viernes, 19 de agosto de 2016

La noche del lobo

Me acerqué a esta obra de Javier Tomeo de forma casual, tomando el libro entre otros suyos del estante de la biblioteca pública donde descansaba desde la última fecha estampada en su ficha. Una lectura sucinta, de breves capítulos, ideal para este periodo que estoy viviendo, en el que no siempre puedo dedicar todo el tiempo que desearía a la lectura (y menos de forma continuada), gracias al cual estoy recuperando el gusto por el relato y la novela corta. 

Comencé su lectura en una noche de vigilia y la fui espaciando durante varias más hasta acabar por devorarla como si yo me hubiese convertido también en un licántropo, deseoso de saber más sobre las desventuras (ya que no andanzas, ahora conoceremos el motivo) de Mario, un poeta que todo lo sabe gracias a Internet y a pesar de su vida de retiro a las afueras de un pueblo, e Ismael, agente de seguros que pasaba por allí cuando, ya anochecido, ambos sufrieron una torcedura de tobillo, quedando a unas decenas de metros de distancia, tan cerca y sin poder verse ni ayudarse más allá de la mutua compañía que les ofrecía su diálogo en una oscuridad sólo rota por la luna llena que asomaba de cuando en cuando entre las nubes. 

Acompañados por la cambiante voz de un cuervo y el eco de otro diálogo nocturno, el de dos grillos que no deberían estar allí en esa época del año, toda la novela se impregna de una sensación de irrealidad que nos alcanza y que comienza a sembrar en nosotros la sombra de una duda. ¿Qué hay de verdad en lo que cuentan nuestros protagonistas? ¿Qué podemos creer de cuanto narra el autor? ¿Qué pensar del cambiante graznido del cuervo, del chirriar intermitente de los grillos?

En el diálogo perenne de la novela, Mario se presenta ante Ismael de una forma distinta a como le conocimos páginas atrás: como un bohemio que se marchó de la ciudad voluntariamente a este retiro de la compañía de los hombres donde, irónicamente, está más en contacto con su cultura que en ningún otro lugar gracias a su conexión a Internet. Mario memoriza todos los datos que lee, profundiza en foros, en blogs, en redes sociales, participando de esa sensación de posesión de la cultura, del conocimiento, que tenemos actualmente en nuestra sociedad moderna e industrializada, a un clic de la Wikipedia y del saber. A dos de poder editarlo y cambiarlo a nuestro antojo. A una vida de aprehenderlo, de hacerlo nuestro y convertirlo en verdadera cultura.

Ismael, por el contrario, es un hombre de ciudad, de su casa, amante fiel de su esposa que, gracias a las palabras de un Mario licántropo con dentadura postiza pero afilada lengua, podría no guardar, en igualdad, la misma fidelidad a su esposo. O sí, pero en su continuo devenir de pueblo en pueblo vendiendo seguros, no estaría en condiciones de afirmarlo, de poner por ella la mano en el fuego.La luna llena no viene a apartar las sombras de duda, pero sí a alimentar la sospecha.

Mario e Ismael son dos hombres solitarios, en definitiva, aislados en la incomunicación por más que entre ellos se establezca un diálogo en el que, en algunas ocasiones, únicamente se están escuchando a sí mismos; Su única cercanía es la física, pues toda la novela podría representarse en teatro (y creo que sería una gran obra teatral) y ambos quedarían presentes en todo momento sobre las tablas, pero les separa una inmensa distancia espiritual.

La novela, como decía, atrapa sin remedio. Con una construcción que apenas notamos, ligera pero poderosa, nos invita a adentrarnos en una realidad que comienza, poco a poco, a parecernos una pesadilla, irreal pero estremecedora. Javier Tomeo me ha ganado para su causa y estoy deseando leer más libros de este autor. Pronto, muy pronto, en cuanto amanezca el día y el sol aleje, hecha jirones, la lobuna oscuridad.

La noche del lobo

Me acerqué a esta obra de Javier Tomeo de forma casual, tomando el libro entre otros suyos del estante de la biblioteca pública donde descansaba desde la última fecha estampada en su ficha. Una lectura sucinta, de breves capítulos, ideal para este periodo que estoy viviendo, en el que no siempre puedo dedicar todo el tiempo que desearía a la lectura (y menos de forma continuada), gracias al cual estoy recuperando el gusto por el relato y la novela corta. 

Comencé su lectura en una noche de vigilia y la fui espaciando durante varias más hasta acabar por devorarla como si yo me hubiese convertido también en un licántropo, deseoso de saber más sobre las desventuras (ya que no andanzas, ahora conoceremos el motivo) de Mario, un poeta que todo lo sabe gracias a Internet, a pesar de su vida de retiro a las afueras de un pueblo, e Ismael, agente de seguros que pasaba por allí cuando, ya anochecido, ambos sufrieron una torcedura de tobillo, quedando a unas decenas de metros de distancia, tan cerca y sin poder verse ni ayudarse más allá de la mutua compañía de un diálogo entre sombras. 

Acompañados por la cambiante voz de un cuervo y el eco de otro diálogo nocturno, el de dos grillos que no deberían estar allí en esa época del año, toda la novela se impregna de una sensación de irrealidad que nos alcanza y que comienza a sembrar en nosotros la sombra de una duda. ¿Qué hay de verdad en lo que cuentan nuestros protagonistas? ¿Qué podemos creer de cuanto narra el autor? ¿Qué pensar del cambiante graznido del cuervo, del chirriar intermitente de los grillos?

En el diálogo perenne de la novela, Mario se presenta ante Ismael de una forma distinta a como le conocimos páginas atrás: como un bohemio que se marchó de la ciudad voluntariamente a este retiro de la compañía de los hombres donde, irónicamente, está más en contacto con su cultura que en ningún otro lugar gracias a su conexión a Internet. Mario memoriza todos los datos que lee, profundiza en foros, en blogs, en redes sociales, participando de esa sensación de posesión de la cultura, del conocimiento, que tenemos actualmente en nuestra sociedad moderna e industrializada, a un clic de la Wikipedia y del saber. A dos de poder editarlo y cambiarlo a nuestro antojo. A una vida de aprehenderlo, de hacerlo nuestro y convertirlo en verdadera cultura.

Ismael, por el contrario, es un hombre de ciudad, de su casa, amante fiel de su esposa que, gracias a las palabras de un Mario licántropo con dentadura postiza pero afilada lengua, podría no guardar, en igualdad, la misma fidelidad a su esposo. O sí, pero en su continuo devenir de pueblo en pueblo vendiendo seguros, no estaría en condiciones de afirmarlo, de poner por ella la mano en el fuego.La luna llena no viene a apartar las sombras de duda, pero sí a alimentar la sospecha.

Mario e Ismael son dos hombres solitarios, en definitiva, aislados en la incomunicación por más que entre ellos se establezca un diálogo en el que, en algunas ocasiones, únicamente se están escuchando a sí mismos; Su única cercanía es la física, pues toda la novela podría representarse en teatro (y creo que sería una gran obra teatral) y ambos quedarían presentes en todo momento sobre las tablas, pero les separa una inmensa distancia espiritual.

La novela, como decía, atrapa sin remedio. Con una construcción que apenas notamos, ligera pero poderosa, nos invita a adentrarnos en una realidad que comienza, poco a poco, a parecernos una pesadilla, irreal pero estremecedora. Javier Tomeo me ha ganado para su causa y estoy deseando leer más libros de este autor. Pronto, muy pronto, en cuanto amanezca el día y el sol aleje, hecha jirones, la lobuna oscuridad.

La noche del lobo

Me acerqué a esta obra de Javier Tomeo de forma casual, tomando el libro entre otros suyos del estante de la biblioteca pública donde descansaba desde la última fecha estampada en su ficha. Una lectura sucinta, de breves capítulos, ideal para este periodo que estoy viviendo, en el que no siempre puedo dedicar todo el tiempo que desearía a la lectura (y menos de forma continuada), gracias al cual estoy recuperando el gusto por el relato y la novela corta. 

Comencé su lectura en una noche de vigilia y la fui espaciando durante varias más hasta acabar por devorarla como si yo me hubiese convertido también en un licántropo, deseoso de saber más sobre las desventuras (ya que no andanzas) de Mario, un poeta que todo lo sabe gracias a Internet, a pesar de su vida de retiro a las afueras de un pueblo, e Ismael, agente de seguros que pasaba por allí cuando, ya anochecido, ambos sufrieron una torcedura de tobillo, quedando a unas decenas de metros de distancia, tan cerca y sin poder verse ni ayudarse más allá de la mutua compañía de un diálogo entre sombras. 

Acompañados por la cambiante voz de un cuervo y el eco de otro diálogo nocturno, el de dos grillos que no deberían estar allí en esa época del año, toda la novela se impregna de una sensación de irrealidad que nos alcanza y que comienza a sembrar en nosotros la sombra de una duda. ¿Qué hay de verdad en lo que cuentan nuestros protagonistas? ¿Qué podemos creer de cuanto narra el autor? ¿Qué pensar del cambiante graznido del cuervo, del chirriar intermitente de los grillos?

En el diálogo perenne de la novela, Mario se presenta ante Ismael de una forma distinta a como le conocimos páginas atrás: como un bohemio que se marchó de la ciudad voluntariamente a este retiro de la compañía de los hombres donde, irónicamente, está más en contacto con su cultura que en ningún otro lugar gracias a su conexión a Internet. Mario memoriza todos los datos que lee, profundiza en foros, en blogs, en redes sociales, participando de esa sensación de posesión de la cultura, del conocimiento, que tenemos actualmente en nuestra sociedad moderna e industrializada, a un clic de la Wikipedia y del saber. A dos de poder editarlo y cambiarlo a nuestro antojo. A una vida de aprehenderlo, de hacerlo nuestro y convertirlo en verdadera cultura.

Ismael, por el contrario, es un hombre de ciudad, de su casa, amante fiel de su esposa que, gracias a las palabras de un Mario licántropo con dentadura postiza pero afilada lengua, podría no guardar, en igualdad, la misma fidelidad a su esposo. O sí, pero en su continuo devenir de pueblo en pueblo vendiendo seguros, no estaría en condiciones de afirmarlo, de poner por ella la mano en el fuego.La luna llena no viene a apartar las sombras de duda, pero sí a alimentar la sospecha.

Mario e Ismael son dos hombres solitarios, en definitiva, aislados en la incomunicación por más que entre ellos se establezca un diálogo en el que, en algunas ocasiones, únicamente se están escuchando a sí mismos; Su única cercanía es la física, pues toda la novela podría representarse en teatro (y creo que sería una gran obra teatral) y ambos quedarían presentes en todo momento sobre las tablas, pero les separa una inmensa distancia espiritual.

La novela, como decía, atrapa sin remedio. Con una construcción que apenas notamos, ligera pero poderosa, nos invita a adentrarnos en una realidad que comienza, poco a poco, a parecernos una pesadilla, irreal pero estremecedora. Javier Tomeo me ha ganado para su causa y estoy deseando leer más libros de este autor. Pronto, muy pronto, en cuanto amanezca el día y el sol aleje, hecha jirones, la lobuna oscuridad.

La noche del lobo

Me acerqué a esta obra de Javier Tomeo de forma casual, tomando el libro entre otros suyos del estante de la biblioteca pública donde descansaba desde la última fecha estampada en su ficha. Una lectura sucinta, de breves capítulos, ideal para este periodo que estoy viviendo, en el que no siempre puedo dedicar todo el tiempo que desearía a la lectura (y menos de forma continuada), gracias al cual estoy recuperando el gusto por el relato y la novela corta. 

Comencé su lectura en una noche de vigilia y la fui espaciando durante varias noches hasta acabar por devorarla como si yo me hubiese convertido también en un licántropo, deseoso de saber más sobre las desventuras (ya que no andanzas) de Mario, un poeta que todo lo sabe gracias a Internet, a pesar de su vida de retiro a las afueras de un pueblo, e Ismael, agente de seguros que pasaba por allí cuando, ya anochecido, ambos sufrieron una torcedura de tobillo, quedando a unas decenas de metros de distancia, tan cerca y sin poder verse ni ayudarse más allá de la mutua compañía de un diálogo entre sombras. 

Acompañados por la cambiante voz de un cuervo y el eco de otro diálogo nocturno, el de dos grillos que no deberían estar allí en esa época del año, toda la novela se impregna de una sensación de irrealidad que nos alcanza y que comienza a sembrar en nosotros la sombra de una duda. ¿Qué hay de verdad en lo que cuentan nuestros protagonistas? ¿Qué podemos creer de cuanto narra el autor? ¿Qué pensar del cambiante graznido del cuervo, del chirriar intermitente de los grillos?

En el diálogo perenne de la novela, Mario se presenta ante Ismael de una forma distinta a como le conocimos páginas atrás: como un bohemio que se marchó de la ciudad voluntariamente a este retiro de la compañía de los hombres donde, irónicamente, está más en contacto con su cultura que en ningún otro lugar gracias a su conexión a Internet. Mario memoriza todos los datos que lee, profundiza en foros, en blogs, en redes sociales, participando de esa sensación de posesión de la cultura, del conocimiento, que tenemos actualmente en nuestra sociedad moderna e industrializada, a un clic de la Wikipedia y del saber. A dos de poder editarlo y cambiarlo a nuestro antojo. A una vida de aprehenderlo, de hacerlo nuestro y convertirlo en verdadera cultura.

Ismael, por el contrario, es un hombre de ciudad, de su casa, amante fiel de su esposa que, gracias a las palabras de un Mario licántropo con dentadura postiza pero afilada lengua, podría no guardar, en igualdad, la misma fidelidad a su esposo. O sí, pero en su continuo devenir de pueblo en pueblo vendiendo seguros, no estaría en condiciones de afirmarlo, de poner por ella la mano en el fuego.La luna llena no viene a apartar las sombras de duda, pero sí a alimentar la sospecha.

Mario e Ismael son dos hombres solitarios, en definitiva, aislados en la incomunicación por más que entre ellos se establezca un diálogo en el que, en algunas ocasiones, únicamente se están escuchando a sí mismos; Su única cercanía es la física, pues toda la novela podría representarse en teatro (y creo que sería una gran obra teatral) y ambos quedarían presentes en todo momento sobre las tablas, pero les separa una inmensa distancia espiritual.

La novela, como decía, atrapa sin remedio. Con una construcción que apenas notamos, ligera pero poderosa, nos invita a adentrarnos en una realidad que comienza, poco a poco, a parecernos una pesadilla, irreal pero estremecedora. Javier Tomeo me ha ganado para su causa y estoy deseando leer más libros de este autor. Pronto, muy pronto, en cuanto amanezca el día y el sol aleje, hecha jirones, la lobuna oscuridad.

lunes, 23 de mayo de 2016

Los problemas crecen

Cuando somos padres (o vamos camino de serlo), creo que una de las preguntas de mayor calado que nos hacemos es, al margen de las que puedan llegar en tumultuosa avalancha sobre la crianza y educación de los infantes, qué ocurrirá con la pareja. Si es el primer hijo el que llega la situación familiar cambia drásticamente: seremos tres y no solo dos, y las decisiones que tomemos tendrán que tener en cuenta la presencia de ese ser tan dependiente en un principio. Si con nosotros vive nuestro perro, gato o cualquier otra «mascota», posiblemente nos hayamos enfrentado a algunos de los problemas de logística que ahora tengamos que resolver con el pequeño, pero tampoco nos convalidará el «carné de padre» (o de madre) correspondiente. De ahí mi guiño a la entrañable serie de televisión que en España conocimos con el nombre de «Los problemas crecen» (Growing Pains).


La psicóloga Rocío Ramos-Paul (conocida por su papel de «supernanny» en televisión) y su colega Luis Torres presentan en su libro La pareja en familia un compendio de situaciones, las más de ellas estresantes, ante las que puede encontrarse la pareja con el devenir de los años, especialmente desde la llegada de los hijos hasta que estos abandonan el hogar. Así, mediante el uso de ejemplos prácticos y la presentación de situaciones reales, Rocío y Luis nos llevan de la mano en la resolución de conflictos de pareja: los problemas de comunicación que desembocan en discusiones y falta de entendimiento; la gestión del tiempo, siempre tan escaso y que deberemos organizar como un equipo si queremos salir victoriosos; el papel del resto de la familia, permitiéndoles participar del gozo de la llegada de un nuevo miembro sin que sea traumático para los padres; las relaciones sexuales, tan necesarias en la pareja y que deberemos trabajar si no queremos que se diluyan entre las obligaciones y el cansancio cotidianos; incluso la separación, si a pesar de todos los consejos que nos brindan los autores y del empeño de la pareja, esta no es capaz de resolver los problemas y acortar la distancia que les va separando. 

Me ha parecido un libro de fácil lectura, ameno y que, aunque tal vez hace demasiado hincapié en situaciones cuya resolución parece de Perogrullo, viene a recordarnos, en definitiva, que las relaciones hay que cuidarlas (y no solo las de pareja, ya que lo que nos explica podría aplicarse a buena parte de las relaciones sociales que mantenemos en nuestro día a día, con los matices que correspondan a cada cual). Tal vez lo más interesante es la presentación de ciertas reglas para ayudar a determinar la gravedad del problema al que nos enfrentamos, así como trazar un camino, una serie de pautas que seguir, para buscar una solución consensuada, a largo plazo y que trate de atajarlo de raíz sin pretender hacerlo desde un principio, por la vía rápida, sino preparando el terreno para que el cambio sea estable. Aunque los actos que plantea el libro puedan parecer forzados en un principio, como admiten los propios autores, si nos dejamos llevar por ese rol que estamos configurando estoy seguro de que lo llegaremos a interiorizar y a desarrollar finalmente de forma natural, pues no es otra cosa la que (a mi humilde parecer) plantean estos psicólogos. 

En resumen, una lectura interesante, que posiblemente habría dejado pasar de largo si no fuera porque el libro llegó a mis manos de una forma un tanto inusual (que os describo en las notas al final de la entrada). Lo elegí por el curioso momento en el que llegó a mi vida y lo cierto es que posiblemente vuelva a él más adelante, pues se presta a releerlo o a consultarlo de forma esporádica cuando nos encontremos algo perdidos frente a algunas de las situaciones planteadas. Sin descubrir nada nuevo o que no resulte evidente cuando se ven las cosas con perspectiva, desde fuera o cuando no hay conflicto, posiblemente el libro nos transmite el tipo de mensaje necesario para centrarnos y buscar soluciones cuando nos encontramos dentro de una vorágine destructiva de la que no sabemos salir; ni más ni menos que cuando más necesario nos resulta.

Ficha del libro:
Título: La pareja en familia.
Autores: Rocío Ramos-Paúl y Luis Torres.
Editorial: AGUILAR
PVP: 9,99 € (e-book) 16,90 € (papel)
Fecha de publicación: 04/2016
Páginas: 300
ISBN: 9788403515611
Temáticas: Consejos para padres.
Nota: Conseguí este libro a través de la plataforma Edición anticipada y les agradezco el envío de este ejemplar. No obstante, como cualquier otra reseña del blog, refleja únicamente una opinión personal (e intransferible :) ) que no pretende complacer a nadie; la idea principal del blog es compartir lecturas y pensamientos en torno a los libros y, por supuesto, disfrutar departiendo y compartiendo con otros bibliófilos de pro. 

lunes, 2 de mayo de 2016

Préstamos

Hace ya casi año y medio anunciaba en una entrada del blog que me disponía a dar buena cuenta de tres libros que acababa de sacar de la pequeña biblioteca pública del barrio. Durante 2015 apenas llegué a escribir nada por aquí, aunque lo cierto es que recuperé un ritmo lector que, si bien se alejaba del que mantenía años atrás, sí que venía a ser esperanzador en cuanto a lo que había sido capaz de leer en los últimos tiempos. El blog, como decía, no vino a hacerse eco de estas lecturas, pero sí que fui reseñándolas, o al menos valorándolas, en Goodreads

El tiempo, siempre relativo, está devorando un 2016 en el que estoy manteniendo un ritmo algo más discreto y eligiendo lecturas de lo más variopintas. Tanto que si llegase a reseñarlas os podríais preguntar qué me estaba pasando, je, je. Lo cierto es que he continuado con la buena práctica de dar uso a la biblioteca pública, un hábito que tenía casi olvidado y que ciertamente no debería haber dejado de lado nunca. Y son estos encuentro e improvisaciones lectoras los que me dan pie a escribir esta entrada; a recuperar otra buena costumbre que tampoco tendría que haber abandonado. 

Con un sistema de préstamos informatizado es cada vez más frecuente encontrar bibliotecas donde, junto a los libros retirados en préstamo, nos entregan un pequeño recibo impreso en el que figuran los títulos de los libros y la fecha para su devolución. Estos tiques han venido a sustituir a aquellas fichas de préstamo tan entrañables en las que figuraban los datos del libro junto a una cuadrícula en la que, con mayor o menor acierto, el bibliotecario de turno trataba de acertar en uno de los recuadros con un sello de caucho de dígitos rotatorios que imprimiría la fecha límite de nuestra lectura. Sobra decir que raramente acertaba a grabar la fecha limpiamente en él. 

Recuerdo con cariño los libros que pedía en préstamo en la biblioteca del colegio en que cursé la ya casi olvidada EGB y donde contábamos con una ficha de lector que se intercambiaba con la del libro en cuestión cuando lo solicitábamos. En aquel caso, siguiendo el sistema Newark, nuestra ficha era sustituida en el fichero de libros por la del libro retirado y la de este introducida en la bolsita de papel destinada a tal efecto y que permanecía pegada a las guardas del libro. En ella, como decía, se imprimiría la fecha de devolución. 

Otro tanto ocurría con los libros de la biblioteca pública del pueblo, aunque como allí podíamos sacar incluso dos títulos por aquél entonces y la ficha de lector ya no era tal, sino un flamante carné, los datos del préstamo se copiaban en un mamotreto de folios grapados donde se resumían los datos de la operación: Fulanito de Tal, con n.º de lector cual, retira el libro con signatura equilicual con su correspondiente título. Y en la ficha de préstamo del libro, o incluso en la correspondiente bolsita de papel, que solía llevar impresa también la cuadrícula, ¡plaf!, se estampaba la fecha. 

Ya lo hacía por aquél entonces y vuelvo a hacerlo ahora, cuando saco libros de una biblioteca pública que permite leer su historia. Porque, al igual que ocurre con los libros de segunda mano, los libros de las bibliotecas tienen su historia y se nos permite fantasear con ella cuando tenemos suficientes datos para hacerlo. La mala costumbre de doblar las esquinas nos permiten saber si los lectores pretéritos detenían su la lectura entre capítulos o si los leían ordenadamente y solo finalizaban la lectura al acabar uno de ellos. La no mucho mejor costumbre de subrayar o anotar libros que no son nuestros nos permitía saber si algo llamó su atención especialmente. Yo, he de confesarlo, en ocasiones corregí alguna errata anotando la letra, tilde o palabra correctas; eso sí, con lápiz, si sirve en descargo de mi persona. 


Una de mis ensoñaciones preferidas cuando de libros de biblioteca se trata viene dada precisamente por las fichas de préstamo o, en su defecto, por las bolsitas de préstamo, si están presentes y siguen siendo usadas. En ellas podemos ver la historia del libro y saber si fue muy demandado en una determinada época —habitualmente cuando fue publicado, cuando estrenaron la película basada en él, cuando murió su autor...— o si durmió en su balda durante años el sueño del olvido, de la inapetencia o del desconocimiento. 

Por ejemplo, a mi lado tengo el libro La loca de la casa, de Rosa Montero (a él pertenece la fotografía que acompaña esta entrada), y puedo ver que en 2003 —fecha de su lanzamiento— fue retirado con cierta frecuencia, una vez al mes salvo en diciembre, y que en 2004 aún todavía lo sacaban con cierta asiduidad, incluso varias veces al mes; puede que en alguna ocasión debido a una renovación, al mediar un par de semanas entre las fechas, y otras desde luego que no, al estar más o menos espaciadas. Después el ritmo lector menguaría, pasando a dos lecturas en 2005 y otras dos en 2006 para acabar en una única en 2007. En 2010, por ejemplo, no lo sacó nadie de la biblioteca, al igual que en 2014. Y este año soy su primer lector. 

La frecuencia de los préstamos dependerá mucho del libro, por supuesto. Recuerdo los días en los que la bibliotecaria de Santa Fe arrancaba uno de estos sobres, repleto completamente de fechas, y pegaba sobre el lugar en el que se adivinaba la marca de pegamento una nueva para comenzar de nuevo con una historia de lecturas que imaginar. Ahora, que estoy disfrutando de esta suerte de ensayo autobiográfico repleto de amor por el oficio de escribir, me decido a recuperar el placer de imaginar —porque «la imaginación es la loca de la casa», como dijera Santa Teresa de Jesús— con él y su historia de lecturas, y de escribir sobre ello.

¡Feliz lectura!

viernes, 8 de mayo de 2015

El club de las buenas lecturas

En los últimos meses he llegado a sentirme relativamente satisfecho con el ritmo que he llegado a imprimir a mis lecturas. No es una satisfacción plena, en absoluto, pero sí que puedo considerar meritorio haber vuelto a leer como no lo hacía desde tiempo atrás.

Algo de mérito tiene la red social Goodreads, un punto de encuentro entre libros y lectores que ha servido para organizarme y no abarcar demasiadas lecturas a la vez y ha supuesto el aliciente que necesitaba para retarme a mí mismo y para ir descubriendo nuevas lecturas a partir de las actualizaciones que realizan otros lectores.

A lo anterior ha venido a sumarse la iniciativa de hacer uso de la biblioteca pública de un barrio aledaño al que ahora nos acoge. Cierto es que tengo en casa numerosos libros esperando ser leídos. ¿Qué puede aportarme entonces una biblioteca pública? Muchas cosas, en verdad. La obligación de no empezar demasiados libros a la vez, tanto por el límite de préstamos como por la fecha límite para devolverlos; la frescura de ir de caza a la aventura, algo que tenía muy olvidado, y que no consiste en otra cosa que dejarse llevar entre los estantes, acariciar los lomos, observarlos, sacar ese libro que te llamó la atención por su título, color o tamaño, observar su portada, hojearlo y, finalmente, volver a dejarlo en su lugar o, por contra, tomarlo y llevarlo con nosotros.

Sin embargo, nada de esto lo he venido a trasladar al blog. Sigo, no termino de encontrar el motivo, en dique seco. Me apetece escribir, tengo historias que me gustaría contar, se me ocurren ideas pero no termino de encontrar el momento de plasmarlas ni la voz con las que contarlas. De hecho, la primera entrada del año Así que me he planteado enlazar desde aquí mi perfil de Goodreads por si os interesa, por si queréis saber  qué derroteros siguen mis lecturas y, sobre todo, por si os interesa la red social o, si ya formáis parte de ella, queréis decírmelo por si no os he encontrado y agregado como amigos antes.

Y, con esto, os deseo un fin de semana repleto de buenas y felices lecturas.