lunes, 1 de febrero de 2021

Entre retos anda el juego

Después de muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuucho tiempo sin escribir por aquí, vuelvo (o trato de hacerlo) comenzando con dos retos para marcar un poco de ritmo y retomar el  hábito de escribir. El primero de ellos, los 52 retos de escritura para 2021 que nos propone Literup por aquí:

https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2021

Aunque no creo que vaya a escribir los 52 microrrelatos (máxime cuando empiezo en febrero), voy a tratar al menos de cumplir con el reto mínimo de uno al mes, recuperando el de enero en unos días. Los retos de escritura son los siguientes:

  1. Inventa un cuento que suceda en las estrellas.
  2. Escribe un relato protagonizado por tres reinas magas.
  3. ¡Sueña! Inventa una historia corta de fantasía onírica.
  4. Escribe un relato de amor entre dos especies fantásticas.
  5. Inventa un cuento basado en alguna de las metamorfosis de Ovidio.
  6. Haz una historia que suceda íntegra bajo el subsuelo.
  7. ¡Feliz Año Nuevo chino! Esta semana escribe un relato protagonizado por un buey.
  8. Tus protagonistas estaban en una fiesta de Carnaval y de pronto se han convertido en sus disfraces. ¡A ver esa originalidad!
  9. Haz una historia en la que la antagonista sea una mantis religiosa.
  10. Escribe un cuento sin usar la letra «y».
  11. Escribe un relato que pase de un flashback a un flashforward y haz que el enlace tenga sentido.
  12. Tu protagonista es una delfina humanoide que pasa la mitad del relato en tierra y la otra mitad en el mar.
  13. Tu protagonista es de tu color favorito. ¿Qué implica eso en su mundo?
  14. El solarpunk está en auge. Escribe un relato optimista sobre el futuro de nuestro planeta.
  15. Haz que tu cuento acabe con: «Eso fue lo último que vi antes de morir».
  16. Escribe un relato que solo tenga diálogos.
  17. Escribe un retelling de la historia de Sant Jordi.
  18. Inventa una historia de terror en segunda persona en el que el/la protagonista sea un asesino/a, y justifica su condición.
  19. Crea un relato en el que aparezca una madre terrorífica.
  20. Escribe un fanfic de tu película de animación favorita.
  21. Haz un cuento de ciencia ficción rural.
  22. Ambienta tu relato en Sudáfrica.
  23. Crea una historia en la que aparezca una artista gráfica.
  24. Inventa una historia que acabe con un cliffhanger.
  25. Escribe un cuento en el que tu protagonista vea el cielo por primera vez.
  26. La personalidad de tu protagonista es la de tu animal favorito. Crea un relato sobre su vida en sociedad.
  27. Escribe una historia en la que el protagonista es un cadáver que habla, pero no se puede mover.
  28. Haz un cuento en el que en la primera frase de cada párrafo haya una aliteración.
  29. Crea un relato en el que alguien recibe una videollamada sospechosa.
  30. Describe el proceso creativo de un cuadro y haz que los elementos pictóricos sean parte de la historia. Por ejemplo, si sale un bosque, que sea relevante en la trama.
  31. Escribe una historia protagonizada por una bandolera ligona.
  32. Inventa un cuento en primera persona sobre alguien que observa a otra persona. Intenta que sea lo más subjetivo posible.
  33. Relata una historia de amor platónico.
  34. Utiliza las palabras «quebrar», «óleo» y «extinción» en tu relato.
  35. Inventa una historia de amor que, antes del primer beso, se ve interrumpida por el fin del mundo.
  36. Narra la batalla entre una maga que domina la electricidad y otra que invoca demonios.
  37. Crea un cuento que suceda en un futuro posapocalíptico gobernado por cucarachas gigantes.
  38. Inventa una historia en la que un armadillo viaja a Plutón y crea su propia cultura.
  39. Narra un cuento en primera persona protagonizado por una persona sorda.
  40. Relata una historia de amor a distancia.
  41. Ambienta tu cuento en Osaka.
  42. Escribe una historia protagonizada por una jinete sin cabeza.
  43. Piensa qué habría pasado si los dinosaurios no se hubiesen extinguido. Puedes sumergirte en una ucronía si quieres.
  44. Mezcla en una misma narración a un duende volador, una medusa fantasma y un elemental de hielo y fuego.
  45. Escribe una historia de terror en la que los animales domésticos se rebelen contra sus dueños.
  46. Escribe un relato en el que uses un epíteto cada tres párrafos.
  47. Unas rocas que se comunican con telepatía llegan del espacio exterior. ¿Cómo interactúan con los humanos?
  48. Escribe una historia en la que existan árboles de Navidad humanoides que decoran personas de plástico.
  49. Plantea cómo sería una historia de amor que suceda dentro de un videojuego.
  50. Escribe una historia de amor entre una giganta y una montaña.
  51. Crea un relato protagonizado por una abuela con superpoderes.
  52. Escribe una historia en la que la gente tiene como mascotas gatos que disparan láseres por los ojos.

y las bases completas, por si os interesa u os llama la atención participar, están en el enlace que incluí más arriba. Los iré publicando identificados con la etiqueta "#52RetosLiterup".

El otro apartado son los 24 retos de lectura que nos propone la misma web:

https://blog.literup.com/24-retos-de-lectura-para-2021 

Enero

1) Un clásico de la literatura española escrito por una mujer.

2) Dos cuentos escritos originalmente en inglés.

 Febrero

3) Un poemario indie escrito en español.

4) Una novela romántica.

Marzo

5) Un ensayo escrito por una autora.

6) Una obra que haya sido llevada al cine o adaptada a serie.

Abril

7) Un libro indie ganador de un premio.

8) Un libro experimental.

Mayo

9) Un cómic/manga autoconclusivo.

10) Una space opera.

Junio

11) Un clásico de la fantasía.

12)  Una obra metaliteraria.

Julio

13) Una obra escrita por un autor/a chino/a.

14) Una obra de ciencia ficción escrita por una autora.

Agosto

15) Un libro de género bizarro.

16) El inicio de una saga o de una trilogía.

Septiembre

17) Un libro de relatos de una sola autora.

18) Una novela en la que los animales sean importantes en la trama.

Octubre

19) Una novela corta de terror.

20) Una novela en la que haya viajes en el tiempo.

Noviembre

21) Un libro autoconclusivo de fantasía oscura o grimdark.

22) Un relato que tenga más de cincuenta años.

Diciembre

23) Un libro de humor.

24) Un libro sobre el fin del mundo, pero que sea esperanzador.

Al igual que con el reto de escritura, trataré de recuperar el tiempo perdido y reseñar algún título correspondiente al mes de enero. Por cierto, en la web podréis encontrar algunos ejemplos de títulos para cada uno de los retos y más información sobre los mismos.

Bueno, alea iacta est, con esta entrada me comprometo a revivir el blog. ¿Lo conseguiré? Lo iremos viendo durante este año.

¡Salud!

martes, 2 de abril de 2019

Día internacional del libro infantil y juvenil

Vuelvo al blog tras más de dos años sin escribir. Tras casi cinco sin que haya mucho reseñable por aquí. Pero quería compartir el manifiesto #DILI y enlazaros una entrada de mi otro blog:

“¡Voy con prisa!”, “¡No tengo tiempo!”, “¡Adiós!”… Expresiones semejantes pueden oírse quizá a diario, no solo en Lituania -en el centro mismo de Europa-, sino en muchas partes del mundo. Y con frecuencia parecida se oye decir que vivimos en la edad de la abundancia de información, la prisa y la precipitación.
Sin embargo, tomas un libro entre las manos y, de alguna manera, te sientes distinto. Y es que los libros tienen una estupenda cualidad: te inspiran serenidad. Con un libro abierto y sumergido en sus tranquilas profundidades, ya no temes que todo te pase de lado a toda velocidad, sin llegar a apreciar nada. Empiezas a creer que no será preciso lanzarse como loco a tareas de dudosa urgencia. En un libro todo sucede sigilosamente, en orden y según una secuencia. ¿Será tal vez porque sus páginas están numeradas y las hojas al pasar crujen tranquilamente y con un suave efecto relajante? En un libro los acontecimientos pasados se encuentran plácidamente con los que han de venir.
El mundo del libro es muy abierto; su realidad sale al encuentro amistoso con el ingenio y la fantasía, y a veces ya no sabes muy bien dónde -si en un libro o en la vida- has notado de qué manera tan bella caen al derretirse las gotas del tejado nevado, o de qué forma tan encantadora cubre el musgo la cerca del vecino. ¿Ha sido en un libro o en la realidad donde has experimentado que las bayas del serbal no son sólo bellas, sino amargas? ¿Acaso sucedió en el mundo de los libros, o de verdad estabas tumbado sobre la yerba en verano, y después sentado con las piernas cruzadas, contemplando las nubes que surcaban el cielo?
Los libros ayudan a no acelerarse, enseñan a observar; los libros invitan, incluso obligan a acomodarse, pues casi siempre los leemos sentados, poniéndolos en la mesa o en el regazo, ¿no es así?
¿Y acaso no habéis experimentado otra maravilla: que cuando leéis un libro, el libro os lee a vosotros? Sí, sí, los libros también saben leer. Os leen la frente, las cejas, las comisuras de los labios, que ahora suben, ahora bajan; sobre todo, por supuesto, os leen los ojos. Y por los ojos entienden… adivinan… Bueno, ¡vosotros mismos sabéis qué!
No tengo duda de que a los libros les parece muy interesante estar sobre vuestro regazo, pues una persona que lee – sea niño o adulto – solo por eso ya es bastante más interesante que la que se resiste a tomar un libro entre las manos, que la que -siempre con prisa- no llega a sentarse y no tiene tiempo de fijarse en casi nada. Este es mi deseo para todos en el día internacional del libro infantil: ¡Que existan libros interesantes para los lectores y lectores interesantes para los libros! 
Escrito por Kęstutis Kasparavičius
Traducido del lituano por Carmen Caro Dugo
Y, de paso, como os decía, enlazo una entrada en Andanzas de un trotalomas que he escrito recomendando algunos libros infantiles relacionados con la naturaleza y el medio ambiente, titulada "Mi patria es la infancia". Espero que la disfrutéis y os invito, por supuesto, a compartir lecturas infantiles y juveniles que os gusten o recordéis. 

¡Feliz juego y lectura!

viernes, 19 de agosto de 2016

La noche del lobo

Me acerqué a esta obra de Javier Tomeo de forma casual, tomando el libro entre otros suyos del estante de la biblioteca pública donde descansaba desde la última fecha estampada en su ficha. Una lectura sucinta, de breves capítulos, ideal para este periodo que estoy viviendo, en el que no siempre puedo dedicar todo el tiempo que desearía a la lectura (y menos de forma continuada), gracias al cual estoy recuperando el gusto por el relato y la novela corta. 

Comencé su lectura en una noche de vigilia y la fui espaciando durante varias más hasta acabar por devorarla como si yo me hubiese convertido también en un licántropo, deseoso de saber más sobre las desventuras (ya que no andanzas, ahora conoceremos el motivo) de Mario, un poeta que todo lo sabe gracias a Internet y a pesar de su vida de retiro a las afueras de un pueblo, e Ismael, agente de seguros que pasaba por allí cuando, ya anochecido, ambos sufrieron una torcedura de tobillo, quedando a unas decenas de metros de distancia, tan cerca y sin poder verse ni ayudarse más allá de la mutua compañía que les ofrecía su diálogo en una oscuridad sólo rota por la luna llena que asomaba de cuando en cuando entre las nubes. 

Acompañados por la cambiante voz de un cuervo y el eco de otro diálogo nocturno, el de dos grillos que no deberían estar allí en esa época del año, toda la novela se impregna de una sensación de irrealidad que nos alcanza y que comienza a sembrar en nosotros la sombra de una duda. ¿Qué hay de verdad en lo que cuentan nuestros protagonistas? ¿Qué podemos creer de cuanto narra el autor? ¿Qué pensar del cambiante graznido del cuervo, del chirriar intermitente de los grillos?

En el diálogo perenne de la novela, Mario se presenta ante Ismael de una forma distinta a como le conocimos páginas atrás: como un bohemio que se marchó de la ciudad voluntariamente a este retiro de la compañía de los hombres donde, irónicamente, está más en contacto con su cultura que en ningún otro lugar gracias a su conexión a Internet. Mario memoriza todos los datos que lee, profundiza en foros, en blogs, en redes sociales, participando de esa sensación de posesión de la cultura, del conocimiento, que tenemos actualmente en nuestra sociedad moderna e industrializada, a un clic de la Wikipedia y del saber. A dos de poder editarlo y cambiarlo a nuestro antojo. A una vida de aprehenderlo, de hacerlo nuestro y convertirlo en verdadera cultura.

Ismael, por el contrario, es un hombre de ciudad, de su casa, amante fiel de su esposa que, gracias a las palabras de un Mario licántropo con dentadura postiza pero afilada lengua, podría no guardar, en igualdad, la misma fidelidad a su esposo. O sí, pero en su continuo devenir de pueblo en pueblo vendiendo seguros, no estaría en condiciones de afirmarlo, de poner por ella la mano en el fuego.La luna llena no viene a apartar las sombras de duda, pero sí a alimentar la sospecha.

Mario e Ismael son dos hombres solitarios, en definitiva, aislados en la incomunicación por más que entre ellos se establezca un diálogo en el que, en algunas ocasiones, únicamente se están escuchando a sí mismos; Su única cercanía es la física, pues toda la novela podría representarse en teatro (y creo que sería una gran obra teatral) y ambos quedarían presentes en todo momento sobre las tablas, pero les separa una inmensa distancia espiritual.

La novela, como decía, atrapa sin remedio. Con una construcción que apenas notamos, ligera pero poderosa, nos invita a adentrarnos en una realidad que comienza, poco a poco, a parecernos una pesadilla, irreal pero estremecedora. Javier Tomeo me ha ganado para su causa y estoy deseando leer más libros de este autor. Pronto, muy pronto, en cuanto amanezca el día y el sol aleje, hecha jirones, la lobuna oscuridad.

lunes, 23 de mayo de 2016

Los problemas crecen

Cuando somos padres (o vamos camino de serlo), creo que una de las preguntas de mayor calado que nos hacemos es, al margen de las que puedan llegar en tumultuosa avalancha sobre la crianza y educación de los infantes, qué ocurrirá con la pareja. Si es el primer hijo el que llega la situación familiar cambia drásticamente: seremos tres y no solo dos, y las decisiones que tomemos tendrán que tener en cuenta la presencia de ese ser tan dependiente en un principio. Si con nosotros vive nuestro perro, gato o cualquier otra «mascota», posiblemente nos hayamos enfrentado a algunos de los problemas de logística que ahora tengamos que resolver con el pequeño, pero tampoco nos convalidará el «carné de padre» (o de madre) correspondiente. De ahí mi guiño a la entrañable serie de televisión que en España conocimos con el nombre de «Los problemas crecen» (Growing Pains).


La psicóloga Rocío Ramos-Paul (conocida por su papel de «supernanny» en televisión) y su colega Luis Torres presentan en su libro La pareja en familia un compendio de situaciones, las más de ellas estresantes, ante las que puede encontrarse la pareja con el devenir de los años, especialmente desde la llegada de los hijos hasta que estos abandonan el hogar. Así, mediante el uso de ejemplos prácticos y la presentación de situaciones reales, Rocío y Luis nos llevan de la mano en la resolución de conflictos de pareja: los problemas de comunicación que desembocan en discusiones y falta de entendimiento; la gestión del tiempo, siempre tan escaso y que deberemos organizar como un equipo si queremos salir victoriosos; el papel del resto de la familia, permitiéndoles participar del gozo de la llegada de un nuevo miembro sin que sea traumático para los padres; las relaciones sexuales, tan necesarias en la pareja y que deberemos trabajar si no queremos que se diluyan entre las obligaciones y el cansancio cotidianos; incluso la separación, si a pesar de todos los consejos que nos brindan los autores y del empeño de la pareja, esta no es capaz de resolver los problemas y acortar la distancia que les va separando. 

Me ha parecido un libro de fácil lectura, ameno y que, aunque tal vez hace demasiado hincapié en situaciones cuya resolución parece de Perogrullo, viene a recordarnos, en definitiva, que las relaciones hay que cuidarlas (y no solo las de pareja, ya que lo que nos explica podría aplicarse a buena parte de las relaciones sociales que mantenemos en nuestro día a día, con los matices que correspondan a cada cual). Tal vez lo más interesante es la presentación de ciertas reglas para ayudar a determinar la gravedad del problema al que nos enfrentamos, así como trazar un camino, una serie de pautas que seguir, para buscar una solución consensuada, a largo plazo y que trate de atajarlo de raíz sin pretender hacerlo desde un principio, por la vía rápida, sino preparando el terreno para que el cambio sea estable. Aunque los actos que plantea el libro puedan parecer forzados en un principio, como admiten los propios autores, si nos dejamos llevar por ese rol que estamos configurando estoy seguro de que lo llegaremos a interiorizar y a desarrollar finalmente de forma natural, pues no es otra cosa la que (a mi humilde parecer) plantean estos psicólogos. 

En resumen, una lectura interesante, que posiblemente habría dejado pasar de largo si no fuera porque el libro llegó a mis manos de una forma un tanto inusual (que os describo en las notas al final de la entrada). Lo elegí por el curioso momento en el que llegó a mi vida y lo cierto es que posiblemente vuelva a él más adelante, pues se presta a releerlo o a consultarlo de forma esporádica cuando nos encontremos algo perdidos frente a algunas de las situaciones planteadas. Sin descubrir nada nuevo o que no resulte evidente cuando se ven las cosas con perspectiva, desde fuera o cuando no hay conflicto, posiblemente el libro nos transmite el tipo de mensaje necesario para centrarnos y buscar soluciones cuando nos encontramos dentro de una vorágine destructiva de la que no sabemos salir; ni más ni menos que cuando más necesario nos resulta.

Ficha del libro:
Título: La pareja en familia.
Autores: Rocío Ramos-Paúl y Luis Torres.
Editorial: AGUILAR
PVP: 9,99 € (e-book) 16,90 € (papel)
Fecha de publicación: 04/2016
Páginas: 300
ISBN: 9788403515611
Temáticas: Consejos para padres.
Nota: Conseguí este libro a través de la plataforma Edición anticipada y les agradezco el envío de este ejemplar. No obstante, como cualquier otra reseña del blog, refleja únicamente una opinión personal (e intransferible :) ) que no pretende complacer a nadie; la idea principal del blog es compartir lecturas y pensamientos en torno a los libros y, por supuesto, disfrutar departiendo y compartiendo con otros bibliófilos de pro. 

lunes, 2 de mayo de 2016

Préstamos

Hace ya casi año y medio anunciaba en una entrada del blog que me disponía a dar buena cuenta de tres libros que acababa de sacar de la pequeña biblioteca pública del barrio. Durante 2015 apenas llegué a escribir nada por aquí, aunque lo cierto es que recuperé un ritmo lector que, si bien se alejaba del que mantenía años atrás, sí que venía a ser esperanzador en cuanto a lo que había sido capaz de leer en los últimos tiempos. El blog, como decía, no vino a hacerse eco de estas lecturas, pero sí que fui reseñándolas, o al menos valorándolas, en Goodreads

El tiempo, siempre relativo, está devorando un 2016 en el que estoy manteniendo un ritmo algo más discreto y eligiendo lecturas de lo más variopintas. Tanto que si llegase a reseñarlas os podríais preguntar qué me estaba pasando, je, je. Lo cierto es que he continuado con la buena práctica de dar uso a la biblioteca pública, un hábito que tenía casi olvidado y que ciertamente no debería haber dejado de lado nunca. Y son estos encuentro e improvisaciones lectoras los que me dan pie a escribir esta entrada; a recuperar otra buena costumbre que tampoco tendría que haber abandonado. 

Con un sistema de préstamos informatizado es cada vez más frecuente encontrar bibliotecas donde, junto a los libros retirados en préstamo, nos entregan un pequeño recibo impreso en el que figuran los títulos de los libros y la fecha para su devolución. Estos tiques han venido a sustituir a aquellas fichas de préstamo tan entrañables en las que figuraban los datos del libro junto a una cuadrícula en la que, con mayor o menor acierto, el bibliotecario de turno trataba de acertar en uno de los recuadros con un sello de caucho de dígitos rotatorios que imprimiría la fecha límite de nuestra lectura. Sobra decir que raramente acertaba a grabar la fecha limpiamente en él. 

Recuerdo con cariño los libros que pedía en préstamo en la biblioteca del colegio en que cursé la ya casi olvidada EGB y donde contábamos con una ficha de lector que se intercambiaba con la del libro en cuestión cuando lo solicitábamos. En aquel caso, siguiendo el sistema Newark, nuestra ficha era sustituida en el fichero de libros por la del libro retirado y la de este introducida en la bolsita de papel destinada a tal efecto y que permanecía pegada a las guardas del libro. En ella, como decía, se imprimiría la fecha de devolución. 

Otro tanto ocurría con los libros de la biblioteca pública del pueblo, aunque como allí podíamos sacar incluso dos títulos por aquél entonces y la ficha de lector ya no era tal, sino un flamante carné, los datos del préstamo se copiaban en un mamotreto de folios grapados donde se resumían los datos de la operación: Fulanito de Tal, con n.º de lector cual, retira el libro con signatura equilicual con su correspondiente título. Y en la ficha de préstamo del libro, o incluso en la correspondiente bolsita de papel, que solía llevar impresa también la cuadrícula, ¡plaf!, se estampaba la fecha. 

Ya lo hacía por aquél entonces y vuelvo a hacerlo ahora, cuando saco libros de una biblioteca pública que permite leer su historia. Porque, al igual que ocurre con los libros de segunda mano, los libros de las bibliotecas tienen su historia y se nos permite fantasear con ella cuando tenemos suficientes datos para hacerlo. La mala costumbre de doblar las esquinas nos permiten saber si los lectores pretéritos detenían su la lectura entre capítulos o si los leían ordenadamente y solo finalizaban la lectura al acabar uno de ellos. La no mucho mejor costumbre de subrayar o anotar libros que no son nuestros nos permitía saber si algo llamó su atención especialmente. Yo, he de confesarlo, en ocasiones corregí alguna errata anotando la letra, tilde o palabra correctas; eso sí, con lápiz, si sirve en descargo de mi persona. 


Una de mis ensoñaciones preferidas cuando de libros de biblioteca se trata viene dada precisamente por las fichas de préstamo o, en su defecto, por las bolsitas de préstamo, si están presentes y siguen siendo usadas. En ellas podemos ver la historia del libro y saber si fue muy demandado en una determinada época —habitualmente cuando fue publicado, cuando estrenaron la película basada en él, cuando murió su autor...— o si durmió en su balda durante años el sueño del olvido, de la inapetencia o del desconocimiento. 

Por ejemplo, a mi lado tengo el libro La loca de la casa, de Rosa Montero (a él pertenece la fotografía que acompaña esta entrada), y puedo ver que en 2003 —fecha de su lanzamiento— fue retirado con cierta frecuencia, una vez al mes salvo en diciembre, y que en 2004 aún todavía lo sacaban con cierta asiduidad, incluso varias veces al mes; puede que en alguna ocasión debido a una renovación, al mediar un par de semanas entre las fechas, y otras desde luego que no, al estar más o menos espaciadas. Después el ritmo lector menguaría, pasando a dos lecturas en 2005 y otras dos en 2006 para acabar en una única en 2007. En 2010, por ejemplo, no lo sacó nadie de la biblioteca, al igual que en 2014. Y este año soy su primer lector. 

La frecuencia de los préstamos dependerá mucho del libro, por supuesto. Recuerdo los días en los que la bibliotecaria de Santa Fe arrancaba uno de estos sobres, repleto completamente de fechas, y pegaba sobre el lugar en el que se adivinaba la marca de pegamento una nueva para comenzar de nuevo con una historia de lecturas que imaginar. Ahora, que estoy disfrutando de esta suerte de ensayo autobiográfico repleto de amor por el oficio de escribir, me decido a recuperar el placer de imaginar —porque «la imaginación es la loca de la casa», como dijera Santa Teresa de Jesús— con él y su historia de lecturas, y de escribir sobre ello.

¡Feliz lectura!

viernes, 8 de mayo de 2015

El club de las buenas lecturas

En los últimos meses he llegado a sentirme relativamente satisfecho con el ritmo que he llegado a imprimir a mis lecturas. No es una satisfacción plena, en absoluto, pero sí que puedo considerar meritorio haber vuelto a leer como no lo hacía desde tiempo atrás.

Algo de mérito tiene la red social Goodreads, un punto de encuentro entre libros y lectores que ha servido para organizarme y no abarcar demasiadas lecturas a la vez y ha supuesto el aliciente que necesitaba para retarme a mí mismo y para ir descubriendo nuevas lecturas a partir de las actualizaciones que realizan otros lectores.

A lo anterior ha venido a sumarse la iniciativa de hacer uso de la biblioteca pública de un barrio aledaño al que ahora nos acoge. Cierto es que tengo en casa numerosos libros esperando ser leídos. ¿Qué puede aportarme entonces una biblioteca pública? Muchas cosas, en verdad. La obligación de no empezar demasiados libros a la vez, tanto por el límite de préstamos como por la fecha límite para devolverlos; la frescura de ir de caza a la aventura, algo que tenía muy olvidado, y que no consiste en otra cosa que dejarse llevar entre los estantes, acariciar los lomos, observarlos, sacar ese libro que te llamó la atención por su título, color o tamaño, observar su portada, hojearlo y, finalmente, volver a dejarlo en su lugar o, por contra, tomarlo y llevarlo con nosotros.

Sin embargo, nada de esto lo he venido a trasladar al blog. Sigo, no termino de encontrar el motivo, en dique seco. Me apetece escribir, tengo historias que me gustaría contar, se me ocurren ideas pero no termino de encontrar el momento de plasmarlas ni la voz con las que contarlas. De hecho, la primera entrada del año Así que me he planteado enlazar desde aquí mi perfil de Goodreads por si os interesa, por si queréis saber  qué derroteros siguen mis lecturas y, sobre todo, por si os interesa la red social o, si ya formáis parte de ella, queréis decírmelo por si no os he encontrado y agregado como amigos antes.

Y, con esto, os deseo un fin de semana repleto de buenas y felices lecturas.

jueves, 1 de enero de 2015

Año nuevo, entrada nueva

Alguna vez he hablado en el blog de la «caza» de libros. Recorrer librerías tratando de encontrar ese título que tenemos en busca y captura desde hace tanto. Rastrear Internet en un desesperado intento de localizar un libro que deseamos leer y que aparece como descatalogado desde hace tanto tiempo. También hemos tratado en alguna ocasión sobre el instinto que nos hace fijarnos en una determinada portada, en un título, en esa sinopsis que leemos en la contraportada o en las solapas de un libro que vemos en un estante, que tomamos en nuestras manos y que sabemos que vendrá con nosotros lo queramos (y, en verdad, lo queremos) o no. 

Creo, sin embargo, que no he hablado antes por aquí de una forma ciertamente errática, azarosa, que ponía en práctica hace tiempo, para elegir algunas de mis lecturas. Tiempo atrás solía ir mucho más a la biblioteca pública de lo que lo hago ahora. Un hábito que deseo recuperar, por otra parte, ya que creo que nuestras bibliotecas merecen todo nuestro apoyo y que requieren de los lectores para seguir abiertas. El caso es que, con esto de vivir relativamente lejos de la Biblioteca Provincial de Málaga, únicamente de cuando en cuando me animo a acudir a la misma para sacar algunos libros, casi siempre previa consulta del catálogo bibliográfico en línea. A tiro hecho, como suele decirse. Cuando vivía en Granada solía ir a la biblioteca de mi pueblo y a la provincial de Granada, pero es cierto que aquí, en Málaga, teniendo un par de barrios con biblioteca cerca, no tengo perdón a este respecto. 

Volviendo al hilo principal de esta entrada, que, para ser la primera de 2015, ya estoy desvariando demasiado, os decía que tenía una forma particular de elegir algunas lecturas. Se trataba, simplemente, de deambular erráticamente entre las estanterías de la biblioteca, sacando libros al azar, echándoles un ojo, leyendo su argumento, o la breve reseña biográfica del autor, o algunas páginas al azar. Si el libro me llamaba la atención por un motivo u otro, se venía conmigo a casa. Si no, lo devolvía a su sitio y proseguía con mi práctica. De esta forma, podía encontrarme con lecturas abominables o descubrir maravillosas historias. Incluso algún filón-autor habré descubierto así. ¿Y vosotros? ¿Os dejáis llevar por el instinto a la hora de elegir lecturas de algún modo similar?

El caso es que hace unos días acudí a la biblioteca de la Colonia de Santa Inés. Una biblioteca de barrio pequeñita, ubicada en un edificio encantador de tejas azules y verdes, con apenas una sala de lectura donde, en las estanterías apoyadas contra sus cuatro paredes, podemos encontrar todos los fondos que posee. Pero, incluso así, tiene una interesante diversidad que ofrecer a sus lectores. De esa visita traje conmigo tres libros que constituyeron las últimas lecturas de 2014 y que darán pie a las tres primeras reseñas de 2015 en el blog. En los próximos días las tendréis por aquí, deseando animar esta bitácora que, durante el año pasado, estuvo demasiado silenciosa.


Mientras tanto, os dejo en buena compañía. La de la lectura que hayáis elegido para iniciar este día. 

¡Feliz Año Nuevo!