
Hace unos días
comentaba por aquí que había recibido el último libro de José Antonio Labordeta,
Memorias de un beduino en el Congreso de los Diputados, que recoge algunas de las vivencias e impresiones del diputado del CHA (Chunta Aragonesista) durante las dos legislaturas que anduvo por Madrid intentando representar al pueblo aragonés. Dejando de lado su gestión e ideales, sobre los que es más que probable que existan desacuerdos (al fin y al cabo es una labor política, sujeta a las impresiones personales y anhelos de cuantos le votaron, o no, y que siempre será mejorable, como cualquier labor humana), quería quedarme con la impresión que, como persona, me ha transmitido Labordeta a través de las páginas de este libro.
Ya avanzaba mediante el entusiasmo de mi anterior entrada que admiro a Labordeta en su faceta más afín a la cultura; como cantautor, escritor y presentador de televisión, el señor Labordeta me parece una persona de lo más singular e, incluso, entrañable. Tiempo atrás leí algún otro libro suyo (Tierra sin mar y Banderas rotas) y, por lo que ya conocía de él y por cuanto leí, me pareció una persona más que interesante para departir junto a un buen vaso de vino (u otra bebida menos espirituosa) en cualquier barecillo de nuestra geografía. Ahora, con estas deslenguadas memorias de su paso por el Congreso, me reafirmo en lo dicho anteriormente. En breves capítulos, correspondientes a pequeñas anécdotas, grandes retos o someros repasos de los concurrentes a las reuniones, Labordeta nos transmite sus inquietudes respecto al desarrollo de Aragón (particularmente los problemas de la red de transportes, el trasvase del Ebro y los problemas de Los Monegros ya que, como mencionaba nuestro Último Íbero en los comentarios del blog, Labordeta quizás peque un poco en su afinidad con las zonas más provincianas, siendo él poco urbanita, y deje algo de lado algunos intereses de la capital), pero también respecto a la nunca deseada guerra de Iraq, la comisión del 11-M o la gestión de los grupos popular y socialista durante las legislaturas que le toco compartir con aquellos, y que llegaron a convertirle en un icono transgresor por la sinceridad que pueden permitirse aquellos que saben que, de perdidos al río, no hay mucho que les puedan arrebatar.
Os dejo con un par de extractos del libro. No hay mucho más que decir, pues su interés es el de la pura anécdota, la que permite conocer un poco más a fondo el pensamiento de un político atípico, sincero (en tanto no se demuestre lo contrario, y más basándonos en el comportamiento a que nos tiene habituados la parva política) y accesible. Si os llama la atención saber un poco más del autor, puede resultaros interesante su lectura, como la de los dos que citaba más arriba, pues son también de corte autobiográfico.
No tiene pelos en la lengua Labordeta, sin duda alguna,
Su señoría [hablando de él mismo] se sintió siempre ajeno a toda la parafernalia de la Villa y Corte -como Corte, no como Villa-, y como un beduino monegrino se pasó ocho años contemplando las huellas de los ambiciosos, ambiciosas, de los poderosos, poderosas, de los divertidos y de las divertidas, y viendo, asombrado, la caída de los tipos combativos y defensores de sus ideologías, mientras ascendían los obedientes, lameculos y simplones.
aunque me ha llamado especialmente la atención su comentario sobre el metro de Madrid (quienes bien me conocen, sabrán el porqué):
A mí, beduino provinciano, aquel mundo de los largos pasillos, las escaleras automáticas, las voces de la megafonía y el estrujamiento colectivo venía a colocarme en un mundo entre deprimente, angustioso y muy atractivo en un grado de masoquismo elitista, porque sabía que aquel mundo no era el mío, como tampoco lo era el de los colegas que residían por los aledaños del Congreso y con los que nunca me crucé por los bajos de ese Madrid atractivo y desorbitado del metro.
Sí lo era el de aquellos hombres y mujeres que, a primeras horas de la mañana, se embarrancaban en las puertas de los vagones intentando no perder su viaje. A veces, cuando el tumulto era insoportable, me quedaba contra la pared -no tener que fichar era un lujo- y contemplaba aquella pequeña batalla.