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miércoles, 4 de julio de 2012

El expediente Barcelona

No me prodigo últimamente demasiado con las entradas del blog, pero resultaría de todo punto impensable que dejase pasar la ocasión de hablaros de uno de los libros que posiblemente más haya citado por aquí. No hace mucho terminaba de leer El expediente Barcelona, la primera de las novelas de Francisco González Ledesma en la que hace aparición el inspector Méndez, protagonista de tantas obras imprescindibles del autor, y he de decir que me ha encantado. Si bien la lectura se ha prolongado mucho más de lo que habría sido habitual para un libro de poco más de 300 páginas, ya que lo he leído en el poco ortodoxo soporte de mi móvil, aprovechando momentos vacíos y trayectos en transporte público cuando no llevaba un libro encima, lo cierto es que la he disfrutado hasta el punto de releer sobre la marcha fragmentos y capítulos completos, y estoy deseando hacerme con una copia en papel, ya que fue reeditado no hace mucho (y es que, señoras y señores que “velan” por la cultura, los libros electrónicos no tienen que suponer forzosamente la muerte de los tradicionales).


En El expediente Barcelona Ledesma nos llevará a los barrios de Barcelona que tan bien conoce, como no podía ser de otro modo, para descubrirnos las entretelas de un caso de terrorismo en el que aparecen vinculadas figuras de la burguesía catalana y los nuevos sindicalistas del posfranquismo en una historia hilvanada con una fina ironía, con el profundo desencanto de los que abandonaron sus ideales y con un amor interesado e inconstante.

En la novela se palpa el conocimiento que tiene el autor sobre el mundo del periodismo, de la abogacía y del movimiento obrero en la Barcelona de la época (no hay que olvidar que este abogado, dedicado a la literatura desde su juventud a pesar de ser censurado por el franquismo, tuvo que trabajar para Bruguera como escritor de novelas populares y como abogado de la editorial, y que además llegó a ser redactor jefe de La Vanguardia), y constituye un fiel reflejo de la sociedad barcelonesa de aquel entonces; un ejemplo en toda regla de la novela negra de corte social en España que conviene no perder de vista.

Por lo pronto, a mí se me ha abierto el apetito por la novela negra, un mundillo en el que hacía tanto que no me adentraba más que por las imprescindibles reseñas de Lammermoor o de Alice Silver, y que me apetece saciar continuando con la lectura de la “Serie Méndez”. Me esperan, por tanto, en cuanto dé buena cuenta de los libros que tengo entre manos, Las calles de nuestros padres. Entretanto, os invito a disfrutar este verano de esta impactante novela y os dejo con algunas de las apariciones de fragmentos de la misma en el blog y con la entrevista a González Ledesma.
¡Feliz lectura!

miércoles, 23 de mayo de 2012

Sentimiento colectivo

"Lamento" tener que seguir extrayendo párrafos de Expediente Barcelona para traerlos al blog, pero es que además de la calidad literaria de González Ledesma me temo que la crítica social que contiene (esa de la que carece la novela negra española en contraposición de la nórdica, según afirmaban miembros de cierta asociación de traductores granadina para indignación propia y de extraños) está más de actualidad que nunca. Así,
Con Rodríguez, con Costa, con dos estudiantes de Derecho, un profesor de la Escuela Social y tres obreros fundamos el Centro Interior de Resistencia. Ya no se trataba de hablar, de reunirnos en los bares y de recitar nostalgias, sino de enfrentarnos a la situación con medidas que estuvieran a nuestro alcance de gentes que sufrían. En el local de una asociación literaria donde se editaba una revista condenada a garrote vil, nos reunimos para hacer un religioso inventario de nuestros sueños. Los obreros hablaron de huelgas, de jornales y de libertad sindical; nosotros hablamos de libertad de prensa, de eliminación de la censura y de los tribunales especiales, además de un cambio total en el profesorado universitario. Nos dimos cuenta en seguida de que no acabaríamos de coincidir jamás, de que ellos pedían unas mejoras concretas para hoy, mientras nosotros construíamos en las nubes la España del mañana.
[...]
Era difícil que nos uniésemos de verdad para hacer algo cuando enfrente teníamos a las comunidades de intereses más potentes de Europa; y las comunidades de intereses, señorita Jou, son más fuertes que todos los sueños paridos por la izquierda desde Pablo Iglesias hasta ahora, cosa que a mí me dolía reconocer. Por eso la verdadera izquierda no se pone de acuerdo jamás, puesto que tiene que administrar a la vez dinero, resquemores, banderas, mártires y ráfagas de viento. La derecha solo tiene que administrar intereses, para lo cual, además, emplea a los tecnócratas, los milagreros del siglo XX.
[...]
A veces me preguntaba, durante la noche, mientras oía moverse a la Isabel en la habitación contigua, si tenía algún sentido hacer todo aquello. Al fin y al cabo, ¿en qué país me movía? La gente que a uno le empuja en las calles, la que se disputaba los pisos y compraba los televisores a plazos, había perdido toda sensibilidad, todos sus ideales colectivos. [...] Yo me daba cuenta de que mi ciudad, mi país —pero a mí solo me importaba mi ciudad— estaba formada por hombres que tenían o buscaban un trabajo, una mesa, una mujer y una cama: habían llegado a no pensar en nada más. El país consistía en un simple juego de posibilidades económicas: lo importante era atrapar alguna, asirse a ella, mejorarla, mamarla y procurar que a uno no le pillasen las ruedas. A eso se le llamaba oficialmente «hacer grande a España». A falta de otra, los jerarcas de la situación se referían constantemente a esta tarea. Y luego, con la democracia, ha pasado lo mismo. Los grandes sentimientos colectivos ya no tienen cabida en la indiferente España.

viernes, 4 de mayo de 2012

El invierno del dibujante

Aunque leo alguno que otro de cuando en cuando (me gustan, si bien no constituyen una de mis mayores preferencias), no suelo traer al blog entradas sobre los cómics que voy descubriendo. De hecho, no hace mucho pensé hacerlo con Blacksad y finalmente me contuve, y realmente es posible que esta sea la primera entrada dedicada a uno de ellos. Pero lo merece, tanto por la historia que narra como por haber sido mencionado con anterioridad en el blog, precisamente en la entrevista que nos concedió González Ledesma
HL: ¿Ha tenido oportunidad de leer o ver al menos El invierno del dibujante, cómic en el que aparece usted en los tiempos en que trabajaba para Bruguera? ¿Cómo es posible que una factoría de sueños como aquella fuese en su interior un infierno para los autores? 
FGL: Sí lo he leído. Me parece una obra admirable y creo que refleja la realidad de Bruguera. En cuanto a la segunda parte de la pregunta, porque solo pensaban en el beneficio inmediato y actuaban generalmente con un egoísmo despiadado. Bruguera tenía una gran habilidad para los negocios pero nunca supo tratar a la gente. Por eso, con los años, fue perdiendo a sus mejores creadores, que normalmente veían sus sueños rotos. 

De esos años nos habla El invierno del dibujante, y si bien ya mencioné las draconianas condiciones que imponía Bruguera a los escritores que trabajaban para la editorial, no eran más piadosas las que tenían que soportar los guionistas y dibujantes de aquellos cómics (o historietas, o tebeos, como se les llamaba entonces) que llenan de imágenes la remota memoria de nuestra niñez. 

Paco Roca nos retrotrae hasta finales de los años 50 del pasado siglo cuando, cansados precisamente de las condiciones laborales de Bruguera, un grupo de valientes historietistas decide abandonar la editorial y lanzar al mercado un producto propio, donde fuesen dueños de sus propias creaciones y de su destino. Nació así Tío Vivo, la mítica revista juvenil, de manos de cinco dibujantes: Giner, Cifré, Conti, Peñarroya y Escobar. En El invierno del dibujante podremos comprobar cuán difícil fue poner en marcha este proyecto repleto de ilusión y qué fácil resultó a la gigantesca Bruguera tumbarlo. 

Tan capaz de arrancarnos unas risas como de hacer aflorar unas lágrimas, este cómic de Paco Roca nos permite acercarnos a Vázquez e Ibáñez, reconocer al joven abogado González Ledesma y disfrutar de un libro editado con gusto: desde las preciosas ilustraciones de Roca al color de las páginas, que cambia con cada capítulo como las historietas de antaño y que da un tono adecuado a la estación en la que transcurre cada uno de ellos. 

En definitiva, estamos ante un libro imprescindible para los amantes del cómic, para quienes quieran acercarse a un periodo de nuestra reciente historia editorial y para, nada más y nada menos, aquellos a quienes les gusta leer una historia bien escrita.


martes, 1 de mayo de 2012

Primero de mayo

Leyendo a González Ledesma esta mañana he llegado a un párrafo que me ha parecido muy significativo para el día de hoy. Porque hay que dignificar el trabajo y que los hombres, llevándolo a cabo, nos sintamos realizados y no esclavos. En su Expediente Barcelona leemos:

Eso me hizo recordar lo que pasaba con Costa, que al entrar a trabajar a las siete de la mañana ya le decía al portero de nuestra empresa, el portero cuya esposa no podía parir porteritos, sino fichas para el reloj marcador:
—Buenas noches.
Y cierta vez, el portero, extrañado, le preguntó:
—¿Por qué, a estas horas de la mañana, me dice siempre «buenas noches»?
Costa ni siquiera se detuvo para contestar:
—Porque ya se ha terminado el día.
Era verdad. En aquella ocasión la frase del Costa me hizo reír, pero ahora, en mi cubículo milimetrado, la entendía del todo. En las puertas oscuras del trabajo había millones de hombres que cierta vez, cierto día insólito, se paraban un momento, un minuto tan solo, para darse cuenta de que se les había terminado la vida.
Pero el minuto pasaba y ellos volvían a caminar, y quizá ya no volvían a pararse nunca más, porque su vivir tenía la virtud de hacerles olvidar que habían renunciado a vivir.
A veces, señorita Jou, he pensado que eso es una suerte.

martes, 24 de abril de 2012

Estudiar, estudiar...

Francisco González Ledesma, tan agudo como siempre, retrataba en El expediente Barcelona una realidad que a día de hoy, en estos tiempos de recortes y de vuelco hacia una "Nueva Edad Media" en todo lo tocante a la cultura (y todo lo que esta engloba: literatura, artes, ciencia...), resulta de especial vigencia:
A mí todo eso del Milanés, tantos sacrificios, tantas humillaciones y tanto hambre para estudiar (porque encima pasaba hambre) me parecía un esfuerzo estéril. Qué quiere que le diga. Yo solo había estudiado comercio en la Escuela Especial, que entonces estaba en la calle Balmes, y tenía más que suficiente. Soy de los que creen que en España sobra gente de carrera. Tú vas a pedir un carpintero o un lampista y estás listo. No los hay. Pide un ingeniero, un médico, un abogado, un químico, y no hablemos de un maestro, y el problema es tuyo, porque la cola llega hasta la frontera. El padre, además, siempre lo decía: «El talento y la cultura, en sí, no los valores nunca. Bien mirado, no son nada. Los que lo tienen dicen que eso vale mucho y que no se vende. No te dejes engañar nunca: lo terrible para ellos es que no se compra».

miércoles, 4 de enero de 2012

¿Arte?

He comenzado a leer, en orden, los libros que componen la serie de novelas protagonizadas por el inspector Méndez y escritas por Francisco González Ledesma. Aunque algunos de ellos no me son desconocidos, lo cierto es que no había leído con anterioridad El expediente Barcelona, el primero en el que aparece Méndez. En uno de los capítulos iniciales, escrito a modo de epístola, encontramos una cruda descripción del mundo del toreo, que el autor conoce a la perfección debido a su trabajo periodístico, y aunque me consta lo duro del texto (o tal vez precisamente porque por eso mismo transmite la crudeza de cuanto nos narra) he querido traerlo aquí. No hace mucho, además, hablaba sobre el dolor animal en Andanzas de un Trotalomas.
A veces, los domingos de sol, cuando la ciudad era amable y hasta las calles lograban sonreír, íbamos al fútbol. Un domingo de verano, excepcionalmente, fui a una corrida de toros. El ambiente de la tarde, la tierna sensualidad del aire, el mismo deambular de la gente que llenaba las calles, fue llevándonos hasta la puerta de la plaza. Rodríguez y yo entramos; los otros se quedaron fuera. Y creo que nunca he pasado unas horas tan bochornosas como aquellas.
¿Qué buscaba allí la gente? ¿Arte? ¿Pero qué arte había en hacer siempre lo mismo? Me juego aquello que cuelga a que no hay tanda de naturales —idénticos unos a otros— que no acaben con el pase de pecho —siempre idéntico— en una especie de eternidad sangrienta. En fin, discúlpeme si me indigno. Y le añadiré que, si hubiese arte, este quedaría anulado por el hecho de que la materia con que se construye es el martirio de una bestia noble y a la que nadie ha enseñado a defenderse.
Por esto —cosa que no me ocurría en el fútbol— me hubiera peleado con quien fuese. Aparte de lo que había oído contar de toros sangrados, muertos de hambre, molidos a golpes o con los cuernos afeitados, lo evidente es que, después de la suerte de varas, al animal se le destrozan los músculos del cuello y ya no puede girar la cabeza. Acercarse a él es como «jugarse la vida» arrimándose al tren, pero sin entrar en la vía. ¿Qué quería entonces la gente? ¿La sensación y la emoción de que el «maestro corría peligro»? Absurdo. En cifras absolutas y en cifras relativas, es mucho más peligroso hacer de albañil, de minero, de chófer y hasta de macarra que de «maestro» de este gremio. Uno va toda la vida a «fiestas» en la Monumental o las Arenas, y no ve una cogida de verdad. Eso sí, los partes facultativos siempre hablan de hígados al aire, de testículos arrancados, de heridas de treinta centímetros y de «pronóstico gravísimo», lo cual no impide, cosa chocante, que al cabo de quince días el agonizante vuelva a actuar. Los médicos deben hacerlo porque así se animan las cosas de la fiesta.
El único momento un tanto peligroso es el de la muerte del toro, porque en esa excepcional ocasión el animal sí que puede embestir a un hombre que tiene de frente y no al lado, detrás del engaño, pudiendo por tanto hacer uso del cuello, que le han destrozado previamente. Los «accidentes», sin embargo, son menos probables que los que pueda sufrir un pobre tipo que esté trabajando en los cimientos de un meublé.
Entonces llegué a una conclusión quizá sorprendente, pero muy arraigada en mí: la gente iba allí para ver sufrir a una bestia, para hartarse de sangre. Contemplaban extasiados la ejecución de un animal porque no podían contemplar la ejecución de un hombre.
Y resultaba bien extraño que todo eso lo ligaran a sensaciones espirituales, que lo ligaran a la música, al sol, a las flores y al aire libre, cuando lo único que había era el sudor de animal acorralado (la angustia terrible del toro que da vueltas y vueltas al anillo, buscando una salida imposible), sangre sobre la piel y sobre la arena sucia, el dolor de la bestia, que chillaría si pudiese, que imploraría piedad antes de su muerte inevitable.
¡Aquella petición estéril, que nadie quería ver bajo el sol de las cinco de la tarde!
Y los caballos ciegos captando la «humanidad» de la gente que chilla. Y el desuello de las reses en la penumbra miserable que hay bajo las gradas. Y hasta los jugos gástricos provocados por ese pensamiento: Mañana, parte de ese cuerpo lo tendré en mi estómago.
Todo aquello era la «fiesta».
Hube de ligarla, también sin querer, a oscuras satisfacciones sexuales de la gente. A movimientos temblorosos en los labios secretos de las mujeres, cuando la sangre corría. A pálpitos furtivos en la entrepierna de los hombres cuando el picador aprieta y aprieta hasta que la bestia, hasta que «el bicho», hasta que «el marracó», «el enemigo» y todas esas palabras de retrete, se rinde con la piel desecha (golpecito en la entrepierna, chupada al puro, mirada de reojo).
Me avergonzaba de ser español, de que alguien pudiera creer que, por serlo, aceptaba todo aquel mundo negro. Y Milanés también estaba indignado. Aquella tarde gritó no sé qué de la madre de uno de los «maestros» (quizá le dio recuerdos) y nos expulsaron a los dos.

Francisco González Ledesma, El expediente Barcelona.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Entrevista a Silver K... Francisco González Ledesma

Regreso con el ánimo renovado tras un breve parón en el blog y con ganas de retomar un ritmo aceptable de escritura en el mismo, y lo cierto es que no podía ser de mejor modo. Hace un par de días recibí un correo electrónico que llevaba tiempo esperando y que no pudo alegrarme más. Un correo que me encantaría compartir con vosotros, no sin poneros antes en antecedentes.

Fue a principios de año cuando se me ocurrió la idea. ¿Por qué no entrevistar a Francisco González Ledesma? No perdía nada por intentarlo y podía ganar mucho. Echándole un poco de cara al asunto, me puse en contacto con él para solicitarle una entrevista desde la distancia. Unos días después me respondía el propio Silver Kane con una amabilidad suprema invitándome a hacerle llegar mis preguntas. Como podréis imaginar, mi alegría era la del niño con un juguete nuevo, pero por diversas circunstancias de índole personal no pude completar la entrevista hasta un tiempo después, y pasaron unos meses hasta que finalmente se la hice llegar junto a mis disculpas por la tardanza. La respuesta fue el silencio. Dejé pasar un tiempo, ya que las circunstancias podrían haber cambiado y el escritor tal vez tenía un mayor número de compromisos en esas fechas, o simplemente estaba fuera o trabajando. Finalmente volví a escribirle, simplemente por confirmar que le había llegado el correo con la entrevista, insistiéndole en que no había prisa y que simplemente quería quedarme tranquilo respecto al envío. La respuesta que recibí no pudo apesadumbrarme más. Me respondía algún allegado a González Ledesma indicándome que había sufrido un ictus y que se encontraba en proceso de recuperación, motivo por el cual no había podido responder a mis preguntas. Por supuesto, le transmití todo el ánimo del mundo en tan duro trance y una pronta recuperación.

Al parecer, la enfermedad que aquejaba a Ledesma se había presentado sin avisar apenas unos días después de que respondiese a mi primer correo. Pude saber de él a través de un artículo que publicó en el diario El País, donde habitualmente colabora, titulado “Cómo llegar a ser un 11-1” y cuya lectura os recomiendo.

Pasaron los meses y, como os decía, anteayer recibí un correo con la entrevista. Me la hacía llegar alguien del círculo cercano a don Francisco y me comentaba que había respondido brevemente a algunas de las preguntas que le planteaba, no a todas, porque sigue en recuperación y es un esfuerzo para él. Como imagináis, lo de menos eran la entrevista, las respuestas y el blog: González Ledesma está algo mejor y sigue su proceso de recuperación; eso es lo que me alegra. Puesto que quería compartir esta alegría con vosotros, qué mejor modo de hacerlo que transcribiendo aquí esa entrevista breve, incompleta pero hermosísima por cuanto os comentaba. Aquí la tenéis. Espero que os guste.


HL: Con La dama y el recuerdo regresa al viejo y salvaje oeste. En alguna ocasión ha comentado que tomó la decisión de hacerlo para comprobar si era capaz de volver a escribir por instinto, como lo hiciera en su juventud. A mi parecer lo ha logrado (y permítame felicitarle por ello). Pero ¿cuán contento ha quedado con el resultado?

FGL: Realmente, sí. Quedé satisfecho de la trama. Me costó mucho escribirla, pero no puedo negar que el instinto adquirido en mis años de juventud me sirvió de mucho. Traté de pensar solo en aquella época en que todo me parecía posible y creo que al final el trabajo me salió como esperaba.

HL: ¿Qué le parece el interés con que algunos blogs y sitios en Internet intentan recuperar y dignificar aquellos libros y, sobre todo, a sus autores? ¿Y el interés suscitado por una obra tan singular como Rancho Drácula que, le constará, ha despertado una especial expectación en diversos foros y blogs de Internet?

FGL: Me parece una curiosidad lógica y que aumenta mi respeto a los lectores. Siempre les he dedicado todo mi interés y seguiré haciéndolo mientras pueda.

HL: ¿Ha tenido oportunidad de leer o ver al menos El invierno del dibujante, cómic en el que aparece usted en los tiempos en que trabajaba para Bruguera? ¿Cómo es posible que una factoría de sueños como aquella fuese en su interior un infierno para los autores?

FGL: Sí lo he leído. Me parece una obra admirable y creo que refleja la realidad de Bruguera. En cuanto a la segunda parte de la pregunta, porque solo pensaban en el beneficio inmediato y actuaban generalmente con un egoísmo despiadado. Bruguera tenía una gran habilidad para los negocios pero nunca supo tratar a la gente. Por eso, con los años, fue perdiendo a sus mejores creadores, que normalmente veían sus sueños rotos.

HL: El best seller, tal y como parece entenderlo hoy día el mercado editorial, se presenta generalmente bajo la forma de libros voluminosos que captan fácilmente la atención del lector gracias a su estilo cuasi cinematográfico, ¿cree que ha llegado a ocupar el nicho vacío que dejó la novela popular de años atrás?

FGL: Es posible. En cualquier caso, lo difícil siempre es captar el interés de la gente. Si uno cree que domina los gustos del público y de las editoriales, tiene muchos números para equivocarse. Lo que yo intento es trabajar con dedicación y honradez, pero aun con eso no siempre se acierta.

HL: Volviendo a La dama y el recuerdo, su lenguaje me ha recordado al del Silver Kane de hace unas décadas pero sin la censura que se imponía aquella época. Es mucho más deslenguado, y me da la impresión de que la novela puede resultar a ojos del lector actual políticamente incorrecta en algunas ocasiones, aunque en ningún momento falta la ironía, ¿me equivoco?

FGL: No se equivoca. La censura hizo que el lector se acostumbrara a novelas en que cosas sencillas parecían verdaderos pecados. Por fortuna, los tiempos han cambiado y los lectores también. Aun así, si La Dama y el Recuerdo tiene algo de políticamente incorrecto, puedo decir que no lo he buscado intencionadamente, pero lamentaría que llamara la atención por eso. Solo quise hacer una trama que respondiera a la realidad de una época.

HL: Vázquez Montalbán, Eduardo Mendoza, Juan Marsé, usted mismo, ahora Zafón... Son muchos los autores que se han inspirado o tomado como escenario la Ciudad Condal para desarrollar sus novelas. ¿Qué tiene Barcelona para ser tan literaria?

FGL: Varias cosas fundamentales: es una ciudad abierta, inquieta, trabajadora y revolucionaria, donde en un principio todo el mundo encuentra su lugar. Si escribo sobre ella es porque creo conocerla bien. Hay un punto de pasión en cada página de mi obra, y siempre trato de que la ciudad aparezca tal como es y tal como ha sido a través de los tiempos, con personajes sacados de sus calles.

HL: El periodismo ha sido una parte importantísima de su vida. ¿Qué le preguntaría Silver Kane a González Ledesma? ¿Y qué le respondería González Ledesma a Silver Kane?

FGL: Le preguntaría si está satisfecho de su obra y FGL le contestaría que solo relativamente, porque en la vida siempre se está aprendiendo y el que cree que ha llegado a algo se equivoca.

HL: Muchas gracias por su tiempo y atención.


Me gustaría transmitir, desde este humilde blog mi más profundo respeto hacia la obra de Francisco González Ledesma, Silver Kane, así como resaltar la gran humanidad que transmite en su trato, además de agradecerle una vez más que accediese en su día a prestarse para esta entrevista y que haya cumplido con ella pese a lo azarosas que han resultado sus circunstancias personales en los últimos meses.

Una vez más, reciba todo el ánimo. Esperamos leerle pronto como síntoma de completa recuperación.

Nota: La fotografía del autor está tomada de su blog, aunque es recomendable visitar también su página web oficial.

miércoles, 11 de mayo de 2011

De ferias del libro, ondas hertzianas y otras hierbas

El pasado fin de semana, y pese a que el transporte público hizo de las suyas en un par de ocasiones, tanto Azote como yo pudimos visitar la Feria del Libro de Granada en el único fin de semana en el que coincidiríamos con su celebración este año. 

Siempre he sido más amigo de las ferias de libros antiguos y de ocasión porque, generalmente, uno suele encontrar desde verdaderas gangas a preciosidades que cuesta incluso abrir por miedo a estropearlas. Sin embargo, la Feria del Libro que en Granada suele celebrarse siempre a principios de la primavera invita a descubrir novedades, pequeñas joyas en forma de ediciones cuidadas y presentadas por editoriales prácticamente desconocidas y libros relacionados de un modo u otro con una ciudad de la que irremediablemente quedamos prendados.

Este año, al descubrimiento de un par de editoriales (la cordobesa El Olivo Azul, de quienes me enamoró su colección "Narrativas", y la granadina Traspiés, con su Vagamundos) y de una exquisita obra que vino conmigo (os hablaré de ella una próxima entrada) se sumó el placer de reencontrarme con una amiga a la que no veía desde años atrás. Aunque nunca perdimos el contacto fue necesario coincidir en aquella encrucijada para volver a vernos. Recordamos viejos tiempos frente al micrófono, cuando llevaba junto a un amigo una sección sobre medio ambiente en la radio local, y nos propusimos retomarlo de una u otra forma; ojalá lo hagamos realidad. Curiosamente, horas después me topaba con otro viejo amigo, con quien también hice radio en su día en un programa más "rockero-metalero" y junto a quien, además de otros amigos llegué a editar tres revistas culturales (fundando juntos una de ellas).

En aquel ínterin, Azote y yo aprovechamos para acudir a una charla-coloquio sobre la traducción de sagas nórdicas que, por desgracia, no resulto del todo de nuestro agrado. Si bien resultaba a todas luces evidente la competencia de los cuatro conferenciantes en sus labores de traducción, lo cierto es que el debate me pareció improvisado y centrado en recrearse en esos conocimientos. El culmen llegó cuando, indicando que la temática épica en la literatura nórdica había quedado obsoleta, planteándose entonces el uso de la novela negra como motor de denuncia social, algo que la diferencia de la de nuestras latitudes, decidí no seguir en aquella sala. ¿Dónde quedaban, entre otros, Vázquez Montalbán o González Ledesma? Indignado, decidí irme a las casetas a ver libros y he aquí que me encontré con una joya a un precio irrisorio y que, al abrirlo por una página, me lanzó esto a los ojos:
Aparecida en España con Pedrolo, Fuster y Vázquez Montalbán y conocida principalmente a través del cine negro y posteriormente de las traducciones de autores norteamericanos, la novela negra en nuestro país presenta como caracteres más notorios el retrato normalmente crítico y siempre realista de la sociedad española, la tematización del concepto moral de justicia y el planteamiento de las conexiones entre el delito y la estructura social.
[...]
Francisco GONZÁLEZ LEDESMA, abogado barcelonés y autor de libros sobre Derecho y periodista que ha trabajado en El Correo Catalán y luego de redactor jefe en La Vanguardia, después de su obra de juventud Sombras viejas que obtuvo el primer Premio Internacional de Novela instituido por J. Janés y estuvo prohibida durante mucho tiempo por la censura franquista, ha escrito varias novelas criminales que reflejan la vida de las diferentes clases sociales barcelonesas y muestran las imbricaciones entre delito y altas esferas, sobre todo a través de su principal personaje, el viejo, cansado y escéptico policía Méndez.
La crítica social es la base de El expediente Barcelona, finalista del premio Ciudad de Valencia 1983...
La novela criminal española, José R. Valles Calatrava. Universidad de Granada.
Los hados me hablaban (desde la frías y remotas regiones del norte de Europa, imagino). El ensayo de Valles Calatrava venía a corroborar precisamente la importancia del factor social en la novela negra española.

Por lo demás, disfruté a lo grande viendo libros y descubriendo (atención si os interesa y pasáis por Granada) que la enciclopedia Fauna Ibérica de Félix Rodríguez de la Fuente está completa disponible a 20 €, igual que la 22ª edición del DRAE.

¡Feliz lectura!

domingo, 2 de enero de 2011

La dama y el recuerdo (II)

Si dijera que La dama y el recuerdo es la última novela de Francisco González Ledesma estaría mintiendo y diciendo la verdad con mi aseveración. Esta curiosa paradoja, que parece sacada de uno de los libros de Smullyan, no es tal. González Ledesma, conocido y apreciado autor de origen barcelonés, cuyas obras de novela negra poseen un fuerte trasfondo social, ha ganado numerosos premios literarios a lo largo de su extensa trayectoria. Durante unas décadas se vio obligado a escribir novela popular para ganarse la vida tras ser su primera obra (Sombras viejas) censurada por el franquismo después de ganar el Premio Internacional de Novela. Una vez terminada la carrera de abogacía, pasó a dedicarse al periodismo (simultaneándolo siempre con la escritura de bolsilibros); entonces pudo volver a publicar con su verdadero nombre, ya que la política editorial de la época respecto a las novelas populares obligaba al autor a firmar con seudónimo. Uno de los más conocidos de González Ledesma fue Silver Kane, detrás del cual publicaría centenares de novelas de espionaje y, sobre todo, del oeste, y que ha vuelto a recuperar para esta nueva novela.


La dama y el recuerdo es una novela del oeste, un western en toda regla, de ciudades con saloon repleto de girls, por cuyas calles guardadas por el sheriff transitan cowboys y gunmen, con su barbero-matasanos o médico borrachuzo y el pertinente sepulturero, posiblemente el ciudadano con más trabajo del lugar. También, al tratarse de un regreso a aquella época, resulta machista, maniquea y, eso sí, algo más explicita en sus descripciones que aquellos bolsilibros que pasaban por el filtro de la censura. Al lector actual, como decía ayer, pueden chocarle algunos aspectos de la novela dado que está escrita en 2010 y no en 1950, por ejemplo, pero González Ledesma no recupera el seudónimo en balde: escribe como lo hubiera hecho su álter ego en aquél entonces, con la misma socarronería y desparpajo, con la chulería del que puede hacerlo porque se sabe capaz.
Aquella mañana ocurrieron en Jackson, Kansas, cuatro cosas juntas que no habían ocurrido nunca: se pararon a la vez cien relojes de cuerda, llegó un jefe indio que quería comprar la paz para su pueblo, un pistolero llenó un saloon no de clientes, sino de muertos, y un hombre perfectamente vestido quiso comprar un cementerio.
Nunca antes había estado en venta el cementerio de Jackson.
La acción comienza con la llegada del pistolero Taylor a la ciudad de Jackson, en Kansas, y el atraco al banco de la ciudad por parte de unos forajidos. Taylor, que se encuentra en Jackson para ajustar cuentas a Ford, el cacique local que aprovecha su situación de poder para negociar con los indios la cesión de sus tierras para permitir el paso del ferrocarril, se ve obligado a pararles los pies a los atracadores cuando intentan sobrepasarse con una de las chicas del saloon. Porque Taylor será un peligroso pistolero pero no soporta que maltraten a una mujer ante él.

La traición de Ford al más respetado de los jefes indios de la comarca hará que Taylor tome cartas en el asunto y se gane la enemistad del político, que mandará en su búsqueda a Lancaster, posiblemente el gunman más sangriento e implacable de todo Kansas.

Entretanto, conoceremos a Ketty River, toda una dama, propietaria de unas tierras en Jackson y que intenta permanecer todo lo alejada que le es posible de la población. Cuando visita la ciudad le acompaña siempre un fiel sirviente ciego, y en ella Silver Kane (que en esta novela es además del autor un personaje, director del periódico local y propietario del cementerio) es su mayor amigo y confidente.
Otra vez el silencio se hizo espeso, otra vez al sicario se le quedó la saliva empantanada en la boca.
- ¿Y qué haces aquí?... -farfulló.
- Estaba dando una vuelta. A lo mejor me interesa comprar la casa.
- Éstos son los terrenos privados de Michael Ford, el jefe... ¿Cómo has podido entrar? Hay al menos un centinela en la puerta.
- Sí, ya le he visto.
- ¿Y?
- He acabado con él.
- No puede ser... No he oído ningún disparo...
- No hacía falta. Tengo un cuchillo que afeita en seco.
Entonces fue cuando el otro vio bien el Bowie, entonces fue cuando sintió algo parecido a una caricia metálica en la garganta.
No revelaré más de una trama que dará más vueltas que una moneda de dólar arrojada al aire y tiroteada por Lancaster. Tan solo que la escritura resulta efectiva, repleta de diálogos y frases cortas que vuelan como balas en un fuego cruzado, que posiblemente quedéis atrapados por el libro como si las espuelas se os hubieran trabado en los estribos de vuestro caballo y que es redonda y perfecta en el sencillo mecanismo que se ha impuesto González Ledesma, que se planteó el reto de si sabría escribir como en su juventud, guiado únicamente por el instinto. Y vaya si ha sabido hacerlo.

¡Larga vida a Silver Kane!

sábado, 1 de enero de 2011

La dama y el recuerdo (I)

Ocurría en el siglo pasado, pero de aquel entonces solo nos separan unas pocas décadas. España intentaba recuperarse de una sangrienta guerra civil y una posguerra no menos dolorosa. La gente lo pasaba mal y, encontrándose inmersa en un ambiente opresivo buscaba evadirse de él. Ni más ni menos que como había ocurrido tiempo atrás en países como EEUU, tras salir del batacazo de una crisis prima hermana de la que ahora sufrimos a golpe de venta de acero y armamento para otra guerra, en este caso apodada como mundial. En el territorio donde ondeaban las barras y las estrellas medraron la literatura pulp y, mediado ya el siglo XX, la industria cinematográfica. En el caso de esta última, las películas bélicas, de espías (que alcanzarían su punto álgido con el levantamiento del telón de acero) y de “indios y vaqueros” cobrarían una especial relevancia. Incluso la ciencia ficción y el terror vieron entonces una época gloriosa, como nos recuerdan películas como las protagonizadas por el Dr. Quatermass y otras que saldrían de la Hammer, en este caso una productora inglesa.

Mientras tanto, en España la televisión no se había convertido aún en objeto de consumo cotidiano y en las casas la gente se evadía escuchando seriales de radio o leyendo esas novelitas impresas en papel de baja calidad que, firmadas por autores presuntamente norteamericanos, presentaban un mundo terrible, lleno de peligro y aventuras lejos de la “perfecta” sociedad española. Pero eran divertidas, estaban escritas de forma simple (muy simple, pero efectiva) y permitían vislumbrar situaciones inimaginables en nuestro país. Ante la falta de competencia en cuanto a lo que entretenimiento se refiere, la lectura se popularizó entre ciudadanos de toda clase y condición y los bolsilibros, estas novelas populares, marcaron época.


Si un lector actual se acerca a los bolsilibros, haya leído o no alguno de ellos con anterioridad, descubrirá –o recordará, según sea el caso- varias cosas. Que eran breves (bajo el imperativo de la escasez de papel en un país en reconstrucción), estaban escritas con mucha simplicidad y el final siempre es feliz. Bajo esas premisas, impuestas mano a mano por las editoriales y una censura más preocupada de alargar faldas y acortar escotes que de limitar la violencia, encontramos títulos tan sugerentes como Se matan mujeres por poco precio, Una ciudad para el diablo o Un cadáver asesino. Historias donde el varón protagonista era siempre un joven aguerrido, con ideales y preocupado por la chica que, sensual y tímida, quedaba relegada a un segundo plano. Todo contacto físico o posible relación quedaban cercenados por la soltería de ambos. Hasta que no contraían matrimonio, generalmente en las últimas páginas de la novela, ni un beso era posible entrambos.

Con todo lo anterior, resulta evidente que los bolsilibros tienen un elevado interés desde un punto de vista de análisis sociológico de una época caracterizada por una situación política y económica muy particular y uno más relativo desde el punto de vista literario, aunque esta paraliteratura es un verdadero filón en cuanto a lo que tramas ágiles y con capacidad de atrapar al lector se refiere, sin mencionar una riqueza léxica sin parangón en lo que se refiere a los actuales bestsellers (que no son más que otra manifestación de literatura popular, eso sí, más globalizada y sin tantas limitaciones como aquella).

¿Sería posible hoy día encontrarse con una novela del tipo que nos ocupa en el mercado editorial? No hablo de los puestos de rastros y en librerías de viejo, donde aún existen transacciones de compra e intercambio de bolsilibros, sino de un libro con la tinta fresca, cargado de malos con mucha mala leche y buenos con ideales, donde los gunmen desenfundan a una velocidad pasmosa y la vida no vale lo que un whisky en el saloon. Donde el sheriff es la máxima autoridad aunque no siempre esté al servicio del ciudadano y el mayor amigo de un vaquero sea su caballo. Un libro que sería cualquier cosa menos políticamente correcto (hoy día, claro) y se leyese hasta dejarnos sin aliento, con las ganas, al terminar cada capítulo, de seguir con él. ¿Existe ese libro? ¿Está en nuestras librerías y bibliotecas? Sí, existe. Su nombre es La dama y el recuerdo.

Continuará...