Ayer, mientras volvía a casa iba escuchando el programa de RNE1 "Asuntos propios". Entrevistaban en ese momento a Héctor Colomé y Clara Sanchís en relación con la obra de teatro que representan actualmente en Madrid, Próspero sueña Julieta (o viceversa), una revisión de Shakespeare y Beckett que tiene una pinta, a priori, estupenda. Al final de la entrevista, y es a lo que iba, les hicieron una serie de pruebas a modo de concurso, con más humor que rigurosidad, imagino que por aquello de que el periodo vacacional del verano termina y los medios de comunicación aún no presentan cierto nivel de gravedad otoñal. En una de las pruebas uno de ellos tenía que leer un texto desconocido y cuál sería mi sorpresa al empezar a escuchar el capítulo 68 de Rayuela, uno de los textos repletos de erotismo más elegantes que he leído jamás. Como hace ya tiempo que tengo en mente releer a Cortázar, la inesperada audición me ha proporcionado la oportunidad de traerle aquí en una de estas breves entradas de las últimas semanas, preludio de las que -espero- lleguen en otras pocas. Os dejo con el fragmento de la lectura en el programa (gratamente coherente) y, cómo no, con el gran Julio leyendo ese famoso capítulo de su renovadora novela. El programa podéis oírlo en la propia dirección de RNE, que enlazo (no funciona bien el código para incluirlo aquí en el blog) y, en concreto, la lectura comienza en el minuto 24:10 del podcast.
Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.Y, finalmente, la lectura por parte de Julio Cortázar, que probablemente conozcáis.