domingo, 11 de noviembre de 2012

Los pantalones de Thoreau

Alguna vez que otra he loado las excelencias de la pana como la tela perfecta. Lo que no imaginaba es que un querido amigo mío, hace bastante más tiempo, ya lo había hecho. 


Así describía Thoreau sus pensamientos sobre la misma en su diario un 8 de mayo de 1857, con la sapiencia del naturalista y del que permanece alejado de la caducidad de cualquier moda. Podéis leer otros fragmentos del mismo en:

domingo, 4 de noviembre de 2012

Nuestro ingenioso planeta

¿Qué es la biodiversidad? ¿Cómo se relaciona con la evolución? ¿Qué relación tiene su pérdida con las acciones del hombre? ¿Y la erosión genética? ¿Y la sostenibilidad? Cada día escuchamos infinidad de términos que, siendo sistemáticamente repetidos, quedan asimilados parcialmente en la mentalidad colectiva. Y digo parcialmente porque o no se entienden en toda su extensión o se repiten las palabras, huecas, vacías de significado, como "loritos" que no se cuestionan qué significan realmente. Y lo que es peor, nadie se preocupa de explicarlas porque se asume que son conocidas por todos.

Hace un par de años, en 2010, se celebró el Año Internacional de la Biodiversidad. Una celebración marcada por la vergüenza de no alcanzar ni de lejos los mínimos que los líderes mundiales se habían marcado ocho años antes y que buscaban frenar la pérdida de biodiversidad que se está produciendo a nivel global en el planeta. Una pérdida de especies que es, aproximadamente, mil veces superior a lo que debería y que ha provocado que numerosos científicos, muchos de ellos reconocidos divulgadores (Sir David Attenborough, Edward O. Wilson, James Lovelock…) pidan que, en un ejercicio de responsabilidad, todos trabajemos unidos para combatir este preocupante hecho.


Entre las numerosas publicaciones que aparecieron en 2010 me había pasado desapercibida esta que os traigo y recomiendo enfervorecidamente hoy: Elemental, queridos humanos. Vida y andanzas del ingenioso planeta Tierra contadas por Juan Luis Arsuaga con dibujos de Forges. No sé cómo se me pudo pasar en su día, pero cuando vi el libro en su nueva y flamante edición de bolsillo no pude hacer otra cosa que llevármelo conmigo y devorarlo. Devorarlo, sí, porque es un libro que se lee con gusto, con una sonrisa en los labios y que divulga sin que nos demos ni cuenta (como ha de ser). Las ilustraciones de Forges son, en ocasiones, didácticas, y las más de las veces simplemente divertidísimas.

Los contenidos del libro nos llevan en un viaje en el tiempo desde la formación de la Tierra hasta nuestros días, repasando conceptos y presentando otros con una claridad expositiva admirable. No da nada por sabido pero tampoco cansa, a mi parecer, al que ya conoce de qué se está hablando. Así, conoceremos lo antigua que es la vida sobre la Tierra, cómo su evolución ha generado una asombrosa diversidad de especies entre las que una muy particular, que apareció sobre la faz del planeta hace nada, anteayer, como quien dice, está trastornando el entorno que le rodea gracias a su espectacular crecimiento y capacidad de adaptación. Y que en esos cambios que imprime a su alrededor hay numerosísimas especies que son incapaces de adaptarse y terminan desapareciendo. Algo que, si bien es consuetudinario a la propia esencia de las especies, no ocurría a una velocidad similar desde las anteriores extinciones masivas que afectaron al planeta.

Cómo puede afectar esto al hombre es algo que está por determinar, pero en el mejor de los casos no nos va a favorecer, así que imaginad en el peor de ellos. El libro trata de hacernos pensar sobre la importancia de la diversidad biológica del planeta, de nuestro hogar, y hasta qué punto necesitamos de ella.

Para terminar, os dejo con una reflexión que hacía Miguel Delibes de Castro sobre la biodiversidad. Como buen divulgador presentaba un ejemplo que a todos nos resultará claro: imaginad esa lavadora que tenemos en casa funcionando y que retiramos cada cierto tiempo para limpiar. A veces puede aparecer algún tornillo o arandela debajo. Nos preguntamos de dónde procederá, pero nos olvidamos pronto de esa pieza: al fin y al cabo la lavadora sigue funcionando. Puede que con el tiempo sigan apareciendo tornillos y tuercas y la lavadora haga más ruido en el centrifugado. Pero oye, pensamos, qué tontos son los fabricantes de lavadoras que, pese a todo, colocan piezas inservibles a la lavadora. Hasta que un mal día la lavadora deja de funcionar. Los tornillos, tuercas y arandelas que imaginábamos sin cometido, de los que desconocíamos su función, servían para algo. Y tal vez la pérdida de una, dos o diez de estas piezas pequeñitas no impedirían que la lavadora (que el sistema) dejase de funcionar. Pero en conjunto, su pérdida lleva a la rotura de la misma.

Leed este libro. Interesaos por el planeta. Es nuestra casa tanto como la del resto de especies que nos acompañan desde que hace unos 3500 millones de años empezamos a interactuar con el entorno y, tal vez, hacerlo idóneo para sostener la vida. No cerremos el ciclo haciéndolo inhóspito y adverso a ella.


jueves, 25 de octubre de 2012

El enredo de la bolsa y la vida

Permanecer durante tanto tiempo apartado del blog conlleva que, por bajo que sea el ritmo de lectura, como es mi caso en los últimos tiempos (¡oh, excelsos autores, perdonad mi falta!), se vayan acumulando las entradas y reseñas que en un determinado momento pasan por mi mente. Si bien es cierto que me queda mucho camino por recorrer hasta recuperar la regularidad lectora que me gustaría, no lo es menos que no termino de encontrarme cómodo con aquello que escribo. Perdonad, si es posible, queridos lectores, blogueros y amigos (¡Eh! ¿Hay alguien ahí? :)), este hecho. 

Es posible que en sucesivas entradas vaya tirando de fondo de librería para hablar por aquí de algunos de los libros que más me han llamado la atención en este tiempo, sea individualmente o de forma conjunta, pero quería arrancarme a escribir con la última novela que he terminado de leer: El enredo de la bolsa y la vida, de Eduardo Mendoza. 

Sobre este autor barcelonés he hablado varias ocasiones en el blog pero, curiosamente, no he reseñado las anteriores aventuras de su loco detective innominado que, os adelanto, me encantaron. El nivel de los libros que componen el ciclo formado por El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas, La aventura del tocador de señoras y, por último, El enredo de la bolsa y la vida ha sufrido altibajos a lo largo de las andanzas de nuestro anónimo amigo. Si bien la primera de las novelas es genial y la segunda no la desmerece demasiado, a mi parecer la tercera es más bien floja y esta última, si bien eleva un poco el listón no llega al nivel de las primeras. No quiero decir con esto que estemos ante un mal texto, todo lo contrario. El desvergonzado Mendoza, que tanto y tan bien ha hecho dentro de la “literatura seria”, ofrece un divertimento de calidad, bien escrito y con un particular sentido del humor cargado de cierto surrealismo que me parece entrañable. 

Tras los entuertos (los desmontados y los creados) por el detective en el pasado, este se ha retirado y lleva una vida tranquila gestionando la peluquería de su cuñado. Lo cierto es que esta labor no le ocupa demasiado tiempo, sobre todo si tenemos en cuenta que hace meses que no entra mujer alguna a cortarse el pelo, ponerse mechas o echarse un tinte. Así, no es de extrañar que, tras ser puesto al tanto de la desaparición de un antiguo compañero de manicomio, Rómulo el Guapo, que solo unas semanas antes le había propuesto llevar a cabo un golpe maestro que les sacaría de pobres, se embarque en la aventura que Quesito, una adolescente que quería a Rómulo como a un padre, le propone: encontrar a su amigo y salvarle de un desconocido peligro. Pero no estarán solos: nuestro detective-peluquero cuenta con grandes amigos entre las clases más desfavorecidas de Barcelona: un africano albino, una acordeonista callejera y comunista y el timador profesional Pollo Morgan entre otros, nos deleitarán y arrancarán más de una carcajada conforme devoremos las páginas de esta breve pero agradecida novela. 

¡Ah, y un personaje de excepción, figura y centro de la crisis actual! No os digo más: ¡leedla!

jueves, 13 de septiembre de 2012

«La vida no es forma de tratar a un animal»


Me encanta Vonnegut y, sin embargo, es un autor al que leo de higos a brevas. Me lo descubrió Azote a través de su novela Matadero cinco (subtitulado La cruzada de los niños) y lo cierto es que aquella primera lectura me dejó un poco descolocado. La forma de narrar de Kurt es bastante peculiar, hilvanando sus historias mediante un finísimo humor negro, tremendamente ácido, que nos hace dudar en ocasiones sobre si estará hablando en serio, si se ríe de nosotros o, lo que es más probable, si se estará riendo del mundo. En el blog hay un par de reseñas de obras suyas cuya lectura os recomiendo encarecidamente. La de las novelas. Bueno, y como diría él, la de las entradas también; Pájaro de celda y Galápagos

Aunque durante los últimos meses he leído otros libros (no tantos como hubiese querido) no he reseñado prácticamente ninguno. La falta de tiempo, ganas y fuerzas se han dado la mano para hacer que el blog se asemejase a un desierto de letras, con sus plantas rodadoras (estepicursores) incluidas, y ha sido precisamente un libro de Vonnegut el que me ha sacado de esta apatía lectora. Un hombre sin patria es un libro de artículos, un experimento artístico, un conjunto de pensamientos plasmados sobre el papel, un monólogo interior vomitado en forma de tinta. Y lo he devorado sin ser capaz de despegar las pestañas de sus páginas, disfrutando con cada una de sus frases y cada sonrisa mía, cosechada en su momento justo gracias al buen oficio de este escritor.

Pero no todo son sonrisas, y, cuando lo son, suelen venir acompañadas de cierto regusto agridulce ya que nos estamos riendo, como Vonnegut, de la permanente e irónica locura del hombre en su relación con sus semejantes y el mundo que le rodea. Para muestra, un botón: 
Uno de mis seres humanos preferidos es Eugene Debs, de Terre Haute, en mi estado natal de Indiana. […] Lo que decía durante la campaña era esto:

Mientras haya una clase baja, estaré en ella.
Mientras haya un elemento delictivo, perteneceré a él.
Mientras haya un alma en la cárcel, no seré libre.

¿No les da arcadas cualquier cosa relacionada con el socialismo? ¿Como las grandes escuelas públicas o la seguridad social para todos? 

Los textos de Un hombre sin patria abarcan todo tipo de temáticas. Las guerras injustas (siempre lo son), ya se desarrollen en Irak o en Europa, puesto que Vonnegut sobrevivió durante la Segunda Guerra Mundial al bombardeo de Dresde y criticó duramente a los Bush y sus amigotes cuando llevaron el dolor y la desolación a Irak en dos ocasiones. La contaminación del planeta por el uso y abuso de los combustibles fósiles, las armas nucleares, el crecimiento hipotéticamente ilimitado de la población mundial... Nos habla del humanismo y de la religión, sobre literatura y ciencia desde el punto de vista del que ha vivido una vida larga y plena y sabe lo que se hace. No en vano su formación en Química y su máster en Antropología, su posición como presidente de la Asociación Humanista Americana (como sucesor de Isaac Asimov tras la muerte de este), complementarían y enriquecerían su experiencia vital.Y, así, su mensaje resulta plenamente lúcido y actual:
Llegaron en una época en que la clase dirigente anglo, igual que los políglotas oligarcas empresariales de hoy en día, querían los trabajadores más baratos y dóciles que se pudieran encontrar en el mundo entero. Los requisitos que debían cumplir estas personas, tanto entonces como ahora, eran los ya enumerados por Emma Lazarus en 1883: «cansados», «pobres», «hacinados», «desgraciados», «sin hogar» y «maltratados por la vida». Y, en aquella época, a las personas de este tipo había que importarlas. No era posible, como hoy, enviarles el trabajo allí donde eran tan infelices. 
Un hombre sin patria es un libro escrito con ingenio y humor, divertido hasta el extremo, con ese estilo tan personal y único que le convierte en uno de los mayores autores norteamericanos de los últimos tiempos y que le hizo ser candidato al Premio Nobel de Literatura que, desgraciadamente, no llegó a conseguir. No dejéis de leer este libro: os encantará. 
Lo que es radicalmente nuevo hoy en día es que mi hija Lily, que acaba de cumplir los veintiuno, se ha encontrado (como los hijos de ustedes, como George W. Bush, que también es un niño, como Saddam Hussein y como este otro y el de más allá) con una escandalosa herencia: un pasado reciente de esclavitud, una epidemia de sida y unos submarinos nucleares que dormitan en el fondo de los fiordos de Islandia y a saber en qué otros muchos lugares, con una tripulación dispuesta a, con tan sólo una orden, convertir en hollín radiactivo y en polvo de huesos cantidades industriales de hombres, mujeres y niños con sus misiles y sus bombas de hidrógeno. Nuestros hijos han heredado tecnologías cuyos efectos secundarios, lo mismo en tiempos de guerra que de paz, están destruyendo este planeta a marchas forzadas, logrando que deje de ser un sistema respirable y potable donde las formas de vida puedan desarrollarse. Cualquiera que haya estudiado algo de ciencia y hable con científicos de vez en cuando comprende que actualmente nos encontramos ante una tremenda amenaza. Los seres humanos, los de antes y los de ahora, nos hemos cargado el chiringuito. 
La mayor verdad que hay que afrontar ahora (y que probablemente hará que se me considere una persona poco simpática para el resto de mi vida) es que creo que a la gente le importa un pimiento si el planeta aguanta o no. Me da la impresión de que todo el mundo vive como viven los miembros de Alcohólicos Anónimos: al día. Y les basta con unos pocos días más. Conozco a muy poca gente que sueñe con un mundo para sus nietos.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Nessun Dorma

Comienzo el 6 de septiembre como terminé el día anterior, estudiando y deseando que llegue la tarde para finalizar, para mal o para bien, con el curso académico actual y los exámenes, deseando retomar un ritmo de lectura que ya perdí hace meses (puedo llevar más de un mes o mes y medio sin leer un libro por placer, una situación como no recuerdo otra en mi vida) y otras muchas actividades. 

Termina un año que ha sido especialmente duro, pero comienza una etapa que espero sea fructífera y provechosa. Y lo hace, posiblemente no pudiera ser de otro modo, con un sentimiento que tiene algo de pena y de alegría entreveradas. Por eso, y porque hoy se cumplen exactamente cinco años de su pérdida, quería escribir esta breve entrada recordando a la voz para la que fue escrita esta canción, la que me da fuerzas para afrontar la noche. Nadie ha conseguido emocionarme más al escucharla que Luciano Pavarotti.


Dilegua, o notte!
Tramontate, stelle!
Tramontate, stelle!
All'alba vincerò!
vincerò, vincerò!

miércoles, 22 de agosto de 2012

Libros sin hogar

Me lo ha hecho llegar Azote y (comprendedme) no he podido evitar traerlo aquí. Para leerlo bien, pulsad sobre la imagen.

Podéis encontrar el original y otros cómics del autor en su web, Incidental comics.

För en tid som bara går och aldrig kommer igen


Deambulando hace un par de días por la Biblioteca Pública Provincial de Granada, en su laberinto formado por muros de papel, se me dibujaban en la memoria tantos momentos allí vividos, las horas entre libros y las lecturas disfrutadas, y echaba de menos aquellos tiempos en los que regresaba a casa con la mochila repleta de páginas por leer, el rostro aterido por el frío viento que bajaba de la sierra, entre olores a pan caliente y castañas asadas. 

No llega el invierno aún (no con la prontitud que desearíamos más de uno), y el estío nos muestra estos días su rostro maldito de incendios forestales y temperaturas extremas, y de nada valdrá la nostalgia cuando, asentado en la realidad, recorra los tres pasillos de libros y audiovisuales de la biblioteca malagueña, con sus lomos marcados por la nomenclatura de un arcaico sistema de clasificación bibliográfica, y eche de menos la ciudad del Darro y el Genil. 

Por eso, mientras ocupo mis días estudiando Ecología (en el enlace a "Andanzas de un Trotalomas" os dejo un breve fragmento de un texto de Aristóteles que ya vaticina el estudio de esta ciencia, en el que describe todo tipo de relaciones intraespecíficas e interespecíficas y que encontré precisamente en la biblioteca granadina) y maldiciendo entre dientes este último año que ya nació torcido y ha crecido contrahecho, deseo que llegue septiembre y que pase volando este último tramo, plantarme ante los meses que están por venir y reorganizar mi vida (y nunca he sido de propósitos de año nuevo, ya sea este sideral o académico), fijar mis prioridades y retomar, entre otras cosas, un hábito lector que ha quedado maltrecho en los últimos tiempos y que siempre fue, para mal o para bien, uno de mis indicadores de salud y paz mental.

Posiblemente sí que sea esta vez la de mi regreso a estos pagos cibernéticos. No sé cuánto tardará en llegar ni si será duradero, pero me gustaría que fuese con unas ganas retomadas por escribir (disfrutar haciéndolo y sentirme bien con lo escrito) y, por supuesto, por compartir lecturas tanto aquí como en vuestros blogs, que nunca he dejado de visitar si bien de forma errática en la figura de un ente etéreo y silencioso que no dejaba huella ni tan siquiera en el cajoncito de los comentarios.

Nos vemos en unas semanas y, entretanto, os dejo con "Elegi", de Lars Winnerbäck, un hermoso descubrimiento que me brindó Azote tiempo atrás.



För en tystnad mellan väggarna som skar genom cement
Två ögonpar i tomhet från september till advent
För en man som gick till jobbet som om inget hade hänt
För en kvinna som sa allting är förstört, allt är brännt

En elegi för alla vägar som vi inte vandrat än
för en tid som bara går och aldrig kommer igen

¡Feliz lectura! 

jueves, 26 de julio de 2012

There Will Come Soft Rains


 Sara Teasdale, "There Will Come Soft Rains". The Flame and the Tale.

There will come soft rains and the smell of the ground,
And swallows circling with their shimmering sound;

And frogs in the pools singing at night,
And wild plum-trees in tremulous white;

Robins will wear their feathery fire
Whistling their whims on a low fence-wire;

And not one will know of the war, not one
Will care at last when it is done.

Not one would mind, neither bird nor tree
If mankind perished utterly;

And Spring herself, when she woke at dawn,
Would scarcely know that we were gone.

martes, 10 de julio de 2012

La isla del lago de Innisfree


Siempre es un placer leer a Yeats, máxime si es con un poema tan hermoso como el que traigo a esta entrada. Y si podemos escucharlo, además, en su voz, y recordar así su obra y la de Thoreau (pues la inspiración de Walden es más que manifiesta) mejor que mejor. Alegremos pues el día y nuestras lecturas con The Lake Isle of Innisfree.

The Lake Isle of Innisfree
por William Butler Yeats

I will arise and go now, and go to Innisfree,
And a small cabin build there, of clay and wattles made,
Nine bean-rows will I have there, a hive for the honey bee,

   And live alone in the bee-loud glade.
And I shall have some peace there, for peace comes dropping slow,
Dropping from the veils of the morning to where the cricket sings;
There midnight's all aglimmer, and noon a purple glow,

   And evening full of linnet's wings.
I will arise and go now, for always night and day,
I hear lake and water lapping with low sounds by the shore;
While I stand on the roadway, or on the pavements gray,
   I hear it in the deep heart's core.
¡Feliz lectura!

miércoles, 4 de julio de 2012

El expediente Barcelona

No me prodigo últimamente demasiado con las entradas del blog, pero resultaría de todo punto impensable que dejase pasar la ocasión de hablaros de uno de los libros que posiblemente más haya citado por aquí. No hace mucho terminaba de leer El expediente Barcelona, la primera de las novelas de Francisco González Ledesma en la que hace aparición el inspector Méndez, protagonista de tantas obras imprescindibles del autor, y he de decir que me ha encantado. Si bien la lectura se ha prolongado mucho más de lo que habría sido habitual para un libro de poco más de 300 páginas, ya que lo he leído en el poco ortodoxo soporte de mi móvil, aprovechando momentos vacíos y trayectos en transporte público cuando no llevaba un libro encima, lo cierto es que la he disfrutado hasta el punto de releer sobre la marcha fragmentos y capítulos completos, y estoy deseando hacerme con una copia en papel, ya que fue reeditado no hace mucho (y es que, señoras y señores que “velan” por la cultura, los libros electrónicos no tienen que suponer forzosamente la muerte de los tradicionales).


En El expediente Barcelona Ledesma nos llevará a los barrios de Barcelona que tan bien conoce, como no podía ser de otro modo, para descubrirnos las entretelas de un caso de terrorismo en el que aparecen vinculadas figuras de la burguesía catalana y los nuevos sindicalistas del posfranquismo en una historia hilvanada con una fina ironía, con el profundo desencanto de los que abandonaron sus ideales y con un amor interesado e inconstante.

En la novela se palpa el conocimiento que tiene el autor sobre el mundo del periodismo, de la abogacía y del movimiento obrero en la Barcelona de la época (no hay que olvidar que este abogado, dedicado a la literatura desde su juventud a pesar de ser censurado por el franquismo, tuvo que trabajar para Bruguera como escritor de novelas populares y como abogado de la editorial, y que además llegó a ser redactor jefe de La Vanguardia), y constituye un fiel reflejo de la sociedad barcelonesa de aquel entonces; un ejemplo en toda regla de la novela negra de corte social en España que conviene no perder de vista.

Por lo pronto, a mí se me ha abierto el apetito por la novela negra, un mundillo en el que hacía tanto que no me adentraba más que por las imprescindibles reseñas de Lammermoor o de Alice Silver, y que me apetece saciar continuando con la lectura de la “Serie Méndez”. Me esperan, por tanto, en cuanto dé buena cuenta de los libros que tengo entre manos, Las calles de nuestros padres. Entretanto, os invito a disfrutar este verano de esta impactante novela y os dejo con algunas de las apariciones de fragmentos de la misma en el blog y con la entrevista a González Ledesma.
¡Feliz lectura!

miércoles, 27 de junio de 2012

#bibliotecasvspitbull

Todo el mundo con la lengua afuera
todo el mundo con la lengua afuera (no tengas pena)
todo el mundo con la lengua afuera
todo el mundo con la lengua afuera (dice)
dale que tu puede (dale que tu puede)
dale que tu puede (dale que tu puede)
 I'm feeling so (hot, hot, hot)
mami looking so (hot, hot, hot)
I wanna tickle her (spot, spot, spot)
until she says dont (stop, stop, stop)
it will be my pleasure to please you (lick, click, bite, bite, nibble, nibble, tease ya)
dime mami ay que rico (ay, ay, ay)
chico I wanna se C.L.I.M.A.X (climax yes)
I get of watching you get of
come on baby show me what your working with now set it off [...]
Yo no quiero agua,yo quiero bebida mami,
tu eres loca no te hagas la fina.
Yo no quiero agua,
yo quiero bebida mami,
tu eres loca no te hagas la fina.
No tengo nada en contra de que la gente disfrute con aquello que le gusta siempre y cuando se lleve a cabo desde el respeto, pero me parece lamentable que el Ayuntamiento de Málaga se dedique a subvencionar un concierto de reggaeton (que no es un estilo musical que predique precisamente esa igualdad entre sexos que las administraciones públicas tanto se esfuerzan en inculcar) mientras recorta en servicios porque, dice, no tiene dinero. Por ejemplo, en el horario de apertura de las bibliotecas. Queda clara así la apuesta por la cultura de este ayuntamiento, que duró lo que sus pretensiones a optar a la capitalidad europea de la cultura en 2016. Muerto el perro se acabó la rabia; muerto el sueño, se acabó la pasta.




Y como parte de ese dinero sale de mi bolsillo tanto como del resto de los contribuyentes, hoy he decidido usar el blog para manifestar mi pataleo particular. No soy el único, en Twitter podéis seguir las opiniones de la gente en el hashtag #bibliotecasvspitbull.

De partida, me parece mal que dediquen ese dinero a financiar los conciertos de artistas más que consolidados, como podría ser el de Serrat y Sabina, en lugar de dedicarlo a dar a conocer e impulsar la carrera de artistas locales. Pero ya puestos a financinar, que no me comparen la calidad artística y cultural de estos con la de aquel, por ejemplo.


Nota: El párrafo que encabeza la entrada es un fragmento de letra de una canción de Pitbull. La he tomado de una página web y no he sido capaz de corregirla para que quede bien (tengo miedo a, desde mi ignorancia, destrozar una manifestación artística que, quién sabe, tal vez deba estar escrita así). 



lunes, 18 de junio de 2012

Recordando

Mi abuelo, también

Tal vez el día lluvioso sea el responsable de esta melancolía. Somos una máquina complicada en la que los hilos del presente activo se enredan en la tela del pasado muerto y todo eso se cruza y entrecruza de tal modo en lazos y apreturas, que hay momentos en los que la vida cae toda sobre nosotros y nos deja perplejos, confusos y súbitamente amputados del futuro. Cae la lluvia, el viento disloca la compostura árida de los árboles deshojados- y de tiempos pasados viene una imagen perdida, un hombre alto y flaco, viejo, que ahora se aproxima, por una senda encharcada. Trae un cayado en la mano, un capote embarrado y antiguo, y por él resbalan todas las aguas del cielo. Delante, avanzan los animales fatigados, con la cabeza baja, rasando el suelo con el hocico. Hombre y animales avanzan bajo la lluvia. Es una imagen común, sin belleza, terriblemente anónima.
Pero este hombre que así se aproxima, lento, entre cortinas de lluvia que parecen diluir lo que en la memoria no se ha perdido, es mi abuelo. Viene cansado, y viejo. Arrastra consigo setenta años de vida difícil, de dificultades, de ignorancia. Y con todo, es un hombre sabio, callado y metido en sí, que sólo abre la boca para decir las palabras importantes, las que importan. Habla tan poco (son pocas las palabras realmente importantes) que todos nos callamos para oír cuando en el rostro se le enciende algo como una luz de advertencia. Eso aparte, tiene un modo de estar sentado, mirando a lo lejos, aunque ese lejos sea sólo la pared más próxima, que llega a ser intimidante. No sé qué diálogo mudo lo mantiene ajeno a nosotros. Su rostro está tallado a hachuela, fijo, pero expresivo, y los ojos, pequeños y agudos, tienen de vez en cuando un brillo claro como si en ese momento algo hubiera sido definitivamente comprendido. Parece una esfinge, diré yo más tarde, cuando las lecturas eruditas me ayuden en estas comparaciones que abonan una fácil cultura. Hoy digo que parecía un hombre.
Y era un hombre. Un hombre igual a muchos de esta tierra, de este mundo, un hombre sin oportunidades, tal vez un Einstein perdido bajo una espesa capa de imposibles, un filósofo (¿quién sabe?), un gran escritor analfabeto. Algo sería, algo que nunca pudo ser. Recuerdo ahora aquella noche tibia de verano cuando dormimos, los dos, bajo la higuera – lo oigo hablar aún de lo que había sido su vida, del Camino de Santiago que sobre nuestras cabezas resplandecía (cuántas cosas sabía él del cielo y de las estrellas), del ganado que lo conocía, de las historias y leyendas que eran su caudal de la infancia remota. Nos dormimos tarde, enrollados en la manta lobera, porque al amanecer refrescaría sin duda y el rocío no caía sólo sobre las plantas.
Pero la imagen que no me abandona es la del viejo que avanza bajo la lluvia, obstinado y silencioso, como quien cumple un destino en el que nada se puede modificar. A no ser la muerte. Pero entonces, este viejo, que es mi abuelo, no sabe aún cómo va a morir. Aún no sabe que pocos días antes de su último día va a tener la premonición (perdona la palabra, Jerónimo) de que ha llegado el fin. E irá, de árbol en árbol de su huerto, abrazando los troncos, despidiéndose de ellos, de los frutos que no volverá a comer, de las sombras amigas. Porque habrá llegado la gran sombra, mientras la memoria no lo haga resurgir en el camino encharcado o bajo la concavidad del cielo y la interrogación de las estrellas. Sólo esto – y también el gesto que de repente me pone en pie y la urgencia de la orden que llena el cuarto tibio donde escribo.

José Saramago.
Y hoy, dos años después de tu pérdida, te seguimos extrañando, abuelo nuestro, también.

miércoles, 6 de junio de 2012

Ray Bradbury

Llevo un tiempo tan liado y con el ánimo tan variable que tengo todo esto un poco abandonado. Ayer, en lugar de escribir alguna entrada propia, ya fuese en Homo libris, ya en Andanzas de un trotalomas, recurrí a un texto de Frederik Pohl  para homenajear el Día Mundial del Medio Ambiente de este año (si bien me consta que con la elección sale ganando el lector, je, je). Y hoy me entero a través de Azote del fallecimiento de uno de mis más adorados escritores.


Ha muerto Ray Bradbury, el autor de esas maravillosas Crónicas Marcianas y de la grandísima novela distópica Fahrenheit 451, por citar dos de sus más aclamadas obras. Esta última nos previene ante la facilidad con la que podemos perder nuestra memoria colectiva. Los libros arden bien, demasiado bien, y con ellos se pierde la memoria, la necesidad de conocer y, en muchas ocasiones, hasta la decencia. Porque arrebatarnos los libros, robarnos parte de nuestra cultura, es buscar adocenarnos, convertirnos en un rebaño fácil de manejar y con escasas aspiraciones.


En estos tiempos que corren es más necesario que nunca que los libros, cúmulo de conocimiento, fiel reflejo de los avances en la ciencia, artes o humanidades, como amigos leales, estén ahí. Nos cierran las bibliotecas públicas, recortan presupuesto para la educación o encarecen el acceso a la superior. Pero ya sea desde blogs literarios, a través de las redes sociales o como personas-libro, hemos de preservar a estos delicados amigos de papel que, curiosamente, son los que nos hacen ser más fuertes.
Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guiñapos y ruinas de la Historia. Con su casco simbólico en que aparecía grabado el número 451 bien plantado sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedó rodeada por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre avanzó entre un enjambre de luciérnagas. Quería, por encima de todo, como en el antiguo juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y el jardín de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía.
[...]
-Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorado. La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer domina todo después del trabajo. ¿Por qué aprender algo, excepto apretar botones, enchufar conmutadores, encajar tornillos y tuercas?  
Ray Bradbury, Fahrenheit 451.
Descanse en paz. 

martes, 5 de junio de 2012

Porque «hora de actuar» es «ahora»


De La ira de la Tierra, una colección de ensayos de Isaac Asimov y Frederik Pohl publicada en 1991, extraigo algunos fragmentos del prólogo de este último para homenajear el Día Mundial de la Tierra de este año.
Últimamente se han escrito muchos libros sobre el medio ambiente y el modo en que lo estamos destruyendo, y muchos de ellos son excelentes. Entre todos nos han explicado el modo en que las actividades de la gente como nosotros estaban dañando la salud de nuestro planeta. Algunos de estos libros incluso nos dicen lo que podemos (y deberíamos) hacer en nuestra vida diaria para frenar su destrucción: reciclar, negarnos a comprar los productos más destructivos, organizar nuestra vida de manera que utilicemos todo lo que necesitamos con más eficiencia de modo que necesitemos menos.
[…]
Pero incluso si todos nosotros pusiéramos en práctica estas medidas, seguirían siendo insuficientes.
Ya es demasiado tarde para salvar a nuestro planeta del peligro. Ya han sucedido demasiadas cosas: granjas convertidas en desiertos, bosques talados y convertidos en tierras baldías, lagos envenenados y el aire lleno de gases perjudiciales. Incluso es demasiado tarde para salvarnos a nosotros mismos de los efectos de otros procesos perjudiciales que ya están en marcha y que seguirán su curso sin que podamos hacer nada por evitarlo. La temperatura global aumentará. La capa de ozono seguirá destruyéndose. La contaminación hará enfermar o matará a más y más seres vivos. Todo esto ha llegado tan lejos que ahora inevitablemente deberá empeorar antes de que pueda mejorar.
La única elección que nos queda es decidir cuánto estamos dispuestos a dejar que empeoren las cosas.
Todavía estamos a tiempo de salvar o recuperar una gran parte de este medio ambiente agradable y benevolente que ha hecho que nuestras vidas sean posibles; sin embargo, no es fácil. No se puede hacer nada si al mismo tiempo no hacemos cambios sociales, económicos y políticos importantes en nuestro mundo. Estos cambios van más allá de lo que podamos llevar a cabo como individuos. Este libro trata de por qué estos cambios a gran escala son necesarios, qué cambios se deben hacer y qué podemos hacer para que ocurran.
[…]
No hay ninguna duda de que algunos cambios importantes son inevitables. La única cuestión es cómo serán. Algunos de ellos ocurrirán independientemente de lo que hagamos, porque a medida que el medio ambiente se deteriore, se producirán de manera automática. Otros se originarán debido a nuestros esfuerzos por evitar el desastre. Todos los cambios serán trascendentales y el mundo de la siguiente generación va a ser bastante diferente del nuestro.
Para terminar, nos adentraremos en aspectos políticos de la verdadera conservación: por qué los cambios reales serán difíciles y qué acciones políticas podemos realizar para que ocurran.
Sé que esta parte tampoco resulta una buena noticia. Pedir al digno ciudadano medio que participe en los asuntos políticos que tan mala fama tienen en lo que a honradez se refiere, no es muy diferente a pedirle que considere la posibilidad de dedicarse a la prostitución callejera. Pero si queremos evitar el peor de los desastres, no hay alternativa a la acción política. Los individuos no pueden hacer la tarea ellos solos, es demasiado grande. Sólo la acción gubernamental puede llevar a cabo los cambios que hay que hacer y son los políticos quienes crean y controlan los gobiernos. 
Casi me siento en la obligación de pedirle perdón por hacerle trabajar tanto.
He tenido esta sensación otras veces. He pasado mucho tiempo hablando de los peligros para el medio ambiente mucho antes de que se convirtiera en un tema de moda; de hecho, más de treinta años. Algunas veces lo he hecho en los libros que he escrito, otras en mi carrera como conferenciante ocasional por todo el mundo, dando charlas a grupos de todo tipo. A lo largo de los años debo de haber dado varios miles de conferencias y, aunque han sido sobre muchos temas, por lo general he tratado cuestiones medioambientales en algún momento de ellas. 
En general, me he dirigido a auditorios formados por gente inteligente y atenta, parecida a los lectores que imagino que están leyendo este libro y, sin embargo, en todas las charlas, en algún momento de la enumeración de los desastres que se aproximan, percibo que se apodera de la audiencia una especie de silencio. Los oyentes son siempre muy correctos, incluso atentos; a pesar de todo, también puedo sentir que empiezan a desear ardientemente que el catálogo de malas noticias termine cuanto antes.
Comprendo a toda esa gente. También a mí me gustaría terminar.
El problema es que las cosas no han mejorado durante este tercio de siglo. Es cierto que ha habido un puñado de victorias reales: unos pocos lagos están más limpios que antes; incluso algunas veces se puede ver en el centro de Pittsburgh una estrella o dos en su cielo nocturno; en el East River de Nueva York, un pescador estupefacto cogió, no hace mucho tiempo, un pez vivo; Estados Unidos ha prohibido el uso de CFC destructor de la capa de ozono en los envases de aerosol, aunque no su fabricación y utilización en otras cosas.
Pero todos estos triunfos parciales no son suficientes. Por cada victoria ha habido una docena de derrotas. Como veremos después, en su conjunto, nuestro mundo está más sucio y más amenazado ahora de lo que jamás lo ha estado en el pasado, y no hay duda de que cada vez lo estará más si no hacernos nada para evitarlo.
También les comprendo en otro aspecto. Al igual que la mayoría de mis oyentes, a veces encuentro difícil de creer en lo más profundo de mi corazón que todos estos problemas medioambientales a gran escala tengan algo que ver conmigo. Después de todo, no parecen muy reales todavía. Sé, igual que mis oyentes, que cuando mañana por la mañana me levante y mire por la ventana, las cosas no parecerán estar tan mal. El sol seguirá brillando; los árboles de mi jardín seguirán verdes; seguirá habiendo comida en los supermercados y nadie se tambaleará por las calles cegado por la radiación ultravioleta. No hay duda de que a nuestro mundo le están sucediendo algunas cosas horribles, pero todavía no ha sucedido lo peor.
Así que ¿por qué debemos intranquilizarnos ahora por calamidades que pueden ocurrir dentro de varias décadas?
Sin embargo, yo estoy intranquilo.
Tengo siete buenas razones para hacerlo. Sus nombres son Christine, Daniel, Enilly, Eric, Julia, Tommy y Tobias. Son mis nietos.
Cuando escribo esto, sus edades oscilan entre varios meses y la adolescencia y me gustaría que cuando sean adultos y tengan sus propios hijos también tengan árboles a su alrededor, comida en abundancia y puedan pasear bajo el sol sin miedo a una muerte horrible, y saber que el mundo sobrevivirá.
Sin embargo, parece que es posible que no tengan todo esto. Son lo bastante afortunados por haber nacido con una gran ventaja a su favor: todos viven en lugares del planeta que estarán entre los que menos padezcan lo que le estamos haciendo. Aunque no les mantendrá a salvo durante mucho tiempo... no, a menos que usted y yo y mucha más gente nos intranquilicemos tanto como para hacer ahora lo que les proporcionará a ellos el patrimonio de una buena vida después.
Puede suceder. Puede haber un, final feliz si tenemos la sabiduría y la voluntad de lograr que suceda llevando adelante cosas bastantes difíciles de hacer.
Si no las hacemos, no habrá ningún final feliz. Lo único que habrá  para muchas de las cosas que hacen agradable nuestro mundo  es un final. 
Frederik Pohl, La ira de la Tierra

martes, 29 de mayo de 2012

Cien preguntas básicas sobre la ciencia

Ayer comencé a leer La mente errabunda, un libro de Isaac Asimov que recoge sesenta y dos ensayos de muy diversa índole, y he de confesar que me está fascinando. Esto me ha hecho recordar otro título muy ameno del autor que releí hace poco más de un mes y que tenía pendiente reseñar en el blog. Se trata de Cien preguntas básicas sobre la ciencia, un libro que recoge las preguntas que los lectores formulaban a Asimov a través de la sección que este tenía en la revista norteamericana Science Digest. En "Por favor, explique" (posteriormente, "Isaac Asimov explica"), Asimov respondía en unas 500 palabras a las dudas que le hacían llegar. Su colaboración se prolongó durante 8 años, a partir de 1965, y dado el carácter mensual de la publicación llegó a acumular el centenar de preguntas y respuestas que recoge este libro. 

He vuelto a leer a Asimov de forma completamente fortuita; me apetecía mucho últimamente y por eso hace poco compré los dos primeros volúmenes con sus cuentos completos, ya que solo tengo suyos algunos títulos porque en su día los leí fundamentalmente haciendo un uso intensivo de la biblioteca pública. Para más inri, cuando comencé a recordarle vi que precisamente este año se han cumplido veinte de su pérdida. El aniversario de su fallecimiento fue el pasado día 6 de abril. 

Suma y sigue, precisamente hace poco pensaba releer algo más de Verne y venía elucubrando la forma en que algunos autores nos marcan, especialmente cuando les leemos durante nuestra infancia o juventud. Verne y Asimov tienen tanta "culpa" de mi vocación científica como otros autores (qué decir de Félix Rodríguez de la Fuente y de su enciclopédica Fauna) la tienen de que esté volcada hacia las ciencias naturales. A Asimov le leí en su día con deleite, maravillado y ansioso por aprender. A sus imprescindibles relatos hay que sumar su ingente labor divulgadora. Alguno de mis textos básicos de aquella época son Breve historia de la Química y, sobre todo, Introducción a la Ciencia. En los dos volúmenes de la colección “Biblioteca de divulgación científica Muy Interesante” editada por Orbis es, posiblemente, la obra de divulgación científica que más he releído en toda mi vida. Verano tras verano, año tras año, volvía a ella para amenizar las largas tardes estivales hasta que, al caer la noche, miraba al cielo y a esas estrellas repletas de secretos por desentrañar. 


Cien preguntas básicas sobre la ciencia muestra las inquietudes de los lectores de Scientific American, desde la Física a la Química, de la Biología a las Matemáticas, pasando por las aplicaciones tecnológicas de los nuevos descubrimientos científicos en la medicina o la informática. Aunque al releerlo ahora, pasados los años, he comprobado que en algunos puntos el libro ha quedado un poco desfasado por los nuevos descubrimientos que se han venido realizando, por ejemplo, en el campo de la astronomía, lo cierto es que sigue plenamente vigente en cuanto a su sentido del humor y capacidad de transmitir, mediante sencillos y gráficos ejemplos, algunos de los conceptos más abstractos de la ciencia. Además, acabo de ver que existe una nueva edición de Alianza, revisada y con anotaciones a pie de página que vienen a poner remedio precisamente estas máculas que, inevitablemente, imprime el tiempo. 

No desvarío más, aunque sí os invito a leer el excelente artículo que mi compañero Carlos Romá ha dedicado a Asimov en el último número de Journal of Feelsynapsis y la entrada que le dedica al autor (una de ellas) Daniel Torregrosa en su blog Ese punto azul pálido. Y, por supuesto, a disfrutar con estas Cien preguntas básicas sobre la ciencia y a cuestionaros muchas más.

¡Feliz lectura!

miércoles, 23 de mayo de 2012

Sentimiento colectivo

"Lamento" tener que seguir extrayendo párrafos de Expediente Barcelona para traerlos al blog, pero es que además de la calidad literaria de González Ledesma me temo que la crítica social que contiene (esa de la que carece la novela negra española en contraposición de la nórdica, según afirmaban miembros de cierta asociación de traductores granadina para indignación propia y de extraños) está más de actualidad que nunca. Así,
Con Rodríguez, con Costa, con dos estudiantes de Derecho, un profesor de la Escuela Social y tres obreros fundamos el Centro Interior de Resistencia. Ya no se trataba de hablar, de reunirnos en los bares y de recitar nostalgias, sino de enfrentarnos a la situación con medidas que estuvieran a nuestro alcance de gentes que sufrían. En el local de una asociación literaria donde se editaba una revista condenada a garrote vil, nos reunimos para hacer un religioso inventario de nuestros sueños. Los obreros hablaron de huelgas, de jornales y de libertad sindical; nosotros hablamos de libertad de prensa, de eliminación de la censura y de los tribunales especiales, además de un cambio total en el profesorado universitario. Nos dimos cuenta en seguida de que no acabaríamos de coincidir jamás, de que ellos pedían unas mejoras concretas para hoy, mientras nosotros construíamos en las nubes la España del mañana.
[...]
Era difícil que nos uniésemos de verdad para hacer algo cuando enfrente teníamos a las comunidades de intereses más potentes de Europa; y las comunidades de intereses, señorita Jou, son más fuertes que todos los sueños paridos por la izquierda desde Pablo Iglesias hasta ahora, cosa que a mí me dolía reconocer. Por eso la verdadera izquierda no se pone de acuerdo jamás, puesto que tiene que administrar a la vez dinero, resquemores, banderas, mártires y ráfagas de viento. La derecha solo tiene que administrar intereses, para lo cual, además, emplea a los tecnócratas, los milagreros del siglo XX.
[...]
A veces me preguntaba, durante la noche, mientras oía moverse a la Isabel en la habitación contigua, si tenía algún sentido hacer todo aquello. Al fin y al cabo, ¿en qué país me movía? La gente que a uno le empuja en las calles, la que se disputaba los pisos y compraba los televisores a plazos, había perdido toda sensibilidad, todos sus ideales colectivos. [...] Yo me daba cuenta de que mi ciudad, mi país —pero a mí solo me importaba mi ciudad— estaba formada por hombres que tenían o buscaban un trabajo, una mesa, una mujer y una cama: habían llegado a no pensar en nada más. El país consistía en un simple juego de posibilidades económicas: lo importante era atrapar alguna, asirse a ella, mejorarla, mamarla y procurar que a uno no le pillasen las ruedas. A eso se le llamaba oficialmente «hacer grande a España». A falta de otra, los jerarcas de la situación se referían constantemente a esta tarea. Y luego, con la democracia, ha pasado lo mismo. Los grandes sentimientos colectivos ya no tienen cabida en la indiferente España.

martes, 22 de mayo de 2012

153.º aniversario

Un suave golpe sobre una puerta, un mugido desde el interior, y me encontré frente al profesor Challenger. Estaba sentado en una silla giratoria tras una amplia mesa cubierta de libros, mapas y diagramas. Su apariencia me hizo contener la respiración. Esperaba encontrarme con un hombre poco corriente, pero nunca ante una personalidad tan subyugante como la suya. El tamaño de su cuerpo y su imponente presencia eran los principales factores del efecto que producía conocerle. Su cabeza era enorme, la más grande que recuerdo haber visto. Su cara y su barba hacían recordar a los toros de la escultura asiria, especialmente la barba, tan negra que por momentos daba reflejos. azules, cuadrada y rizosa, que se extendía hacia abajo sobre su pecho. Sus ojos de color azul grisáceo miraban desde la sombra de espesas cejas negras, con expresión clara, crítica y dominante. Sus hombros amplios y un pecho del tamaño de un barril era lo único que aparecía desde detrás del escritorio, esto y dos enormes manos cubiertas de largos vellos negros.
Tal fue mi primera impresión del notorio profesor Challenger.

Arthur Conan Doyle, El mundo perdido.
Aunque su personaje más afamado es, qué os voy a contar, Sherlock Holmes, el autor que nació tal día como hoy en Edimburgo, 153 años atrás, escribió una obra que es una de mis novelas de aventuras y ciencia ficción preferidas de cuantas leí (y releí) en mi infancia: El mundo perdido. En ella nos dejamos arrastrar por la figura, atrayente y repulsiva a un tiempo, del profesor Challenger, un científico de bruscos modales que solo vive para la investigación y que en esta novela nos anticipa un Parque Jurásico mucho más apasionante, a mi parecer, que el de Crichton.

El mundo perdido no sería la única novela de Conan Doyle que contase con Challenger como protagonista (vendrían después La zona ponzoñosa, La tierra de la niebla, Cuando la Tierra lanzó alaridos y La máquina desintegradora), pero sí que es la que guardo en la memoria con mayor cariño.

Sirva de homenaje al escritor esta descripción de su personaje tanto como, por supuesto, las lecturas de sus obras que deseéis compartir aquí.

lunes, 21 de mayo de 2012

A galopar

— Se cansarán de oír esto —dijo—, pero he de repetirlo hasta la saciedad. Una Edad de Oro, ya sea en arte, música, ciencia, paz o abundancia, está fuera del alcance de nuestras actuales técnicas económicas y gubernamentales. Algo saldrá por casualidad, como ha sucedido alguna que otra vez en el pasado. Pero nunca como fruto de un intento deliberado. En este mismo momento, innumerables hombres y mujeres inteligentes y de buena voluntad están tratando de crear un mundo mejor. Pero los problemas surgen más deprisa que su capacidad para resolverlos. Nuestra civilización corre como un caballo asustado, con el cuerpo cubierto de sudor y echando espuma por la boca. Y al correr, su velocidad y su pánico aumentan conjuntamente. En cuanto a sus políticos e intelectuales, aunque blanden sus armas y gritan de la forma más salvaje que pueden, se muestran incapaces de dominar la bestia enfurecida.
— ¿Y qué haría usted con un caballo desbocado? —preguntó Castle.
— Dejarlo galopar hasta que se desplome de agotamiento —dijo Frazier llanamente—. Y mientras tanto, ver qué se puede hacer con su descendencia.

Walden Dos, B. F. Skinner.

jueves, 17 de mayo de 2012

Antichrista

En ocasiones abrir las páginas de un libro supone asomarse al precipicio, dejar entrar el horror y permitirnos el lujo de deleitarnos con ello. Algo así es lo que ocurre cuando comenzamos a leer Antichrista de Amélie Nothomb, uno de los últimos libros que he terminado. Como me ocurrió con Diario de Golondrina y, tal y como parece ser la tónica general de las obras de esta autora, el libro es muy breve. Su escritura fluida nos mete de lleno en la historia que nos narra hasta hacer que disfrutemos de su lectura como si de un relato se tratase: de una sentada y sin despegar las pestañas de las hojas que tenemos ante nosotros.

Antichrista es la pesadilla de cualquier adolescente, al menos de los que sean como Blanche, la jovencita de 16 años, tímida, apocada, aficionada a la lectura y con escaso don de gentes, que comprueba a su pesar el resultado que obtendrán sus  intentos por entablar amistad con Christa, una chica de su edad que también comienza ese año sus estudios universitarios y que es su antítesis; atractiva, atrevida hasta llegar prácticamente al descaro, Christa es el centro de atención de sus compañeros y pronto lo será de los padres de Blanche. En cuanto esta última la invite a pasar la noche en casa, deseando evitarle el pesado trayecto en tren que la lleva cada mañana desde su pueblo hasta la ciudad donde cursa los estudios de políticas, descubrirá cuán fácil es quedar atrapada en una vorágine de autodestrucción. Christa desplazará a Blanche hasta robarle el cariño de los autores de sus días, tornándola en invisible —más aún de lo que ya era— a ojos de sus compañeros, familiares y amigos. Además, no desperdiciará en ningún momento la oportunidad de recordarle cuánto le debe y lo desagradecida que es ante sus “atenciones”.

En cierto modo, la historia me ha recordado la figura del famoso cuco. Los cucos depositan sus huevos en las nidadas de otros pajarillos que se encargarán de criar a su pollo en detrimento de los propios, bien porque nazca antes y arroje los huevos aún sin eclosionar de las avecillas parasitadas, bien porque por su tamaño y el irresistible encanto de su colorido pico se vean obligados a cebar sin límite al parásito, hasta dejar morir de hambre incluso a sus propios pollos. Christa es así, ofrece su mejor imagen ante quienes desea controlar y descubre su lado oscuro únicamente a aquellos que son más débiles y que nada pueden hacer para arrebatarle el control. Desgraciadamente, me temo, hay muchas Christas en la vida real, y si bien en esta novela la autora peca a mi parecer de cargar las tintas de maniqueísmo, lo cierto es que no deja de resultar entretenida y deja la puerta abierta a la reflexión.

Más que recomendable, pues, tal y como nos dijeron tiempo atrás Carol o Isi en sus blogs.

¡Feliz lectura!

viernes, 4 de mayo de 2012

El invierno del dibujante

Aunque leo alguno que otro de cuando en cuando (me gustan, si bien no constituyen una de mis mayores preferencias), no suelo traer al blog entradas sobre los cómics que voy descubriendo. De hecho, no hace mucho pensé hacerlo con Blacksad y finalmente me contuve, y realmente es posible que esta sea la primera entrada dedicada a uno de ellos. Pero lo merece, tanto por la historia que narra como por haber sido mencionado con anterioridad en el blog, precisamente en la entrevista que nos concedió González Ledesma
HL: ¿Ha tenido oportunidad de leer o ver al menos El invierno del dibujante, cómic en el que aparece usted en los tiempos en que trabajaba para Bruguera? ¿Cómo es posible que una factoría de sueños como aquella fuese en su interior un infierno para los autores? 
FGL: Sí lo he leído. Me parece una obra admirable y creo que refleja la realidad de Bruguera. En cuanto a la segunda parte de la pregunta, porque solo pensaban en el beneficio inmediato y actuaban generalmente con un egoísmo despiadado. Bruguera tenía una gran habilidad para los negocios pero nunca supo tratar a la gente. Por eso, con los años, fue perdiendo a sus mejores creadores, que normalmente veían sus sueños rotos. 

De esos años nos habla El invierno del dibujante, y si bien ya mencioné las draconianas condiciones que imponía Bruguera a los escritores que trabajaban para la editorial, no eran más piadosas las que tenían que soportar los guionistas y dibujantes de aquellos cómics (o historietas, o tebeos, como se les llamaba entonces) que llenan de imágenes la remota memoria de nuestra niñez. 

Paco Roca nos retrotrae hasta finales de los años 50 del pasado siglo cuando, cansados precisamente de las condiciones laborales de Bruguera, un grupo de valientes historietistas decide abandonar la editorial y lanzar al mercado un producto propio, donde fuesen dueños de sus propias creaciones y de su destino. Nació así Tío Vivo, la mítica revista juvenil, de manos de cinco dibujantes: Giner, Cifré, Conti, Peñarroya y Escobar. En El invierno del dibujante podremos comprobar cuán difícil fue poner en marcha este proyecto repleto de ilusión y qué fácil resultó a la gigantesca Bruguera tumbarlo. 

Tan capaz de arrancarnos unas risas como de hacer aflorar unas lágrimas, este cómic de Paco Roca nos permite acercarnos a Vázquez e Ibáñez, reconocer al joven abogado González Ledesma y disfrutar de un libro editado con gusto: desde las preciosas ilustraciones de Roca al color de las páginas, que cambia con cada capítulo como las historietas de antaño y que da un tono adecuado a la estación en la que transcurre cada uno de ellos. 

En definitiva, estamos ante un libro imprescindible para los amantes del cómic, para quienes quieran acercarse a un periodo de nuestra reciente historia editorial y para, nada más y nada menos, aquellos a quienes les gusta leer una historia bien escrita.


jueves, 3 de mayo de 2012

Un puesto avanzado del progreso

Un puesto avanzado del progreso nos permite asomarnos a los orígenes de la que sería la novela más reconocida de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas. En esta obrita (por la extensión, no por lo agudo de la crítica social que la alienta), Conrad nos dibuja a unos personajes con la pluma cargada de ironía. 

Kayerts y Carlier son dos trabajadores que permanecen en la selva, en uno de los puestos de avanzadilla de una gran compañía comercial, y su único afán será lucrarse gracias a la imposición de duras condiciones de trabajo para los nativos y a las estratagemas que van imaginando que podrán llevar a cabo para destacar dentro de la estructura empresarial que les —así lo creen al menos— respalda. 

El autor aprovecha lo risible de ambos individuos para trazar las líneas de la despiadada colonización que sometió a los pueblos de África (o de Asia, o de América) al arbitrio de las naciones avanzadas de su época. Las relaciones con los pueblos indígenas fueron originadas únicamente por el interés económico de los países colonizadores, algo que permanece plenamente vigente en la figura de las compañías multinacionales que aún hoy siguen buscando obtener el máximo beneficio explotando los recursos naturales de aquellos países que cuentan con regiones que no han sido todavía esquilmadas por el hombre, o en el nuevo colonialismo que países como China llevan a cabo mediante la compra de tierras de cultivo en África

La editorial Traspiés, dentro de su colección de libros ilustrados Vagamundos, nos ofrece la oportunidad de deleitarnos con una magnífica obra satírica de Joseph Conrad, de reírnos del absurdo comportamiento de los protagonistas y, sobre todo, de reflexionar en torno a la importancia que tienen nuestras decisiones cotidianas en la configuración del mundo en el que queremos vivir. 
El miedo siempre permanece. Un hombre puede matar lo que hay en su interior: el amor, el odio, sus creencias, incluso sus dudas. Pero mientras se aferre a la vida, no podrá destruir el miedo; el miedo sutil, indestructible, terrible, que invade su ser, que tiñe sus pensamientos, que acecha en su corazón, que vigila en sus labios la lucha por el último aliento.
No puedo terminar la entrada sin invitaros a leer el libro, por supuesto, y sin desearos que paséis por el sitio web de Altotero, donde podréis leer un interesante artículo de Benigno Varillas sobre los pigmeos del Congo y su relación con los elefantes.

martes, 1 de mayo de 2012

Primero de mayo

Leyendo a González Ledesma esta mañana he llegado a un párrafo que me ha parecido muy significativo para el día de hoy. Porque hay que dignificar el trabajo y que los hombres, llevándolo a cabo, nos sintamos realizados y no esclavos. En su Expediente Barcelona leemos:

Eso me hizo recordar lo que pasaba con Costa, que al entrar a trabajar a las siete de la mañana ya le decía al portero de nuestra empresa, el portero cuya esposa no podía parir porteritos, sino fichas para el reloj marcador:
—Buenas noches.
Y cierta vez, el portero, extrañado, le preguntó:
—¿Por qué, a estas horas de la mañana, me dice siempre «buenas noches»?
Costa ni siquiera se detuvo para contestar:
—Porque ya se ha terminado el día.
Era verdad. En aquella ocasión la frase del Costa me hizo reír, pero ahora, en mi cubículo milimetrado, la entendía del todo. En las puertas oscuras del trabajo había millones de hombres que cierta vez, cierto día insólito, se paraban un momento, un minuto tan solo, para darse cuenta de que se les había terminado la vida.
Pero el minuto pasaba y ellos volvían a caminar, y quizá ya no volvían a pararse nunca más, porque su vivir tenía la virtud de hacerles olvidar que habían renunciado a vivir.
A veces, señorita Jou, he pensado que eso es una suerte.

Un IMM espontáneo

Pasan las semanas volando y apenas consigo tachar de la lista de pendientes algunos títulos que voy leyendo conforme consigo sacar algo de tiempo a las obligaciones cotidianas. Incluso así, se me acumulan las entradas en el blog, las de los libros por reseñar —y eso que no todos entran a formar parte de la familia de los incluidos en esta polvorienta bitácora— y otras sobre diversos temas bibliófilos. 

De cualquier modo, hoy me apetecía irme a la cama dejando constancia de algunos de los libros que me acompañarán en breve, entre otros una novela gráfica que estaba deseando leer (y que, si mal no recuerdo, será el primer cómic en aparecer por aquí), El invierno del dibujante, sobre el que ya preguntamos en su día a González Ledesma.


A esta se le unen varios libros sobre Biología y medio ambiente (Las rapaces ibéricas, un tomo de enciclopédico formato de lectura más que recomendable para el aficionado a estas aves; La vida amorosa de los animales, un ensayo sobre etología; Introducing Environmental Politics e Introducing Genetics, dos libros ilustrados de la colección Introducing... de la editorial Totem Books y la preciosa edición que nos trae Taurus de Sobre la selección natural de Darwin). 

Finalmente, para completar el cupo, una novela digna del disfrute de un (bien entendido) mitómano como yo. La fiesta de Orfeo nos retrotrae al Londres de mediados del siglo pasado, cuando una recién nacida productora de cine, la archiconocida Hammer Productions, comenzaba el rodaje de una película de terror que protagonizaría uno de mis actores preferidos, Peter Cushing. 

martes, 24 de abril de 2012

Estudiar, estudiar...

Francisco González Ledesma, tan agudo como siempre, retrataba en El expediente Barcelona una realidad que a día de hoy, en estos tiempos de recortes y de vuelco hacia una "Nueva Edad Media" en todo lo tocante a la cultura (y todo lo que esta engloba: literatura, artes, ciencia...), resulta de especial vigencia:
A mí todo eso del Milanés, tantos sacrificios, tantas humillaciones y tanto hambre para estudiar (porque encima pasaba hambre) me parecía un esfuerzo estéril. Qué quiere que le diga. Yo solo había estudiado comercio en la Escuela Especial, que entonces estaba en la calle Balmes, y tenía más que suficiente. Soy de los que creen que en España sobra gente de carrera. Tú vas a pedir un carpintero o un lampista y estás listo. No los hay. Pide un ingeniero, un médico, un abogado, un químico, y no hablemos de un maestro, y el problema es tuyo, porque la cola llega hasta la frontera. El padre, además, siempre lo decía: «El talento y la cultura, en sí, no los valores nunca. Bien mirado, no son nada. Los que lo tienen dicen que eso vale mucho y que no se vende. No te dejes engañar nunca: lo terrible para ellos es que no se compra».

jueves, 19 de abril de 2012

Diario de Golondrina

Uno nunca es tan feliz como cuando encuentra el medio de perderse.
Últimamente me encuentro bastante disperso; entre el trabajo, la carrera y otras obligaciones autoimpuestas en aras de no convertirme en “basura tecnológica”, lo cierto es que tengo poco tiempo para nada. Eso redunda en un descenso terrible en las entradas de los blogs y en poco tiempo para leer, tal vez lo que más eche en falta. Mi ritmo de lectura ha descendido tanto o más que mi capacidad de concentración, y lo único que ha aumentado es mi insatisfacción hacia lo que escribo. Últimamente todo lo que sale de mis dedos me parece carente de inspiración, inane, sin chispa. De ahí que, aunque tengo varias entradas en la recámara, no me decido a dispararlas. También es el motivo por el cual últimamente estoy intentando leer libros breves, de cien o doscientas páginas, y estoy acariciando la idea de volver a los relatos, a esos cuentos escritos por verdaderos maestros y que tantas satisfacciones me dieron en el pasado.

El último libro que he leído (ayer mismo, en el trayecto de ida y vuelta al trabajo en transporte público) ha sido Diario de Golondrina, de Amélie Nothomb. Había oído hablar mucho y bueno de esta autora francojaponesa, hace tiempo a un gran amigo de cuyo criterio me fio ciegamente y algo después a algunos de quienes este blog frecuentáis. En particular, por las reseñas que ha ido publicando Isi siempre se me antojaron libros interesantes, y cuando fue la autora elegida para leer en Bibliolandia pude al menor conocer vuestras impresiones. Azote tiene algunos de ellos en francés, pero no fue hasta que el otro día, cuando encontré este libro en la biblioteca pública que, finalmente, me hice con algo suyo.


Estamos ante un libro breve, muy breve, aunque esta parece ser la tónica de la autora a la hora de escribir sus novelas; lo hace en cuadernos, siendo esta novela uno de ellos. Si es el caso, lleva a cabo un juego metaliterario más que evidente, del tipo que le gusta a Paul Auster, donde en la autoría de la historia se dan la mano la autora y el protagonista principal. Diario de Golondrina nos acerca a la figura de Urbano, un repartidor de nombre antes desconocido, que tras un desengaño amoroso y una pérdida total de la capacidad de sentir emociones, se convierte en asesino a sueldo que adopta ese nombre.

Nothomb describe la desazón de un personaje que, desahuciado del mundo de los sentimientos, solo encuentra placer en lo extraño, en aquello que le resulta nuevo y desconocido. Siendo así, no es de extrañar que en su afán por encontrar algo que le estimule llegue a aceptar el trabajo de asesino a sueldo. Cuando descubra cuánto le excita arrebatarle la vida a seres desconocidos se habrá convertido en el más despiadado de cuantos asesinos contrata el ruso Yuri, que ejerce de intermediario entre estos y su desconocido mas omnipresente jefe.

Lo cierto es que el libro me ha gustado, tal vez porque la autora hace gala de su buen oficio con la pluma, aunque la historia parece poco creíble, un poco traída por los pelos, y el final de la novela resulta abrupto, demasiado abierto y con un desenlace previsible. También he leído que Amélie Nothomb suele ser mucho más caustica, más irónica en otros libros. Este, por lo pronto, me ha animado a leer más obras suyas, así que ya os iré contando.

¿Y a vosotros? ¿Qué os parece Nothomb? ¿Y esta obra suya? Contad, contad…

martes, 3 de abril de 2012

Concurso "Una sombra en Pekín"

¿Te gusta leer? ¿Y comentar en los blogs literarios sobre los libros que has leído y te gustan? Si estás en un blog como este, mucho “me temo” que cumplas con ello. Máxime si tienes un blog y, sobre todo, si te animas a participar en el concurso que la Editorial Traspiés nos ha hecho llegar: “Una sombra en Pekín”.


Las reglas son muy sencillas y puedes encontrarlas en su blog. Básicamente se trata de escribir una reseña del libro del mismo título (Una sombra en Pekín, de José Ángel Cilleruelo), hayas participado o no en la lectura conjunta que propuso la editorial para los meses de febrero y marzo del presente año. Una iniciativa, por otro lado, nada desdeñable, y a la que espero sumarme con otro título no dentro de mucho. Una vez publicada la reseña, simplemente has de pasarte por alguno de los blogs que constituyen el jurado (La caverna literaria, De todo un poco, Cazando estrellas, Libros que voy leyendo y El universo de los libros) y dejar un comentario con el enlace a tu reseña.

El premio consistirá en uno de los tres lotes de cinco libros, a elegir del catálogo de Traspiés, y un original (70 x 100 cm) de Juan Gonzalo Lerma, el ilustrador del libro.

¿Hasta cuándo puedes participar? Todavía te da tiempo, pero no puedes dormirte en los laureles. Tienes hasta el 10 de abril para publicar tu reseña. ¿Qué mejor forma de aprovechar la lluviosa Semana Santa que parece avecinarse que aprovechar para disfrutar de la lectura de un buen libro?

Disfrutad de la lectura y, quien los tenga, de unos días de asueto.

viernes, 2 de marzo de 2012

La juguetería errante

Algo tienen los libros de la editorial Impedimenta que enamoran con solo mirarlos. Es justo lo que me pasó con La juguetería errante; ver el libro y desear tenerlo fue una misma cosa. Lo cierto es que la portada es preciosa, la edición primorosa y el título resulta llamativo, pero el interés va a más en cuanto sabemos un poco de su argumento. En la juguetería que da nombre a libro se comete un asesinato, mas poco después desaparecen las pruebas. No el cuerpo (que también), sino la propia juguetería. Así comienza la aventura del poeta Richard Cadogan cuando decide irse unos días de vacaciones a Oxford tras desoír los consejos del tacaño de su editor y se mete de bruces en este misterio. Cuando consigue avisar a la policía y al ir a visitarla se encuentran con que ya no existe la tienda en cuestión, así que decide hablar con su viejo amigo Gervase Fen, el afamado profesor de literatura inglesa conocido por sus habilidades como detective aficionado. A bordo del descapotable rojo del profesor Fen, Cadogan y él vivirán una aventura repleta de persecuciones (aunque no siempre nos queda claro si actúan como perseguidores o perseguidos), de algún accidente que otro (ya que el coche de Gervase, Lilly Christine III, parece contar con un especial magnetismo que le lleva a precipitarse contra cualquier muro, árbol o edificio existente) y de mucho humor inglés.

Bajando por Woodstock Road, directamente hacia donde estaban ellos, venía pedaleando un hombre de cierta edad, anormalmente delgado, con su escaso pelo blanco al viento y con un rictus de desesperación en la mirada. Inmediatamente tras él, corriendo como si en ello les fuera la vida, venían Escila y Caribdis; tras ellos, una turba trituradora de estudiantes furibundos, con Adrian Barnaby (en bicicleta) a la vanguardia; tras ellos, un ayudante de celador, el alguacil universitario, y dos «bulldogs», embutidos todos en un diminuto Austin y con aspecto formal, grave e inútil; y el último del pelotón, agotado por la persecución, era Hoskins, que venía arrastrando exhausto su desgarbada figura.
Fue una visión que Cadogan jamás lograría olvidar en lo que le quedara de vida.
A diferencia de otros célebres detectives de la historia de la literatura, Gervase Fen no resuelve los casos gracias a seguir el método científico, entre loas y alabanzas a su materia gris o gracias a su intuición. De extrovertido carácter, dado a fabular y a deleitarnos con numerosas referencias literarias (donde, en más de una ocasión agradecemos las notas a pie de página de la edición), la historia se desarrolla sin que sepamos muy bien dónde nos va a llevar en sus investigaciones. Esto, sin embargo, no resulta desazonador, pues es tal el ritmo narrativo y lo adictivo de la historia que no nos paramos siquiera a pensar en ello. Seguimos a nuestros protagonistas con una suerte de sonrisa en los labios que no desaparece en ningún momento, ni siquiera al final de la historia, cuando en una escena repleta de acción no pude evitar recordar la versión cinematográfica dirigida por Hitchcock de Extraños en un tren, de Patricia Highsmith, y a una inolvidable secuencia de la misma.

Salvadas las distancias, y aunque se mencionan los nombres de Wodehouse, Stella Gibbons, Agatha Christie, Chesterton o Conan Doyle para intentar explicar el estilo de Edmund Crispin (seudónimo de Robert Bruce Montgomery tomado, junto al nombre de su detective, de un personaje de la novela de Michael Innes ¡Hamlet, venganza!), lo cierto es que a mí me ha parecido un libro escrito por un Harry Stephen Keeler algo más organizado, con mayor salud mental, mejor estilo literario y buenos referentes culturales. En definitiva, que resulta divertidísimo a la par que recomendable.

Aunque los libros de Crispin son muy populares en Inglaterra, lo cierto es que por aquí en España, que a mí me conste al menos, no era tan conocido. Por eso, por cuanto me ha gustado el libro y por lo precioso de los libros de esta editorial, me congratula saber que La juguetería errante constituye solo el punto de partida para la edición en castellano de la serie de libros protagonizada por Gervase Fen, nueve novelas y un par de libros de relatos, entre los cuales, ordenados cronológicamente por la fecha de escritura, La juguetería errante ocupa el tercer lugar. Aquí cuentan con un seguro lector de los mismos que espera con impaciencia la siguiente aventura de tan singular detective.

¡Por mis patas de conejo, que editen ya el siguiente!