domingo, 23 de febrero de 2014

Reto: Keep calm and read in English 2014


Aunque en la última entrada de mi Andanzas de un trotalomas contaba algunos de los logros que había alcanzado en 2013, lo cierto es que hay una espinita que llevo clavada desde hace años que es más grande y dolorosa que la que aquejaba a Platero en ese memorable capítulo del libro de Juan Ramón Jiménez: mejorar mi pésimo nivel de inglés. Esto, más que un deseo se tornó en necesidad, y lo cierto es que hasta la fecha no he conseguido ni mejorar los suficiente ni romper con la frustrante sensación de que soy un verdadero inútil cuando hablamos de otras lenguas que no son la materna. 

A diario tengo que enfrentarme con el inglés en el trabajo, y lo hago más mal que bien, aunque la lectura no es el mayor de los problemas ya que los textos técnicos no suelen entrañar una gran dificultad ni de vocabulario ni por los tiempos verbales usados. Así que cuando Isi inició sus Readethones pensé en inscribirme a alguno, aunque finalmente no lo hice, pero la edición de 2014 de este reto de lectura decidí no dejarla pasar y comenzar con la variedad cortita, de 10 libros, que para empezar ya está bien.

El caso es que he ido posponiendo el momento y, por el camino, he ido incitando a otros amigos de la red  a inscribirse, como a @mclasartec o a @blogpueblerino (que deberíais seguir en Twitter, igual que a @IsiOrejas, no os digo más) mientras que yo iba dejando pasar el tiempo. Se acabó. Isi me dijo que me daría una colleja si el domingo no estaba aquí esta entrada, así que, dicho y hecho, ha sido lo primero que me he puesto a hacer el domingo, antes incluso de desayunar. 

¿No os animáis a compartir lecturas y sensaciones, esta vez en inglés y con un reto por delante? ¡Venga, decid que sí! Las reglas están en la entrada de From Isi que os dejo enlazada

¡Feliz lectura!

viernes, 22 de noviembre de 2013

El cénit de la vida

Hace 97 años, John Griffith Chaney, más conocido como Jack London, dejaba el mundo de los vivos. Su nombre evoca en mí la aventura en el Klondike, entre buscadores de oro fracasados y lobos hambrientos, lecturas caninas (en todo su espectro semántico) de infancia y juventud. Libros que me marcaron y una forma de ver la vida que, de algún modo, vinculo a las inmensas extensiones que se abren ante nosotros dispuestas a devorarnos o a darnos la oportunidad de nuestras vidas. Son unas tierras como las que Conan, tan individualista como lo fuera London en su juventud, recorre mientras suena esta música en nuestros oídos.


Son las heladas extensiones en las que alguien tan distinto y a la vez tan similar a London, y que marcaría también mi vida, perdió la suya: Félix Rodríguez de la Fuente.




Os dejo con un fragmento de la lectura que me tiene atrapado estos días y que, con toda probabilidad, me traiga de regreso al blog. Recuperando los orígenes, las raíces, para que el sol del mediodía no nos abrase. Rindiendo un cumplido y necesario homenaje a mis maestros; Lobo de mar, de Jack London.
—Pero usted que lee a Spencer y a Darwin, y que no fue a la escuela, ¿dónde aprendió a leer y a escribir?
—Cuando estuve al servicio de la marina mercante inglesa. Grumete a los doce años, aprendiz a los catorce, marinero a los dieciséis, marinero de primera y cabecilla del castillo de proa a los diecisiete, con una ambición y una soledad infinitas; nunca recibí ninguna ayuda, ni la menor muestra de afecto de nadie. Todo lo aprendí por mí mismo: navegación, matemáticas, ciencias, literatura y lo que fuere. ¿Y de qué me ha servido? Soy capitán y propietario de un barco en el cénit de mi vida, como tú dices, cuando empiezo a declinar y a morir. Una lástima, ¿verdad? Cuando el sol llegó al mediodía, me abrasó, y como no tenía raíces, me marchité.
—La historia habla de esclavos que llegaron a los más altos puestos —objeté.
—También habla de las oportunidades que tuvieron esos esclavos —contestó, inexorable—. Ningún hombre crea sus oportunidades. Todo lo que hicieron los grandes hombres fue saber cuándo había llegado su momento. El corso lo supo. Yo he soñado tanto como él. Habría sabido cuál era mi momento, pero nunca se presentó. Las zarzas crecieron y me ahogaron. Ten la seguridad, Hump, de que sabes sobre mí más que cualquier otro ser viviente, con la excepción de mi hermano.
—¿A qué se dedica? ¿Dónde está?
—Es cazador de focas, patrón del vapor Macedonia —dijo—. Posiblemente nos lo encontremos en las costas del Japón. Le llaman Muerte Larsen.
—¡Muerte Larsen! —exclamé involuntariamente—. ¿Se parece a usted?
—Muy poco; es un pedazo de animal sin nada sobre los hombros. Tiene toda mi…
—¿Brutalidad? —sugerí.
—Sí, gracias por la palabra; toda mi brutalidad, pero apenas sabe leer ni escribir.
—Y nunca ha reflexionado sobre el sentido de la vida —añadí.
—Nunca —repuso Lobo Larsen con un indescriptible tono de tristeza—. Por eso es más feliz, porque no se ha preocupado por la vida. Está demasiado ocupado viviéndola para andar reflexionando sobre su sentido. Mi error fue abrir un día un libro.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Libros termómetro

Me ronda la cabeza desde hace mucho un tema que quería tratar en el blog (sí, en este espacio aletargado desde hace ya tanto tiempo en el que nos encontramos), y no es otro que el de los libros y las enfermedades. No libros sobre medicina, no, sino libros que nos acompañaron cuando la enfermedad se hace fuerte en nuestro interior y pasamos algunos días postrados en cama, sin muchas ganas de nada pero, ocasionalmente, con los libros brindándonos una compañía impagable. Por ejemplo, en mi memoria la lectura de Tarzán de los monos se asocia inmediatamente con mi infancia, durante unos días de inverno con mis amígdalas dándolo todo y fiebre elevada. 
Sin embargo, esta prolongada ausencia me ha dado una nueva perspectiva desde la que aproximarme a esta entrada. La del libro o, más exactamente, la de la lectura, como síntoma de la enfermedad, ya no del cuerpo, sino (si se me permite la licencia poética) del alma. Aunque en el pasado me había ocurrido en alguna ocasión que se me atragantaba alguna lectura, nunca me había sucedido como hasta este año. Desde mediados de julio hasta principios de noviembre no he sido capaz de acabar un libro con éxito. Empezaba alguno y lo abandonaba cuando llevaba leídas 20 o 30 páginas. Tomaba otro, e igual. Y así con todo tipo de lecturas y relecturas (pues probé de todo) que no conseguían engancharme, que me dejaban proseguir con mi errático deambular de (no) lector. El desinterés, la desgana, la dispersa actitud mental de tener mil cosas en la cabeza y no aprehender ninguna de ellas que viene dada, en buena parte, por un estado de desánimo provocado por muy diversos factores en los que no entraré ahora pero que, al menos alguno de ellos, me gustaría tocar en Andanzas de un Trotalomas, otro de mis abandonados de este año. 
Curiosamente, hace poco más de un mes pude charlar un rato con uno de los bibliotecarios de la Biblioteca Pública de Granada al que no veía desde hacía mucho. Además de alegrarme de volver a verle tras varios años (y es que, desde que vivo en Málaga, puedo ir mucho menos de lo que me gustaría por esa estupenda y nutridísima biblioteca), estuvimos charlando de la situación del país, ese gran tema de ascensor que ha venido a sustituir a la meteorología. Llevaba conmigo un libro sobre fabricación sostenible y otro de relatos de autores rusos, y me contaba este buen hombre que últimamente procuraba no ver las noticias y, cuando lo hacía, buscaba alguna cadena televisiva o emisora radiofónica que no fuese claramente «del Régimen». Además, me decía, ya no leía novela. Únicamente los relatos conseguían colarse en los intersticios de ese desánimo generalizado que nos invade a los que vemos mala salida de esta crisis de valores en la que estamos sumidos y de la que nadie parece acordarse para ponerle remedio. Justamente en los relatos pensaba yo para intentar combatir mi desidia lectora, aunque tuve que coincidir con él en que la elección de los autores rusos no era demasiado afortunada, por más que sus temas casasen a la perfección con nuestro estado anímico. 
Finalmente, hace un par de semanas, conseguí acabar un libro. Había recurrido a Vázquez Figueroa y a su novela breve El perro, cuya adaptación cinematográfica me gustó tanto cuando la vi de niño. Tras leerlo, he acabado con El amante bilingüe, cuya lectura tenía pendiente desde hacía tanto, con Fugitivo, una novela sobre el mundo del lobo y ahora ando embarcado (nunca mejor dicho) en la lectura de El lobo de mar, de Jack London y deambulando entre animales salvajes con Gerald Durrell. De todo ello os hablaré en una futura entrada, si seguís ahí después de tanto tiempo. 
Entretanto, contadme: ¿cómo os afecta el estado anímico en vuestro quehacer lector? ¿Habéis cambiado últimamente vuestros hábitos lectores? ¿Qué hacéis ahí, insensatos, si llevo meses sin escribir? 
Sea como fuere, muy buenas de nuevo y, como siempre, feliz lectura.

martes, 6 de agosto de 2013

Una lectura ligera

Algo tiene la época estival que invita a dedicarla al ocio, a tomarla con desenfado y con cierto gozoso toque de liviandad. Esta forma de aproximarse a ella alcanza a hábitos de todo tipo; desde irnos de vacaciones hasta dejar dormitar nuestro blog (esto último es algo que, mucho me temo, no puedo hacer más de lo que lo hago ya), desde salir a pasear tranquilamente por las tardes, cuando remite un poco el calor propio de la canícula, hasta ocupar nuestro tiempo en lecturas ligeras que nos permitan evadirnos durante estos días inusualmente prolongados. 

Retomo el blog, después de una eternidad sin escribir en él, para compartir con vosotros un par de recomendaciones literarias muy apropiadas, a mi parecer, para la época que acabo de describir. Son lecturas amenas, divertidas, que atrapan desde las primeras líneas y que, a mi humilde parecer, suponen un modo excelente de olvidar el calor tan digno como un gazpacho, una horchata o un refresco bien fríos. 

El primero de los libros es uno de los que tenía pendientes por reseñar desde hace… ¡un año! En efecto, fue una de mis lecturas del verano pasado y, cosas de la vida, no encontré el momento de traerlo al blog. Se trata de Ready Player One, de Ernest Cline, y ya os adelanto que se trata de un título que ningún geek amante de la cultura de los años 80 debería perderse. Ya el título evocará en más de uno recuerdos de su infancia o adolescencia: su sola lectura en la pantalla de una de aquellas máquinas recreativas o en el televisor al que conectábamos el ordenador de 8 bits de turno liberaba en nuestro cuerpo grandes cantidades de adrenalina, y es que debíamos mantener alerta todos los sentidos en cuanto nos sumergíamos en el fabuloso mundo repleto de aventuras y acción que nos esperaba tras presionar el botón del joystick. Nos encontramos ante una novela de ciencia ficción ambientada en un distópico siglo XXI en el que la gente prefiere deambular por el colorido universo virtual generado por el videojuego OASIS antes que por la deprimente realidad de un mundo colapsado por el crecimiento poblacional y la destrucción de los recursos naturales. 

El creador de OASIS fue un genio, pero el uso que las grandes corporaciones han dado al videojuego ha ido más allá de la simple diversión. Sin embargo, OASIS es un software que cuenta con su particular huevo de Pascua, y el premio para el que consiga descubrirlo será una inimaginable cantidad de dinero que podría cambiar para siempre el control que sobre OASIS ejercen las grandes empresas. Frente a ellas, Wade Watts, un simple jovencito aficionado a los videojuegos y digno estudioso de la cultura pop de los años 80: la música, el cine, las series de televisión y, por supuesto, los videojuegos de la época no guardan secretos para él. Cuando Watts descubre la entrada al huevo de Pascua no podrá imaginar hasta qué punto va a convertirse en el objetivo a abatir. 

Ready Player One es una novela que casi me atrevería a etiquetar como «juvenil» si no fuese porque para entender sus chistes y juegos, para contextualizar los datos que van apareciendo durante la acción, hay que haber vivido aquella época. No solo eso, hay que ser un verdadero friki que se divirtió jugando al «Gauntlet» o a los juegos de la Atari 2600, que decidió estudiar informática tras ver «Juegos de guerra» y que hoy puede tener treinta y tantos o cuarenta años. Las continuas referencias a la época no suponen, no obstante, un obstáculo para disfrutar de una novela repleta de aventuras y, en cualquier caso, aprovechar la ocasión para volver a ver, o hacerlo por vez primera, aquellas películas o, como fue mi caso, para instalar un emulador de Atari 2600 en el móvil y jugar nuevamente a aquellos videojuegos que, siendo tan simples en su concepción, estimularon tanto nuestra imaginación. 

Por último, diré de Ready Player One que me ha recordado poderosamente a la maltratada novela-río Otherland, de Tad Williams. Maltratada por Timun Mas, que la editó parcialmente en nuestro país, sin concluir la serie debido a las bajas ventas de la misma, una labor que solo años después Círculo de Lectores se dignó a concluir. Demasiado tarde para mí, he de confesar, que dejé su lectura en el tercer volumen, no porque no fuese una obra merecedora de ser leída, sino porque me resultó desesperante la forma errática en que fue editada. Precisamente ayer me encontré con una nueva novela de Tad editada en castellano (Las sucias calles del cielo) y ya acaricio el momento de poder leerla, ya que su saga de fantasía Añoranzas y pesares me gustó especialmente. Eso sí, cuando sea editada por completo la trilogía de la que constituye el primer volumen.

La siguiente lectura, que entretuvo mis tardes de rehabilitación de espalda hace un par de meses, es El abuelo que saltó por la ventana y se largó. La novela del sueco Jonas Jonasson es una de las más hilarantes que he encontrado jamás. Las aventuras de Allan, el vejete centenario que escapa de la residencia el día de su cumpleaños, hilvanan pasado y presente de un modo magistral. Así, si bien nos sorprendemos ante la aguda inteligencia y la templanza del abuelo sueco cuando este se hace con una maleta de millonario contenido, no podemos más que desternillarnos cuando vamos conociendo fragmentos de su pasado y comprendemos que cien años de vida, más aún en el tumultuoso siglo XX, dan para mucho. 

La historia, si bien no es nada original (un bueno despistado, amigos pintorescos que va encontrando por el camino, malos malísimos y la policía que no parece enterarse de nada hasta que va atando cabos) daría para el guión de una entretenida comedia cinematográfica. De hecho, su argumento y las risas que en mí ha desatado la historia, me han recordado la lectura de un clásico como Aventuras de un cadáver, de Robert L. Stevenson, otro de los libros que mi memoria guarda catalogados en la categoría de «risas y divertimiento sin fin». Pero los personajes tienen fuerza, y ni tan siquiera la sobria escritura sueca de Jonasson logra eclipsar el carisma de Allan y sus amigos, a los que llegamos a querer. 

Desde el momento en que vi la portada de El abuelo que saltó por la ventana y se largó pensé que tenía que leer ese libro. Sin embargo, solo lo comencé cuando Azote ortográfico me recomendó su lectura encarecidamente. Sus carcajadas continuas mientras leía el libro me dijeron más que sus palabras. Si finalmente decidís leerlo, dejad que vuestras risas inunden los blogs. 

Feliz verano y feliz lectura.

miércoles, 5 de junio de 2013

Día Mundial del Medio Ambiente

Feliz Día Mundial del Medio Ambiente y 115 aniversario del nacimiento de Lorca.


«Chopo muerto»

¡Chopo viejo!
Has caído
en el espejo
del remanso dormido,
abatiendo tu frente
ante el Poniente.
No fue el vendaval ronco
el que rompió tu tronco,
ni fue el hachazo grave
del leñador, que sabe
has de volver
a nacer.

Fue tu espíritu fuerte
el que llamó a la muerte,
al hallarse sin nidos, olvidado
de los chopos infantes del prado.
Fue que estabas sediento
de pensamiento,
y tu enorme cabeza centenaria,
solitaria,
escuchaba los lejanos
cantos de tus hermanos.

En tu cuerpo guardabas
las lavas
de tu pasión,
y en tu corazón,
el semen sin futuro de Pegaso.
La terrible simiente
de un amor inocente
por el sol de ocaso.

¡Qué amargura tan honda
para el paisaje,
el héroe de la fronda
sin ramaje!

Ya no serás la cuna
de la luna,
ni la mágica risa
de la brisa,
ni el bastón de un lucero
caballero.
No tornará la primavera
de tu vida,
ni verás la sementera
florecida.
Serás nidal de ranas
y de hormigas.
Tendrás por verdes canas
las ortigas,
y un día la corriente
llevará tu corteza
con tristeza.

¡Chopo viejo!
Has caído
en el espejo
del remanso dormido.
Yo te vi descender
en el atardecer
y escribo tu elegía,
que es la mía.

Federico García Lorca.

Y la fotografía del viejo árbol, vivo aún, protagonista de uno de los episodios más emblemáticos de la serie de televisión «El hombre y la Tierra», pertenece a mi querido amigo Javier y podéis encontrarla en su blog La naturaleza que nos queda.

jueves, 9 de mayo de 2013

La educación desmantelada

Hay ocasiones en las que todo se confabula para que uno se encuentre con un párrafo como el que sigue durante su última lectura. Un fragmento que me llamó poderosamente la atención en la víspera de la huelga convocada en nuestro país por la educación pública. Un recuerdo de lo que los padres ideológicos de los políticos que nos (des)gobiernan en estos días aciagos le hicieron a nuestro sistema educativo en el pasado y un adelanto de lo que puede esperarnos: la oportunidad para Eslava Galán de escribir un nuevo episodio de la desgraciada Historia de España de las últimas décadas.
El atroz desmoche, de Jaume Claret Miranda, demostraba que el franquismo no había infravalorado la universidad. Todo lo contrario; fue siempre muy consciente de su poder. Sus ideólogos entendieron perfectamente que en la tarea de aniquilar el germen republicano para siempre lo más importante era el complemento circunstancial. Para siempre. Y a ello se aplicaron con ahínco. La enconada persecución que sufrieron los profesores universitarios desafectos al Régimen no fue tanto una consecuencia del odio cuanto el resultado de un proyecto concebido con frialdad: la consolidación de un estado de anemia intelectual que sirviese de profilaxis ante el riesgo de futuras infecciones revolucionarias.
Este minucioso plan contó con la inestimable ayuda de los profesores más mediocres, que vieron en aquella sistemática aniquilación de la excelencia una oportunidad para ocupar cátedras, rectorados, decanatos y ministerios. La sinergia que se produjo entre los depuradores ideológicos y la chusma académica hizo que la universidad franquista fuera durante cuatro décadas una institución fantasma.
Los datos que presentaba Jaume Claret eran abrumadores. Decenas y decenas de brillantes trayectorias científicas truncadas por la envidia y la ignorancia violenta, catedráticos traicionados por algún discípulo resentido, excelentes profesores, investigadores de primera línea arruinados moral y económicamente por la envidia de algún oscuro colega.
A la luz de todas estas historias, relatadas en el libro con nombres y apellidos, se comprendía por qué la situación de la ciencia y de la universidad españolas era paupérrima. Nuestro raquitismo cultural, intelectual y científico no obedecía a un ciego y fatal designio del destino, sino al dictado consciente de quienes ganaron la guerra y a la incompetencia coadyutoria de los políticos que vinieron después.
Al perderse en los primeros años de la Transición la oportunidad de corregir drásticamente esta situación, los jóvenes políticos de la democracia facilitaron al franquismo una de sus últimas victorias: garantizaron que los efectos de ese atroz desmoche llevado a cabo por el Régimen en la universidad perdurarían durante siglos.
Antonio Orejudo, Un momento de descanso.
También podría haber titulado a la entrada de este fragmento como "Sobre cómo la lectura de un libro te lleva a la de otros", ya que estoy deseando hincarle el diente al ensayo de Claret Miranda. Ya os contaré mi impresión, así como el grato disfrute que he tenido con la lectura de Un momento de descanso.

martes, 9 de abril de 2013

Nos quedamos sin Sampedro

No me salen más que lágrimas, la garganta se me contrae y las únicas palabras que me vienen a la cabeza son suyas. Descanse en paz, querido maestro.

El viejo se despierta, como siempre, antes de amanecer. Allí se levantaría en seguida, para su ronda matinal: pisar la tierra húmeda todavía del relente nocturno, respirar aire recién nacido, ver ensancharse la aurora por el cielo, escuchar los pájaros... Allí sí, pero aquí...
[…]
El viejo se levanta, se pone el pantalón y pasa a la cocina. No enciende para no delatarse, le basta el difuso claror callejero. Abre el armario: en su despensa del pueblo le asaltaba una ráfaga de olores, cebolla y salami, aceite y ajos. Aquí, ninguno; todo son frascos, latas, cajas con etiquetas de colorines, algunas en inglés. Coge un paquete cuyo rótulo promete arroz, pero dentro aparecen unos granos huecos, medio tostados e insípidos.
En el frigorífico, el queso es un trozo amarillento, blando y sin sabor apenas; menos mal que puede mezclarlo con unos trocitos de cebolla encontrada en una caja hermética de plástico... El vino, toscano, y para colmo helado... Por todo pan, uno de fábrica: panetto... ¡Si al menos pudiera meter mano a una buena hogaza de verdad, del horno de Mario! ¡Qué sopas de leche!... Y eso negro en el cilindro transparente de ese chisme seguramente será café, pero ¿cómo se hace para calentarlo? Alarma súbita: un despertador en la alcoba. La casa se anima y aparece Renato dando en voz baja los buenos días. Acciona el aparato del café y saca otro artefacto del armario, lo enchufa y pone a tostar dos trozos cuadrados de panetto. Escapa al baño y se oye correr el agua. Aparece Andrea y exclama destempladamente:
-Pero, ¡papá! ¿Qué hace levantado tan temprano?
Sale sin esperar respuesta y tropieza en el pasillo con su marido, susurrándose palabras uno a otro. Se multiplican los ruidos: grifos abiertos, gorgoteo en sumideros, choquecitos de frascos, ronroneo de afeitadora, la ducha... Luego el matrimonio en la cocina, estorbándose ambos al prepararse los desayunos. El viejo acepta una taza de ese café aguado y pasa al baño a lavotearse. A poco entra Renato:
-¡Padre, que tenemos agua caliente central!
-No quiero agua caliente. No aviva.
Renuncia a explicar al hijo que la fría le habla de regatos en la montaña, olor a hoguera recién encendida, visión de cabras ramoneando unas matas aún blancas de la escarcha. Entre tanto, los hijos van y vienen cautelosos desde la alcoba a la cocina, vistiéndose mientras muerden las tostadas salidas del aparato.

La sonrisa etrusca, José Luis Sampedro.