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lunes, 2 de mayo de 2016

Préstamos

Hace ya casi año y medio anunciaba en una entrada del blog que me disponía a dar buena cuenta de tres libros que acababa de sacar de la pequeña biblioteca pública del barrio. Durante 2015 apenas llegué a escribir nada por aquí, aunque lo cierto es que recuperé un ritmo lector que, si bien se alejaba del que mantenía años atrás, sí que venía a ser esperanzador en cuanto a lo que había sido capaz de leer en los últimos tiempos. El blog, como decía, no vino a hacerse eco de estas lecturas, pero sí que fui reseñándolas, o al menos valorándolas, en Goodreads

El tiempo, siempre relativo, está devorando un 2016 en el que estoy manteniendo un ritmo algo más discreto y eligiendo lecturas de lo más variopintas. Tanto que si llegase a reseñarlas os podríais preguntar qué me estaba pasando, je, je. Lo cierto es que he continuado con la buena práctica de dar uso a la biblioteca pública, un hábito que tenía casi olvidado y que ciertamente no debería haber dejado de lado nunca. Y son estos encuentro e improvisaciones lectoras los que me dan pie a escribir esta entrada; a recuperar otra buena costumbre que tampoco tendría que haber abandonado. 

Con un sistema de préstamos informatizado es cada vez más frecuente encontrar bibliotecas donde, junto a los libros retirados en préstamo, nos entregan un pequeño recibo impreso en el que figuran los títulos de los libros y la fecha para su devolución. Estos tiques han venido a sustituir a aquellas fichas de préstamo tan entrañables en las que figuraban los datos del libro junto a una cuadrícula en la que, con mayor o menor acierto, el bibliotecario de turno trataba de acertar en uno de los recuadros con un sello de caucho de dígitos rotatorios que imprimiría la fecha límite de nuestra lectura. Sobra decir que raramente acertaba a grabar la fecha limpiamente en él. 

Recuerdo con cariño los libros que pedía en préstamo en la biblioteca del colegio en que cursé la ya casi olvidada EGB y donde contábamos con una ficha de lector que se intercambiaba con la del libro en cuestión cuando lo solicitábamos. En aquel caso, siguiendo el sistema Newark, nuestra ficha era sustituida en el fichero de libros por la del libro retirado y la de este introducida en la bolsita de papel destinada a tal efecto y que permanecía pegada a las guardas del libro. En ella, como decía, se imprimiría la fecha de devolución. 

Otro tanto ocurría con los libros de la biblioteca pública del pueblo, aunque como allí podíamos sacar incluso dos títulos por aquél entonces y la ficha de lector ya no era tal, sino un flamante carné, los datos del préstamo se copiaban en un mamotreto de folios grapados donde se resumían los datos de la operación: Fulanito de Tal, con n.º de lector cual, retira el libro con signatura equilicual con su correspondiente título. Y en la ficha de préstamo del libro, o incluso en la correspondiente bolsita de papel, que solía llevar impresa también la cuadrícula, ¡plaf!, se estampaba la fecha. 

Ya lo hacía por aquél entonces y vuelvo a hacerlo ahora, cuando saco libros de una biblioteca pública que permite leer su historia. Porque, al igual que ocurre con los libros de segunda mano, los libros de las bibliotecas tienen su historia y se nos permite fantasear con ella cuando tenemos suficientes datos para hacerlo. La mala costumbre de doblar las esquinas nos permiten saber si los lectores pretéritos detenían su la lectura entre capítulos o si los leían ordenadamente y solo finalizaban la lectura al acabar uno de ellos. La no mucho mejor costumbre de subrayar o anotar libros que no son nuestros nos permitía saber si algo llamó su atención especialmente. Yo, he de confesarlo, en ocasiones corregí alguna errata anotando la letra, tilde o palabra correctas; eso sí, con lápiz, si sirve en descargo de mi persona. 


Una de mis ensoñaciones preferidas cuando de libros de biblioteca se trata viene dada precisamente por las fichas de préstamo o, en su defecto, por las bolsitas de préstamo, si están presentes y siguen siendo usadas. En ellas podemos ver la historia del libro y saber si fue muy demandado en una determinada época —habitualmente cuando fue publicado, cuando estrenaron la película basada en él, cuando murió su autor...— o si durmió en su balda durante años el sueño del olvido, de la inapetencia o del desconocimiento. 

Por ejemplo, a mi lado tengo el libro La loca de la casa, de Rosa Montero (a él pertenece la fotografía que acompaña esta entrada), y puedo ver que en 2003 —fecha de su lanzamiento— fue retirado con cierta frecuencia, una vez al mes salvo en diciembre, y que en 2004 aún todavía lo sacaban con cierta asiduidad, incluso varias veces al mes; puede que en alguna ocasión debido a una renovación, al mediar un par de semanas entre las fechas, y otras desde luego que no, al estar más o menos espaciadas. Después el ritmo lector menguaría, pasando a dos lecturas en 2005 y otras dos en 2006 para acabar en una única en 2007. En 2010, por ejemplo, no lo sacó nadie de la biblioteca, al igual que en 2014. Y este año soy su primer lector. 

La frecuencia de los préstamos dependerá mucho del libro, por supuesto. Recuerdo los días en los que la bibliotecaria de Santa Fe arrancaba uno de estos sobres, repleto completamente de fechas, y pegaba sobre el lugar en el que se adivinaba la marca de pegamento una nueva para comenzar de nuevo con una historia de lecturas que imaginar. Ahora, que estoy disfrutando de esta suerte de ensayo autobiográfico repleto de amor por el oficio de escribir, me decido a recuperar el placer de imaginar —porque «la imaginación es la loca de la casa», como dijera Santa Teresa de Jesús— con él y su historia de lecturas, y de escribir sobre ello.

¡Feliz lectura!

sábado, 23 de agosto de 2014

Balada del que nunca se fue de Granada

Afirmaba Miguel Delibes que una novela se construye en torno a un hombre, un paisaje y una pasión, y justamente nos encontramos con estos elementos en la última novela de Luis García Montero, Alguien dice tu nombre. León Egea, un joven estudiante de Filosofía y Letras, permanece en Granada tras acabar el curso gracias al trabajo de comercial de enciclopedias que consigue en una pequeña editorial. Lejos quedarán las imágenes de su pueblo natal, sustituidas por las del paisaje de la tórrida ciudad que acusaba una pertinaz sequía en el verano de mil novecientos sesenta y tres, y que veremos a través de sus ojos y de su pluma. Porque la pasión de León es la literatura, y su profesor Ignacio, que le brindó la oportunidad de trabajar en la editorial que publicara tiempo atrás alguno de sus libros, le insta a observar cuanto le rodea, a desarrollar la mirada del escritor y a conseguir plasmar con lenguaje literario sus experiencias estivales. 


A través del cuaderno de León conoceremos las instalaciones de la editorial, sita en la calle Lepanto de Granada, justo sobre el bar homónimo donde un calendario cambió su función de actuar como notario del paso del tiempo por la de mudo testigo de una fecha pasada. Nos presentará a Vicente, el comercial que introducirá a León en el mundo de las ventas de una singular enciclopedia que les llevará a recorrer capital y provincia, paisaje y paisanaje. Conoceremos a Consuelo, una eficaz secretaria que brindará a León la oportunidad de realizar un viaje iniciático sin retorno y que constituirá su mayor desvelo. Recorreremos las calles de una ciudad que enamora a quienes la conocen, la Granada de hace cincuenta y un años, tan distinta y tan parecida a un tiempo a la que recuerdo de mi propia época de estudiante, de mi vida en ella. Pero no será Granada el único paisaje de la novela, sino que acompañaremos a León a su pueblo para recordar sus enfrentamientos con el cacique local, así como conocer a Pedro el Pastor, a sus padres y a su tía Rosario, su más íntimo refugio. 

Alguien dijo que quien lee vive muchas vidas, no una sola, y que con cada lectura nos adentramos en un mundo distinto, en un universo propio. Más que eso, pienso que con cada libro que leemos sumamos una pequeña neurona a nuestro cerebro literario personal. Incluso varias, si es un buen libro, si tiene múltiples lecturas o volvemos a él con frecuencia. Estas neuronas no están aisladas las unas de las otras, sino que van entretejiendo entre ellas una maraña de sinapsis, de axones que nos guían de una lectura a otra, que evocan lecturas pasadas, que nos invitan a lecturas futuras. Cuanto más leemos, más enriquecemos este cerebro, más eficiente se torna, más conexiones se establecen entre sus neuronas y más disfrutamos con la lectura. 

Alguien dice tu nombre ha dejado en mi cerebro literario una brillante neurona que se ha conectado de inmediato con Baroja, con Ganivet, con Marsé. Con la Granada literaria de Irving y con la de Lorca, con la poesía de este y con la de Alberti. Alguien dice tu nombre es una novela que, os lo aseguro, no deberíais dejar pasar de largo. 
Buscar libros, leer y estudiar son modos muy útiles de participar en una resistencia. Depende de las páginas que seleccionemos y de las ideas que seamos capaces de defender. Las costumbres imperantes son tan penosas como una comisaría saturada de detenidos. Necesitamos buscar otras palabras, otras miradas, otros sentimientos, aunque después haya que quemarlo todo.
Os dejo invitándoos a leer la novela acompañados por la poesía de Alberti y la voz de Paco Ibáñez.


Las fotografías de Granada las he obtenido de la página de la policía de la ciudad, aunque desconozco quién es el autor. El fragmento pertenece a la novela reseñada.

lunes, 21 de julio de 2014

El indestructible

El pasado viernes me encontraba en el autobús releyendo un libro de artículos de Isaac Asimov cuando, inesperadamente, me topé con un viejo conocido. Un texto que recordaba suyo, aunque en una versión más reducida (si mal no recuerdo, uno de esos condensados del Selecciones de Reader's Digest que tenía mi padre en casa, y que no había sido capaz de volver a encontrar). Os dejo con él y después os comento un par de detalles.



El indestructible
Algunos de los cambios más espectaculares que hemos presenciado en el siglo actual tienen que ver con los vehículos para el entretenimiento de los seres humanos.
De las pianolas se pasó a los gramófonos; de «vaudeville» al cine; de la radio a la televisión. A las películas se les añadió sonido; a la radio, imágenes; y a ambas, el color. Y nadie duda de que podamos ir más lejos.
Con el láser y la holografía podemos producir imágenes tridimensionales de mayor definición que la que puede ofrecer cualquier fotografía corriente en dos dimensiones. Las modernas técnicas de grabación en cinta nos permiten editar vídeo-cassettes sobre cualquier tema, de modo que el cliente puede reproducir en cualquier momento lo que le apetezca en su propio televisor.
Cada nuevo invento desplaza a los antiguos en la medida en que el público acude a aquella técnica que le da más. El cine mató al vaudeville, la televisión a la radio y el color al blanco y negro. Las tres dimensiones acabrán sin duda con la bidimensionalidad, y las cassettes puede que maten a la televisión de masas, dirigidas al gran público.
¿Cuál es la tendencia general? ¿A qué se llegará en último término?
En cierta ocasión asistí a una exhibición de cassettes de TV y me saltó a la vista lo voluminoso y caro que era el equipo auxiliar necesario para descodificar la cinta, llevar el sonido hasta los altavoces y proyectar la imagen sobre la pantalla. No hay duda de que las mejoras vendrán por el lado de la miniaturización y de la mayor complejidad, que es el  mismo proceso que en años recientes nos ha proporcionado radios, cámaras, computadores y satélites más pequeños y compactos.
Es posible que el equipo auxiliar disminuya de tamaño y acabe por desaparecer. La cassette se convertirá en un objeto autónomo que contenga la cinta y todos los mecanismos necesarios para producir el sonido y la imagen.
La miniaturización hará que la cassette sea cada vez más manejable y ligera, hasta poderla llevar casi bajo el brazo. Y su funcionamiento requerirá también cada vez menos energía, hasta rozar casi el ideal último de no consumir ninguna.
Una cassette ordinaria produce sonidos y proyecta luz, porque ese es precisamente su propósito. Pero ¿por qué invadir la esfera de otras personas ajenas a ellos? La cassette ideal sería visible y audible para la persona que la está utilizando, y para nadie más.
Las cassettes que existen hoy necesitan, como es lógico, una serie de mandos: un botón de encendido y apagado y otros para regular el color, el volumen, el brillo, el contraste y demás. La dirección del cambio será, naturalmente, hacia una simplificación de los controles. En último término habrá un solo botón... o quizá ninguno.
Cabría imaginar una cassette que estuviese siempre perfectamente ajustada, que empezara a funcionar automáticamente en cuanto uno la mirara, que se parara automáticamente en cuanto uno dejara de mirarla; que pudiera avanzar o retroceder deprisa o despacio, a saltos o con repeticiones, a placer del usuario.
Qué duda cabe que ése es el aparato de nuestros sueños; una cassette que puede contener información sobre infinitos temas, del mundo de la ficción o del real, que es autónoma, manejable, parsimoniosa en el consumo de energía, perfectamente privada y sometida en gran medida al control de la voluntad.
¿Será sólo un sueño? ¿Tendremos algún día una cassette así?
La respuesta es un sí rotundo. No es que la vayamos a tener algún día, es que la tenemos ya; para ser más exactos: existe desde hace siglos. El ideal que he descrito es la palabra impresa: la revista, el libro, el objeto que tiene Vd. en sus manos; un objeto ligero, privado y manipulable a voluntad.
¿Piensa Vd. que el libro, a diferencia de la cassette que he descrito, no produce sonidos e imágenes? Pues se equivoca.
Es imposible leer sin oír las palabras en la mente y sin ver las imágenes que producen. Y con la ventaja de que son sonidos e imágenes propios, no inventados por otros.
Las imágenes y el sonido que ofrecen todos los demás medios de entretenimiento son «congelados», y tienen un nivel de detalle que mejora con el avance de la tecnología. El resultado es que los medios exigen cada vez menos del usuario. Incluso se insertan cuñas musicales y risas pregrabadas para elicitar determinadas emociones en el cliente sin esfuerzo de su parte. La persona a quien le cuesta leer (y a la mayoría le cuesta) recurrirá a estos productos «congelados», y seguirá siendo un espectador pasivo.
La palabra impresa, por el contrario, presenta un mínimo de información. Todo lo demás por encima de ese mínimo tiene que ponerlo el lector: la entonación de las palabras, la expresión de los rostros, la acción y el escenario han de ser extraídos de estas sartas de símbolos en blanco y negro. El libro es una empresa compartida entre el escritor y el lector, como ninguna otra forma de comunicación puede serlo.
Si Vd. pertenece, por tanto, a esa pequeña y afortunada minoría para quienes la lectura es fácil y agradable, el libro, en cualquiera de sus manifestaciones, será para Vd. irreemplazable e indestructible, porque exige participación. Por muy agradable que sea el papel de espectador, participar siempre es mejor.
Isaac Asimov, ¡Cambio! 71 visiones del futuro.

¿Sorprendidos? Conforme leía el artículo (que está fechado a mediados de los años 70 del pasado siglo XX), pensaba en los avances tecnológicos que habían puesto en nuestras manos el walkman, los reproductores MP3 y, recientemente, móviles inteligentes y tabletas que integran todo cuanto este visionario autor reflejaba en el artículo. Todo para llegar al libro, a ese magnífico e irreemplazable instrumento, maravillosa puerta a otros mundos y a todos los saberes. Cuando llegué a ese instante comprendí que había encontrado el texto original que recordaba y que siempre quise compartir en el blog. Un motivo más para sentarme a escribir y recuperarlo (poco ahora, más en poco tiempo), ahora que vuelvo a leer con relativa normalidad y a disfrutar con la lectura, acabando libros, tomándolos por el mero placer de hacerlo.

¡Feliz lectura!

jueves, 25 de octubre de 2012

El enredo de la bolsa y la vida

Permanecer durante tanto tiempo apartado del blog conlleva que, por bajo que sea el ritmo de lectura, como es mi caso en los últimos tiempos (¡oh, excelsos autores, perdonad mi falta!), se vayan acumulando las entradas y reseñas que en un determinado momento pasan por mi mente. Si bien es cierto que me queda mucho camino por recorrer hasta recuperar la regularidad lectora que me gustaría, no lo es menos que no termino de encontrarme cómodo con aquello que escribo. Perdonad, si es posible, queridos lectores, blogueros y amigos (¡Eh! ¿Hay alguien ahí? :)), este hecho. 

Es posible que en sucesivas entradas vaya tirando de fondo de librería para hablar por aquí de algunos de los libros que más me han llamado la atención en este tiempo, sea individualmente o de forma conjunta, pero quería arrancarme a escribir con la última novela que he terminado de leer: El enredo de la bolsa y la vida, de Eduardo Mendoza. 

Sobre este autor barcelonés he hablado varias ocasiones en el blog pero, curiosamente, no he reseñado las anteriores aventuras de su loco detective innominado que, os adelanto, me encantaron. El nivel de los libros que componen el ciclo formado por El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas, La aventura del tocador de señoras y, por último, El enredo de la bolsa y la vida ha sufrido altibajos a lo largo de las andanzas de nuestro anónimo amigo. Si bien la primera de las novelas es genial y la segunda no la desmerece demasiado, a mi parecer la tercera es más bien floja y esta última, si bien eleva un poco el listón no llega al nivel de las primeras. No quiero decir con esto que estemos ante un mal texto, todo lo contrario. El desvergonzado Mendoza, que tanto y tan bien ha hecho dentro de la “literatura seria”, ofrece un divertimento de calidad, bien escrito y con un particular sentido del humor cargado de cierto surrealismo que me parece entrañable. 

Tras los entuertos (los desmontados y los creados) por el detective en el pasado, este se ha retirado y lleva una vida tranquila gestionando la peluquería de su cuñado. Lo cierto es que esta labor no le ocupa demasiado tiempo, sobre todo si tenemos en cuenta que hace meses que no entra mujer alguna a cortarse el pelo, ponerse mechas o echarse un tinte. Así, no es de extrañar que, tras ser puesto al tanto de la desaparición de un antiguo compañero de manicomio, Rómulo el Guapo, que solo unas semanas antes le había propuesto llevar a cabo un golpe maestro que les sacaría de pobres, se embarque en la aventura que Quesito, una adolescente que quería a Rómulo como a un padre, le propone: encontrar a su amigo y salvarle de un desconocido peligro. Pero no estarán solos: nuestro detective-peluquero cuenta con grandes amigos entre las clases más desfavorecidas de Barcelona: un africano albino, una acordeonista callejera y comunista y el timador profesional Pollo Morgan entre otros, nos deleitarán y arrancarán más de una carcajada conforme devoremos las páginas de esta breve pero agradecida novela. 

¡Ah, y un personaje de excepción, figura y centro de la crisis actual! No os digo más: ¡leedla!

miércoles, 22 de agosto de 2012

Libros sin hogar

Me lo ha hecho llegar Azote y (comprendedme) no he podido evitar traerlo aquí. Para leerlo bien, pulsad sobre la imagen.

Podéis encontrar el original y otros cómics del autor en su web, Incidental comics.

miércoles, 4 de julio de 2012

El expediente Barcelona

No me prodigo últimamente demasiado con las entradas del blog, pero resultaría de todo punto impensable que dejase pasar la ocasión de hablaros de uno de los libros que posiblemente más haya citado por aquí. No hace mucho terminaba de leer El expediente Barcelona, la primera de las novelas de Francisco González Ledesma en la que hace aparición el inspector Méndez, protagonista de tantas obras imprescindibles del autor, y he de decir que me ha encantado. Si bien la lectura se ha prolongado mucho más de lo que habría sido habitual para un libro de poco más de 300 páginas, ya que lo he leído en el poco ortodoxo soporte de mi móvil, aprovechando momentos vacíos y trayectos en transporte público cuando no llevaba un libro encima, lo cierto es que la he disfrutado hasta el punto de releer sobre la marcha fragmentos y capítulos completos, y estoy deseando hacerme con una copia en papel, ya que fue reeditado no hace mucho (y es que, señoras y señores que “velan” por la cultura, los libros electrónicos no tienen que suponer forzosamente la muerte de los tradicionales).


En El expediente Barcelona Ledesma nos llevará a los barrios de Barcelona que tan bien conoce, como no podía ser de otro modo, para descubrirnos las entretelas de un caso de terrorismo en el que aparecen vinculadas figuras de la burguesía catalana y los nuevos sindicalistas del posfranquismo en una historia hilvanada con una fina ironía, con el profundo desencanto de los que abandonaron sus ideales y con un amor interesado e inconstante.

En la novela se palpa el conocimiento que tiene el autor sobre el mundo del periodismo, de la abogacía y del movimiento obrero en la Barcelona de la época (no hay que olvidar que este abogado, dedicado a la literatura desde su juventud a pesar de ser censurado por el franquismo, tuvo que trabajar para Bruguera como escritor de novelas populares y como abogado de la editorial, y que además llegó a ser redactor jefe de La Vanguardia), y constituye un fiel reflejo de la sociedad barcelonesa de aquel entonces; un ejemplo en toda regla de la novela negra de corte social en España que conviene no perder de vista.

Por lo pronto, a mí se me ha abierto el apetito por la novela negra, un mundillo en el que hacía tanto que no me adentraba más que por las imprescindibles reseñas de Lammermoor o de Alice Silver, y que me apetece saciar continuando con la lectura de la “Serie Méndez”. Me esperan, por tanto, en cuanto dé buena cuenta de los libros que tengo entre manos, Las calles de nuestros padres. Entretanto, os invito a disfrutar este verano de esta impactante novela y os dejo con algunas de las apariciones de fragmentos de la misma en el blog y con la entrevista a González Ledesma.
¡Feliz lectura!

miércoles, 6 de junio de 2012

Ray Bradbury

Llevo un tiempo tan liado y con el ánimo tan variable que tengo todo esto un poco abandonado. Ayer, en lugar de escribir alguna entrada propia, ya fuese en Homo libris, ya en Andanzas de un trotalomas, recurrí a un texto de Frederik Pohl  para homenajear el Día Mundial del Medio Ambiente de este año (si bien me consta que con la elección sale ganando el lector, je, je). Y hoy me entero a través de Azote del fallecimiento de uno de mis más adorados escritores.


Ha muerto Ray Bradbury, el autor de esas maravillosas Crónicas Marcianas y de la grandísima novela distópica Fahrenheit 451, por citar dos de sus más aclamadas obras. Esta última nos previene ante la facilidad con la que podemos perder nuestra memoria colectiva. Los libros arden bien, demasiado bien, y con ellos se pierde la memoria, la necesidad de conocer y, en muchas ocasiones, hasta la decencia. Porque arrebatarnos los libros, robarnos parte de nuestra cultura, es buscar adocenarnos, convertirnos en un rebaño fácil de manejar y con escasas aspiraciones.


En estos tiempos que corren es más necesario que nunca que los libros, cúmulo de conocimiento, fiel reflejo de los avances en la ciencia, artes o humanidades, como amigos leales, estén ahí. Nos cierran las bibliotecas públicas, recortan presupuesto para la educación o encarecen el acceso a la superior. Pero ya sea desde blogs literarios, a través de las redes sociales o como personas-libro, hemos de preservar a estos delicados amigos de papel que, curiosamente, son los que nos hacen ser más fuertes.
Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guiñapos y ruinas de la Historia. Con su casco simbólico en que aparecía grabado el número 451 bien plantado sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedó rodeada por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre avanzó entre un enjambre de luciérnagas. Quería, por encima de todo, como en el antiguo juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y el jardín de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía.
[...]
-Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorado. La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer domina todo después del trabajo. ¿Por qué aprender algo, excepto apretar botones, enchufar conmutadores, encajar tornillos y tuercas?  
Ray Bradbury, Fahrenheit 451.
Descanse en paz. 

miércoles, 11 de enero de 2012

Los libros cobran vida al anochecer

Con la sugerente afirmación que encabeza esta entrada me dio a conocer ayer Silvia (sus blogs A través de mi visor y Un compás de obturador nos ilustran sobre fotografía,  cine y derechos digitales, entre otros temas, y son ultrarrecomendables) a través de Twitter el vídeo que os traigo hoy. Posiblemente muchos ya lo habréis visto, pero nunca está de más reencontrarse con él o descubrirlo por vez primera. A buen seguro os gustará tanto como a mí este The Joy of Books, encontrado en el blog Tecnología Obsoleta:


En este miércoles poético, os dejo con la "Canción 1960" de Luis García Montero:
Hasta la plaza
de los árboles secos
han bajado a sentarse las historias
que jamás se contaron.
La maleta fantasma
perdida como un barco.
Los pañuelos del tren
y el autobus que cruza
por medio de la orquesta del verano.
La noche arrepentida
en los primeros pasos
y el reloj que no puede
romper el muro de las cuatro.
Han venido a sentarse
para escuchar el miedo de los pájaros,
par ver la chaqueta
colgada en el armario
y los árboles secos
de los recién llegados, de los recién llegados.
¡Feliz lectura!

lunes, 9 de enero de 2012

La casa de los cocodrilos


Todas las épocas tienen sus héroes, algunos nuevos, otros heredados de las pretéritas. De las etapas de la vida, la infancia resulta la más propensa a endiosar a todo tipo de referentes. De los reales (los padres, ciertas profesiones generalmente acompañadas del riesgo como sinónimo de la aventura) a los ficticios (héroes televisivos y, cómo no, literarios), los niños tienden, tendimos, a elevar a un pedestal a nuestros ídolos que en ocasiones son, como decía, heredados.

Cuántos no nos habremos emocionado con la ceguera de Miguel Strogoff, aterrorizado con el incierto destino del capitan Hatteras o admirado del suprahumano valor de Sandokan en las novelas de Verne y Salgari. Cuántas aventuras corrimos de niños junto a Jim Botón o con papá Mumin; huyendo junto a los traviesos Guillermo y Tom Sawyer, o siguiendo a los protagonistas de La guerra de los botones. La de ocasiones en que nos escondimos en un barril de manzanas o ingerimos un trozo de seta que nos haría tan minúsculos que podríamos pasar a través de la puerta más ínfima. De la infancia nos quedan, pasado el tiempo, los recuerdos. De lo que fue y, sobre todo, de lo que soñamos. Y entre sueños, de estos recuerdos, nos queda en ocasiones el agridulce sabor de lo que pudo haber sido.

Recientemente, gracias a estas librerías de viejo que tanto me gusta visitar, aunque actualmente sea en generalmente de forma virtual (como os relataba, Internet se está convirtiendo en un gran apoyo a la hora de localizar obras imposibles), conseguí localizar una copia de La casa de los cocodrilos, una novela infantil que tuvo los ingredientes necesarios para atraparme en su lectura y sucesivas relecturas durante un largo periodo de tiempo. No recuerdo la cantidad de veces que pude acompañar a Víctor Laroche en sus incursiones por las habitaciones solitarias de la casa-hotel en que vivía con sus padres, y donde se produjera la trágica muerte de Cecilia, la hija del anciano propietario del edificio; sólo sé que el libro formó parte de mi más remota infancia, y que como tantos otros que leí en la Biblioteca Pública de mi pueblo, no pude conseguir adquirir pasados los años por encontrarse descatalogado, aunque me acompañase siempre su recuerdo.

He vuelto a leer el libro este fin de semana en poco más de una hora. Obviamente, mi aproximación al mismo ha sido distinta, desde otra perspectiva, pero he de confesar que me ha traído a la mente recuerdos que creí olvidados. Se trata de una obra escrita claramente para un público infantil, ávido de encontrar un protagonista como éste, con el que poder identificarse. Para los amantes de las novelas detectivescas, futuros lectores de las aventuras de Los Tres Investigadores de Alfred Hitchcock, de Doyle, Christie o Simenón, puede ser un punto de arranque más que interesante. Lástima que la edición existente, de Miñón en 1977, sea prácticamente imposible de encontrar, tan difícilmente localizable como tantas obras que quedarán sepultadas en el pasado, aunque su memoria nos acompañe por siempre.

Nota: Entrada recuperada del antiguo blog Andanzas de un trotalomas, antes de que lo destinase a una temática más relacionada con la naturaleza.

domingo, 8 de enero de 2012

Mis "clásicos" infantiles

Los días que rodean a estas fiestas navideñas suelen ser escenario de diversos reencuentros; los que están fuera vuelven a casa, las familias se reúnen, vemos a los amigos que están lejos o que quedaron atrás por las inevitables vicisitudes que tiene la vida… También, habitualmente, suponen un reencuentro con nosotros mismos, con quienes fuimos y con el tiempo que quedó atrás. Hace apenas un par de días, además, la ilusión tomó la forma de tres Reyes Magos que vienen de Oriente, y hasta los más republicanos transigen con su presencia cuasi omnipresente, el múltiples cabalgatas celebradas al mismo tiempo en innumerables ciudades.

Días atrás pensaba en lecturas pasadas. En libros que quedaron atrás pero no se marcharon nunca. En esas historias que, sin menospreciar a otras muchas que conforman el corpus lector vital de cada uno de nosotros, quedaron grabadas y a día de hoy seguimos recordando. Y decidí traer algunas de ellas al blog justo al finalizar estas fiestas, compartirlas con vosotros, revisar si siguen estando disponibles o pasaron al agujero negro de los títulos descatalogados y, en fin, pediros que participéis y compartáis con todos algún libro de vuestra infancia de entre cuantos aún recordáis con cariño. En la relación he obviado a los clásicos (quedan fuera Verne, Salgari, Dumas, Stevenson, Poe, Dickens…) porque podrían componer en sí mismos una o varias entradas.


La autora finlandesa Tove Jansson regaló a los niños de varias generaciones las aventuras de los mumins, unos particulares trolls escandinavos que siempre me recordaron a rechonchos y amables hipopótamos. Recuerdo que devoré sus historias en los libros disponibles en la biblioteca pública de mi pueblo, editados por Noguer, y que la familia Mumin me hizo disfrutar de lo lindo en aquella época. Ilustrados por la autora, en sus libros los personajes adquieren vida propia y deleitan al lector con sus marcadas personalidades. De entre los amigos del pequeño Mumin, el protagonista principal de las historias, el más interesante posiblemente es Manrico: músico, cuentacuentos, trotamundos, le es indiferente el paso del tiempo y simplemente disfruta de su vida errante y bohemia compartiendo con sus amigos los buenos momentos que esta les depara. Los libros de Jansson transmiten valores tan importantes como el sentido de la amistad y la necesidad de tomarse la vida con humor, algo bastante necesario hoy día.

Mientras escribo la entrada he echado un vistazo a la bibliografía de Tove Jansson editada en castellano y, con sorpresa, veo que fue publicado un libro para adultos titulado El libro del verano. Además de la tentación de recuperar algún libro de la familia Mumin (como La familia Mumin en invierno, que ilustra la entrada) creo que echaré el lazo a esta historia intergeneracional; ya os contaré.


Otra de mis referencias en cuanto a lo que literatura infantil (y no tanto) se refiere es Michael Ende. Años después vendrían La historia interminable, Momo o el alucinante libro de relatos El espejo en el espejo, pero durante mis primeros años en la biblioteca pública leí una y otra vez las aventuras de Jim Botón y su amigo Lucas, el maquinista de la locomotora Emma, en el pequeño país de Lummerland. Tan amenos me resultaron los dos libros publicados (también por Noguer), Jim Botón y Lucas, el maquinista y Jim Botón y los trece salvajes, que recuerdo cómo me castigaba los ojos a la luz de la linterna, bajo las sábanas, por no dejar de leer por la noche. Hace unos años me hice con los libros en la reedición que —me felicito por ello y les felicito a ellos— llevó a cabo la editorial no hace mucho. En El templo de las mil puertas es posible encontrar una reseña más detallada sobre esta obra de Ende.

Uno de los libros que más me fascinó de niño, pues si bien no es un libro para infantes según avisa el propio autor («Quien se regocija leyendo a Rabelais, ese grande y auténtico genio francés, acogerá, creo que con placer, este libro que a pesar de su título no va dirigido ni a los niños ni a las doncellas») siempre lo he encontrado en colecciones juveniles (lo leí en la colección Tus Libros, de Anaya, y posteriormente me hice con él en la Biblioteca Juvenil de Alianza) fue La guerra de los botones. Louis Pergaud escribe una historia en la que dos pandillas de mozalbetes de pueblos vecinos permanecen continuamente enfrentadas. Las batallas en las que se enzarzan no buscan ningún fin especial: los jóvenes se odian simplemente por ser de lugares distintos y su juego de niños, en el que los botones arrebatados a los contrincantes constituyen el botín de guerra, pronto se les irá de las manos. Los protagonistas usan un vocabulario algo soez y la violencia está presente en toda la novela (de ahí que, en efecto, sea un libro destinado realmente a los adultos), pero lo cierto es que en una época donde la sobreprotección a la infancia no estaba tan extendida constituyó para mí una lectura excepcional, una novela de aventuras y, al fin, un alegato pacifista.

Uno de los grandes clásicos infantiles que, en mi caso, disfruté especialmente a través de la serie de dibujos animados basada en el libro, fue El maravilloso viaje de Nils Holgersson de la autora sueca Selma Lagerlöf, la primera mujer en obtener un Nobel de Literatura. Leí los libros con veintitantos años y lo cierto es que la ilusión con que recordaba el viaje de Nils a lomos de su ganso Martín se convirtió en la del redescubrimiento del clásico. Nils es un chico travieso y algo maleducado que disfruta haciéndoselo pasar mal a los animales de la granja de sus padres. Mientras estos están en la iglesia, Nils captura a un duende y rechaza su ofrecimiento de una moneda de oro por su libertad. El duende convierte a Nils en uno de los suyos, reduciendo su tamaño y permitiéndole entender a los animales, y el muchacho parte junto al ganso doméstico en pos de una bandada de gansos salvajes en el que será su viaje (iniciático) por excelencia.

Si hay algo que caracteriza a la infancia (y al propio hombre) es la curiosidad y la capacidad de asombro. Por eso, no es de extrañar que buena parte de la literatura infantil tenga a jóvenes detectives por protagonistas (Alfred Hitchcock y los tres investigadores, o Víctor, el niño de La casa de los cocodrilos, por ejemplo) y que la resolución de enigmas sea un tema recurrente en la literatura. Uno de los libros de aventura y desafío intelectual que recuerdo con más cariño es El misterio de la isla de Tökland, de Joan Manuel Gisbert. En él, conoceremos al millonario Anastase Kazatzkian y su Compañía Arrendataria de la Superficie y Subsuelo de la Isla de Tökland. Kazatzkian hace pública la creación del mayor acertijo de la historia, destinado a poner a prueba las mentes más preclaras del mundo y dotado con un premio de cinco millones de dólares para quien consiga resolverlo. Llegarán solicitudes de participación de todos los lugares del globo, pero, de entre los pocos aventureros capaces de resolver las tres pruebas preliminares, solo Cornelius accederá además a la isla. La narración va saltando entre los distintos protagonistas de la novela, y Gisbert mantiene en todo momento la tensión y el misterio que me mantuvieron en su día enganchado literalmente al libro. Años después me topé con alegría con la revista literaria Tökland y el libro, hasta donde sé, sigue siendo reeditado por Planeta.

Por estas fechas, cuando el frío estaba en su máximo apogeo (algo que no ha ocurrido precisamente este año), me encantaba recuperar de la biblioteca los cuentos rusos recopilados por Afanasiev. Posiblemente nunca otros cuentos populares me han impresionado tanto y probablemente no recomendaría otros más que estos a quien desease una buena lectura invernal. Sobre ellos escribí hace casi dos años y medio en el blog, según estoy viendo ahora, y curiosamente en la entrada hacía también referencia a Jim Botón y a mis lecturas nocturnas. Empiezo a sentirme un poco como el abuelo Cebolleta, así que os dejo con el vínculo a esa entrada y con el recuerdo de otros dos “clásicos” de mi infancia, también muy recomendables; La isla de Abel y el prácticamente imposible de encontrar La casa de los cocodrilos, para el que recupero una entrada escrita hace un par de años en otro blog y que publico justo a continuación de esta.


Y, al fin, ¿qué libros infantiles recordáis al llegar estas fechas? ¿Cuáles nos recomendaríais recuperar o regalar a un joven lector?

¡Que el oso Paddington, con sus bollitos y chocolate caliente, os acompañe en vuestras lecturas!

lunes, 24 de octubre de 2011

Día de la Biblioteca


Llueve desde hace horas y es uno de esos días en los que nada me apetece más que mirar sin ver, a través de la ventana, cómo cae el día mientras la guitarra de Cereijo entona una melodía hermosa pero cargada de malos presagios («La noche se está cayendo/y con ella cae el tiempo/el día no sirvió de nada,/tarde de nubes sin agua./Hoy el cielo es de cemento,/parece que Dios está muerto/golpean la puerta de casa/mensajeros de desgracia…/¡malas noticias!»). Las primeras lluvias siempre me recuerdan, irremisiblemente, a poemas de Machado y a Serrat cantándolos, a Cela y su Mazurca para dos muertos.
Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, llueve sobre la tierra que es del mismo color que el cielo, entre blando verde y blando gris ceniciento, y la raya del monte lleva ya mucho tiempo borrada. (...) Llueve con tanta monotonía como aplicación desde el día de San Ramón Nonato, a lo mejor desde antes aun, y hoy es San Macario, que trae suerte a los naipes y a las papeletas. Orvalla despacio y sin parar desde hace más de nueve meses sobre la yerba del campo y los cristales de mi ventana, orvalla pero no hace frio, quiero decir mucho frío...
Se celebra hoy, como cada 24 de octubre desde hace casi tres lustros, el Día de la Biblioteca, y el que debería ser día de festejo (¡albricias!) para tantos de nosotros, lectores irredentos, supone un trago que deja un regusto amargo por el cierre, este mismo año, de una siempre necesaria biblioteca de barrio, la del Zaidín, en Granada. Sobre los peregrinos motivos existentes para su cierre podéis leer algo aquí.

Leía esta mañana un artículo sobre el futuro del libro de papel y el electrónico. «El libro ha muerto. ¡Viva el libro!» parecen preconizar los agoreros del libro entendido como continente y contenido. Los libros de papel, objeto de culto y deseo por parte de quienes adoramos pasar sus páginas escuchando el crujido del papel, dejándonos deleitar por su olor, vendrán a ser desplazados por una ingente horda de lectores electrónicos y formatos de archivo dispares, quedando relegados en las estanterías de aquellos que los coleccionarán con meticulosidad del entomólogo que clasifica un nuevo ejemplar, del filatélico que disfruta pinzando con frío metal uno de sus sellos para exponerlo bajo el ojo magnificado de la lupa.

Personalmente, creo que el futuro depara un espacio para la coexistencia. Ya poseo un lector electrónico y ciertamente resulta muy cómodo leer en él, pero no me da todo lo que necesito. El catálogo de libros disponibles es bastante reducido, si bien es cierto que es de esperar que este contratiempo se vaya resolviendo conforme las editoriales vayan permitiéndolo y los autores encuentren virtudes en este nuevo sector de mercado. Es más, una de las grandes esperanzas que deposito en el libro electrónico es poder hacerme con títulos descatalogados que hoy día son costosos, difíciles de conseguir o ambas cosas a la vez. Hay libros ideales para aparecer en este formato, como los best sellers que no buscan pasar a la posteridad o libros técnicos con la fecha de caducidad cuasi programada. Como informático que soy, adoraría poder leer cómodamente (algo que todavía no es posible hacer con los títulos que están editando en formato electrónico) textos que sé que dentro de cuatro o cinco años serán tenidos por obsoletos. 

Pero creo que no basta con eso para desbancar al libro tradicional. En días como hoy no me busques fuera de una biblioteca, ya sea la mía privada o una pública, donde pueda leer rodeado de libros. No me pidas que imagine a Bastian Baltasar Bux leyendo en un Kindle las aventuras de Atreyu, ni a un cura y un barbero formateando la tarjeta de memoria del Papyre de Alonso Quijano. No me exijas que te diga que a una isla desierta llevaría conmigo un eReader con diez mil libros electrónicos dentro si no tengo con qué cargar su batería, ni que crea a quienes afirman que con su iPad leen más cuando antes apenas abrían un libro.


Dejadme estar con mi placer de lector arcaico, de devorador de libros ajeno a lo que marcan las modas y el mercado, de sujeto afín a ese montón de papiros cosidos, de manuscritos pervertidos por el invento de Gutenberg. Dejadme perdido en conversaciones con mis libreros preferidos, Firmin entre las ratas, saludando al bibliotecario que me vio crecer mientras yo le veía envejecer entre libros, que me aconsejó y recomendó lecturas en cada etapa de mi vida. Sí, leeré en libros electrónicos y disfrutaré con la lectura, obtendré los beneficios de las nuevas tecnologías y procuraré que no me dominen. Dejadme leer, pero no en aras de un nuevo negocio. Dejadme leer como lee un hombre, con el corazón.
El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.

Jorge Luis Borges, “La biblioteca de Babel”.
Feliz Día de la Biblioteca y feliz lectura, sobre cualquier medio y en cualquier lugar.

Notas: 
La fotografía de la Biblioteca del Hospital Real de Granada que encabeza la entrada es de Iván García y es ofrecida sujeta a los términos de una licencia Creative Commons
La segunda fotografía es de la Plaza de España de Santa Fe (Granada). El edificio que permanece oculto por las redes protectoras de una obra de restauración albergaba antaño la biblioteca pública de mi pueblo, la primera de la que fui socio y donde pasé largas horas de innumerables días leyendo, aprendiendo... y contemplando a las aves en los tejados de la Iglesia de la Encarnación, justo enfrente.

martes, 4 de octubre de 2011

IMM. Lecturas complementarias

Comienza un nuevo curso y, como apuntaba en Andanzas de un Trotalomas, lo hace con una reflexión en torno a cómo afrontarlo. La Ecología siempre ha sido una ciencia que me ha fascinado y quiero exprimirla al máximo, así que como Homo libris comienzo a montar un puente de libros y como Trotalomas a planificar salidas al campo. He aquí algunos de los libros que he recopilado entre los que tenía en casa, algunos otros con los que me he hecho recientemente y los de las bibliotecas públicas.

Hay bastantes pero faltan muchos. Quiero disfrutar de Ecología, de Ramón Margalef, uno de los mayores naturalistas que ha dado España, y dejaré para final de curso los que me llegaron como un regalo inesperado: Ecología y paisaje e Invitación a la ecología humana, dos títulos en un único libro, reedición de dos de las obras del gran Fernando González Bernáldez, otro de nuestros más reputados científicos que, además, supo unir como nadie la ciencia de la ecología con el movimiento social del ecologismo. Solicité una copia del libro al no haber podido asistir a la presentación del mismo en el Real Jardín Botánico de Madrid hace unos meses y, aunque ya lo daba por perdido, llegó a casa para alegrarme el día.

Habrá tiempo para otras lecturas, por supuesto. Este fin de semana junto a Azote y a un común amigo ha servido para pasar buenos ratos visitando, entre otros sitios, mi querida librería de Torremolinos y la Feria del libro antiguo y de ocasión que estará en Málaga hasta mediados de octubre. Literatura, ciencia ficción, historia de la ciencia y mi adorado terror a la española (que quiero recuperar sí o sí este año) son algunos de los temas que quedan pendientes desde este IMM tan particular.


Os dejo pensando en las entradas que tengo pendientes y que espero ir publicando pronto (poco a poco, eso sí, para no martirizaros demasiado). Si estáis en Málaga estos días, dejo aquí un par de propuestas literarias. La primera no es otra que la Feria del libro que mencionaba antes. Aunque algo pequeña estará instalada hasta el 23 de octubre (si la memoria no me falla); no he encontrado información por Internet aunque sí he visto que también se está celebrando en Córdoba y que en Granada comenzará a finales de este mes. La segunda, las II Jornadas literarias “Mejor con un libro” repletas de actividades literarias que se van a llevar a cabo entre el 7 y el 14 de octubre.

¡Feliz lectura!

martes, 19 de julio de 2011

Diario de un naturalista distraído

Tierra nuestra, vida nuestra se ha introducido subrepticiamente en mis lecturas veraniegas viniendo a ocupar mi tiempo de ocio durante el pasado fin de semana. Hacía tiempo que deseaba leerlo, así que cuando lo vi a precio de saldo en una librería cuya web suelo visitar con frecuencia decidí hacerme con él, no solo por el precio sino porque una vez dentro de la categoría de «descatalogados» resulta cuestión de tiempo que sea difícil, por no decir imposible, conseguir un libro. Están ahí, como algunas veces hemos mencionado, los libros en peligro de extinción, los que habrá que buscar en bibliotecas públicas para, con suerte, llegar a encontrarlos. El caso es que no me ha dado tiempo a preparar una entrada IMM y el libro que abrí apenas para echar un ojo al prólogo, ya que tenía pensado leerlo en un par de meses, me atrapó por completo.

Luis Miguel Domínguez, Luismi para los amigos –y creo poder llamarle así porque compartimos pasión y devoción por una naturaleza cada vez más castigada pero siempre maravillosa–, hace gala en esta, su particular autobiografía plagada de anécdotas y humor, de una sencillez y claridad expositivas apabullantes. Escribe tal y como habla, por lo que devorando páginas le he escuchado narrar sus aventuras y desventuras naturalistas con esa voz cálida y rotunda que le caracteriza. Este naturalista distraído, como él mismo se define, podrá serlo a ojos de sus semejantes, esos que levantan la ceja al verle buscar grillos en la Puerta del Sol o pasar la tarde charlando con algún anciano en un pueblecito perdido de nuestra geografía, pero nunca es ajeno al paisaje y paisanaje que pasa ante los suyos, como demuestran las páginas repletas de anécdotas y observaciones de Tierra nuestra, vida nuestra.

Piensa en negro sobre blanco y comparte con nosotros recuerdos de infancia, de aquella en la que –como a tantos de nosotros– nos picó el bicho de la observación de la naturaleza, de la conservación del patrimonio natural, del respeto hacia los mayores y las costumbres que antaño hacían al hombre más humano y más cercano a lo que le rodeaban. No todas eran de tal guisa, por supuesto, pero desgraciadamente muchas de ellas perviven entre nosotros, como el malhadado azote del furtivismo. En otros aspectos hemos crecido, y buena parte del respeto y la comprensión del mundo natural vino de la mano de Félix Rodríguez de la Fuente, a quien Luismi respeta y admira y del que, con cariño, habla siempre que tiene oportunidad.


Posiblemente sea, de cuantos divulgadores cuenta nuestro país a día de hoy, el que mejor ha sabido coger el relevo al burgalés universal. Luis Miguel Domínguez habla con vehemencia, abstrae a su auditorio del entorno y, como los mejores narradores de historias de la prehistoria, nos reúne en torno a una imaginaria fogata para descubrirnos lo que tantos ojos no saben ver. Sus palabras rezuman sabiduría, denotan pasión por su profesión y suponen un más que necesario impulso para las vocaciones que encuentran, hoy día, un alto muro que saltar: hay que comer, y en esta tierra la investigación y las letras puras, mucho me temo, no se valoran como es debido.

Este año he tenido la oportunidad de escuchar a Luismi en tres ocasiones. La primera, hace unos meses, durante un homenaje a Félix Rodríguez de la Fuente que se llevó a cabo en un pueblo de Granada, clausurando un año repleto de recuerdos al padre moral de tantos de nosotros y biológico de Odile, la hija de este que le acompañaba en el acto. La segunda fue un mes después, en las jornadas zoológicas de otro pueblo, esta vez malagueño, donde presentó su último trabajo cinematográfico sobre las especies invasoras, un documental que recomiendo vivamente: "Invasores". La tercera y última, hasta el momento, ha sido leyendo su libro, escuchándole de nuevo, disfrutando de cada salida al campo y de cada rapaz avistada, de los viajes estivales al pueblo de su madre y los chapuzones en una clara poza del río. De esta Tierra nuestra que nos parió, que tanto nos quiere y a quien, errare humanum est, tantos disgustos damos cada día.

Nota: La fotografía de Luismi la he tomado prestada de esta web.

miércoles, 13 de julio de 2011

Making books

Un curioso vídeo visto en Microsiervos y que a buen seguro os resultará interesante y divertido. El que subo aquí es ligeramente distinto al que presentan estos chicos, por eso os recomiendo pasar por su entrada.


Mucho han cambiado las cosas desde que el vídeo fue grabado. Aun así, todavía es posible visitar talleres de encuadernación artesanales, tal vez uno de los mejores lugares para acercarse a conocer la anatomía de los libros. Os invito, finalmente a utilizar alguno de los preciosos fondos de escritorio que, desde hace mucho, nos ofrecen en El bibliófilo enmascarado.

viernes, 10 de junio de 2011

¿Qué no es un blog? Nuevo "IMM"

Últimamente acaricio secretamente la idea de dar un giro al blog, de insuflarle de algún modo un hálito de vida cuando más falto de la misma aparece al abrirlo en el navegador para comprobar que un par de semanas separan la entrada previa de la que estoy escribiendo. No concibo a día de hoy acabar con él, pero resulta a todas luces visible que no puedo dedicarle el mismo tiempo que antaño, tanto por las diversas obligaciones diarias como por la dispersión a la que tiendo en ocasiones, repartiendo mi atención entre diversas temáticas circunscritas a varios blogs. Lo cierto es que no sé cómo imprimir el impulso para llegar al cambio deseado, aunque espero que el verano que se aproxima me lleve a hacerlo. Compruebo que incluso entradas que deseaba escribir, y a las que debía dedicarles más tiempo de lo habitual (por la labor de investigación o documentación subyacente) pero que me ilusionaban especialmente, quedan relegadas al olvido cuando no a cierto remordimiento subconsciente por no haberlas convertido en realidad.

Cuando hace unas semanas leía la entrada de Lammermoor, “¿Para qué sirve un blog?”, y días después charlaba a través de Twitter con, entre otras personas, Elwen y Lady Boheme sobre lo que nos motiva a escribir en los blogs, coincidía en algunos aspectos (todos tenemos los propios y personales, aun cuando muchos de ellos sean compartidos por tantos de nosotros) con todas ellas. Y pensaba, además de que me estoy convirtiendo en un lector silente de tantos de vuestros blogs, algo que quiero cambiar en breve, en lo que no me motivó a plasmar sobre el internet mis pensamientos. No el sentimiento de obligación de escribir, sino su disfrute; nunca una exposición de verdades absolutas, sino un libre fluir de pensamientos deseosos de ser rebatidos o reforzados… Siempre, sí, un intento de compartir deseos, anhelos, aficiones y amor, en el caso particular que nos ocupa, por los libros. De conocer a gente interesante, de la que aprender. Y si consideran interesante mi propio blog, mejor que mejor. En este sentido tengo que agradecer (no como debo ni se merece, pero sí que quería hacerlo público) a Silvia el último premio otorgado al blog (a los blogs, realmente, pues a Andanzas de un Trotalomas le dio el premio “Tu blog me inspira” y a Homo libris y Lobosoft el “Sunshine Award”). Viniendo de ella es todo un honor haber recibido esas distinciones. Muchas gracias, Silvia.

Por lo demás, pasado el periodo de exámenes y hasta que comience a preparar mi “tercera fase” de evaluaciones, tengo unas cuantas lecturas a la vista. De las que he ido acometiendo en este tiempo tal vez cuente algo en una próxima entrada, de forma conjunta. Os presento las próximas.

A Never Cry Wolf le tenía muchas, muchas ganas. Hace un par de años conocí el libro a través de una amiga bióloga y conseguí hacerme con él gracias a un fortuito (y afortunado) encuentro en la librería de Torremolinos que tanto me gusta. En esta novela Farley Mowat narra cómo llegó a conocer profundamente a los lobos durante su larga estancia en el Ártico. Creo que Debate llegó a editar el libro en castellano hace 25 años pero no he encontrado ningún ejemplar en nuestro idioma.

Dickens, aunque para Azote sea “la Corín Tellado” de la Inglaterra decimonónica, siempre ha sido un autor muy querido para mí. En la misma librería me topé con un precioso ejemplar de The Old Curiosity Shop, en una edición de año indeterminado (una anotación interior hace referencia a 1888, aunque me temo que no es tan antigua; más bien parece de principios del XX por lo que he podido averiguar, aunque hay una muy similar de 1896 por lo que no descarto por completo la fecha indicada). Con sus ilustraciones, de cualquier modo, y su precioso formato, va a ser una delicia leerlo.


El siguiente libro es fruto del descubrimiento de un autor, digamos, peculiar. Gracias a mi afición pulposa descubrí a través del blog Acotaciones de un lector de folletines a Harry Stephen Keeler. Tanto llamó mi atención que seguí investigando sobre él y terminé por hacerme con su libro Hallad el reloj. Desgraciadamente, ninguno de cuantos encontré en otra de mis librerías de viejo preferidas de Málaga contaba con las preciosas sobrecubiertas a tres colores que caracterizaron la colección editada a mediados del pasado siglo por el Instituto Editorial Reus. Posiblemente, junto al siguiente libro, sean los dos cuya lectura emprenda en primer lugar.

Leí por vez primera La isla misteriosa hace un cuarto de siglo y volví a releerla poco tiempo después. Se convirtió entonces en mi libro de Verne preferido, algo que no ha cambiado hasta el día de hoy. En ocasiones había pensado volver a releerlo, pero nunca había encontrado la oportunidad, así que cuando hace un par de años fue reeditado en una nueva traducción pensé que había llegado el momento. Aunque no ha sido hasta ahora que me he hecho con él (ya en edición bolsillo), me encuentro dispuesto a recordar la grata experiencia lectora que me regaló Editorial Molino en su día y a reencontrarme con Ciro Smith (Cyrus, respetando el nombre original en esta traducción moderna) y sus compañeros de la isla Lincoln.

El siguiente libro es una preciosidad de la que me enamoré sin remedio cuando fui a buscar Hallad el reloj. Editado en 1917 y dedicado por una abuelita a su nieto, me recordó a tantos libros divulgativos desde la experimentación que leí en mi infancia y que me predispusieron (o alentaron lo que ya sentía) hacia el mundo de la ciencia. Con unas ilustraciones preciosas y unos textos que invitan a la ternura, descubren al niño algunos de los secretos de esos animales que podía encontrar en el jardín, en la granja o en el campo. Una delicia, sin más.

La crisálida me recordó una fotografía que saqué durante un paseo el año pasado y que llevé a Andanzas...



Aunque he leído con frecuencia libros de su hermano, Gerard Durrell, del que su trilogía ambientada en la isla de Corfú es una lectura clásica entre los aficionados a la naturaleza –Mi familia y otros animales, Bichos y demás parientes y El jardín de los dioses– hasta la fecha no me había acercado a Lawrence aunque me constaba que Justine, primera parte de su Cuarteto de Alejandría, era una obra que pintaba de lo más interesante. Será, tiempo libre mediante, una de las lecturas estivales que deseo acometer.

Y, por último, dos libros que mencioné a colación de cierta charla en la Feria del Libro de Granada. La novela criminal española, de José R. Valles Calatrava y Reflexiones sobre el tiempo y el clima, de José Manuel Castillo Requena, este último para ir abriendo boca si el próximo año me matriculo de la asignatura de "Meteorología y Climatología".

¿Y vosotros, qué lecturas planificáis para el verano? ¿Surgen espontáneamente o dejáis para estas fechas alguna lectura más ligera o densa, más apetecible para leer a orillas del mar o con el tiempo y atención que no suelen dejarnos las ocupaciones el resto del año?

¡Feliz lectura!