Inflexión, atroz, rezongar, apabullar; abúlico, altanero, estólido, alfeñique; septuagenaria, fruslería. Son palabras, todas ellas, que si bien no han de formar parte necesariamente de un vocabulario erudito, no resultan demasiado habituales en nuestros diálogos o escritos cotidianos. De hecho, ni tan siquiera lo son en los libros que solemos leer, y no necesariamente porque hayan trocado en elementos obsoletos del lenguaje, ni tan siquiera porque estemos ante términos arcaicos o en desuso. Simplemente, nuestro vocabulario se está reduciendo, quedando circunscrito a su mínima expresión, deformado por los barbarismos que parece que atesorásemos con delectación, dejando caer en el olvido hermosas palabras que tienen la resonancia de siglos de historia: contumaz, terruño, albricias, entuerto...
Las palabras con las que comenzaba el texto de hoy las encontraba días atrás en un pequeño librito que, a la sazón, sería vilipendiado por más de uno. Pero es que ese simple bolsilibro, una “novela de a duro” del año 77 del siglo pasado, con toda su aparente sencillez, atesora una forma de escribir, de comunicar, que está desapareciendo. Y es que resulta cuanto menos curioso que un bolsilibro despliegue en sus páginas semejante riqueza léxica.
En estos días de procesadores de textos repletos de funciones, los escritores y periodistas delegan en la máquina algo que sólo –al menos de momento- puede llevar a cabo un ser humano: expresarse con corrección y de forma adecuada, comunicando e, incluso, apasionando al lector. No digo con esto –no se me malinterprete-, que hoy día no se escriban buenos libros. Apunto, meramente, que antaño se escribía mejor, por término general.
Para los que no los conozcan o ubiquen, los bolsilibros, las “novelas de a duro”, eran esos libritos de pequeño formato que tanto éxito tuvieron a mediados del siglo pasado. En particular, durante los años 60-70, editoriales como Bruguera publicaron numerosas novelas con dicho formato, abarcando todas las temáticas posibles: ciencia ficción, terror, misterio, aventura, el oeste americano o romántica. Escritos por autores que necesitaban de su trabajo para subsistir, no buscaban en ellas la excelencia literaria, sino simplemente que cumplieran su principal cometido: entretener a sus lectores y, de paso, poder comer una semana más. Escritas a ritmo de una novela a la semana, con máquina de escribir y en condiciones realmente precarias, no deja de resultar curioso, como vengo insistiendo, que su calidad, sin ser la panacea, sea considerablemente superior a cualquier best-seller que nos llegue hoy día del mercado anglosajón. Es más, los lectores destinatarios de aquellas eran gente con escasos estudios que, sin embargo, eran capaces de entenderlas y divertirse con ellas. Es decir, poseían un vocabulario más amplio que buena parte de los jóvenes de hoy día, que han tenido mayor facilidad de acceso a la educación.
Pero no es mi intención polemizar a este respecto. Simplemente quería dejar constancia de que, tratándose sin duda de un género menor en el que el autor no busca profundizar en la psicología de sus personajes o plantearnos dilemas éticos sobre los que reflexionar, sino simplemente procurarnos la evasión de una lectura ligera, en sus páginas ha quedado plasmada una época pretérita en la que se cuidaba un poco más que ahora nuestro lenguaje.
Porque sin lenguaje no tenemos Historia, ni podemos transmitir nuestros conocimientos, y porque la lengua es nuestro principal patrimonio cultural, protejámosla.