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martes, 26 de agosto de 2014

La mirada, el gato y el reloj

Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan. 
«Un siglo», dos breves palabras para designar un largo periodo de tiempo, al menos en la escala de vida humana. Un siglo, decía, ha transcurrido desde que un 26 de agosto naciese en Bélgica el autor argentino y ciudadano universal Julio Cortázar. Aterra medir el paso de un tiempo que vuela, que se escurre entre nuestros dedos como si fuese agua, especialmente si lo hacemos con el inmortal reloj que nos regaló en sus cuentos, instrucciones y garantía de por vida incluidas, pero reconforta el vínculo que mantenemos con el autor, con su obra, su singular visión del mundo y su rompedora literatura. 

En mi caso, podría afirmar que conocí a Cortázar gracias a sus Historias de cronopios y de famas o a ese maravilloso librojuego para adultos que es y no es Rayuela, pero estaría mintiendo. Conocí a Cortázar sin saber que estaba leyéndole a él, pues fue gracias a su genial traducción de los cuentos de Edgar Allan Poe, uno de mis autores de cabecera, uno de mis preferidos durante la infancia. 

La labor de Cortázar como traductor de Poe fue ingente. Vivía por aquel entonces en París, y el encargo de la Universidad de Puerto Rico suponía un alivio a las penurias económicas por las que pasaba. Tanto fue así que decidió trasladarse a Roma mientras realizaba el trabajo. Tras pasar varios meses traduciendo los originales, Cortázar envió el fruto de su trabajo por barco. En su correspondencia se dirige a Damián Bayón para afirmar: «¡No sabes qué suspiro di al enterarme por tu carta que los paquetes habían llegado! Todo este tiempo estuve temiendo vagamente que alguno de los paquetes se perdiera, y se pusiera verde por la humedad, o una rata se comiera un pedazo… la sola idea de tener que rehacer un pedazo me daba nausea». Transcurría julio de 1954, y por aquel entonces no existía ni tan siquiera la fotocopiadora con la que preservar su trabajo, aunque se me pasa por la cabeza cómo no usó el papel carbón para salvaguardar una copia de tan ingente labor. 

Pero el envío llegó incólume a su destino y, gracias a ello, los lectores en español tenemos una traducción tan digna de la obra de Poe como la que Baudelaire vertió al francés, además de un Cortázar curtido en la traducción y que tanto aprendió del maestro estadounidense: «traducir a Poe es una gran experiencia, y me he divertido mucho», llegaría a afirmar, aunque su amor por él venía de mucho antes. «Yo desperté a la literatura moderna cuando leí los cuentos de Poe, que me hicieron mucho bien y mucho mal al mismo tiempo. Los leí a los 9 años y por Poe viví en el espanto, sujeto a terrores nocturnos hasta muy tarde, en la adolescencia. Pero Poe me enseñó lo que es la gran literatura y lo que es el cuento». A los nueve años, como yo. Gloriosa coincidencia… 

Hablando de coincidencias, me llama poderosamente la atención lo que llegó a afirmar sobre Poe y Baudelaire. Durante su labor de traducción, contó con el texto de la de Baudelaire como referencia. Conocía su figura, su particular visión sobre la vida y la literatura, y así lo deja a las claras en el libro de conversaciones con Ernesto González Bermejo: 
Baudelaire se obsesionó bruscamente con los cuentos de Poe a tal punto que la famosa traducción que hizo fue un tour de force extraordinario, ya que no era nada fuerte en inglés y en la época no había diccionarios con modismos norteamericanos.
Sin embargo Baudelaire, con una intuición maravillosa, jamás falla. Incluso cuando se equivoca en el sentido literal, acierta en el sentido intuitivo; hay como un contacto telepático por encima y por debajo del idioma. Y todo esto lo he podido comprobar porque cuando traduje a Poe al español siempre tuve a mano la traducción de Baudelaire.
Pero hay más: si usted toma las fotos más conocidas de Poe y de Baudelaire y las pone juntas, notará el increíble parecido físico que tienen; si elimina el bigote de Poe, los dos tenían, además, los ojos asimétricos, uno más alto que otro.
Y además: una coincidencia sicológica acentuadísima, el mismo culto necrofílico, los mismos problemas sexuales, la misma actitud ante la vida, la misma inmensa calidad de poeta.
Es inquietante y fascinante pero yo creo -y muy seriamente, le repito- que Poe y Baudelaire eran un mismo escritor desdoblado en dos personas. 
Lo curioso es que yo pensé lo mismo... y fui más allá. Hace tiempo me rondaba por la cabeza un cuento que no llegué a escribir finalmente. Era, más allá de un relato sobre la doble personalidad, sobre nuestro yo en otros, una historia sobre la figura reencarnada, sobre la literatura como canal de comunicación y de vida más allá de la vida. Porque si para Cortázar Poe y Baudelaire eran una misma persona, para mí Cortázar constituía una nueva vuelta de tuerca a esta idea.


El parecido es más que evidente, ¿verdad? Esa mirada penetrante, esos ojos asimétricos, extraños, llamativos. Genios de las letras que llegaron a tocar las fibras más sensibles en nuestro interior y exploraron como nadie los vastos territorios de la literatura fantástica. Unidos para siempre por unos cuentos y poesías (los de Poe, autor y traductores) que a muchos nos han embelesado y atrapado para siempre.

En ese cuento mío que no llegó a ser, el escritor, que era uno y todos a un tiempo, adoraba a los gatos. Las miradas felinas pueden no ser tan asimétricas, pero parecen capaces de ver más allá de lo que solemos observar por mor de esta miopía que nos impone la realidad. Imagino a Cortázar con un gato negro con una mancha blanca en el pecho. Acaricia su cuello mientras el gato ronronea sobre sus rodillas, los ojos entrecerrados y lo que podríamos tomar por una sonrisa en los labios. En la muñeca del escritor asoma un reloj, puede que un regalo por su centésimo cumpleaños, marcando siempre la misma hora, como si no le hubiesen dado cuerda, como si no transcurriese el tiempo.

Como él mismo dijo en «El perseguidor»,
Si encontráramos la manera podríamos vivir mil veces más de lo que estamos viviendo por culpa de los relojes, de esa manía de minutos y de pasado mañana...
Leed, leed a Cortázar; parad el tiempo con sus textos, leedlos como si no hubiera un mañana aunque seguirán vivos por siempre.

Os dejo con tres textos, con tres escritores y con una idea.

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Julio Cortázar, en Historias de cronopios y de famas.
 L'Horloge

Horloge! dieu sinistre, effrayant, impassible,
Dont le doigt nous menace et nous dit: «Souviens-toi!
Les vibrantes Douleurs dans ton coeur plein d'effroi
Se planteront bientôt comme dans une cible;
Le Plaisir vaporeux fuira vers l'horizon
Ainsi qu'une sylphide au fond de la coulisse;
Chaque instant te dévore un morceau du délice
À chaque homme accordé pour toute sa saison.
Trois mille six cents fois par heure, la Seconde
Chuchote: Souviens-toi! — Rapide, avec sa voix
D'insecte, Maintenant dit: Je suis Autrefois,
Et j'ai pompé ta vie avec ma trompe immonde!
Remember! Souviens-toi! prodigue! Esto memor!
(Mon gosier de métal parle toutes les langues.)
Les minutes, mortel folâtre, sont des gangues
Qu'il ne faut pas lâcher sans en extraire l'or!
Souviens-toi que le Temps est un joueur avide
Qui gagne sans tricher, à tout coup! c'est la loi.
Le jour décroît; la nuit augmente; Souviens-toi!
Le gouffre a toujours soif; la clepsydre se vide.
Tantôt sonnera l'heure où le divin Hasard,
Où l'auguste Vertu, ton épouse encor vierge,
Où le Repentir même (oh! la dernière auberge!),
Où tout te dira Meurs, vieux lâche! il est trop tard!»
Charles Baudelaire

It was in this apartment, also, that there stood against the western wall, a gigantic clock of ebony. Its pendulum swung to and fro with a dull, heavy, monotonous clang; and when the minute-hand made the circuit of the face, and the hour was to be stricken, there came from the brazen lungs of the clock a sound which was clear and loud and deep and exceedingly musical, but of so peculiar a note and emphasis that, at each lapse of an hour, the musicians of the orchestra were constrained to pause, momentarily, in their performance, to hearken to the sound; and thus the waltzers perforce ceased their evolutions; and there was a brief disconcert of the whole gay company; and, while the chimes of the clock yet rang, it was observed that the giddiest grew pale, and the more aged and sedate passed their hands over their brows as if in confused reverie or meditation. But when the echoes had fully ceased, a light laughter at once pervaded the assembly; the musicians looked at each other and smiled as if at their own nervousness and folly, and made whispering vows, each to the other, that the next chiming of the clock should produce in them no similar emotion; and then, after the lapse of sixty minutes, (which embrace three thousand and six hundred seconds of the Time that flies,) there came yet another chiming of the clock, and then were the same disconcert and tremulousness and meditation as before.

«La Máscara de la Muerte Roja», Edgar Allan Poe.
Podéis encontrar más información en los siguientes enlaces:


En cuanto a los textos usados, podéis encontrar originales y traducciones en:

jueves, 26 de julio de 2012

There Will Come Soft Rains


 Sara Teasdale, "There Will Come Soft Rains". The Flame and the Tale.

There will come soft rains and the smell of the ground,
And swallows circling with their shimmering sound;

And frogs in the pools singing at night,
And wild plum-trees in tremulous white;

Robins will wear their feathery fire
Whistling their whims on a low fence-wire;

And not one will know of the war, not one
Will care at last when it is done.

Not one would mind, neither bird nor tree
If mankind perished utterly;

And Spring herself, when she woke at dawn,
Would scarcely know that we were gone.

martes, 10 de julio de 2012

La isla del lago de Innisfree


Siempre es un placer leer a Yeats, máxime si es con un poema tan hermoso como el que traigo a esta entrada. Y si podemos escucharlo, además, en su voz, y recordar así su obra y la de Thoreau (pues la inspiración de Walden es más que manifiesta) mejor que mejor. Alegremos pues el día y nuestras lecturas con The Lake Isle of Innisfree.

The Lake Isle of Innisfree
por William Butler Yeats

I will arise and go now, and go to Innisfree,
And a small cabin build there, of clay and wattles made,
Nine bean-rows will I have there, a hive for the honey bee,

   And live alone in the bee-loud glade.
And I shall have some peace there, for peace comes dropping slow,
Dropping from the veils of the morning to where the cricket sings;
There midnight's all aglimmer, and noon a purple glow,

   And evening full of linnet's wings.
I will arise and go now, for always night and day,
I hear lake and water lapping with low sounds by the shore;
While I stand on the roadway, or on the pavements gray,
   I hear it in the deep heart's core.
¡Feliz lectura!

lunes, 21 de mayo de 2012

A galopar

— Se cansarán de oír esto —dijo—, pero he de repetirlo hasta la saciedad. Una Edad de Oro, ya sea en arte, música, ciencia, paz o abundancia, está fuera del alcance de nuestras actuales técnicas económicas y gubernamentales. Algo saldrá por casualidad, como ha sucedido alguna que otra vez en el pasado. Pero nunca como fruto de un intento deliberado. En este mismo momento, innumerables hombres y mujeres inteligentes y de buena voluntad están tratando de crear un mundo mejor. Pero los problemas surgen más deprisa que su capacidad para resolverlos. Nuestra civilización corre como un caballo asustado, con el cuerpo cubierto de sudor y echando espuma por la boca. Y al correr, su velocidad y su pánico aumentan conjuntamente. En cuanto a sus políticos e intelectuales, aunque blanden sus armas y gritan de la forma más salvaje que pueden, se muestran incapaces de dominar la bestia enfurecida.
— ¿Y qué haría usted con un caballo desbocado? —preguntó Castle.
— Dejarlo galopar hasta que se desplome de agotamiento —dijo Frazier llanamente—. Y mientras tanto, ver qué se puede hacer con su descendencia.

Walden Dos, B. F. Skinner.

miércoles, 11 de enero de 2012

Los libros cobran vida al anochecer

Con la sugerente afirmación que encabeza esta entrada me dio a conocer ayer Silvia (sus blogs A través de mi visor y Un compás de obturador nos ilustran sobre fotografía,  cine y derechos digitales, entre otros temas, y son ultrarrecomendables) a través de Twitter el vídeo que os traigo hoy. Posiblemente muchos ya lo habréis visto, pero nunca está de más reencontrarse con él o descubrirlo por vez primera. A buen seguro os gustará tanto como a mí este The Joy of Books, encontrado en el blog Tecnología Obsoleta:


En este miércoles poético, os dejo con la "Canción 1960" de Luis García Montero:
Hasta la plaza
de los árboles secos
han bajado a sentarse las historias
que jamás se contaron.
La maleta fantasma
perdida como un barco.
Los pañuelos del tren
y el autobus que cruza
por medio de la orquesta del verano.
La noche arrepentida
en los primeros pasos
y el reloj que no puede
romper el muro de las cuatro.
Han venido a sentarse
para escuchar el miedo de los pájaros,
par ver la chaqueta
colgada en el armario
y los árboles secos
de los recién llegados, de los recién llegados.
¡Feliz lectura!

martes, 1 de noviembre de 2011

Samhain lovecraftiano

Asistiendo a una lectura poética unos meses atrás me enteré de que se estaba gestando la publicación de una edición en castellano de Hongos de Yuggoth, el conocido poemario de H. P. Lovecraft, de boca del propio traductor. Ni corto ni perezoso, como buen seguidor del oscuro escritor de Providence, me puse manos a la obra con el objetivo de hacerme con una copia del libro en cuanto fuese publicado buscando, como no podía ser de otro modo, disfrutar de la lectura de estos poemas, y por otro lado, deseando compartirla con vosotros a través del blog.

Dicho y hecho, me puse en contacto con la editorial y les solicité una copia del libro, a ser posible un poco antes de que apareciese en las librerías, con la intención de que la reseña apareciese aproximadamente en el mismo momento en que el libro estuviera disponible para sus lectores. Por azarosas circunstancias esto no ha podido ser así, si bien desde Cangrejo Pistolero Ediciones tuvieron la gentileza de regalarme la copia del libro, algo que desde aquí aprovecho para agradecerles. Abortado el plan primigenio, decidí publicar la entrada con la reseña en una fecha propicia y relacionada con la temática del libro. Si bien Lovecraft poco tiene que ver con Samhain, con aparecidos y brujas, con vísperas del Día de Todos los Santos o Halloween varios, sí que la cosmogonía que recogen sus escritos ha constituido el alimento necesario para que enfebrecidas mentes hayan divagado durante años por la difusa frontera que separa la cordura de la demencia. Solo por eso ya merecía aparecer por aquí en una noche como la de hoy.


Yuggoth, el planeta mitológico donde Lovecraft sitúa el origen de cuanto acontece en estos poemas, aparece descrito en otras de sus obras como, por ejemplo, en el relato «El susurrador en la oscuridad». Allí se nos habla de Yuggoth y de los extraños seres que alberga este planeta:
«En Yuggoth hay inmensas ciudades... interminables hileras de torres construidas en terrazas de piedra negra, como la muestra que traté de enviarle. Procedía de Yuggoth. La luz del sol no es más fuerte que la de una estrella, pero los seres no precisan luz. Poseen otros sentidos más sutiles, y en sus mansiones y templos no hay ventanas. La luz incluso les hiere, molesta y entorpece sus movimientos, pues no existe la menor traza de ella en el oscuro cosmos allende el tiempo y el espacio del que son originarios. Bastaría una visita a Yuggoth para volver loco a un hombre débil... pero yo voy a ir allá.
Los ríos negros de alquitrán que discurren bajo esos misteriosos puentes ciclópeos —obra de una antigua raza extinguida y olvidada antes de que los seres llegaran a Yuggoth procedentes de los últimos vacíos—, debieran bastar para hacer un Dante o un Poe de cualquier hombre.., si conserva el juicio el tiempo suficiente para contar lo que ha visto.
[…]
«Pero recuerde: no hay nada de terrible en ese oscuro mundo de jardines fungiformes y ciudades sin ventanas... aunque así nos lo parezca a nosotros. Probablemente nuestro mundo les pareció igual de terrible a los seres cuando lo exploraron por vez primera en épocas remotas.

La edición del Cangrejo Pistolero de los poemas de Hongos de Yuggoth está cuidada al detalle. Presentada en rústica, el papel es de calidad y el formato en el que aparecen los poemas no es el que acostumbramos a encontrar en una edición bilingüe. Es, quizás, menos cómodo para el lector que recurra una y otra vez a comparar las traducciones con los textos originales, pero no deja de ser original que encontremos todos los poemas en castellano en un bloque inicial y, justo después, en blanco sobre negro, los textos en inglés.

El libro pertenece a la colección de poesía ilustrada «Visionarios» así que obviamente incorpora numerosas y preciosas ilustraciones a cargo de Carmen Burguess y Daniela Zahra, y la traducción ha corrido a cargo de Luis Gámez, cotraductor de la archiconocida Guía de supervivencia zombie, de Max Brooks.

Pero como esta edición en particular tiene un especial interés para Azote Ortográfico, le doy a ella la palabra en esta entrada escrita a cuatro manos, sentándome junto a vosotros a leer sus palabras.

Leo en el prólogo de Javier Calvo, sobre Lovecraft, que «Lo intraducible es su idioma profundo». Cierto es que el americano es uno de esos escritores que sugieren mucho más de lo que dicen, que provocan escalofríos más allá del significado objetivo de los términos y, además, calan en el lector hasta un punto en que cuesta detenerse tras una lectura iniciática: Lovecraft irremisiblemente pide más Lovecraft.

Elevado a los altares de la literatura de terror por méritos propios, la poesía del de Providence no goza, sin embargo, de la misma aceptación entre sus lectores, pese a que Hongos de Yuggoth sea una perfecta amalgama de ritmo, rima y esencia lovecraftiana, a mi entender al menos. Esta edición bilingüe permite a los amantes de la poesía anglosajona gozar de esa cosmogonía tan singular; los giros argumentales, sorprendentes y característicos a la vez, que tan habitualmente pueblan sus relatos y, además, esa sonoridad que los pies yámbicos confieren a cada verso, engarzados minuciosamente en poemas que bien podrían calificarse de microrrelatos líricos.

Debo decir, no obstante, que a pesar de que mi objetividad a la hora de juzgar la traducción podría haberse visto menoscabada por el hecho de que Luis Gámez, el «traidor» temerario que se ha embarcado en una tarea tan titánica como traducir los poemas de Lovecraft, es mucho más que un viejo amigo para la que escribe, no ha sido este el caso. No ya porque sacar los colores a alguien a quien aprecias tanto siempre es difícil, sino porque Luis no me ha dado la oportunidad de hacerlo.

Al enfrentarme cara a cara con su interpretación, sentí en todo momento que su trabajo, minucioso, exhaustivo y, sobre todo, cargado de mimo a la hora de tratar el texto responde sin duda a lo que cabría esperar de él: un respeto total a la naturaleza de Lovecraft.

Si bien apenas tengo objeciones relacionadas con la traducción (que, no obstante, carece del ritmo que caracteriza al original, debido sobre todo a la pérdida de los pies yámbicos, así como de la rima), centradas por otro lado en sutilezas de interpretación más o menos libre, sí las tengo, en primer lugar, con la disposición gráfica de los textos traducidos. Aunque es encomiable que se haya querido respetar la simetría visual de los originales, el hecho de que los versos en español no cuadren con los ingleses y se abuse de unos encabalgamientos abruptos que no aparecen en estos rompe de alguna manera el efecto poético de los mismos. A grandes rasgos, convierte cada poema en una prosificación del original.

En segundo lugar, la pérdida del ritmo del original, aunque inevitable, combinada con lo anterior resta lirismo al resultado final.

Con todo, y volviendo al prólogo de Javier Calvo, ha sabido evitar sabiamente lo que este refiere con respecto a las obras traducidas de Lovecraft: que imitan «la letra pero sin el espíritu. Son como un niño que copia las letras de un texto sin saber leer». Los sacrificios cuasi forzosos realizados en relación con el original, esto es, el ritmo y la rima, han allanado el camino para que el espíritu del autor campe a sus anchas. Así, pese a la renuncia a la forma, el fondo ha sido digno del mayor de los respetos en la loable traducción de Gámez.

Bien hecho, hermano.

En resumen, esta nueva edición de Hongos de Yuggoth constituye una cita ineludible para cualquier seguidor de Lovecraft que se precie de serlo. Si sois osados, venid y acompañadnos en un recorrido entre hongos.

¡Feliz lectura!

P. S.: La presente constituye la entrada nº 222 del blog a día 1/11/11. Curiosa conjunción numérica, ¿verdad? Me pregunto qué opinaría Abdul Alhazred sobre esto...

miércoles, 31 de agosto de 2011

Julio Edgar Baudelaire

No conozco a la mitad de ustedes, ni la mitad de lo que querría y lo que yo querría es menos de la mitad de lo que la mitad de ustedes merece.
Esto fue inesperado y bastante difícil. Se oyeron algunos aplausos aislados, pero la mayoría se quedó callada, tratando de descifrar las palabras de Bilbo y viendo si podía entenderlas como un cumplido.
En segundo lugar, para celebrar mi cumpleaños.
Aplausos nuevamente.
Tendría que decir: nuestro cumpleaños, pues es también el cumpleaños de mi sobrino y heredero Frodo. Hoy entra en la mayoría de edad y en posesión de la herencia.Se volvieron a escuchar algunos aplausos superficiales de los mayores y algunos gritos de «¡Frodo! ¡Frodo! ¡Viva el viejo Frodo!» de los más jóvenes. Los Sacovilla-Bolsón fruncieron el ceño y se preguntaron qué habría querido decir Bilbo con las palabras «posesión de la herencia».Juntos sumamos ciento cuarenta y cuatro años. El número de ustedes fue elegido para corresponder a este notable total, una gruesa, si se me permite la expresión. Ningún aplauso. Era ridículo. Muchos de los invitados, especialmente los Sacovilla-Bolsón se sintieron insultados, entendiendo que se los había invitado sólo para completar un número, como mercaderías en un paquete. Una gruesa, en efecto. ¡Qué expresión tan vulgar!
El fragmento que antecede a mis palabras es harto conocido; pertenece al comienzo de La Comunidad del Anillo, el primero de los libros que conforman la trilogía El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien. Hoy me vino a la cabeza cuando, al recordar que Baudelaire fallecía un 31 de agosto de 1867, me planteé escribir una breve entrada conmemorativa. Un rápido cálculo mental concluyó en la exclamación “¡Anda, una gruesa!” y en la asociación de ideas que me ha llevado a incluir las líneas que introducen la entrada.

La figura de Baudelaire siempre me pareció fascinante; por su obra, totalmente imprescindible, por ser el traductor de Edgar Allan Poe al francés y por su físico. Yo descubrí a Poe, sin saberlo, en la voz de Julio Cortázar, su más afamado traductor al castellano, y en él encontré también esa mirada extraña tan característica del francés como de los americanos. Sus miradas, distintas pero hipnóticas todas ellas, y los gatos, ya que estos últimos influyeron también en la vida de los tres escritores, constituyeron una obsesión para mí durante cierto tiempo, durante el cual en mi cabeza se fue forjando un cuento que nunca llegué a plasmar sobre el papel.


Hoy he recordado mi cuento, a Poe, Cortázar y Baudelaire. Y alzo mi copa de amontillado para brindar, siquiera de forma metafórica, por su memoria. Por la de todos ellos, que son uno solo en la mía.
Les Chats
Les amoureux fervents et les savants austères
Aiment également, dans leur mûre saison,
Les chats puissants et doux, orgueil de la maison,
Qui comme eux sont frileux et comme eux sédentaires.
Amis de la science et de la volupté
Ils cherchent le silence et l'horreur des ténèbres;
L'Erèbe les eût pris pour ses coursiers funèbres,
S'ils pouvaient au servage incliner leur fierté.
Ils prennent en songeant les nobles attitudes
Des grands sphinx allongés au fond des solitudes,
Qui semblent s'endormir dans un rêve sans fin;
Leurs reins féconds sont pleins d'étincelles magiques,
Et des parcelles d'or, ainsi qu'un sable fin,
Etoilent vaguement leurs prunelles mystiques.
— Charles Baudelaire
Los gatos
Los amantes fervientes y los sabios austeros
adoran por igual, en su estación madura,
al orgullo de casa, la fuerza y la dulzura
de los gatos, tal ellos sedentarios, frioleros.
Amigos de la ciencia y la sensualidad,
al horror de tinieblas y al silencio se guían;
los fúnebres corceles del Erebo serían,
si pudieran al látigo ceder su majestad.
Adoptan cuando sueñan las nobles actitudes
de alargadas esfinges, que en vastas latitudes
solitarias se duermen en un sueño inmutable;
Mágicas chispas yerguen sus espaldas tranquilas,
y partículas de oro, como arena agradable,
estrellan vagamente sus místicas pupilas.
— Charles Baudelaire

Vigilados todos por las máquinas de amor y gracia

Hace unos días descubrí un poema de Richard Brautigan, el autor de La pesca de la trucha en América (un libro que en su día constituyó toda una revelación y que está entre mis lecturas pendientes desde que el año pasado la editorial Blackie Books publicase su traducción al castellano) y me gustó tanto que quise llevarlo a un blog a medio camino entre "Andanzas de un Trotalomas" y "Lobosoft" con el que buscaba organizar mis ideas en torno al impacto que produce la informática sobre la sociedad y, por ende, sobre el medio ambiente. Un blog experimental cuyo crecimiento quedó truncado con el comienzo de un año que ha devenido en demasiada carga de trabajo como para mantener un ritmo de publicación aceptable incluso para los "oficiales", como he comentado en alguna ocasión. No obstante, y sirva de aviso para navegantes, estoy deseando volver a retomarlo.

Todo llegó al recuperar unas tiras cómicas muy curiosas en las que se narraban las vicisitudes de diversos lenguajes de programación y que fueron publicadas en la People's Computer Company Newsletter, una revista que vio la luz en el año 1972 y que pretendía acercar la informática a las personas. Corrían otros tiempos, los ordenadores eran entrevistos aún como si poseyesen cierto halo de magia y se deseaba que el potencial de los ordenadores sirviese a los intereses de la ciudadanía y no al revés. Hoy día esas buenas intenciones son más que necesarias, pues si bien la informática ha llegado a toda la población (de los países más avanzados, pues no conviene olvidar la brecha digital que se expande entre estos y aquellos cuyas poblaciones apenas sobreviven sin tan siquiera tener acceso a agua potable) no es menos cierto que la seguridad y  privacidad de nuestros datos están más en entredicho que nunca.

Sobre todo esto deseo escribir en un futuro próximo en "Informática, sociedad y medio ambiente", además de reflexionar en "Andanzas...", cuando pueda verlo dentro de unas semanas, sobre las impresiones que me produzca el documental del polémico Adam Curtis "All Watched Over By Machines of Loving Grace", una producción para la BBC sobre cómo la tecnología ha contribuido a mermar y destruir la libertad humana hasta llegar a convertir en servidores suyos a los hombres. Pero entretanto, aquí os dejo el poema de Brautigan (del que toma su título el citado documental) en una traducción libre y espero que no nefasta (cualquier aporte o sugerencia será bienvenido, por supuesto). 


Vigilados todos por las máquinas de amor y gracia

Me gusta pensar (¡y
cuanto antes, mejor!
en un prado cibernético
donde mamíferos y ordenadores
vivan juntos en mutua
armonía programada
como el agua pura
tocando el cielo despejado.

Me gusta pensar
     (¡ahora mismo, por favor!)
en un bosque cibernético
lleno de pinos y componentes electrónicos
donde los ciervos paseen tranquilos
entre las computadoras como si fueran flores
con pétalos que giran.

Me gusta pensar
     (¡así ha de ser!)
en una ecología cibernética
donde seamos liberados del trabajo
y volvamos a la naturaleza,
retornando a nuestros
hermanas y hermanos mamíferos,
vigilados todos
por máquinas de amorosa gracia.

Richard Brautigan

viernes, 22 de abril de 2011

Día de la Tierra

Hoy, 22 de abril, se celebra el Día de la Tierra. Un día para reflexionar sobre el lugar que ocupamos en el planeta que es nuestro hogar.

Mi recomendación literaria de hoy: la Carta del jefe indio Seattle, de la que os traigo un breve fragmento:
Vosotros debéis enseñar a vuestros hijos que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, debéis decir a vuestros hijos que la tierra está plena de vida de nuestros antepasados. Debéis enseñar a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñados a los nuestros: que la tierra es nuestra madre. Todo lo que afecta a la tierra afecta a los hijos de la tierra. Cuando los hombres escupen el suelo se escupen a sí mismos.

Esto lo sabemos: la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra. El hombre no ha tejido la red de la vida: es sólo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red se lo hará a sí mismo. Lo que ocurre a la tierra ocurrirá a los hijos de la tierra. Lo sabemos. Todas las cosas están relacionadas como la sangre que une a una familia. 

Y una película que podéis ver íntegra en la web: "Home". Os recomiendo hacerlo pulsando sobre el vídeo para saltar a YouTube y, una vez allí, ponerla a pantalla completa y disfrutar con ella.

lunes, 21 de marzo de 2011

Día Forestal Mundial de la Poesía

O lo que es lo mismo: hoy, 21 de marzo, se celebran conjuntamente el Día Forestal Mundial y el Día Mundial de la Poesía, además de dar inicio la estación de la primavera en el hemisferio norte. 

Os dejo con el comienzo de un poema de Coleridge que describe, ensoñador, un paraje natural de incomparable belleza con bosques viejos como las colinas. Y con un poema de Machado, cantado por Serrat, para que nunca el bosque nos haga olvidar mirar al árbol.
In Xanadu did Kubla Khan
A stately pleasure-dome decree :
Where Alph, the sacred river, ran
Through caverns measureless to man
Down to a sunless sea.
So twice five miles of fertile ground
With walls and towers were girdled round:
And here were gardens bright with sinuous rills,
Where blossomed many an incense-bearing tree;
And here were forests ancient as the hills,
Enfolding sunny spots of greenery.
But oh! that deep romantic chasm which slanted
Down the green hill athwart a cedarn cover!
A savage place! as holy and enchanted
As e'er beneath a waning moon was haunted
By woman wailing for her demon-lover!


Samuel Coleridge, Kubla Khan.



domingo, 19 de septiembre de 2010

Un poco más huérfanos

Profesor, cantautor, escritor, político, viajero, presentador de televisión... sí. Pero también ciudadano, hombre, añorado y querido por tantos. Se nos marcha en este funesto año en el que ya se fueron Salinger, Delibes o Saramago. 

Y nosotros, un poco más solos, algo más huérfanos y mucho más tristes.


ESTO FUE...

Apenas un recuerdo, un vago sueño

de pasados domingos sin iluminarias
donde los camareros se aburrían
en establecimientos de segunda categoría.

Todo lo demás es un recuerdo nostálgico

de prensados días escolares
en el juvenil guardapolvo de los lunes.

Un sueño escaso de lluvias impares,

de noches inconclusas en mi pijama a rayas,
de furtivas huidas sin permiso
y, quizás, de algún funeral sin esperanza.

Años cautivos que huyeron de nosotros

a través de uno textos donde puede leerse:

Hoy no llueve... Domingo...

Quizás mañana muertos...
Mi padre me ha pegado...
Ya no hay amor... La una menos diez...
Huimos...
               Y huimos para siempre.

José Antonio Labordeta.

lunes, 23 de agosto de 2010

Desmintiendo a Keats


There was an awful rainbow once in heaven:

We know her woof, her texture; she is given
In the dull catalogue of common things.
Philosophy will clip an Angel’s wings,
Conquer all mysteries by rule and line,
Empty the haunted air, and gnomed mine -
Unweave a rainbow, as it erewhile made
The tender-person’d Lamia melt into a shade.

John Keats, fragmento de Lamia.

¿Alguien dijo que ciencia y poesía son incompatibles? Richard Dawkins en Destejiendo el arco iris se dispone a demostrarnos cuán equivocados estaríamos si acaso lo pensáramos. Con estas palabras, que el autor se reserva como epitafio, da comienzo el libro:

We are going to die, and that makes us the lucky ones. Most people are never going to die because they are never going to be born. The potential people who could have been here in my place but who will in fact never see the light of day outnumber the sand grains of Arabia. Certainly those unborn ghosts include greater poets than Keats, scientists greater than Newton. We know this because the set of possible people allowed by our DNA so massively exceeds the set of actual people. In the teeth of these stupefying odds it is you and I, in our ordinariness, that are here.
Vamos a morir, y esto es una suerte. La mayoría de gente no tendrá oportunidad de morir porque nunca habrá nacido. Las personas que podrían haberse encontrado aquí en mi lugar y que nunca verán la luz del día son más numerosas que los granos de arena de Arabia. Estos fantasmas no nacidos seguramente incluyen poetas más grandes que Keats y científicos más grandes que Newton. Podemos asegurarlo porque el conjunto de individualidades posibles que permite nuestro ADN excede con mucho el de personas reales. Entre las incontables posibilidades que podrían haberse materializado, somos usted y yo, en nuestra normalidad, los que estamos aquí.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

El cazador de dragones

Cuando no hace mucho Azote me comentaba la incertidumbre que se cebaba en una amiga a la hora de hacer un regalo a su pareja ya que, según parece, es bastante aficionado a la mitología nórdica, le preparé una breve relación de títulos entre los que se contaban las Eddas Mayor y Menor, editadas por Alianza, y algunos de los libros que Miraguano publica dentro de la colección Libros de los malos tiempos. Además de estas obras, incluía una que, sin dudarlo, merece compartir con aquellas un lugar en el corazón de todo amante de estas culturas: La leyenda de Sigurd y Gudrún, la última obra editada de J.R.R. Tolkien, que ha visto la luz hace ahora apenas dos meses a través de Minotauro.

De esta obra en verso que Minotauro nos trae en edición bilingüe se ha dicho prácticamente de todo. Desde la expectación generada tras la noticia de que un manuscrito del genial filólogo inglés había aparecido en algún polvoriento cajón cuando su hijo Christopher hurgaba entre papeles, viejos marcapáginas y antiguas fotos; del heredero se ha dicho que hizo suyo aquello de "vive de tus padres hasta que puedas hacerlo de tus hijos”, pero también que gracias a su labor hoy día han salido a la luz gran cantidad de obras que Tolkien (bastante más prolífico de lo que creen quienes únicamente se han acercado a él a través del cine, y de sus tres obras más conocidas: El Silmarillion, El Hobbit y, por supuesto, El Señor de los Anillos). Sea como fuere, lo cierto es que su labor recopilando los textos del querido profesor, estudiándolos y presentándolos de una forma adecuada para que el lector interesado pueda descubrirlos y disfrutarlos ha sido a lo largo de los años el verdadero motor que nos ha acercado a Tolkien.
Ye need not to knock,
for known your coming!
The greetings is prepared -
the gallows waits you.
The hungry eagle,
the hoary wolf,
the ravens are ready
to rend your flesh!
En La Leyenda de Sigurd y Gudrún, Tolkien nos deleita con unos poemas épicos que retoman la tradición mitológica nórdica que tanto influyera al resto de su obra. La saga de los Nibelungos, que también inspirase la tetralogía operística de Wagner, pues bebió de las mismas fuentes que nuestro autor, marca el origen para una obra en la que Tolkien nos desvela lo acontecido entre Sigurd y la valkiria Brynhild, las aventuras del primero enfrentándose al cruel dragón Fáfnir y arrebatándole un tesoro que defendía tan fieramente como Smaug en El Hobbit, extendiendo la historia original presente en numerosas eddas pero sin incluir los “aditivos” que caracterizan a la de Wagner.

No se trata, como se han empeñado en afirmar, de una obra que sea del gusto del lector medio de Tolkien. Sí, en cambio, deleitará a aquellos lectores a los que les guste descubrir algunas de las fuentes de las que bebió el autor a la hora de imaginar el maravilloso mundo de Arda y algunos de los hechos que allí acontecieron. También gustará, como apuntaba al comienzo, a aquellas personas interesadas en la mitología nórdica. Pero, sobre todo, encantará a aquellos que sepan descubrir entre sus páginas toda la magia que contienen las historias bien narradas, las leyendas épicas intemporales y la pluma de un gran escritor.
Las cascadas de Andvari
rebullían y brotaban
rebosantes de peces
en los espumosos estanques.
Allí se entretenía Otr,
mi propio hermano,
capturando salmones
que dulces le parecían.
Feliz lectura.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Lluvia

Hoy es uno de esos días en los que apetece quedarse en casa, junto al hogar, si lo hay, o en el brasero, en su defecto, con un buen libro frente a uno, una taza de té caliente entre las manos, y toda la tarde por delante. Una tarde de lectura ininterrumpida, en la que olvidar los problemas y la monotonía, sumergirnos en el libro y conversar con el autor hasta que nuestros ojos, cansados, nos digan que ha caído la noche.

Siempre me han gustado especialmente los días de lluvia y otoño. Creo que invitan a la reflexión, al diálogo y a compartir. Y por eso traigo hoy algunos textos que están relacionados con esta lluvia, tan necesaria además de hermosa, para invitaros a leerlos conmigo.

Los días en que la lluvia cae de nubes bajas que parecen ocupar todo el universo conocido, cuando el frío cala hasta los huesos, me gusta recordar el comienzo de Mazurca para dos muertos, y acompañados por esta música da inicio nuestro periplo lector.
Llueve con tanta monotonía como aplicación desde el día de San Ramón Nonato, a lo mejor desde antes aun, y hoy es San Macario, que trae suerte a los naipes y a las papeletas de la rifa. Orvalla despacio y sin parar desde hace más de nueve meses sobre la hierba del campo y los cristales de mi ventana, orvalla pero no hace frío, quiero decir mucho frío...

(C.J. Cela, Mazurca para dos muertos)

Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado. Mi madrastra y yo volvimos a contemplar el jardín. La tierra áspera y parda de mayo se había convertido durante la noche en una substancia oscura y pastosa, parecida al jabón ordinario.

(Gabriel García Márquez, Isabel viendo llover sobre Macondo)

La lluvia había dejado las Ramblas casi vacías y sólo quedaba gente agrupada en el café encristalado donde, desde meses atrás, no la dejaban entrar.
La Sonia, de pie en el portal de la casa vacía, vio que la lluvia pasaba fatigada, amansa llovizna, la vio cesar mientras crecía el frío del viento, y pensó que aquello era un signo de buena suerte.

(Juan Carlos Onetti, Mañana será otro día)

Cuando al fin Ella murió, rematando esperanzas y deseos, estábamos a fin de julio; en una fecha abundante en crueldades, en frío, viento, aguacero. De los cielos negros de nubes y noche caía una lluvia lenta, implacable, en agujas que amenazaban ser eternas. Se desinteresaban de abrigos y pieles humanas para empapar sin dilaciones huesos y tuétanos. La humedad aumentaba el mal olor de las gastadas ropas de luto improvisado: casi inmóviles, sin palabras porque su desdicha tenía un solo culpable, y éste no podía ser nombrado, aunque dueño del frío, de la lluvia, el viento y la desgracia.

(Juan Carlos Onetti, Ella)
Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.
Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

(Julio Cortázar, El aplastamiento de las gotas)
Bruscamente la tarde se ha aclarado
Porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
Que sin duda sucede en el pasado.

Quien la oye caer ha recobrado
El tiempo en que la suerte venturosa
Le reveló una flor llamada rosa
Y el curioso color del colorado.

Esta lluvia que ciega los cristales
Alegrará en perdidos arrabales
Las negras uvas de una parra en cierto

Patio que ya no existe. La mojada
Tarde me trae la voz, la voz deseada,
De mi padre que vuelve y que no ha muerto.

(Jorge Luis Borges, La lluvia)

Desde este punto de vista, suponían una paz inusitada los días de lluvia, que en el valle eran frecuentes, por más que según los disconformes todo andaba patas arriba desde hacía unos años y hasta los pastos se perdían ahora —lo que no había acaecido nunca— por falta de agua. Daniel, el Mochuelo, ignoraba cuánto podía llover antes en el valle; lo que sí aseguraba es que ahora llovía mucho; puestos a precisar, tres días de cada cinco, lo que no estaba mal.
Si llovía, el valle transformaba ostensiblemente su fisonomía. Las montañas asumían unos tonos sombríos y opacos, desleídos entre la bruma, mientras los prados restallaban en una reluciente y verde y casi dolorosa estridencia. El jadeo de los trenes se oía a mayor distancia y las montañas se peloteaban con sus silbidos hasta que éstos desaparecían, diluyéndose en ecos cada vez más lejanos, para terminar en una resonancia tenue e imperceptible. A veces, las nubes se agarraban a las montañas y las crestas de éstas emergían como islotes solitarios en un revuelto y caótico océano gris.
[…]
Para los tres amigos, los días de lluvia encerraban un encanto preciso y peculiar. Era el momento de los proyectos, de los recuerdos y de las recapacitaciones. No creaban, rumiaban; no accionaban, asimilaban. La charla, a media voz, en el pajar del Mochuelo, tenía la virtud de evocar, en éste, los dulces días invernales, junto al hogar, cuando su padre le contaba la historia del profeta Daniel o su madre se reía porque él pensaba que las vacas lecheras tenían que llevar cántaras.
Sentados en el heno, divisando la carretera y la vía férrea por el pequeño ventanuco frontal, Roque, el Moñigo; Daniel, el Mochuelo, y Germán, el Tiñoso, hilvanaban sus proyectos

(Miguel Delibes, El camino)



Llueve.
Tras los cristales, llueve, llueve.
Sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados,
sobre los campos, llueve.
[...]
Te podría contar
que está quemándose el último leño en el hogar,
que soy muy pobre hoy,
que por una sonrisa, doy
todo lo que soy,
porque estoy solo y tengo miedo...

(J.M. Serrat, “Balada de Otoño”)

miércoles, 5 de agosto de 2009

¡Más madera!

Houston, tenemos un problema. Y bien gordo, además. El fin de semana pasado, como ya anunciaba en alguno de los comentarios, Azote ortográfico y yo anduvimos por Valencia porque ella trabajaba en unos asuntos relacionados con la celebración en esta mediterránea ciudad de la Campus Party 2009. Decidiendo optimizar al máximo el escaso tiempo que pasaríamos en la ciudad, y ya que conocía las librerías París-Valencia con anterioridad (gracias a ellas me hice con las Segundas Crónicas de Thomas Covenant a través de Internet), nos pusimos a hurgar en su fondo bibliográfico encontrándonos con alguna que otra grata sorpresa. Así, antes de partir ya teníamos encargada una buena remesa de libros, y aprovechando la mañana del sábado, durante la cual los participantes de la Campus dormían el sueño de los justos (como antítesis del desvelo de la SGAE), aprovechamos para hacer una escapada y conocer la librería en la que debíamos recoger el pedido.

La librería París-Valencia (al menos la que pudimos ver, sita en la calle Pelayo) me recordó a la ya finada librería Urbano de Ocasión de Granada. Estantes hasta el techo, rebosantes de libros en ediciones de saldo, que parecían cerrarse en un laberinto del que con gusto no habría salido en todo el día, el olor a papel cansado, de libros con muchos años a sus lomos, coexistiendo con alguna que otra novedad editorial, un caballero que nos atendió con esmero y trato agradable, una librería magnífica, sin duda alguna.

De la excursión trajimos unos pocos libros. De ahí lo de Houston y la referencia al problema. Y es que aunque pensaba que con mi flamante Papyre iba a conseguir limitar el número de libros que venía comprando al mes, la verdad es que de lo único que he sido capaz ha sido de redirigirme hacia otro sector editorial, obviando un poco las novedades –al menos hasta que se hacen merecedoras de crédito-, y tirando mucho más de librería de saldo o de títulos que me llaman especialmente la atención (fundamentalmente relacionados con la Historia y la Biología).

En cuanto a la “caza” en sí misma, por un lado Azote, que sigue con su afán de aprender catalán, se hizo con una serie de libros de texto de la añorada EGB (Català amb els clàssics) que parecen ofrecer un curioso acercamiento a esta lengua desde la revisión de textos de autores clásicos. También consiguió el libro Contes per Vells Adolescents, de Miquel de Palol, y una hermosísima edición bilingüe (inglés-catalán) en dos volúmenes de una selección de poemas de Ausiàs March, con su estuche grabado y todo.

Por mi parte, me hice con títulos de todo tipo. Desde un ejemplar de El caballero del puente, de Wiliam Watson, hasta la tetralogía de las Nieblas de Avalon, de Marion Zimmer Bradley, pasando por la divertidísima novela de ciencia ficción Estado crepuscular, de Javier Negrete, las experiencias ornitológicas que comparte Tito Narosky en Entre hombres y pájaros, la fascinación por los océanos que plasma Rachel L. Carson (la conocidísima autora de La primavera silenciosa) en El mar que nos rodea, un libro de texto universitario sobre Paleoecología y, por último, la obra teatral A mitad de camino, de Peter Ustinov (exacto, el famoso actor que interpretara de forma extremadamente personal al Hércules Poirot de Agatha Christie, a Nerón en Quo Vadis?, y dirigiera a Sofía Loren y a Paul Newman en una de las últimas superproducciones de Hollywood: la adaptación de la novela de Romain Gary, Lady L).

En resumen, un buen surtido de títulos por poquitos euros, una librería que os recomiendo descubrir, y mucha lectura por delante.

¿Leemos? ¡Adelante!

jueves, 9 de julio de 2009

Luz de luna

Decía el cantor que la luna ejerce extraños influjos que se contradicen, y no hay quien descifre. Lo cierto es que la luna llena ha atraído al hombre desde tiempos inmemoriales, tanto es así que su influencia en nuestra vida es más que notable (las mareas, los lunáticos, el estar en la luna de los soñadores…). Cuando salgo al campo, de noche, con mis buenos amigos biólogos, no hay nada más maravilloso que oír al cárabo o el búho real ululando, con el leve sonido del viento que acuna las copas de los árboles, y la luna llena que cuelga como un inmenso disco sobre nosotros.

Lo sé. La entrada no trata sobre libros, ni acerca del microuniverso que les rodea. Hoy, porque hay luna cuasi llena -realmente tuvimos luna llena hace un par de días, pero con la saturación de las entradas y del grupo no pude hacerlo con tranquilidad-, vengo a compartir con vosotros una canción, al fin y al cabo, una forma de poesía: todo son palabras. Se trata de Luz de luna, en una de sus numerosas versiones. Ésta, en particular, es la que más me gusta. Viene de la mano y la voz de José Domínguez Muñoz, más conocido como El Cabrero. El gran cantaor flamenco de Aznalcóllar, Sevilla, que la interpreta introduciendo al principio unos versos de Vidala del Nombrador, de Jaime Dávalos. Siempre que la oigo, especialmente cuando es en directo, un temblor profundo me recorre la espalda. Os dejo pues con esta bulería que, cargada de emoción, se hunde en las raíces del sentimiento y en lo más profundo de nuestra consciencia. Espero que la disfrutéis.

Vengo de ronco tambor de la luna
en la memoria del puro animal
soy una astilla de tierra que vuelve
hacia su antigua raíz mineral

Vengo de adentro del hombre dormido
bajo la tierra gredosa y carnal
rama de sangre, florezco en el vino
y el amor bárbaro del carnaval

Yo quiero Luz de Luna,
para mi noche triste,
para pensar divina
la ilusión que me trajiste.
Para sentirte mía,
mía tu, como ninguna,
pues desde que te fuiste
no he tenido luz de luna.

Yo siento tus amarras
como garfios, como garras
que se ahogan en la playa
de la farra y el dolor,
y llevo mis cadenas a rastras
en la noche callada,
que sea plenilunada
azul como ninguna,
pues desde que te fuiste
no he tenido luz de luna.
Estremece oírla, ¿verdad? Buenas noches.

viernes, 29 de mayo de 2009

Cantares

Días atrás, tras descubrir el blog de Lammermoor, De libro en libro, aproveché para ir leyendo diversas entradas, y hubo un par de ellas en particular que atraparon de forma inmediata mi atención. Referidas a las lecturas de la infancia, llevaban por título Calle Melancolía y Continuamos en la Calle Melancolía, en alusión a la canción de Joaquín Sabina. Este hallazgo coincidió en el tiempo con la publicación por mi parte de una entrada referente a los memorables comienzos de algunas novelas. Pues bien, por una curiosa asociación de ideas, uní el Macondo de Cien años de soledad con Sabina, recordé la letra de Peces de ciudad, canción que escribiera éste para Ana Belén y que luego versionase él mismo cambiando en la letra Macondo por Comala (la ciudad del Pedro Páramo, de Juan Rulfo), y que dice así:



Se trata de una de las canciones que más me gusta de Sabina, y escuchándola se me ocurrió una idea para esta entrada: la presencia de referencias literarias en las canciones. En múltiples ocasiones música y literatura van de la mano, siendo aquella permanentemente deudora de ésta, especialmente en el caso de la poesía.

Me vienen a la cabeza, por ejemplo, las versiones musicalizadas de la obra de diversos poetas en los discos de Paco Ibáñez, como los dedicados en exclusiva a Pablo Neruda y José A. Goytisolo, o a poetas andaluces como Becquer, Lorca, Cernuda, Alberti o Antonio Machado, entre otros. Joan Manuel Serrat también hizo lo propio con poesías de los dos últimos, así como de Miguel Hernández (musicalizadas por Alberto Cortez), Benedetti, como vimos hace unos días por la triste noticia de su muerte, y de León Felipe, autor del que nos habló no hace mucho Nerea en su blog.

Por otro lado, Borges se hizo bulerías en la voz de José Domínguez, El Cabrero, que canta con voz templada el soneto La lluvia.
Esta lluvia que ciega los cristales
alegrará en perdidos arrabales
las negras uvas de una parra en cierto
patio que ya no existe. La mojada
tarde me trae la voz, la voz deseada,
de mi padre que vuelve y que no ha muerto.
No es ésta la única vinculación existente entre poesía y flamenco. Uno de los discos con más embrujo que he oído nunca es el Omega de Enrique Morente junto a Lagartija Nick; rock y flamenco, Lorca y canciones de Leonard Cohen se unen en un todo hipnótico y aterrador, como nos demuestra la interpretación de La Aurora de Nueva York.

Loquillo y Luis Eduardo Aute también ofrecieron su visión particular del poema lorquiano, al igual hicieron Los Suaves, grupo de rock gallego, con las Palabras para Julia de Goytisolo y la música de Paco Ibáñez.

Si nos adentramos en el mundillo del rock se multiplican las referencias veladas a la literatura, no tan literales como en los casos mencionados anteriormente. Dentro de la producción nacional tenemos a Héroes del Silencio, con una Sirena Varada en la realidad, tan ávida de sueños como la de Alejandro Casona, que vivieron sus días de gloria bajo la máxima el camino del exceso nos dirige hacia la torre de la sabiduría, de William Blake, interpretando canciones pobladas de fragmentos provenientes de la mente de poetas malditos.

Pero si un hay un poeta que realmente podemos calificar como maldito es Edgar Allan Poe. Su Annabel Lee inspiró a Radio Futura una de las canciones más recordadas de los años 80, y sin necesidad de remontarnos tanto tiempo atrás, podemos acercarnos a Lou Reed, que dedicó un disco completo a Poe, The Raven. Otro tanto ocurrió con un clásico de la literatura fantástica, la trilogía de Gormenghast, de Mervyn Peake, con el disco de rock sinfónico Titus Groan, y qué decir de Sting, seguidor confeso de los libros de Peake, que llegó a dar a su hija el nombre de uno de los personajes, Fuchsia.

Tal vez sea por mi vena tolkiendili, pero lo cierto es que de pocas obras literarias conozco tantas versiones y referencias musicales como de la de J.R.R. Tolkien. Tantas que darían para una entrada monográfica, pero de entre las cuales me gustaría destacar dos. La primera de ellas, la recreación de la Batalla de los Campos de Pelennor que llevó a cabo Led Zeppelin en The battle of Evermore, y la segunda, el disco Nightfall in Middle Earth, de los teutones Blind Guardian, dedicado completamente a los acontecimientos narrados en El Silmarillion. También cuentan en su haber canciones sobre El Señor de los Anillos, Otherland (una obra de ciencia ficción de Tad Williams) o el libro de los libros: La Biblia. No son los únicos; la banda británica Iron Maiden, con su Number of the Beast (las sagradas escrituras, una vez más), Lord of the Flies (William Golding), la tumba de Lovecraft, que aparece en la portada del disco en directo Live After Death, el título Seventh son of a seventh son (la saga de Alvin Maker, de Orson Scott Card, el autor del conocido El juego de ender y de Esperanza del venado) o una extensa Rime of the Ancient Mariner basada en La canción del viejo marinero, de Samuel Taylor Coleridge, son prueba de ello.

Sin duda existen muchos más ejemplos de los que cito, pero ya ha quedado suficientemente espesa la entrada con tanto nombre y referencia, y precisamente aquí entráis vosotros en juego. ¿Qué otras referencias literarias encontráis en la música? ¿Y al contrario? ¿Qué canción, disco o intérprete os incitó a escuchar una frase de un libro, un poema, un simple nombre?

lunes, 18 de mayo de 2009

Otro cielo

Se fue el fin de semana y lo hizo dejando a su paso un regusto agridulce y una sensación de vacío. Por un lado, recibí una grata noticia por parte de Elwen, desde su Midnight Eclipse me hacía partícipe de un premio a la amistad entre blogs y entre bloggers. Es todo un honor recibir dicha condecoración, máxime si viene acompañada de tan hermosas palabras, por lo que lo recibo con toda humildad. Homo libris nació, tras mucho tiempo de espera (iba acumulando bitácoras, y quedaba pendiente siempre el correspondiente a una de mis grandes pasiones: la literatura), y en estos escasos meses de existencia me ha deparado enormes satisfacciones. La mayor de ellas ha sido permitirme conocer a gente como vosotros, quienes leéis el blog y lo enriquecéis con vuestros comentarios o meramente con vuestra presencia.



Ante lo inesperado de la noticia, y adoptando una postura un tanto ecléctica, lo comparto con todos vosotros (mi preferencia por la corrección lingüística no pretende obviar a género o condición alguna, únicamente las actitudes son sexistas, que no la Lengua, por lo que os hago a vosotras tan partícipes como a ellos de este premio). Me consta, en cualquier caso, que estos premios perviven gracias a ser compartidos entre la comunidad. Realmente, lo mereceríais muchos pero, por suerte, buena parte de quienes podríais recibirlo de mis manos ya lo habéis disfrutado desde las de Elwen. En pocas palabras, y citando al gran Bilbo Bolsón,

No conozco a la mitad de ustedes ni la mitad de lo que querría, y lo que yo querría es menos de la mitad de lo que la mitad de ustedes merece.
Convoco precisamente a la suerte porque gracias a ella hemos ido conociéndonos y conformando una pequeña gran familia de blogs con un nexo común, basado en el amor a los libros. A la familia querría unir a Azote Ortográfico, que es más que una amiga, ella bien lo sabe, y que con sus artículos nos enseña que los gazapos y errores ortográficos son una pesadilla hasta para los más grandes, y que la Lengua es un tesoro y un patrimonio que debemos cuidar. También me gustaría compartirlo con Mundo de K, que me demostró que nuestra pasión por la literatura supera incluso las diferencias idiomáticas. Y, por no tomarme demasiadas licencias en torno al premio, por último a El Txoko de Lonifasiko, un magnífico blog que os descubrirá, a quienes tengáis inquietudes por la informática, sus últimos experimentos en torno a esta disciplina.

También me refería, al comienzo de la entrada, a un vacío, a que el fin de semana se marchó dejando una sensación no del todo placentera. Es la desazón que nos queda ante la ausencia de Mario Benedetti, el grandísimo autor uruguayo que falleció ayer, domingo 17 de mayo, tras una prolongada enfermedad. De Benedetti me gustaban especialmente sus cuentos y poemas, aunque novelas como La Tregua me marcaron profundamente. Se marchó una de las grandes voces de la literatura latinoamericana, pero nos quedaran, para siempre, sus palabras.

Me gustaría compartir con vosotros uno de sus poemas, que plasma a la perfección la postura reivindicativa y luchadora, hasta el final, de Benedetti.
Con su ritual de acero
sus grandes chimeneas
sus sabios clandestinos
su canto de sirenas
sus cielos de neón
sus ventanas navideñas
su culto a dios padre
y de las charreteras
con sus llaves del reino
el norte es el que ordena

pero aquí abajo abajo
el hambre disponible
recorre el fruto amargo
de lo que otros deciden
mientras que el tiempo pasa
y pasan los desfiles
y se hacen otras cosas
que el norte no prohíbe
con su esperanza dura
el sur también existe

con sus predicadores
sus gases que envenenan
su escuela de chicago
sus dueños de la tierra
con sus trapos de lujo
y su pobre osamenta
sus defensas gastadas
sus gastos de defensa
son su gesta invasora
el norte es el que ordena

pero aquí abajo abajo
cada uno en su escondite
hay hombres y mujeres
que saben a qué asirse
aprovechando el sol
y también los eclipses
apartando lo inútil
y usando lo que sirve
con su fe veterana
el sur también existe

con su corno francés
y su academia sueca
su salsa americana
y sus llaves inglesas
con todos sus misiles
y sus enciclopedias
su guerra de galaxias
y su saña opulenta
con todos sus laureles
el norte es el que ordena

pero aquí abajo abajo
cerca de las raíces
es donde la memoria
ningún recuerdo omite
y hay quienes se desmueren
y hay quienes se desviven
y así entre todos logran
lo que era un imposible
que todo el mundo sepa
que el sur también existe.
Por último, ya que al fin y al cabo esta entrada ha revoloteado en torno a la amistad, os dejo con un pequeño regalo. Se trata de una de las más bellas poesías de Benedetti, hecha canción por Serrat en su disco El sur también existe. Su título, Hagamos un trato.



Descanse en paz, maestro.

miércoles, 6 de mayo de 2009

La dama de Shalott

De pocas obras puedo afirmar que me gustan tanto todas sus manifestaciones artísticas como The Lady of Shalott. El poema de Tennyson (del que en unos meses se celebrará el bicentenario de su nacimiento, como ya ocurriese con Poe, o Darwin hace no mucho), me encanta. Realmente, la historia de la dama de Shalott constituye una trilogía, formada por The Lady of Shalott, de 1888, Lady of Shalott. Looking for Lancelot, publicada en 1894, y I am half sick of shadows, said the Lady of Shalott, el último de los poemas, de 1915.

La hermosa leyenda de que nos hace partícipes Tennyson se encuentra inscrita dentro del ciclo artúrico. En ella se nos narra la historia de Elena, la dama de Shalott, que permanecía encerrada en su torre y tenía por única ocupación cantar mientras tejía día y noche. Avisada de que una terrible maldición caería sobre ella si osaba asomarse por la ventana y contemplar las torres de Camelot, contemplaba el exterior gracias a un espejo que reflejaba la luz del exterior sobre los paños que iba tejiendo.
On either side the river lie
Long fields of barley and of rye,
That clothe the wold and meet the sky;
And through the field the road run by
To many-tower'd Camelot;
And up and down the people go,
Gazing where the lilies blow
Round an island there below,
The island of Shalott.
[...]
Así pasaba el tiempo hasta que, un buen día quedó prendada de Lancelot, al contemplarle cuando éste se reflejó en el espejo. No pudo evitar asomarse por la ventana para verle mejor, y la maldición cayó sobre ella. Haciéndose con una barca se dispuso a cruzar el lago para llegar hasta Camelot, muriendo por el camino.

Sin duda, con motivo de la conmemoración del nacimiento de Tennyson, tendremos oportunidad de disfrutar de nuevas ediciones de su obra. También, y de ahí mi comentario al inicio de la entrada sobre otras expresiones artísticas en torno al poema, es posible disfrutar del cuadro que John William Waterhouse pintó a partir de la obra de Tennyson. Un cuadro de la escuela prerrafaelita, con una estética muy afín al imaginario que tenemos creado respecto a la Edad Media, y que es una delicia para los sentidos.
Por último, pero no por ello menos importante, os dejo la versión musical del primero de los poemas. Loreena McKennitt, con su increíble voz y su arpa nos lleva a conocer Camelot con una canción que, a buen seguro, os encantará.