hamlet -descubría ella, haciendo tintinear su voz con la sorpresa de quien descubre algo que para los demás siempre ha sido evidente-. ¿Has visto la basura que nos rodea? Un mundo seco, un mundo muerto, eso vamos dejando detrás. Dios, qué vergüenza para el hombre. No comprendo cómo nadie puede estar orgulloso de llamarse así. No hay lluvia, no hay pájaros, no hay sol, todo por culpa de la acción del hombre. ¿Has echado un vistazo a lo que nos rodea? ¡Ya ni siquiera quedan flores!
Feliz lectura.