La primera vez que oí hablar sobre ella estaba, si mal no recuerdo, en 7º de la extinta -desde hace ya tanto- EGB. Tendría, a la sazón, 12 años de edad y un buen día un nuevo compañero, llegado ese mismo comienzo de curso de Cataluña, me comentó que había leído algunas novelas suyas y resultaban de lo más amenas. Me hablaba de Agatha Christie y a mí, seguidor empedernido de Holmes, Dupin y otros insignes detectives, me despertó la curiosidad hasta el punto de empezar a leer sus obras y descubrir que el personaje de Poirot me encantaba (junto a su inseparable Hastings) aunque, la verdad sea dicha, siempre fui más seguidor de Miss Marple.
Hace precisamente unos días recordaba, por una casualidad, algunas obras de Christie y los buenos y lejanos tiempos de los años 80 con esa Miss Marple a la americana que era Jessica Fletcher, encarnada por una siempre adorable Angela Lansbury en la serie de televisión “Se ha escrito un crimen”. Así que anoche, justo cuando el reloj pasaba las doce, al disponerme a enviar por Internet un trabajo (
y quedar "libre", por fin) me encontré con el buscador de Google vestido de gala para celebrar hoy el 120 aniversario del nacimiento de la autora inglesa, cuyos libros han sido durante lustros los más leídos después de la Biblia y de la obra de Shakespeare -al menos según aseguran algunos medios- y decidí que hoy, tal como tenía pensado, volvería a subir el telón de
Homo libris pero con ella como protagonista.
Agatha Christie nació en Torquay, al sur de Inglaterra, el 15 de septiembre de 1890, y sus novelas y cuentos de intriga son sinónimos de diversión, de entretenimiento y misterio. Durante unos años, a lo largo de esa adolescencia cuasi eterna y, a un tiempo, inexplicablemente fugaz, devoré literalmente un libro suyo tras otro (casi todos en la querida edición de bolsillo de la editorial Molino), y la verdad es que recuerdos como el del crucero por el Nilo, disfrutando de la muerte bajo el sol o las vistas aparentemente tranquilas de la campiña inglesa a través de las ventanas de un tren resultan sencillamente maravillosos, por no hablar del gélido soplo del viento entre los vagones del Orient Express.
Una de sus obras más conocidas, representada durante décadas en los teatros londinenses, me gustó especialmente, La ratonera (Tres ratones ciegos), pero en realidad muchos de sus libros resultan inolvidables: Telón, la obra de despedida de Poirot, pero no la última escrita por la autora, con la que Agatha Christie pretendía evitar la molesta supervivencia del personaje a su padre intelectual (como ocurriese con el Holmes de Conan Doyle); Diez negritos, un verdadero clásico donde la claustrofobia por el encierro en la isla junto al asesino se manifiesta con una fuerza inusitada o El asesinato de Roger Ackroyd, de la que podría afirmar que es mi novela favorita y la mejor de la autora si no fuese porque, a poco que lo piense, me vienen a la mente más y más títulos para competir por el primer puesto.
Novelas de lectura ligera, qué duda cabe, pero que vinieron a marcar una forma de escribir novela policíaca y nos dejaron a dos de los detectives más universales del género, además de algunos otros menos recordados, como el matrimonio Beresford.
Desde hace tiempo tengo, perdido en la estantería, el primer caso de Poirot dispuesto para su relectura, ahora en inglés. Tal vez haya llegado el momento. The Mysterious Affair at Styles me espera...
¡Feliz misterio!