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miércoles, 12 de mayo de 2010

El lobo

Es el más riguroso invierno del que el lobo guarda memoria. En su deambular por el bosque, cada vez más debilitado por la escasez de alimento, descubre que la nieve no es la única que oculta secretos; del encuentro con un zorro que está siendo atacado por los cuervos y que constituye su última esperanza para alimentarse resulta el argumento evidente de la primera novela de Joseph Smith. Sin embargo, como buena fábula, como la nieve que lo cubre todo, guarda en su interior muchos más tesoros que podremos descubrir a poco que hurguemos en ella.

Lupo, posiblemente el gato más indicado para presentar este libro,
nos indica que estamos ante un libro de ensueño...

Le tenía ganas a El lobo desde que supe que lo habían editado. Tantas como recelo a lo que pudiera guardar un libro que triunfó en su día en la feria de Fráncfort y que los medios publicitaron a bombo y platillo. Así que se convirtió en un elemento destacado de mi infinita lista de imposibles pero deseadas lecturas que iba avanzando tímidamente hacia un primer puesto. No fue, sin embargo, hasta hace unos días que me hice con él, ya en edición de bolsillo, pensando que a este paso terminaban por descatalogármelo cualquier día (sobre este tema tengo una entrada pendiente desde hace un tiempo). Lo cierto es que he devorado El lobo con ganas, tantas que sentía una suerte de vergüenza ante la famélica imagen del cánido incapaz de encontrar su pitanza en el bosque. Dejando de lado ciertos detalles de la novela que me han parecido poco realistas –deformación vocacional, tal vez- y que no tienen mayor relevancia ya que, como decía, estamos ante una fábula más que frente a una novela que busque dotarse de un halo de verosimilitud, la verdad es que El lobo se erige como un texto hipnotizador, vehemente, tan descriptivo que nos parece que oímos el crujido de la nieve bajo los pasos del animal y que nos ofrece una interesantísima reflexión filosófica y psicológica sobre el hombre desde el espejo que supone un animal que ha estado desde el inicio de los tiempos vinculado a nuestra especie, primero como competidor, después como mejor amigo (durante el proceso de domesticación hacia el perro) y, siempre, como fiel de una balanza en la que sopesamos, aunque sea metafóricamente, nuestras bondades y maldades.

Sin poder evitarlo, me venía a la memoria otro relato protagonizado por un viejo macho montés. Efectivamente, los capítulos dedicados en “El hombre y la Tierra” al ya viejo, cansado y dueño de una intensa y maravillosa vida, macho montés de Cazorla que Félix Rodríguez de la Fuente retratase ofreciéndonos desde esta perspectiva una visión particular de la vida en el bosque. También las novelas de London o Curwood en la nevada Alaska y el Yukón, y de Conrad pasaron por mi mente durante la lectura de este maravilloso libro.

En apenas 120 páginas Joseph Smith nos deleita con los pensamientos de un lobo moribundo y sus avatares, y nos ofrece una reflexión sobre quiénes somos como individuos y por nuestra propia naturaleza, esto es, cuánto pesan los genes y cuanto la sociedad en el individuo. Un relato, en todo caso, que se lee con muchísima fluidez, tal y como os decía, y que al margen de estas reflexiones constituye toda una aventura de la que podemos disfrutar sin más.