martes, 12 de mayo de 2009

La Espada Rota, de Poul Anderson


Es de común conocimiento que estar en el lugar y momento adecuados es una habilidad que, en ocasiones, puede arrojar pingües beneficios a aquellos que hacen gala de la misma. Sin embargo, también puede suponer, de no poseerla, que seamos arrojados al más profundo y oscuro de los olvidos. Aunque el abismo en que se sume La Espada Rota no es realmente tan tenebroso, lo cierto es que ser publicado en 1954, justo el mismo año en que apareció La Comunidad del Anillo, puede suponer un flaco favor para un libro de fantasía. Y es que, si bien la novela del norteamericano Poul Anderson no pasó desapercibida, siendo de hecho citada frecuentemente como un clásico de la fantasía moderna, quedó durante bastante tiempo eclipsada por la obra de J.R.R. Tolkien.

Casualmente, han querido los hados que me encontrase leyendo este libro de Anderson justo cuando ha surgido la noticia del lanzamiento, en inglés, de un nuevo escrito de Tolkien. Esta vez su hijo Christopher ha escarbado un poco entre los papeles del querido profesor para encontrar (loados sean Ilúvatar y sus Ainur) el manuscrito que han dado en publicar bajo el título de The legend of Sigurd & Gudrún. Una obra que poco tiene que ver con las más conocidas del autor, salvo quizás la importante influencia que la mitología nórdica ejerció sobre cosmogonía de Arda, la Tierra Media (de middangeard midgard). Y digo que resulta casual, porque precisamente fue esta mitología la que inspiró la obra de Poul Anderson, quedando reflejada en La Espada Rota de una forma mucho más cercana a las fuentes que en los libros de Tolkien, y también porque esta coincidencia ha sido la que me ha motivado a escribir algo sobre este libro.

La Espada Rota bebe directamente de los Edda, de Snorri Sturluson, de la mitología nórdica con sus crueles dioses y no menos violentos humanos. Anderson nos plantea el reto de sumarnos a la vida azarosa y aventurera de los habitantes de Europa, de ser observados por los del mundo mágico de Faerie, donde los reinos de Alfheim y Trollsheim entablan continuas batallas, meros peones de los designios divinos de Ases y Gigantes. Gracias a su buen hacer literario, Poul Anderson consigue recrear en nosotros la sensación de estar contemplando la apoteósica y sempiterna batalla entre el bien y el mal; de encontrarnos ante una leyenda inmortal o frente a un cuento mitológico de sabor popular.

El argumento de la novela es simple y efectivo: Imric, el Conde Elfo de Inglaterra sustituye a un niño humano por otro, de idéntica apariencia, mestizo de troll y elfo. Aquél recibirá por nombre Skafloc, y será criado por los elfos, en tanto su mellizo, Valgard, desarrolla su despiadado carácter junto a los hombres. Pasado el tiempo, Valgard es acusado de parricidio, y huye hacia Faerie donde será acogido por los trolls. Llegando a la época adulta, la guerra entre elfos y trolls se verá desatada, y Skafloc y Valgard tendrán un papel preponderante en la lucha, en tanto que la espada rota que los Ases regalasen a Skafloc, y a la que todos los seres mágicos temen por la maldición que alberga, constituirá un elemento determinante en el desenlace de la historia.

Sin duda, por su marcado carácter tradicional y por plasmar como pocas unos seres que, de tan humanizados, resultan visiblemente creíbles, La Espada Rota es un título a tener en cuenta a la hora de comprender la influencia de la mitología nórdica sobre las sagas fantásticas, y resulta una obra imprescindible para los aficionados a este género.

miércoles, 6 de mayo de 2009

La dama de Shalott

De pocas obras puedo afirmar que me gustan tanto todas sus manifestaciones artísticas como The Lady of Shalott. El poema de Tennyson (del que en unos meses se celebrará el bicentenario de su nacimiento, como ya ocurriese con Poe, o Darwin hace no mucho), me encanta. Realmente, la historia de la dama de Shalott constituye una trilogía, formada por The Lady of Shalott, de 1888, Lady of Shalott. Looking for Lancelot, publicada en 1894, y I am half sick of shadows, said the Lady of Shalott, el último de los poemas, de 1915.

La hermosa leyenda de que nos hace partícipes Tennyson se encuentra inscrita dentro del ciclo artúrico. En ella se nos narra la historia de Elena, la dama de Shalott, que permanecía encerrada en su torre y tenía por única ocupación cantar mientras tejía día y noche. Avisada de que una terrible maldición caería sobre ella si osaba asomarse por la ventana y contemplar las torres de Camelot, contemplaba el exterior gracias a un espejo que reflejaba la luz del exterior sobre los paños que iba tejiendo.
On either side the river lie
Long fields of barley and of rye,
That clothe the wold and meet the sky;
And through the field the road run by
To many-tower'd Camelot;
And up and down the people go,
Gazing where the lilies blow
Round an island there below,
The island of Shalott.
[...]
Así pasaba el tiempo hasta que, un buen día quedó prendada de Lancelot, al contemplarle cuando éste se reflejó en el espejo. No pudo evitar asomarse por la ventana para verle mejor, y la maldición cayó sobre ella. Haciéndose con una barca se dispuso a cruzar el lago para llegar hasta Camelot, muriendo por el camino.

Sin duda, con motivo de la conmemoración del nacimiento de Tennyson, tendremos oportunidad de disfrutar de nuevas ediciones de su obra. También, y de ahí mi comentario al inicio de la entrada sobre otras expresiones artísticas en torno al poema, es posible disfrutar del cuadro que John William Waterhouse pintó a partir de la obra de Tennyson. Un cuadro de la escuela prerrafaelita, con una estética muy afín al imaginario que tenemos creado respecto a la Edad Media, y que es una delicia para los sentidos.
Por último, pero no por ello menos importante, os dejo la versión musical del primero de los poemas. Loreena McKennitt, con su increíble voz y su arpa nos lleva a conocer Camelot con una canción que, a buen seguro, os encantará.


martes, 5 de mayo de 2009

Elegía para un americano

Al comenzar a escribir esta entrada, me vino a la mente el escritor Paul Auster; también su hija, la polifacética Sophie. A ambos los conocí tiempo atrás, al padre antes que a la hija. Tras verme sumergido en el azaroso devenir que narra el autor de Leviatán, pasé a devorar La trilogía de Nueva York, El país de las últimas cosas o El palacio de la luna, entre otros. En el celuloide, con Smoke, Lulu on the Bridge o Blue in the face, Auster también consiguió atraparme. Y Sophie, con sus poemas, su música e interpretación en la película La vida interior de Martin Frost (basada una vez más en el mundo literario de Paul), se reveló como digna sucesora artística de su progenitor.

En cualquier caso, no me he sentado a escribir sobre ninguno de ellos, sino para repasar la última novela de Siri Hustvedt, esposa y madre, respectivamente, de los Auster arriba mencionados. Imagino que Siri habrá sufrido durante bastante tiempo la tortura de ser etiquetada como “la mujer de Paul Auster”, una situación comprensible, habida cuenta del éxito del autor norteamericano, pero no por ello deseable. Siri tiene su propio estilo, su propia voz, aunque es cierto que, bien sea por su particular visión de la vida, bien por su proximidad al círculo de amigos compartidos con su marido, los personajes de Elegía para un americano guardan cierta similitud con algunos de los que plasmaron las novelas del mago del azar.

Nuestro protagonista, Erik Davidsen, psicólogo de profesión, nos cuenta sus vivencias junto a su nueva vecina, Miranda, de la que se enamora nada más conocerla. La hermana de aquel, Inga, eclipsada por la fama de su marido ya fallecido, un famoso escritor (¿tal vez una velada alusión a la situación personal de la propia Siri?), convive con su hija Susana, y mantienen una estrecha relación con Erik, especialmente a partir del fallecimiento de su padre. Éste será otro de los protagonistas del libro, ya que Erik le rememora a partir de escritos de aquél y de sus propios recuerdos, dejando entrever la intensa vida del veterano de guerra y profesor universitario.

Elegía para un americano está bien construida, sus personajes resultan sugerentes y es una novela que se lee con agilidad. Sin embargo, de su propia perfección se deriva el problema más importante que le he encontrado: resulta demasiado estudiada, en parte parece un ejercicio de análisis de sus personajes; está, quizás, pensada de forma tan milimétrica que por momentos resulta un tanto artificiosa. Por lo demás, estamos ante una novela realmente redonda, cuya seduce y termina por atraparnos hasta conocer el desenlace de las turbulentas vivencias de Erik Davidsen y su familia. Y aun así, según comentan los autores de otras bitácoras, el nivel de la autora ha disminuido respecto a obras anteriores. Habrá que buscarlas.

Que disfrutéis de una grata lectura.

lunes, 4 de mayo de 2009

La aparición del hombre

Soy un confeso seguidor de la Biología y, en particular, de la Antropología Biológica. Me apasiona la evolución del hombre, y es por ello que entre mis lecturas de cabecera se encuentran algunas que, de forma rigurosa a la par que amena, tratan sobre esta faceta de la evolución y de nuestro pasado -no en balde este blog fue bautizado como Homo libris por la conjunción de ambas aficiones-. Si tenemos en cuenta este hecho, no os resultará extraño que, uniendo a la celebración del año Darwin el interés despertado por la serie de Los hijos de la Tierra, de Auel, entre los comentarios a la última entrada del blog, y ya que acabo de concluir la lectura de La aparición del hombre, del biólogo e historiador alemán Josef H. Reichholf, el título de la de hoy coincida con el del libro.

¿Qué importancia tienen las rayas para las cebras? ¿Por qué el caballo apareció en América y terminó por extinguirse allí, tras su expansión por Asia, Europa y África? ¿Qué provocó el aumento del cerebro en el australopiteco? ¿Y las expediciones del Homo erectus fuera de su cuna, en África? ¿Por qué se extinguieron los Neandertales? La aparición del hombre es un libro de divulgación científica, escrito de forma tan amena que en ocasiones me ha parecido estar viendo, como si de un documental se tratase, e incluso como si allí estuviera en ese momento, los hechos que intentan dar respuesta a esas y a otras muchas preguntas. Hechos relacionados más estrechamente de lo que cabría suponer en un principio, y que pueden arrojar algo de luz sobre el porqué ocurrieron así las cosas y cómo hemos llegado hasta el lugar que ocupamos a día de hoy en el planeta.

Hacía tiempo que no me divertía tanto un libro sobre evolución humana. Partiendo de una introducción básica a la genética mitocondrial y al devenir de las eras geológicas, Reichholf pasa a narrarnos, como si de una novela se tratase, las desventuras que vivió aquel primitivo mamífero hasta llegar a convertirse en el humano moderno. Posiblemente, las polémicas declaraciones del autor acerca de los motivos que llevaron al Homo sapiens sapiens a establecerse de forma definitiva en asentamientos, dejando de lado la vida de cazador-recolector para hacerse sedentario llevaran a equipararle con Desmond Morris, otro biólogo bastante conocido por su obra El mono desnudo. Sin embargo, ambas obras ofrecen enfoques muy distintos a la par que complementarios (el primero, mediante el estudio de la evolución desde la perspectiva del cambio genético y la presión del entorno; el segundo haciendo hincapié en el estudio del comportamiento humano desde la perspectiva de la Etología), acerca de cómo y por qué caprichos de la evolución llegamos a ser de ésta y no de otra forma.

En resumen, una obra a tener en cuenta si queremos pasar un buen rato aprendiendo un poco más sobre la Prehistoria, el peso de los factores externos en la evolución, y sobre nosotros mismos.

miércoles, 22 de abril de 2009

Colecciones

Hace unos días finalizaba la lectura de Festín de Cuervos, el cuarto libro de Canción de Hielo y Fuego, la inmensa novela-río con la que George R. R. Martin nos deleita y hace sufrir a un tiempo, y que promete mantenernos expectantes hasta su finalización en algún momento de un hipotético futuro cercano (o no tanto, si tenemos en cuenta el decreciente ritmo de publicación, que no de calidad, del autor).

Terminada la lectura, y dando por hecho que transcurrirá un tiempo bastante dilatado hasta que Martin publique (y especialmente salga en castellano) Dance with Dragons, la continuación de la historia, me asaltan una serie de inquietantes preguntas, a las que no termino de dar respuesta. ¿Qué nos hace convertirnos en sufridos lectores de sagas interminables, aún no terminadas de escribir, traducir y/o publicar? ¿Por qué nos enganchamos a ellas como antaño los lectores de folletines, y anhelamos el próximo capítulo, la aparición de un avance, la noticia de alguna novedad en el horizonte de publicaciones? ¿Es una expresión de fanatismo, de fervor cuasi religioso o de pasión por lo escrito? ¿Se trata de un fenómeno similar al que se está dando con las series de televisión, que en buena parte desplazan al cine como elemento de divertimento en la actualidad? ¿No salimos escarmentados ante las jugarretas editoriales?

Me resulta difícil dar respuesta a dichas cuestiones, aunque lo cierto es que en el mundo de las grandes sagas literarias (o, cuanto menos, libreras) me ha ocurrido de todo. Desde esperar año tras año la aparición de un libro que nunca llega, la sexta parte de Hijos de la Tierra, de Jean M. Auel, que comencé a leer hace dieciocho años, hasta hacerlo con una saga ya escrita pero no volcada del polaco, como ocurre con La dama del lago, de Andrzej Sapkowski, último volumen de la serie de Geralt de Rivia, que tras un par de años de espera la editorial no solamente no publica, sino que otra comienza la reedición de toda la saga, y nos hacen esperar a los lectores un añito más hasta ponerse a la par y generar, de paso, una mayor expectación. Hablo, claro está, de Bibliópolis y Alamut respectivamente.

En otras ocasiones, las editoriales son aún más duras. Que se lo digan a los lectores de Titus Groan, que tuvieron que esperar tres lustros a que Minotauro se dignase a traducir Gormenghast, y a mí mismo que, conociendo la situación, no adquirí en su día el libro para encontrarme años después con las tres partes descatalogadas; conseguí adquirir la primera y tercera para encontrarme, una vez más, con Gormenghast no disponible. La búsqueda de este título me ha provocado más de un quebradero de cabeza y problemas con compras por Internet que tal vez algún día que venga a colación traiga al blog.

También ocurrió con Timun Mas y su edición de Otherland, otra novela río, ésta de Tad Williams (de él me encantó particularmente su Añoranzas y Pesares), que la editorial se encargó de dividir y subdividir en diversos tomos para aumentar el número de ejemplares a vender y, por ende, de ingresos. Sin embargo la jugada le salió mal, las ventas cayeron en picado, y la serie no fue completada. Visto el cariz que tomaban las cosas, me desencanté y la dejé aproximadamente por la mitad, aunque realmente prometía. Años más tarde, Círculo de Lectores tuvo un gesto hermoso, publicando esta última parte para quienes deseasen completar, aunque fuese con otro formato, la colección. Pero para mí ya era demasiado tarde, habría tenido que reunir el resto de ejemplares, y por aquel entonces me encontraba cansado de la situación creada.

Así las cosas, ¿es arriesgado hoy día sumergirse en la lectura de una novela-río? ¿Creéis que las editoriales aprovechan el tirón de determinados autores para hacer su agosto a costa del sufrimiento de los lectores? ¿Puede más nuestra afición que el desgaste causado por este maltrato? ¿Cuál es vuestro parecer?

sábado, 11 de abril de 2009

La Ratesa


Así se cumplió, dijo la Ratesa con que sueño. Donde estuvo el hombre, en cada lugar que dejó, quedó basura. Hasta en la búsqueda de las últimas verdades y pisando los talones de su Dios produjo basura. Por su basura, acumulada capa a capa, se le podía reconocer siempre en cuanto se excavaba para buscarlo; porque más longevos que el hombre son sus residuos. ¡Sólo la basura ha durado más que él!
Recibir una rata común, de las denominadas de alcantarilla, como regalo de Navidad es algo de lo más inusual. Tanto como que nos haya llegado porque la solicitemos de forma expresa. Sin embargo, así comienza esta novela de Günter Grass, con la llegada de tan insólito como esperado regalo, una rata que pronto colmará los sueños del narrador convirtiéndose en La Ratesa, aquella que le describe cómo el hombre ha llevado su existencia hasta el límite y más allá, desembocando en un cataclismo nuclear a nivel mundial que ha terminado con su extinción.

A Günter Grass le tenía ganas. Así, había visto publicadas una obra suya tras otra, y desde que leí el argumento de El Rodaballo, y descubrí su Tambor de Hojalata, deseaba leerle. Sin embargo, por un motivo u otro nunca había terminado por decidirme a devorar uno de sus libros, hasta que se apoderó de mí la imagen de La Ratesa. Encontré el libro en la librería de viejo BookMarket, y si bien no lo compré en mi primera visita, ni en la segunda, ni tan siquiera en la tercera, el libro me llamaba una vez tras otra al acudir a la estantería en la que se alojaba. Finalmente, en esta última visita que describía días atrás, el libro se vino conmigo.

Leerlo ha supuesto seguir a Grass a lo largo de las callejas de una ciudad devastada. Comenzó por tomarme de la mano y empezar a hablar sin pausa, para soltarme comenzada la narración y dejarme perdido en una calle oscura. Oía su voz al otro lado del muro, corría para encontrarle girando una esquina y, tras volverla, encontrarme con que había vuelto a perderle. Su voz, ahora, provenía de una calle lejana, llegaba y oía cómo seguía relatando la historia de la destrucción del hombre, el viaje científico a los mares de Damroka y varias mujeres más a bordo de una gabarra a los mares septentrionales, el señor Matzerath a Polonia y las peripecias de unos particulares Hänsel y Gretel con ínfulas de punkies.

Pese a todo, aun extenuado por esta búsqueda continua de la historia, he de admitirlo: el libro me ha encantado. No es un libro para leer a la ligera; tampoco lo esperaba. Günter Grass plasma en La Ratesa todo el horror de la autodestrucción del hombre, que ya podía barruntarse en los años ochenta, cuando fuera publicado el libro, poco antes de que le fuera concedido el Premio Nobel a su autor. Hoy día, las cosas no han cambiado demasiado, sino que cada vez van a peor. Las palabras de la Ratesa parecerían premonitorias, de no ser porque todo, siempre, fue así:

Es verdad, amigo mío, dijo la Ratesa, pero de todas formas deberías oír lo que nos indujo a hundirnos bajo tierra: hacia el final de la historia humana, vuestra especie se había habituado a un lenguaje que lo nivelaba todo tranquilizadoramente, consideradamente, que no llamaba a nada por su nombre y sonaba sensato hasta cuando hacía pasar las tonterías por conocimientos. Era asombroso cómo los capitostes, los políticos, lograban hacer las palabras flexibles y maleables. Decían: con el terror nuestra seguridad aumenta. O bien: el progreso tiene un precio. O bien: el desarrollo técnico no puede detenerse. O bien: no podemos volver a la Edad de Piedra. Y ese lenguaje engañoso era aceptado. Por eso se vivía con el terror, se corría tras negocios o diversiones, se lamentaban las víctimas de las antorchas de admonición, se las consideraba hipersensibles y, por ello, incapaces de resistir las contradicciones de la época.

De acuerdo: ¡hasta vuestra basura es impresionante! Y a menudo criaturas como nosotras nos asombramos cuando las tormentas de polvo refulgente traen desde muy lejos a la llanura, por encima de las colinas, voluminosos elementos de construcción. ¡Mirad, ahí planea un techo de fibra de vidrio! Así recordamos a los encumbrados hombres: pensando en subir cada vez más alto, cada vez más arriba… ¡Mirad qué arrugado cae al suelo su progreso!

jueves, 2 de abril de 2009

La isla de Abel


Abel nunca habría pensado que, celebrando el primer aniversario de su boda con Amanda, una implacable tormenta terminaría por separarle de su joven esposa. El ratón, que había vivido siempre entre los algodones que su estatus social le proporcionaban, tuvo que armarse de valor para sobrevivir en la isla a la que fue arrojado por la tempestad.

Así se desarrollan, de forma aparentemente simple, las aventuras que este Robinson de los roedores vive en la isla a la que William Steig parece desterrarle. El libro, que leí en mi infancia (es uno de los que recuerdo de entre los muchos que disfruté en mis primeros años como lector de la Biblioteca Pública de Santa Fe, en Granada), pude encontrarlo hace poco en una librería de segunda mano, y pasó a sumarse a los “recuperados” de aquellos tiempos, cada vez más lejanos.

Si os hablo de Steig, a muchos ni os sonará el apellido del autor de La isla de Abel, el librito que traigo hoy a colación por celebrarse el Día del Libro Infantil y Juvenil. Pero si os menciono a un ogro verde, malhumorado, que vive en una ciénaga y que se ha convertido en los últimos años en un fenómeno de masas tras su aparición en el cine, a la mayoría le vendrá a la mente el nombre de Shrek.



Fue Steig un neoyorkino que dedicó su vida a escribir e ilustrar libros infantiles, y que falleció hace seis años, a la edad de noventa y cuatro. Publicó La isla de Abel en 1976, pero no sería hasta 1990 que vería la luz Shrek! Ganador de prestigiosos premios de literatura infantil, quería traer hoy al blog su memoria, para recordarle a él y a tantos otros autores que, iniciando a jóvenes lectores, les descubren un mundo de fantasía en los libros. Por desgracia, en numerosas ocasiones su obra permanece en la sombra, o es desconocida su procedencia a pesar incluso de que sus personajes puedan alcanzar la misma fama que el ya mencionado ogro.

Feliz lectura.