Hace unos meses, leyendo un comentario de Fulgida a tenor de una entrada en la que hacían acto de presencia los queridos bolsilibros, se me ocurría el tema para otra que se ha ido demorando en el tiempo hasta el día de hoy.
Últimamente me ocurre bastante, y es algo a lo que quiero poner remedio, que se me acumulan las entradas, se retrasan, otras se anteponen a aquellas y, al final, terminan por quedar olvidadas en su propia lista particular de “pendientes de escribir”. No soy el único al que le ocurre pero no por ello me consuelo al notar que el blog pierde algo de su fuelle inicial, tal vez por encontrarme escindido entre varios amores. En ocasiones he pensado unirlos en uno solo, máxime cuando las temáticas entrambos se acercan tanto como ocurre de cuando en cuando, pero no sé si sería diversificar demasiado y contribuir a aburrir al lector. En otras, prefiero tenerlos separados, aunque ocurran estas injerencias entre ellos, casi inevitables si tenemos en cuenta la común autoría de ambos. Toda esta digresión, que sería extrapolable a mis otros blogs, no tiene otro fin que recalcar que echo de menos poder dedicar más tiempo al blog y que espero, aunque sea imponiéndome una férrea rutina, poder hacerlo en breve.
Volviendo al tema que nos ocupaba, que no era otro que la entrada que me vino a la mente el verano pasado al encontrarme con el comentario de Fulgida, quería hablar hoy sobre la banda sonora de nuestras lecturas. Este pensamiento me asaltó cuando leí que “Yo soy una amante de la paraliteratura, como tú bien sabes y creo que La saga de los Aznar es una joya. Hay que leerla con ambiente de siesta y grillos de fondo y no perder de vista lo que es, claro: entretenimiento puro.” Cada cual lee como puede o buenamente le dejan hacerlo, y la verdad es que aunque en múltiples ocasiones gusto de leer en completo silencio, en otras permito que la música acompañe el devenir de las palabras. Hay músicas que me parecen de lo más adecuadas para un determinado texto y otras que, sin buscarlo, quedan vinculadas por siempre al mismo. Otras meramente ocultan el ruido de fondo o imprimen su ritmo a la lectura y me acompañan simplemente porque no concibo la vida sin música. Casi tan poco como sin los libros.
Así, con la estridulación de los grillos y el canto de las cigarras mediante, recordé otras músicas que acompañaron a lo largo del tiempo mis lecturas y pensé en escribir sobre ello. Una entrada como esta ha de ser forzosamente personal. Cada cual tiene sus gustos musicales y sus preferencias lectoras y con estas palabras mías simplemente busco hacer vuestra mi experiencia a este respecto y permitirme vislumbrar, sí así gustáis, la vuestra. Empecemos pues un recorrido autoimpuestamente por la banda sonora de mis lecturas.
Uno de los recuerdos que guardo de mi época de última niñez y adolescencia es el de leer junto a un transistor de radio AM en el que sintonizaba algunos programas de los que se emitían en esas frecuencias, ya escasos en su día y, años más tarde, con mi primer “walkman” clónico, leer infinidad de libros sintonizando Radio Clásica. Durante la lectura de La isla misteriosa, de Julio Verne (su obra más querida para mí), repetí tantas veces la escucha de cintas con música de Mozart, Vivaldi o Bach, por no hablar de Verdi, cuyos “Va pensiero”, de Nabucco, o Il Trovatore durante años, cada vez que los escuchaba, despertaron el recuerdo de las aventuras del ingeniero Ciro Smith (en la traducción editada por Molino, posteriormente siempre le encontraría como Cyrus) y sus compañeros en una isla que -arriesgaré, sin más conocimiento de causa que lo oído sobre ella- nada tiene que envidiar a la de la archiconocida serie “Lost” en lo tocante a los misterios que albergaba.
Años después, leyendo la saga de Tad Williams, Añoranzas y pesares, era la música de Metallica en su disco “…And justice for all” la que terminé por vincular a la serie de novelas de fantasía del autor. Las andanzas de Simon, el marmitón, junto a Binabik y su loba Qantaqa fueron amenizadas por los imparables riffs de guitarra del señor Hammett en multitud de ocasiones.
No siempre la música que he escuchado ha estado tan desligada del libro elegido. Así, en alguna relectura de El nombre de la rosa han sido cantos gregorianos los elegidos como fondo musical, y ante otras obras he optado por música acorde a la ambientación del libro: Paradise Lost, My Dying Bride o Moonspell han sido compañeros de Lovecraft o Poe, Theatre of Tragedy, Mediaeval Baebes o Nightwish de infinidad de gestas épicas como Canción de Hielo y Fuego. Respecto a esta última saga tengo una canción que ha quedado vinculada a ella irremediablemente. “My fragile Winter dream”, de Dark Princess, me recuerda a Invernalia y el Muro de Hielo siempre que la escucho.
Para otros autores, con Murakami o Paul Auster, guardo momentos jazzísticos memorables, y no es rara la ocasión en que tras leer en alguna de sus obras una referencia a cierta canción o artista hago lo posible por encontrar la obra y escucharla. En particular con Tokio Blues recuperé en varias ocasiones la melancólica “Norwegian Wood” de The Beatles.
La lista es tan innumerable como personal y es por eso que no quiero aburriros con una relación de títulos. Sin embargo, sí que me gustaría saber si tenéis alguna banda sonora de vuestras lecturas, si alguna música os recuerda a un personaje o alguna historia. Si, cuando releéis un libro determinado resuena en vuestro cerebro la música que acompañó alguna de sus lecturas previas. Si música y literatura se funden como dos artes compatibles que resultan mutuamente enriquecidas.
Feliz fin de semana.










