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martes, 6 de agosto de 2013

Una lectura ligera

Algo tiene la época estival que invita a dedicarla al ocio, a tomarla con desenfado y con cierto gozoso toque de liviandad. Esta forma de aproximarse a ella alcanza a hábitos de todo tipo; desde irnos de vacaciones hasta dejar dormitar nuestro blog (esto último es algo que, mucho me temo, no puedo hacer más de lo que lo hago ya), desde salir a pasear tranquilamente por las tardes, cuando remite un poco el calor propio de la canícula, hasta ocupar nuestro tiempo en lecturas ligeras que nos permitan evadirnos durante estos días inusualmente prolongados. 

Retomo el blog, después de una eternidad sin escribir en él, para compartir con vosotros un par de recomendaciones literarias muy apropiadas, a mi parecer, para la época que acabo de describir. Son lecturas amenas, divertidas, que atrapan desde las primeras líneas y que, a mi humilde parecer, suponen un modo excelente de olvidar el calor tan digno como un gazpacho, una horchata o un refresco bien fríos. 

El primero de los libros es uno de los que tenía pendientes por reseñar desde hace… ¡un año! En efecto, fue una de mis lecturas del verano pasado y, cosas de la vida, no encontré el momento de traerlo al blog. Se trata de Ready Player One, de Ernest Cline, y ya os adelanto que se trata de un título que ningún geek amante de la cultura de los años 80 debería perderse. Ya el título evocará en más de uno recuerdos de su infancia o adolescencia: su sola lectura en la pantalla de una de aquellas máquinas recreativas o en el televisor al que conectábamos el ordenador de 8 bits de turno liberaba en nuestro cuerpo grandes cantidades de adrenalina, y es que debíamos mantener alerta todos los sentidos en cuanto nos sumergíamos en el fabuloso mundo repleto de aventuras y acción que nos esperaba tras presionar el botón del joystick. Nos encontramos ante una novela de ciencia ficción ambientada en un distópico siglo XXI en el que la gente prefiere deambular por el colorido universo virtual generado por el videojuego OASIS antes que por la deprimente realidad de un mundo colapsado por el crecimiento poblacional y la destrucción de los recursos naturales. 

El creador de OASIS fue un genio, pero el uso que las grandes corporaciones han dado al videojuego ha ido más allá de la simple diversión. Sin embargo, OASIS es un software que cuenta con su particular huevo de Pascua, y el premio para el que consiga descubrirlo será una inimaginable cantidad de dinero que podría cambiar para siempre el control que sobre OASIS ejercen las grandes empresas. Frente a ellas, Wade Watts, un simple jovencito aficionado a los videojuegos y digno estudioso de la cultura pop de los años 80: la música, el cine, las series de televisión y, por supuesto, los videojuegos de la época no guardan secretos para él. Cuando Watts descubre la entrada al huevo de Pascua no podrá imaginar hasta qué punto va a convertirse en el objetivo a abatir. 

Ready Player One es una novela que casi me atrevería a etiquetar como «juvenil» si no fuese porque para entender sus chistes y juegos, para contextualizar los datos que van apareciendo durante la acción, hay que haber vivido aquella época. No solo eso, hay que ser un verdadero friki que se divirtió jugando al «Gauntlet» o a los juegos de la Atari 2600, que decidió estudiar informática tras ver «Juegos de guerra» y que hoy puede tener treinta y tantos o cuarenta años. Las continuas referencias a la época no suponen, no obstante, un obstáculo para disfrutar de una novela repleta de aventuras y, en cualquier caso, aprovechar la ocasión para volver a ver, o hacerlo por vez primera, aquellas películas o, como fue mi caso, para instalar un emulador de Atari 2600 en el móvil y jugar nuevamente a aquellos videojuegos que, siendo tan simples en su concepción, estimularon tanto nuestra imaginación. 

Por último, diré de Ready Player One que me ha recordado poderosamente a la maltratada novela-río Otherland, de Tad Williams. Maltratada por Timun Mas, que la editó parcialmente en nuestro país, sin concluir la serie debido a las bajas ventas de la misma, una labor que solo años después Círculo de Lectores se dignó a concluir. Demasiado tarde para mí, he de confesar, que dejé su lectura en el tercer volumen, no porque no fuese una obra merecedora de ser leída, sino porque me resultó desesperante la forma errática en que fue editada. Precisamente ayer me encontré con una nueva novela de Tad editada en castellano (Las sucias calles del cielo) y ya acaricio el momento de poder leerla, ya que su saga de fantasía Añoranzas y pesares me gustó especialmente. Eso sí, cuando sea editada por completo la trilogía de la que constituye el primer volumen.

La siguiente lectura, que entretuvo mis tardes de rehabilitación de espalda hace un par de meses, es El abuelo que saltó por la ventana y se largó. La novela del sueco Jonas Jonasson es una de las más hilarantes que he encontrado jamás. Las aventuras de Allan, el vejete centenario que escapa de la residencia el día de su cumpleaños, hilvanan pasado y presente de un modo magistral. Así, si bien nos sorprendemos ante la aguda inteligencia y la templanza del abuelo sueco cuando este se hace con una maleta de millonario contenido, no podemos más que desternillarnos cuando vamos conociendo fragmentos de su pasado y comprendemos que cien años de vida, más aún en el tumultuoso siglo XX, dan para mucho. 

La historia, si bien no es nada original (un bueno despistado, amigos pintorescos que va encontrando por el camino, malos malísimos y la policía que no parece enterarse de nada hasta que va atando cabos) daría para el guión de una entretenida comedia cinematográfica. De hecho, su argumento y las risas que en mí ha desatado la historia, me han recordado la lectura de un clásico como Aventuras de un cadáver, de Robert L. Stevenson, otro de los libros que mi memoria guarda catalogados en la categoría de «risas y divertimiento sin fin». Pero los personajes tienen fuerza, y ni tan siquiera la sobria escritura sueca de Jonasson logra eclipsar el carisma de Allan y sus amigos, a los que llegamos a querer. 

Desde el momento en que vi la portada de El abuelo que saltó por la ventana y se largó pensé que tenía que leer ese libro. Sin embargo, solo lo comencé cuando Azote ortográfico me recomendó su lectura encarecidamente. Sus carcajadas continuas mientras leía el libro me dijeron más que sus palabras. Si finalmente decidís leerlo, dejad que vuestras risas inunden los blogs. 

Feliz verano y feliz lectura.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Vigilados todos por las máquinas de amor y gracia

Hace unos días descubrí un poema de Richard Brautigan, el autor de La pesca de la trucha en América (un libro que en su día constituyó toda una revelación y que está entre mis lecturas pendientes desde que el año pasado la editorial Blackie Books publicase su traducción al castellano) y me gustó tanto que quise llevarlo a un blog a medio camino entre "Andanzas de un Trotalomas" y "Lobosoft" con el que buscaba organizar mis ideas en torno al impacto que produce la informática sobre la sociedad y, por ende, sobre el medio ambiente. Un blog experimental cuyo crecimiento quedó truncado con el comienzo de un año que ha devenido en demasiada carga de trabajo como para mantener un ritmo de publicación aceptable incluso para los "oficiales", como he comentado en alguna ocasión. No obstante, y sirva de aviso para navegantes, estoy deseando volver a retomarlo.

Todo llegó al recuperar unas tiras cómicas muy curiosas en las que se narraban las vicisitudes de diversos lenguajes de programación y que fueron publicadas en la People's Computer Company Newsletter, una revista que vio la luz en el año 1972 y que pretendía acercar la informática a las personas. Corrían otros tiempos, los ordenadores eran entrevistos aún como si poseyesen cierto halo de magia y se deseaba que el potencial de los ordenadores sirviese a los intereses de la ciudadanía y no al revés. Hoy día esas buenas intenciones son más que necesarias, pues si bien la informática ha llegado a toda la población (de los países más avanzados, pues no conviene olvidar la brecha digital que se expande entre estos y aquellos cuyas poblaciones apenas sobreviven sin tan siquiera tener acceso a agua potable) no es menos cierto que la seguridad y  privacidad de nuestros datos están más en entredicho que nunca.

Sobre todo esto deseo escribir en un futuro próximo en "Informática, sociedad y medio ambiente", además de reflexionar en "Andanzas...", cuando pueda verlo dentro de unas semanas, sobre las impresiones que me produzca el documental del polémico Adam Curtis "All Watched Over By Machines of Loving Grace", una producción para la BBC sobre cómo la tecnología ha contribuido a mermar y destruir la libertad humana hasta llegar a convertir en servidores suyos a los hombres. Pero entretanto, aquí os dejo el poema de Brautigan (del que toma su título el citado documental) en una traducción libre y espero que no nefasta (cualquier aporte o sugerencia será bienvenido, por supuesto). 


Vigilados todos por las máquinas de amor y gracia

Me gusta pensar (¡y
cuanto antes, mejor!
en un prado cibernético
donde mamíferos y ordenadores
vivan juntos en mutua
armonía programada
como el agua pura
tocando el cielo despejado.

Me gusta pensar
     (¡ahora mismo, por favor!)
en un bosque cibernético
lleno de pinos y componentes electrónicos
donde los ciervos paseen tranquilos
entre las computadoras como si fueran flores
con pétalos que giran.

Me gusta pensar
     (¡así ha de ser!)
en una ecología cibernética
donde seamos liberados del trabajo
y volvamos a la naturaleza,
retornando a nuestros
hermanas y hermanos mamíferos,
vigilados todos
por máquinas de amorosa gracia.

Richard Brautigan

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Microsiervos

En primer lugar me gustaría resaltar lo bien que titula sus obras el autor que nos acompaña hoy. Yo, que soy incapaz de dar un nombre a los cuatro relatos mal contados que he escrito, me inclino ante quien, con el título de la novela con que se dio a conocer, puso nombre a toda su generación. Hablo, claro está, de Douglas Coupland y de Generación X. Tras el éxito de la novela en que describía los problemas de la “Generación de la Apatía”, publicó otras obras como Planeta Champú, Microsiervos (que es, además, el nombre de uno de los blogs en español más visitados y la obra que nos acompaña en la entrada de hoy) o jPod, que intenta recuperar la frescura de Microsiervos (y que, en mi caso, leí con anterioridad).

Si intento no comparar Microsiervos con jPod, la verdad es que me resulta una novela divertida y original. Esto último tal vez más por el juego con la tipografía, con las frases sueltas y símbolos y marcas vinculadas al mundo de la informática, que es el único posible para los protagonistas de la novela, que por la propia historia que nos narra. Tanto los protagonistas de Microsiervos como los de jPod son geeks, personas muy vinculadas al mundo de las nuevas tecnologías, que hacen de las mismas la razón de su existencia. Viven trabajando en empresas punteras (Microsoft, IBM…), llevando a cabo tareas de programación, verificación de aplicaciones… y su vida personal es prácticamente nula. La poca que tienen la pasan también entre ordenadores, series de televisión, comida rápida y chistes (malos) sobre la informática.

Mi visión de los hechos es (por decirlo de algún modo) un tanto parcial. No en balde nací a mediados de los setenta, crecí en un mundo en el que surgían como churros los salones recreativos, aparecían los primeros ordenadores personales (primero, los microordenadores de 8 bits, después los Amiga y los PC compatibles) y las consolas se sucedían en un multiplicarse los bits, Megahercios y colores. Para colmo, soy informático de profesión y, en parte, de devoción. Así que entiendo bien a estos microsiervos, dedicados en cuerpo y alma a sus trabajos tecnológicos, borrando de sus existencias todo vestigio de vida propia, que ven pasar sus días sin ser capaces de salir de esa jaula que han construido y que les aparta del mundanal ruido. Lo peor es ver cómo los depredadores, gestores de “recursos”, se ceban en ellos. Cómo les ofrecen falsas esperanzas: mejoras laborales que nunca se materializan, promoción interna y cursos de formación para hacerlos realmente más productivos para la empresa…

Microsiervos es un libro que se lee con agilidad, que cuenta con diversos recursos narrativos que la hicieron original en su momento, pero que hoy día no ha terminado de convencerme. Ya os digo, no sé si será por las similitudes con jPod, o bien porque uno está de vuelta de todo y, aun reconociéndose algo microsiervo, siempre fue un “raro entre los raros”. :) En fin, es un libro divertido que, si tenéis oportunidad de leer, puede haceros pasar un buen rato. Y si no, siempre podéis haceros con el libro de Alfredo de Hoces, un ingeniero informático malagueño que vivió sus primeras andaduras en una conocida empresa de consultoría informática durante su etapa más dura. El libro es divertidísimo, está cargado de ironía y presenta como pocos las vicisitudes por las que debemos pasar los informáticos (del programador al arquitecto, del analista al consultor) en nuestro trabajo diario. Resulta impagable a este respecto leer el capítulo llamado El proyecto bicicleta.

¡Y yo contando los días que quedan para volver! ¡Ahhhhhh! Fuckowski, memorias de un ingeniero estaba disponible por Internet, y estoy viendo que el autor vende la versión 2.0, corregida y ampliada, en versión impresa y en PDF, esta última a muy buen precio. Y, si os llama la atención el tema, no dejéis de ver (si tenéis oportunidad) The Big Bang theory.

P.S.: Ya me he puesto al día en cuanto a las lecturas. ¡Que tiemblen Murakami, lo que resta del pobre Tristram Shandy y Tim Powers! Mañana partimos para Granada, y es posible que no os pueda leer hasta el domingo. ¡Que tengáis un buen término de semana, y un agradable descanso en el finde!

¡Feliz lectura!