martes, 19 de julio de 2011

Diario de un naturalista distraído

Tierra nuestra, vida nuestra se ha introducido subrepticiamente en mis lecturas veraniegas viniendo a ocupar mi tiempo de ocio durante el pasado fin de semana. Hacía tiempo que deseaba leerlo, así que cuando lo vi a precio de saldo en una librería cuya web suelo visitar con frecuencia decidí hacerme con él, no solo por el precio sino porque una vez dentro de la categoría de «descatalogados» resulta cuestión de tiempo que sea difícil, por no decir imposible, conseguir un libro. Están ahí, como algunas veces hemos mencionado, los libros en peligro de extinción, los que habrá que buscar en bibliotecas públicas para, con suerte, llegar a encontrarlos. El caso es que no me ha dado tiempo a preparar una entrada IMM y el libro que abrí apenas para echar un ojo al prólogo, ya que tenía pensado leerlo en un par de meses, me atrapó por completo.

Luis Miguel Domínguez, Luismi para los amigos –y creo poder llamarle así porque compartimos pasión y devoción por una naturaleza cada vez más castigada pero siempre maravillosa–, hace gala en esta, su particular autobiografía plagada de anécdotas y humor, de una sencillez y claridad expositivas apabullantes. Escribe tal y como habla, por lo que devorando páginas le he escuchado narrar sus aventuras y desventuras naturalistas con esa voz cálida y rotunda que le caracteriza. Este naturalista distraído, como él mismo se define, podrá serlo a ojos de sus semejantes, esos que levantan la ceja al verle buscar grillos en la Puerta del Sol o pasar la tarde charlando con algún anciano en un pueblecito perdido de nuestra geografía, pero nunca es ajeno al paisaje y paisanaje que pasa ante los suyos, como demuestran las páginas repletas de anécdotas y observaciones de Tierra nuestra, vida nuestra.

Piensa en negro sobre blanco y comparte con nosotros recuerdos de infancia, de aquella en la que –como a tantos de nosotros– nos picó el bicho de la observación de la naturaleza, de la conservación del patrimonio natural, del respeto hacia los mayores y las costumbres que antaño hacían al hombre más humano y más cercano a lo que le rodeaban. No todas eran de tal guisa, por supuesto, pero desgraciadamente muchas de ellas perviven entre nosotros, como el malhadado azote del furtivismo. En otros aspectos hemos crecido, y buena parte del respeto y la comprensión del mundo natural vino de la mano de Félix Rodríguez de la Fuente, a quien Luismi respeta y admira y del que, con cariño, habla siempre que tiene oportunidad.


Posiblemente sea, de cuantos divulgadores cuenta nuestro país a día de hoy, el que mejor ha sabido coger el relevo al burgalés universal. Luis Miguel Domínguez habla con vehemencia, abstrae a su auditorio del entorno y, como los mejores narradores de historias de la prehistoria, nos reúne en torno a una imaginaria fogata para descubrirnos lo que tantos ojos no saben ver. Sus palabras rezuman sabiduría, denotan pasión por su profesión y suponen un más que necesario impulso para las vocaciones que encuentran, hoy día, un alto muro que saltar: hay que comer, y en esta tierra la investigación y las letras puras, mucho me temo, no se valoran como es debido.

Este año he tenido la oportunidad de escuchar a Luismi en tres ocasiones. La primera, hace unos meses, durante un homenaje a Félix Rodríguez de la Fuente que se llevó a cabo en un pueblo de Granada, clausurando un año repleto de recuerdos al padre moral de tantos de nosotros y biológico de Odile, la hija de este que le acompañaba en el acto. La segunda fue un mes después, en las jornadas zoológicas de otro pueblo, esta vez malagueño, donde presentó su último trabajo cinematográfico sobre las especies invasoras, un documental que recomiendo vivamente: "Invasores". La tercera y última, hasta el momento, ha sido leyendo su libro, escuchándole de nuevo, disfrutando de cada salida al campo y de cada rapaz avistada, de los viajes estivales al pueblo de su madre y los chapuzones en una clara poza del río. De esta Tierra nuestra que nos parió, que tanto nos quiere y a quien, errare humanum est, tantos disgustos damos cada día.

Nota: La fotografía de Luismi la he tomado prestada de esta web.

8 comentarios :

@scen dijo...

Da gusto escuchar (o leer) a aquellos que sienten o piensan como nosotros. Ya sé que eso es lo fácil pero ¡Es tan gratificante!.
Espero que lo disfrutes o lo hayas disfrutado ya.
Un beso veraniego.

Homo libris dijo...

El Guisante Verde Project dijo...

Muy buenas!
Pues aunque haya sido con premeditación y alevosía, me parece una lectura muy propia para el verano.
Probablemente si libros así, en lugar de pasar a la categoría de "en peligro de extinción" se divulgaran en las escuelas tendríamos mayor conciencia de que en la Tierra estamos como invitados, y la trataríamos mejor.

Un abrazo!

Roberto

Sally dijo...

Pues enhorabuena porque tú también eres capaz de transmitir esa pasión por la naturaleza y de despertarnos el gusanillo de leer el libro.
Un saludo

Theli dijo...

Cierto, hay que fomentar una nueva educación y respetar de una vez, esta nuestra tierra.

Homo libris dijo...

@scen, la verdad es que he disfrutado del libro como un niño. Siempre es grato encontrarnos con quienes compartimos aficiones, modos de pensar... Este libro de un naturalista tan excelente como es Luis Miguel Domínguez lo he vivido como las de Tito Narosky de las que hablase (¡cómo pasa el tiempo!) hace un par de años.

De cualquier modo, me encanta también leer y debatir con quienes no piensan como yo. Es, si cabe, aún más enriquecedor y tremendamente divertido. :)

Besos.

Homo libris dijo...

Roberto, me tomé la licencia de mover tu comentario de la entrada duplicada a esta (¡gracias, por otro lado, por avisarme vía Twitter!).

Lo cierto es que libros así despiertan el espíritu naturalista, investigador que, creo, llevamos todos dentro. El ser humano es curioso por naturaleza, pero ha de encontrar los estímulos adecuados, y la niñez es el periodo ideal para animarlos.

Un abrazo grande.

Homo libris dijo...

Sally, muchas gracias por tus palabras. No sé si transmitiré la pasión como Luismi, pero sí que os aseguro que así la siento, jejeje. Si al menos despierto la curiosidad por descubrir estos libros o por salir al campo y disfrutar de la naturaleza que nos queda me daré por satisfecho.

Abrazos.

Homo libris dijo...

Theli, esa es la base de todo: la educación. Sin educación, sin conocer algo, no es posible amarlo ni desear protegerlo. Más nos vale educar adecuadamente a las nuevas generaciones o tendremos la batalla perdida antes de comenzar.

Gracias por pasar por aquí, y bienvenida al blog. ;)

Un besote.