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jueves, 21 de noviembre de 2013

Libros termómetro

Me ronda la cabeza desde hace mucho un tema que quería tratar en el blog (sí, en este espacio aletargado desde hace ya tanto tiempo en el que nos encontramos), y no es otro que el de los libros y las enfermedades. No libros sobre medicina, no, sino libros que nos acompañaron cuando la enfermedad se hace fuerte en nuestro interior y pasamos algunos días postrados en cama, sin muchas ganas de nada pero, ocasionalmente, con los libros brindándonos una compañía impagable. Por ejemplo, en mi memoria la lectura de Tarzán de los monos se asocia inmediatamente con mi infancia, durante unos días de inverno con mis amígdalas dándolo todo y fiebre elevada. 
Sin embargo, esta prolongada ausencia me ha dado una nueva perspectiva desde la que aproximarme a esta entrada. La del libro o, más exactamente, la de la lectura, como síntoma de la enfermedad, ya no del cuerpo, sino (si se me permite la licencia poética) del alma. Aunque en el pasado me había ocurrido en alguna ocasión que se me atragantaba alguna lectura, nunca me había sucedido como hasta este año. Desde mediados de julio hasta principios de noviembre no he sido capaz de acabar un libro con éxito. Empezaba alguno y lo abandonaba cuando llevaba leídas 20 o 30 páginas. Tomaba otro, e igual. Y así con todo tipo de lecturas y relecturas (pues probé de todo) que no conseguían engancharme, que me dejaban proseguir con mi errático deambular de (no) lector. El desinterés, la desgana, la dispersa actitud mental de tener mil cosas en la cabeza y no aprehender ninguna de ellas que viene dada, en buena parte, por un estado de desánimo provocado por muy diversos factores en los que no entraré ahora pero que, al menos alguno de ellos, me gustaría tocar en Andanzas de un Trotalomas, otro de mis abandonados de este año. 
Curiosamente, hace poco más de un mes pude charlar un rato con uno de los bibliotecarios de la Biblioteca Pública de Granada al que no veía desde hacía mucho. Además de alegrarme de volver a verle tras varios años (y es que, desde que vivo en Málaga, puedo ir mucho menos de lo que me gustaría por esa estupenda y nutridísima biblioteca), estuvimos charlando de la situación del país, ese gran tema de ascensor que ha venido a sustituir a la meteorología. Llevaba conmigo un libro sobre fabricación sostenible y otro de relatos de autores rusos, y me contaba este buen hombre que últimamente procuraba no ver las noticias y, cuando lo hacía, buscaba alguna cadena televisiva o emisora radiofónica que no fuese claramente «del Régimen». Además, me decía, ya no leía novela. Únicamente los relatos conseguían colarse en los intersticios de ese desánimo generalizado que nos invade a los que vemos mala salida de esta crisis de valores en la que estamos sumidos y de la que nadie parece acordarse para ponerle remedio. Justamente en los relatos pensaba yo para intentar combatir mi desidia lectora, aunque tuve que coincidir con él en que la elección de los autores rusos no era demasiado afortunada, por más que sus temas casasen a la perfección con nuestro estado anímico. 
Finalmente, hace un par de semanas, conseguí acabar un libro. Había recurrido a Vázquez Figueroa y a su novela breve El perro, cuya adaptación cinematográfica me gustó tanto cuando la vi de niño. Tras leerlo, he acabado con El amante bilingüe, cuya lectura tenía pendiente desde hacía tanto, con Fugitivo, una novela sobre el mundo del lobo y ahora ando embarcado (nunca mejor dicho) en la lectura de El lobo de mar, de Jack London y deambulando entre animales salvajes con Gerald Durrell. De todo ello os hablaré en una futura entrada, si seguís ahí después de tanto tiempo. 
Entretanto, contadme: ¿cómo os afecta el estado anímico en vuestro quehacer lector? ¿Habéis cambiado últimamente vuestros hábitos lectores? ¿Qué hacéis ahí, insensatos, si llevo meses sin escribir? 
Sea como fuere, muy buenas de nuevo y, como siempre, feliz lectura.

miércoles, 12 de mayo de 2010

El lobo

Es el más riguroso invierno del que el lobo guarda memoria. En su deambular por el bosque, cada vez más debilitado por la escasez de alimento, descubre que la nieve no es la única que oculta secretos; del encuentro con un zorro que está siendo atacado por los cuervos y que constituye su última esperanza para alimentarse resulta el argumento evidente de la primera novela de Joseph Smith. Sin embargo, como buena fábula, como la nieve que lo cubre todo, guarda en su interior muchos más tesoros que podremos descubrir a poco que hurguemos en ella.

Lupo, posiblemente el gato más indicado para presentar este libro,
nos indica que estamos ante un libro de ensueño...

Le tenía ganas a El lobo desde que supe que lo habían editado. Tantas como recelo a lo que pudiera guardar un libro que triunfó en su día en la feria de Fráncfort y que los medios publicitaron a bombo y platillo. Así que se convirtió en un elemento destacado de mi infinita lista de imposibles pero deseadas lecturas que iba avanzando tímidamente hacia un primer puesto. No fue, sin embargo, hasta hace unos días que me hice con él, ya en edición de bolsillo, pensando que a este paso terminaban por descatalogármelo cualquier día (sobre este tema tengo una entrada pendiente desde hace un tiempo). Lo cierto es que he devorado El lobo con ganas, tantas que sentía una suerte de vergüenza ante la famélica imagen del cánido incapaz de encontrar su pitanza en el bosque. Dejando de lado ciertos detalles de la novela que me han parecido poco realistas –deformación vocacional, tal vez- y que no tienen mayor relevancia ya que, como decía, estamos ante una fábula más que frente a una novela que busque dotarse de un halo de verosimilitud, la verdad es que El lobo se erige como un texto hipnotizador, vehemente, tan descriptivo que nos parece que oímos el crujido de la nieve bajo los pasos del animal y que nos ofrece una interesantísima reflexión filosófica y psicológica sobre el hombre desde el espejo que supone un animal que ha estado desde el inicio de los tiempos vinculado a nuestra especie, primero como competidor, después como mejor amigo (durante el proceso de domesticación hacia el perro) y, siempre, como fiel de una balanza en la que sopesamos, aunque sea metafóricamente, nuestras bondades y maldades.

Sin poder evitarlo, me venía a la memoria otro relato protagonizado por un viejo macho montés. Efectivamente, los capítulos dedicados en “El hombre y la Tierra” al ya viejo, cansado y dueño de una intensa y maravillosa vida, macho montés de Cazorla que Félix Rodríguez de la Fuente retratase ofreciéndonos desde esta perspectiva una visión particular de la vida en el bosque. También las novelas de London o Curwood en la nevada Alaska y el Yukón, y de Conrad pasaron por mi mente durante la lectura de este maravilloso libro.

En apenas 120 páginas Joseph Smith nos deleita con los pensamientos de un lobo moribundo y sus avatares, y nos ofrece una reflexión sobre quiénes somos como individuos y por nuestra propia naturaleza, esto es, cuánto pesan los genes y cuanto la sociedad en el individuo. Un relato, en todo caso, que se lee con muchísima fluidez, tal y como os decía, y que al margen de estas reflexiones constituye toda una aventura de la que podemos disfrutar sin más.

domingo, 30 de agosto de 2009

El día que conocimos al lobo

Imaginad por un instante la siguiente escena: un hombre corpulento se aproxima al poblado portando en sus manos una pequeña esfera peluda. A él se acercan, curiosos, otros miembros del clan. Le miran intrigados por saber qué es lo que oculta y él, extendiendo hacia ellos sus manos, muestra el rostro diminuto de un lobezno con ojos azules, puede que el primero en convivir con el ser humano. Si lo descrito se os antoja interesante, digno de merecer vuestra atención y ya me conocéis un poco de antemano, tal vez os sorprenda algo si os digo que la lectura del libro Lobos y Hombres. Un conflicto de supervivencia (Desde la Prehistoria hasta nuestros días), de Juan Carlos Gil Cubillo, ha supuesto una decepción para mí.

El libro en cuestión es el segundo de una trilogía de ensayos en torno a la figura del lobo, en los que se repasan aspectos que abarcan desde sus rasgos fisiológicos y comportamiento hasta su interacción con el hombre y el medio cada vez más degradado en que se ve obligado a subsistir. Lo cierto es que el lobo, el gran depredador de la región Holártica, es mi animal tótem por excelencia. Si pudiera trabajar algún día con animales en la disciplina que más me apasiona (la Etología), sin duda el elegido sería el Canis lupus. Siendo así, ¿cómo es posible que el libro me haya defraudado? Mi amigo Alberto ya me advirtió de su desilusión al leer el libro cuando lo puso en mis manos hace unas semanas, en una de nuestras noctámbulas salidas campestres, y lo cierto es que debo secundar su opinión.

El ensayo comienza dando un repaso evolutivo previo con la intención de situarnos en el escenario de los hechos: partiendo de la evolución humana, muestra cómo nuestros ancestros pasaron de ser un buen entrante a la hora del almuerzo de todo tipo de depredadores a un serio competidor éstos, para llevarnos a los últimos momentos del Paleolítico y comienzos del Neolítico, donde las interacciones entre el hombre y el medio dejaron de ser pasivas para comenzar una relación de sometimiento de éste por parte de unos homínidos cada vez más inteligentes. En esta primera parte, salvando la natural enumeración de especies, extintas o no, el lenguaje usado por el autor es marcadamente pedante (no, no hay otra forma de describirlo), dificultando la lectura por lo engorroso del mismo.

En una segunda parte, la obra da paso a una visión claramente etológica, intentando describir cómo pudo producirse el sometimiento del lobo al hombre, siendo el Canis lupus la especie animal de la que se tiene fechada una domesticación más temprana. Este es un hecho de lo más curioso, porque el lobo es un animal harto inteligente, con un comportamiento complejo y difícil de controlar, como viene a demostrar el autor tras una serie de experimentos con animales troquelados (son aquellos que tienen contacto con el hombre desde los primeros días o semanas de vida, quedando marcados por una impronta que los vincula al ser humano), la domesticación del lobo tuvo que darse de forma muy paulatina, siendo complejo el hecho de mantener a varios animales en una misma tribu, ya que tenderían a formar una manada y terminarían abandonando a sus criadores humanos. También resulta complejo en los experimentos citados retirar al lobo de la carne, ya que mantiene comportamientos instintivos muy relacionados con este alimento y no resulta fácil separarlo de la presa, especialmente cuando cazan en manada. Todo lo expuesto constituye un enigma en torno a una domesticación de la especie que se produjo antes incluso que la de los herbívoros, a la sazón mucho más dóciles que aquél. Salpicadas por el texto encontramos narraciones pobremente descritas (demasiada adjetivación que distrae de un texto extremadamente simple) de experiencias de campo del autor.

Por último, el estudio se centra en la relación del lobo con el hombre en nuestros días, especialmente en lo tocante a los ataques a la cabaña ganadera, y cómo la figura del lobo, aún hoy, está fuertemente impresa en los miedos atávicos del hombre, lo que lleva a culparle siempre de todos los males que puedan acontecer a los rebaños, sea el lobo o no (pues en muchos casos se trata de perros asilvestrados) el causante de los mismos. En esta última parte algunas narraciones de pastores con los que ha conversado el autor también adolecen del intento del autor de convertir el ensayo en un texto literario (he comprobado que la próxima edición del Diccionario de la R.A.E. incluirá el término “literaturizar”, que se ajusta a lo que quiero describir, pero es que me parece abominable) sin conseguir hacerlo por ello más ameno o legible.

Se me antoja pensar que el autor intentó trasladar a su obra la singular capacidad descriptiva de un verdadero referente del movimiento en pro de la conservación de la naturaleza: Félix Rodríguez de la Fuente. El burgalés que supo despertar en un país aferrado a su pasado, que daba el nombre de alimaña a cualquier animal silvestre que no tuviera un aprovechamiento cinegético directo, el amor por la naturaleza, fue sin duda un comunicador nato, capaz de dotar de ese toque mágico de cuento de hadas a cualquiera de sus textos científicos o divulgativos espacios televisivos. También es posible que intentara emular al gran etólogo austriaco Konrad Lorenz, ganador del premio Nobel por sus estudios sobre comportamiento animal, y que cuenta en su haber con ensayos tan hermosos como El Anillo del Rey Salomón (algún día hablaré aquí de ese libro) o Cuando el hombre encontró al perro, ciertamente muy afín al que nos trae hoy al blog, pero que está escrito con un gusto exquisito.

Un libro es contenido y continente, es aquello que nos cuenta y cómo lo hace. Una buena historia que esté mal escrita terminará por aburrirnos, un argumento mediocre oculto tras bellas palabras será capaz de exasperarnos. En este caso, el resultado no es todo lo bueno que habría deseado, puesto que el objeto de la investigación se me antoja apasionante, ya que permite aprender muchísimo de ese antagonista que convertimos un buen día en nuestro más fiel amigo y que, a pesar de todo, nos hemos empeñado en mantener alejado de nosotros con todo tipo de trampas, lazadas y cuentos de viejas… Pero esto será un tema a abordar en otra ocasión.

Para quitarme el mal sabor de boca, os dejo con un vídeo de El Hombre y la Tierra, deseando que el canto del lobo no se extinga jamás de nuestras sierras.