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lunes, 1 de febrero de 2021

Entre retos anda el juego

Después de muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuucho tiempo sin escribir por aquí, vuelvo (o trato de hacerlo) comenzando con dos retos para marcar un poco de ritmo y retomar el  hábito de escribir. El primero de ellos, los 52 retos de escritura para 2021 que nos propone Literup por aquí:

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021

Aunque no creo que vaya a escribir los 52 microrrelatos (máxime cuando empiezo en febrero), voy a tratar al menos de cumplir con el reto mínimo de uno al mes, recuperando el de enero en unos días. Los retos de escritura son los siguientes:

  1. Inventa un cuento que suceda en las estrellas.
  2. Escribe un relato protagonizado por tres reinas magas.
  3. ¡Sueña! Inventa una historia corta de fantasía onírica.
  4. Escribe un relato de amor entre dos especies fantásticas.
  5. Inventa un cuento basado en alguna de las metamorfosis de Ovidio.
  6. Haz una historia que suceda íntegra bajo el subsuelo.
  7. ¡Feliz Año Nuevo chino! Esta semana escribe un relato protagonizado por un buey.
  8. Tus protagonistas estaban en una fiesta de Carnaval y de pronto se han convertido en sus disfraces. ¡A ver esa originalidad!
  9. Haz una historia en la que la antagonista sea una mantis religiosa.
  10. Escribe un cuento sin usar la letra «y».
  11. Escribe un relato que pase de un flashback a un flashforward y haz que el enlace tenga sentido.
  12. Tu protagonista es una delfina humanoide que pasa la mitad del relato en tierra y la otra mitad en el mar.
  13. Tu protagonista es de tu color favorito. ¿Qué implica eso en su mundo?
  14. El solarpunk está en auge. Escribe un relato optimista sobre el futuro de nuestro planeta.
  15. Haz que tu cuento acabe con: «Eso fue lo último que vi antes de morir».
  16. Escribe un relato que solo tenga diálogos.
  17. Escribe un retelling de la historia de Sant Jordi.
  18. Inventa una historia de terror en segunda persona en el que el/la protagonista sea un asesino/a, y justifica su condición.
  19. Crea un relato en el que aparezca una madre terrorífica.
  20. Escribe un fanfic de tu película de animación favorita.
  21. Haz un cuento de ciencia ficción rural.
  22. Ambienta tu relato en Sudáfrica.
  23. Crea una historia en la que aparezca una artista gráfica.
  24. Inventa una historia que acabe con un cliffhanger.
  25. Escribe un cuento en el que tu protagonista vea el cielo por primera vez.
  26. La personalidad de tu protagonista es la de tu animal favorito. Crea un relato sobre su vida en sociedad.
  27. Escribe una historia en la que el protagonista es un cadáver que habla, pero no se puede mover.
  28. Haz un cuento en el que en la primera frase de cada párrafo haya una aliteración.
  29. Crea un relato en el que alguien recibe una videollamada sospechosa.
  30. Describe el proceso creativo de un cuadro y haz que los elementos pictóricos sean parte de la historia. Por ejemplo, si sale un bosque, que sea relevante en la trama.
  31. Escribe una historia protagonizada por una bandolera ligona.
  32. Inventa un cuento en primera persona sobre alguien que observa a otra persona. Intenta que sea lo más subjetivo posible.
  33. Relata una historia de amor platónico.
  34. Utiliza las palabras «quebrar», «óleo» y «extinción» en tu relato.
  35. Inventa una historia de amor que, antes del primer beso, se ve interrumpida por el fin del mundo.
  36. Narra la batalla entre una maga que domina la electricidad y otra que invoca demonios.
  37. Crea un cuento que suceda en un futuro posapocalíptico gobernado por cucarachas gigantes.
  38. Inventa una historia en la que un armadillo viaja a Plutón y crea su propia cultura.
  39. Narra un cuento en primera persona protagonizado por una persona sorda.
  40. Relata una historia de amor a distancia.
  41. Ambienta tu cuento en Osaka.
  42. Escribe una historia protagonizada por una jinete sin cabeza.
  43. Piensa qué habría pasado si los dinosaurios no se hubiesen extinguido. Puedes sumergirte en una ucronía si quieres.
  44. Mezcla en una misma narración a un duende volador, una medusa fantasma y un elemental de hielo y fuego.
  45. Escribe una historia de terror en la que los animales domésticos se rebelen contra sus dueños.
  46. Escribe un relato en el que uses un epíteto cada tres párrafos.
  47. Unas rocas que se comunican con telepatía llegan del espacio exterior. ¿Cómo interactúan con los humanos?
  48. Escribe una historia en la que existan árboles de Navidad humanoides que decoran personas de plástico.
  49. Plantea cómo sería una historia de amor que suceda dentro de un videojuego.
  50. Escribe una historia de amor entre una giganta y una montaña.
  51. Crea un relato protagonizado por una abuela con superpoderes.
  52. Escribe una historia en la que la gente tiene como mascotas gatos que disparan láseres por los ojos.

y las bases completas, por si os interesa u os llama la atención participar, están en el enlace que incluí más arriba. Los iré publicando identificados con la etiqueta "#52RetosLiterup".

El otro apartado son los 24 retos de lectura que nos propone la misma web:

https://blog.literup.com/24-retos-de-lectura-para-2021 

Enero

1) Un clásico de la literatura española escrito por una mujer.

2) Dos cuentos escritos originalmente en inglés.

 Febrero

3) Un poemario indie escrito en español.

4) Una novela romántica.

Marzo

5) Un ensayo escrito por una autora.

6) Una obra que haya sido llevada al cine o adaptada a serie.

Abril

7) Un libro indie ganador de un premio.

8) Un libro experimental.

Mayo

9) Un cómic/manga autoconclusivo.

10) Una space opera.

Junio

11) Un clásico de la fantasía.

12)  Una obra metaliteraria.

Julio

13) Una obra escrita por un autor/a chino/a.

14) Una obra de ciencia ficción escrita por una autora.

Agosto

15) Un libro de género bizarro.

16) El inicio de una saga o de una trilogía.

Septiembre

17) Un libro de relatos de una sola autora.

18) Una novela en la que los animales sean importantes en la trama.

Octubre

19) Una novela corta de terror.

20) Una novela en la que haya viajes en el tiempo.

Noviembre

21) Un libro autoconclusivo de fantasía oscura o grimdark.

22) Un relato que tenga más de cincuenta años.

Diciembre

23) Un libro de humor.

24) Un libro sobre el fin del mundo, pero que sea esperanzador.

Al igual que con el reto de escritura, trataré de recuperar el tiempo perdido y reseñar algún título correspondiente al mes de enero. Por cierto, en la web podréis encontrar algunos ejemplos de títulos para cada uno de los retos y más información sobre los mismos.

Bueno, alea iacta est, con esta entrada me comprometo a revivir el blog. ¿Lo conseguiré? Lo iremos viendo durante este año.

¡Salud!

viernes, 8 de mayo de 2015

El club de las buenas lecturas

En los últimos meses he llegado a sentirme relativamente satisfecho con el ritmo que he llegado a imprimir a mis lecturas. No es una satisfacción plena, en absoluto, pero sí que puedo considerar meritorio haber vuelto a leer como no lo hacía desde tiempo atrás.

Algo de mérito tiene la red social Goodreads, un punto de encuentro entre libros y lectores que ha servido para organizarme y no abarcar demasiadas lecturas a la vez y ha supuesto el aliciente que necesitaba para retarme a mí mismo y para ir descubriendo nuevas lecturas a partir de las actualizaciones que realizan otros lectores.

A lo anterior ha venido a sumarse la iniciativa de hacer uso de la biblioteca pública de un barrio aledaño al que ahora nos acoge. Cierto es que tengo en casa numerosos libros esperando ser leídos. ¿Qué puede aportarme entonces una biblioteca pública? Muchas cosas, en verdad. La obligación de no empezar demasiados libros a la vez, tanto por el límite de préstamos como por la fecha límite para devolverlos; la frescura de ir de caza a la aventura, algo que tenía muy olvidado, y que no consiste en otra cosa que dejarse llevar entre los estantes, acariciar los lomos, observarlos, sacar ese libro que te llamó la atención por su título, color o tamaño, observar su portada, hojearlo y, finalmente, volver a dejarlo en su lugar o, por contra, tomarlo y llevarlo con nosotros.

Sin embargo, nada de esto lo he venido a trasladar al blog. Sigo, no termino de encontrar el motivo, en dique seco. Me apetece escribir, tengo historias que me gustaría contar, se me ocurren ideas pero no termino de encontrar el momento de plasmarlas ni la voz con las que contarlas. De hecho, la primera entrada del año Así que me he planteado enlazar desde aquí mi perfil de Goodreads por si os interesa, por si queréis saber  qué derroteros siguen mis lecturas y, sobre todo, por si os interesa la red social o, si ya formáis parte de ella, queréis decírmelo por si no os he encontrado y agregado como amigos antes.

Y, con esto, os deseo un fin de semana repleto de buenas y felices lecturas.

jueves, 1 de enero de 2015

Año nuevo, entrada nueva

Alguna vez he hablado en el blog de la «caza» de libros. Recorrer librerías tratando de encontrar ese título que tenemos en busca y captura desde hace tanto. Rastrear Internet en un desesperado intento de localizar un libro que deseamos leer y que aparece como descatalogado desde hace tanto tiempo. También hemos tratado en alguna ocasión sobre el instinto que nos hace fijarnos en una determinada portada, en un título, en esa sinopsis que leemos en la contraportada o en las solapas de un libro que vemos en un estante, que tomamos en nuestras manos y que sabemos que vendrá con nosotros lo queramos (y, en verdad, lo queremos) o no. 

Creo, sin embargo, que no he hablado antes por aquí de una forma ciertamente errática, azarosa, que ponía en práctica hace tiempo, para elegir algunas de mis lecturas. Tiempo atrás solía ir mucho más a la biblioteca pública de lo que lo hago ahora. Un hábito que deseo recuperar, por otra parte, ya que creo que nuestras bibliotecas merecen todo nuestro apoyo y que requieren de los lectores para seguir abiertas. El caso es que, con esto de vivir relativamente lejos de la Biblioteca Provincial de Málaga, únicamente de cuando en cuando me animo a acudir a la misma para sacar algunos libros, casi siempre previa consulta del catálogo bibliográfico en línea. A tiro hecho, como suele decirse. Cuando vivía en Granada solía ir a la biblioteca de mi pueblo y a la provincial de Granada, pero es cierto que aquí, en Málaga, teniendo un par de barrios con biblioteca cerca, no tengo perdón a este respecto. 

Volviendo al hilo principal de esta entrada, que, para ser la primera de 2015, ya estoy desvariando demasiado, os decía que tenía una forma particular de elegir algunas lecturas. Se trataba, simplemente, de deambular erráticamente entre las estanterías de la biblioteca, sacando libros al azar, echándoles un ojo, leyendo su argumento, o la breve reseña biográfica del autor, o algunas páginas al azar. Si el libro me llamaba la atención por un motivo u otro, se venía conmigo a casa. Si no, lo devolvía a su sitio y proseguía con mi práctica. De esta forma, podía encontrarme con lecturas abominables o descubrir maravillosas historias. Incluso algún filón-autor habré descubierto así. ¿Y vosotros? ¿Os dejáis llevar por el instinto a la hora de elegir lecturas de algún modo similar?

El caso es que hace unos días acudí a la biblioteca de la Colonia de Santa Inés. Una biblioteca de barrio pequeñita, ubicada en un edificio encantador de tejas azules y verdes, con apenas una sala de lectura donde, en las estanterías apoyadas contra sus cuatro paredes, podemos encontrar todos los fondos que posee. Pero, incluso así, tiene una interesante diversidad que ofrecer a sus lectores. De esa visita traje conmigo tres libros que constituyeron las últimas lecturas de 2014 y que darán pie a las tres primeras reseñas de 2015 en el blog. En los próximos días las tendréis por aquí, deseando animar esta bitácora que, durante el año pasado, estuvo demasiado silenciosa.


Mientras tanto, os dejo en buena compañía. La de la lectura que hayáis elegido para iniciar este día. 

¡Feliz Año Nuevo!

martes, 12 de agosto de 2014

Lectura canicular


Afirma García Montero en su última novela que las tardes de verano son de los niños; que,​ mientras los padres duermen una merecida siesta, los infantes dedican su tiempo a explorar los alrededores de la casa o del lugar de veraneo, o ​bien ​de un extraño peñasco que se yergue en pleno centro de una remota selva virgen, esto último gracias a las páginas de un libro. En definitiva, ocupan sus soledades, cada cual la que le tocó vivir, de la mejor forma que pueden. 
En verano y a la hora de la siesta, los lugares sólo pertenecen a los niños. Yo he vagado mucho por el corral, por el almacén de la tienda, por los olivos, por las esquinas y los campos solitarios mientras mis padres dormían la siesta. Otros niños se acercan a los muelles, saltan por las rocas del espigón, espían las bibliotecas de sus casas o las salas de máquinas y los camarotes de los barcos. Cada soledad depende de las condiciones de su mundo. 
Si me retrotraigo a mi (cada vez más lejana) infancia, encuentro diversas formas de ocupar ese tiempo que nunca me gustó dilapidar en tierras de Morfeo. Antes bien, lo dedicaba a coger la bicicleta y darme un paseo por las choperas de la Vega, a espiar las desiertas calles donde el sol cegador imprimía en nuestra retina, como si de una fotografía quemada se tratase, calles en las que el calor dibujaba vibrantes espejismos de agua corriente. Por la refracción del aire, sí; no tardaría en buscar explicación a tan curioso fenómeno por el amor que profesaba a la ciencia. 

De cualquier forma, lo más habitual es que intentase escapar al calor sumiéndome en la gustosa penumbra de una persiana bajada, de una cortina corrida, de un libro abierto. Pocas veces eran lecturas profundas ​;​ no está hecho el verano de Andalucía para leer a Dostoievski: 
Y cuanto agoté las fichas, en espera de nuevos encargos, me encerré en los laberintos psicológicos de Dostoievski. ¿No es una novela más propia del invierno?, preguntó Vicente. Yo intenté ponerme pedante pero me dio la risa. Se trataba de una buena ocurrencia. Sí, tenía razón, Dostoievski era una lectura demasiado fuerte para el calor del verano y para un reloj que parecía una oveja ahogada en una poza. 
Recuerdo con especial cariño los cómics (que por aquél entonces seguíamos llamando tebeos) de Mortadelo y Filemón, de Zipi y Zape, de Superlópez y, muy especialmente, de mi querido Agamenón.


También Drácula, Guillermo Brown y sus travesuras, las aventuras de los Mumin, de Jim Botón y Lucas, el maquinista o los misterios de Alfred Hitchcock y los tres investigadores acompañaron aquellas tardes eternas. Todo con tal de combatir el calor y, sobre todo, el aburrimiento de unos días interminables. Ay, el aburrimiento, ¿será un bendito patrimonio de la infancia? Con los años así lo parece. 

Llegarían Verne, Dumas y Salgari, como lo hicieron las novelitas «de a duro» que leía mi abuelo y que empecé a devorar también, aunque me gustaban más las de terror y las de ciencia ficción frente a las suyas, del oeste. Con la ciencia ficción vendrían Asimov y sus incomparables libros de relatos. Cuando empezaba a refrescar (o lo que nosotros entendíamos por eso) y uno podía salir a la puerta de la calle para sentarse en el escalón de la entrada o en una silla, me encanta adentrarme en sus libros de divulgación científica. Guardo con especial cariño su Introducción a la ciencia en dos volúmenes editado por Orbis dentro de la colección «Muy Interesante. Biblioteca de divulgación científica». 

Ahora, mientras el tac, tac, tac, tac, ¡ding! de la máquina de escribir acompaña (no me atrevo a decir que musicalmente) la escritura de este borrador, su sonido me ​traslada a aquellos tiempos en los que también ocupaba mi tiempo escribiendo historias de misterio o de aventuras, posiblemente absurdas y que juiciosamente el tiempo ha sumido en el olvido. Me recuerda quién soy, en qué ocupaba aquel gozoso e irrecuperable tiempo de la infancia, aun con todos mis demonios y mis sueños. Y me invita a no descarrilar, a reencontrarme conmigo mismo y con este blog al que di vida un día y que vuelve a la misma, en sazón, con prometeica voluntad. 

¿Pensáis que existe cierta estacionalidad en la lectura? ¿Qué suponen para vosotros las lecturas veraniegas?

domingo, 23 de febrero de 2014

Reto: Keep calm and read in English 2014


Aunque en la última entrada de mi Andanzas de un trotalomas contaba algunos de los logros que había alcanzado en 2013, lo cierto es que hay una espinita que llevo clavada desde hace años que es más grande y dolorosa que la que aquejaba a Platero en ese memorable capítulo del libro de Juan Ramón Jiménez: mejorar mi pésimo nivel de inglés. Esto, más que un deseo se tornó en necesidad, y lo cierto es que hasta la fecha no he conseguido ni mejorar los suficiente ni romper con la frustrante sensación de que soy un verdadero inútil cuando hablamos de otras lenguas que no son la materna. 

A diario tengo que enfrentarme con el inglés en el trabajo, y lo hago más mal que bien, aunque la lectura no es el mayor de los problemas ya que los textos técnicos no suelen entrañar una gran dificultad ni de vocabulario ni por los tiempos verbales usados. Así que cuando Isi inició sus Readethones pensé en inscribirme a alguno, aunque finalmente no lo hice, pero la edición de 2014 de este reto de lectura decidí no dejarla pasar y comenzar con la variedad cortita, de 10 libros, que para empezar ya está bien.

El caso es que he ido posponiendo el momento y, por el camino, he ido incitando a otros amigos de la red  a inscribirse, como a @mclasartec o a @blogpueblerino (que deberíais seguir en Twitter, igual que a @IsiOrejas, no os digo más) mientras que yo iba dejando pasar el tiempo. Se acabó. Isi me dijo que me daría una colleja si el domingo no estaba aquí esta entrada, así que, dicho y hecho, ha sido lo primero que me he puesto a hacer el domingo, antes incluso de desayunar. 

¿No os animáis a compartir lecturas y sensaciones, esta vez en inglés y con un reto por delante? ¡Venga, decid que sí! Las reglas están en la entrada de From Isi que os dejo enlazada

¡Feliz lectura!

jueves, 21 de noviembre de 2013

Libros termómetro

Me ronda la cabeza desde hace mucho un tema que quería tratar en el blog (sí, en este espacio aletargado desde hace ya tanto tiempo en el que nos encontramos), y no es otro que el de los libros y las enfermedades. No libros sobre medicina, no, sino libros que nos acompañaron cuando la enfermedad se hace fuerte en nuestro interior y pasamos algunos días postrados en cama, sin muchas ganas de nada pero, ocasionalmente, con los libros brindándonos una compañía impagable. Por ejemplo, en mi memoria la lectura de Tarzán de los monos se asocia inmediatamente con mi infancia, durante unos días de inverno con mis amígdalas dándolo todo y fiebre elevada. 
Sin embargo, esta prolongada ausencia me ha dado una nueva perspectiva desde la que aproximarme a esta entrada. La del libro o, más exactamente, la de la lectura, como síntoma de la enfermedad, ya no del cuerpo, sino (si se me permite la licencia poética) del alma. Aunque en el pasado me había ocurrido en alguna ocasión que se me atragantaba alguna lectura, nunca me había sucedido como hasta este año. Desde mediados de julio hasta principios de noviembre no he sido capaz de acabar un libro con éxito. Empezaba alguno y lo abandonaba cuando llevaba leídas 20 o 30 páginas. Tomaba otro, e igual. Y así con todo tipo de lecturas y relecturas (pues probé de todo) que no conseguían engancharme, que me dejaban proseguir con mi errático deambular de (no) lector. El desinterés, la desgana, la dispersa actitud mental de tener mil cosas en la cabeza y no aprehender ninguna de ellas que viene dada, en buena parte, por un estado de desánimo provocado por muy diversos factores en los que no entraré ahora pero que, al menos alguno de ellos, me gustaría tocar en Andanzas de un Trotalomas, otro de mis abandonados de este año. 
Curiosamente, hace poco más de un mes pude charlar un rato con uno de los bibliotecarios de la Biblioteca Pública de Granada al que no veía desde hacía mucho. Además de alegrarme de volver a verle tras varios años (y es que, desde que vivo en Málaga, puedo ir mucho menos de lo que me gustaría por esa estupenda y nutridísima biblioteca), estuvimos charlando de la situación del país, ese gran tema de ascensor que ha venido a sustituir a la meteorología. Llevaba conmigo un libro sobre fabricación sostenible y otro de relatos de autores rusos, y me contaba este buen hombre que últimamente procuraba no ver las noticias y, cuando lo hacía, buscaba alguna cadena televisiva o emisora radiofónica que no fuese claramente «del Régimen». Además, me decía, ya no leía novela. Únicamente los relatos conseguían colarse en los intersticios de ese desánimo generalizado que nos invade a los que vemos mala salida de esta crisis de valores en la que estamos sumidos y de la que nadie parece acordarse para ponerle remedio. Justamente en los relatos pensaba yo para intentar combatir mi desidia lectora, aunque tuve que coincidir con él en que la elección de los autores rusos no era demasiado afortunada, por más que sus temas casasen a la perfección con nuestro estado anímico. 
Finalmente, hace un par de semanas, conseguí acabar un libro. Había recurrido a Vázquez Figueroa y a su novela breve El perro, cuya adaptación cinematográfica me gustó tanto cuando la vi de niño. Tras leerlo, he acabado con El amante bilingüe, cuya lectura tenía pendiente desde hacía tanto, con Fugitivo, una novela sobre el mundo del lobo y ahora ando embarcado (nunca mejor dicho) en la lectura de El lobo de mar, de Jack London y deambulando entre animales salvajes con Gerald Durrell. De todo ello os hablaré en una futura entrada, si seguís ahí después de tanto tiempo. 
Entretanto, contadme: ¿cómo os afecta el estado anímico en vuestro quehacer lector? ¿Habéis cambiado últimamente vuestros hábitos lectores? ¿Qué hacéis ahí, insensatos, si llevo meses sin escribir? 
Sea como fuere, muy buenas de nuevo y, como siempre, feliz lectura.

miércoles, 22 de agosto de 2012

För en tid som bara går och aldrig kommer igen


Deambulando hace un par de días por la Biblioteca Pública Provincial de Granada, en su laberinto formado por muros de papel, se me dibujaban en la memoria tantos momentos allí vividos, las horas entre libros y las lecturas disfrutadas, y echaba de menos aquellos tiempos en los que regresaba a casa con la mochila repleta de páginas por leer, el rostro aterido por el frío viento que bajaba de la sierra, entre olores a pan caliente y castañas asadas. 

No llega el invierno aún (no con la prontitud que desearíamos más de uno), y el estío nos muestra estos días su rostro maldito de incendios forestales y temperaturas extremas, y de nada valdrá la nostalgia cuando, asentado en la realidad, recorra los tres pasillos de libros y audiovisuales de la biblioteca malagueña, con sus lomos marcados por la nomenclatura de un arcaico sistema de clasificación bibliográfica, y eche de menos la ciudad del Darro y el Genil. 

Por eso, mientras ocupo mis días estudiando Ecología (en el enlace a "Andanzas de un Trotalomas" os dejo un breve fragmento de un texto de Aristóteles que ya vaticina el estudio de esta ciencia, en el que describe todo tipo de relaciones intraespecíficas e interespecíficas y que encontré precisamente en la biblioteca granadina) y maldiciendo entre dientes este último año que ya nació torcido y ha crecido contrahecho, deseo que llegue septiembre y que pase volando este último tramo, plantarme ante los meses que están por venir y reorganizar mi vida (y nunca he sido de propósitos de año nuevo, ya sea este sideral o académico), fijar mis prioridades y retomar, entre otras cosas, un hábito lector que ha quedado maltrecho en los últimos tiempos y que siempre fue, para mal o para bien, uno de mis indicadores de salud y paz mental.

Posiblemente sí que sea esta vez la de mi regreso a estos pagos cibernéticos. No sé cuánto tardará en llegar ni si será duradero, pero me gustaría que fuese con unas ganas retomadas por escribir (disfrutar haciéndolo y sentirme bien con lo escrito) y, por supuesto, por compartir lecturas tanto aquí como en vuestros blogs, que nunca he dejado de visitar si bien de forma errática en la figura de un ente etéreo y silencioso que no dejaba huella ni tan siquiera en el cajoncito de los comentarios.

Nos vemos en unas semanas y, entretanto, os dejo con "Elegi", de Lars Winnerbäck, un hermoso descubrimiento que me brindó Azote tiempo atrás.



För en tystnad mellan väggarna som skar genom cement
Två ögonpar i tomhet från september till advent
För en man som gick till jobbet som om inget hade hänt
För en kvinna som sa allting är förstört, allt är brännt

En elegi för alla vägar som vi inte vandrat än
för en tid som bara går och aldrig kommer igen

¡Feliz lectura! 

martes, 3 de enero de 2012

IMM agradecido

Este es un IMM de lo más agradecido. Por un lado, creo que han transcurrido siglos desde la última vez que me senté a escribir dos entradas en Homo libris un mismo día (si bien es cierto que tanto la anterior como esta que estáis leyendo han tenido por mi parte muy poco trabajo) y, al menos para mí, eso ya es motivo de gozo y agradecimiento. Por otro, tanto los libros que vienen a continuación (son todos los que están, pero no están todos los que son, y es que son muchos los que tengo pendientes desde hace mucho) son fruto de un regalo. De momento, y hasta que vaya avanzando el año, tengo entre manos o al alcance de una de las mismas los siguientes libros.


Hacía tiempo que no leía nada de Murakami y 1Q84 va a ser una de mis próximas lecturas. De hecho, le eché un ojo ayer y terminé leyéndome los dos primeros capítulos. Lo cierto es que promete, así que espero que no me defraude. 

Encima de él aparece La juguetería errante, una divertidísima novela detectivesca, parodia además de las mismas, que me está deleitando con sus continuas referencias literarias y por lo hermosísimo de la edición (Impedimenta se está convirtiendo en una de mis editoriales de cabecera en los últimos tiempos). Resulta todo un gustazo leer libros así. Aunque lo empecé hace unas semanas, lo cierto es que obligaciones de diversa índole han hecho que lleve prácticamente dos sin cogerlo. Tanto es así que estoy pensando volver a leerlo desde el principio, pero ya veré. De él os hablaré a buen seguro en el blog más adelante.


Esquivando a Lupo, que no se ha interpuesto aquí entre el libro y la cámara, he conseguido fotografiar Sinclair and the 'Sunrise' Technology, un  libro que tenía muchas ganas de leer, ya que Sir Clive Sinclair, el creador de, entre otros, el ordenador de 8 bits más popular (el Spectrum), ha sido todo un visionario en lo que a tecnología se refiere. Le hincaré el diente muy pronto.

¡Y claro que sí! El agradecimiento último pero no por ello menos importante es el de los marcapáginas que Isi nos los ha hecho llegar a Azote y a mí. Hoy, al mirar el buzón tras regresar a casa, los hemos encontrado. La ilusión que nos han hecho tanto estos como la carta de nuestra querida amiga bloguera podéis imaginar que ha sido mayúscula, como lo es el agradecimiento ante semejante detallazo. 

Muchísimas gracias, linda, por tu regalo. Ten por seguro que daremos buen uso de ellos. Por lo pronto van a marcar el ritmo de lectura de este 2012 que comienza.

¡Besos, abrazos y feliz lectura!

lunes, 24 de octubre de 2011

Día de la Biblioteca


Llueve desde hace horas y es uno de esos días en los que nada me apetece más que mirar sin ver, a través de la ventana, cómo cae el día mientras la guitarra de Cereijo entona una melodía hermosa pero cargada de malos presagios («La noche se está cayendo/y con ella cae el tiempo/el día no sirvió de nada,/tarde de nubes sin agua./Hoy el cielo es de cemento,/parece que Dios está muerto/golpean la puerta de casa/mensajeros de desgracia…/¡malas noticias!»). Las primeras lluvias siempre me recuerdan, irremisiblemente, a poemas de Machado y a Serrat cantándolos, a Cela y su Mazurca para dos muertos.
Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, llueve sobre la tierra que es del mismo color que el cielo, entre blando verde y blando gris ceniciento, y la raya del monte lleva ya mucho tiempo borrada. (...) Llueve con tanta monotonía como aplicación desde el día de San Ramón Nonato, a lo mejor desde antes aun, y hoy es San Macario, que trae suerte a los naipes y a las papeletas. Orvalla despacio y sin parar desde hace más de nueve meses sobre la yerba del campo y los cristales de mi ventana, orvalla pero no hace frio, quiero decir mucho frío...
Se celebra hoy, como cada 24 de octubre desde hace casi tres lustros, el Día de la Biblioteca, y el que debería ser día de festejo (¡albricias!) para tantos de nosotros, lectores irredentos, supone un trago que deja un regusto amargo por el cierre, este mismo año, de una siempre necesaria biblioteca de barrio, la del Zaidín, en Granada. Sobre los peregrinos motivos existentes para su cierre podéis leer algo aquí.

Leía esta mañana un artículo sobre el futuro del libro de papel y el electrónico. «El libro ha muerto. ¡Viva el libro!» parecen preconizar los agoreros del libro entendido como continente y contenido. Los libros de papel, objeto de culto y deseo por parte de quienes adoramos pasar sus páginas escuchando el crujido del papel, dejándonos deleitar por su olor, vendrán a ser desplazados por una ingente horda de lectores electrónicos y formatos de archivo dispares, quedando relegados en las estanterías de aquellos que los coleccionarán con meticulosidad del entomólogo que clasifica un nuevo ejemplar, del filatélico que disfruta pinzando con frío metal uno de sus sellos para exponerlo bajo el ojo magnificado de la lupa.

Personalmente, creo que el futuro depara un espacio para la coexistencia. Ya poseo un lector electrónico y ciertamente resulta muy cómodo leer en él, pero no me da todo lo que necesito. El catálogo de libros disponibles es bastante reducido, si bien es cierto que es de esperar que este contratiempo se vaya resolviendo conforme las editoriales vayan permitiéndolo y los autores encuentren virtudes en este nuevo sector de mercado. Es más, una de las grandes esperanzas que deposito en el libro electrónico es poder hacerme con títulos descatalogados que hoy día son costosos, difíciles de conseguir o ambas cosas a la vez. Hay libros ideales para aparecer en este formato, como los best sellers que no buscan pasar a la posteridad o libros técnicos con la fecha de caducidad cuasi programada. Como informático que soy, adoraría poder leer cómodamente (algo que todavía no es posible hacer con los títulos que están editando en formato electrónico) textos que sé que dentro de cuatro o cinco años serán tenidos por obsoletos. 

Pero creo que no basta con eso para desbancar al libro tradicional. En días como hoy no me busques fuera de una biblioteca, ya sea la mía privada o una pública, donde pueda leer rodeado de libros. No me pidas que imagine a Bastian Baltasar Bux leyendo en un Kindle las aventuras de Atreyu, ni a un cura y un barbero formateando la tarjeta de memoria del Papyre de Alonso Quijano. No me exijas que te diga que a una isla desierta llevaría conmigo un eReader con diez mil libros electrónicos dentro si no tengo con qué cargar su batería, ni que crea a quienes afirman que con su iPad leen más cuando antes apenas abrían un libro.


Dejadme estar con mi placer de lector arcaico, de devorador de libros ajeno a lo que marcan las modas y el mercado, de sujeto afín a ese montón de papiros cosidos, de manuscritos pervertidos por el invento de Gutenberg. Dejadme perdido en conversaciones con mis libreros preferidos, Firmin entre las ratas, saludando al bibliotecario que me vio crecer mientras yo le veía envejecer entre libros, que me aconsejó y recomendó lecturas en cada etapa de mi vida. Sí, leeré en libros electrónicos y disfrutaré con la lectura, obtendré los beneficios de las nuevas tecnologías y procuraré que no me dominen. Dejadme leer, pero no en aras de un nuevo negocio. Dejadme leer como lee un hombre, con el corazón.
El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.

Jorge Luis Borges, “La biblioteca de Babel”.
Feliz Día de la Biblioteca y feliz lectura, sobre cualquier medio y en cualquier lugar.

Notas: 
La fotografía de la Biblioteca del Hospital Real de Granada que encabeza la entrada es de Iván García y es ofrecida sujeta a los términos de una licencia Creative Commons
La segunda fotografía es de la Plaza de España de Santa Fe (Granada). El edificio que permanece oculto por las redes protectoras de una obra de restauración albergaba antaño la biblioteca pública de mi pueblo, la primera de la que fui socio y donde pasé largas horas de innumerables días leyendo, aprendiendo... y contemplando a las aves en los tejados de la Iglesia de la Encarnación, justo enfrente.

viernes, 22 de julio de 2011

Nuevo IMM veraniego

Algunas próximas lecturas, fruto de las visitas a las librerías de viejo que tanto adoro y a Uniliber, todo hay que decirlo. Tradición y modernidad unidas, y poco más que decir. Tres cosas simplemente: el libro de Luismi se adelantó al IMM, Lupi y Obi no sufrieron daño alguno (a la vista está) en la realización de esta entrada y del resto de libros daré cumplida cuenta en breve, si os place (atención a la joya de la segunda foto, a la izquierda, de ese no se libra el blog ;) ).

Por lo demás, os deseo un feliz fin de semana y que disfrutéis del puente quienes lo tengáis.




¡Feliz lectura!

lunes, 27 de junio de 2011

Últimas lecturas y novedades

Aproveché la época previa a los exámenes para ir adelantando algunas de las lecturas livianas que vendrían a preceder a las que me proponía emprender en verano. Quienes seguís el blog habitualmente habréis podido ver que ha sido una época de sequía en lo tocante a escritura, con apenas alguna que otra entrada, en ocasiones redactada en apenas unos momentos o trayendo a colación algún párrafo que me había gustado o llamado la atención. No ha sido este un mal endémico de este blog, sino que ha enraizado también en el resto de los que escribo. De ahí que no hace tanto plantease aquí mis dudas existenciales sobre si sería mejor unirlos o no, sobre si merecía la pena continuar en estas circunstancias. No quiero, ni lo merece el blog ni quienes lo leéis, que languidezca durante un largo periodo hasta ser abandonado finalmente. No es mi intención tampoco esa y de algún modo tendré que encontrar el tiempo necesario para dedicarle la atención que merece.

Por lo pronto, y por dar zanjado el periodo previo e ir avanzando el estival, junto a la anterior entrada donde presentaba algunas de mis próximas lecturas os traigo esta, dedicada a unas pocas de cuantas me han acompañado estos meses.

Andaba releyendo a Thoreau cuando surgió el movimiento en torno al 15M que tanta tinta ha hecho correr. No podría haber hecho una elección mayor, y en varias ocasiones traje aquí o dejé en Andanzas de un Trotalomas algunos fragmentos de su obra, y hoy dejo uno final, que quise reproducir semanas atrás y para el que no encontré el momento:
Después de todo, la autentica razón de que, cuando el poder está en manos del pueblo, la mayoría acceda al gobierno y se mantenga en él por un largo período, no es porque posean la verdad ni porque la minoría lo considere más justo, sino porque físicamente son los más fuertes. Pero un gobierno en el que la mayoría decida en todos los temas no puede funcionar con justicia, al menos tal como entienden los hombres la justicia. ¿Acaso no puede existir un gobierno donde la mayoría no decida virtualmente lo que está bien o mal, sino que sea la conciencia? ¿Donde la mayoría decida sólo en aquellos temas en los que sea aplicable la norma de conveniencia? ¿Debe el ciudadano someter su conciencia al legislador por un solo instante, aunque sea en la mínima medida? Entonces, ¿para qué tiene cada hombre su conciencia? o creo que debiéramos ser hombres primero y ciudadanos después. Lo deseable no es cultivar el respeto por la ley, sino por la justicia. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en cada momento lo que crea justo. Se ha dicho y con razón que una sociedad mercantil no tiene conciencia; pero una sociedad formada por hombres con conciencia es una sociedad con conciencia.
[...]
Las votaciones son una especie de juego, como las damas o el backgammon que incluyesen un suave tinte moral; un jugar con lo justo y lo injusto, con cuestiones morales; y desde luego incluye apuestas. No se apuesta sobre el carácter de los votantes. Quizás deposito el voto que creo más acertado, pero no estoy realmente convencido de que eso deba prevalecer. Estoy dispuesto a dejarlo en manos de la mayoría. Su obligación por tanto, nunca excede el nivel de lo conveniente. Incluso votar por lo justo en no hacer nada por ello. Es tan sólo expresar débilmente el deseo de que la justicia debiera prevalecer.
Henry D. Thoreau, Desobeciencia civil.
Con el devenir de los acontecimientos, y habiendo leído el alegato de justicia de Stephane Hessel, ¡Indignáos!, me dispuse a leer un libro que recopila artículos de varios pensadores y periodistas. Se trata de Reacciona, una obra colectiva promovida por Rosa María Artal y que cuenta en su haber con autores de la talla de Hessel (el ilustre prologuista), José Luis Sampedro, Federico Mayor Zaragoza, Ignacio Escolar… Pienso que a nuestros desaparecidos Saramago y Sábato les habría gustado estar ahí, y que desde su recuerdo nos instan a reaccionar, a actuar.

Reacciona se lee con avidez, no aburre a fuerza de dar datos y más datos e invita a seguir investigando, a profundizar en los orígenes de la situación en que nos encontramos actualmente y a ponerle remedio. Somos muchos los que llevamos pidiendo este cambio, intentando hacer que la gente despierte y vea el inmenso poder que tiene en sus manos gracias a su capacidad de decisión. La del 15M fue una chispita pero hay que conseguir que el fuego prenda, que la sociedad desee decidir sobre su futuro y ejerza su derecho a hacerlo (sin menoscabar el de quienes están por venir, por supuesto).

También estuve terminando en esos días el último libro de artículos de Pérez-Reverte, Cuando éramos honrados mercenarios. Lo comencé, creo, durante los exámenes de febrero, y me ha venido acompañando durante todo este tiempo. Con los libros de artículos de don Arturo me ocurre siempre así: devoro de un tirón un año completo de artículos o dejo el libro olvidado y voy leyendo un par de ellos o tres de cuando en cuando. Me ha gustado, no obstante, y lo recomendaría sin dudar por la mala baba que rezuma y lo irónico de su pluma. Algo demagoga en algunas ocasiones, sí, pero siempre afilada y dispuesta a zaherir a politicuchos de poca altura y gentes de dudosa honra. Eso sí, he notado que con los años Pérez-Reverte se ha vuelto más oscuro, que sus artículos muestran, si cabe, un mayor desencanto hacia el hombre, aunque siga arrancándonos una sonrisa cuando, con la aguda mirada del que vivió informando, nos invita a compartir pequeños momentos con los personajes singulares que va conociendo en sus andaduras.

Por último, y aunque dejo alguna lectura en el aire, terminé con el libro de Misha Defonseca, Sobrevivir con lobos. Me lo prestó, hace ya demasiado tiempo como para que sea digno hacerlo público, mi amigo Alberto. Ya me avisaba de que a él no le había gustado demasiado pero, como somos amigos de cuanto tiene que ver con el hermosísimo cánido, quería leerlo también. Lo cierto es que el libro es emotivo y nos lleva a la infancia de una niña que, caída en desgracia cuando los nazis invaden su país, ha de sobrevivir sola en el bosque con lobos que son más humanos que quienes se expanden por Europa aquellos días. Tiempo después se demostró que la historia que la autora nos quiso hacer creer real no era más que una ficción, una novela que habría sido curiosa pero que queda en una farsa que busca el éxito (que lo tuvo, y mucho, en su día) a expensas del holocausto.

Y poco más. Tras esta última entrada rápida espero zanjar un periodo. No sé con qué periodicidad publicaré entradas aquí o en el resto de blogs, pero voy a intentar (aunque a veces me pueda la impaciencia y aproveche cualquier hueco para publicar algo) que las entradas vuelvan a ser más elaboradas, más cuidadas, y releerlas al menos antes de “entregarlas a imprenta”.

¡Feliz lectura!

viernes, 10 de junio de 2011

¿Qué no es un blog? Nuevo "IMM"

Últimamente acaricio secretamente la idea de dar un giro al blog, de insuflarle de algún modo un hálito de vida cuando más falto de la misma aparece al abrirlo en el navegador para comprobar que un par de semanas separan la entrada previa de la que estoy escribiendo. No concibo a día de hoy acabar con él, pero resulta a todas luces visible que no puedo dedicarle el mismo tiempo que antaño, tanto por las diversas obligaciones diarias como por la dispersión a la que tiendo en ocasiones, repartiendo mi atención entre diversas temáticas circunscritas a varios blogs. Lo cierto es que no sé cómo imprimir el impulso para llegar al cambio deseado, aunque espero que el verano que se aproxima me lleve a hacerlo. Compruebo que incluso entradas que deseaba escribir, y a las que debía dedicarles más tiempo de lo habitual (por la labor de investigación o documentación subyacente) pero que me ilusionaban especialmente, quedan relegadas al olvido cuando no a cierto remordimiento subconsciente por no haberlas convertido en realidad.

Cuando hace unas semanas leía la entrada de Lammermoor, “¿Para qué sirve un blog?”, y días después charlaba a través de Twitter con, entre otras personas, Elwen y Lady Boheme sobre lo que nos motiva a escribir en los blogs, coincidía en algunos aspectos (todos tenemos los propios y personales, aun cuando muchos de ellos sean compartidos por tantos de nosotros) con todas ellas. Y pensaba, además de que me estoy convirtiendo en un lector silente de tantos de vuestros blogs, algo que quiero cambiar en breve, en lo que no me motivó a plasmar sobre el internet mis pensamientos. No el sentimiento de obligación de escribir, sino su disfrute; nunca una exposición de verdades absolutas, sino un libre fluir de pensamientos deseosos de ser rebatidos o reforzados… Siempre, sí, un intento de compartir deseos, anhelos, aficiones y amor, en el caso particular que nos ocupa, por los libros. De conocer a gente interesante, de la que aprender. Y si consideran interesante mi propio blog, mejor que mejor. En este sentido tengo que agradecer (no como debo ni se merece, pero sí que quería hacerlo público) a Silvia el último premio otorgado al blog (a los blogs, realmente, pues a Andanzas de un Trotalomas le dio el premio “Tu blog me inspira” y a Homo libris y Lobosoft el “Sunshine Award”). Viniendo de ella es todo un honor haber recibido esas distinciones. Muchas gracias, Silvia.

Por lo demás, pasado el periodo de exámenes y hasta que comience a preparar mi “tercera fase” de evaluaciones, tengo unas cuantas lecturas a la vista. De las que he ido acometiendo en este tiempo tal vez cuente algo en una próxima entrada, de forma conjunta. Os presento las próximas.

A Never Cry Wolf le tenía muchas, muchas ganas. Hace un par de años conocí el libro a través de una amiga bióloga y conseguí hacerme con él gracias a un fortuito (y afortunado) encuentro en la librería de Torremolinos que tanto me gusta. En esta novela Farley Mowat narra cómo llegó a conocer profundamente a los lobos durante su larga estancia en el Ártico. Creo que Debate llegó a editar el libro en castellano hace 25 años pero no he encontrado ningún ejemplar en nuestro idioma.

Dickens, aunque para Azote sea “la Corín Tellado” de la Inglaterra decimonónica, siempre ha sido un autor muy querido para mí. En la misma librería me topé con un precioso ejemplar de The Old Curiosity Shop, en una edición de año indeterminado (una anotación interior hace referencia a 1888, aunque me temo que no es tan antigua; más bien parece de principios del XX por lo que he podido averiguar, aunque hay una muy similar de 1896 por lo que no descarto por completo la fecha indicada). Con sus ilustraciones, de cualquier modo, y su precioso formato, va a ser una delicia leerlo.


El siguiente libro es fruto del descubrimiento de un autor, digamos, peculiar. Gracias a mi afición pulposa descubrí a través del blog Acotaciones de un lector de folletines a Harry Stephen Keeler. Tanto llamó mi atención que seguí investigando sobre él y terminé por hacerme con su libro Hallad el reloj. Desgraciadamente, ninguno de cuantos encontré en otra de mis librerías de viejo preferidas de Málaga contaba con las preciosas sobrecubiertas a tres colores que caracterizaron la colección editada a mediados del pasado siglo por el Instituto Editorial Reus. Posiblemente, junto al siguiente libro, sean los dos cuya lectura emprenda en primer lugar.

Leí por vez primera La isla misteriosa hace un cuarto de siglo y volví a releerla poco tiempo después. Se convirtió entonces en mi libro de Verne preferido, algo que no ha cambiado hasta el día de hoy. En ocasiones había pensado volver a releerlo, pero nunca había encontrado la oportunidad, así que cuando hace un par de años fue reeditado en una nueva traducción pensé que había llegado el momento. Aunque no ha sido hasta ahora que me he hecho con él (ya en edición bolsillo), me encuentro dispuesto a recordar la grata experiencia lectora que me regaló Editorial Molino en su día y a reencontrarme con Ciro Smith (Cyrus, respetando el nombre original en esta traducción moderna) y sus compañeros de la isla Lincoln.

El siguiente libro es una preciosidad de la que me enamoré sin remedio cuando fui a buscar Hallad el reloj. Editado en 1917 y dedicado por una abuelita a su nieto, me recordó a tantos libros divulgativos desde la experimentación que leí en mi infancia y que me predispusieron (o alentaron lo que ya sentía) hacia el mundo de la ciencia. Con unas ilustraciones preciosas y unos textos que invitan a la ternura, descubren al niño algunos de los secretos de esos animales que podía encontrar en el jardín, en la granja o en el campo. Una delicia, sin más.

La crisálida me recordó una fotografía que saqué durante un paseo el año pasado y que llevé a Andanzas...



Aunque he leído con frecuencia libros de su hermano, Gerard Durrell, del que su trilogía ambientada en la isla de Corfú es una lectura clásica entre los aficionados a la naturaleza –Mi familia y otros animales, Bichos y demás parientes y El jardín de los dioses– hasta la fecha no me había acercado a Lawrence aunque me constaba que Justine, primera parte de su Cuarteto de Alejandría, era una obra que pintaba de lo más interesante. Será, tiempo libre mediante, una de las lecturas estivales que deseo acometer.

Y, por último, dos libros que mencioné a colación de cierta charla en la Feria del Libro de Granada. La novela criminal española, de José R. Valles Calatrava y Reflexiones sobre el tiempo y el clima, de José Manuel Castillo Requena, este último para ir abriendo boca si el próximo año me matriculo de la asignatura de "Meteorología y Climatología".

¿Y vosotros, qué lecturas planificáis para el verano? ¿Surgen espontáneamente o dejáis para estas fechas alguna lectura más ligera o densa, más apetecible para leer a orillas del mar o con el tiempo y atención que no suelen dejarnos las ocupaciones el resto del año?

¡Feliz lectura!

lunes, 29 de noviembre de 2010

Un mundo que agoniza

Hace unos días me llegaba a casa el último volumen de las obras completas de Miguel Delibes y lo recibía con una mezcla de ilusión y de cierta tristeza. Finalizaba la colección que había comenzado cuatro años atrás, con el autor en vida, en el año de su defunción. Tal vez contribuía a ello la climatología adversa, que se ha mantenido a lo largo del fin de semana y el comienzo de esta otra que hoy se inicia, pero lo cierto es que cuando puse en el reproductor el audiolibro que me regalaron con este último ejemplar de sus obras no pude más que emocionarme. Se trataba de Un mundo que agoniza, transcripción del discurso de ingreso en la Real Academia Española de uno de los autores que posiblemente más me haya marcado y cuya voz, esta vez emitida por sus propias cuerdas vocales a la par que por su infalible pluma, me trajo el recuerdo de la primera vez que leí esta obra suya que me parece, hoy día, tan actual como hace treinta y cinco años, cuando fuese escrita; tan imperecedera –lamentablemente, en este caso- como el resto de sus textos.


A través de Un mundo que agoniza (o El sentido del progreso desde mi obra, como titulase el discurso) nos introduce Delibes en su visión de la Naturaleza y la interacción del hombre con esta, plasmada a lo largo de toda su obra escrita, una relación no exenta de desequilibrio y peligro por cuanto las acciones del hombre sobre su entorno tornan, las más de las veces, en su contra con el transcurrir del tiempo. A lo largo de sus treinta y dos páginas, don Miguel nos lleva de la mano a conocer a tantos científicos y autores imprescindibles para conocer y afrontar una crisis ecológica sin precedentes como la que se hiciera patente a mediados del pasado siglo XX: Barry Commoner, Rachel Carson, André Gorz (también conocido por su seudónimo Michel Bosquet) hacen acto de presencia para ilustrar algunos de los ejemplos que nos trae el autor sobre los daños provocados por el mal uso de la técnica y la ciencia en pro de alcanzar un progreso erróneamente concebido.

Las palabras, que en voz de políticos y grandes corporaciones resultan hueras y pierden su significado, deseaba Delibes oírlas en voz del pueblo. En 2009 disculparía así su ausencia durante la presentación de la Nueva Gramática por parte de la RAE:
Queridos amigos. Lamento no poder asistir a la presentación de la Nueva Gramática, pero mi salud —no tan boyante como yo desearía— y los años me lo impiden. Sin embargo, me siento orgulloso del trabajo ímprobo de mis compañeros y de que tantos de los textos de mis obras figuren como ejemplo del habla de Castilla, la que yo aprendí de niño, la que oí más tarde, perfeccionada, de la boca desdentada de los viejos castellanos en las plazuelas de nuestros pueblos. Mi mayor deseo sería que esta Gramática fuera definitiva, que llegara al pueblo, que se fundiera con él, ya que, en definitiva, el pueblo es el verdadero dueño de la lengua.
Unas palabras plenas de sentido a las que un pueblo dota de significado, palabras que designan aquello que quieren decir y no encubren lo que no se desea mostrar. Vemos, así, algo que siempre intuimos; que su obra, de tan local, es plenamente universal. Así nos lo demuestra (y conste que me encantó comprobarlo una vez más) nuestro amigo R., que ha disfrutado recientemente con la lectura de El Camino y de Cinco horas con Mario. La Castilla delibeana, al igual que le ocurre a la Comala de Juan Rulfo, sin pertenecer al reino de la imaginación como Yoknapatawpha o Macondo, es tan universal como todas ellas. El hombre y la Tierra, ambos dos, como insistiese desde el propio título de su más conocida serie de televisión el Dr. Félix Rodríguez de la Fuente, amigo de Miguel Delibes, habrán de ser juntos o no seremos:
El Barbas, como el resto de mis personajes, buscan asideros estables y creen encontrarlos en la Naturaleza. El viejo Isidoro regresa de América con la ilusión obsesiva de encontrar su pueblo como lo dejó. A su modo, intuye que el verdadero progresismo ante la Naturaleza, como dice Aquilino Duque, es el conservadurismo. En rigor una constante de mis personajes urbanos es el retorno al origen, a las raíces, particularmente en momentos de crisis: Pedro, protagonista de La sombra del ciprés, refugia en el mar su misoginia; Sebastián, de Aún es de día, escapa al campo para ordenar sus reflexiones; Sisi, el hijo de Cecilio Rubes, descubre en la Naturaleza el sentido de la vida; a la Desi, la criada analfabeta de La Hoja Roja, la persigue su infancia rural como la propia sombra.
Desgraciadamente, apuntaba más arriba, esta obra de Delibes es tan universal y vigente como el resto de sus libros. Y escribo en este tono negativo porque mucho ha cambiado en el mundo desde que se dirigiese al resto de académicos con su discurso y a la sociedad desde sus libros y lo poco que lo ha hecho a mejor. Hoy día la sociedad, en su más amplio sentido, sigue perdida en el consumo
Es la civilización del consumo en estado puro, de la incesante renovación de los objetos -en buena parte, innecesarios- y, en consecuencia, del desperdicio. Y no se piense que este pecado -grave sin duda- es exclusivo del mundo occidental puesto que, si mal no recuerdo, Kruschev declaraba en sus horas altas de 1955 que la meta soviética era alcanzar cuanto antes el nivel de consumo americano. El primer ministro ruso venía a reconocer así que si el delirio consumista no había llegado a la URSS no era porque no quisiera sino porque no podía. Sus aspiraciones eran las mismas.
Por eso hay días en los que uno se siente solitario a su pesar y hace suya la letra de un conocido fandango ya que “entre más pasan los años más me aparto del rebaño porque no sé adónde va”.
Mis personajes hablan poco, es cierto, son más contemplativos que locuaces, pero antes que como recurso para conservar su individualismo, como dice Buckley es por escepticismo, porque han comprendido que a fuerza de degradar el lenguaje lo hemos inutilizado para entendernos. De ahí que el Ratero se exprese por monosílabos; Menchu en un monólogo interminable, absolutamente vacío; y Jacinto San José trata de inventar un idioma que lo eleve sobre la mediocridad circundante y evite su aislamiento.
Mis personajes no son, pues, asociales, insociables ni insolidarios, sino solitarios a su pesar. Ellos declinan un progreso mecanizado y frío, es cierto, pero, simultáneamente, este progreso los rechaza a ellos, porque un progreso competitivo, donde impera la ley del más fuerte, dejará ineludiblemente en la cuneta a los viejos, los analfabetos, los tarados y los débiles.

viernes, 26 de noviembre de 2010

La banda sonora de mis lecturas

Hace unos meses, leyendo un comentario de Fulgida a tenor de una entrada en la que hacían acto de presencia los queridos bolsilibros, se me ocurría el tema para otra que se ha ido demorando en el tiempo hasta el día de hoy.

Últimamente me ocurre bastante, y es algo a lo que quiero poner remedio, que se me acumulan las entradas, se retrasan, otras se anteponen a aquellas y, al final, terminan por quedar olvidadas en su propia lista particular de “pendientes de escribir”. No soy el único al que le ocurre pero no por ello me consuelo al notar que el blog pierde algo de su fuelle inicial, tal vez por encontrarme escindido entre varios amores. En ocasiones he pensado unirlos en uno solo, máxime cuando las temáticas entrambos se acercan tanto como ocurre de cuando en cuando, pero no sé si sería diversificar demasiado y contribuir a aburrir al lector. En otras, prefiero tenerlos separados, aunque ocurran estas injerencias entre ellos, casi inevitables si tenemos en cuenta la común autoría de ambos. Toda esta digresión, que sería extrapolable a mis otros blogs, no tiene otro fin que recalcar que echo de menos poder dedicar más tiempo al blog y que espero, aunque sea imponiéndome una férrea rutina, poder hacerlo en breve.

Volviendo al tema que nos ocupaba, que no era otro que la entrada que me vino a la mente el verano pasado al encontrarme con el comentario de Fulgida, quería hablar hoy sobre la banda sonora de nuestras lecturas. Este pensamiento me asaltó cuando leí que “Yo soy una amante de la paraliteratura, como tú bien sabes y creo que La saga de los Aznar es una joya. Hay que leerla con ambiente de siesta y grillos de fondo y no perder de vista lo que es, claro: entretenimiento puro.” Cada cual lee como puede o buenamente le dejan hacerlo, y la verdad es que aunque en múltiples ocasiones gusto de leer en completo silencio, en otras permito que la música acompañe el devenir de las palabras. Hay músicas que me parecen de lo más adecuadas para un determinado texto y otras que, sin buscarlo, quedan vinculadas por siempre al mismo. Otras meramente ocultan el ruido de fondo o imprimen su ritmo a la lectura y me acompañan simplemente porque no concibo la vida sin música. Casi tan poco como sin los libros.

Así, con la estridulación de los grillos y el canto de las cigarras mediante, recordé otras músicas que acompañaron a lo largo del tiempo mis lecturas y pensé en escribir sobre ello. Una entrada como esta ha de ser forzosamente personal. Cada cual tiene sus gustos musicales y sus preferencias lectoras y con estas palabras mías simplemente busco hacer vuestra mi experiencia a este respecto y permitirme vislumbrar, sí así gustáis, la vuestra. Empecemos pues un recorrido autoimpuestamente por la banda sonora de mis lecturas.


Uno de los recuerdos que guardo de mi época de última niñez y adolescencia es el de leer junto a un transistor de radio AM en el que sintonizaba algunos programas de los que se emitían en esas frecuencias, ya escasos en su día y, años más tarde, con mi primer “walkman” clónico, leer infinidad de libros sintonizando Radio Clásica. Durante la lectura de La isla misteriosa, de Julio Verne (su obra más querida para mí), repetí tantas veces la escucha de cintas con música de Mozart, Vivaldi o Bach, por no hablar de Verdi, cuyos “Va pensiero”, de Nabucco, o Il Trovatore durante años, cada vez que los escuchaba, despertaron el recuerdo de las aventuras del ingeniero Ciro Smith (en la traducción editada por Molino, posteriormente siempre le encontraría como Cyrus) y sus compañeros en una isla que -arriesgaré, sin más conocimiento de causa que lo oído sobre ella- nada tiene que envidiar a la de la archiconocida serie “Lost” en lo tocante a los misterios que albergaba.


Años después, leyendo la saga de Tad Williams, Añoranzas y pesares, era la música de Metallica en su disco “…And justice for all” la que terminé por vincular a la serie de novelas de fantasía del autor. Las andanzas de Simon, el marmitón, junto a Binabik y su loba Qantaqa fueron amenizadas por los imparables riffs de guitarra del señor Hammett en multitud de ocasiones.

No siempre la música que he escuchado ha estado tan desligada del libro elegido. Así, en alguna relectura de El nombre de la rosa han sido cantos gregorianos los elegidos como fondo musical, y ante otras obras he optado por música acorde a la ambientación del libro: Paradise Lost, My Dying Bride o Moonspell han sido compañeros de Lovecraft o Poe, Theatre of Tragedy, Mediaeval Baebes o Nightwish de infinidad de gestas épicas como Canción de Hielo y Fuego. Respecto a esta última saga tengo una canción que ha quedado vinculada a ella irremediablemente. “My fragile Winter dream”, de Dark Princess, me recuerda a Invernalia y el Muro de Hielo siempre que la escucho.


Para otros autores, con Murakami o Paul Auster, guardo momentos jazzísticos memorables, y no es rara la ocasión en que tras leer en alguna de sus obras una referencia a cierta canción o artista hago lo posible por encontrar la obra y escucharla. En particular con Tokio Blues recuperé en varias ocasiones la melancólica “Norwegian Wood” de The Beatles.

La lista es tan innumerable como personal y es por eso que no quiero aburriros con una relación de títulos. Sin embargo, sí que me gustaría saber si tenéis alguna banda sonora de vuestras lecturas, si alguna música os recuerda a un personaje o alguna historia. Si, cuando releéis un libro determinado resuena en vuestro cerebro la música que acompañó alguna de sus lecturas previas. Si música y literatura se funden como dos artes compatibles que resultan mutuamente enriquecidas.



Feliz fin de semana.

martes, 5 de enero de 2010

Gente con criterio propio.

Aunque los libros son la puerta al mundo de los sueños, como apuntaba Elwen por aquí, también constituyen una de las mejores formas que conozco de encontrarnos a nosotros mismos. Y de cuestionar cuanto nos rodea, como dice Eco en la cita que Leara nos trae esta semana. Los libros son tan necesarios para el hombre (para el Homo libris) como lo somos nosotros para ellos. Lammermoor nos dice que todos tenemos un poco de Bastian, el protagonista de La historia interminable de Michael Ende, y es cierto, aunque tal y como afirmaba Bradbury, "para que desaparezcan los libros no hace falta quemarlos, solo que la gente deje de leerlos". Leamos pues, sin dejar concesión alguna, como nuestro R. en el pasado diciembre, atrevámonos con Tolkien, que habría cumplido años hace un par de días (¡felicidades, querido profesor), más allá incluso de su famoso El Señor de los Anillos. Nuestra vida y salud mental lo agradecerán, aunque no siempre lo parezca.

En ocasiones, el humor se alía con nosotros para conseguir que la gente lea:



¿Esta es la juventud que nosotros queremos, eh? ¿Gente con criterio propio, eso es lo que queremos? ¿Que no se deje influir por opiniones de terceros, eh?
Collejeros "Adictos al libro" (José Mota) - Con el vértigo en los talones (1:46)

Lo vi el otro día y me encantó. Y aquí os lo traigo, a ver si os gusta.