viernes, 25 de marzo de 2011

Día de leer a Tolkien


Hace ya tiempo, Chesterton comentó, y con toda la razón, que en cuanto oía decir de una cosa que era «definitiva» tenía la seguridad de que al poco tiempo sería sustituida y considerada conmiserativamente como obsoleta y periclitada. He aquí un anuncio: «El avance de la Ciencia, su ritmo, acelerado por los imperativos de la guerra, es inexorable... convierte en caducas algunas cosas y presagia nuevos avances en el uso de la electricidad». Dice lo mismo, sólo que de forma más amenazadora. Se puede, naturalmente, no tener en cuenta una farola por ser insignificante y perecedera. Los cuentos de hadas, en cualquier caso, tienen cosas mucho más permanentes e importantes de las que ocuparse. El relámpago, por ejemplo. El evasor no está tan sujeto a los caprichos de una moda pasajera corno sus oponentes. No convierte las cosas (que con cierta lógica pueden ser tenidas por malas) en amos o dioses a los que adorar por inevitables, o incluso por «inexorables». Y sus oponentes, tan dados al menosprecio, no están seguros de que vaya a detenerse ahí: podría enardecer a la gente para que derribase las farolas. La Evasión tiene otra cara, más maligna aún: la Reacción.

Aunque parezca increíble, no hace mucho tiempo que le oí comentar a un médico interno de Oxford que a él le «satisfacía» la proximidad de las fábricas de producción en serie y el estruendo del tráfico rodado en continuo embotellamiento porque ponía a la Universidad «en contacto con la vida real». Quizá quería indicar que el modo en que el hombre del siglo xx vive y trabaja aumenta en brutalidad a pasos alarmantes, y que la ruidosa prueba de ello en las calles de Oxford ha de servir de aviso de la imposibilidad de conservar durante mucho tiempo con unas simples vallas y sin una auténtica reacción ofensiva (práctica e intelectual) un oasis de cordura en un desierto de irracionalidad. Pero mucho me temo que no se refería a esto. En cualquier caso, la expresión «vida real» parece quedar en este contexto bastante lejos de sus usos académicos. Es sorprendente la idea de que los coches están más «vivos» que, digamos, los centauros o los dragones; que sean más «reales», pongamos por caso, que los caballos es algo patéticamente absurdo. ¡Qué real, qué sorprendentemente viva es la chimenea de una fábrica comparada con un olmo, ese pobre objeto caduco, sueño banal de un visionario!

A mí en particular me resulta inconcebible que el techo de la estación de Betchley sea más «real» que las nubes. Y como artefacto, lo encuentro menos inspirador que la legendaria cúpula del firmamento. La pasarela que lleva al andén 4 despierta en mí menos interés que Bifröst ['arco iris'] guardado por Heimdall con su Gjallarhorn. No puedo apartar de lo que aún queda de indómito en mi corazón el interrogante de si los ingenieros del ferrocarril, de haber sido educados con un poco más de fantasía, no habrían sido capaces de mejores logros con los abundantes medios que por lo general poseen. Imagino que los cuentos de hadas serían mejores humanistas que el universitario a que antes he aludido.

[...]

«La crudeza y el horror de la vida en la Europa moderna esa vida real cuyo hálito habríamos de recibir con regocijo es prueba de inferioridad biológica, de insuficiente o falsa reacción al medio ambiente.» El castillo más disparatado que haya podido salir nunca del talego de un gigante en una disparatada narración celta es mucho menos horroroso que una fábrica automatizada; y no sólo eso: es también, «en su sentido más real» (por usar una expresión muy actual), muchísimo más real. ¿Por qué no habríamos de condenar o escapar de la torva e hierática extravagancia de los sombreros de copa o del morlockiano horror de las fábricas? Los condenan incluso los autores del género que mayor evasión supone en la literatura: la ciencia ficción. Estos profetas a menudo vaticinan (y otros muchos parecen anhelarlo) un mundo semejante a una estación de ferrocarril, toda techada de cristal. Pero, por lo general, es bastante difícil colegir de sus palabras qué harán las personas en ese mundo ciudad. Puede que cambien la «entera guardarropía victoriana» por prendas flojas y con cremallera, pero utilizarán esa libertad, así parece, para jugar con trastos mecánicos al monótono juego de ir y venir a gran velocidad. A juzgar por algunas de tales obras, seguirán siendo tan ambiciosos, codiciosos y vengativos como siempre; y los ideales de sus idealistas rara vez llegan más allá de la gloriosa intención de levantar más ciudades de idénticas características en otros planetas. Es ésta, en verdad, una época en que «se mejoran los medios para malograr los, fines». Una causa de la más grave enfermedad de estos días que engendra el deseo de escapar no de la vida, pero sí de los tiempos actuales y de la miseria que ellos engendran es que tenemos conciencia cierta tanto de la fealdad de nuestras obras como de su maldad. De forma que maldad y fealdad se nos muestran ligadas de manera indisoluble. Se nos hace difícil concebir la unión de maldad y belleza. El miedo a una maga hermosa, tan extendido en épocas pretéritas, casi escapa a nuestra comprensión. Peor aún: se despoja a la bondad de su propia belleza. En Fantasía se puede concebir, sí, que un ogro posea un castillo tan estremecedor como una pesadilla (puesto que la maldad del ogro así lo requiere), pero no se puede aceptar que un edificio construido con un buen fin una posada, una venta, el salón de un rey noble y virtuoso sea también repelente hasta la náusea. En nuestros días sería temerario encontrar uno que no lo fuese, a no ser que haya sido edificado en épocas pasadas.

J.R.R. Tolkien,  Sobre los Cuentos de Hadas.
¡Feliz lectura tolkiendili y Feliz Año Nuevo Gondoriano!

8 comentarios :

La Belle Dame Sans Merci dijo...

Gracias por este fragmento, Homo Libris. Precisamente ayer comentamos este tema en la mesa redonda de la universidad: la ecología en Tolkien, su horror ante el progreso mecánico, su relación con William Morris... Feliz Día Tolkien. :)

Josélez dijo...

Muy chula la entrada, tolkiniano. Disfruto con la prosa del creador de un Universo tan particular y tan universal a la vez.
Saludos

Angie dijo...

¿Sabes que están grabando " EL hobbit" no?Pues éso, pronto a leerme el Hobbit para tocar las narices a mis amigas cuando vayamos al cine a verla...y a Orlando Bloom tan rubio...ay ay ay...Legolas...

Último Íbero dijo...

El El Hobbit no sale Legolas, me temo. Aunque en las películas me da la sensación de que nos lo van a meter tipo supositorio. En fin...

La evasión y la deserción, que manera de ilustrar tan compleja, tan ceñida a la realidad y tan precisa. Se nota que Tolkien, era en verdad un gran Filólogo y un majestuoso novelista (aunque un sector importante de la crítica persista en descalificarle por salirse de los cánones de su época).

MJGF dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
MJGF dijo...

¡Qué hermoso regalo! Muchísimas gracias. He disfrutado mucho leyéndolo.
Cuánta razón tenía este hombre, se saliera de los cánones o no.
He pasado el día Tolkien en Alemania, en Passau, entre el Danubio, el Eno y el Ilz.
F.
P.D.: LBDSM, qué envidia lo de esa mesa redonda; suena muy muy interesante.

Eva MMM dijo...

Me confieso "no lectora de Tolkien" pero bueno, mi marido, en este caso ya lee por los dos.

Homo libris dijo...

Alienor, la ecología en la obra de Tolkien es un tema apasionante. En su día también lo tratamos en la Lista Tolkien y creo que es vital para comprender la visión que nos ofrece de la Tierra Media. Algún día tendremos que debatir sobre ello, ¿verdad?

Josélez, me alegra que te haya gustado la entrada. Dudaba sobre si traer uno de sus poemas, algún fragmento más lírico de su obra narrativa o, incluso, más humorístico. Pero pensándolo mejor, y dándole a la entrada un toque algo más trotalomesco, me decanté por un ensayo.

Angie, sí, sí que sabía que se ha retomado la grabación de la película “El Hobbit”. Seguro que disfrutas tremendamente con su lectura. En cuanto al filme, coincido con El Último Íbero: mucho me temo que habrá que conformarse con Bardo en lo tocante a chicos guapos, sin ofender a Gandalf o a Elrond, por supuesto.

Último Íbero, Tolkien es, desgraciadamente, víctima de su éxito. Los críticos y la “adulta gente seria” le han tenido durante demasiado tiempo por un escritor de cuentecillos y fábulas. Las películas le dieron a conocer a mucha más gente pero me temo que para muchos es otra J. K. Rowling. El Tolkien filólogo, profesor, meticuloso, amante de la poesía, la mitología y la literatura es, probable e injustamente, menos valorado.

¡Fulgida, qué buen lugar para disfrutar del Día Tolkien! ¿Qué tal todo por allí? Espero que genial… ya sabía de vuestro viaje, y seguro que ha salido todo a pedir de boca. Del “regalo” habría que dar las gracias a Tolkien, por supuesto, y a vosotros por pasar a compartirlo. ;)

Eva, no dejes únicamente para tu marido ese placer, jejeje. Gustándote los libros que te gustan, creo que Tolkien no sería una mala elección.

¡Muchos besos y abrazos!