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lunes, 2 de mayo de 2016

Préstamos

Hace ya casi año y medio anunciaba en una entrada del blog que me disponía a dar buena cuenta de tres libros que acababa de sacar de la pequeña biblioteca pública del barrio. Durante 2015 apenas llegué a escribir nada por aquí, aunque lo cierto es que recuperé un ritmo lector que, si bien se alejaba del que mantenía años atrás, sí que venía a ser esperanzador en cuanto a lo que había sido capaz de leer en los últimos tiempos. El blog, como decía, no vino a hacerse eco de estas lecturas, pero sí que fui reseñándolas, o al menos valorándolas, en Goodreads

El tiempo, siempre relativo, está devorando un 2016 en el que estoy manteniendo un ritmo algo más discreto y eligiendo lecturas de lo más variopintas. Tanto que si llegase a reseñarlas os podríais preguntar qué me estaba pasando, je, je. Lo cierto es que he continuado con la buena práctica de dar uso a la biblioteca pública, un hábito que tenía casi olvidado y que ciertamente no debería haber dejado de lado nunca. Y son estos encuentro e improvisaciones lectoras los que me dan pie a escribir esta entrada; a recuperar otra buena costumbre que tampoco tendría que haber abandonado. 

Con un sistema de préstamos informatizado es cada vez más frecuente encontrar bibliotecas donde, junto a los libros retirados en préstamo, nos entregan un pequeño recibo impreso en el que figuran los títulos de los libros y la fecha para su devolución. Estos tiques han venido a sustituir a aquellas fichas de préstamo tan entrañables en las que figuraban los datos del libro junto a una cuadrícula en la que, con mayor o menor acierto, el bibliotecario de turno trataba de acertar en uno de los recuadros con un sello de caucho de dígitos rotatorios que imprimiría la fecha límite de nuestra lectura. Sobra decir que raramente acertaba a grabar la fecha limpiamente en él. 

Recuerdo con cariño los libros que pedía en préstamo en la biblioteca del colegio en que cursé la ya casi olvidada EGB y donde contábamos con una ficha de lector que se intercambiaba con la del libro en cuestión cuando lo solicitábamos. En aquel caso, siguiendo el sistema Newark, nuestra ficha era sustituida en el fichero de libros por la del libro retirado y la de este introducida en la bolsita de papel destinada a tal efecto y que permanecía pegada a las guardas del libro. En ella, como decía, se imprimiría la fecha de devolución. 

Otro tanto ocurría con los libros de la biblioteca pública del pueblo, aunque como allí podíamos sacar incluso dos títulos por aquél entonces y la ficha de lector ya no era tal, sino un flamante carné, los datos del préstamo se copiaban en un mamotreto de folios grapados donde se resumían los datos de la operación: Fulanito de Tal, con n.º de lector cual, retira el libro con signatura equilicual con su correspondiente título. Y en la ficha de préstamo del libro, o incluso en la correspondiente bolsita de papel, que solía llevar impresa también la cuadrícula, ¡plaf!, se estampaba la fecha. 

Ya lo hacía por aquél entonces y vuelvo a hacerlo ahora, cuando saco libros de una biblioteca pública que permite leer su historia. Porque, al igual que ocurre con los libros de segunda mano, los libros de las bibliotecas tienen su historia y se nos permite fantasear con ella cuando tenemos suficientes datos para hacerlo. La mala costumbre de doblar las esquinas nos permiten saber si los lectores pretéritos detenían su la lectura entre capítulos o si los leían ordenadamente y solo finalizaban la lectura al acabar uno de ellos. La no mucho mejor costumbre de subrayar o anotar libros que no son nuestros nos permitía saber si algo llamó su atención especialmente. Yo, he de confesarlo, en ocasiones corregí alguna errata anotando la letra, tilde o palabra correctas; eso sí, con lápiz, si sirve en descargo de mi persona. 


Una de mis ensoñaciones preferidas cuando de libros de biblioteca se trata viene dada precisamente por las fichas de préstamo o, en su defecto, por las bolsitas de préstamo, si están presentes y siguen siendo usadas. En ellas podemos ver la historia del libro y saber si fue muy demandado en una determinada época —habitualmente cuando fue publicado, cuando estrenaron la película basada en él, cuando murió su autor...— o si durmió en su balda durante años el sueño del olvido, de la inapetencia o del desconocimiento. 

Por ejemplo, a mi lado tengo el libro La loca de la casa, de Rosa Montero (a él pertenece la fotografía que acompaña esta entrada), y puedo ver que en 2003 —fecha de su lanzamiento— fue retirado con cierta frecuencia, una vez al mes salvo en diciembre, y que en 2004 aún todavía lo sacaban con cierta asiduidad, incluso varias veces al mes; puede que en alguna ocasión debido a una renovación, al mediar un par de semanas entre las fechas, y otras desde luego que no, al estar más o menos espaciadas. Después el ritmo lector menguaría, pasando a dos lecturas en 2005 y otras dos en 2006 para acabar en una única en 2007. En 2010, por ejemplo, no lo sacó nadie de la biblioteca, al igual que en 2014. Y este año soy su primer lector. 

La frecuencia de los préstamos dependerá mucho del libro, por supuesto. Recuerdo los días en los que la bibliotecaria de Santa Fe arrancaba uno de estos sobres, repleto completamente de fechas, y pegaba sobre el lugar en el que se adivinaba la marca de pegamento una nueva para comenzar de nuevo con una historia de lecturas que imaginar. Ahora, que estoy disfrutando de esta suerte de ensayo autobiográfico repleto de amor por el oficio de escribir, me decido a recuperar el placer de imaginar —porque «la imaginación es la loca de la casa», como dijera Santa Teresa de Jesús— con él y su historia de lecturas, y de escribir sobre ello.

¡Feliz lectura!

jueves, 1 de enero de 2015

Año nuevo, entrada nueva

Alguna vez he hablado en el blog de la «caza» de libros. Recorrer librerías tratando de encontrar ese título que tenemos en busca y captura desde hace tanto. Rastrear Internet en un desesperado intento de localizar un libro que deseamos leer y que aparece como descatalogado desde hace tanto tiempo. También hemos tratado en alguna ocasión sobre el instinto que nos hace fijarnos en una determinada portada, en un título, en esa sinopsis que leemos en la contraportada o en las solapas de un libro que vemos en un estante, que tomamos en nuestras manos y que sabemos que vendrá con nosotros lo queramos (y, en verdad, lo queremos) o no. 

Creo, sin embargo, que no he hablado antes por aquí de una forma ciertamente errática, azarosa, que ponía en práctica hace tiempo, para elegir algunas de mis lecturas. Tiempo atrás solía ir mucho más a la biblioteca pública de lo que lo hago ahora. Un hábito que deseo recuperar, por otra parte, ya que creo que nuestras bibliotecas merecen todo nuestro apoyo y que requieren de los lectores para seguir abiertas. El caso es que, con esto de vivir relativamente lejos de la Biblioteca Provincial de Málaga, únicamente de cuando en cuando me animo a acudir a la misma para sacar algunos libros, casi siempre previa consulta del catálogo bibliográfico en línea. A tiro hecho, como suele decirse. Cuando vivía en Granada solía ir a la biblioteca de mi pueblo y a la provincial de Granada, pero es cierto que aquí, en Málaga, teniendo un par de barrios con biblioteca cerca, no tengo perdón a este respecto. 

Volviendo al hilo principal de esta entrada, que, para ser la primera de 2015, ya estoy desvariando demasiado, os decía que tenía una forma particular de elegir algunas lecturas. Se trataba, simplemente, de deambular erráticamente entre las estanterías de la biblioteca, sacando libros al azar, echándoles un ojo, leyendo su argumento, o la breve reseña biográfica del autor, o algunas páginas al azar. Si el libro me llamaba la atención por un motivo u otro, se venía conmigo a casa. Si no, lo devolvía a su sitio y proseguía con mi práctica. De esta forma, podía encontrarme con lecturas abominables o descubrir maravillosas historias. Incluso algún filón-autor habré descubierto así. ¿Y vosotros? ¿Os dejáis llevar por el instinto a la hora de elegir lecturas de algún modo similar?

El caso es que hace unos días acudí a la biblioteca de la Colonia de Santa Inés. Una biblioteca de barrio pequeñita, ubicada en un edificio encantador de tejas azules y verdes, con apenas una sala de lectura donde, en las estanterías apoyadas contra sus cuatro paredes, podemos encontrar todos los fondos que posee. Pero, incluso así, tiene una interesante diversidad que ofrecer a sus lectores. De esa visita traje conmigo tres libros que constituyeron las últimas lecturas de 2014 y que darán pie a las tres primeras reseñas de 2015 en el blog. En los próximos días las tendréis por aquí, deseando animar esta bitácora que, durante el año pasado, estuvo demasiado silenciosa.


Mientras tanto, os dejo en buena compañía. La de la lectura que hayáis elegido para iniciar este día. 

¡Feliz Año Nuevo!

jueves, 21 de noviembre de 2013

Libros termómetro

Me ronda la cabeza desde hace mucho un tema que quería tratar en el blog (sí, en este espacio aletargado desde hace ya tanto tiempo en el que nos encontramos), y no es otro que el de los libros y las enfermedades. No libros sobre medicina, no, sino libros que nos acompañaron cuando la enfermedad se hace fuerte en nuestro interior y pasamos algunos días postrados en cama, sin muchas ganas de nada pero, ocasionalmente, con los libros brindándonos una compañía impagable. Por ejemplo, en mi memoria la lectura de Tarzán de los monos se asocia inmediatamente con mi infancia, durante unos días de inverno con mis amígdalas dándolo todo y fiebre elevada. 
Sin embargo, esta prolongada ausencia me ha dado una nueva perspectiva desde la que aproximarme a esta entrada. La del libro o, más exactamente, la de la lectura, como síntoma de la enfermedad, ya no del cuerpo, sino (si se me permite la licencia poética) del alma. Aunque en el pasado me había ocurrido en alguna ocasión que se me atragantaba alguna lectura, nunca me había sucedido como hasta este año. Desde mediados de julio hasta principios de noviembre no he sido capaz de acabar un libro con éxito. Empezaba alguno y lo abandonaba cuando llevaba leídas 20 o 30 páginas. Tomaba otro, e igual. Y así con todo tipo de lecturas y relecturas (pues probé de todo) que no conseguían engancharme, que me dejaban proseguir con mi errático deambular de (no) lector. El desinterés, la desgana, la dispersa actitud mental de tener mil cosas en la cabeza y no aprehender ninguna de ellas que viene dada, en buena parte, por un estado de desánimo provocado por muy diversos factores en los que no entraré ahora pero que, al menos alguno de ellos, me gustaría tocar en Andanzas de un Trotalomas, otro de mis abandonados de este año. 
Curiosamente, hace poco más de un mes pude charlar un rato con uno de los bibliotecarios de la Biblioteca Pública de Granada al que no veía desde hacía mucho. Además de alegrarme de volver a verle tras varios años (y es que, desde que vivo en Málaga, puedo ir mucho menos de lo que me gustaría por esa estupenda y nutridísima biblioteca), estuvimos charlando de la situación del país, ese gran tema de ascensor que ha venido a sustituir a la meteorología. Llevaba conmigo un libro sobre fabricación sostenible y otro de relatos de autores rusos, y me contaba este buen hombre que últimamente procuraba no ver las noticias y, cuando lo hacía, buscaba alguna cadena televisiva o emisora radiofónica que no fuese claramente «del Régimen». Además, me decía, ya no leía novela. Únicamente los relatos conseguían colarse en los intersticios de ese desánimo generalizado que nos invade a los que vemos mala salida de esta crisis de valores en la que estamos sumidos y de la que nadie parece acordarse para ponerle remedio. Justamente en los relatos pensaba yo para intentar combatir mi desidia lectora, aunque tuve que coincidir con él en que la elección de los autores rusos no era demasiado afortunada, por más que sus temas casasen a la perfección con nuestro estado anímico. 
Finalmente, hace un par de semanas, conseguí acabar un libro. Había recurrido a Vázquez Figueroa y a su novela breve El perro, cuya adaptación cinematográfica me gustó tanto cuando la vi de niño. Tras leerlo, he acabado con El amante bilingüe, cuya lectura tenía pendiente desde hacía tanto, con Fugitivo, una novela sobre el mundo del lobo y ahora ando embarcado (nunca mejor dicho) en la lectura de El lobo de mar, de Jack London y deambulando entre animales salvajes con Gerald Durrell. De todo ello os hablaré en una futura entrada, si seguís ahí después de tanto tiempo. 
Entretanto, contadme: ¿cómo os afecta el estado anímico en vuestro quehacer lector? ¿Habéis cambiado últimamente vuestros hábitos lectores? ¿Qué hacéis ahí, insensatos, si llevo meses sin escribir? 
Sea como fuere, muy buenas de nuevo y, como siempre, feliz lectura.

miércoles, 22 de agosto de 2012

För en tid som bara går och aldrig kommer igen


Deambulando hace un par de días por la Biblioteca Pública Provincial de Granada, en su laberinto formado por muros de papel, se me dibujaban en la memoria tantos momentos allí vividos, las horas entre libros y las lecturas disfrutadas, y echaba de menos aquellos tiempos en los que regresaba a casa con la mochila repleta de páginas por leer, el rostro aterido por el frío viento que bajaba de la sierra, entre olores a pan caliente y castañas asadas. 

No llega el invierno aún (no con la prontitud que desearíamos más de uno), y el estío nos muestra estos días su rostro maldito de incendios forestales y temperaturas extremas, y de nada valdrá la nostalgia cuando, asentado en la realidad, recorra los tres pasillos de libros y audiovisuales de la biblioteca malagueña, con sus lomos marcados por la nomenclatura de un arcaico sistema de clasificación bibliográfica, y eche de menos la ciudad del Darro y el Genil. 

Por eso, mientras ocupo mis días estudiando Ecología (en el enlace a "Andanzas de un Trotalomas" os dejo un breve fragmento de un texto de Aristóteles que ya vaticina el estudio de esta ciencia, en el que describe todo tipo de relaciones intraespecíficas e interespecíficas y que encontré precisamente en la biblioteca granadina) y maldiciendo entre dientes este último año que ya nació torcido y ha crecido contrahecho, deseo que llegue septiembre y que pase volando este último tramo, plantarme ante los meses que están por venir y reorganizar mi vida (y nunca he sido de propósitos de año nuevo, ya sea este sideral o académico), fijar mis prioridades y retomar, entre otras cosas, un hábito lector que ha quedado maltrecho en los últimos tiempos y que siempre fue, para mal o para bien, uno de mis indicadores de salud y paz mental.

Posiblemente sí que sea esta vez la de mi regreso a estos pagos cibernéticos. No sé cuánto tardará en llegar ni si será duradero, pero me gustaría que fuese con unas ganas retomadas por escribir (disfrutar haciéndolo y sentirme bien con lo escrito) y, por supuesto, por compartir lecturas tanto aquí como en vuestros blogs, que nunca he dejado de visitar si bien de forma errática en la figura de un ente etéreo y silencioso que no dejaba huella ni tan siquiera en el cajoncito de los comentarios.

Nos vemos en unas semanas y, entretanto, os dejo con "Elegi", de Lars Winnerbäck, un hermoso descubrimiento que me brindó Azote tiempo atrás.



För en tystnad mellan väggarna som skar genom cement
Två ögonpar i tomhet från september till advent
För en man som gick till jobbet som om inget hade hänt
För en kvinna som sa allting är förstört, allt är brännt

En elegi för alla vägar som vi inte vandrat än
för en tid som bara går och aldrig kommer igen

¡Feliz lectura! 

miércoles, 27 de junio de 2012

#bibliotecasvspitbull

Todo el mundo con la lengua afuera
todo el mundo con la lengua afuera (no tengas pena)
todo el mundo con la lengua afuera
todo el mundo con la lengua afuera (dice)
dale que tu puede (dale que tu puede)
dale que tu puede (dale que tu puede)
 I'm feeling so (hot, hot, hot)
mami looking so (hot, hot, hot)
I wanna tickle her (spot, spot, spot)
until she says dont (stop, stop, stop)
it will be my pleasure to please you (lick, click, bite, bite, nibble, nibble, tease ya)
dime mami ay que rico (ay, ay, ay)
chico I wanna se C.L.I.M.A.X (climax yes)
I get of watching you get of
come on baby show me what your working with now set it off [...]
Yo no quiero agua,yo quiero bebida mami,
tu eres loca no te hagas la fina.
Yo no quiero agua,
yo quiero bebida mami,
tu eres loca no te hagas la fina.
No tengo nada en contra de que la gente disfrute con aquello que le gusta siempre y cuando se lleve a cabo desde el respeto, pero me parece lamentable que el Ayuntamiento de Málaga se dedique a subvencionar un concierto de reggaeton (que no es un estilo musical que predique precisamente esa igualdad entre sexos que las administraciones públicas tanto se esfuerzan en inculcar) mientras recorta en servicios porque, dice, no tiene dinero. Por ejemplo, en el horario de apertura de las bibliotecas. Queda clara así la apuesta por la cultura de este ayuntamiento, que duró lo que sus pretensiones a optar a la capitalidad europea de la cultura en 2016. Muerto el perro se acabó la rabia; muerto el sueño, se acabó la pasta.




Y como parte de ese dinero sale de mi bolsillo tanto como del resto de los contribuyentes, hoy he decidido usar el blog para manifestar mi pataleo particular. No soy el único, en Twitter podéis seguir las opiniones de la gente en el hashtag #bibliotecasvspitbull.

De partida, me parece mal que dediquen ese dinero a financiar los conciertos de artistas más que consolidados, como podría ser el de Serrat y Sabina, en lugar de dedicarlo a dar a conocer e impulsar la carrera de artistas locales. Pero ya puestos a financinar, que no me comparen la calidad artística y cultural de estos con la de aquel, por ejemplo.


Nota: El párrafo que encabeza la entrada es un fragmento de letra de una canción de Pitbull. La he tomado de una página web y no he sido capaz de corregirla para que quede bien (tengo miedo a, desde mi ignorancia, destrozar una manifestación artística que, quién sabe, tal vez deba estar escrita así). 



miércoles, 6 de junio de 2012

Ray Bradbury

Llevo un tiempo tan liado y con el ánimo tan variable que tengo todo esto un poco abandonado. Ayer, en lugar de escribir alguna entrada propia, ya fuese en Homo libris, ya en Andanzas de un trotalomas, recurrí a un texto de Frederik Pohl  para homenajear el Día Mundial del Medio Ambiente de este año (si bien me consta que con la elección sale ganando el lector, je, je). Y hoy me entero a través de Azote del fallecimiento de uno de mis más adorados escritores.


Ha muerto Ray Bradbury, el autor de esas maravillosas Crónicas Marcianas y de la grandísima novela distópica Fahrenheit 451, por citar dos de sus más aclamadas obras. Esta última nos previene ante la facilidad con la que podemos perder nuestra memoria colectiva. Los libros arden bien, demasiado bien, y con ellos se pierde la memoria, la necesidad de conocer y, en muchas ocasiones, hasta la decencia. Porque arrebatarnos los libros, robarnos parte de nuestra cultura, es buscar adocenarnos, convertirnos en un rebaño fácil de manejar y con escasas aspiraciones.


En estos tiempos que corren es más necesario que nunca que los libros, cúmulo de conocimiento, fiel reflejo de los avances en la ciencia, artes o humanidades, como amigos leales, estén ahí. Nos cierran las bibliotecas públicas, recortan presupuesto para la educación o encarecen el acceso a la superior. Pero ya sea desde blogs literarios, a través de las redes sociales o como personas-libro, hemos de preservar a estos delicados amigos de papel que, curiosamente, son los que nos hacen ser más fuertes.
Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guiñapos y ruinas de la Historia. Con su casco simbólico en que aparecía grabado el número 451 bien plantado sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedó rodeada por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre avanzó entre un enjambre de luciérnagas. Quería, por encima de todo, como en el antiguo juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y el jardín de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía.
[...]
-Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorado. La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer domina todo después del trabajo. ¿Por qué aprender algo, excepto apretar botones, enchufar conmutadores, encajar tornillos y tuercas?  
Ray Bradbury, Fahrenheit 451.
Descanse en paz. 

martes, 6 de diciembre de 2011

Acceso a la cultura: biblioteca del Zaidín

Artículo 44
1. Los poderes públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho.
2. Los poderes públicos promoverán la ciencia y la investigación científica y técnica en beneficio del interés general.
Eso es lo que dice el artículo 44 de la vigente Constitución Española de 1978. Como en tantos otros aspectos, muestra una voluntad que no se corresponde con la realidad que nos rodea. Por eso quería traer hoy al blog este artículo y un escrito de la plataforma ciudadana No al Cierre de la Biblioteca del Zaidín, que estos días estaba en Granada recabando apoyos y que sigue en la lucha por conseguir la reapertura de la biblioteca, recientemente clausurada por las autoridades municipales.


Desde Homo libris quiero manifestar mi apoyo a la plataforma y contribuir siquiera a difundir su mensaje. Transcribo aquí uno de sus manifiestos: 
Según el Manifiesto de la IFLA/UNESCO para las Bibliotecas Públicas Municipales: “La biblioteca pública, paso obligado del conocimiento, constituye un requisito básico de la educación permanente, las decisiones autónomas y el progreso cultural de la persona y los grupos sociales.”
En el Reglamento del Sistema Bibliotecario de Andalucía se recomienda una biblioteca por cada 20.000 habitantes que le viene encomendada al Ayuntamiento por la Ley de bases de Régimen Local
Las bibliotecas públicas forman parte de los servicios públicos, mecanismo ideado por el Estado para garantizar los derechos humanos de la ciudadanía (entre ellos, el derecho de acceso a la cultura y a la información). Es una fuerza viva para la educación, la cultura y la información y un servicio imprescindible para la integración de la ciudadanía vulnerable por motivos tanto económicos como en situación de discriminación cultural y social
El Ayuntamiento de Granada ha decidido, como es su costumbre, sin contar con la vecindad y con el oscurantismo propio de su política municipal, aprovechando el periodo vacacional cerrar la biblioteca municipal del Zaidín de la Plaza de las Palomas y “el fondo bibliográfico del Zaidín lo destinará a la creación de una biblioteca en el distrito Beiro, que no tiene ninguna”.
Esta biblioteca que se abrió el 23 de abril del 1971, día de la fiesta del libro, estuvo funcionando hasta octubre de 1979. Tras la insistente presión del barrio producida lo largo de los años de cierre, fruto y símbolo de la lucha de la vecindad del barrio, vuelve abrir sus puertas de nuevo al público en 1990 con una amplia orientación hacia todas las personas usuarias.
Esta biblioteca da un importante servicio al barrio del Zaidín y a sus centros educativos. Durante el curso escolar 1990-91 nace el Programa de Animación a la Lectura, fruto de la colaboración de algunas maestras y colegios con la Biblioteca, la participación del alumnado y Educación de Adultos/as en actividades de fomento a la lectura En este programa han participado todos los colegios del Zaidín llegando a realizarse 300 sesiones al año con un total de próximos 5.200 asistentes. Tiene una media de asistentes diarios de 110 lectores, se realizan aproximadamente 13.000 prestamos a domicilio y 56.000 consultas.
El Ayuntamiento se excusa diciendo que la nueva biblioteca Francisco Ayala (en la antigua Hípica) suplirá estos servicios, pero no será así, no nos vale ese argumento. La Plaza de las Palomas está en el mismo corazón del Zaidín, y la mayoría de sus usuarios son gente mayor a la que le es muy difícil desplazarse hasta la nueva biblioteca, así como familias con bajos recursos que dejan a sus hijos allí para que disfruten del acceso gratuito a la cultura que brinda una biblioteca pública.
El barrio del Zaidín tiene 45.411 habitantes, según censo de enero del 2011, por lo que según la normativa le corresponden 2 bibliotecas con un número de metros construidos que evidentemente no se acercan a lo regulado. No creemos necesario cerrar una biblioteca para abrir otra pues se entiende y defendemos que todos los barrios de Granada deben disfrutar de tantas bibliotecas como le correspondan y es increíble que en el 2011 Granada sólo tenga 5 bibliotecas municipales.
Los vecinos y vecinas del Zaidin nos negamos al cierre de esa biblioteca y defendemos la construcción de las que sean necesarias en otros barrios.
Basta ya de enfrentarnos entre la ciudadanía
¡BASTA DE NINGUNEAR LOS RECURSOS PÚBLICOS, QUEREMOS SER CULTOS PARA SER LIBRES!
Podéis encontrar más información sobre la plataforma en las redes sociales y la blogosfera:

lunes, 24 de octubre de 2011

Día de la Biblioteca


Llueve desde hace horas y es uno de esos días en los que nada me apetece más que mirar sin ver, a través de la ventana, cómo cae el día mientras la guitarra de Cereijo entona una melodía hermosa pero cargada de malos presagios («La noche se está cayendo/y con ella cae el tiempo/el día no sirvió de nada,/tarde de nubes sin agua./Hoy el cielo es de cemento,/parece que Dios está muerto/golpean la puerta de casa/mensajeros de desgracia…/¡malas noticias!»). Las primeras lluvias siempre me recuerdan, irremisiblemente, a poemas de Machado y a Serrat cantándolos, a Cela y su Mazurca para dos muertos.
Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, llueve sobre la tierra que es del mismo color que el cielo, entre blando verde y blando gris ceniciento, y la raya del monte lleva ya mucho tiempo borrada. (...) Llueve con tanta monotonía como aplicación desde el día de San Ramón Nonato, a lo mejor desde antes aun, y hoy es San Macario, que trae suerte a los naipes y a las papeletas. Orvalla despacio y sin parar desde hace más de nueve meses sobre la yerba del campo y los cristales de mi ventana, orvalla pero no hace frio, quiero decir mucho frío...
Se celebra hoy, como cada 24 de octubre desde hace casi tres lustros, el Día de la Biblioteca, y el que debería ser día de festejo (¡albricias!) para tantos de nosotros, lectores irredentos, supone un trago que deja un regusto amargo por el cierre, este mismo año, de una siempre necesaria biblioteca de barrio, la del Zaidín, en Granada. Sobre los peregrinos motivos existentes para su cierre podéis leer algo aquí.

Leía esta mañana un artículo sobre el futuro del libro de papel y el electrónico. «El libro ha muerto. ¡Viva el libro!» parecen preconizar los agoreros del libro entendido como continente y contenido. Los libros de papel, objeto de culto y deseo por parte de quienes adoramos pasar sus páginas escuchando el crujido del papel, dejándonos deleitar por su olor, vendrán a ser desplazados por una ingente horda de lectores electrónicos y formatos de archivo dispares, quedando relegados en las estanterías de aquellos que los coleccionarán con meticulosidad del entomólogo que clasifica un nuevo ejemplar, del filatélico que disfruta pinzando con frío metal uno de sus sellos para exponerlo bajo el ojo magnificado de la lupa.

Personalmente, creo que el futuro depara un espacio para la coexistencia. Ya poseo un lector electrónico y ciertamente resulta muy cómodo leer en él, pero no me da todo lo que necesito. El catálogo de libros disponibles es bastante reducido, si bien es cierto que es de esperar que este contratiempo se vaya resolviendo conforme las editoriales vayan permitiéndolo y los autores encuentren virtudes en este nuevo sector de mercado. Es más, una de las grandes esperanzas que deposito en el libro electrónico es poder hacerme con títulos descatalogados que hoy día son costosos, difíciles de conseguir o ambas cosas a la vez. Hay libros ideales para aparecer en este formato, como los best sellers que no buscan pasar a la posteridad o libros técnicos con la fecha de caducidad cuasi programada. Como informático que soy, adoraría poder leer cómodamente (algo que todavía no es posible hacer con los títulos que están editando en formato electrónico) textos que sé que dentro de cuatro o cinco años serán tenidos por obsoletos. 

Pero creo que no basta con eso para desbancar al libro tradicional. En días como hoy no me busques fuera de una biblioteca, ya sea la mía privada o una pública, donde pueda leer rodeado de libros. No me pidas que imagine a Bastian Baltasar Bux leyendo en un Kindle las aventuras de Atreyu, ni a un cura y un barbero formateando la tarjeta de memoria del Papyre de Alonso Quijano. No me exijas que te diga que a una isla desierta llevaría conmigo un eReader con diez mil libros electrónicos dentro si no tengo con qué cargar su batería, ni que crea a quienes afirman que con su iPad leen más cuando antes apenas abrían un libro.


Dejadme estar con mi placer de lector arcaico, de devorador de libros ajeno a lo que marcan las modas y el mercado, de sujeto afín a ese montón de papiros cosidos, de manuscritos pervertidos por el invento de Gutenberg. Dejadme perdido en conversaciones con mis libreros preferidos, Firmin entre las ratas, saludando al bibliotecario que me vio crecer mientras yo le veía envejecer entre libros, que me aconsejó y recomendó lecturas en cada etapa de mi vida. Sí, leeré en libros electrónicos y disfrutaré con la lectura, obtendré los beneficios de las nuevas tecnologías y procuraré que no me dominen. Dejadme leer, pero no en aras de un nuevo negocio. Dejadme leer como lee un hombre, con el corazón.
El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.

Jorge Luis Borges, “La biblioteca de Babel”.
Feliz Día de la Biblioteca y feliz lectura, sobre cualquier medio y en cualquier lugar.

Notas: 
La fotografía de la Biblioteca del Hospital Real de Granada que encabeza la entrada es de Iván García y es ofrecida sujeta a los términos de una licencia Creative Commons
La segunda fotografía es de la Plaza de España de Santa Fe (Granada). El edificio que permanece oculto por las redes protectoras de una obra de restauración albergaba antaño la biblioteca pública de mi pueblo, la primera de la que fui socio y donde pasé largas horas de innumerables días leyendo, aprendiendo... y contemplando a las aves en los tejados de la Iglesia de la Encarnación, justo enfrente.

lunes, 15 de febrero de 2010

Mandatos

El sábado estuve en la Biblioteca Pública de Málaga para sacar unos libros que necesitaba para preparar un trabajo sobre Biogeografía. Como veréis, no se trata de títulos recientes, pero sí que guardaban en su interior pequeños "tesoros" como este:


¡Ay, si las bibliotecas recuperasen así el canon que se ven obligadas a pagar! ;)

jueves, 17 de diciembre de 2009

Hablando de libros


Hace unos días Lammermoor publicó en su De libro en libro una breve “autoentrevista” en la que nos hablaba de libros y, de paso, nos invitaba a hacerlo si así lo deseábamos en su propio blog o trasladando a los nuestros las cuestiones que allí planteaba. Así, siguiendo su ejemplo y la estela de Alienor (de momento no he visto ningún otro, aunque me consta que algunos de vosotros os vais a sumar en breve), heme aquí…


HABLANDO DE LIBROS.

USOS Y COSTUMBRES.

1. ¿Acostumbráis a leer un libro de cada vez o simultaneáis varias lecturas?
Tengo la mala costumbre de ir simultaneando la lectura de varios libros. Digo mala porque en los momentos en los que el tiempo no escasea termino por devorar unos cuantos títulos por semana, dejarme los cuartos en las librerías y arrasar con los fondos de la biblioteca pública más cercana. El Papyre, mi lector electrónico, me ahorra unos cuantos paseos en este último sentido. En los momentos en que el tiempo libre termina por convertirse en algo tan ilusorio como intangible, el problema está en que las múltiples lecturas se eternizan y parece que uno no es capaz de terminar con nada, no se percibe la sensación de avance. Pero vamos, después de todo soy incapaz de estar con un único libro sobre la mesilla de noche. :)

2. ¿Qué sistema empleáis para recordar donde lo habíais dejado?
Desde un trozo de papel hasta los marcapáginas al uso, pasando por los billetes de autobús o tren incluso la simple memoria. Eso sí, nunca, pero nunca, se le deberían doblar las hojas a un libro para marcar el punto en que dejamos nuestra lectura. ¬_¬

3. ¿Leéis en el baño? En ese caso, ¿qué tipo de lectura?
Como nos decía una maestra de Lengua y Literatura en el colegio, de la que guardo un gratísimo recuerdo (hace tiempo que no la veo, por cierto, aunque de cuando en cuando solía cruzármela por el pueblo), “leo siempre que puedo; en la cama, paseando, cocinando y, por supuesto, en el baño”. A fuer de ser sinceros, también usó un gerundio que evitaré por malsonante. La respuesta a la pregunta, en todo caso, es que sí, leo en el baño aquello que llevo o encuentro. Desde uno de los libros en cuya lectura me encuentre enfrascado hasta, haciendo un mal chiste, los frascos de perfume o la parte de atrás del bote del gel de baño.

4. ¿Vais con libro a...?
Cualquier sitio. Siempre llevo alguno de bolsillo en la mochila, en el bolso, en los bolsillos del abrigo, en el coche…

5. ¿Releéis?
Por supuesto. Es curioso, pero de niño me marcaba un par de tardes a la semana para la relectura de algún libro que me había gustado. Podría tener por aquel entonces unos 11 ó 12 años, y recuerdo releer a Poe, a Conan Doyle o a Verne mientras seguía descubriendo nuevos libros y autores, pero eso sí, el día que tocaba relectura “tenía” que recuperar algún libro ya leído. Actualmente, de cuando en cuando recupero del estante alguno de mis preferidos y suelo compaginar su lectura con la de cualquier otro libro.


FILIAS Y FOBIAS

1. Un autor que no soportes.
Bueno, “no soportar” tal vez sea demasiado fuerte, pero lo cierto es que a Antonio Gala, con su ampulosidad, le tengo algo de ojeriza. Tal vez por eso no disfruté el único libro suyo que comencé (La pasión turca), aunque me consta que es un buen autor. Algún día tendré que darle una, a buen seguro.

2. Prejuicios literarios.
La verdad es que ninguno. El tiempo me ha demostrado que las etiquetas son una mala compañía a la hora de conseguir encontrar buenas historias que nos sorprendan. En el caso de los bestsellers, por ejemplo, no me gustó el primer libro de Millenium, pero sí que lo hicieron los dos primeros títulos de la Saga de los Cole de Noah Gordon (El médico y Chaman; La doctora Cole creo que flaqueaba bastante). Descubrí La sombra del viento antes de que se convirtiese en un fenómeno de masas, por ejemplo, y confieso que me atrapó como hacía años que no lo conseguía otro libro; sin embargo, El juego del ángel constituyó una profunda decepción para mí. Finalmente, no nos olvidemos de títulos como El nombre de la rosa, que constituyó en su día un verdadero fenómeno de ventas.

3. Uno de tus autores preferidos.
¿Solamente puedo citar a uno? Esta pregunta está formulada con el ánimo de ser desoída, seguro. Es como la de “¿Cuál es tu libro preferido?”; a buen seguro pocos contestarán con un único título y, de verme obligado hacerlo, yo sentiría que estoy traicionando a unos cuantos, je, je. Entre los autores me quedaría con Miguel Delibes, Dostoievski, Eco, Saramago, Borges, Cortázar o Paul Auster. ¡Hala! Ya me siento un verdadero traidor. XD

4. ¿Círculo de Lectores sí o no?
Soy socio desde hace 20 años (¡uf, cómo pasa el tiempo!), y la verdad es que, hasta la fecha, mi impresión sobre Círculo de Lectores es buena. Cierto es que durante los dos primeros años estás obligado a comprar un título cada dos meses, pero me consta que hay socios que, pasado este tiempo, no siempre siguen el ritmo de compra marcado.

A mí suele costarme elegir un único título cada dos meses, y habitualmente compro libros que sé que van a lanzar a buen precio y editados en tapa dura, además de algún libro exclusivo del club o alguna colección (por ejemplo, ahora me estoy haciendo con las obra completas de Delibes por este medio). Entre los descubrimientos que hice a través de Círculo se cuentan los dos primeros libros de la saga de Geralt de Rivia de Sapkowski. Ventajas de viajar en tren, la hilarante historia de Antonio Orejudo o La sombra del viento, de Zafón. Por supuesto, esto no es óbice para que luego siga indagando en librerías e Internet qué otros libros pueden saciar mi apetito lector cada poco tiempo.


FONDO DE BIBLIOTECA

1. ¿Qué libro crees que no puede faltar en una biblioteca?
El Señor de los Anillos, El nombre de la rosa, Don Quijote de la Mancha, Crimen y Castigo, Rayuela... Tampoco dejaría pasar El conde de Montecristo o La isla misteriosa ni, por supuesto, los relatos de Poe, Borges y un par de buenos diccionarios (incluido uno de sinónimos y antónimos).

2. ¿Qué libro falta en tu biblioteca?
Casi todos los que no están.

3. ¿Seguís algún sistema para ordenar los libros?
En casa de mis padres, donde se encuentra la mayor parte de mi biblioteca, tengo (en general) ordenados los libros por autor y, en la medida de lo posible, por género. Sin embargo, su importante número me ha llevado a adoptar la técnica de la “biblioteca tetris” para optimizar la cantidad de libros ubicados en cada estante. :D

4. Define tu biblioteca.
Distribuida, dinámica y en expansión. Tengo parte en Málaga y parte en Granada. Los libros cobran vida, dejan las estanterías y ocupan la casa, invadiendo el salón, las repisas, los brazos del sofá. La biblioteca me sigue, me acompaña y, últimamente, incluso aparece parte de ella digitalizada en un pequeño pero práctico lector electrónico (¿será el equivalente bibliotecario al colapso de nuestro Universo?).

¿Os animáis a seguir con este meme?

viernes, 25 de septiembre de 2009

¡Fuego! ¡Fuego!

El otro día, tratando el tema de los enemigos que pueden dañar, e incluso destruir, a nuestros amigos los libros, nuestros amigos R. y Ardaleth mencionaban la posibilidad de tener en casa un pequeño extintor para sofocar algún pequeño incendio que, de producirse en casa, podría llegar a destruir nuestra biblioteca.

Lo cierto es que cuando me estuve planteando la entrada sobre los posibles enemigos de nuestros amigos de papel no lo hice desde una perspectiva catastrofista, sino reseñando alguno de los inclementes peligros que acechan a toda biblioteca. Ni terremotos (menuda experiencia la que compartió con nosotros R.), ni inundaciones (de humedad sí que hablábamos, pero no en este grado de saturación acuática), ni otros desastres de esta magnitud. Al mencionar la posibilidad de incendios, pensé en escribir esta entrada. Porque, ¿qué mayor peligro para los libros y los delicados materiales que los componen que el del fuego?

Si nos remontamos siglos atrás en la Historia se nos aparecerá, sin duda, la imagen de la Biblioteca de Alejandría. Aunque sus maravillosos tesoros no se hubiesen visto afectados por el incendio de la ciudad en el año 48 a. C., que un error filológico llevase a Plutarco de Queronea a mencionar que el fuego se extendió hasta devastar aquella, continente y contenido, nos hace recordarla aquí en primer lugar.

No es el fuego el único peligro que corren las bibliotecas, y a lo largo de los siglos han sido devastadas por incendios e inundaciones, expoliadas por saqueadores, destruidas por bombardeos… Sin embargo, dando un salto al plano literario, lo cierto es que cabría ver en el fuego un elemento metafórico; cuando los libros arden se pierde la cultura, la memoria de los pueblos. Nos vemos sumidos en la barbarie y la ignorancia cuando un patrimonio así llega a perderse. No hay peor castigo para un pueblo que hacer desaparecer su pasado. La memoria de los hombres es fútil, tenemos que apoyarnos en los libros para que lo importante persista.

A poco que lo pensemos, son numerosas las referencias dentro de la literatura a este tipo de hechos. Desde el mismísimo Quijote, que pierde la biblioteca que le llevó a su lúcido estado de locura a instancias del ama, y gracias a las conspiradoras manos del cura y del barbero, hasta la borgiana biblioteca de El nombre de la rosa que sufre los efectos del fuego, en muchas obras literarias se presenta el fuego como elemento purificador, capaz de llevarnos al lejano estadio virginal del desconocimiento, que no ha de ser (de hecho, no creo que lo sea) el ideal.

Uno de los libros que más puede marcarnos en relación a esto que comento es Fahrenheit 451, la genial novela distópica de Ray Bradbury, repleta de elementos metafóricos. Los hombres-libro, los bomberos incendiarios que destruyen sistemáticamente cuanto libro se les presente por delante. En la sociedad que nos describe el libro se considera que leer es malo, porque genera angustia, hace a los hombres distintos los unos de los otros, dándoles capacidad de criterio propio. Montag, uno de estos bomberos sufre una fuerte impresión al contemplar a una anciana que se inmola, prendiendo fuego a su casa y pertenencias, antes de perder sus libros. Este será el punto de partida para que nuestro protagonista intente comprender la motivación que lleva a estas personas a anteponer sus vidas a la pérdida de sus libros.

También contamos entre nuestras letras con un singular libro sobre la quema de libros, en particular durante periodos de guerra y represión. Se trata de Los libros arden mal, del gallego Manuel Rivas. Rivas, que es uno de mis autores preferidos, del que me encanta su prosa especialmente musical. En él, encontramos una mezcla de cuentos se van entretejiendo en una obra singular que abarca casi un siglo entre sus poco más de seiscientas páginas, y que hace especial hincapié en la Guerra Civil y la posguerra, donde se produjeron numerosas quemas de libros en Galicia. Como ya ocurriera en Berlín en 1933, quienes arrojaron a las llamas del olvido los libros del pueblo no fueron gente ignorante. Sabían muy buen lo que se hacían. Os invito a descubrir este libro, si no lo conocíais ya, y a disfrutar con las palabras de Rivas. Y también a concederme la gracia de las vuestras, opinando sobre los incendios, la destrucción de libros y el papel que les otorgáis dentro de la Cultura.

Os deseo una feliz (a la par que cuidadosa) lectura junto a una chimenea. Al menos, en cuanto empiece a refrescar un poco más la temperatura. ;)

domingo, 20 de septiembre de 2009

¡Esto es la guerra!

Y no hablo precisamente de la Segunda Guerra Mundial, de la que se cumplen ahora los setenta años, para eso os remito a la entrada de Alienor, sino de la encarnizada lucha contra aquellos agentes que destruyen y dañan a nuestros amigos más queridos: los libros.

Si nos preguntaran quiénes son los enemigos más peligrosos para nuestros libros, posiblemente nos vendrían a la cabeza las personas a quienes se los prestamos en una ida sin retorno, o aquellas que nos los devuelven en un estado más que lamentable. O bien aquellos simpáticos, pero no por ello menos dañinos, ratones caseros que con sus poderosos incisivos producen daños irreparables en los libros de nuestras bibliotecas. Afortunadamente, la mejora de las condiciones de hogares y edificios públicos ha permitido que estos roedores, junto a sus aún más peligrosas primas las ratas, sean cada vez menos frecuentes en los archivos y bibliotecas (de esto seguro que nos puede hablar con mayor propiedad nuestra amiga Lammermoor). En cambio, existen otros enemigos, aún menos visibles que los escurridizos ratones, que pueden dar al traste con una buena biblioteca. Vamos a recordar algunos de ellos.

Desde que vivo en Málaga, mi mayor obsesión respecto a la conservación de mis libros ha sido la constante presencia de humedad en el ambiente. La humedad no entiende de puertas ni barreras, y se hace patente especialmente en verano. Los libros, por su propia constitución de papel, tela, cartón y, en algunos casos, piel, son verdaderas víctimas de la humedad, que oprime sus páginas, las hace volver a la pasta original que las vio nacer o, en casos no tan graves, las convierte en frágiles seres que se deshacen con tocarlos. Para luchar contra la humedad, puede usarse una adecuada calefacción que mantenga la sala a una temperatura estable y reseque un poco el ambiente. Sin embargo, no conviene propasarse, porque los cambios bruscos de temperatura, así como las temperaturas elevadas, provocan pequeñas variaciones de tamaño en los libros (por la dilatación y contracción de sus materiales) que puede dañar el papel o la encuadernación (en particular, la cola que se usó para pegar su lomo).

Unido a la humedad constante está la temperatura elevada (pero, a diferencia de la solución propuesta anteriormente, que no elimine la humedad existente en el ambiente). Si se dan estos dos fenómenos, y además tenemos la biblioteca en penumbra, es posible que aparezcan odiosos hongos que ensucien y estropeen el papel. A la humedad ambiente habría que añadir posibles filtraciones de tuberías o del suelo en las paredes de los edificios. Contra todo esto deberemos batallar sin descanso, so pena de ver mermada nuestra estupenda colección.

Otro de los enemigos, siempre presentes y además visible, es el polvo. Ese que nos empeñamos a erradicar sin ver fin a la batalla, y que se acumula en los lomos y la parte superior de nuestros amigos. Además del daño estético que hace a nuestra biblioteca, se le suma la alergia que produce en algunos de los lectores. Pero no queda ahí la cosa, y dado que el polvo porta gérmenes, hongos y diversos materiales, puede resultar abrasivo para el papel, y desencadenar procesos de deterioro físicos y químicos, que lleguen a estropear sin remedio algún ejemplar.

Los insectos tampoco son un enemigo desdeñable. Desde las famosas polillas al precioso pero mortífero pececillo de plata, pasando por la carcoma o las termitas, si a una colonia de insectos se le ocurre plantar su campamento en nuestra biblioteca, lo cierto es que estamos literalmente… fastidiados. Para erradicarlos posiblemente haya que recurrir a un experto, aunque destacaría el bien que hacen algunas arañas cazadoras y las salamanquesas en el control de estos y otros insectos. Así que las arañas son buenas amigas, nuestras y de nuestros libros ;)


Por supuesto, el (ab)uso es un mal amigo de los libros. Aquellos que abren los libros 180 grados, les doblan las páginas o llevan a cabo con ellos atrocidades innombrables, deberían ser condenados al patíbulo. Pero, aunque se les trate bien, nuestros amigos están constituidos por materiales delicados y sensibles, por lo que el desgaste estará siempre presente. Hay que cuidarlos lo máximo posible y restaurarlos cuando se encuentren dañados. También tener en cuenta las ediciones, cuando vamos a adquirirlos. Obviamente los libros de bolsillo hacen mucho bien a nuestra economía, y hay ediciones de envidiable calidad. Pero hay muchos otros, especialmente los que se sacan a menor precio con el único interés de suscitar la venta (es el caso de las numerosas ediciones de bolsillo que aparecen en verano) que suelen tener un papel de mala calidad, encuadernaciones que no superarán varias lecturas o que se deteriorarán en apenas un lustro. En cambio, hay otros libros de bolsillo, especialmente aquellos que pertenecen a colecciones de referencia en algunas editoriales, que han sido producidos con el mismo cariño y calidad que otros libros de mayor valor económico. Según deseemos que un determinado libro nos acompañe durante toda la vida o no, deberemos pensar en la calidad de los elementos que lo constituyen.

¿Y vosotros, soléis ser muy exigentes con las ediciones? ¿Tenéis especial cuidado con alguno de los aspectos mencionados? ¿Qué otros elementos os producen fobia, o temor, respecto al cuidado de vuestros valiosos compañeros?

domingo, 16 de agosto de 2009

Libros, bibliotecas y herramientas

La capacidad organizativa es una virtud que no debería faltar entre quienes coleccionamos de forma sistemática cualquier tipo de objeto. Esto es particularmente útil entre los amantes de los libros. Ya hace algún tiempo nuestra amiga Isi nos comentaba que había comenzado a clasificar su biblioteca personal (y la paterna) utilizando una aplicación informática a tal efecto. Elwen también hablaba recientemente sobre una página web, Anobii, que nos permitía clasificar nuestros libros y compartir esta biblioteca virtual con otros usuarios para contrastar títulos, compartir lecturas y llevar a cabo todo uso práctico que se nos pudiera pasar por la cabeza. A raíz de un comentario de Elwen en la entrada sobre el rey Arturo en la literatura, donde anunciaba su interés en leer a Tennyson y la imposibilidad de encontrarlo en la biblioteca pública a pesar de aparecer como disponible en el catálogo de la misma, se me pasó por la cabeza la temática para la entrada de hoy: la catalogación bibliotecaria.

Tranquilos. No es mi intención comenzar a desglosar los distintos tipos de catalogación posible en una biblioteca, sea ésta personal o pública, ni glosar las bondades de la Clasificación Decimal Universal, aunque a algunos bibliotecarios puede que les viniera bien conocerla (es inconcebible cómo en la principal biblioteca pública malagueña los libros estén clasificados como hace 20 años los encontraba en la de mi pueblo o en la del colegio, sin orden ni concierto sobre la temática, autoría o género de los mismos). Simplemente quiero presentar la biblioteca como el laberinto que presentía Borges, regido por un catálogo de normas que nos permiten recorrerlo sin perdernos en él si nos afianzamos en el hilo de Ariadna de su clasificación. Basta un corte, una interrupción en la delicada hebra para que nos perdamos sin solución entre los muros forrados de libros que amenazan con volcar sobre nosotros. Ponerlo a prueba es simple; tomemos un libro, recorramos sin orden ni concierto la biblioteca y depositémoslo entre sus semejantes en una ubicación nueva e indeterminada. La biblioteca seguirá acogiendo al libro, pero éste habrá desaparecido como si nunca hubiera existido. El bosque esconde al árbol, y sin un orden adecuado nunca lograremos localizarlo de nuevo. Sólo el azar, el deambular por la biblioteca sin afán de encontrar un ejemplar determinado, dejando simplemente que venga a nuestras manos de forma casual, podrá restablecer el título perdido a la circulación.

Es por ello, por la insolidaridad del desorden, por la facilidad con que un libro puede desaparecer durante meses o años aun estando dentro del sagrado recinto bibliotecario, que me desespera encontrar un libro en un catálogo para constatar, justo a continuación, que el libro no se puede localizar. No está. No podemos leerlo. En ocasiones basta con mirar alrededor del lugar en el que esperábamos encontrarlo para verlo desubicado, colocado en la misma balda, a escasos centímetros de donde debería estar. Otras veces puede encontrarse en el estante superior o en el justamente inferior, y nuestro gozo al verlo es inconmensurable. Incluso puede estar tras otros libros, empujado hasta quedar oculto por un despistado lector que colocó a uno de sus semejantes desplazándolo sin miramientos. Suspiramos con alivio y nos llevamos el libro con nosotros, porque lo habíamos dado por perdido cuando sólo se encontraba extraviado.

Pero ocurre en ocasiones que no se da el grato encuentro y el libro es declarado formalmente en situación desconocida. Puede haber sido sustraído y nunca más volverá a aparecer, o puede permanecer escondido por tiempo indefinido, cuasi infinito, entre sus semejantes. Ante esto, no nos queda más que desesperar y, por supuesto, intentar conseguirlo por otros medios. Uno de ellos, bastante vilipendiado, es la copia digital de libros. En particular, la digitalización llevada a cabo por la compañía norteamericana Google ha suscitado un debate encarnecido sobre la necesidad o no de llevar a cabo esta labor y la conveniencia de que sea el capital privado quien la lleve adelante. Sin entrar en la discusión (aunque si lo deseáis, podemos tratar el tema), y dejando clara mi posición a favor del acceso universal a la cultura, lo cierto es que bien llevado el servicio puede propiciar este acceso, al igual que mal entendido puede coartarlo. Entre otras utilidades del servicio he descubierto estos días una bastante interesante que puede ayudarnos a catalogar también nuestros libros. Simplemente introduciendo la lista de los ISBN de aquellos que deseemos incluir en nuestra biblioteca personal, Google se encargará de rellenar los campos de título, autor, fotografía de la portada si está disponible, etc. Es posible después exportar la lista de libros a un fichero XML que incluya esta información y, de paso, ofrecemos una poca más sobre nosotros, nuestras aficiones y predilecciones lectoras al Gran Hermano Google

jueves, 28 de mayo de 2009

¿'L' de libro, o de lucro?

Llevo unos pocos días utilizando el lector de libros electrónicos Papyre (la versión española del Hanlin V3), y de momento la sensación general que me transmite el aparato es bastante buena. En unos días os comentaré un poco más acerca del eReader, pero hoy quería llevar a cabo una reflexión acerca de las implicaciones que podría tener sobre el mercado editorial la proliferación de estos artilugios, que sin duda alguna irán incrementando su presencia en los hogares a corto o medio plazo.

Mi interés se centró en estos dispositivos hace algunos años, cuando aún parecían un invento de la ciencia ficción que tardaría mucho tiempo en materializarse. Por mi profesión, la informática, he de utilizar muchos libros “perecederos”, libros técnicos que usualmente no son traducidos al castellano y que pueden tener una vida útil de 4 ó 5 años, convirtiéndose en meros objetos para curiosos pasado este tiempo. Los que adquiría iban acumulando polvo en las baldas de mis estanterías, o debía leerlos en formato PDF o CHM en la pantalla del ordenador o en la PDA, con el consiguiente deterioro de mis queridos ojos, por lo que se me antojaba interesante que aparecieran pronto estos dispositivos. Aunque los lectores electrónicos actuales aún no están preparados aún para facilitar la lectura de este tipo de libros, con gran cantidad de gráficas y diagramas, hipervínculos, diferentes tipografías y numerosas secciones y notas de página, me seguían llamando la atención, ya que sabía que podría sacarle partido a uno de ellos, utilizándolo como alternativa a la biblioteca pública, ya que por motivos de trabajo en el último par de años me resultaba bastante gravoso ir a la biblioteca pública, que siempre fue una de mis fuentes preferidas, y últimamente compraba todos los libros que leía.

A lo que iba, que me pierdo en un mar de divagaciones; en los últimos tiempos han comenzado a surgir voces, principalmente provenientes de editoriales y políticos, que claman al cielo su preocupación por el impacto que puede tener la piratería en el mercado del libro. No se preocupan, no, del alto precio de los libros en España, que pueden venir a costar de media 20€ en las primeras ediciones, en tapa dura o incluso rústica, y unos 10€ las de bolsillo, que suelen salir al mercado al año de haber sido editadas las anteriores. Se trata de un mercado intervenido para asegurar la producción y que no haya competencia desleal entre distribuidoras, algo interesante para los pequeños comercios (y que conste que para nada me gustaría que se impusiesen efnacs , corteingleses y centros comerciales varios sobre las librerías de toda la vida) pero que termina siendo un pesado lastre para los lectores, que debemos desembolsar una importante cantidad de dinero a la hora de adquirir un libro cuyo coste de edición, posiblemente, sea bastante inferior. Por si fuera poco, leer un libro de cualquiera de nuestras bibliotecas públicas tampoco es gratis, al determinarse la aplicación de un canon que grava los libros que son sacados de aquellas para la compensación del ¿autor? y que al no recaer directamente sobre los usuarios, la compensación parte de las arcas públicas, es decir, del bolsillo de todos los ciudadanos. En resumen, que las editoriales están siendo sobreprotegidas por los distintos gobiernos que han ido pasando por este país, y para leer hay que pagar sí o sí.

Y ahora surge un nuevo enemigo (¿para la cultura o para el oligopolio?), lectores electrónicos que hacen más cómoda la lectura de textos en formato electrónico y que, en combinación con Internet, deberían suponer un acicate que instase a las editoriales a superarse, y que en cambio ven peligrar en ellos la onerosa hegemonía que ostentan desde tiempos inmemoriales. No se plantean las ventajas que puede reportarles este nuevo modelo de negocio, como tampoco lo hace una Ministra de Cultura que bien podría hacer honor a su cargo, y culturizarse un poco, ya que según ella resulta asustante que los libros circulen por Internet. Resulta también llamativo que una de las mayores ferias del libro, la de la capital del reino, no acoja ninguna representación de esta nueva forma de leer. El problema de estos señores es que no quieren ver que este nuevo modelo no supone un hándicap, sino una oportunidad. El libro electrónico no tiene que suponer la muerte del libro tradicional, pero sí podrá contribuir a una democratización del proceso de elección de nuestras lecturas.

Por mi parte, seguiré comprando libros, aunque los lea previamente en mi Papyre. El lector electrónico será mi biblioteca pública más cercana, no un impedimento para que compre los libros que desee tener. Obviamente no voy a comprar el bestseller de turno, que únicamente me interese para pasar el rato leyendo en la playa, pero sí un libro que me guste releer y conservar. Por el primero estaré dispuesto a pagar una cantidad justa por su consumo, que repercutirá sobre el autor en un grado mayor de lo que lo hace actualmente, donde son los intermediarios quienes se llevan el máximo beneficio; el segundo lo compraré en papel, porque sigue pareciéndome la mejor opción para disfrutar de todo el placer de la lectura y de la pasión bibliófila.

Por todo esto, creo que los libros electrónicos no sustituirán a los tradicionales, sino que los complementarán. Aportarán la posibilidad de leer libros de forma imperecedera, eludiendo caprichos editoriales que descatalogan libros maravillosos que se tornan en imposibles de encontrar, por sepultarnos en una vorágine de nuevas publicaciones. Permitirán leer sin preocuparse por la fecha de caducidad de libros que podremos conseguir desde casa, a través de Internet, y nos aportarán la garantía de adquirir al fin, en formato tradicional, aquellos que queramos conservar o regalar.

Ahora bien, si las editoriales no aprenden la lección inherente al varapalo sufrido por la industria musical (que aun así, podría asimilar mucho más fácilmente el cambio de modelo comercial), perderán irremisiblemente esta oportunidad de negocio. Y no podrán decir que no se les avisó.

martes, 19 de mayo de 2009

El homo y los libris

El Felix libris catus guarda un gran parecido externo con la especie Felix silvestris catus, pero a diferencia de ésta, su actividad física se ve reducida a la mínima expresión, pasando entre 19 y 22 horas al día en estado de reposo, y repartiendo el resto del tiempo en partes iguales entre alimentarse a base de pienso light y lecturas variadas. En la imagen podemos contemplar a uno de estos ejemplares capturado por una trampa fotográfica en el momento de devorar una de sus presas más preciadas: el libro de bolsillo.
En nuestro estudio, el ejemplar mostrado ha recibido el nombre de Lupi, aunque nos consta que recibe otros similares en diversas culturas, en las que ha llegado a ser mitificado como un verdadero dios. Ñuqui, Ñuquiférico, Puppy, Pupillo, Colombo o Claxon son algunos de estos nombres, habiendo recibido otros tan pomposos como Aquiles, Hemisferio e incluso Lupo Chigliak (el que reza su cartilla de vacunación).

Como puede comprobarse, las bibliotecas no son únicamente el hábitat ideal para los ratones y ratas “modelo Firmin”, así como para otros roedores, sino que las más diversas especies coexisten en relativa paz en tan idílico entorno.

Nota: Aunque hacía tiempo que tenía ganas de publicar la fotografía, ha terminado por decidirme el leer la entrada de Fuego con Nieve, haciéndome comprobar la increíble expansión que está viviendo la especie ;)