viernes, 16 de abril de 2010

Galápagos

Las revoluciones científicas más importantes todas incluyen, como única característica en común, el destronamiento de la arrogancia humana de un pedestal tras otro de convicciones previas sobre nuestro lugar en el centro del Cosmos.

Stephen Jay Gould
Trotty, de conocidas dotes naturalistas disfruta con una lectura de lo más amena y se dispone a contarnos su parecer.

De Kurt Vonnegut y su obra se puede decir cualquier cosa, excepto que sea convencional. Enclavada dentro de la ciencia ficción, lo cierto es que sus libros no constituyen una de las mayores referencias para la los lectores de este género, aunque, sin embargo, tampoco es un completo desconocido. Es más, puede ser considerado todo un referente, lo que se encuadra en una aparente contradicción tan al gusto de la mordaz ironía con que suele aderezar sus novelas y que viene dada, sin duda, por el interés que puso en su momento por no ser encuadrado dentro de la ciencia ficción (aunque sus primeras obras lo fuesen, claramente, y a pesar de lo cual toda ella posee continuos referentes y similitudes con este género, aunque también es cierto que con su ironía y la actitud crítica que suele adoptar en las mismas se aleja de lo que tradicionalmente se ha entendido como ciencia ficción) . Hace algún tiempo vino al blog su Pájaro de celda, que me encantó como recordaréis, y lo cierto es que le tenía muchas ganas a este que terminé de devorar hace apenas unos días.

Galápagos habría sido una novela ideal para escribir una reseña sobre ella el pasado año. No sé si Darwin o cualquier estudioso de la evolución habría estado totalmente de acuerdo con Vonnegut, pero lo cierto es que esta novela se lee con deleite y con una sonrisa en el rostro, solo rota por alguna que otra carcajada cuando el autor nos sorprende con alguna situación sorprendente e hilarante. En ella encontraremos algunos de los leitmotivos del autor: el antibelicismo, el particular escritor de ciencia ficción fracasado Kilgore Trout o la preocupación por la deshumanización y el consumismo.

La Tierra, hace un millón de años. Exactamente, al comenzar nuestra historia, 1986. El Bahía de Darwin permanece atracado en el puerto de Guayaquil, Ecuador, esperando al pasaje para emprender la que los medios han publicitado como la mayor aventura naturalista, el “Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza”. En el hotel cercano “El Dorado”, un estafador, una viuda, una pareja de japoneses y el secreto dueño del barco (que se apresuró a comprarlo para invitar a continuación al marido de la pareja anterior, un verdadero genio de las nuevas tecnologías) se ocupan de sus problemas hasta que llega la hora de embarcar. El mundo, entretanto, loco como siempre, prepara una guerra que les llevará a un viaje sin retorno a las islas Galápagos. Ellos no lo saben – nosotros sí, gracias a la voz omnisciente del narrador, el fantasma de unos de los trabajadores de los astilleros donde se construyó el barco, que se encarga de desvelárnoslo desde un principio-, pero no volverán jamás al continente. Ni ellos, ni ningún ser humano en la forma en la que eran conocidos un millón de años atrás, en el llamado siglo XX. La evolución se encargará de ello, y es que las Galápagos volverían a convertirse en un laboratorio natural desde el momento en que en el resto del mundo los humanos nos extinguimos gracias a nuestras crisis económicas mundiales, las guerras y, sobre todo, por la aparición de una particular enfermedad que volvió estériles a las hembras de la especie.
Demasiado tarde, los habitantes de esas naciones salieron arrastrándose de las ruinas que ellos mismos habían creado, y descubrieron que, durante todo aquel agónico proceso, no había habido absolutamente nadie en la cumbre que comprendiera cómo funcionan en realidad las cosas, de qué se trataba, y qué era lo que en realidad sucedía.
Vonnegut no es clemente con el ser humano ni con el voluminoso cerebro que constituye la fuente de las preocupaciones que le afligen y sinsentidos que acomete. Ni las referencias darwinianas ni las sociológicas son tan profundas que dificulten seguir un texto divertido, en el que Vonnegut se ríe de todo, jugando con el tiempo y el espacio (hace un millón de años, con la Tierra por escenario de nuestras andanzas; hoy, con el ser humano dotado de aletas, pescador y ajeno a todo problema que no afecte a su supervivencia gracias a su reducido cerebro) y con una serie de capítulos que fragmentan la historia y nos la van proporcionando en pequeñas dosis que nos descubren, a pequeña escala, las motivaciones de nuestros sobrevivientes y sus historias personales, y en una magnitud planetaria, el futuro de nuestra especie.
Nadie es hoy bastante inteligente como para fabricar la clase de armas que aun las naciones más pobres tenían hace un millón de años. Sí, y se utilizaban todo el tiempo. Durante toda mi vida no hubo un día en que, en algún lugar del planeta, no estuvieran librándose al menos tres guerras a la vez.
Y la Ley de Selección Natural era incapaz de dar una respuesta a estas nuevas tecnologías. Ninguna hembra de ninguna especie era capaz, salvo quizá la del rinoceronte, de parir un vástago a prueba de fuego, bombas o balas.
En el mejor de los casos, la Ley de Selección Natural podría producir un ejemplar que no tuviera miedo de nada, aun cuando había tanto que temer. Conocí a unos pocos tipos de esa especie en Vietnam, en la medida en que es posible conocerlos, y uno de ellos era *Andrew MacIntosh.
No temáis. Vonnegut no plantea en Galápagos una obra trascendental de filosofía ni un tratado sobre la evolución, mas sí una sarcástica visión de la sociedad y una reflexión cargada de ironía sobre quienes somos, de dónde venimos y hacia qué incierto lugar nos dirigimos gracias a nuestros voluminosos cerebros. Un libro que se ha convertido, tal vez sin pretenderlo, en una verdadera obra de cabecera para este Homo libris que ahora, entusiasmado, se acerca a vosotros para deciros lo bien que me lo he pasado con su lectura e invitándoos a disfrutar con él.

lunes, 29 de marzo de 2010

Los herederos

Descubrí a Golding, imagino que como tantos otros lectores suyos, gracias a su libro El Señor de las Moscas, una novela distópica en la que reflexiona en torno a la moral, la educación y la naturaleza de las sociedades humanas, constituyendo un verdadero clásico que no deberíais de dejar de leer si no lo habéis hecho ya; os gustará esta fábula, palabra de Homo libris. Después de esta obra leí Ritos de paso, novela de ambientación marinera en la que el análisis de la naturaleza humana se revela a través de los diversos mecanismos de poder que son puestos en práctica por los personajes. Con estos precedentes, cuando hace unos años me encontré con una novela suya que transcurría en la prehistoria, periodo este de nuestra existencia como especie que me fascina, no pude dejar pasar la oportunidad de acercarme nuevamente al autor.

Aunque había pensado en ocasiones traer Los herederos al blog tras una relectura, no fue hasta hace unos fines de semana cuando, escuchando a Félix Rodríguez de la Fuente nuevamente en la radio, a raíz de los diversos homenajes que se han llevado a cabo en su memoria, me decidí a hacerlo. Os preguntaréis qué suerte de razón vincula al doctor Rodríguez de la Fuente con el autor británico o, más concretamente, con el libro que, a la sazón, nos trae de nuevo aquí. Bien, el primero de los programas de “Objetivo: salvar la naturaleza”, espacio radiofónico que ocupara Félix hace 34 años y que ahora ha sido recuperado por RTVE de la mano de Joaquín Araujo, nos acercaba a la visión que del Homo sapiens tenía Félix y a la relación de aquel con la naturaleza que le rodea, “que es su sustento”, en palabras del locutor. Era la suya una visión innovadora, realmente revolucionaria, que le acercaría, gracias a su intuición, a la que mantienen actualmente muchos sociólogos y antropólogos. Precisamente en el programa del que hago mención aparece Juan Luis Arsuaga como colaborador, con lo que el interés del documento sonoro es realmente mayúsculo, por lo que os recomiendo escucharlo, si bien intentaré resumir aquí la visión de Félix. Según él, el hombre del Paleolítico era mucho más dependiente de su entorno natural, estaba más integrado en él gracias a su condición de cazador-recolector, y no fue hasta el Neolítico, con la introducción de la agricultura y la ganadería, que se inició una ruptura que nos ha llevado a una posición de dominancia sobre el resto de especies y la propia Tierra claramente perjudicial para estas (y, en último término, incluso para nosotros).

En Los herederos, William Golding nos lleva a contemplar a los últimos neandertales con vida durante su encuentro con los cromañones, con el hombre moderno que se encontraba en clara expansión por aquel entonces. Existen diversas teorías sobre la desaparición del hombre de Neandertal, aunque las más aceptadas van desde las que hablan de factores ambientales, debido al cambio climático acaecido durante el Cuaternario, hasta las que suponen la existencia de una competencia interespecífica entre cromañones y neandertales de la que salieron vencedores los primeros. La visión de Golding se acerca a esta última teoría, aunque con una particularidad: asocia la idea de la supervivencia no a la superioridad numérica, o de fuerza o inteligencia, sino a la maldad. Es el mal el que hace fuerte al hombre, le permite avanzar, medrar e imponerse al resto de especies. La prosperidad, de este modo, implica destrucción.

Lok y sus compañeros de tribu viajan guiados por Mal, el anciano, buscando recursos y alimentos. Es la suya una vida sedentaria, dirigida por las necesidades del grupo y por las condiciones ambientales que les obligan a deambular dentro de su territorio buscando frutos y algo de caza. Un día, Ha, uno de los hombres más fuertes del grupo, desaparece. Al buscarle, Lok descubre el olor de otro hombre ajeno a la tribu y, con él, dará comienzo una dolorosa experiencia que llevará aparejada la pérdida de su inocencia.

Los neandertales de Golding son seres inocentes, inscritos en una sociedad matriarcal con fuertes lazos de amistad. Dado que la capacidad de abstracción les estaba vetada, o limitada en cualquier caso, tienden a unir los recuerdos que guardan de sus seres queridos con el entorno, con la naturaleza. Se comunican entre ellos de una forma instintiva, intuitiva. Contrasta con esta la visión del hombre moderno que nos ofrece el autor; un ser que somete a la naturaleza a su antojo y que posee una curiosidad no exenta de crueldad que le lleva a “jugar” con el neandertal capturado y a no dudar en infligirle dolor para observar sus reacciones.

La historia está narrada con un estilo muy sutil, ambiguo, que se ofrece a múltiples interpretaciones pero que permite mostrar la visión peculiar que podrían tener, sobre el mundo y sobre sí mismas, unas mentes tan cercanas y, a la vez, tan distintas a las nuestras. Como apuntaba más arriba, Golding reflexiona en este caso sobre la inocencia y la maldad, sobre la pérdida de la primera y la prevalencia de la segunda. Sobre quiénes somos, qué camino hemos tomado y qué estamos dejándonos atrás al recorrerlo.

viernes, 26 de marzo de 2010

El maestro de go

Era uno de esos cálidos días de finales de otoño cuando la isla de Oshima se ve en medio de la bruma. Los barriletes rozaban la superficie o se hundían en el mar calmo…
Aunque es generalmente considerado “el ajedrez oriental”, el Go es un juego de mesa en el que contrastan sus reglas sencillas con la complejidad de las estrategias que se pueden desarrollar en él. El juego de go se originó en China hace más de 2500 años (a diferencia del ajedrez que todos conocemos, de origen Persa) y, aunque no se conoce con exactitud la fecha de su invención, ya aparecía citado en los Analectas de Confucio. En el capítulo 17 lo menciona así:
El Maestro dijo: “No puedo soportar esas gentes que llenan su vientre todo el día, ¡sin utilizar su cerebro! ¿Por qué no pueden jugar al ajedrez? Al menos, eso sería mejor que nada.”
Aunque el traductor ha usado la palabra ajedrez, en el original chino, que intentaré reproducir aquí, dice:
子曰:“饱食终日,无所用心,难矣哉!不有博弈者乎?为之,犹贤乎已。
Donde se aprecia claramente ( ;) ) que nos habla de bo yi, el juego que se conocería con posterioridad bajo el nombre de xiang qi en China y go en Japón.

Si no lo conocéis, os invito a descubrir un juego que, hasta cierto punto, mantiene algunas similitudes con “El juego de la vida” de Conway, en el que prima la estrategia de la expansión; la ocupación de cada una de las intersecciones que la rejilla que compone un tablero de 19 x 19 ofrece combinaciones inimaginables.
El juego ha traspasado lo que significa juego y prueba de fuerza y se ha convertido en un modo de arte… Hay cierto misterio y nobleza orientales en él. Es evidente que en el Go el espíritu japonés ha trascendido lo meramente importado y heredado.
Hace algo más de un año, durante una visita a Madrid, deambulaba entre las estanterías de una librería, echando un vistazo a los libros, y vino uno a mis manos llamado El maestro de go, del autor japonés Yasunari Kawayata, que fue premiado con el Nobel de Literatura en 1968. El libro me llamó la atención, y aunque entonces no lo llevé conmigo, hará cosa de un mes que me acordé de él y empecé a leerlo aunque, por los mismos motivos que últimamente actualizo el blog con menor frecuencia, lo hice de forma irregular, fragmentada. Aun así, disfruté mucho con la narración de una partida de Go que se prolongó durante meses, enfrentando a Honinbo Shusai, jugador profesional y heredero del título de la casa Hoinbo con Kitani Minoru (en el libro, Otake), el joven aspirante, en una recreación magistral de la vida y la muerte. El libro, como el juego, refleja el choque generacional entre el viejo jugador y el joven, dos formas de jugar al Go que son realmente dos concepciones por completo distintas de la existencia. El viejo jugador ve próxima la muerte, y juega con la sabiduría que dan los años y la experiencia pero también con el desasosiego del luchador imbatido que ve peligrar su reinado. Otake, por el contrario, despliega sus conocimientos con pasión, es más irreflexivo pero, a la vez, muestra el empuje que la juventud y la seguridad en sí mismo le ofrecen.
Cuando pensaba, la respiración del Maestro se aceleraba, y encorvaba la espalda. El movimiento que recorría su espalda era regular. Era como una concentración de violencia, como fuerzas de un poder misterioso que hubiera tomado posesión de él. El efecto era más intenso, pues el Maestro no parecía consciente de lo que sucedía. Pero pronto el Maestro estaba en calma. Su respiración era normal, si bien uno no podría asegurar en qué momento había vuelto a la serenidad. Me preguntaba si esto señalaba un punto de partida, el cruce de una línea, para que el espíritu presentara batalla…
El maestro de go es una obra que se disfruta como el mejor cine de Kurosawa, y que maravilla si conocemos los rudimentos del juego de go (sobre todo porque a lo largo del libro van apareciendo diagramas con las jugadas) y, aunque se encuentra bastante alejada -según parece- del resto de la obra del autor (hay que tener en cuenta que se publicó originalmente como columna de un diario), me ha dejado con ganas de seguir profundizando tanto en el juego como en el resto de libros de Kawayata, máxime cuando en los últimos meses en varios blogs amigos han ido apareciendo otras obras de autores japoneses realmente interesantes.

Para saber más:
Por supuesto, son todos los que están, pero no están todos los que son.

martes, 23 de marzo de 2010

Fauna

¿Es posible entusiasmar a un niño con la lectura de una enciclopedia? La respuesta es un simple pero rotundo sí. Una enciclopedia temática, rigurosa, que no escatima a la hora de usar vocabulario especializado aunque su función primordial sea la de divulgar, enseñar a sus lectores. Félix Rodríguez de la Fuente consiguió entusiasmar a todo un país con su serie documental “El hombre y la Tierra”, pero logró además maravillar a cuantos nos acercamos desde el papel a su visión del mundo, del hombre y la naturaleza, como un todo indivisible.

La Enciclopedia Mundial de la Fauna y la Enciclopedia de la Fauna Ibérica y Europea, coordinadas por el Dr. Rodríguez de la Fuente, nos permitieron introducirnos gracias a su poderoso verbo en las llanuras de la sabana africana, descubrir las fuentes del Orinoco y maravillarnos de las similares adaptaciones biológicas de la fauna de la Región Holártica. Aprendimos a distinguir al meloncillo por su particular posición erguida, a escudriñar el nido invernal del lirón careto y saber que la gineta es un vivérrido, y no un felino, a pesar de que en ocasiones es llamada “gato civeta”, y que fue introducido en España por los árabes por sus cualidades cazadoras a la hora de controlar plagas de roedores.

Muchos descubrimos Fauna gracias a un único volumen. En aquella época, para muchos de nosotros, eran nuestros padres quienes adquirían los libros. El mío coleccionó los fascículos del primer tomo y algunos del segundo y, con los años, he encontrado a más amigos que se vieron en la misma situación. Leímos una y otra vez ese primer volumen, anduvimos por el campo disfrutando de los fascículos restantes y sólo años después nos hicimos con la colección completa. Cuando podíamos, aprovechábamos la oportunidad de hojear otros tomos en casa de amigos o familiares que tuvieran la dicha de poseer algunos tomos más o (¡albricias!) la colección completa. Sus fotografías, sus dibujos, los textos explicativos, las narraciones aventureras de Félix en la selva, junto a sus queridas rapaces o sobre un vehículo todoterreno nos ofrecían material suficiente (por si tuviéramos poco con el propio) para soñar despiertos.

En Fauna colaboraron algunos de los científicos y naturalistas más destacados en las décadas posteriores: Joaquín Araujo, Miguel Delibes de Castro (hijo del recientemente desaparecido Miguel Delibes) o Luis Miguel Domínguez, entre otros, y constituyó un hito en la historia editorial de este país y, cómo no, uno más en la incansable carrera del genial naturalista.

Y es que, ¿quién no disfrutaría de una obra escrita con pasión y autoconvencimiento de cuanto allí se narra, que es a un tiempo novela de aventuras, álbum de fotografías, libro de viajes, fantasía desbordada e ilusión en estado puro?

miércoles, 17 de marzo de 2010

Los años perdidos de Sherlock Holmes

Lo soñó un irlandés, que no lo quiso nunca
y que trató, nos dicen, de matarlo. Fue en vano.
El hombre solitario prosigue, lupa en mano,
su rara suerte discontinua de cosa trunca.
No tiene relaciones, pero no lo abandona
la devoción del otro, que fue su evangelista
y que de sus milagros ha dejado la lista.
Vive de un modo cómodo: en tercera persona.
Atiza en el hogar las encendidas ramas
o da muerte en los páramos a un perro del infierno.

J. L. BORGES (Los Conjurados. Fragmento.)
Algo que ya sabéis quienes leéis de cuando en cuando lo que por aquí y por allá voy escribiendo es que Holmes es uno de los personajes literarios que más fascinación ha ejercicio sobre mí desde los inicios de mis andanzas bibliófilas. Ya de niño me cautivaba la figura de este detective calculador, de arrebatadora personalidad, sagaz y con una capacidad asombrosa de pasar de una siempre supuesta apatía a la acción. Tendría unos nueve o diez años cuando comencé a devorar “El Canon Holmesiano” y, aunque preferí siempre sus relatos, lo cierto es que las cuatro novelas de Conan Doyle no tienen nada que despreciar. Recientemente, tanto Lammermoor como Alienor hacían alusión al personaje; la primera, recordándonos el ambiente gótico y misterioso de El sabueso de los Baskerville tras una relectura, la segunda, hablándonos de la última adaptación cinematográfica basada en la estrecha relación entre Holmes y Watson y su lucha conjunta contra el crimen.

Tan conocida es la fama de Sherlock Holmes como el profundo odio que llegó a sentir hacia él su creador, Sir Arthur Conan Doyle. Lo menciona Borges en el fragmento del poema que encabeza la entrada, y a tanto llegó ese sentimiento de afrenta que decidió arrebatarle la vida. Cuando Conan Doyle publicó en 1891 "El problema final" no sabía lo que le esperaba. Tras un último enfrentamiento con su némesis particular, el profesor Moriarty, Holmes y él se despeñaron por la catarata Reichenbach, en Suiza, muriendo ambos. Lectores indignados dirigieron al autor epístolas no precisamente amorosas, y los editores le insistieron en que recuperase a Holmes, de modo que Conan Doyle tuvo que desvelar a Watson lo ocurrido en el relato titulado "La casa vacía". Sin embargo, Holmes no fue muy pródigo en explicaciones, y lo único que supo Watson (y, de paso, los pobres lectores) es que se ocultó durante unos años para no poner en peligro a Watson y que, al darle por muerto, la organización criminal organizada por Moriarty relajase sus medidas de seguridad y fuese, de este modo, más sencillo proceder a su desmantelamiento. Algo que sí supimos, sin embargo, es que pasó algún tiempo en Lhasa, en el Tíbet, y de su estancia allí y de cuanto aconteció durante la misma es de lo que nos habla Los años perdidos de Sherlock Holmes, de Jamyang Norbu.

Norbu, el autor, es un reconocido activista de la causa del Tíbet. Así, si unimos este hecho con su afición por la novela anglosajona (y, en este caso particular, por la obra de Conan Doyle y el Kim de Rudyard Kipling) no es de extrañar que tengamos ante nosotros una novela peculiar que aúne la faceta detectivesca de Holmes con un particular Watson en la figura de Hurree Chunder Mookerjee, un funcionario indio bastante peculiar que le acompaña en estas nuevas aventuras ejerciendo de cronista de las mismas.

Aunque salvando distancias, la novela me ha recordado a Las puertas de Anubis, de Tim Powers, posiblemente por el ambiente decimonónico, bastante exótico en este caso, en el que transcurre la narración y las situaciones extraordinarias a las que tendrá que hacer frente nuestro detective. La opresión de China al Tíbet, la presencia del Gran Lama y ciertos toques de magia ofrecerán una visión que no teníamos previamente sobre el gran Sherlock Holmes.

En resumen, una novela ágil, que se lee con deleite y que resulta especialmente interesante, como pastiche holmesiano, para aquellos que admiramos al personaje y no dudamos en seguirle incluso aunque cambie de nombre y nacionalidad.

viernes, 12 de marzo de 2010

A su memoria

“A la memoria de mi amigo Félix Rodríguez de la Fuente”.

Así rezaba la dedicatoria de Los santos inocentes, uno de los libros inmortales de nuestra literatura. Miguel Delibes fue amigo de Félix Rodríguez de la Fuente y compartieron salidas al campo, un hijo (biológico y moral en Miguel Delibes de Castro, que aprendió de ambos y siguió los pasos del naturalista) y una concepción del hombre y de la naturaleza en la que no es posible entender el uno sin la otra ni esta sin aquel.

Cazador comprometido con la defensa de una naturaleza sin la que puede ser entendido el ejercicio cinegético, más allá de la mera concepción deportiva del mismo que tantos intentan hoy día imponer, su obra estuvo siempre vinculada a la infancia, a la naturaleza y a la propia esencia del ser humano.

No podría haber escogido otra época para marcharse sino en cercanía con la de su amigo, ahora que se cumplen 30 años de su fallecimiento. Se nos ha ido Miguel Delibes a los 89 años de edad, y no me salen las palabras, ni el verbo ágil de Félix ni la siempre acertada palabra del vallisoletano, para decirle adiós a alguien que, más que mi autor preferido en lengua castellana, ha sido siempre un mentor y un amigo.

Azarias, la milana bonita, Daniel, el Mochuelo y el Nini le acompañarán por siempre.

Descanse en paz.

martes, 9 de marzo de 2010

Deuda externa, deuda eterna

¿Quién debe a quién?, el libro de los profesores Alier y Oliveres, analiza el estado de la deuda externa contraída por los países en vías de desarrollo con los de un primer mundo que aprovecha el control que ejerce sobre los organismos supragubernamentales encargados del control del endeudamiento para imponer sus condiciones sobre aquellos. El libro, aunque fue editado hace unos años, ha sido incluido dentro de la colección de libros sobre política, sociología y medio ambiente que está apareciendo con la edición de los sábados de un diario de tirada nacional y que resulta, a mi parecer, de lo más interesante.

Este pequeño libro, de apenas 120 páginas, nos invita a reflexionar sobre la deuda externa de los países del Tercer Mundo y las implicaciones que tiene esta sobre la calidad de vida de sus ciudadanos. ¿Hasta qué punto “nos deben” dinero estos países? ¿En qué consiste la deuda externa? ¿Cuánto suponen realmente las ayudas al desarrollo? ¿Está más que saldada por la deuda histórica, social y ecológica? ¿Y simplemente por el pago de intereses acumulados?

Arcadi Oliveres, economista y, ante todo, conocido activista por la paz y justicia social, introduce el libro con una reflexión sobre el endeudamiento de los países pobres y el modo en que se ha ido gestando y creciendo hasta llegar a una situación realmente insostenible, de la que resulta imposible salir al ir creciendo la deuda año tras año al verse privados de los recursos naturales y económicos que tienen como única vía de desarrollo.

A continuación, Joan Martínez Alier, catedrático de Economía e Historia Económica en la Universidad Autónoma de Barcelona, reflexiona sobre las consecuencias sociales del endeudamiento, el empobrecimiento sistemático de los pueblos y la aparición de un “ecologismo de los pobres” que, sin saberse "ecologistas", les hace reivindicar su modo de vida tradicional, la relación vital y necesaria hombre-naturaleza y el desarrollo armónico y sostenible con el medio. Es a este "ecologismo de los pobres" al que el autor dedica su último libro publicado (esta vez en solitario), y que resulta del máximo interés ya que, a mi parecer, no son únicamente los ciudadanos pertenecientes a estos países en vías de desarrollo, sino muchos otros, los que son "ecologistas" sin ser conscientes de ello.

En la tercera parte del libro se lleva a cabo un juicio social sobre la situación, inculpando a los países del primer mundo y, en especial, a los Estados Unidos, al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional, así como a los gobernantes de los países endeudados (en muchas ocasiones bajo un régimen dictatorial) de llevarles a un callejón sin salida al permitir su endeudamiento y arrebatarles o, simplemente, adquirir a la baja, las mercancías que son capaces de exportar y que se obtienen a través de personas en condiciones laborales precarias, infligiendo daños irreparables al medio ambiente y sobreexplotando recursos no renovables que llevan al país a un mayor empobrecimiento.

En resumen, ¿Quién debe a quién? es un libro interesante, ágil de leer, que nos invita a reflexionar sobre la situación de injusticia en la que vive una inmensa mayoría de los habitantes de este planeta cada vez más pequeño y, posiblemente, peor repartido.


¡Feliz lectura!