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sábado, 11 de abril de 2009

La Ratesa


Así se cumplió, dijo la Ratesa con que sueño. Donde estuvo el hombre, en cada lugar que dejó, quedó basura. Hasta en la búsqueda de las últimas verdades y pisando los talones de su Dios produjo basura. Por su basura, acumulada capa a capa, se le podía reconocer siempre en cuanto se excavaba para buscarlo; porque más longevos que el hombre son sus residuos. ¡Sólo la basura ha durado más que él!
Recibir una rata común, de las denominadas de alcantarilla, como regalo de Navidad es algo de lo más inusual. Tanto como que nos haya llegado porque la solicitemos de forma expresa. Sin embargo, así comienza esta novela de Günter Grass, con la llegada de tan insólito como esperado regalo, una rata que pronto colmará los sueños del narrador convirtiéndose en La Ratesa, aquella que le describe cómo el hombre ha llevado su existencia hasta el límite y más allá, desembocando en un cataclismo nuclear a nivel mundial que ha terminado con su extinción.

A Günter Grass le tenía ganas. Así, había visto publicadas una obra suya tras otra, y desde que leí el argumento de El Rodaballo, y descubrí su Tambor de Hojalata, deseaba leerle. Sin embargo, por un motivo u otro nunca había terminado por decidirme a devorar uno de sus libros, hasta que se apoderó de mí la imagen de La Ratesa. Encontré el libro en la librería de viejo BookMarket, y si bien no lo compré en mi primera visita, ni en la segunda, ni tan siquiera en la tercera, el libro me llamaba una vez tras otra al acudir a la estantería en la que se alojaba. Finalmente, en esta última visita que describía días atrás, el libro se vino conmigo.

Leerlo ha supuesto seguir a Grass a lo largo de las callejas de una ciudad devastada. Comenzó por tomarme de la mano y empezar a hablar sin pausa, para soltarme comenzada la narración y dejarme perdido en una calle oscura. Oía su voz al otro lado del muro, corría para encontrarle girando una esquina y, tras volverla, encontrarme con que había vuelto a perderle. Su voz, ahora, provenía de una calle lejana, llegaba y oía cómo seguía relatando la historia de la destrucción del hombre, el viaje científico a los mares de Damroka y varias mujeres más a bordo de una gabarra a los mares septentrionales, el señor Matzerath a Polonia y las peripecias de unos particulares Hänsel y Gretel con ínfulas de punkies.

Pese a todo, aun extenuado por esta búsqueda continua de la historia, he de admitirlo: el libro me ha encantado. No es un libro para leer a la ligera; tampoco lo esperaba. Günter Grass plasma en La Ratesa todo el horror de la autodestrucción del hombre, que ya podía barruntarse en los años ochenta, cuando fuera publicado el libro, poco antes de que le fuera concedido el Premio Nobel a su autor. Hoy día, las cosas no han cambiado demasiado, sino que cada vez van a peor. Las palabras de la Ratesa parecerían premonitorias, de no ser porque todo, siempre, fue así:

Es verdad, amigo mío, dijo la Ratesa, pero de todas formas deberías oír lo que nos indujo a hundirnos bajo tierra: hacia el final de la historia humana, vuestra especie se había habituado a un lenguaje que lo nivelaba todo tranquilizadoramente, consideradamente, que no llamaba a nada por su nombre y sonaba sensato hasta cuando hacía pasar las tonterías por conocimientos. Era asombroso cómo los capitostes, los políticos, lograban hacer las palabras flexibles y maleables. Decían: con el terror nuestra seguridad aumenta. O bien: el progreso tiene un precio. O bien: el desarrollo técnico no puede detenerse. O bien: no podemos volver a la Edad de Piedra. Y ese lenguaje engañoso era aceptado. Por eso se vivía con el terror, se corría tras negocios o diversiones, se lamentaban las víctimas de las antorchas de admonición, se las consideraba hipersensibles y, por ello, incapaces de resistir las contradicciones de la época.

De acuerdo: ¡hasta vuestra basura es impresionante! Y a menudo criaturas como nosotras nos asombramos cuando las tormentas de polvo refulgente traen desde muy lejos a la llanura, por encima de las colinas, voluminosos elementos de construcción. ¡Mirad, ahí planea un techo de fibra de vidrio! Así recordamos a los encumbrados hombres: pensando en subir cada vez más alto, cada vez más arriba… ¡Mirad qué arrugado cae al suelo su progreso!

jueves, 8 de enero de 2009

Peer Gynt

Peer Gynt, el soñador, el enamoradizo, el voluble joven que deseaba ser emperador, haciendo caso omiso a las advertencias maternas, acude tras una frustrada cacería a la boda de su enamorada Ingrid que, harta ya de sus fantasías ha decidido contraer compromiso con otro joven. Allí conoce a Solveig, una chica extranjera de la queda prendado, pero recordando su misión, impide que se lleve a cabo el enlace raptando a Ingrid y echándose a las montañas, donde la dejará abandonada para conocer, justo después, a la hija del Rey de la Montaña de cuyas garras tendrá que escapar si no quiere quedar convertido en duende para siempre. Tras esto, partirá en un viaje que le llevará alrededor del globo, y gracias al cual visitará lejanos países en los que buscar, siempre, la fama y la gloria que alcanza y le es arrebatada una vez tras otra. Finalmente, en el último acto, regresará ya anciano a su tierra natal donde le espera, inmutable, su destino final.

Cuando Henrik Ibsen escribió su obra teatral en verso Peer Gynt en 1867, lo hizo teniendo en mente la gran dificultad representativa que albergaba la misma, debida principalmente a los numerosos cambios de escenario que disponen las distintas ubicaciones que Peer va recorriendo en sus viajes. A lo largo de cinco actos, esta obra se alejaba notoriamente de otros escritos del autor, claramente realistas, al estar inspirada en la mitología nórdica y tener un corte marcadamente fantástico. Por todo ello, no fue hasta nueve años después de su publicación que la obra pudo representarse por vez primera en Oslo. Contó con la musicalización que preparó para la misma Edvard Grieg, que compuso la música incidental que serviría como acompañamiento a la acción y, de paso, aplacaría la impaciencia del público en los inevitables interludios que se producirían entre escena y escena.

Tal fue el éxito de la obra musical, que en lo sucesivo constituiría un referente clave en la cultura popular, siendo posible encontrar versiones y adaptaciones de las distintas suites que la componen en diversas manifestaciones artísticas, como el cine o la música. Como curiosidad, cabría reseñar que, en 1941, un jovencísimo Charlton Heston protagonizó una película muda basada en el drama de Ibsen, contando como único acompañamiento con la música de Grieg.

Personalmente, conocí las suites de Grieg hace bastantes años, mucho antes que la obra en que se inspiraron, y se convirtieron entonces en algunas de las composiciones de la música clásica más queridas para mí. Tiempo después descubriría la fuente que las inspiró –hasta el punto de que no habrían existido si no hubiera sido como verdadero acompañamiento de la obra teatral-, y quedé prendado por la historia de Gynt. Pese a ser bastante tópica -el viaje como simbolismo del crecimiento interior; el personaje que parte para, habiéndose descubierto a sí mismo, regresa a casa; la obra iniciática por antonomasia-, no deja de tener su encanto.

Estamos, por tanto, ante una obra de teatro que a buen seguro nos deleitará con su lectura; permite demorarnos en sus páginas mientras nos reímos e irritamos a partes iguales con las ocurrencias de Peer, con su ambición sin límites y su inocencia y marcada moral. Ante un clásico totalmente recomendable, sin duda alguna.