martes, 28 de diciembre de 2010

Homenaje a Luchadores del Espacio

La novela popular de la posguerra española es en gran parte hija de la represión franquista y de la pobreza. Jueces, profesores, funcionarios y personas, en fin, de pensamiento cultivado, se vieron de la noche a la mañana expulsados de sus trabajos y convertidos en una serie de cosas que jamás sospecharon ser: moscovitas, masones, separatistas, pornógrafos, proxenetas y enemigos de España. Menos mal que no los llamaron pederastas, pero fue porque al Régimen no se le ocurrió. Esa colección de malvados hundidos en la pobreza—duro castigo- fueron los que cimentaron sobre sus huesos la novela popular española de la posguerra.

[…]

Su recuerdo –y el respeto para la novela popular española- merecen mantenerse porque su calidad, generalmente muy digna, es hija de un milagro. Tenían que escribir a marchas forzadas, consultar textos, imaginar y corregir si querían que sus hijos llegaran vivos a la hora de la comida. La comparación de los textos de esos obreros de la pluma y los textos de los maestros yanquis -que escribían con garantías de dinero y tiempo- no deja a nuestros autores en mal lugar, ni mucho menos, y el estudio de sus obras debe mantenerse porque no sólo merecen un análisis literario, sino que por sí solas son también el análisis sociológico de toda una época.

Francisco González Ledesma
Dentro de los diversos géneros que abarcó la masiva producción de novela popular en España uno de los que aparecieron de forma tardía (al menos relativamente, si lo vemos desde la perspectiva de algunos de los otros) y, sin embargo, ofrece aspectos de estudio más interesantes fue el de la ciencia ficción (o, como se la denominaba en aquella época, de anticipación científica e incluso "fantaciencia"). La ciencia ficción en España nació compitiendo con los ya asentados westerns, las historias de espías o las bélicas, cargados todos ellos de aventuras y acción. Digo que su estudio ofrece interesantes perspectivas porque la situación política de España a lo largo de prácticamente la mitad del pasado siglo XX llevó a que, sobre todo desde la década de 1930 hasta un par de décadas después la influencia de otras culturas, como la norteamericana, donde la ciencia ficción floreció tras la gran depresión de los años 20, fue prácticamente nula. Es por esto que –curiosamente, también en una época de crisis y carencias sociales– brotó en España una ciencia ficción peculiar, no contaminada apenas por aportes foráneos y que, sin embargo, ofreció títulos muy sugerentes y supuso el germen del panorama narrativo actual.


Dentro de los precedentes de lo que supondría la ciencia ficción dentro de las novelas de quiosco (y de la colección Luchadores del Espacio, a la que está especialmente dedicado el libro que nos trae hoy aquí) encontramos al conocido Coronel Ignotus, alias de José de Eola y Gutiérrez, militar de carrera (fue coronel del Estado Mayor, así como profesor de geometría, topografía e historia militar en la Academia General Militar y la Escuela Superior de Guerra) escribió comedias, dramas o ensayos, pero también ciencia ficción bajo un formato eminentemente divulgativo. Sus personajes, situados en la época en que tocó vivir al autor, se enfrentaban a aventuras de lo más entretenidas pero donde los artilugios que aparecían ya eran conocidos y primaba, tal vez por su vertiente como docente, el ánimo de instruir.

Después de finalizar la Guerra Civil, las editoriales españolas subsistían con las resmas de papel que conseguían del estricto racionamiento que marcaba el Gobierno. Tal vez por ello y por la necesidad de evasión que requería un pueblo castigado y hambriento se dio prioridad a la publicación de obras breves y enfocadas al ocio. Ante este panorama, a nadie extrañará la importancia que tuvieron en su día estos libritos y hasta qué punto fueron devorados por la gente, intercambiados sin cesar porque era más barato este “realquiler” que comprar libros nuevos por cada lectura.

Pascual Enguídanos, uno de los autores más reconocidos de Editorial Valenciana (primero en la serie Comandos, después con Luchadores del Espacio) y trabajador también de Bruguera, recuerda la política de pseudónimos impuesta por las editoriales para dar un toque exótico a los libros, algo que jugaría en muchos casos en contra de los propios autores:
Una de las exigencias de la editorial consistía en escribir bajo pseudónimo, hecho que no le hacía demasiada gracia. "Desde el principio me comunicaron que tenía que firmar con un nombre que sonara a inglés" recuerda, no sin cierta desaprobación. "Por aquella época nadie leía autores españoles, o al menos eso pensaban". Escogió, sin darle muchas vueltas, George H. White "porque sonaba bien". "Durante muchos años la gente creyó a pies juntillas que quien escribía aquellos libros era americano", se lamenta.

A título anecdótico, recuerda el caso de un amigo de la familia, cabo de aviación, que tras volver a su base de Manises, se encontró con un compañero que estaba leyendo precisamente una de sus novelas, a quien sólo se le ocurre comentar: "Acabo de estar esta misma tarde en casa de ese escritor". Sigue explicando con cierto regocijo cómo el interpelado no le creyó y la cosa acabó en una fuerte discusión. Parecería como si en el fondo se sintiera orgulloso de que nadie hubiera podido penetrar el engaño, reconociendo que aquellas novelas pudieran haber sido escritas por un español.
Pascual Enguídanos (George H. White), archiconocido por su saga de los Aznar, que fue publicada dentro de Luchadores del Espacio, fue un perfeccionista nato que soslayó (con fortuna y afortunadamente) la imposición editorial de escribir novelas independientes, sin relación entre ellas, que dejaría las series de novelas de lado (de forma curiosa, aun a pesar de su éxito). Él, muy especialmente, pero también los autores Arturo Rojas (Red Arthur), Ramón Brotons (Walter Carrigan), José Caballer (Larry Winters) o el ilustrador José Luis Macías participaron en la aventura de Luchadores del Espacio y en el homenaje que a primeros de mayo de 2003 se llevaría a cabo con motivo del cincuentenario de la colección. 

Este libro, Memoria de la novela popular. Homenaje a la colección Luchadores del Espacio, recoge con fortuna parte del espíritu que animó aquellas jornadas del Fòrum de Debats organizado por la Universidad de Valencia y constituye un título imprescindible con el que acercarse a la mítica colección y, cómo no, a un referente imprescindible dentro de la ciencia ficción española.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Una breve entrada sobre casi todo

Siempre he dicho que, para enseñar, hay que tener un don especial, una vocación. Todos habremos sufrido, imagino, el síndrome del mal profesor, caracterizado por el sueño, el cansancio y falta de interés o, en último término, la indignación ante lo incoherente o insustancial de la exposición o las barbaridades que se dicen, que finalmente desemboca en una maravillosa adaptación que nos lleva a la anodinia para evitar perecer ante semejante cúmulo de agresiones al intelecto. Pero también existen profesores, maestros en su materia, maravillosos, que transmiten su saber con devoción, con ternura, que consiguen que sus alumnos se involucren y apasionen con materias en las que, a priori, no sería de esperar una participación activa por parte de estos.

Creo que con los libros de divulgación ocurre otro tanto. Al fin y al cabo, nos invitan a adentrarnos, siquiera de forma superficial, en terrenos que, ya sea porque quedan alejados de nuestro círculo de intereses personales, ya porque en lo profesional abundamos en ello, en ocasiones no resulta sencillo caminar. Cierto es que contar con un público receptivo (aquellos que sí están interesados en el tema en cuestión de un modo más directo) ayuda mucho, pero si el divulgador consigue llegar a un conjunto de lectores mucho mayor y despertar en ellos interés o apasionamiento en la materia, me parece que es como para quitarse el sombrero ante ellos.

Recuerdo, desde niño, haber leído libros de divulgación científica con tanta avidez como devoraba otras obras más literarias. Lo cierto es que me resultaría difícil definirme como “de letras” o “de ciencias”, como hemos hablado en alguna ocasión. Tampoco le veo mucho sentido, por otro lado, ni creo que sean mundos incompatibles (es más, no concibo a las unas sin las otras y considero todo un error llevar a cabo esa compartimentación del saber). Lo que sí creo es que se enriquecen mutualmente, que no se puede transmitir pasión por la ciencia sin cierto toque literario y que la literatura bebe de la ciencia, siquiera de las ciencias sociales, aunque sea de forma instintiva, para llegar al lector.


Pero bueno, me pierdo por los cerros de Úbeda, divagando como es característico en mí. Hoy quería hablaros de una obra de divulgación científica que me ha encantado. Ya la traje por aquí cuando me la regalaron y despertó interés entre varios lectores del blog, así que no podía dejar pasar la oportunidad de comentar mis impresiones sobre ella. Me refiero a Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson. Este mamotreto de arriesgado título (sí, es una obra extensa, ¿pero cómo hablar de “casi todo”?) me ha encantado. Ya había leído buenas críticas sobre él y lo tenía en la lista de pendientes, pero no fue sino a través de un regalo que finalmente lo tuve en mis manos, prestándome a devorarlo en cuanto me fue posible.
BillBryson, el autor, es conocido por sus libros de viajes, y se dispuso a escribir Una breve historia de casi todo, según sus propias palabras, al no encontrar respuesta a muchas preguntas que se hacía cuando leía algún libro sobre ciencia. También porque le habían hecho creer que esta era aburrida. Sin embargo, conforme se documentaba para escribir el libro, fue descubriendo que la ciencia resulta apasionante, que está directamente relacionada con nuestro día a día, con nuestra vida, y su pasión ante lo que iba descubriendo supo trasladarla a las páginas de su obra, que engancha al lector sin que este se de cuenta.

Resumir en poco más de medio millar de páginas lo acontecido en los últimos trece mil millones de años, desde la gran explosión que dio origen al universo hasta llegar a nuestros días, saltando de la astronomía y la física a la geología, la química o la biología, no resulta una labor baladí. Sin embargo, Bryson ha conseguido acometerla con tino aunque al principio el trato en exceso familiar que dedica al lector llegó a chocarme, haciéndome dudar sobre la traducción del mismo y resultando algo forzado, a mi entender. Lo cierto es que el libro se deja leer, maravillándonos sin apabullar con centenares de cifras y enseñando con gracia lo que con otros nos habría podido llegar a parecer árido.

Si temes a las matemáticas, la física o la química es porque no tuviste suerte con tu profesor. Bryson nos ofrece la oportunidad, como otros grandes divulgadores, de descubrir lo amena que resulta la ciencia. Y, aunque no tenga nada de ficción, comprobar lo poética que puede resultar…
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser... todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.
Aprovecho para desearos unas felices fiestas y dejaros con un par de canciones de Sting que me encantan, ahora que ya entró el invierno, así como un vídeo que encontré y me gustó (aunque no guarda mayor vinculación con el libro que nos ocupa que compartir el título y algo de su inspiración de recopilación histórica).




Feliz Navidad.

viernes, 17 de diciembre de 2010

De la vida y otras hierbas

Los libros suponen un escape a lo banal del mundo, una puerta a sus maravillas, un divertimento sin parangón y un compendio de sabiduría en el que, si te asomas, nunca querrás abandonar. Un paraíso abierto a placeres, cuando no caprichos, de lo más variopintos. Pero, además de todo ello, la lectura supone para mí un indicador sobre la estabilidad de mi existencia. Esta afirmación, que podría parecer algo melodramática, es fácil de explicar y presumo que para aquellos que estáis al otro lado resultará sencilla de comprender. Entre bibliófilos me hallo y, como tales, imagino que no concebís una vida sin libros. Sin ellos tal vez daríamos a la existencia el nombre de supervivencia. En todo caso, estaría más vacía. Por todo lo anterior, si transcurre un periodo relativamente largo sin que pueda leer un libro (entiéndase por ello hacerlo de forma tal que su lectura se prolonga durante semanas o pasan siquiera uno o dos días sin que lea algo) siento que algo va mal. Que me apartan de mis amados libros.

Para mí, que coincido con Elwen en las motivaciones que exponía hace unos días acerca del porqué escribimos en un blog, sentarme a recordar ahora la apertura de Homo libris hace un par de años me invita a reflexionar en torno al tiempo pasado delante de la pantalla a lo largo de todo este tiempo. No entraré a relatar las estadísticas que arroja del blog tal o cual herramienta de seguimiento. Los únicos números que me han hecho pensar han sido los de las entradas escritas este año respecto al anterior, al del primer año de Homo libris. Llegaría, con esta que estáis leyendo, a la mitad que el pasado año. Cierto es que ese otro blog que comparte con este, gracias a cierto tipo de ósmosis, mi tiempo, algunos lectores y el dilema de dónde publicar tal o cual entrada que une libros y naturaleza, ha cobrado fuerza en este tiempo. Andanzas de un trotalomas es tan querido para mí como Homo libris porque en ambos he conocido a personas maravillosas, que me han enriquecido a lo largo de todo este tiempo.

También he incrementado mis ocupaciones a lo largo de este tiempo (sarna con gusto no pica) y en lo tocante a lo laboral el último bienio ha resultado bastante duro, pero qué os voy a contar que no sepáis ya, en muchas ocasiones por vivirlo en primera persona. Los blogs sufren estos altibajos, como no puede ser de otro modo al exteriorizar los vaivenes que sentimos quienes los escribimos, ¿verdad? Tanto es así que esta semana, tras la entrada dedicada a Enrique Morente (tan breve, tan escueta pero, a un tiempo, tan sentida como pude expresar en "Andanzas…”, no encontré el momento para compartir con todos vosotros los dos años de Homo libris, mi querido blog que es también el vuestro.

Son muchas las entradas que guardo en la recámara, que esperan su momento en ocasiones hasta meses. Espero que este 2011 que está a punto de entrar dé para mucho a este respecto, pero me conformo con poder leeros, aquí y en vuestros blogs, y tener un poquitín de tiempo más para comentar en ellos.

Así, aunque sea un pelín tarde, traigo unos pastelitos de semillas y té para todos. ¡Y libros, muchos libros!


¡Feliz lectura!

lunes, 13 de diciembre de 2010

Silencio, que no nos sientan

Las hierbas.
Yo me cortaré la mano derecha.
Espera.
Las hierbas.
Tengo un guante de mercurio y otro de seda.
Espera.
¡Las hierbas!
No solloces. Silencio, que no nos sientan.
Espera.
¡Las hierbas!
Se cayeron las estatuas
al abrirse la gran puerta.
¡¡Las hierbaaas!!
Federico García Lorca, "Poema para muertos" de Omega.


Descanse en paz, Enrique Morente, maestro.

sábado, 11 de diciembre de 2010

La hoja roja

El domingo 11 de diciembre, la Desi, la muchacha, cumplió veinte años. La víspera le había dicho a la Marce, por el sórdido patio de luces con acendrada melancolía: "Marce, chica, ya voy para vieja." Y no era un decir, porque la Desi desde que tuvo uso de razón pensó que, en efecto, la vejez se inicia con la segunda decena de la vida y la chica que no se casa antes de esa edad, de no espabilarse, se queda para vestir santos.
Para la Desi, la joven que trabaja para don Eloy, su vigésimo cumpleaños marca la madurez y el inicio del camino hacia la vejez. Para este, recién jubilado a sus setenta años, es el fin de su trayectoria laboral como funcionario la que le imprime una sensación de decadencia, de acercamiento al final de sus días. La jubilación es, para él, la hoja roja de la vida, la que antaño avisaba al fumador de que el librillo de papel de fumar se aproximaba a su fin. Así se lo hace saber a sus conocidos, a Isaías, su único compañero ahora que los demás les han ido abandonando para reunirse en el cementerio, a la Desi, que intercambia con él pensamientos en la cocina de la casa de don Eloy, y este lo repite una y otra vez en una letanía tan parecida y, a la vez, tan distinta a la de Carmen, que acaba de enviudar en Cinco horas con Mario.

Trotty, todo un don Eloy entre las cobayas, interesado en la obra de Delibes que nos ocupa.

Don Eloy y la Desi son tan opuestos que resultan complementarios. Él, ya viejo, ella, aún joven; él, rico o, al menos, de posibles, mientras que ella es pobre, ha debido viajar para trabajar sirviendo; él, de ciudad, aunque sea de provincias, en tanto que ella es de pueblo; él, finalmente, hombre, ella, por supuesto, mujer. Sin embargo, en el viaje de la vida, se encuentran tal vez cuando más se necesitan. El viejo Eloy, tras su jubilación, intenta ocupar sus horas junto a Isaías pero, aun siendo amigos, ven la vida de forma distinta. Isaías permanece anclado en el pasado, o más bien mira hacia él, sin querer asumir el obligado transcurso del tiempo. Eloy, en cambio, vive obsesionado con el poco que le queda por delante, una vez que comprende que la jubilación constituye un hito tras el que no existe la vuelta atrás y que el mundo que creyó construir a su alrededor ya no existe:

No obstante, había sufrido entonces una dura decepción. Él imaginaba que su irrupción en el Negociado tendría una acogida calurosa, pero don Cástor, el jefe, le dijo solamente: “¿Ha visto? La prensa nos ha echado encima a la opinión.” Nadie levantó los ojos, excepto Carrasco, quien desde lejos mostró el dedo índice erecto y le hizo girar un momento por encima de su cabeza. 
El viejo se apeó del tablado y se arrimó al radiador. Hubiera querido estar muy lejos de allí pero no se decidía a marcharse. Observaba la vieja oficina con sus suelos polvorientos y sus mesas carcomidas y sus gigantescos rimeros de impresos —SERVICIO DE LIMPIEZA, PARTE DE TRABAJO, VISADO DEL VIGILANTE DEL VERTEDERO— como si fuera la primera vez que los veía.
Es por eso que se vuelca en sus viejas aficiones, en la fotografía y retoma el contacto con Pacheco, el óptico, al que conocía desde los tiempos en que participaba en la Sociedad Fotográfica, y se empeña en enseñar a leer a la Desi, que intenta zafarse así de su raíz pueblerina. Espera esta, con ansia, el momento de reencontrarse con el Picaza, el joven que le gusta y que se encuentra realizando el servicio militar obligatorio, y sorprenderle, al igual que a la Marce, leyéndoles el periódico.

El tiempo transcurre entretanto, y don Eloy desea reencontrarse con su hijo, Leoncito, que ejerce la abogacía en Madrid. Es el único de sus familiares que le queda vivo, aunque Lucita, su mujer, nunca le tuvo demasiado aprecio en vida, y Goyito, el menor de los hijos, ya falleció. Sin embargo, su relación con León es inexistente porque el hijo, demasiado ocupado en la capital, no le escribe prácticamente nunca. Eloy partirá hacia la ciudad en un viaje que resultará ser más fructífero en lo tocante a su nueva visión de la vida que respecto a retomar el contacto con la familia que le queda. Será Desi, al igual que antaño lo fueran su tío Hermene o Antonia, la chica de servicio de la casa paterna, quien dé a Eloy el calor y cariño que necesita, como ya ocurriera antes.

La relectura de La hoja roja, de Delibes, me ha gustado tanto o más que la primera vez que me acerqué a esta novela, hará unos tres lustros (¡ay, qué mayor es uno ya!). Cualquier reseña de la misma, sobre todo si es tan breve como esta, no puede resultar más que superficial y su única pretensión no debe ser otra que compartir el momento del reencuentro con aquellos a quienes invitaría a reunirse con don Eloy y la Desi y la particular y entrañable verborrea de ambos, conociendo así el pasado de ambos, su presente y futuro, en una sucesión de recuerdos, de momentos compartidos y de miedos e ilusiones que reflejan, no solo el paso del tiempo, sino también las relaciones humanas de este microcosmos que componen ambos personajes en torno al hogar, a esa cocina donde transcurre o es recreada buena parte de la acción de la novela. Una novela que, por supuesto, os invito desde aquí a leer o releer.

Y, por cierto, feliz septuagésimo quinto cumpleaños, Desi.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Dentro de "Juego de tronos"

Tal vez no deberíais verlo...


... pero abril está cerca y tal vez, solo tal vez, deberíais leerlo, si no lo habéis hecho antes.

Winter is coming...


P.S.: Conste en mi descargo que ni la HBO ni George R. R. Martin me pagan nada por esto, pero es que A Dance with dragons no llega y la espera es tan larga... ;)

lunes, 29 de noviembre de 2010

Un mundo que agoniza

Hace unos días me llegaba a casa el último volumen de las obras completas de Miguel Delibes y lo recibía con una mezcla de ilusión y de cierta tristeza. Finalizaba la colección que había comenzado cuatro años atrás, con el autor en vida, en el año de su defunción. Tal vez contribuía a ello la climatología adversa, que se ha mantenido a lo largo del fin de semana y el comienzo de esta otra que hoy se inicia, pero lo cierto es que cuando puse en el reproductor el audiolibro que me regalaron con este último ejemplar de sus obras no pude más que emocionarme. Se trataba de Un mundo que agoniza, transcripción del discurso de ingreso en la Real Academia Española de uno de los autores que posiblemente más me haya marcado y cuya voz, esta vez emitida por sus propias cuerdas vocales a la par que por su infalible pluma, me trajo el recuerdo de la primera vez que leí esta obra suya que me parece, hoy día, tan actual como hace treinta y cinco años, cuando fuese escrita; tan imperecedera –lamentablemente, en este caso- como el resto de sus textos.


A través de Un mundo que agoniza (o El sentido del progreso desde mi obra, como titulase el discurso) nos introduce Delibes en su visión de la Naturaleza y la interacción del hombre con esta, plasmada a lo largo de toda su obra escrita, una relación no exenta de desequilibrio y peligro por cuanto las acciones del hombre sobre su entorno tornan, las más de las veces, en su contra con el transcurrir del tiempo. A lo largo de sus treinta y dos páginas, don Miguel nos lleva de la mano a conocer a tantos científicos y autores imprescindibles para conocer y afrontar una crisis ecológica sin precedentes como la que se hiciera patente a mediados del pasado siglo XX: Barry Commoner, Rachel Carson, André Gorz (también conocido por su seudónimo Michel Bosquet) hacen acto de presencia para ilustrar algunos de los ejemplos que nos trae el autor sobre los daños provocados por el mal uso de la técnica y la ciencia en pro de alcanzar un progreso erróneamente concebido.

Las palabras, que en voz de políticos y grandes corporaciones resultan hueras y pierden su significado, deseaba Delibes oírlas en voz del pueblo. En 2009 disculparía así su ausencia durante la presentación de la Nueva Gramática por parte de la RAE:
Queridos amigos. Lamento no poder asistir a la presentación de la Nueva Gramática, pero mi salud —no tan boyante como yo desearía— y los años me lo impiden. Sin embargo, me siento orgulloso del trabajo ímprobo de mis compañeros y de que tantos de los textos de mis obras figuren como ejemplo del habla de Castilla, la que yo aprendí de niño, la que oí más tarde, perfeccionada, de la boca desdentada de los viejos castellanos en las plazuelas de nuestros pueblos. Mi mayor deseo sería que esta Gramática fuera definitiva, que llegara al pueblo, que se fundiera con él, ya que, en definitiva, el pueblo es el verdadero dueño de la lengua.
Unas palabras plenas de sentido a las que un pueblo dota de significado, palabras que designan aquello que quieren decir y no encubren lo que no se desea mostrar. Vemos, así, algo que siempre intuimos; que su obra, de tan local, es plenamente universal. Así nos lo demuestra (y conste que me encantó comprobarlo una vez más) nuestro amigo R., que ha disfrutado recientemente con la lectura de El Camino y de Cinco horas con Mario. La Castilla delibeana, al igual que le ocurre a la Comala de Juan Rulfo, sin pertenecer al reino de la imaginación como Yoknapatawpha o Macondo, es tan universal como todas ellas. El hombre y la Tierra, ambos dos, como insistiese desde el propio título de su más conocida serie de televisión el Dr. Félix Rodríguez de la Fuente, amigo de Miguel Delibes, habrán de ser juntos o no seremos:
El Barbas, como el resto de mis personajes, buscan asideros estables y creen encontrarlos en la Naturaleza. El viejo Isidoro regresa de América con la ilusión obsesiva de encontrar su pueblo como lo dejó. A su modo, intuye que el verdadero progresismo ante la Naturaleza, como dice Aquilino Duque, es el conservadurismo. En rigor una constante de mis personajes urbanos es el retorno al origen, a las raíces, particularmente en momentos de crisis: Pedro, protagonista de La sombra del ciprés, refugia en el mar su misoginia; Sebastián, de Aún es de día, escapa al campo para ordenar sus reflexiones; Sisi, el hijo de Cecilio Rubes, descubre en la Naturaleza el sentido de la vida; a la Desi, la criada analfabeta de La Hoja Roja, la persigue su infancia rural como la propia sombra.
Desgraciadamente, apuntaba más arriba, esta obra de Delibes es tan universal y vigente como el resto de sus libros. Y escribo en este tono negativo porque mucho ha cambiado en el mundo desde que se dirigiese al resto de académicos con su discurso y a la sociedad desde sus libros y lo poco que lo ha hecho a mejor. Hoy día la sociedad, en su más amplio sentido, sigue perdida en el consumo
Es la civilización del consumo en estado puro, de la incesante renovación de los objetos -en buena parte, innecesarios- y, en consecuencia, del desperdicio. Y no se piense que este pecado -grave sin duda- es exclusivo del mundo occidental puesto que, si mal no recuerdo, Kruschev declaraba en sus horas altas de 1955 que la meta soviética era alcanzar cuanto antes el nivel de consumo americano. El primer ministro ruso venía a reconocer así que si el delirio consumista no había llegado a la URSS no era porque no quisiera sino porque no podía. Sus aspiraciones eran las mismas.
Por eso hay días en los que uno se siente solitario a su pesar y hace suya la letra de un conocido fandango ya que “entre más pasan los años más me aparto del rebaño porque no sé adónde va”.
Mis personajes hablan poco, es cierto, son más contemplativos que locuaces, pero antes que como recurso para conservar su individualismo, como dice Buckley es por escepticismo, porque han comprendido que a fuerza de degradar el lenguaje lo hemos inutilizado para entendernos. De ahí que el Ratero se exprese por monosílabos; Menchu en un monólogo interminable, absolutamente vacío; y Jacinto San José trata de inventar un idioma que lo eleve sobre la mediocridad circundante y evite su aislamiento.
Mis personajes no son, pues, asociales, insociables ni insolidarios, sino solitarios a su pesar. Ellos declinan un progreso mecanizado y frío, es cierto, pero, simultáneamente, este progreso los rechaza a ellos, porque un progreso competitivo, donde impera la ley del más fuerte, dejará ineludiblemente en la cuneta a los viejos, los analfabetos, los tarados y los débiles.

viernes, 26 de noviembre de 2010

La banda sonora de mis lecturas

Hace unos meses, leyendo un comentario de Fulgida a tenor de una entrada en la que hacían acto de presencia los queridos bolsilibros, se me ocurría el tema para otra que se ha ido demorando en el tiempo hasta el día de hoy.

Últimamente me ocurre bastante, y es algo a lo que quiero poner remedio, que se me acumulan las entradas, se retrasan, otras se anteponen a aquellas y, al final, terminan por quedar olvidadas en su propia lista particular de “pendientes de escribir”. No soy el único al que le ocurre pero no por ello me consuelo al notar que el blog pierde algo de su fuelle inicial, tal vez por encontrarme escindido entre varios amores. En ocasiones he pensado unirlos en uno solo, máxime cuando las temáticas entrambos se acercan tanto como ocurre de cuando en cuando, pero no sé si sería diversificar demasiado y contribuir a aburrir al lector. En otras, prefiero tenerlos separados, aunque ocurran estas injerencias entre ellos, casi inevitables si tenemos en cuenta la común autoría de ambos. Toda esta digresión, que sería extrapolable a mis otros blogs, no tiene otro fin que recalcar que echo de menos poder dedicar más tiempo al blog y que espero, aunque sea imponiéndome una férrea rutina, poder hacerlo en breve.

Volviendo al tema que nos ocupaba, que no era otro que la entrada que me vino a la mente el verano pasado al encontrarme con el comentario de Fulgida, quería hablar hoy sobre la banda sonora de nuestras lecturas. Este pensamiento me asaltó cuando leí que “Yo soy una amante de la paraliteratura, como tú bien sabes y creo que La saga de los Aznar es una joya. Hay que leerla con ambiente de siesta y grillos de fondo y no perder de vista lo que es, claro: entretenimiento puro.” Cada cual lee como puede o buenamente le dejan hacerlo, y la verdad es que aunque en múltiples ocasiones gusto de leer en completo silencio, en otras permito que la música acompañe el devenir de las palabras. Hay músicas que me parecen de lo más adecuadas para un determinado texto y otras que, sin buscarlo, quedan vinculadas por siempre al mismo. Otras meramente ocultan el ruido de fondo o imprimen su ritmo a la lectura y me acompañan simplemente porque no concibo la vida sin música. Casi tan poco como sin los libros.

Así, con la estridulación de los grillos y el canto de las cigarras mediante, recordé otras músicas que acompañaron a lo largo del tiempo mis lecturas y pensé en escribir sobre ello. Una entrada como esta ha de ser forzosamente personal. Cada cual tiene sus gustos musicales y sus preferencias lectoras y con estas palabras mías simplemente busco hacer vuestra mi experiencia a este respecto y permitirme vislumbrar, sí así gustáis, la vuestra. Empecemos pues un recorrido autoimpuestamente por la banda sonora de mis lecturas.


Uno de los recuerdos que guardo de mi época de última niñez y adolescencia es el de leer junto a un transistor de radio AM en el que sintonizaba algunos programas de los que se emitían en esas frecuencias, ya escasos en su día y, años más tarde, con mi primer “walkman” clónico, leer infinidad de libros sintonizando Radio Clásica. Durante la lectura de La isla misteriosa, de Julio Verne (su obra más querida para mí), repetí tantas veces la escucha de cintas con música de Mozart, Vivaldi o Bach, por no hablar de Verdi, cuyos “Va pensiero”, de Nabucco, o Il Trovatore durante años, cada vez que los escuchaba, despertaron el recuerdo de las aventuras del ingeniero Ciro Smith (en la traducción editada por Molino, posteriormente siempre le encontraría como Cyrus) y sus compañeros en una isla que -arriesgaré, sin más conocimiento de causa que lo oído sobre ella- nada tiene que envidiar a la de la archiconocida serie “Lost” en lo tocante a los misterios que albergaba.


Años después, leyendo la saga de Tad Williams, Añoranzas y pesares, era la música de Metallica en su disco “…And justice for all” la que terminé por vincular a la serie de novelas de fantasía del autor. Las andanzas de Simon, el marmitón, junto a Binabik y su loba Qantaqa fueron amenizadas por los imparables riffs de guitarra del señor Hammett en multitud de ocasiones.

No siempre la música que he escuchado ha estado tan desligada del libro elegido. Así, en alguna relectura de El nombre de la rosa han sido cantos gregorianos los elegidos como fondo musical, y ante otras obras he optado por música acorde a la ambientación del libro: Paradise Lost, My Dying Bride o Moonspell han sido compañeros de Lovecraft o Poe, Theatre of Tragedy, Mediaeval Baebes o Nightwish de infinidad de gestas épicas como Canción de Hielo y Fuego. Respecto a esta última saga tengo una canción que ha quedado vinculada a ella irremediablemente. “My fragile Winter dream”, de Dark Princess, me recuerda a Invernalia y el Muro de Hielo siempre que la escucho.


Para otros autores, con Murakami o Paul Auster, guardo momentos jazzísticos memorables, y no es rara la ocasión en que tras leer en alguna de sus obras una referencia a cierta canción o artista hago lo posible por encontrar la obra y escucharla. En particular con Tokio Blues recuperé en varias ocasiones la melancólica “Norwegian Wood” de The Beatles.

La lista es tan innumerable como personal y es por eso que no quiero aburriros con una relación de títulos. Sin embargo, sí que me gustaría saber si tenéis alguna banda sonora de vuestras lecturas, si alguna música os recuerda a un personaje o alguna historia. Si, cuando releéis un libro determinado resuena en vuestro cerebro la música que acompañó alguna de sus lecturas previas. Si música y literatura se funden como dos artes compatibles que resultan mutuamente enriquecidas.



Feliz fin de semana.

martes, 16 de noviembre de 2010

El año que mi abuelo vio llover

Me hice con este libro de Tomás Molina casi por casualidad. Buscando obras de diversa temática, comencé a indagar en algunas guías y obras sobre meteorología y topé de pleno con el curioso título con el que el autor bautizó esta obra divulgativa sobre el cambio climático: El año que mi abuelo vio llover. Su precio, notablemente por debajo del de mercado, me terminó de convencer y lo agregué al pedido. Afortunadamente, podría añadir. Este libro es uno de los más amenos, concisos e interesantes que he leído en torno al cambio climático. Tomás Molina, el “hombre del tiempo” de TV3, presidente de la Climate Broadcaster Network-Europe, hace gala de sus capacidades comunicativas presentándonos un cuadro nada halagüeño sin mostrar una visión tremendista o apocalíptica de la situación.

El cambio climático (de origen antropocéntrico, se entiende) existe, está presente en nuestra vida, y ha llegado para quedarse. Partiendo de esta premisa y de que las condiciones que han propiciado que el clima se vea alterado por la actividad del hombre sobre el planeta siguen actuando, en algunos casos a mayor escala conforme transcurre el tiempo, Tomás Molina plantea antes que luchar contra el mismo (algo que tarde o temprano deberemos hacer de cualquier modo) la necesidad de adaptarnos al mismo. La visión de Molina, adelanto, no tiene porqué coincidir con la de un activista medioambiental ni con la de un escéptico del cambio. Su forma de ver la situación está directamente relacionada con su papel de científico y con los informes emitidos por el IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change, o Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático), el equipo de científicos más reputado sobre el tema que nos ocupa, y por eso me parece particularmente interesante: admite sus limitaciones, ya que un libro que trata sobre los cambios que puede imponer el cambio climático sobre nuestra forma de vida deberá abarcar planos tan diversos como el social, político, medioambiental o el económico, pero a la vez avanza posibles soluciones que, como científico y ciudadano, ve posibles en el plano personal, social y comunitario. Es decir, se impone pensar globalmente y actuar localmente (y, diría, a todos los niveles) más que nunca.
En el momento en que empecemos a interiorizar que están pasando cosas, y nos adaptemos, estaremos empezando a arreglar las cosas para el futuro.
[…]
El reto de salvar al planeta es demasiado grande e inconcreto para que lo asumamos todos. Yo tampoco sabría por dónde empezar. En cambio, sí que entiendo que, si me preparo para tener agua propia, si hay restricciones, no me veré tan mal parado. Si me caliento el agua con energía solar, si suben la luz, no tendré que pagar más. Si me compro un coche que gaste menos, si suben la gasolina, lo notaré menos. Soluciones concretas a problemas concretos.
[…]
Si se quiere cambiar algo, más que gritar, uno tiene que involucrarse e intentar cambiarlo desde dentro.
Uno de los aspectos más interesantes del libro, además de que hace hincapié en las consecuencias que tendrá la correcta adaptación o no al cambio climático en el ámbito de España, es que dibuja ante nosotros diversos panoramas que se ajustan a los distintos modelos usados para la predicción del clima (y que previamente son “ajustados” con el clima del pasado). Tenemos ante nosotros, por tanto, elementos de juicio para estimar qué ocurrirá con el planeta en los casos mejor, peor y promedio; y aunque existan posibles variaciones debidas a los márgenes de error que existen en cualquier cálculo, lo cierto es que los resultados invitan a la reflexión.

La lectura de este libro me ha recordado, además, que tengo pendientes un par de reseñas sobre sendos documentales a favor y en contra de la existencia del cambio climático de origen antropocéntrico, ambos con sus luces y con sus sombras, que publicaré en Andanzas de un trotalomas. Adelanto, de cualquier moda, que al igual que Tomás Molina, más que debatir sobre algo que comienza a hacerse cada vez más tangible en nuestra vida cotidiana y que, independientemente de su origen, está siendo verificado por los científicos a fecha de hoy, hay que saber vislumbrar las oportunidades de cambio y usar la inteligencia, como dice el autor, para que este cambio no nos alcance desprevenidos y sin posibilidad de adaptarnos al mismo.

viernes, 29 de octubre de 2010

Batiburrillo


Durante los últimos tiempos se me acumulan las entradas y me vienen a la cabeza muchas ideas que no termino por plasmar en una de ellas porque, aunque me apetece comentarlo por aquí, no terminan de tener la entidad suficiente como para constituir una entrada por sí mismas o porque estimé no hacerlo al considerar que serían comentados en otros blogs y no aportaría, en ese momento al menos, ningún valor (sirva de ejemplo la noticia del Nobel a Vargas Llosa, que descarté con alegría al ver que nuestro amigo R., de Fenixcidio, había roto su silencio ante tan grato acontecimiento).

Las últimas semanas se han prodigado en noticias de temática literaria. Así, aunque el Planeta no es un premio que personalmente valore demasiado (por parecerme sometido por completo a la vertiente editora mercantilista que mencionaba en la última entrada), lo cierto es que me alegró que el galardonado de este año fuese Eduardo Mendoza con su novela Riña de Gatos. Madrid 1936.

También me alegró oír hace unos días que Manuel Rivas publicaba nuevo libro; Todo es silencio narrará el mundo del narcotráfico en Galicia (que no será Galicia sino Brétema), desde el contrabando de tabaco hasta los grandes narcos de la cocaína, con esa prosa elegante y fluida a la que nos tiene acostumbrados (y enamorados, en mi caso particular) el autor. Una novela definida por él como “esperpento de serie negra” que ya estoy deseando leer.

Por si fuera poco, estoy esperando a que Círculo de Lectores ponga a la venta uno de los libros que han publicado dentro de Galaxia Gutenberg; Desde los bosques nevados, una compilación de ensayos de Juan Eduardo Zúñiga, uno de los máximos especialistas en lenguas eslavas y literatura rusa de España, sobre, precisamente, autores rusos. Además, escucho en la radio que se prepara una colección de clásicos de dicha nacionalidad por parte de El Aleph y Mario Muchnik con nuevas traducciones de las obras originales. Definitivamente, quieren hundir mi economía. Menos mal que la lista del Plan Infinito crece pero la de los libros que tengo en casa pendientes de leer también, así que seré sensato y daré buena cuenta, por ejemplo, de Vida y Destino, de Vasili Grossman, que tengo desde su primera edición y que ha estado esperando a que llegase un buen momento para emprender su lectura (que he postergado unos tres años, tras comenzar a leerlo, encantarme el primer capítulo y tener que dejarlo por embarcarnos en la tercera mudanza en dos años: simplemente es imperdonable).

Por si fuera poco, Umberto Eco publica también una nueva novela. Otra que sumar al Plan Infinito con prioridad alta (me encanta el autor y precisamente le escogí para dar inicio a esta andadura de Homo libris hace casi dos años) y que he descubierto al ponerme al día con El blog de Lahierbaroja, a quien además debo agradecer (más vale tarde que nunca, esta era una de las entradas pendientes y que debía escribir) el premio que me concedió como "Blog de Oro".Todo un honor que le agradezco desde aquí.


A todo lo anterior habría que sumar una serie de artículos que me han interesado bastante y que me gustaría compartir aquí. “Derechos digitales. Por qué los libros del futuro pueden quitarnos los derechos del pasado”es un artículo publicado en la revista digital Hermano Cerdo que vinculé en uno de los comentarios que hice a la entrada sobre Editores pero que corre el riesgo de quedar olvidado allí. “La era digital salva la pequeña librería” lo descubrí a través del Twitter de Alienor (cuando me di cuenta de que me había escrito, ya que el mío propio lo uso de momento poco) y me ha gustado mucho. También descubrí que uno de los libreros malagueños cuyas librerías tengo más presentes (por tener, entre otros, los libros pertenecientes a las asignaturas de diversas carreras de la UNED) es, además de un enamorado de los libros, uno de los ponentes de un curso sobre la traída y llevada “sostenibilidad” al que asistiré dentro de un par de semanas. Sus artículos “De librero a librero: ese paraíso de letra y papel. (Homenaje a polillas y demás seres pequeños que andan entre libros)” y “El libro de papel ha muerto, ¡viva el libro de papel!” creo que os gustarán.

Y, de momento, nada más. Seguro que algo me dejo en el tintero, pero ya habrá tiempo para relatarlo. Me despido deseándoos un feliz (y prolongado) fin de semana de Samhain (de Todos los Santos/Fieles Difuntos, Día de los Muertos, Halloween o lo que cada cual desee celebrar) y, por supuesto, una grata lectura.

viernes, 22 de octubre de 2010

Editores

Desde hace tiempo se me acumulan las entradas por escribir casi al mismo ritmo que los libros pendientes de leer. Una que tenía en mente meses atrás y que he recordado recientemente, por partida doble además, gracias a la última entrada de Alienor en La isla de Calipso y la lectura de un artículo del último número de la revista gratuita Mercurio (dedicado a la ciencia ficción y que os recomiendo leer si podéis haceros con ella, ya que suele estar disponible en bibliotecas públicas y en algunas librerías, o bien a través de la edición de su sitio web, desde donde es posible descargarla en formato PDF), quería dedicarla al papel que juegan los editores sobre las publicaciones y el resultado final de los libros que leemos. La lectura hace nuestra, como lectores, la historia de los libros que escribió un autor, sí. ¿Pero hasta qué punto es el libro también del editor? ¿Hasta dónde llegan sus funciones y a partir de qué momento se estarían extralimitando en su función? En palabras de los propios protagonistas:
Editar es, dentro de cada registro, de cada categoría, de cada tipo de libro que se escoja, un acto de selección, de búsqueda de lo valioso, de separación del polvo de la paja, de respeto al tiempo y la inteligencia del posible lector.
Jordi Nadal y Paco García, Libros o velocidad.
La función de un editor es poner en contacto gente que tiene algo que decir con gente que quiere escuchar.
José Manuel Lara Bosch, Conversaciones con editores en primera persona.
Ser editor más que un oficio es una astucia, que había que reivindicar como una determinada tradición artesanal que guarda una relación muy estrecha con la esencia misma de lo que se podría llamar creación.
Alejandro Sierra, Memoria de 15 encuentros sobre la edición.
Un editor, por tanto, interviene como un puente entre autor y lector (algo que se ha venido diluyendo cada vez más con el avance de las NTIC) que, además, hace una apuesta cada vez que decide publicar la obra de un autor, ya que además de poder estar apasionado en un grado mayor o menor por los libros es, no lo olvidemos un empresario.

Existen numerosos ejemplos de editores que se arriesgan publicando obras cuya posible repercusión entre los lectores resulta dudosa, que van más allá de lo meramente comercial o de lo que saben que se venderá con facilidad. También los hay que han mostrado una incomprensible ceguera ante obras que el tiempo se ha encargado de colocar en el lugar de honor en el que siempre les correspondió estar.

Así, son conocidos los casos como el de George Orwell , que intentó publicar Rebelión en la granja enviándolo al Dial Press de Nueva York desde donde le respondieron que las historias de animales no tenían buena acogida en Estados Unidos, tras lo cual hizo llegar una copia a la oficina de T. S. Eliot, que además de conocido suyo era conservador político, pero que tal vez no quiso arriesgarse a respaldar la obra dada la alianza existente entre Inglaterra y Rusia en aquel entonces. Para más inri, un agente del Ministerio de Información británico se encargó de advertir a algunos editores, por lo que fueron rechazando la novela sistemáticamente hasta que una pequeña empresa, Secker & Warburg, se hizo cargo de la obra haciendo una tirada limitada de la misma para fortuna del autor (no económica, ya que recibió 45 libras por ella) que se había planteado incluso publicar el libro por su cuenta junto a un amigo.

Flaubert sufrió también a su editor, Charpentier, cuando tras un segundo año prometiéndole la publicación de una edición especial de La leyenda de San Julián el hospitalario, este prefirió sacar a la luz un texto más comercial de otra autora. La ira del buen Gustave tuvo que ser apaciguada por un amigo que le hizo ver que en tanto esta obra menor acabaría olvidada la suya seria inmortal. En otra ocasión la desventura del autor vino de la mano de la del editor, ya que la publicación de Madame Bovary fue recibida con acusaciones de inmoralidad que les llevaron ante los tribunales donde, afortunadamente, resultaron absueltos.

Más dramático fue el fin de Kennedy Toole, que se suicidó a los 31 años sin llegar a ver publicada su novela La conjura de los necios tras recibir la negativa de múltiples editores y cuya madre, convencida de la valía de la misma, consiguió que fuese publicada tras lo cual, como es bien sabido, recibió el Premio Pulitzer en 1981.

Otros casos paradigmáticos de relaciones entre editores y autores son, por ejemplo, el de Hetzel y Julio Verne, donde aquel instó al visionario escritor a que sus Viajes Extraordinarios fuesen libros destinados a jóvenes lectores en los que se enriqueciese el espíritu científico. Aunque las vicisitudes por las que tuvo que pasar Verne a lo largo de su vida dieron lugar a que pudieran distinguirse varias etapas en el conjunto de su obra, pasando de la ilusionante visión del progreso proporcionado por la ciencia y la técnica al pesimismo por el mal uso y abuso que el hombre hace de aquellas, lo cierto es que la idea de Hetzel estuvo siempre presente:
Viajes extraordinarios por los mundos conocidos y desconocidos. Su finalidad es (...) resumir todos los conocimientos geográficos, geológicos, físicos y astronómicos acumulados por la ciencia moderna y rehacer, bajo la atractiva forma que le es propia, la historia del Universo.
Pierre-Jules Hetzel, en la introducción a Las aventuras del capitán Hatteras.
Otro autor que siguió los consejos que insistentemente le hacía su editor (W. E. Henley) fue H.G. Wells, que dejó la escritura de obras de ciencia ficción por la de otras más “serias” que le harían ocupar, esperaban ellos, un lugar eminente en la literatura de todos los tiempos. Lamentablemente terminaron por ser sus obras menos conocidas -Ann Verónica, El destino del Homo sapiens, La conspiración abierta y un extenso etcétera- dejándonos sin embargo un recuerdo imperecedero con verdaderos clásicos como La guerra de los mundos, El hombre invisible o La máquina del tiempo.

Por último, y abreviando puesto que la relación de casos particulares es tan extensa como la historia de la figura del editor dentro de la literatura, me gustaría recordar a otros autores que, desde su obligada posición de mercenarios de la escritura, se dedicaron a publicar obras forzadamente limitadas en lo literario pero con una ingente capacidad de evasión: las novelas populares, de “a duro” o bolsilibros, con un claro ejemplo en la editorial Bruguera, de la que tantos lectores tenemos buenos recuerdos de juventud como autores hay que rememoran su paso por allí con espanto.

Os dejo con un par de enlaces a artículos relacionados con este tema que me parecieron interesantes en su día: "¡Mueran los 'heditores'!" y "¿Qué es un editor?".

¡A leer!

miércoles, 13 de octubre de 2010

IMM semiseptuagenario

El Homo libris cumple hoy años, tantos que lleva recorrido medio camino hacia una jubilación que, como la zanahoria del caballo de las viñetas humorísticas, se aleja de él conforme avanza hacia el retiro. Aún queda, sin embargo, mucho camino por recorrer y tiempo del que disfrutar y así, celebra su semiseptuagenario cumpleaños en compañía de los suyos y en ausencia de muchos queridos que no están porque la distancia les separa pero siempre les lleva en el corazón y les siente muy, muy cerca.

No es habitual por parte de un servidor publicitar esta fecha, pero han sido tantos los presentes bibliófilos, para nada definibles como mathoms, si ustedes me entienden,  que no ha sido posible resistir la tentación de traerlos a una entrada breve que dé fe de lo mucho que he de sumar a la lista de pendientes aunque algunos, he de confesarlo, he comenzado a devorarlos de inmediato.

Por lo pronto, podré dar fin a la saga de Geralt de Rivia. Tras la jugarreta de Bibliópolis, que perdió en mí a un fiel seguidor por la mala gestión llevada a cabo con la traducción y publicación del último título (divido en dos volúmenes en aras de aumentar los ingresos pecuniarios de la editorial), finalmente tengo el final de la serie y, cuando me quede un poco más libre, procederé a releer los seis libros anteriores y disfrutar, a buen seguro, con el desenlace de las aventuras de Geralt, Jaskier y compañía.


Como muchos sabéis me encantan los libros de ciencia tanto como los de pura literatura, tanto es así que algunos libros de divulgación están entre mis libros de cabecera. Tenía muchas ganas de leer el libro de Bryson, Una breve historia de casi todo, tanto por las buenas críticas que conocía de él como porque como su título indica habla prácticamente de todo: desde el inicio del tiempo y de nuestro universo a la formación de la Tierra, el surgimiento de la vida sobre ella y la aparición del hombre, con los claroscuros que nos caracterizan. Todo ello narrado de un modo tan ameno (es uno de los libros a los que ya he hincado el diente) que su lectura engancha irremediablemente.


El siguiente título me recuerda que tengo pendiente una reseña de su "continuación", La España inexplorada, de los mismos autores. Fue uno de mis regalos del pasado año y lo cierto es que me encantó. Por lo que llevo visto de La España agrestre. La caza lo cierto es que las aventuras de Abel Chapman y Walter J. Buck en nuestro país siguen siendo apasionantes. Pronto os traeré mi opinión conjunta sobre varias obras, pero os adelanto desde ahora que
En primavera, otoño e invierno, Andalucía, más africana que África, es un verdadero paraíso, la huerta de Europa; son tierras bajas, protegidas del soplo mortal de la meseta central por las sierras Nevada y Morena. Pero en los meses estivales, Andalucía se convierte en un infierno, donde un sol ardiente quema todo lo verde, donde no existe sombra alguna y la vida sólo es soportable si se abandonan las costumbres europeas y se adopta el modo de vida árabe o de las razas orientales.

Podría pasarme horas y horas hablando apasionado sobre este hombre y su obra. Me gusta el cine, aunque no me considero cinéfilo (no, desde luego, al mismo nivel que bibliófilo), pero mi pasión por Hitchcock y su obra desde que era un crío se ha mantenido incólume a lo largo de estos... sí, 35 años. Es algo así como el mito de Holmes o la obra completa de Tolkien. Creo que no necesitaría mucho más (bueno, sí, unos prismáticos y una buena lente de aumento) si tuviera que pasar  unos años recluido en una isla desierta. Estoy deseando adentrarme en esta biografía del afamado director, el "maestro del suspense" y recuperar, de paso, alguna de sus películas.


Y termino ya con un autorregalo. Un librito que llevaba tiempo esperando poder pasar a recoger y que se vino conmigo esta misma tarde. Con él tengo un poco más completa la obra de J. H. Fabre, de quien os hablé no hace mucho en el blog (tanto aquí como en Andanzas de un trotalomas) y que me recuerda que tengo que preparar un par de entradas, o tres, sobre los insectos y la literatura. Y, con esto, os adelanto el tema de las próximas entradas con las que tengo el reto de interesaros realmente en él.


Un abrazo y feliz lectura.

martes, 5 de octubre de 2010

Open eBook Reader

Hace unos meses (medio año ya, en realidad) apareció un estudio del Observatorio de la Lectura y el Libro (un órgano adscrito al Ministerio de Cultura, creado por la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas) en el que se llevaba a cabo un análisis del impacto del libro electrónico (el e-book y los dispositivos lectores, e-readers en terminología anglosajona) sobre los hábitos de lectura y de consumo de nuestros queridos libros. Aunque en su momento pretendí abundar sobre el estudio lo cierto es que pasó el tiempo y lo dejé estar. 

Un par de días atrás, sin embargo, me llegaba al correo electrónico una información de una importante librería con presencia a nivel nacional en el que se hablaba del éxito de la edición electrónica de la última novela de Ken Follet, que supera con creces a las ventas de la edición en papel. Ante la aparente negativa de las editoriales a tomarse en serio los dispositivos de lectura de este tipo de libros, estos comienzan a tener presencia en los sitios web de descarga de archivos y a distribuirse en "ediciones piratas" generando, posiblemente, un problema difícil de solventar una vez que se haya asentado como una costumbre, como ocurre por otro lado con la música o el cine. Sea como fuere, y aunque este resulta un tema sobre el que podríamos estar charlando durante horas, lo cierto es que hoy escribo la entrada para ofrecer una alternativa interesante para aquellos que quieren ojear (lamentablemente, no "hojear", je, je) uno de estos libros electrónicos y no cuentan con un dispositivo lector al uso.


No hace mucho un compañero publicaba una versión preliminar de un visor de libros electrónicos en formato FB2 (Fiction Book, un formato basado en XML que cuenta con bastante difusión, especialmente entre lectores clónicos de Hanlin v3, como el afamado Papyre, nombre con el que es distribuido en España). Además de presentarnos en su blog una de las últimas versiones del e-reader (Papyre S.6 - Alex), permite la descarga de su aplicación, una de las pocas existentes para Windows con buena calidad de lectura aunque aún presente alguna que otra incompatibilidad con libros que no tengan una estructura interna (en el FB2) correcta al 100%. La aplicación se llama Open eBook Reader y,aunque en principio iba a publicar en Lobosoft una entrada sobre la misma, diversos cambios en ese, mi otro blog, hicieron que también pospusiese la escritura y finalmente me convencí de comentarlo por aquí. Al fin y al cabo, ¿dónde va a contar con mejores usuarios y lectores?

Así pues, ¡buena (y electrónica) lectura!


miércoles, 29 de septiembre de 2010

Conversaciones sobre política, mercado y convivencia

Recientemente, no recuerdo exactamente cómo, me encontré buscando por la Red un libro de Carlos Taibo sobre decrecimiento con el que deseaba hacerme (en concreto, se trataba de En defensa del decrecimiento: sobre capitalismo, crisis y barbarie) y me encontré entonces con otro título, firmado tanto por él como por José Luis Sampedro, llamado Sobre política, mercado y convivencia, que agrupa una serie de conversaciones mantenidas por ambos autores en torno a temas que afectan cada día más a nuestras vidas. ¿Cómo es posible concebir la globalización únicamente desde una perspectiva económica? ¿Son necesariamente negativos los nacionalismos? ¿Qué clase de justicia existe en un mundo donde cada vez existen más desheredados del llamado estado de bienestar? ¿Es factible seguir "creciendo" al ritmo actual?
¿Dónde está la regulación del mercado? Aceptamos sin problemas que se regule el mercado de los alimentos, que haya leyes que impidan, por ejemplo, que nos den alimentos adulterados y que obliguen a determinar una fecha de caducidad... Pero si se trata de corregir el empleo del dinero y de las inversiones, de conocer lo que se hace con uno y con otras, de ver cuáles son los mecanismos de distribución de la renta, entonces ahí se descarta la regulación. Es decir, las que gobiernan son las fuerzas privadas -mal llamadas ciegas- que se mueven en el mercado. Mientras que con los alimentos, con los productos farmacéuticos y con alguna cosa más se entiende que no hay que fiarse únicamente de esas fuerzas del mercado, en cambio, cuando se trata de la explotación de los obreros por los empresarios, sí debe ser el mercado el que resuelva las cosas.
Carlos Taibo es profesor Titular de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid y de la trayectora de José Luis Sampedro podría hablarse durante horas, pero simplemente apuntaré que su labor como excelente economista ha debido coexistir con su más que merecido reconocimiento como novelista. Autor de obras imprescindibles como La sonrisa etrusca, La vieja sirena, El río que nos lleva (en cuya versión cinematográfica participó su malogrado tocayo, Labordeta) u Octubre, octubre, recomendaría encarecidamente la lectura de otras obras suyas, de índole similar a la que traigo hoy aquí, pues acercan al lector llano a los entresijos de la maquinaria económica mundial de una forma asequible y amena. Se trata de El mercado y la globalización, y Los mongoles en Bagdad. Pero volvamos a Sobre política, mercado y convivencia, un libro que aglutina, como decía, varias conversaciones sobre interesantes cuestiones que ocupan los noticiarios de forma continua. 
Uno de los datos que hay que manejar es el relativo a lo que se ha dado en llamar deuda ilegítima. Hay, por desgracia, ejemplos dramáticos de créditos librados por el gobierno español que hoy alimentan la deuda externa y que reflejan con toda su entidad el vigor del problema. Menciono un ejemplo: la deuda de Somalia con España es el producto de dos créditos correspondientes al llamado Fondo de Ayuda al Desarrollo y librados en los años 1987 y 1989. Los créditos en cuestión permitieron que el entonces dictador somalí, Siad Barré, adquiriese armas en España. Conviene que subrayemos que no ocurrió en la etapa de José María Aznar como presidente, sino en los años de presidencia de Felipe González, algo que me parece que retrata de manera cabal, de nuevo, determinadas tendencias en la política exterior española que se resumen en una regla mayor: los principios quedan siempre arrinconados cuando los intereses están de por medio. Mientras esos principios se enuncian retóricamente en las grandes conferencias, lo que hay por detrás es, por desgracia, lo de casi siempre.
Al estar enfocado como una transcripción de las conversaciones mantenidas por Taibo y Sampedro, su lectura es casi tan amena como si estuviéramos escuchándoles (os recomiendo echar un ojo a la entrevista de la que, en Andanzas de un trotalomas, publiqué un fragmento), el libro es breve y se devora en poco tiempo. Incluso a pesar de lo que pudiera parecer, Lupi no se ha quedado dormido leyéndolo sino que está reflexionando sobre los mensajes que nos ofrece, je, je...


Os dejo, por fin, con otro extracto de conversación referente a la llamada "comunidad internacional".
El fondo de la cuestión [...] estriba en que no hay comunidad internacional en el sentido de identidad colectiva y de altos valores compartidos por todos, sino solamente interdependencias de intereses y los consiguientes enfrentamientos. La famosa y egoísta globalización está muy lejos de responder a una conciencia cosmopolita. en esta nave espacial que es el planeta, unificada por la técnica, muy pocos se sienten ciudadanos del mundo.
En resumen, un debate que os invito a descubrir y del que, para muestra, un botón, aquí podéis encontrar el último de los capítulos, añadido en la edición más reciente y referente a la crisis mundial actual.

¡Feliz lectura!

miércoles, 22 de septiembre de 2010

¡Feliz cumpleaños!

22 de septiembre de 1401 (CC):
Cuando el señor Bilbo Bolsón de Bolsón Cerrado anunció que muy pronto celebraría su cumpleaños centésimo decimoprimero con una fiesta de especial magnificencia, hubo muchos comentarios y excitación en Hobbiton.
Un año más, llega el cumpleaños de Bilbo y Frodo y desde aquí no puedo más que invitar a celebrarlo con ellos y, por supuesto, con Tolkien, un verdadero maestro a la hora de despertar la curiosidad lectora con los comienzos de sus cuentos (aunque estos alcancen el millar de páginas).

Dicho lo cual, hoy inicio la enésima lectura de El Señor de los Anillos, que acompañará la de otros tantos libros que espero compartir con vosotros durante este año. Y es que, en palabras de Thorin, Escudo de Roble,
Si muchos de nosotros diéramos más valor a la comida, la alegría y las canciones que al oro atesorado, este sería un mundo más feliz.
¡Feliz lectura, alegres e intrépidos viajeros!

domingo, 19 de septiembre de 2010

Un poco más huérfanos

Profesor, cantautor, escritor, político, viajero, presentador de televisión... sí. Pero también ciudadano, hombre, añorado y querido por tantos. Se nos marcha en este funesto año en el que ya se fueron Salinger, Delibes o Saramago. 

Y nosotros, un poco más solos, algo más huérfanos y mucho más tristes.


ESTO FUE...

Apenas un recuerdo, un vago sueño

de pasados domingos sin iluminarias
donde los camareros se aburrían
en establecimientos de segunda categoría.

Todo lo demás es un recuerdo nostálgico

de prensados días escolares
en el juvenil guardapolvo de los lunes.

Un sueño escaso de lluvias impares,

de noches inconclusas en mi pijama a rayas,
de furtivas huidas sin permiso
y, quizás, de algún funeral sin esperanza.

Años cautivos que huyeron de nosotros

a través de uno textos donde puede leerse:

Hoy no llueve... Domingo...

Quizás mañana muertos...
Mi padre me ha pegado...
Ya no hay amor... La una menos diez...
Huimos...
               Y huimos para siempre.

José Antonio Labordeta.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Los primeros signos del otoño...

... se manifiestan; viento frío, sin llegar a ser gélido, lluvia y el cielo que se ilumina haciendo manifiesta la oscuridad que nos rodea. Como un sueño de Poe, del que no querremos despertar.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

La ratonera

La primera vez que oí hablar sobre ella estaba, si mal no recuerdo, en 7º de la extinta -desde hace ya tanto- EGB. Tendría, a la sazón, 12 años de edad y un buen día un nuevo compañero, llegado ese mismo comienzo de curso de Cataluña, me comentó que había leído algunas novelas suyas y resultaban de lo más amenas. Me hablaba de Agatha Christie y a mí, seguidor empedernido de Holmes, Dupin y otros insignes detectives, me despertó la curiosidad hasta el punto de empezar a leer sus obras y descubrir que el personaje de Poirot me encantaba (junto a su inseparable Hastings) aunque, la verdad sea dicha, siempre fui más seguidor de Miss Marple.

Hace precisamente unos días recordaba, por una casualidad, algunas obras de Christie y los buenos y lejanos tiempos de los años 80 con esa Miss Marple a la americana que era Jessica Fletcher, encarnada por una siempre adorable Angela Lansbury en la serie de televisión “Se ha escrito un crimen”. Así que anoche, justo cuando el reloj pasaba las doce, al disponerme a enviar por Internet un trabajo (y quedar "libre", por fin) me encontré con el buscador de Google vestido de gala para celebrar hoy el 120 aniversario del nacimiento de la autora inglesa, cuyos libros han sido durante lustros los más leídos después de la Biblia y de la obra de Shakespeare -al menos según aseguran algunos medios- y decidí que hoy, tal como tenía pensado, volvería a subir el telón de Homo libris pero con ella como protagonista.


Agatha Christie nació en Torquay, al sur de Inglaterra, el 15 de septiembre de 1890, y sus novelas y cuentos de intriga son sinónimos de diversión, de entretenimiento y misterio. Durante unos años, a lo largo de esa adolescencia cuasi eterna y, a un tiempo, inexplicablemente fugaz, devoré literalmente un libro suyo tras otro (casi todos en la querida edición de bolsillo de la editorial Molino), y la verdad es que recuerdos como el del crucero por el Nilo, disfrutando de la muerte bajo el sol o las vistas aparentemente tranquilas de la campiña inglesa a través de las ventanas de un tren resultan sencillamente maravillosos, por no hablar del gélido soplo del viento entre los vagones del Orient Express.

Una de sus obras más conocidas, representada durante décadas en los teatros londinenses, me gustó especialmente, La ratonera (Tres ratones ciegos), pero en realidad muchos de sus libros resultan inolvidables: Telón, la obra de despedida de Poirot, pero no la última escrita por la autora, con la que Agatha Christie pretendía evitar la molesta supervivencia del personaje a su padre intelectual (como ocurriese con el Holmes de Conan Doyle); Diez negritos, un verdadero clásico donde la claustrofobia por el encierro en la isla junto al asesino se manifiesta con una fuerza inusitada o El asesinato de Roger Ackroyd, de la que podría afirmar que es mi novela favorita y la mejor de la autora si no fuese porque, a poco que lo piense, me vienen a la mente más y más títulos para competir por el primer puesto.

Novelas de lectura ligera, qué duda cabe, pero que vinieron a marcar una forma de escribir novela policíaca y nos dejaron a dos de los detectives más universales del género, además de algunos otros menos recordados, como el matrimonio Beresford.

Desde hace tiempo tengo, perdido en la estantería, el primer caso de Poirot dispuesto para su relectura, ahora en inglés. Tal vez haya llegado el momento. The Mysterious Affair at Styles me espera...

¡Feliz misterio!

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Hablando de Faulkner...

Hace unos días estuve leyendo una conversación en una red social que se entabló en torno a la figura de Faulkner. Como uno es como es, me vino a la memoria inmediatamente la escena que traigo hoy al blog, unos minutos de una de las películas (a mi parecer) más hilarantes, surrealistas y maravillosas del cine español; "Amanece, que no es poco", dirigida por José Luis Cuerda, una película que descubrí casualmente gracias a un amigo que andaba buscándola hace unos años. Tras verla tuve que hacerme con ella y las otras dos partes que componen esta trilogía no premeditada, "Total" (esta hace poco, realmente) y "Así en el Cielo como en la Tierra".

Prometiendo deseando volver a la carga dentro de poquito más de una semana con material propio, os dejo con esa escena por si os animase a ver (o revisar, si la ya conocíais) la película.


Y, para rematar, otro guiño literario.

domingo, 5 de septiembre de 2010

El Señor de los Anillos

Un breve descanso en el estudio y una recomendación; acabo de descubrir la versión "twittera" de La Comunidad del Anillo y me ha parecido tan divertida que he querido compartirla con vosotros (aunque posiblemente lo que querría compartir será conocida, al menos, por la mitad de ustedes -una gruesa, cuanto menos-).


Podéis seguir el resto de la historia en Humor por horas.  

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Capítulo 68

Ayer, mientras volvía a casa iba escuchando el programa de RNE1 "Asuntos propios". Entrevistaban en ese momento a Héctor Colomé y Clara Sanchís en relación con la obra de teatro que representan actualmente en Madrid, Próspero sueña Julieta (o viceversa), una revisión de Shakespeare y Beckett que tiene una pinta, a priori, estupenda. Al final de la entrevista, y es a lo que iba, les hicieron una serie de pruebas a modo de concurso, con más humor que rigurosidad, imagino que por aquello de que el periodo vacacional del verano termina y los medios de comunicación aún no presentan cierto nivel de gravedad otoñal. En una de las pruebas uno de ellos tenía que leer un texto desconocido y cuál sería mi sorpresa al empezar a escuchar el capítulo 68 de Rayuela, uno de los textos repletos de erotismo más elegantes que he leído jamás. Como hace ya tiempo que tengo en mente releer a Cortázar, la inesperada audición me ha proporcionado la oportunidad de traerle aquí en una de estas breves entradas de las últimas semanas, preludio de las que -espero- lleguen en otras pocas. Os dejo con el fragmento de la lectura en el programa (gratamente coherente) y, cómo no, con el gran Julio leyendo ese famoso capítulo de su renovadora novela. El programa podéis oírlo en la propia dirección de RNE, que enlazo (no funciona bien el código para incluirlo aquí en el blog) y, en concreto, la lectura comienza en el minuto 24:10 del podcast.
Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.
Y, finalmente, la lectura por parte de Julio Cortázar, que probablemente conozcáis.

lunes, 23 de agosto de 2010

Desmintiendo a Keats


There was an awful rainbow once in heaven:

We know her woof, her texture; she is given
In the dull catalogue of common things.
Philosophy will clip an Angel’s wings,
Conquer all mysteries by rule and line,
Empty the haunted air, and gnomed mine -
Unweave a rainbow, as it erewhile made
The tender-person’d Lamia melt into a shade.

John Keats, fragmento de Lamia.

¿Alguien dijo que ciencia y poesía son incompatibles? Richard Dawkins en Destejiendo el arco iris se dispone a demostrarnos cuán equivocados estaríamos si acaso lo pensáramos. Con estas palabras, que el autor se reserva como epitafio, da comienzo el libro:

We are going to die, and that makes us the lucky ones. Most people are never going to die because they are never going to be born. The potential people who could have been here in my place but who will in fact never see the light of day outnumber the sand grains of Arabia. Certainly those unborn ghosts include greater poets than Keats, scientists greater than Newton. We know this because the set of possible people allowed by our DNA so massively exceeds the set of actual people. In the teeth of these stupefying odds it is you and I, in our ordinariness, that are here.
Vamos a morir, y esto es una suerte. La mayoría de gente no tendrá oportunidad de morir porque nunca habrá nacido. Las personas que podrían haberse encontrado aquí en mi lugar y que nunca verán la luz del día son más numerosas que los granos de arena de Arabia. Estos fantasmas no nacidos seguramente incluyen poetas más grandes que Keats y científicos más grandes que Newton. Podemos asegurarlo porque el conjunto de individualidades posibles que permite nuestro ADN excede con mucho el de personas reales. Entre las incontables posibilidades que podrían haberse materializado, somos usted y yo, en nuestra normalidad, los que estamos aquí.