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martes, 26 de agosto de 2014

La mirada, el gato y el reloj

Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan. 
«Un siglo», dos breves palabras para designar un largo periodo de tiempo, al menos en la escala de vida humana. Un siglo, decía, ha transcurrido desde que un 26 de agosto naciese en Bélgica el autor argentino y ciudadano universal Julio Cortázar. Aterra medir el paso de un tiempo que vuela, que se escurre entre nuestros dedos como si fuese agua, especialmente si lo hacemos con el inmortal reloj que nos regaló en sus cuentos, instrucciones y garantía de por vida incluidas, pero reconforta el vínculo que mantenemos con el autor, con su obra, su singular visión del mundo y su rompedora literatura. 

En mi caso, podría afirmar que conocí a Cortázar gracias a sus Historias de cronopios y de famas o a ese maravilloso librojuego para adultos que es y no es Rayuela, pero estaría mintiendo. Conocí a Cortázar sin saber que estaba leyéndole a él, pues fue gracias a su genial traducción de los cuentos de Edgar Allan Poe, uno de mis autores de cabecera, uno de mis preferidos durante la infancia. 

La labor de Cortázar como traductor de Poe fue ingente. Vivía por aquel entonces en París, y el encargo de la Universidad de Puerto Rico suponía un alivio a las penurias económicas por las que pasaba. Tanto fue así que decidió trasladarse a Roma mientras realizaba el trabajo. Tras pasar varios meses traduciendo los originales, Cortázar envió el fruto de su trabajo por barco. En su correspondencia se dirige a Damián Bayón para afirmar: «¡No sabes qué suspiro di al enterarme por tu carta que los paquetes habían llegado! Todo este tiempo estuve temiendo vagamente que alguno de los paquetes se perdiera, y se pusiera verde por la humedad, o una rata se comiera un pedazo… la sola idea de tener que rehacer un pedazo me daba nausea». Transcurría julio de 1954, y por aquel entonces no existía ni tan siquiera la fotocopiadora con la que preservar su trabajo, aunque se me pasa por la cabeza cómo no usó el papel carbón para salvaguardar una copia de tan ingente labor. 

Pero el envío llegó incólume a su destino y, gracias a ello, los lectores en español tenemos una traducción tan digna de la obra de Poe como la que Baudelaire vertió al francés, además de un Cortázar curtido en la traducción y que tanto aprendió del maestro estadounidense: «traducir a Poe es una gran experiencia, y me he divertido mucho», llegaría a afirmar, aunque su amor por él venía de mucho antes. «Yo desperté a la literatura moderna cuando leí los cuentos de Poe, que me hicieron mucho bien y mucho mal al mismo tiempo. Los leí a los 9 años y por Poe viví en el espanto, sujeto a terrores nocturnos hasta muy tarde, en la adolescencia. Pero Poe me enseñó lo que es la gran literatura y lo que es el cuento». A los nueve años, como yo. Gloriosa coincidencia… 

Hablando de coincidencias, me llama poderosamente la atención lo que llegó a afirmar sobre Poe y Baudelaire. Durante su labor de traducción, contó con el texto de la de Baudelaire como referencia. Conocía su figura, su particular visión sobre la vida y la literatura, y así lo deja a las claras en el libro de conversaciones con Ernesto González Bermejo: 
Baudelaire se obsesionó bruscamente con los cuentos de Poe a tal punto que la famosa traducción que hizo fue un tour de force extraordinario, ya que no era nada fuerte en inglés y en la época no había diccionarios con modismos norteamericanos.
Sin embargo Baudelaire, con una intuición maravillosa, jamás falla. Incluso cuando se equivoca en el sentido literal, acierta en el sentido intuitivo; hay como un contacto telepático por encima y por debajo del idioma. Y todo esto lo he podido comprobar porque cuando traduje a Poe al español siempre tuve a mano la traducción de Baudelaire.
Pero hay más: si usted toma las fotos más conocidas de Poe y de Baudelaire y las pone juntas, notará el increíble parecido físico que tienen; si elimina el bigote de Poe, los dos tenían, además, los ojos asimétricos, uno más alto que otro.
Y además: una coincidencia sicológica acentuadísima, el mismo culto necrofílico, los mismos problemas sexuales, la misma actitud ante la vida, la misma inmensa calidad de poeta.
Es inquietante y fascinante pero yo creo -y muy seriamente, le repito- que Poe y Baudelaire eran un mismo escritor desdoblado en dos personas. 
Lo curioso es que yo pensé lo mismo... y fui más allá. Hace tiempo me rondaba por la cabeza un cuento que no llegué a escribir finalmente. Era, más allá de un relato sobre la doble personalidad, sobre nuestro yo en otros, una historia sobre la figura reencarnada, sobre la literatura como canal de comunicación y de vida más allá de la vida. Porque si para Cortázar Poe y Baudelaire eran una misma persona, para mí Cortázar constituía una nueva vuelta de tuerca a esta idea.


El parecido es más que evidente, ¿verdad? Esa mirada penetrante, esos ojos asimétricos, extraños, llamativos. Genios de las letras que llegaron a tocar las fibras más sensibles en nuestro interior y exploraron como nadie los vastos territorios de la literatura fantástica. Unidos para siempre por unos cuentos y poesías (los de Poe, autor y traductores) que a muchos nos han embelesado y atrapado para siempre.

En ese cuento mío que no llegó a ser, el escritor, que era uno y todos a un tiempo, adoraba a los gatos. Las miradas felinas pueden no ser tan asimétricas, pero parecen capaces de ver más allá de lo que solemos observar por mor de esta miopía que nos impone la realidad. Imagino a Cortázar con un gato negro con una mancha blanca en el pecho. Acaricia su cuello mientras el gato ronronea sobre sus rodillas, los ojos entrecerrados y lo que podríamos tomar por una sonrisa en los labios. En la muñeca del escritor asoma un reloj, puede que un regalo por su centésimo cumpleaños, marcando siempre la misma hora, como si no le hubiesen dado cuerda, como si no transcurriese el tiempo.

Como él mismo dijo en «El perseguidor»,
Si encontráramos la manera podríamos vivir mil veces más de lo que estamos viviendo por culpa de los relojes, de esa manía de minutos y de pasado mañana...
Leed, leed a Cortázar; parad el tiempo con sus textos, leedlos como si no hubiera un mañana aunque seguirán vivos por siempre.

Os dejo con tres textos, con tres escritores y con una idea.

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Julio Cortázar, en Historias de cronopios y de famas.
 L'Horloge

Horloge! dieu sinistre, effrayant, impassible,
Dont le doigt nous menace et nous dit: «Souviens-toi!
Les vibrantes Douleurs dans ton coeur plein d'effroi
Se planteront bientôt comme dans une cible;
Le Plaisir vaporeux fuira vers l'horizon
Ainsi qu'une sylphide au fond de la coulisse;
Chaque instant te dévore un morceau du délice
À chaque homme accordé pour toute sa saison.
Trois mille six cents fois par heure, la Seconde
Chuchote: Souviens-toi! — Rapide, avec sa voix
D'insecte, Maintenant dit: Je suis Autrefois,
Et j'ai pompé ta vie avec ma trompe immonde!
Remember! Souviens-toi! prodigue! Esto memor!
(Mon gosier de métal parle toutes les langues.)
Les minutes, mortel folâtre, sont des gangues
Qu'il ne faut pas lâcher sans en extraire l'or!
Souviens-toi que le Temps est un joueur avide
Qui gagne sans tricher, à tout coup! c'est la loi.
Le jour décroît; la nuit augmente; Souviens-toi!
Le gouffre a toujours soif; la clepsydre se vide.
Tantôt sonnera l'heure où le divin Hasard,
Où l'auguste Vertu, ton épouse encor vierge,
Où le Repentir même (oh! la dernière auberge!),
Où tout te dira Meurs, vieux lâche! il est trop tard!»
Charles Baudelaire

It was in this apartment, also, that there stood against the western wall, a gigantic clock of ebony. Its pendulum swung to and fro with a dull, heavy, monotonous clang; and when the minute-hand made the circuit of the face, and the hour was to be stricken, there came from the brazen lungs of the clock a sound which was clear and loud and deep and exceedingly musical, but of so peculiar a note and emphasis that, at each lapse of an hour, the musicians of the orchestra were constrained to pause, momentarily, in their performance, to hearken to the sound; and thus the waltzers perforce ceased their evolutions; and there was a brief disconcert of the whole gay company; and, while the chimes of the clock yet rang, it was observed that the giddiest grew pale, and the more aged and sedate passed their hands over their brows as if in confused reverie or meditation. But when the echoes had fully ceased, a light laughter at once pervaded the assembly; the musicians looked at each other and smiled as if at their own nervousness and folly, and made whispering vows, each to the other, that the next chiming of the clock should produce in them no similar emotion; and then, after the lapse of sixty minutes, (which embrace three thousand and six hundred seconds of the Time that flies,) there came yet another chiming of the clock, and then were the same disconcert and tremulousness and meditation as before.

«La Máscara de la Muerte Roja», Edgar Allan Poe.
Podéis encontrar más información en los siguientes enlaces:


En cuanto a los textos usados, podéis encontrar originales y traducciones en:

miércoles, 27 de abril de 2011

Modestia aparte...



... esta mujer es una grande de nuestras letras y su pluma siempre ha sido una de mis predilectas, tal vez junto a la de Delibes. Su discurso al recibir el Premio Cervantes 2010 ha sido realmente emotivo, y no quería dejar pasar este día sin traer aquí un fragmento -breve, eso sí- de su obra. Disfrutadlo.
Pocas cosas existen tan cargadas de magia como las palabras de un cuento. Ese cuento breve, lleno de sugerencias, dueño de un extraño poder que arrebata y pone alas hacia mundos donde no existen ni el suelo ni el cielo. Los cuentos representan uno de los aspectos más inolvidables e intensos de la primera infancia. Todos los niños del mundo han escuchado cuentos. Ese cuento que no debe escribirse y lleva de voz en voz paisajes y figuras, movidos más por la imaginación del oyente que por la palabra del narrador.

He llegado a creer que solamente existen media docena de cuentos. Pero los cuentos son viajeros impenitentes. Las alas de los cuentos van más allá y más rápido de lo que lógicamente pueda creerse. Son los pueblos, las aldeas, los que reciben a los cuentos. Por la noche, suavemente, y en invierno. Son como el viento que se filtra, gimiendo, por las rendijas de las puertas. Que se cuela, hasta los huesos, con un estremecimiento sutil y hondo. Hay, incluso, ciertos cuentos que casi obligan a abrigarse más, a arrebujarse junto al fuego, con las manos escondidas y los ojos cerrados.

"Los cuentos vagabundos", de Ana María Matute.

viernes, 7 de agosto de 2009

El secreto

El día de ayer se hicieron públicos los nombres de los finalistas del Concurso Eón, del blog Literatura Youth Fantasy. Tanto nuestra querida Elwen como Iván González han sido seleccionados para pasar a la final del mismo. Desde aquí os invito a leerles y, por supuesto, a decidir de entre ellos el que os parece merecedor de alzarse con la victoria, que vendrá acompañada por un jugoso premio: un ejemplar de la novela Eón, El despertar del ojo de dragón. Para ambos finalistas, toda la suerte del mundo ante el próximo fallo del ganador.

El concurso me incitó a escribir nuevamente (llevaba años sin hacerlo, al margen de los blogs, claro está), y aunque el resultado no es todo lo bueno que me habría gustado, aquí os dejo con el relato que presenté al mismo. Espero que sea de vuestro agrado ;)


El secreto

Sobrevuelan el valle trazando amplios círculos hasta que, en un momento dado, rompen su monótona danza para concentrarse sobre un punto lejano, y los círculos, ahora concéntricos, se vuelven más y más cerrados, como el vórtice de un oscuro huracán que delata lo que ya presentíamos; el cadáver de una oveja ahogada, vapuleado y arrastrado por el río permanece en su orilla, hinchado y recubierto de fango. El primero de los buitres desciende hasta tocar el suelo a pocos metros del despojo y se acerca con desgarbados saltos hasta él. Su envergadura atemorizaría a un hombre fornido, pues con su pico ganchudo sería capaz de arrancarle la nariz o algún dedo, en caso de sentirse acosado. Por eso, es normal que nos mostremos cautos ante los hechos que están a punto de acontecer y que despertarán nuestro estupor.
El buitre ataca con voracidad los restos de la oveja mientras algunos de sus compañeros se acercan saltando por el suelo hacia él, cuando no están haciendo ya el amago de descender. Sin embargo, algo ocurre. Los buitres levantan el vuelo nuevamente graznando estrepitosamente y, en apenas un instante, que para el buitre que se estaba alimentando debió parecer una eternidad, de entre el ramaje de unos abedules que crecen junto al río surgen dos figuras corriendo, llevando entre sí un cedazo de hilo grueso que se expande conforme avanzan y van alejándose la una de la otra. El buitre, ahíto, intenta remontar el vuelo con pesados aleteos mientras las figuras lanzan un agudo grito preñado de excitación y, al momento, de frustración. Lanzan la red al aire, en un último y fallido intento de capturar al ave. Pero es inútil, el buitre se aleja sin que puedan detenerle.

***

Las dos figuras permanecen ahora tumbadas entre el cereal, mirando al cielo, cabeza contra cabeza, pensando en la mala suerte que hace unas horas les privó de la diversión de la captura. De haberse hecho con él, habrían pintado las alas del buitre de rojo, el color sagrado de la tribu, y ahora estaría coronando las cumbres de las montañas con el emblema de su poblado. Como son apenas dos niños, el enfado se les pasará pronto y, al no haber llegado aún el tiempo de la cosecha, mañana podrán volver a intentarlo. Uno de ellos, el del pelo rubio, deja de mirar las evoluciones aéreas de los abejarucos y dice algo, con la voz ronca del hombre que llegará a ser.
– No fue mi culpa –responde la joven, inclinando la cabeza para mirarle–. Corrí tan rápido como tú.
El joven calla, molesto consigo mismo porque sabe que ella tiene razón. La mira a los ojos, tan negros como su pelo, que aparece salpicado de restos de hierba seca y semillas.
– Sé donde hay un nido –dice finalmente.
– Yo también, en las montañas y en la cárcava.
– No, no un nido de buitre –dice él y, al intuir en los ojos de ella la pregunta, concluye–. UN NIDO.
Ella no puede creerle, pero sólo hay una manera de saber si dice la verdad.
– ¿Cuándo?
– Mañana, al amanecer.
Ya es noche cerrada cuando llegan al poblado. Las pieles aceitadas de las ventanas desvelan el anaranjado y cálido color del hogar. Iriam y Aluia se despiden y cada cual se dirige a su casa.

***

El autillo lanza con voz estentórea su reclamo, y la luna menguante cuelga sobre El Valle cuando dos figuras se alejan del poblado. A sus espaldas llevan un costal con algo de comida para pasar el día. El sol les descubre caminando a los pies de la cadena montañosa que resguarda al valle y lo alimenta con el río que nace de sus entrañas. El ascenso les llevará buena parte del día, pero acompañan su caminar con cantos alegres sobre las aventuras de héroes desconocidos que nunca visitaron El Valle, ni conocen sus poblados, ni están interesados en hacerlo. Sin embargo, cantar resulta divertido, aleja al miedo y al cansancio, que se hace más acusado conforme el calor de la jornada va a más.
La pareja, que ha hecho un alto en el camino para comer algo, divisa a lo lejos unas figuras que sólo pueden ser los buitres que han encontrado algo que comer. Aluia empieza a pensar si no habría hecho mejor ignorando al fantasioso de Iriam y si no habrán perdido la oportunidad de capturar uno de esos buitres. Hoy, incluso, le parece ver algún que otro buitre negro entre las circunvoluciones que les acercan de cuando en cuando a la montaña.
– ¿Queda mucho? –se atreve a preguntar finalmente.
– Bastante. ¿Qué pasa, ya estás cansada?
– Por supuesto que no, sólo preguntaba –y para corroborar su afirmación se pone en pie–. ¿Vamos ya?
– Venga.

***

La tarde empieza a declinar cuando llegan a una hoya cercana al pico más elevado que se puede divisar desde el poblado. En su fondo, una laguna de heladas y negras aguas remansadas les invita a beber. Aluia se acerca a Iriam, que está llenando la cantimplora.
– Empieza a refrescar –dice, y se golpea fuerte los brazos, que mantiene cruzados abrazándose a sí misma.
– Era de esperar. Espérate a que descendamos y verás.
– Pero primero veremos el nido, ¿no?
– Por supuesto, pero ahora acamparemos aquí. Es peligroso que nos anochezca mientras escalamos el pico.
– ¿Acampar? ¡No me dijiste nada de acampar! –Aluia se muestra irritada–. ¡Mis padres me matarán, no les dije que pasaría la noche fuera! ¡Ni siquiera saben que subimos a la montaña!
– Pues ahora puedes hacer dos cosas: o bajas, o te quedas. Es tu elección.
Iriam comienza a deshacer su hatillo para preparar el lecho, mientras Aluia se aleja enfadada. Iriam se acurruca, se tapa y cierra los ojos.

***

Iriam se despierta cuando oye crepitar el fuego, abre los ojos y, ya tranquilo, se despereza trabajosamente.
– ¿Pensabas dormir mucho más? –Aluia parece enojada, pero sus ojos verdes parecen desmentirlo–. Vamos, o no llegaremos nunca. Y espero de verdad que merezca la pena.
Iriam desayuna con avidez y se lame los dedos al terminar. Juntos, Aluia e Iriam, parten en dirección al pico.

El ascenso es duro, y las manos y rodillas nuestros jóvenes héroes sufren lo indecible. Las yemas y nudillos aparecen arañados y despellejados, las pantorrillas comienzan a acusar las agujetas de la caminata del día anterior y los infinitos rasguños de las aulagas hacen mella en su ánimo, pero continúan subiendo sin descanso. El último trecho es el más duro, y sólo a media mañana consiguen llegar hasta su destino.
– Mira, allí está –señala Iriam–. ¿Lo ves?
– No, no consigo verlo.
– Allí, donde la veta rojiza.
– ¡Sí! ¡Lo veo! –Aluia se muestra mucho más animada–. ¿No es un poco pequeño? –pregunta con suspicacia.
– No, no lo es. Desde aquí puede parecerlo, pero es grande. Lo suficientemente grande. Vamos.
Van bordeando el pico, y descienden por su cara norte, acercándose a su gemelo, que queda oculto por éste cuando se mira a las montañas desde El Valle. El nido va creciendo de tamaño conforme se acercan, o al menos es la apreciación que tienen. No parece estar ocupado, o al menos no divisan movimiento alguno en el interior. Cuando llegan al lugar más cercano que les es posible alcanzar, ascienden un poco para quedar en una posición privilegiada, frente al nido y algo elevados respecto al mismo. Allí apostados pueden ver el interior, y ahora sí, un par de bultos de críptica piel que les hace parecer de pura roca se mueven un poco, y vuelven a la inmovilidad.
– Ahí los tienes –susurra orgulloso Iriam–. Dos espléndidos ejemplares.
– Dos dragones de roca –Aluia no puede contener la emoción–. ¡Era cierto!
– Por supuesto que era cierto. ¿Qué te creías? –Iriam parece mostrarse enfadado, aunque Aluia sabe que sólo está fingiendo–. ¡Mira!
Uno de los pequeños dragones ha abierto los ojos. Les contempla con su mirada de oro fundido. Las ancianas siempre dijeron que el ojo del dragón de roca es puro magma en ebullición, y que es capaz de convertir en piedra al hombre que intente darle caza. Aluia, embelesada, le mantiene la mirada. El dragón no parpadea, limpia su ojo con la membrana nictificante, y al cabo de unos minutos lanza un curioso silbido. Su hermano, que permanecía dormido, despierta alertado y extiende sus pequeñas alas mientras acompaña al grito de su hermano.
– ¡Aluia! ¡Al suelo! –grita Iriam mientras tira con frenesí de la mano de Aluia.
Ésta se ha levantado y permanece ajena al sonido del batir de unas alas de cuero que parecen acercarse. Finalmente se deja arrastrar, y ambos se mimetizan como pueden con el suelo rocoso. Un dragón de roca adulto, uno de los padres de las dos criaturas que permanecen en el nido, se acerca portando en sus garras el cadáver de un ciervo. Se posa junto al nido con una suavidad que parece imposible en un animal de su tamaño, y comienza a alimentar a su prole. Aluia e Iriam no pueden dejar de mirar, fascinados ante la escena que se representa a sólo unos metros de ellos. Saben que su vida corre peligro, que si el inmenso dragón de roca les descubriese con sus acerados ojos terminaría con ellos. No puede permitirse que descubran su nido. No ahora, no cuando quedan tan pocos. Lo que no sabe, lo que ni tan siquiera puede imaginar es que a Aluia e Iriam tendrían que sajarles la piel y los músculos para arrancarles una confesión, y que ni tan siquiera así podrían conseguirlo. Ellos sí lo saben, y permanecen abrazados y asustados, con lágrimas en los ojos ante la maravilla del secreto que comparten ahora y que nadie les podrá arrebatar.

miércoles, 8 de julio de 2009

El Club de los Negocios Raros

Suele decirse que de los tiempos de crisis se sale fortalecido (el caso es salir, claro), y que son idóneos para que surjan todo tipo de negocios e ideas geniales, que encuentran en la necesidad su mejor caldo de cultivo. De ser así, no me cabe la menor duda que el manual perfecto para un emprendedor en los tiempos que corren no sería el típico libro del estilo ¿Quién se ha llevado mi queso?, sino el difícilmente clasificable, pero no por eso menos sorprendente y divertido El Club de los Negocios Raros.

Gilbert K. Chesterton, autor de los inolvidables relatos sobre el Padre Brown o de El hombre que fue Jueves, busca aquí sorprendernos con seis cuentos en los que mezcla, de una forma homogénea y magistral, unas dosis de humor, otras pocas de misterio y una ingente capacidad de sorprender. El Club de los Negocios Raros acoge en su seno a inventores, empresarios y trabajadores independientes, con la única condición de que desarrollen una actividad económica novedosa, que no se haya realizado antes ni se parezca a las existentes (no valen meras variaciones sobre una profesión “corriente”), y que les permita subsistir con ese trabajo. Ante tan singular club, que parece una sociedad secreta debido al común desconocimiento de su existencia, se encuentran Basil Grant, juez ya retirado de la Corte de Londres, ciudad donde transcurre la acción de todos los cuentos, su hermano Rupert, detective que, al lado de su hermano, queda siempre como mero aficionado, y un ingenuo narrador, Charlie, que les acompaña como un buen Watson, y deja constancia de los maravillosos encuentros que tendrán que vivir.

La estructura de los todos cuentos es similar; algún acontecimiento extraño e imprevisto inicia la acción, ante el estupor de nuestro narrador y sus compañeros, se nos plantea el caso, en ciertas ocasiones de un modo que parecería irresoluble, y sólo el ingenio y la singular perspicacia de Basil son capaces de dar al traste con el complot. En ocasiones, Basil nos parece demasiado inteligente (y subrayaría la palabra “demasiado”). Tanto, que nos parece que Chesterton sólo busca la sorpresa final, a toda costa, y que aunque lo consigue en cada ocasión, está jugando un poco sucio. Sin embargo, al final del libro, consigue sorprendernos por partida doble, mediante un caso irresoluble que nos es explicado justo al final del libro, y con un magistral golpe de efecto todos los cuentos quedan atados y bien sujetos en el conjunto de una obra que nos ha divertido durante toda la narración.

lunes, 15 de junio de 2009

Granada, tierra soñada por mí...

En los últimos días han surgido algunos temas recurrentes, entre las entradas y los comentarios del blog, sobre los que no he podido resistirme a reflexionar. Por un lado, en la entrada sobre la simbología de las cifras en los cuentos e historias tradicionales, se hizo referencia al mundo árabe, a su cultura y a obras literarias como Las mil y una noches o Los cuentos de la Alhambra. De ahí, llegar a los cuentos populares rusos, de la entrada anterior a la presente, fue fácil y casi necesario. Para más inri, ando leyendo, entre otros libros, La Córdoba de los Omeyas, de Antonio Muñoz Molina, y si al cariño que guardo hacia esta hermosísima ciudad le añadimos mi amor por Granada, ciudad de la que provengo, o más concretamente de Santa Fe, la que fuese campamento de los Reyes Católicos durante la Reconquista y lugar de encuentro con Colón antes de su partida hacia las Indias, con intenciones tan buenas como pésimos fueron los resultados para la población local de la aún desconocida América, no os sorprenderá que venga a compartir con vosotros un documental que, a su vez, me ha enviado hace unas horas un amigo. Se trata de un trabajo de fin de carrera de unos estudiantes, que han decidido dejar en la red para su libre visualización y descarga. La página es Leyendas de Granada, y con ellas os dejo. Que las disfrutéis.

domingo, 14 de junio de 2009

Cuentos populares rusos

Hace ya unos cuantos años, descubrí en la biblioteca pública de mi pueblo natal unos libros de Anaya, en una edición parecida a la de la colección Tus Libros pero de mayor formato, con los Cuentos Populares Rusos que recopilara Aleksandr N. Afanásiev. Los libros me llamaron la atención desde el primer momento por la promesa de fantasía sin límites que parecía adivinarse en las ilustraciones maravillosas de Iván Bilibin, y cuando los tomé en mis manos me encantaron por su edición excelente encuadernación, su presentación en tapa dura y su papel, muy ligeramente satinado y de excepcional calidad, que ya me gustase acariciar en la mencionada colección, que reúne entre sus catálogos algunos de los mayores clásicos juveniles de todos los tiempos.

Por supuesto, me llevé el primero de los tomos a casa, y comencé a devorarlos sin freno. Me encantaban esas historias de agudos viejitos y malvadas ancianas, de hijos terceros de campesinos que se imponían, con su imaginación e inteligencia, a sus hermanos mayores, avariciosos y torpes. Me aterraba la presencia de la bruja Baba-Yaga, montada en su almirez, recorriendo los espesos bosques nórdicos y la estepa infinita. Las cabañas con patas de gallina, los lechos sobre el hogar de estufas de ladrillo, para mantener el calor durante toda la noche fría de la Siberia, o las versts recorridas por un caballo que permitía atravesar sus orejas a un joven leñador para salir convertido en un zarevich se convirtieron en referencias continuas de las noches de invierno. Me levantaba justo cuando mi hermano menor se quedaba dormido para continuar leyendo (siempre agradeceré a mis padres esta relajación de las normas que me permitía prolongar las horas de lectura, aunque para los días en que esto no era posible guardaba en la recámara una pequeña linterna con las pilas recién cargadas y uno de los libros de Jim Botón y Lucas, el maquinista, de Michael Ende) estos cuentos imperecederos. Posteriormente, los releería todas las Navidades, y esta tradición se ha mantenido hasta la fecha, aunque sea leyendo un par de cuentos, y no uno de los libros por completo.

Afanásiev se dedicó, a mediados del siglo XIX, a recopilar los cuentos tradicionales eslavos que, difundidos hasta entonces por tradición oral, conformaban un acervo cultural propio de la idiosincrasia rusa. El resultado de su trabajo fueron ocho volúmenes, con 680 cuentos que estaban en peligro de desaparecer ante la revolución campesina previa a la instauración del socialismo, y a la asimilación de los usos y costumbres del sur de Europa. Además de recopilar estos cuentos, trabajó durante toda su vida en el Archivo Central del Ministerio de Asuntos Exteriores, y fue un enamorado de la Literatura, la Historia y la Etnografía. De estas pasiones se derivaron varios ensayos y artículos periodísticos, como Historias de los cosacos, El Domovói o Brujos y Brujas, entre otros.

Como ya avanzaba, la temática de estos cuentos es innovadora, para quienes nos acercamos desde una cultura distinta, evocadora de lugares lejanos y maravillosos, y la prosa de Afanásiev está repleta de palabras exóticas que hacemos nuestras. Las historias se repiten con variaciones, algo habitual en la tradición oral, ya que todos estos cuentos conforman el corpus narrativo de la clase trabajadora (en aquella época, fundamentalmente campesina), y así es habitual encontrar alguna que otra historia que se asemeja a otra que hemos leído pero incluyendo, eso sí, algunas variaciones.

Uno de los personajes que encontraremos con relativa frecuencia en los cuentos es Baba-Yaga, y por su peculiar forma de ser, es uno de los que queda más marcado en nuestra memoria cuando nos acercamos a la literatura popular rusa. Baba-Yaga es una bruja, aunque en ocasiones se nos presenta como una vampiresa u ogresa, pero siempre bajo un aspecto similar: huesuda, demacrada, es una vieja de feo rostro y peores intenciones, que se alimentaba de carne humana cruda, especialmente de la de los niños. Tiene dientes de acero y una de sus piernas es de hueso, simbolizando su caminar entre el mundo de los vivos y el de los difuntos. Para desplazarse de un lugar a otro utiliza un inmenso almirez volador, y vive en una casa elevada del suelo sobre dos inmensas patas de gallina, rodeada de una verja construida de huesos de sus víctimas e iluminada por macabros candelabros de calaveras humanas, que se desplaza durante la noche de un lugar a otro, provocando la muerte de los animales y el agostamiento de cosechas y arboledas.

Poco más puedo decir sobre estos cuentos, mas que invitaros a descubrirlos si no los conocéis y a disfrutar de ellos leyéndolos en alguna de las ediciones existentes en la actualidad, aprovechando que han vuelto a ser editados en español, ya que durante unos años estuvieron en la siniestra oscuridad del “fuera de catálogo” editorial. He de confesar que la edición actual pierde, respecto a la original que conocí, el encanto de las ilustraciones que en su día realizase Bilibin, pero qué le vamos a hacer; los tiempos cambian inexorablemente. También podéis aproximaros a los cuentos populares rusos gracias a la edición electrónica que la Biblioteca Virtual Cervantes ha incluido en Internet. Y, por último, si os enamoráis de ellos, no dudéis en hacérmelo saber.