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miércoles, 5 de junio de 2013

Día Mundial del Medio Ambiente

Feliz Día Mundial del Medio Ambiente y 115 aniversario del nacimiento de Lorca.


«Chopo muerto»

¡Chopo viejo!
Has caído
en el espejo
del remanso dormido,
abatiendo tu frente
ante el Poniente.
No fue el vendaval ronco
el que rompió tu tronco,
ni fue el hachazo grave
del leñador, que sabe
has de volver
a nacer.

Fue tu espíritu fuerte
el que llamó a la muerte,
al hallarse sin nidos, olvidado
de los chopos infantes del prado.
Fue que estabas sediento
de pensamiento,
y tu enorme cabeza centenaria,
solitaria,
escuchaba los lejanos
cantos de tus hermanos.

En tu cuerpo guardabas
las lavas
de tu pasión,
y en tu corazón,
el semen sin futuro de Pegaso.
La terrible simiente
de un amor inocente
por el sol de ocaso.

¡Qué amargura tan honda
para el paisaje,
el héroe de la fronda
sin ramaje!

Ya no serás la cuna
de la luna,
ni la mágica risa
de la brisa,
ni el bastón de un lucero
caballero.
No tornará la primavera
de tu vida,
ni verás la sementera
florecida.
Serás nidal de ranas
y de hormigas.
Tendrás por verdes canas
las ortigas,
y un día la corriente
llevará tu corteza
con tristeza.

¡Chopo viejo!
Has caído
en el espejo
del remanso dormido.
Yo te vi descender
en el atardecer
y escribo tu elegía,
que es la mía.

Federico García Lorca.

Y la fotografía del viejo árbol, vivo aún, protagonista de uno de los episodios más emblemáticos de la serie de televisión «El hombre y la Tierra», pertenece a mi querido amigo Javier y podéis encontrarla en su blog La naturaleza que nos queda.

martes, 5 de junio de 2012

Porque «hora de actuar» es «ahora»


De La ira de la Tierra, una colección de ensayos de Isaac Asimov y Frederik Pohl publicada en 1991, extraigo algunos fragmentos del prólogo de este último para homenajear el Día Mundial de la Tierra de este año.
Últimamente se han escrito muchos libros sobre el medio ambiente y el modo en que lo estamos destruyendo, y muchos de ellos son excelentes. Entre todos nos han explicado el modo en que las actividades de la gente como nosotros estaban dañando la salud de nuestro planeta. Algunos de estos libros incluso nos dicen lo que podemos (y deberíamos) hacer en nuestra vida diaria para frenar su destrucción: reciclar, negarnos a comprar los productos más destructivos, organizar nuestra vida de manera que utilicemos todo lo que necesitamos con más eficiencia de modo que necesitemos menos.
[…]
Pero incluso si todos nosotros pusiéramos en práctica estas medidas, seguirían siendo insuficientes.
Ya es demasiado tarde para salvar a nuestro planeta del peligro. Ya han sucedido demasiadas cosas: granjas convertidas en desiertos, bosques talados y convertidos en tierras baldías, lagos envenenados y el aire lleno de gases perjudiciales. Incluso es demasiado tarde para salvarnos a nosotros mismos de los efectos de otros procesos perjudiciales que ya están en marcha y que seguirán su curso sin que podamos hacer nada por evitarlo. La temperatura global aumentará. La capa de ozono seguirá destruyéndose. La contaminación hará enfermar o matará a más y más seres vivos. Todo esto ha llegado tan lejos que ahora inevitablemente deberá empeorar antes de que pueda mejorar.
La única elección que nos queda es decidir cuánto estamos dispuestos a dejar que empeoren las cosas.
Todavía estamos a tiempo de salvar o recuperar una gran parte de este medio ambiente agradable y benevolente que ha hecho que nuestras vidas sean posibles; sin embargo, no es fácil. No se puede hacer nada si al mismo tiempo no hacemos cambios sociales, económicos y políticos importantes en nuestro mundo. Estos cambios van más allá de lo que podamos llevar a cabo como individuos. Este libro trata de por qué estos cambios a gran escala son necesarios, qué cambios se deben hacer y qué podemos hacer para que ocurran.
[…]
No hay ninguna duda de que algunos cambios importantes son inevitables. La única cuestión es cómo serán. Algunos de ellos ocurrirán independientemente de lo que hagamos, porque a medida que el medio ambiente se deteriore, se producirán de manera automática. Otros se originarán debido a nuestros esfuerzos por evitar el desastre. Todos los cambios serán trascendentales y el mundo de la siguiente generación va a ser bastante diferente del nuestro.
Para terminar, nos adentraremos en aspectos políticos de la verdadera conservación: por qué los cambios reales serán difíciles y qué acciones políticas podemos realizar para que ocurran.
Sé que esta parte tampoco resulta una buena noticia. Pedir al digno ciudadano medio que participe en los asuntos políticos que tan mala fama tienen en lo que a honradez se refiere, no es muy diferente a pedirle que considere la posibilidad de dedicarse a la prostitución callejera. Pero si queremos evitar el peor de los desastres, no hay alternativa a la acción política. Los individuos no pueden hacer la tarea ellos solos, es demasiado grande. Sólo la acción gubernamental puede llevar a cabo los cambios que hay que hacer y son los políticos quienes crean y controlan los gobiernos. 
Casi me siento en la obligación de pedirle perdón por hacerle trabajar tanto.
He tenido esta sensación otras veces. He pasado mucho tiempo hablando de los peligros para el medio ambiente mucho antes de que se convirtiera en un tema de moda; de hecho, más de treinta años. Algunas veces lo he hecho en los libros que he escrito, otras en mi carrera como conferenciante ocasional por todo el mundo, dando charlas a grupos de todo tipo. A lo largo de los años debo de haber dado varios miles de conferencias y, aunque han sido sobre muchos temas, por lo general he tratado cuestiones medioambientales en algún momento de ellas. 
En general, me he dirigido a auditorios formados por gente inteligente y atenta, parecida a los lectores que imagino que están leyendo este libro y, sin embargo, en todas las charlas, en algún momento de la enumeración de los desastres que se aproximan, percibo que se apodera de la audiencia una especie de silencio. Los oyentes son siempre muy correctos, incluso atentos; a pesar de todo, también puedo sentir que empiezan a desear ardientemente que el catálogo de malas noticias termine cuanto antes.
Comprendo a toda esa gente. También a mí me gustaría terminar.
El problema es que las cosas no han mejorado durante este tercio de siglo. Es cierto que ha habido un puñado de victorias reales: unos pocos lagos están más limpios que antes; incluso algunas veces se puede ver en el centro de Pittsburgh una estrella o dos en su cielo nocturno; en el East River de Nueva York, un pescador estupefacto cogió, no hace mucho tiempo, un pez vivo; Estados Unidos ha prohibido el uso de CFC destructor de la capa de ozono en los envases de aerosol, aunque no su fabricación y utilización en otras cosas.
Pero todos estos triunfos parciales no son suficientes. Por cada victoria ha habido una docena de derrotas. Como veremos después, en su conjunto, nuestro mundo está más sucio y más amenazado ahora de lo que jamás lo ha estado en el pasado, y no hay duda de que cada vez lo estará más si no hacernos nada para evitarlo.
También les comprendo en otro aspecto. Al igual que la mayoría de mis oyentes, a veces encuentro difícil de creer en lo más profundo de mi corazón que todos estos problemas medioambientales a gran escala tengan algo que ver conmigo. Después de todo, no parecen muy reales todavía. Sé, igual que mis oyentes, que cuando mañana por la mañana me levante y mire por la ventana, las cosas no parecerán estar tan mal. El sol seguirá brillando; los árboles de mi jardín seguirán verdes; seguirá habiendo comida en los supermercados y nadie se tambaleará por las calles cegado por la radiación ultravioleta. No hay duda de que a nuestro mundo le están sucediendo algunas cosas horribles, pero todavía no ha sucedido lo peor.
Así que ¿por qué debemos intranquilizarnos ahora por calamidades que pueden ocurrir dentro de varias décadas?
Sin embargo, yo estoy intranquilo.
Tengo siete buenas razones para hacerlo. Sus nombres son Christine, Daniel, Enilly, Eric, Julia, Tommy y Tobias. Son mis nietos.
Cuando escribo esto, sus edades oscilan entre varios meses y la adolescencia y me gustaría que cuando sean adultos y tengan sus propios hijos también tengan árboles a su alrededor, comida en abundancia y puedan pasear bajo el sol sin miedo a una muerte horrible, y saber que el mundo sobrevivirá.
Sin embargo, parece que es posible que no tengan todo esto. Son lo bastante afortunados por haber nacido con una gran ventaja a su favor: todos viven en lugares del planeta que estarán entre los que menos padezcan lo que le estamos haciendo. Aunque no les mantendrá a salvo durante mucho tiempo... no, a menos que usted y yo y mucha más gente nos intranquilicemos tanto como para hacer ahora lo que les proporcionará a ellos el patrimonio de una buena vida después.
Puede suceder. Puede haber un, final feliz si tenemos la sabiduría y la voluntad de lograr que suceda llevando adelante cosas bastantes difíciles de hacer.
Si no las hacemos, no habrá ningún final feliz. Lo único que habrá  para muchas de las cosas que hacen agradable nuestro mundo  es un final. 
Frederik Pohl, La ira de la Tierra. 

martes, 4 de octubre de 2011

IMM. Lecturas complementarias

Comienza un nuevo curso y, como apuntaba en Andanzas de un Trotalomas, lo hace con una reflexión en torno a cómo afrontarlo. La Ecología siempre ha sido una ciencia que me ha fascinado y quiero exprimirla al máximo, así que como Homo libris comienzo a montar un puente de libros y como Trotalomas a planificar salidas al campo. He aquí algunos de los libros que he recopilado entre los que tenía en casa, algunos otros con los que me he hecho recientemente y los de las bibliotecas públicas.

Hay bastantes pero faltan muchos. Quiero disfrutar de Ecología, de Ramón Margalef, uno de los mayores naturalistas que ha dado España, y dejaré para final de curso los que me llegaron como un regalo inesperado: Ecología y paisaje e Invitación a la ecología humana, dos títulos en un único libro, reedición de dos de las obras del gran Fernando González Bernáldez, otro de nuestros más reputados científicos que, además, supo unir como nadie la ciencia de la ecología con el movimiento social del ecologismo. Solicité una copia del libro al no haber podido asistir a la presentación del mismo en el Real Jardín Botánico de Madrid hace unos meses y, aunque ya lo daba por perdido, llegó a casa para alegrarme el día.

Habrá tiempo para otras lecturas, por supuesto. Este fin de semana junto a Azote y a un común amigo ha servido para pasar buenos ratos visitando, entre otros sitios, mi querida librería de Torremolinos y la Feria del libro antiguo y de ocasión que estará en Málaga hasta mediados de octubre. Literatura, ciencia ficción, historia de la ciencia y mi adorado terror a la española (que quiero recuperar sí o sí este año) son algunos de los temas que quedan pendientes desde este IMM tan particular.


Os dejo pensando en las entradas que tengo pendientes y que espero ir publicando pronto (poco a poco, eso sí, para no martirizaros demasiado). Si estáis en Málaga estos días, dejo aquí un par de propuestas literarias. La primera no es otra que la Feria del libro que mencionaba antes. Aunque algo pequeña estará instalada hasta el 23 de octubre (si la memoria no me falla); no he encontrado información por Internet aunque sí he visto que también se está celebrando en Córdoba y que en Granada comenzará a finales de este mes. La segunda, las II Jornadas literarias “Mejor con un libro” repletas de actividades literarias que se van a llevar a cabo entre el 7 y el 14 de octubre.

¡Feliz lectura!

miércoles, 31 de agosto de 2011

Vigilados todos por las máquinas de amor y gracia

Hace unos días descubrí un poema de Richard Brautigan, el autor de La pesca de la trucha en América (un libro que en su día constituyó toda una revelación y que está entre mis lecturas pendientes desde que el año pasado la editorial Blackie Books publicase su traducción al castellano) y me gustó tanto que quise llevarlo a un blog a medio camino entre "Andanzas de un Trotalomas" y "Lobosoft" con el que buscaba organizar mis ideas en torno al impacto que produce la informática sobre la sociedad y, por ende, sobre el medio ambiente. Un blog experimental cuyo crecimiento quedó truncado con el comienzo de un año que ha devenido en demasiada carga de trabajo como para mantener un ritmo de publicación aceptable incluso para los "oficiales", como he comentado en alguna ocasión. No obstante, y sirva de aviso para navegantes, estoy deseando volver a retomarlo.

Todo llegó al recuperar unas tiras cómicas muy curiosas en las que se narraban las vicisitudes de diversos lenguajes de programación y que fueron publicadas en la People's Computer Company Newsletter, una revista que vio la luz en el año 1972 y que pretendía acercar la informática a las personas. Corrían otros tiempos, los ordenadores eran entrevistos aún como si poseyesen cierto halo de magia y se deseaba que el potencial de los ordenadores sirviese a los intereses de la ciudadanía y no al revés. Hoy día esas buenas intenciones son más que necesarias, pues si bien la informática ha llegado a toda la población (de los países más avanzados, pues no conviene olvidar la brecha digital que se expande entre estos y aquellos cuyas poblaciones apenas sobreviven sin tan siquiera tener acceso a agua potable) no es menos cierto que la seguridad y  privacidad de nuestros datos están más en entredicho que nunca.

Sobre todo esto deseo escribir en un futuro próximo en "Informática, sociedad y medio ambiente", además de reflexionar en "Andanzas...", cuando pueda verlo dentro de unas semanas, sobre las impresiones que me produzca el documental del polémico Adam Curtis "All Watched Over By Machines of Loving Grace", una producción para la BBC sobre cómo la tecnología ha contribuido a mermar y destruir la libertad humana hasta llegar a convertir en servidores suyos a los hombres. Pero entretanto, aquí os dejo el poema de Brautigan (del que toma su título el citado documental) en una traducción libre y espero que no nefasta (cualquier aporte o sugerencia será bienvenido, por supuesto). 


Vigilados todos por las máquinas de amor y gracia

Me gusta pensar (¡y
cuanto antes, mejor!
en un prado cibernético
donde mamíferos y ordenadores
vivan juntos en mutua
armonía programada
como el agua pura
tocando el cielo despejado.

Me gusta pensar
     (¡ahora mismo, por favor!)
en un bosque cibernético
lleno de pinos y componentes electrónicos
donde los ciervos paseen tranquilos
entre las computadoras como si fueran flores
con pétalos que giran.

Me gusta pensar
     (¡así ha de ser!)
en una ecología cibernética
donde seamos liberados del trabajo
y volvamos a la naturaleza,
retornando a nuestros
hermanas y hermanos mamíferos,
vigilados todos
por máquinas de amorosa gracia.

Richard Brautigan

viernes, 22 de julio de 2011

Nuevo IMM veraniego

Algunas próximas lecturas, fruto de las visitas a las librerías de viejo que tanto adoro y a Uniliber, todo hay que decirlo. Tradición y modernidad unidas, y poco más que decir. Tres cosas simplemente: el libro de Luismi se adelantó al IMM, Lupi y Obi no sufrieron daño alguno (a la vista está) en la realización de esta entrada y del resto de libros daré cumplida cuenta en breve, si os place (atención a la joya de la segunda foto, a la izquierda, de ese no se libra el blog ;) ).

Por lo demás, os deseo un feliz fin de semana y que disfrutéis del puente quienes lo tengáis.




¡Feliz lectura!

viernes, 22 de abril de 2011

Día de la Tierra

Hoy, 22 de abril, se celebra el Día de la Tierra. Un día para reflexionar sobre el lugar que ocupamos en el planeta que es nuestro hogar.

Mi recomendación literaria de hoy: la Carta del jefe indio Seattle, de la que os traigo un breve fragmento:
Vosotros debéis enseñar a vuestros hijos que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, debéis decir a vuestros hijos que la tierra está plena de vida de nuestros antepasados. Debéis enseñar a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñados a los nuestros: que la tierra es nuestra madre. Todo lo que afecta a la tierra afecta a los hijos de la tierra. Cuando los hombres escupen el suelo se escupen a sí mismos.

Esto lo sabemos: la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra. El hombre no ha tejido la red de la vida: es sólo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red se lo hará a sí mismo. Lo que ocurre a la tierra ocurrirá a los hijos de la tierra. Lo sabemos. Todas las cosas están relacionadas como la sangre que une a una familia. 

Y una película que podéis ver íntegra en la web: "Home". Os recomiendo hacerlo pulsando sobre el vídeo para saltar a YouTube y, una vez allí, ponerla a pantalla completa y disfrutar con ella.

domingo, 30 de enero de 2011

Ciencia y ambiente, una ficción solo a medias

Hace unos días se asomaba al blog una obra de Rafael Marín –hablo, claro está, de Lágrimas de luz– que despertó la curiosidad de muchos de vosotros y que, tal vez por pura lógica y de forma completamente natural, hacía surgir entre los comentarios un aspecto de la ciencia ficción que constituye prácticamente una constante dentro del género: su insistencia en ser (o intentar aparentar ser) real. Esta característica, me diréis, es inherente a toda la literatura. Al fin y al cabo, toda obra narrativa busca, por fuerza, dotarse de una coherencia que permita al lector abstraerse de la realidad y aceptar la invitación que le hace el autor de abrazar la suya propia. Sin embargo, cuando hablo de que la ciencia ficción busca con afán constituirse en realidad, lo hago no porque crea que intenta dotarse de una capa de verosimilitud mediante una relación de avances científicos y tecnológicos, sino porque buena parte de la obra existente en este género (quitando tal vez la space opera, y puede que no toda, además de algún que otro título) incorpora algunos aspectos de crítica social, o de búsqueda de la propia identidad del ser humano y, por qué no, de la Humanidad. Si recordamos algunos clásicos del género (y de la literatura), como 1984 de Orwell, Un mundo feliz, de Huxley o Fahrenheit 451 de Bradbury, veremos que todas estas distopías se caracterizan por lo dicho anteriormente.

A raíz de lo anterior, me propuse escribir una entrada que tenía pendiente desde el verano. No sé si afortunadamente o no, os seguís librando de las entradas entomológicas que tengo previstas, je, je… Hoy me gustaría que nos acercáramos a uno de esos temas que nunca sé si publicar en Andanzas de un Trotalomas o aquí; en concreto, el medio ambiente y la ciencia ficción. Aunque me gustaría centrarme en la ciencia ficción literaria, es cierto que el cine también ha ofrecido a lo largo del tiempo algunos títulos interesantes y bastante populares, como el archiconocido “Avatar” de Cameron (claramente basado, aunque no haya sido reconocido, en el relato Llamadme Joe de Poul Anderson, el autor de La espada rota), y alguna otra película a la que también me referí en su día. En cualquier caso, presentar una relación exhaustiva de títulos haría agotadora la lectura de la entrada y, muy probablemente, me dejaría bastantes por el camino. Así que, a partir de este momento, “son todos los que están, pero no están todos los que son”.

La Tierra permanece, escrita por George R. Stewart en 1949, presenta ante nosotros un apocalíptico futuro en el que una extraña plaga ha hecho desaparecer a prácticamente toda la humanidad. Nuestro protagonista, un geógrafo, describe con minuciosidad la degradación medioambiental que va presentándose a sus ojos. Aunque encuentra a una superviviente y forman una familia, todo el conocimiento humano se perderá cuando él muera y es que, como apunta su título, solo la Tierra permanece.

Una de las mejores novelas de ciencia ficción que he leído ha sido Dune, de Frank Herbert. En ella, el autor nos sitúa en medio de una vorágine de luchas por el poder, políticas feudales despiadadas y de problemáticas medioambientales. El planeta Arrakis (Dune) es vital para el Imperio ya que allí se produce la melange, una especia que permite a los Navegantes ejercitar sus poderes prescientes y trazar rumbos seguros a cualquier parte de la galaxia. Hasta Arrakis llega el joven Paul Atreides, y allí conocerá al pueblo Fremen, que lucha  por conservar su modo de vida en un planeta desértico, donde el agua es el máximo de los lujos y su presencia en el planeta incompatible con los designios del Emperador Padishah Saddam IV, dado que destruiría a los inmensos gusanos de arena que aparecen siempre vinculados a la melange. Ya en su dedicatoria, Herbert hace alusión a la ecología del planeta:
“A la gente cuya labor va más allá de las ideas, al reino de los 'materiales concretos y reales'- a los ecólogos de las tierras áridas, dondequiera que estén, en cualquier tiempo en que trabajen, este esfuerzo de predicción les es dedicado con humildad y admiración.”
Y es que los Fremen llegarán a ser ante nuestros ojos verdaderos ingenieros ambientales, buscando mejorar sus condiciones de vida en Arrakis mediante la modificación de su entorno con el agua, siempre, como protagonista.

Gregory Benford escribió Cronopaisaje en la década de los 80 del pasado siglo. En esta novela, la Tierra pasa por una grave crisis ecológica justo a finales del siglo XX: los gobiernos imponen todo tipo de restricciones a la población y no se ve salida al grave problema en que la humanidad se encuentra inmersa. Entre este caos, el físico John Renfrew propone enviar un mensaje al pasado transmitiéndolo mediante unas partículas que podrían viajar a mayor velocidad que la luz. Avisarían así a los habitantes del pasado del problema que se les venía encima y podrían intentar ponerle remedio. El invento funciona, y en 1962 Gordon Bernstein detectará las emisiones. Aunque la temática medioambiental está presente, Cronopaisaje profundiza en la relatividad del tiempo y, sobre todo, en la incomunicación del ser humano. Tanto por las dificultades de transmitir el mensaje al pasado como por difundirlo entre una población escéptica, que lo interioriza de muy diversas formas.

Otra obra que plantea un futuro incierto para la Humanidad es Galápagos, de Kurt Vonnegut, aunque lo hace con el sentido del humor y la fina ironía que acostumbraba a dar a su peculiar visión de la ciencia ficción. Hablé del libro en su día, así que os remito a la reseña en cuestión si queréis saber más sobre cómo Darwin y las Galápagos marcaron un nuevo camino evolutivo para nuestra especie en el hipotético futuro dibujado por el autor.

Otra de las distopías más interesantes es El rebaño ciego, de John Brunner, primera parte de una trilogía compuesta por este título, Todos sobre Zanzíbar y Órbita inestable. En un mundo contaminado, los niños son pasto de todo tipo de enfermedades y la esperanza de vida se acorta cada vez más. No es el futuro, sino el presente (ahora pasado) en que Brunner situó la acción del libro, que avanza siguiendo varios ejes simultáneos que no siempre se entrecruzan. Transcurren los años 70 del siglo XX y el afán consumista ha convertido EEUU en un inmenso estercolero, con sus ríos contaminados, un ambiente enrarecido que nadie se atreve a respirar y que propicia la repulsa del resto de países ante la voracidad de los norteamericanos. Pero la novela no se queda aquí, sino que Brunner presenta a todo tipo de personajes moribundos, desencantados pero encerrados en un circulo destructivo, cuya única esperanza es Austin Train, el personaje que tras falsas identidades presenta batalla desde una actitud crítica que llegará a calar entre el común desencanto de la población.

¿Alguna vez he mencionado a George R. R. Martin por aquí? ;) Sus cuentos sobre Tuf (editados de forma conjunta bajo el título Los viajes de Tuf) hacen en ocasiones referencia a problemáticas medioambientales y sociales. Haviland Tuf es un peculiar personaje, un inteligente comerciante que se hace con una nave abandonada, una cosechadora que permite realizar clonaciones y crear nuevas especies para repoblar planetas. Especialmente me gustaron los tres que conforman las visitas de Tuf al planeta S’uthlam: “Los panes y los peces”, “Segunda ración” y “Maná del cielo”, donde se plantea la problemática de la superpoblación y la escasez de recursos. El estilo de Martin en estos cuentos me recordó muchísimo al Asimov de Estoy en Puertomarte sin Gilda.

La trilogía de El Paralaje Neanderthal (compuesta por los títulos Homínidos, Humanos e Híbridos), de Robert J. Sawyer, es una ucronía particularmente curiosa, en la que los neandertales no se han extinguido (sino nosotros) y sus sociedades se han desarrollado en un ambiente de marcado contraste con las que conocemos. La religión está completamente ausente, las relaciones amorosas vinculadas a ambos sexos, la ausencia de mentira (por la capacidad de comprender el lenguaje corporal y las altas capacidades olfativas de la especie) o el cuidado del medio ambiente serán aspectos en los que Sawyer incidirá a lo largo de los libros.

Existen otros muchos títulos relacionados con esta temática y que no he tenido aún oportunidad de leer. Por ejemplo, una noticia que escuchaba ayer sobre la importancia del orangután (de los grandes simios, el que guarda menores diferencias con el ser humano, con quien comparte el 97% de su carga genética), que mediante el estudio de la respuesta de su organismo a graves enfermedades puede permitir dar con una cura para las mismas, me recuerda al argumento de Hierba, de Sheri S. Tepper, donde una plaga asola la galaxia y únicamente el planeta Hierba, donde la extensa sabana que la cubre muestra una naturaleza sin corromper por el hombre, parece inmune a la misma (y, de paso, a la película “Los últimos días del Edén”). Chile en llamas, de Darío Oses, parece mostrar un paisaje algo catastrofista sobre el futuro de la humanidad, y otro tanto le ocurre a Límite del alemán superventas Frank Schätzing, donde la solución a un planeta esquilmado y en las últimas se encuentra en la conquista espacial, con la Luna y Marte como destinos clásicos para el hombre. Margaret Atwood, por su parte, nos propone una reflexión en torno a la ingeniería genética y sus consecuencias en Oryx y Crake, uno de los libros a los que tengo pendiente echar un ojo desde hace tiempo.

En resumen, un apasionante mundo este de la ciencia ficción, ¿verdad?

¡Feliz lectura!

Podéis indagar un poco más por aquí:

sábado, 5 de junio de 2010

Los ríos moribundos

Hoy se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente y, aunque estas semanas estoy más desaparecido que nunca (ya queda poco, apenas dos, para que vuelva con ganas y ánimo nuevo por aquí) no quería dejar pasar este día para traeros un texto de nuestro querido (y tristemente desaparecido este año) Miguel Delibes. Unos breves párrafos para la reflexión.

Los ríos moribundos, de Miguel Delibes.

"El agravio constante a que sometemos a la naturaleza adopta una de sus expresiones más lamentables en las corrientes fluviales. Hay ríos muertos, como los de las zonas fuertemente indistrualizadas, ríos agonizantes, que son la mayor parte de los de nuestro país, y ríos simplemente enfermos, a los que si no se les presta remedio pasarán a engrosar las largas listas de los dos primeros. Lo que ya no quedan son ríos sanos y, teniendo en cuenta que los ríos ibéricos son poco caudalosos, la noticia de la defunción de nuestras aguas fluviales, de no arbitrarse medidas rápidas y eficaces, no tardará en producirse.

Sorprende, sin embargo, que la Europa comunitaria, atenta siempre a conservar en España la fauna que ellos destruyeron antes en sus países respectivos, se preocupe tan poco de nuestros ríos. La contradicción únicamente es aparente porque ellos disponen de mayores masas fluviales, llevan años velando por su depuración y, en consecuencia, no ven en tanto peligro los peces como el halcón peregrino, el lince o el buitre negro, por poner solamente tres ejemplos de especies en el límite de supervivencia.

[...]

¿Por qué no empezar el proceso de recuperación del medio ambiente saneando nuestros ríos, esos cementerios acuáticos donde apenas sobrevive la carpa cenagosa y escatófaga? Bien es verdad que podríamos empezar por cualquier otra parte: nuestros bosques, nuestra atmósfera, nuestro Mediterráneo, nuestras basuras... Lo que apunto es la urgencia, la necesidad de empezar pronto y por algún lado. Nuestra dejadez en este terreno no debe ir más lejos de donde ha ido; urge poner un límite.

[...]

No lo olvidemos y pongámonos sin dilación a la tarea."
La imagen que ilustra la entrada pertenece al "río" (duele llamarlo así) Citarum, posiblemente el más contaminado de la Tierra. Por desgracia, no hace falta ir hasta Indonesia para ver que no tratamos como debiéramos a los ríos, dadores de vida.

domingo, 23 de mayo de 2010

Ciencia y supervivencia


Conocía a Barry Commoner gracias a algunas referencias en libros y a la lectura de algunos artículos que traían a colación sus aportes al conocimiento del medio ambiente y las interacciones que con él, por fuerza, mantienen nuestras sociedades. No hace mucho, preparando una de las dos asignaturas de sociología que estoy cursando este cuatrimestre, me encontré en el libro Redes que dan libertad, de Jorge Riechmann, con un par de extractos de Ciencia y supervivencia y El círculo que se cierra, este último, con toda probabilidad, su libro más conocido y donde aparecen sus famosas cuatro leyes de la ecología. Como la curiosidad del Homo libris es insaciable en todo lo tocante a los libros y realmente no había leído ninguna obra suya al completo, me puse a investigar y encontré que la mayor parte de los libros de Commoner se encuentran descatalogados en castellano a día de hoy así que haciendo uso de los pertinentes buscadores en Internet localicé una librería en Madrid que tenía los dos títulos citados y me hice con ellos (y con algún otro, pero es que tenía que "amortizar" los gastos de envío, jeje).

Unos días atrás terminaba la lectura de Ciencia y supervivencia, un librito que no por breve resulta poco exhaustivo. Se deja leer, como buen ensayo y mejor obra divulgativa, con placer y aprovechamiento, y ofrece más de lo que narra, ya que constituye una herramienta de reflexión más que interesante porque, aunque han transcurrido casi cuatro décadas desde que fuera escrito, lo cierto es que, salvando la más que comprensible preocupación en torno a la guerra nuclear que completa una buena parte de sus páginas, sus argumentaciones y las problemáticas que recoge permanecen (por desgracia) plenamente vigentes hoy día.
La ciencia moderna y las ingentes empresas tecnológicas engendradas por ella representan el pleno florecimiento de la mente humana en su interpretación de la naturaleza. Los conocimientos científicos son nuestra mejor guía para controlar las fuerzas naturales. A ese respecto, su éxito ha sido extraordinario; precisamente a este éxito debemos las maravillas de la electricidad moderna y el tremendo poder de las bombas nucleares.
[...] ¿Cabe la posibilidad de que desconozcamos las consecuencias absolutas de los nuevos circuitos eléctricos y de las nuevas bombas? ¿Poseemos verdaderamente un dominio completo sobre los vastos y nuevos poderes que nos ha donado la ciencia, o corremos el riesgo de que ésta se desmande?
Días atrás argumentaba ante unos compañeros que la problemática asociada a algunos productos cuya fabricación y distribución está disparándose en los últimos años es lo suficientemente compleja como para considerarla, en sí misma, un problema perverso. Es el caso de los transgénicos, donde a día de hoy no se ha demostrado que sean dañinos para la salud pero tampoco que no lo sean, si bien es cierto que son sometidos a numerosas pruebas. Salvando que su uso acarrea graves problemas para los agricultores que no desean que sus cultivos sean afectados por la polinización de aquellos y que su extensión está provocando graves pérdidas de biodiversidad (esto último achacable a cualquier sistema de producción agrícola intensiva cuando se lleva a cabo sin tener en cuenta el entorno), lo cierto es que estamos permitiendo que sea plantada una semilla (nunca mejor dicho) que resultará muy difícil erradicar si en un futuro se demuestra que sus maldades predominan sobre lo que pudieran tener de bueno.
Cabe argumentar que los imponderables de esos contaminadores modernos son insignificantes en comparación con los peligros inherentes a otras empresas humanas. Por ejemplo, hoy día el imponderable de la lluvia radiactiva se nos antoja mucho menor que el de los indudables riesgos que se corren en las autopistas o en las rutas aéreas. Pero, ¿cuáles no serán los riesgos que estamos endosando a futuras generaciones? Ninguna apreciación precisa del daño que se está produciendo actualmente con la lluvia radiactiva, el smog y los contaminadores químicos puede oscurecer esta simple verificación: en todos los casos se corrió el riesgo antes de comprenderlo cabalmente. La importancia de esas disyuntivas, para la ciencia y para el ciudadano, no reside solamente en los imponderables interdependientes, sino también en el hecho de que implican una alarmante e incipiente renuncia a uno de los deberes primordiales de la ciencia: el de predecir y supervisar las intervenciones humanas dentro de la naturaleza. Esos imponderables actuales no nos dan la verdadera medida del peligro; sus verdaderas escalas serán los desastres que nos sucederán si osamos abordar la nueva era sin corregir los yerros elementales en la empresa científica. Y si hemos de corregir tales yerros, debemos descubrir previamente por qué se produjeron.
Es, justamente, lo que ocurrió antaño con la creación de detergentes basados en el petróleo que, una vez inundado el mercado con ellos, convirtieron los ríos norteamericanos donde fueron vertidos en canales de agua sucia carentes de vida.

Otro problema actual, también difícil de estimar dadas las características que posee, es el del cambio climático. En este, más que en ningún otro, se da un enfrentamiento entre científicos que se empeñan en contradecir cuanto dice el contrario. Sus argumentaciones, marcadas por el vaivén de razones políticas y empañadas por la cercanía de las grandes corporaciones multinacionales, provoca en la ciudadanía una sensación de desazón, de no saber a qué estar, de no saber a quién creer.
No se encontrará el germen supremo de la ciencia en sus impresionantes productos ni en sus poderosos instrumentos. Se encontrará en las mentes de los científicos y en el lenguaje empleado por éstos para describir lo que saben y pulir la interpretación de lo aprendido. Esos factores internos -métodos, procedimientos y procesos que utilizan los científicos para descubrir y discutir las propiedades del mundo natural- han proporcionado a la ciencia sus grandes éxitos. Cuando mencionemos tales procesos y la organización a ellos inherente, deberemos hablar de integridad científica... Nuestra interpretación de los enormes poderes que la ciencia ha puesto a disposición de la sociedad, depende de la integridad científica. Así pues, el bienestar y la seguridad del género humano dependen también de esa interpretación, y, en definitiva, de la integridad científica...
Bajo la presión de insistentes demandas sociales, ha habido una seria erosión de la integridad científica...
[lo que] precipitó la aplicación tecnológica antes de que el conocimiento científico básico estuviera lo suficientemente desarrollado como para permitir un pronóstico acertado sobre los efectos de esa nueva tecnología en la Naturaleza...
Ciencia y supervivencia es un libro sobre el que reflexionar, en el que ver que seguimos cometiendo los mismos errores que en el pasado porque nuestro ritmo de vida, insaciable, imparable, imposible, no nos deja pararnos un momento a pensar. Y, si lo hacemos, siempre hay alguien que se encarga de que retomemos el ritmo. Se impone la sinrazón que ignora cuestiones básicas como el Principio de precaución que propugnase la Comisión Europea, por ejemplo.

¡Feliz lectura!

martes, 9 de marzo de 2010

Deuda externa, deuda eterna

¿Quién debe a quién?, el libro de los profesores Alier y Oliveres, analiza el estado de la deuda externa contraída por los países en vías de desarrollo con los de un primer mundo que aprovecha el control que ejerce sobre los organismos supragubernamentales encargados del control del endeudamiento para imponer sus condiciones sobre aquellos. El libro, aunque fue editado hace unos años, ha sido incluido dentro de la colección de libros sobre política, sociología y medio ambiente que está apareciendo con la edición de los sábados de un diario de tirada nacional y que resulta, a mi parecer, de lo más interesante.

Este pequeño libro, de apenas 120 páginas, nos invita a reflexionar sobre la deuda externa de los países del Tercer Mundo y las implicaciones que tiene esta sobre la calidad de vida de sus ciudadanos. ¿Hasta qué punto “nos deben” dinero estos países? ¿En qué consiste la deuda externa? ¿Cuánto suponen realmente las ayudas al desarrollo? ¿Está más que saldada por la deuda histórica, social y ecológica? ¿Y simplemente por el pago de intereses acumulados?

Arcadi Oliveres, economista y, ante todo, conocido activista por la paz y justicia social, introduce el libro con una reflexión sobre el endeudamiento de los países pobres y el modo en que se ha ido gestando y creciendo hasta llegar a una situación realmente insostenible, de la que resulta imposible salir al ir creciendo la deuda año tras año al verse privados de los recursos naturales y económicos que tienen como única vía de desarrollo.

A continuación, Joan Martínez Alier, catedrático de Economía e Historia Económica en la Universidad Autónoma de Barcelona, reflexiona sobre las consecuencias sociales del endeudamiento, el empobrecimiento sistemático de los pueblos y la aparición de un “ecologismo de los pobres” que, sin saberse "ecologistas", les hace reivindicar su modo de vida tradicional, la relación vital y necesaria hombre-naturaleza y el desarrollo armónico y sostenible con el medio. Es a este "ecologismo de los pobres" al que el autor dedica su último libro publicado (esta vez en solitario), y que resulta del máximo interés ya que, a mi parecer, no son únicamente los ciudadanos pertenecientes a estos países en vías de desarrollo, sino muchos otros, los que son "ecologistas" sin ser conscientes de ello.

En la tercera parte del libro se lleva a cabo un juicio social sobre la situación, inculpando a los países del primer mundo y, en especial, a los Estados Unidos, al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional, así como a los gobernantes de los países endeudados (en muchas ocasiones bajo un régimen dictatorial) de llevarles a un callejón sin salida al permitir su endeudamiento y arrebatarles o, simplemente, adquirir a la baja, las mercancías que son capaces de exportar y que se obtienen a través de personas en condiciones laborales precarias, infligiendo daños irreparables al medio ambiente y sobreexplotando recursos no renovables que llevan al país a un mayor empobrecimiento.

En resumen, ¿Quién debe a quién? es un libro interesante, ágil de leer, que nos invita a reflexionar sobre la situación de injusticia en la que vive una inmensa mayoría de los habitantes de este planeta cada vez más pequeño y, posiblemente, peor repartido.


¡Feliz lectura!

domingo, 30 de agosto de 2009

El día que conocimos al lobo

Imaginad por un instante la siguiente escena: un hombre corpulento se aproxima al poblado portando en sus manos una pequeña esfera peluda. A él se acercan, curiosos, otros miembros del clan. Le miran intrigados por saber qué es lo que oculta y él, extendiendo hacia ellos sus manos, muestra el rostro diminuto de un lobezno con ojos azules, puede que el primero en convivir con el ser humano. Si lo descrito se os antoja interesante, digno de merecer vuestra atención y ya me conocéis un poco de antemano, tal vez os sorprenda algo si os digo que la lectura del libro Lobos y Hombres. Un conflicto de supervivencia (Desde la Prehistoria hasta nuestros días), de Juan Carlos Gil Cubillo, ha supuesto una decepción para mí.

El libro en cuestión es el segundo de una trilogía de ensayos en torno a la figura del lobo, en los que se repasan aspectos que abarcan desde sus rasgos fisiológicos y comportamiento hasta su interacción con el hombre y el medio cada vez más degradado en que se ve obligado a subsistir. Lo cierto es que el lobo, el gran depredador de la región Holártica, es mi animal tótem por excelencia. Si pudiera trabajar algún día con animales en la disciplina que más me apasiona (la Etología), sin duda el elegido sería el Canis lupus. Siendo así, ¿cómo es posible que el libro me haya defraudado? Mi amigo Alberto ya me advirtió de su desilusión al leer el libro cuando lo puso en mis manos hace unas semanas, en una de nuestras noctámbulas salidas campestres, y lo cierto es que debo secundar su opinión.

El ensayo comienza dando un repaso evolutivo previo con la intención de situarnos en el escenario de los hechos: partiendo de la evolución humana, muestra cómo nuestros ancestros pasaron de ser un buen entrante a la hora del almuerzo de todo tipo de depredadores a un serio competidor éstos, para llevarnos a los últimos momentos del Paleolítico y comienzos del Neolítico, donde las interacciones entre el hombre y el medio dejaron de ser pasivas para comenzar una relación de sometimiento de éste por parte de unos homínidos cada vez más inteligentes. En esta primera parte, salvando la natural enumeración de especies, extintas o no, el lenguaje usado por el autor es marcadamente pedante (no, no hay otra forma de describirlo), dificultando la lectura por lo engorroso del mismo.

En una segunda parte, la obra da paso a una visión claramente etológica, intentando describir cómo pudo producirse el sometimiento del lobo al hombre, siendo el Canis lupus la especie animal de la que se tiene fechada una domesticación más temprana. Este es un hecho de lo más curioso, porque el lobo es un animal harto inteligente, con un comportamiento complejo y difícil de controlar, como viene a demostrar el autor tras una serie de experimentos con animales troquelados (son aquellos que tienen contacto con el hombre desde los primeros días o semanas de vida, quedando marcados por una impronta que los vincula al ser humano), la domesticación del lobo tuvo que darse de forma muy paulatina, siendo complejo el hecho de mantener a varios animales en una misma tribu, ya que tenderían a formar una manada y terminarían abandonando a sus criadores humanos. También resulta complejo en los experimentos citados retirar al lobo de la carne, ya que mantiene comportamientos instintivos muy relacionados con este alimento y no resulta fácil separarlo de la presa, especialmente cuando cazan en manada. Todo lo expuesto constituye un enigma en torno a una domesticación de la especie que se produjo antes incluso que la de los herbívoros, a la sazón mucho más dóciles que aquél. Salpicadas por el texto encontramos narraciones pobremente descritas (demasiada adjetivación que distrae de un texto extremadamente simple) de experiencias de campo del autor.

Por último, el estudio se centra en la relación del lobo con el hombre en nuestros días, especialmente en lo tocante a los ataques a la cabaña ganadera, y cómo la figura del lobo, aún hoy, está fuertemente impresa en los miedos atávicos del hombre, lo que lleva a culparle siempre de todos los males que puedan acontecer a los rebaños, sea el lobo o no (pues en muchos casos se trata de perros asilvestrados) el causante de los mismos. En esta última parte algunas narraciones de pastores con los que ha conversado el autor también adolecen del intento del autor de convertir el ensayo en un texto literario (he comprobado que la próxima edición del Diccionario de la R.A.E. incluirá el término “literaturizar”, que se ajusta a lo que quiero describir, pero es que me parece abominable) sin conseguir hacerlo por ello más ameno o legible.

Se me antoja pensar que el autor intentó trasladar a su obra la singular capacidad descriptiva de un verdadero referente del movimiento en pro de la conservación de la naturaleza: Félix Rodríguez de la Fuente. El burgalés que supo despertar en un país aferrado a su pasado, que daba el nombre de alimaña a cualquier animal silvestre que no tuviera un aprovechamiento cinegético directo, el amor por la naturaleza, fue sin duda un comunicador nato, capaz de dotar de ese toque mágico de cuento de hadas a cualquiera de sus textos científicos o divulgativos espacios televisivos. También es posible que intentara emular al gran etólogo austriaco Konrad Lorenz, ganador del premio Nobel por sus estudios sobre comportamiento animal, y que cuenta en su haber con ensayos tan hermosos como El Anillo del Rey Salomón (algún día hablaré aquí de ese libro) o Cuando el hombre encontró al perro, ciertamente muy afín al que nos trae hoy al blog, pero que está escrito con un gusto exquisito.

Un libro es contenido y continente, es aquello que nos cuenta y cómo lo hace. Una buena historia que esté mal escrita terminará por aburrirnos, un argumento mediocre oculto tras bellas palabras será capaz de exasperarnos. En este caso, el resultado no es todo lo bueno que habría deseado, puesto que el objeto de la investigación se me antoja apasionante, ya que permite aprender muchísimo de ese antagonista que convertimos un buen día en nuestro más fiel amigo y que, a pesar de todo, nos hemos empeñado en mantener alejado de nosotros con todo tipo de trampas, lazadas y cuentos de viejas… Pero esto será un tema a abordar en otra ocasión.

Para quitarme el mal sabor de boca, os dejo con un vídeo de El Hombre y la Tierra, deseando que el canto del lobo no se extinga jamás de nuestras sierras.

sábado, 15 de agosto de 2009

Andanzas de un naturalista

Entre los libros que traje en la mochila del viaje a Valencia hubo uno que descubrí casualmente mirando en la página web de la librería y que, tras indagar un poco sobre el autor, decidí que viniese conmigo de vuelta. Se trata de Entre hombres y pájaros. Andanzas de un naturalista, el primer libro de Tito Narosky, un técnico químico argentino que supo hacer de su incipiente pasión por lo natural y, en particular, por la observación de los pájaros, el modo de vida que ha seguido hasta la fecha. No conocía al autor anteriormente, y me ha sorprendido gratamente comprobar cómo es uno de los más respetados ornitólogos de su país, autor junto a uno de los componentes de Les Luthiers de un libro sobre malacología, y todo un referente del movimiento en pro de la conservación de la naturaleza de Latinoamérica. Pero centrémonos en el libro, que me ha enganchado literalmente hasta hacerme vivir la paradoja del lector que tan bien supo describir R. en su blog, y que me ha obligado a sentarme a redactar esta reseña justo antes de terminarlo, intentando postergar así lo inevitable: su conclusión.

Entre hombres y pájaros narra algunas de las vivencias de Narosky, y que van desde el despertar de su vocación naturalista hasta prácticamente su dedicación exclusiva a la preservación de lo natural. Narrado con sencillez, casi diría que con candor, sus aventuras me han recordado a las que Gerard Durrell dejó plasmadas en su "trilogía de Corfú" (Mi familia y otros animales, Bichos y demás parientes y El jardín de los dioses) o en cualquiera de sus otros libros de andanzas zoológicas, y es que resulta divertido, anecdótico y respira por los cuatro costados amor y pasión por lo que hace.

Cada vez que salía de vacaciones, que buscaba aislarme de la humareda humana, me encontraba contemplando de soslayo a mi mundo perdido, y eso me producía escozor. Sentía la falta e intentaba el reemplazado a tiendas.

En las playas dejaba tostándose al conglomerado humano y buscaba en las soledades el caracol multiforme, los trozos de algas cromáticas, el veteado canto rodado, el pececillo abandonado o el vuelo negriblanco de la gaviota. En las sierras caminaba sin rumbo, o quizá con rumbo a un edén olvidado. En los senderos de la campaña miraba con melancolía los nidos de hornero y leñatero que orgullosamente se mostraban en los postes, y que eran el único lazo visible con aquella etapa, con aquel momento de mi infancia que resumía una época.

Ante tamaña afirmación no puedo más que sentirme identificado: informático con vocación de biólogo que no pudo ser (cosas de la vida, tuve que buscarme la misma en estas lides tecnológicas, y aunque a día de hoy me gustaría cursar esa carrera no me es posible por la obligatoriedad de la presencia y la enorme cantidad de prácticas que poseen sus asignaturas… pero esta es otra historia, que debería ser narrada en otra ocasión), y que busco como el aire que respiro la escapada al campo en la compañía de mis buenos amigos, prácticamente hermanos, Sergio y Alberto, biólogos ambos (el primero de ellos compañero desde el que antaño fuera 1º de E.G.B., se encuentra ahora en México trabajando precisamente como zoólogo y cumpliendo su -nuestro- sueño. ¡Carnal, se te extraña!, el segundo desde hace bastante menos, pero compartiendo ilusiones y tiempo libre, hemos congeniado como sólo lo hacen los amigos de verdad). Junto a ellos en ocasiones, en solitario en otras cuantas, he disfrutado todos estos años del continuo descubrimiento del misterio de la vida, he luchado por preservar un mundo mejor, más respetuoso con el débil, más justo. Nuestra mayor hazaña hasta la fecha ha sido frenar el avance de una de las mayores promotoras del país en nuestro pueblo. FADESA, la gran empresa inmobiliaria gallega, tenía planteada para la zona aledaña a nuestro amado Parque Periurbano de la Dehesa de Santa Fe la ejecución de un complejo urbanístico con sus 700 chalés de lujo, piscina incluida, su par de campos de golf y zonas deportivas y comerciales que rompían con las ilusiones de los comerciantes del casco histórico. Siete años de lucha constante, de denuncias que derivaron en el apoyo del Defensor del Pueblo Andaluz y recibieron el rechazo del Ayuntamiento y de la empresa promotora, terminaron por dar al traste con un proyecto que ha sido rematado, también hay que decirlo, gracias a la reciente crisis que sufrimos. Ahora permanece latente, expectante de una recuperación económica que le permita resurgir como una terrible ave fénix de sus cenizas, arrasando con el fuego de la intolerancia la historia y el patrimonio natural de todos. Ojalá no nos fallen las fuerzas ni la ilusión cuando debamos volver a esta lucha.

Me encontré como un niño a quien se ha descubierto haciendo algo inconveniente por lo cual, sin embargo, no se lo va a castigar. Poco a poco el miedo al ridículo, por mi incipiente fascinación ornitológica, fue cediendo.

Me hallaba en una edad en que ya muchos hombres, aburguesados por la repetición de circunstancias y confiando en que la vida no oculta nada más agradable que un buen plato de ravioles o una película por televisión, abandonan sus búsquedas juveniles. Yo parecía querer volver al pasado y recomenzar. Era una aventura peligrosa.

Y es que, amigos, no sé si me pierde la pasión, si es más ésta que el contenido del libro que reseñaba, pero como os decía en un principio, me está encantando. Es difícil de conseguir, ya que fue publicado en 1978 en Buenos Aires y sólo he visto algunos ejemplares de segunda mano por Internet a un precio bastante elevado incluso en Argentina, país donde fue editado, pero si os interesa el tema os recomendaría leer a Durrell y, por supuesto, aprovechar el buen tiempo y salir al campo a primera hora, guía ornitológica en mano, para disfrutar de una naturaleza que deberíamos preservar. Por nuestro bien y el de quienes llegarán tras nosotros.

Os dejo, para finalizar, con un fragmento que me ha estremecido, ha hecho que se me erice la piel y un estremecimiento recorra mi espalda. Y en compañía de algunas fotografías que sacó hace poco Alberto, que tiene mejor mano que yo para esto en nuestra querida y escasamente valorada Dehesilla; como comprobaréis, tiene más secretos y hermosura de la que muchos saben ver en ella. Están presentes uno de sus barrancos, que aparece cruzado por un arroyuelo de aguas ligeramente salobres donde es fácil encontrar renacuajos de sapo corredor (Epidalea calamita), bordeado por una vegetación compuesta por juncos (Juncus sp.) y tarajes (Tamarix africana), una fotografía nocturna de un chotacabras pardo (Caprimulgus ruficollis) y un pollo de ratonero común (Buteo buteo) en su nido.

Feliz fin de semana.

Nos abrimos paso entre los nidos, que por su proximidad impedían el avance. Ya no nos hablábamos, cada uno vivía la aventura en su propio espíritu. El espectáculo me retrotrajo a épocas pretéritas, a aquellos tiempos en los que el hombre aún no había logrado mancillar la genuina virginidad de la naturaleza.

Mientras caminaba, mi mente vagó por los más insólitos senderos. Creo que me detuve en el futuro, porque la laguna, cuyas aguas en la realidad todavía mojaban mi cuerpo, había sido desecada y su suelo barroso, pulcramente asfaltado. En lugar de juncos y duraznillos blancos florecidos, mi pesadilla vislumbró allí un lujoso casino para servir a las necesidades de la ciudad de Azul, convertida en urbe millonaria. Imaginé una mesa de punto y banca, una ruleta y hombres y mujeres neurotizados por el juego. Enterrada entre los cimientos de la moderna obra, una vieja y olvidada civilización, una ciudad perdida de gaviotas, cuervillos, garzas y cisnes. Cientos de miles de animales muertos o imposibilitados de reproducirse jamás, al haberse eliminado el ambiente propicio para ello. Pero desde el punto de vista del hombre, en la construcción de ese casino “no hubo que lamentar víctimas”.

Sin transición volví a la actualidad. Ya los cansados resplandores del atardecer delineaban sombras tenues sobre el manto de terciopelo del bañado. Un chisporroteo rosa y carmín se había elevado sobre el cielo todavía azul. Las espátulas no nos quisieron dejar ir sin que grabáramos su presencia y la de sus nidos en el celuloide. Fue el fin de fiesta.

Todo era silencio. La hilera humana caminaba hacia la estrechez de su mundo, hacia la pequeñez de su egoísmo. A cuatro de sus representantes se les había permitido viajar hasta la irrealidad. Allí los animales les habían hablado. Eso no era difícil. Lo difícil resultaba hallar un lenguaje por el cual estos hombres pudieran comunicarse con sus hermanos y transmitirles su mensaje de amor y respeto por la vida.

Una tarea casi imposible, porque ese idioma no ha sido creado todavía.


viernes, 5 de junio de 2009

Día Mundial del Medio Ambiente

Hoy, como cada 5 de junio desde 1972, celebramos el Día Mundial del Medio Ambiente. Nació por una iniciativa de la Asamblea General de Naciones Unidas, y la idea del mismo es impulsar la concienciación de la población en materia medioambiental, algo que debería hacerse de forma continuada, a mi parecer, ya que el impacto de nuestras actividades diarias sobre nuestro entorno es cada día mayor y, por ende, más grave.

Multitud de asociaciones y colectivos celebran este día con todo tipo de actividades: reparto de plantones de especies forestales autóctonas, material informativo, impartición de charlas, etc. Así, desde Homo libris quería sumarme a esta iniciativa comentando algunos libros relacionados con el tema que me parecen imprescindibles para conocer hacia donde nos dirigimos en nuestra querida pero maltratada aldea global.

Empiezo con un clásico, Primavera silenciosa, de Rachel L. Carson. Escrito a principios de los años 60, en él se denuncia el uso de pesticidas (fundamentalmente DDT) en el control de plagas en la agricultura intensiva. Durante su lectura, descubriremos cómo hasta los años 50 los esquimales no conocían lo que era el cáncer, pero diez años después comenzaron a sufrirlo, y a descubrir trazas de plaguicida en sus organismos. También la increíble masacre sufrida en Sheldon, EEUU, durante esa misma época, cuando al intentar exterminar el escarabajo japonés, el DDT fue escalando en la pirámide trófica, matando a escarabajos y lombrices, también a los roedores y dejando estériles a los pájaros que no murieron por el veneno. Sin duda, un libro que denuncia duramente el uso de sustancias químicas que, a día de hoy, aún están presentes en la producción de algunos alimentos.

Ya que hablamos de comida, algo que nos llega muy de cerca, también me gustó muchísimo Otra manera de vivir, de la conocida primatóloga Jane Goodall. La autora es a los chimpancés lo que Dian Fossey a los gorilas de montaña (recordad la inolvidable película Gorilas en la niebla, basada en su trayectoria vital). En este libro, Goodall trata de forma amena la importancia de la alimentación en el desarrollo de los primates y, por supuesto, del hombre. Repleto de vivencias de la propia escritora, defiende la agricultura ecológica, y el consumo de alimentos locales y de temporada, para evitar la sobreexplotación de la tierra. Nos hace reflexionar en torno al modo en que se obtienen determinados alimentos (como las granjas donde viven masificados cerdos, vacas o gallinas ponedoras), y lanza un reto al lector: con nuestro voto silencioso, cuando vamos a la tienda a comprar, estamos decidiendo el modelo de vida que deseamos, para nosotros y, por extensión, para otros seres vivos.
Sí, colectivamente, nosotros, el pueblo, somos la fuerza que puede traer el cambio. Cada vez que salimos a comprar, cada vez que elegimos una comida en un restaurante, nuestras elecciones –lo que decidimos comprar o pedir- tiene importancia no solo para nuestra salud y equilibrio mental, sino también para el futuro del planeta. Afortunadamente, cada vez más gente se da cuenta de ello. Cada vez que un individuo cambia en su modo de vida, una persona más se apunta a la alimentación sana y ética.
De la pluma de uno de nuestros más reputados científicos, Miguel Delibes de Castro, y de su padre, el gran literato Miguel Delibes, nos llegó hace unos años un libro interesantísimo para comprender los problemas que aquejan a la tierra, y discernir cómo podemos enfrentarnos a ellos. Se trata de La Tierra herida, una obra en la que padre e hijo dialogan, preguntándose mutuamente de qué modo podemos afrontar los problemas medioambientales y sociales que estamos creando y dejaremos por herencia a nuestros hijos. Trata temas como el cambio climático, la reducción de la capa de ozono, la desertificación o la pérdida de biodiversidad. Una obra magnífica que podemos encontrar en ediciones de bolsillo, la “normal” de tapa dura y una de lujo, acompañada por un impactante trabajo fotográfico.

Últimamente se habla de crisis, crisis, crisis. Pero la económica no es la única, ni la más importante. De hecho, viene provocada por una crisis de valores medioambientales y sociales, propia del paradigma del consumismo exacerbado. Durante prácticamente el último siglo, la economía se ha basado en el consumo insaciable, en la ambición de tener más, a costa de todo y de todos. No importan las consecuencias, no cabe pensar en el otro. Vivimos en crisis continua, y en deuda con los países más pobres y nuestro medio ambiente. Ante esto, la única salida posible es apostar por un mundo más justo, más equitativo, más sostenible (palabra ésta que no se cae de boca de los políticos, y que está siendo vaciada de todo sentido, por desgracia). El decrecimiento, el vivir y disfrutar más, con menos, es la apuesta que nos hace Mejor con menos, de Joaquim Sempere, que considero muy interesante para descubrir cómo podemos mejorar nuestros hábitos de ocio y consumo.

Pero para los más jóvenes también hay propuestas. Por ejemplo, el clásico Momo, de Michael Ende, transmite valores de aprovechamiento y buen uso del tiempo, de cómo lo disfrutamos y a qué lo dedicamos. Vivimos con prisas, sin tiempo para la familia, para disfrutar, para aprender y mejorar como personas. Desde nuestro nacimiento, competimos por ser más rápidos, más altos, mejores que los demás. En nuestra sociedad se exalta la competitividad en todas las facetas posibles: en la escuela, en el trabajo, en el deporte… ¿Y de qué nos sirve? ¿Cómo nos hace mejores personas? Momo, nuestra protagonista, vive sin familia, sola, en un anfiteatro romano a las afueras de la ciudad. Sus amigos le llevan comida, y acuden a visitarla porque tiene un inmenso don: es capaz de escuchar como nadie. Cuando aparezcan los hombres grises, instando a todos a ahorrar el tiempo y dedicarlo a otros menesteres, ella y sus amigos serán los únicos que puedan alertar a la población del grave riesgo que corre.

Una novela que me encantó en su día (como ya lo hiciera años antes la versión cinematográfica, protagonizada por Harrison Ford) fue La Costa de los Mosquitos, de Paul Theroux, en la que un moderno Robinsón, genial inventor y descreído de la sociedad, aleja a su familia del consumismo imperante en Norteamérica para llevarles a la Costa de los Mosquitos, en Honduras, para hacer realidad su utópica forma de entender la vida. Un personaje que amaremos u odiaremos, pero que no deja a nadie indiferente.

Obviamente, existen muchos más libros que tratan de profundizar en la problemática medioambiental, o concienciar sobre la necesidad de preservar nuestra naturaleza. No quería terminar la entrada sin citar al más grande divulgador medioambiental de nuestra historia reciente: Félix Rodriguez de la Fuente, a quien perdimos hace 29 años, pero cuya obra y recuerdo quedará siempre con nosotros. Como director de diversas obras, entre la que se cuenta la magnífica enciclopedia Fauna, y como padre espiritual de toda una generación de biólogos, ambientólogos y apasionados del medio natural, Félix supo transmitir, como nadie, su pasión y amor por la naturaleza y el hombre. Vaya para él este sencillo homenaje.
Vosotros debéis enseñar a vuestros hijos que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, debéis decir a vuestros hijos que la tierra está plena de vida de nuestros antepasados. Debéis enseñar a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñados a los nuestros: que la tierra es nuestra madre. Todo lo que afecta a la tierra afecta a los hijos de la tierra. Cuando los hombres escupen el suelo se escupen a sí mismos.

Esto lo sabemos: la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra. El hombre no ha tejido la red de la vida: es sólo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red se lo hará a sí mismo. Lo que ocurre a la tierra ocurrirá a los hijos de la tierra. Lo sabemos. Todas las cosas están relacionadas como la sangre que une a una familia.

Extracto de la Carta del jefe indio Seattle.