Peter Ustinov fue, además de un consagrado actor y director de cine (recordemos que entre su filmografía se cuentan producciones históricas de la envergadura de “Quo Vadis”, “Sinuhé, el egipcio”, “Espartaco” o “Jesús de Nazareth”, la interpretación del genial Hércules Poirot en “Muerte en el Nilo”, “Muerte bajo el sol” o “La muerte de Lord Edgware”, y que dirigió “Lady L” basándose en la novela de Romain Gary), autor de varias novelas, ensayos y algunas obras teatrales. A este último género pertenece A mitad de camino, una comedia en la que Ustinov buscó plantear el conflicto generacional que, aunque ha estado presente de forma continuada a lo largo de la Historia de la Humanidad, se hizo bastante manifiesto en la época en que está ambientada la obra, los años sesenta, con la guerra de Vietnam y la revolución hippie en pleno apogeo.
El general Stevenson regresa a Inglaterra tras cuatro años de campaña en Malasia y se encuentra con que sus hijos han acogido las costumbres de su generación con unos bríos inusitados. Su hijo Robert aparece amancebado con una chica de ambigua sexualidad, su aspecto es desharrapado, su pelo largo, y porta con él una guitarra que no sabe tocar. Su hija Judy, embarazada, no sabe quién es el padre del hijo que espera, ni tampoco lo desea. Ante semejante situación, Archibald, nuestro general, decide poner tierra de por medio, y aislarse para reflexionar sobre un mundo cambiante que no termina de comprender, aunque se empeña en respetarlo. Se sumarán al reparto de personajes su mujer, que no ha cambiado ni desea hacerlo, y Helga, una joven noruega (cuyos orígenes todo el mundo se empeña en ubicar en Suecia), que actúa como puente entre ambas generaciones, pues si bien comprende las inquietudes de los hijos, sabe estar en el lugar de sus padres.
La obra es divertidísima, se lee del tirón en apenas un ratito, y aunque pudiera parecernos desfasada por los acontecimientos mundiales que rodean a la acción, lo cierto es que es más actual que nunca. Los conflictos entre generaciones, el no entender a los hijos, y que éstos se rebelen contra lo establecido por sus progenitores, han ocurrido siempre, y es algo que continuará pasando. Ustinov, que se declaró apasionado de la juventud, de su rebeldía y de la búsqueda del cambio por medio del amor, y no de las armas (no olvidemos que se encontraba en los años 60 y que, por desgracia, hoy día falta buena parte de ese carácter renovador y necesidad de cambiar el mundo mediante una revolución social donde todos se sientan implicados), plasma en la obra el tira y afloja entre padres e hijos con sencillez y humor, haciéndonos reflexionar sobre un mundo que sería mejor si todos fuésemos más tolerantes y capaces de seguir soñando.