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viernes, 22 de noviembre de 2013

El cénit de la vida

Hace 97 años, John Griffith Chaney, más conocido como Jack London, dejaba el mundo de los vivos. Su nombre evoca en mí la aventura en el Klondike, entre buscadores de oro fracasados y lobos hambrientos, lecturas caninas (en todo su espectro semántico) de infancia y juventud. Libros que me marcaron y una forma de ver la vida que, de algún modo, vinculo a las inmensas extensiones que se abren ante nosotros dispuestas a devorarnos o a darnos la oportunidad de nuestras vidas. Son unas tierras como las que Conan, tan individualista como lo fuera London en su juventud, recorre mientras suena esta música en nuestros oídos.


Son las heladas extensiones en las que alguien tan distinto y a la vez tan similar a London, y que marcaría también mi vida, perdió la suya: Félix Rodríguez de la Fuente.




Os dejo con un fragmento de la lectura que me tiene atrapado estos días y que, con toda probabilidad, me traiga de regreso al blog. Recuperando los orígenes, las raíces, para que el sol del mediodía no nos abrase. Rindiendo un cumplido y necesario homenaje a mis maestros; Lobo de mar, de Jack London.
—Pero usted que lee a Spencer y a Darwin, y que no fue a la escuela, ¿dónde aprendió a leer y a escribir?
—Cuando estuve al servicio de la marina mercante inglesa. Grumete a los doce años, aprendiz a los catorce, marinero a los dieciséis, marinero de primera y cabecilla del castillo de proa a los diecisiete, con una ambición y una soledad infinitas; nunca recibí ninguna ayuda, ni la menor muestra de afecto de nadie. Todo lo aprendí por mí mismo: navegación, matemáticas, ciencias, literatura y lo que fuere. ¿Y de qué me ha servido? Soy capitán y propietario de un barco en el cénit de mi vida, como tú dices, cuando empiezo a declinar y a morir. Una lástima, ¿verdad? Cuando el sol llegó al mediodía, me abrasó, y como no tenía raíces, me marchité.
—La historia habla de esclavos que llegaron a los más altos puestos —objeté.
—También habla de las oportunidades que tuvieron esos esclavos —contestó, inexorable—. Ningún hombre crea sus oportunidades. Todo lo que hicieron los grandes hombres fue saber cuándo había llegado su momento. El corso lo supo. Yo he soñado tanto como él. Habría sabido cuál era mi momento, pero nunca se presentó. Las zarzas crecieron y me ahogaron. Ten la seguridad, Hump, de que sabes sobre mí más que cualquier otro ser viviente, con la excepción de mi hermano.
—¿A qué se dedica? ¿Dónde está?
—Es cazador de focas, patrón del vapor Macedonia —dijo—. Posiblemente nos lo encontremos en las costas del Japón. Le llaman Muerte Larsen.
—¡Muerte Larsen! —exclamé involuntariamente—. ¿Se parece a usted?
—Muy poco; es un pedazo de animal sin nada sobre los hombros. Tiene toda mi…
—¿Brutalidad? —sugerí.
—Sí, gracias por la palabra; toda mi brutalidad, pero apenas sabe leer ni escribir.
—Y nunca ha reflexionado sobre el sentido de la vida —añadí.
—Nunca —repuso Lobo Larsen con un indescriptible tono de tristeza—. Por eso es más feliz, porque no se ha preocupado por la vida. Está demasiado ocupado viviéndola para andar reflexionando sobre su sentido. Mi error fue abrir un día un libro.

martes, 9 de abril de 2013

Nos quedamos sin Sampedro

No me salen más que lágrimas, la garganta se me contrae y las únicas palabras que me vienen a la cabeza son suyas. Descanse en paz, querido maestro.

El viejo se despierta, como siempre, antes de amanecer. Allí se levantaría en seguida, para su ronda matinal: pisar la tierra húmeda todavía del relente nocturno, respirar aire recién nacido, ver ensancharse la aurora por el cielo, escuchar los pájaros... Allí sí, pero aquí...
[…]
El viejo se levanta, se pone el pantalón y pasa a la cocina. No enciende para no delatarse, le basta el difuso claror callejero. Abre el armario: en su despensa del pueblo le asaltaba una ráfaga de olores, cebolla y salami, aceite y ajos. Aquí, ninguno; todo son frascos, latas, cajas con etiquetas de colorines, algunas en inglés. Coge un paquete cuyo rótulo promete arroz, pero dentro aparecen unos granos huecos, medio tostados e insípidos.
En el frigorífico, el queso es un trozo amarillento, blando y sin sabor apenas; menos mal que puede mezclarlo con unos trocitos de cebolla encontrada en una caja hermética de plástico... El vino, toscano, y para colmo helado... Por todo pan, uno de fábrica: panetto... ¡Si al menos pudiera meter mano a una buena hogaza de verdad, del horno de Mario! ¡Qué sopas de leche!... Y eso negro en el cilindro transparente de ese chisme seguramente será café, pero ¿cómo se hace para calentarlo? Alarma súbita: un despertador en la alcoba. La casa se anima y aparece Renato dando en voz baja los buenos días. Acciona el aparato del café y saca otro artefacto del armario, lo enchufa y pone a tostar dos trozos cuadrados de panetto. Escapa al baño y se oye correr el agua. Aparece Andrea y exclama destempladamente:
-Pero, ¡papá! ¿Qué hace levantado tan temprano?
Sale sin esperar respuesta y tropieza en el pasillo con su marido, susurrándose palabras uno a otro. Se multiplican los ruidos: grifos abiertos, gorgoteo en sumideros, choquecitos de frascos, ronroneo de afeitadora, la ducha... Luego el matrimonio en la cocina, estorbándose ambos al prepararse los desayunos. El viejo acepta una taza de ese café aguado y pasa al baño a lavotearse. A poco entra Renato:
-¡Padre, que tenemos agua caliente central!
-No quiero agua caliente. No aviva.
Renuncia a explicar al hijo que la fría le habla de regatos en la montaña, olor a hoguera recién encendida, visión de cabras ramoneando unas matas aún blancas de la escarcha. Entre tanto, los hijos van y vienen cautelosos desde la alcoba a la cocina, vistiéndose mientras muerden las tostadas salidas del aparato.

La sonrisa etrusca, José Luis Sampedro.

viernes, 29 de octubre de 2010

Batiburrillo


Durante los últimos tiempos se me acumulan las entradas y me vienen a la cabeza muchas ideas que no termino por plasmar en una de ellas porque, aunque me apetece comentarlo por aquí, no terminan de tener la entidad suficiente como para constituir una entrada por sí mismas o porque estimé no hacerlo al considerar que serían comentados en otros blogs y no aportaría, en ese momento al menos, ningún valor (sirva de ejemplo la noticia del Nobel a Vargas Llosa, que descarté con alegría al ver que nuestro amigo R., de Fenixcidio, había roto su silencio ante tan grato acontecimiento).

Las últimas semanas se han prodigado en noticias de temática literaria. Así, aunque el Planeta no es un premio que personalmente valore demasiado (por parecerme sometido por completo a la vertiente editora mercantilista que mencionaba en la última entrada), lo cierto es que me alegró que el galardonado de este año fuese Eduardo Mendoza con su novela Riña de Gatos. Madrid 1936.

También me alegró oír hace unos días que Manuel Rivas publicaba nuevo libro; Todo es silencio narrará el mundo del narcotráfico en Galicia (que no será Galicia sino Brétema), desde el contrabando de tabaco hasta los grandes narcos de la cocaína, con esa prosa elegante y fluida a la que nos tiene acostumbrados (y enamorados, en mi caso particular) el autor. Una novela definida por él como “esperpento de serie negra” que ya estoy deseando leer.

Por si fuera poco, estoy esperando a que Círculo de Lectores ponga a la venta uno de los libros que han publicado dentro de Galaxia Gutenberg; Desde los bosques nevados, una compilación de ensayos de Juan Eduardo Zúñiga, uno de los máximos especialistas en lenguas eslavas y literatura rusa de España, sobre, precisamente, autores rusos. Además, escucho en la radio que se prepara una colección de clásicos de dicha nacionalidad por parte de El Aleph y Mario Muchnik con nuevas traducciones de las obras originales. Definitivamente, quieren hundir mi economía. Menos mal que la lista del Plan Infinito crece pero la de los libros que tengo en casa pendientes de leer también, así que seré sensato y daré buena cuenta, por ejemplo, de Vida y Destino, de Vasili Grossman, que tengo desde su primera edición y que ha estado esperando a que llegase un buen momento para emprender su lectura (que he postergado unos tres años, tras comenzar a leerlo, encantarme el primer capítulo y tener que dejarlo por embarcarnos en la tercera mudanza en dos años: simplemente es imperdonable).

Por si fuera poco, Umberto Eco publica también una nueva novela. Otra que sumar al Plan Infinito con prioridad alta (me encanta el autor y precisamente le escogí para dar inicio a esta andadura de Homo libris hace casi dos años) y que he descubierto al ponerme al día con El blog de Lahierbaroja, a quien además debo agradecer (más vale tarde que nunca, esta era una de las entradas pendientes y que debía escribir) el premio que me concedió como "Blog de Oro".Todo un honor que le agradezco desde aquí.


A todo lo anterior habría que sumar una serie de artículos que me han interesado bastante y que me gustaría compartir aquí. “Derechos digitales. Por qué los libros del futuro pueden quitarnos los derechos del pasado”es un artículo publicado en la revista digital Hermano Cerdo que vinculé en uno de los comentarios que hice a la entrada sobre Editores pero que corre el riesgo de quedar olvidado allí. “La era digital salva la pequeña librería” lo descubrí a través del Twitter de Alienor (cuando me di cuenta de que me había escrito, ya que el mío propio lo uso de momento poco) y me ha gustado mucho. También descubrí que uno de los libreros malagueños cuyas librerías tengo más presentes (por tener, entre otros, los libros pertenecientes a las asignaturas de diversas carreras de la UNED) es, además de un enamorado de los libros, uno de los ponentes de un curso sobre la traída y llevada “sostenibilidad” al que asistiré dentro de un par de semanas. Sus artículos “De librero a librero: ese paraíso de letra y papel. (Homenaje a polillas y demás seres pequeños que andan entre libros)” y “El libro de papel ha muerto, ¡viva el libro de papel!” creo que os gustarán.

Y, de momento, nada más. Seguro que algo me dejo en el tintero, pero ya habrá tiempo para relatarlo. Me despido deseándoos un feliz (y prolongado) fin de semana de Samhain (de Todos los Santos/Fieles Difuntos, Día de los Muertos, Halloween o lo que cada cual desee celebrar) y, por supuesto, una grata lectura.

viernes, 22 de octubre de 2010

Editores

Desde hace tiempo se me acumulan las entradas por escribir casi al mismo ritmo que los libros pendientes de leer. Una que tenía en mente meses atrás y que he recordado recientemente, por partida doble además, gracias a la última entrada de Alienor en La isla de Calipso y la lectura de un artículo del último número de la revista gratuita Mercurio (dedicado a la ciencia ficción y que os recomiendo leer si podéis haceros con ella, ya que suele estar disponible en bibliotecas públicas y en algunas librerías, o bien a través de la edición de su sitio web, desde donde es posible descargarla en formato PDF), quería dedicarla al papel que juegan los editores sobre las publicaciones y el resultado final de los libros que leemos. La lectura hace nuestra, como lectores, la historia de los libros que escribió un autor, sí. ¿Pero hasta qué punto es el libro también del editor? ¿Hasta dónde llegan sus funciones y a partir de qué momento se estarían extralimitando en su función? En palabras de los propios protagonistas:
Editar es, dentro de cada registro, de cada categoría, de cada tipo de libro que se escoja, un acto de selección, de búsqueda de lo valioso, de separación del polvo de la paja, de respeto al tiempo y la inteligencia del posible lector.
Jordi Nadal y Paco García, Libros o velocidad.
La función de un editor es poner en contacto gente que tiene algo que decir con gente que quiere escuchar.
José Manuel Lara Bosch, Conversaciones con editores en primera persona.
Ser editor más que un oficio es una astucia, que había que reivindicar como una determinada tradición artesanal que guarda una relación muy estrecha con la esencia misma de lo que se podría llamar creación.
Alejandro Sierra, Memoria de 15 encuentros sobre la edición.
Un editor, por tanto, interviene como un puente entre autor y lector (algo que se ha venido diluyendo cada vez más con el avance de las NTIC) que, además, hace una apuesta cada vez que decide publicar la obra de un autor, ya que además de poder estar apasionado en un grado mayor o menor por los libros es, no lo olvidemos un empresario.

Existen numerosos ejemplos de editores que se arriesgan publicando obras cuya posible repercusión entre los lectores resulta dudosa, que van más allá de lo meramente comercial o de lo que saben que se venderá con facilidad. También los hay que han mostrado una incomprensible ceguera ante obras que el tiempo se ha encargado de colocar en el lugar de honor en el que siempre les correspondió estar.

Así, son conocidos los casos como el de George Orwell , que intentó publicar Rebelión en la granja enviándolo al Dial Press de Nueva York desde donde le respondieron que las historias de animales no tenían buena acogida en Estados Unidos, tras lo cual hizo llegar una copia a la oficina de T. S. Eliot, que además de conocido suyo era conservador político, pero que tal vez no quiso arriesgarse a respaldar la obra dada la alianza existente entre Inglaterra y Rusia en aquel entonces. Para más inri, un agente del Ministerio de Información británico se encargó de advertir a algunos editores, por lo que fueron rechazando la novela sistemáticamente hasta que una pequeña empresa, Secker & Warburg, se hizo cargo de la obra haciendo una tirada limitada de la misma para fortuna del autor (no económica, ya que recibió 45 libras por ella) que se había planteado incluso publicar el libro por su cuenta junto a un amigo.

Flaubert sufrió también a su editor, Charpentier, cuando tras un segundo año prometiéndole la publicación de una edición especial de La leyenda de San Julián el hospitalario, este prefirió sacar a la luz un texto más comercial de otra autora. La ira del buen Gustave tuvo que ser apaciguada por un amigo que le hizo ver que en tanto esta obra menor acabaría olvidada la suya seria inmortal. En otra ocasión la desventura del autor vino de la mano de la del editor, ya que la publicación de Madame Bovary fue recibida con acusaciones de inmoralidad que les llevaron ante los tribunales donde, afortunadamente, resultaron absueltos.

Más dramático fue el fin de Kennedy Toole, que se suicidó a los 31 años sin llegar a ver publicada su novela La conjura de los necios tras recibir la negativa de múltiples editores y cuya madre, convencida de la valía de la misma, consiguió que fuese publicada tras lo cual, como es bien sabido, recibió el Premio Pulitzer en 1981.

Otros casos paradigmáticos de relaciones entre editores y autores son, por ejemplo, el de Hetzel y Julio Verne, donde aquel instó al visionario escritor a que sus Viajes Extraordinarios fuesen libros destinados a jóvenes lectores en los que se enriqueciese el espíritu científico. Aunque las vicisitudes por las que tuvo que pasar Verne a lo largo de su vida dieron lugar a que pudieran distinguirse varias etapas en el conjunto de su obra, pasando de la ilusionante visión del progreso proporcionado por la ciencia y la técnica al pesimismo por el mal uso y abuso que el hombre hace de aquellas, lo cierto es que la idea de Hetzel estuvo siempre presente:
Viajes extraordinarios por los mundos conocidos y desconocidos. Su finalidad es (...) resumir todos los conocimientos geográficos, geológicos, físicos y astronómicos acumulados por la ciencia moderna y rehacer, bajo la atractiva forma que le es propia, la historia del Universo.
Pierre-Jules Hetzel, en la introducción a Las aventuras del capitán Hatteras.
Otro autor que siguió los consejos que insistentemente le hacía su editor (W. E. Henley) fue H.G. Wells, que dejó la escritura de obras de ciencia ficción por la de otras más “serias” que le harían ocupar, esperaban ellos, un lugar eminente en la literatura de todos los tiempos. Lamentablemente terminaron por ser sus obras menos conocidas -Ann Verónica, El destino del Homo sapiens, La conspiración abierta y un extenso etcétera- dejándonos sin embargo un recuerdo imperecedero con verdaderos clásicos como La guerra de los mundos, El hombre invisible o La máquina del tiempo.

Por último, y abreviando puesto que la relación de casos particulares es tan extensa como la historia de la figura del editor dentro de la literatura, me gustaría recordar a otros autores que, desde su obligada posición de mercenarios de la escritura, se dedicaron a publicar obras forzadamente limitadas en lo literario pero con una ingente capacidad de evasión: las novelas populares, de “a duro” o bolsilibros, con un claro ejemplo en la editorial Bruguera, de la que tantos lectores tenemos buenos recuerdos de juventud como autores hay que rememoran su paso por allí con espanto.

Os dejo con un par de enlaces a artículos relacionados con este tema que me parecieron interesantes en su día: "¡Mueran los 'heditores'!" y "¿Qué es un editor?".

¡A leer!

domingo, 19 de septiembre de 2010

Un poco más huérfanos

Profesor, cantautor, escritor, político, viajero, presentador de televisión... sí. Pero también ciudadano, hombre, añorado y querido por tantos. Se nos marcha en este funesto año en el que ya se fueron Salinger, Delibes o Saramago. 

Y nosotros, un poco más solos, algo más huérfanos y mucho más tristes.


ESTO FUE...

Apenas un recuerdo, un vago sueño

de pasados domingos sin iluminarias
donde los camareros se aburrían
en establecimientos de segunda categoría.

Todo lo demás es un recuerdo nostálgico

de prensados días escolares
en el juvenil guardapolvo de los lunes.

Un sueño escaso de lluvias impares,

de noches inconclusas en mi pijama a rayas,
de furtivas huidas sin permiso
y, quizás, de algún funeral sin esperanza.

Años cautivos que huyeron de nosotros

a través de uno textos donde puede leerse:

Hoy no llueve... Domingo...

Quizás mañana muertos...
Mi padre me ha pegado...
Ya no hay amor... La una menos diez...
Huimos...
               Y huimos para siempre.

José Antonio Labordeta.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

La ratonera

La primera vez que oí hablar sobre ella estaba, si mal no recuerdo, en 7º de la extinta -desde hace ya tanto- EGB. Tendría, a la sazón, 12 años de edad y un buen día un nuevo compañero, llegado ese mismo comienzo de curso de Cataluña, me comentó que había leído algunas novelas suyas y resultaban de lo más amenas. Me hablaba de Agatha Christie y a mí, seguidor empedernido de Holmes, Dupin y otros insignes detectives, me despertó la curiosidad hasta el punto de empezar a leer sus obras y descubrir que el personaje de Poirot me encantaba (junto a su inseparable Hastings) aunque, la verdad sea dicha, siempre fui más seguidor de Miss Marple.

Hace precisamente unos días recordaba, por una casualidad, algunas obras de Christie y los buenos y lejanos tiempos de los años 80 con esa Miss Marple a la americana que era Jessica Fletcher, encarnada por una siempre adorable Angela Lansbury en la serie de televisión “Se ha escrito un crimen”. Así que anoche, justo cuando el reloj pasaba las doce, al disponerme a enviar por Internet un trabajo (y quedar "libre", por fin) me encontré con el buscador de Google vestido de gala para celebrar hoy el 120 aniversario del nacimiento de la autora inglesa, cuyos libros han sido durante lustros los más leídos después de la Biblia y de la obra de Shakespeare -al menos según aseguran algunos medios- y decidí que hoy, tal como tenía pensado, volvería a subir el telón de Homo libris pero con ella como protagonista.


Agatha Christie nació en Torquay, al sur de Inglaterra, el 15 de septiembre de 1890, y sus novelas y cuentos de intriga son sinónimos de diversión, de entretenimiento y misterio. Durante unos años, a lo largo de esa adolescencia cuasi eterna y, a un tiempo, inexplicablemente fugaz, devoré literalmente un libro suyo tras otro (casi todos en la querida edición de bolsillo de la editorial Molino), y la verdad es que recuerdos como el del crucero por el Nilo, disfrutando de la muerte bajo el sol o las vistas aparentemente tranquilas de la campiña inglesa a través de las ventanas de un tren resultan sencillamente maravillosos, por no hablar del gélido soplo del viento entre los vagones del Orient Express.

Una de sus obras más conocidas, representada durante décadas en los teatros londinenses, me gustó especialmente, La ratonera (Tres ratones ciegos), pero en realidad muchos de sus libros resultan inolvidables: Telón, la obra de despedida de Poirot, pero no la última escrita por la autora, con la que Agatha Christie pretendía evitar la molesta supervivencia del personaje a su padre intelectual (como ocurriese con el Holmes de Conan Doyle); Diez negritos, un verdadero clásico donde la claustrofobia por el encierro en la isla junto al asesino se manifiesta con una fuerza inusitada o El asesinato de Roger Ackroyd, de la que podría afirmar que es mi novela favorita y la mejor de la autora si no fuese porque, a poco que lo piense, me vienen a la mente más y más títulos para competir por el primer puesto.

Novelas de lectura ligera, qué duda cabe, pero que vinieron a marcar una forma de escribir novela policíaca y nos dejaron a dos de los detectives más universales del género, además de algunos otros menos recordados, como el matrimonio Beresford.

Desde hace tiempo tengo, perdido en la estantería, el primer caso de Poirot dispuesto para su relectura, ahora en inglés. Tal vez haya llegado el momento. The Mysterious Affair at Styles me espera...

¡Feliz misterio!

viernes, 18 de junio de 2010

"Mi" Saramago

Han transcurrido exactamente 9 años y un mes desde que pude estrechar su mano. Le admiraba desde años atrás, cuando un amigo me lo descubrió de una forma prácticamente casual. Por aquel entonces mantenía, en Granada, una intensa vida cultural. Junto a algunos amigos y compañeros emitíamos desde una emisora local un programa radiofónico sobre música rock y editábamos una revista homónima que trataba sobre la misma temática: Bajo Cuerda. Pasaba el tiempo y nuestras inquietudes, unidas a la colaboración con la Casa de Jaén en Granada, parieron otro par de revistas. Primero, Fronteras, y posteriormente, Al-Margen, que tuvo una vida sensiblemente más corta que las anteriores. Fue entonces, decía, cuando Leopoldo, que ya había publicado un libro de relatos, me presentó el borrador de su primera novela. La leí con gusto, señalándole aquellos aspectos que llamaban mi atención y creía que podían ser sometidos a reconsideración por su parte. Nos encontrábamos en una de nuestras particulares reuniones, hablando de música, cine o literatura, cuando me enseñó uno de los artículos que había preparado para el siguiente número de Fronteras. Era 1998, José Saramago había recibido recientemente el Premio Nobel de Literatura, y el título de la reseña era “Todos los nombres”. Me habló con tal apasionamiento de la novela, él que era (y es) un enamorado de Kafka, de sus funcionarios grises y del trasfondo metafísico de su obra, que no pude hacer otra cosa que conseguir el libro.

Después de cenar frugalmente, como era su costumbre y la necesidad obligaba, don José se encontró con toda una velada por delante sin tener nada que hacer. Durante media hora todavía consiguió distraerse ojeando algunas de las vidas más famosas de la colección, les añadió unos cuantos recortes recientes, pero su pensamiento no estaba allí, andaba vagando por la oscuridad de la Conservaduría, como un perro negro que hubiese encontrado el rastro del último secreto. Comenzó a pensar que no existía peligro alguno en utilizar simplemente las fichas que tenía de reserva, aunque fuesen apenas tres o cuatro, sólo para ocupar un poco la noche y luego dormir tranquilo. La prudencia intentaba retenerlo, sujetándolo por la manga, pero, como todo el mundo sabe, o debía saber, la prudencia sólo es buena cuando se trata de conservar aquello que ya no interesa, qué mal podría acarrearle abrir la puerta, buscar rápidamente tres o cuatro fichas, bueno, cinco, que es número redondo, dejaría las carpetas de los expedientes para otra ocasión, así evitaba tener que servirse de la escalera. Esta idea acabó de decidirlo. Alumbrando el camino con la linterna en la mano trémula, penetró en la caverna inmensa de la Conservaduría y se aproximó al fichero. Más nervioso de lo que creyera antes, giraba la cabeza a un lado y a otro con desconfianza, como si estuviera siendo observado por millares de ojos escondidos en la oscuridad de los pasillos entre los estantes. Todavía no se había rehecho del choque de la mañana. Tan rápido como le permitieron sus dedos tensos, abrió y cerró cajones, buscando en las diferentes letras del alfabeto las fichas que precisaba, equivocándose una y otra vez, hasta que finalmente consiguió reunir los primeros cinco famosos de la segunda categoría. Ya asustado de verdad, volvió a casa corriendo, con el corazón dándole saltos, como un niño que va a la despensa para robar un dulce y vuelve de allí perseguido por todos los monstruos de las tinieblas. Les dio con la puerta en la cara y cerró con dos vueltas la llave, no quería pensar que aún tendría que volver esa noche a la Conservaduría para colocar las malditas fichas en sus lugares. Con la intención de calmarse, bebió un trago de la botella de aguardiente que guardaba para las ocasiones, tanto las buenas como las malas. Por culpa de la prisa y de la falta de costumbre, dado que en su insignificante vida hasta lo bueno y lo malo habían sido raridad, se atragantó, tosió, volvió a toser, casi sofocado, un pobre escribiente con cinco fichas en la mano, creía él que eran cinco, con el esfuerzo de la tos las había dejado caer, y no eran cinco, eran seis, esparcidas por el suelo, como cualquier persona podrá ver y contar, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, un único trago de aguardiente nunca produjo este efecto.

Todos los nombres se convirtió en uno de mis libros de cabecera y Saramago en un autor del que comencé a devorar todas sus novelas. Absolutamente todas. Algunas me gustaron más, otras menos, pero todas transmitían parte de su profunda sabiduría, de su forma de entender un mundo injusto que, no por no poder cambiarlo se resistía a dejar de denunciar. Cuando hace unas semanas transcribía en el blog un párrafo de otra obra que me marcó cuando la leí, no podía imaginar que ahora me encontraría aquí, una vez más, escribiendo sobre él con una profunda pena pesándome en el corazón.

Presté mi ejemplar de Todos los nombres a un amigo que no lo estaba pasando bien (mal de amores) sin saber las vueltas que daría la vida posteriormente (aunque lo que llegó pertenecería antes a una novela de Auster que a una de Saramago) y creé un nuevo adicto a las letras del portugués. Unos años después, el 18 de mayo de 2001, lo llevaría debajo del brazo al asistir a la investidura de José Saramago como Doctor “Honoris Causa” por la Universidad de Granada. Cuando le busqué al terminar el acto por los patios del Hospital Real, su mano firme estrechó la mía y un asomo de sonrisa acompañó la firma del libro. Nos despedimos y se dispuso a prestar atención a sus acompañantes.

El libro sigue ahora conmigo, aunque ya no es mío, y al releer algún fragmento del mismo me viene a la mente nuestra querida Lammermoor. Cambian los tiempos, los libros de manos, pero su lectura permanece con nosotros, viva. Crece y se expande y, al menos en los buenos libros, no se queda en la primera que fue, sino que se enriquece con las vivencias, con las diversas experiencias que, día a día, se nos ofrecen.

Ahora, recordándole, pensando en “el Saramago” que conocí (no porque lo tuviera ante mí unos breves minutos, sino por sus libros, claro está) pienso en cuanto hacen falta personas como él en este mundo. Autores comprometidos, que no dudan en denunciar aquello que les parece injusto y ponerse de lado de quienes más sufren.

Se nos fue Saramago, pero no su legado. Ojalá no lo desaprovechemos.

viernes, 22 de enero de 2010

En la onda

Últimamente varias ocupaciones me mantienen algo apartado del blog e, incluso, de los libros (de los que más me apetecería leer al menos) pero, como suele decirse, no hay mal que por bien no venga. Ya que el tiempo es escaso, intento incrementar los réditos que obtengo del mismo, y estoy aprovechando para recuperar la sana costumbre de escuchar la radio de forma habitual y localizar programas de mi interés.

Uno de los aspectos más interesantes de la radio de hoy día es que es posible, en muchos casos, encontrar los programas disponibles para su escucha y descarga en la propia página web de la emisora en cuestión, lo que nos permite retrotraernos al pasado, recuperar ese debate que tanto nos interesó o algún programa que no pudimos escuchar. O, simplemente, profundizar en el conocimiento de este otro que acabamos de descubrir y que tanto nos ha gustado.
Ya de niño grababa programas de radio para escucharlos una y mil veces en mi vetusto (pero aún operativo) reproductor portátil (el afamado walkman en una de las múltiples versiones clónicas que aparecieron con el paso de los años). Eran, generalmente, programas musicales o temáticos sobre ciencia, tecnología, arte o literatura… De entre todos, hay uno del que guardo un recuerdo muy grato; “La noche de los sabios” de Canal Sur Radio, en especial el periodo en el que lo presentaba Jorge Prádanos y por el cual terminaba durmiéndome en verano a las tres o cuatro de la madrugada diariamente. Como la cabra tira al monte, los programas hacia los que he desarrollado una particular adicción estos días poseen un cariz similar a los que citaba anteriormente y se emiten, la mayoría de ellos, en emisoras públicas de difusión nacional. Como algunos tratan sobre libros, voy a cometer la osadía de recomendároslos (los de otra índole posiblemente los incluya en una mini-entrada en alguno de mis otros blogs). Si no los conocíais, espero que os gusten; si sí, que sigáis disfrutándolos.

“Literatura en Breve” es un programa sobre libros que se emite los fines de semana en RNE, en el que tienen cabida reseñas, entrevistas con los autores y novedades editoriales. Resulta también de interés “Sueños de Papel”, un microespacio sobre literatura (con un especial enfoque en la literatura infantil y juvenil) que en unas “píldoras” de apenas 5 minutos es capaz de abrirnos el apetito lector. Una línea ciertamente más "azotil" se adueña de las ondas si escuchamos “Hablando en plata”, otro espacio radiofónico de gran brevedad que nos acerca a las diferencias que existen entre palabras muy similares en su grafía, o que pueden ser algo menos conocidas o su uso no demasiado frecuente. “Un idioma sin fronteras” hace hincapié en nuestra lengua, el castellano, en su historia y, claro está, en la literatura.

Otros programas, aunque no centrados específicamente en temas literarios sí que incluyen de cuando en cuando emisiones que tocan temas más afines a este blog homolibresco. Mi lado oscuro queda cubierto por “Desde el infierno”, un programa sobre el terror en todas sus manifestaciones, lo que incluye a los autores y literatura del género. En “Un mundo feliz”, que posee un enfoque totalmente opuesto, entrevistaron el primer día del año al periodista Miguel Jara, especializado en publicaciones sobre salud y que cuenta en su haber con varios libros sobre el tema. El motivo de la visita era tratar el lanzamiento de su último libro, La salud que viene, que denuncia las estrategias que ponen en práctica la industria farmacéutica para vender más productos y el “mercado del miedo” de las nuevas y (supuestamente) devastadoras enfermedades que están surgiendo. De gran interés resulta, a mi parecer, el apartado sobre enfermedades como la Sensibilidad Química Múltiple, sobre la que también hablaron hace unos días en “Carne Cruda”. En este último programa entrevistaron además, durante la misma semana, al conocido autor de bolsilibros Curtis Garland. A algunos lectores del blog me consta que os resultará interesante, especialmente a Fulgida (a la que doy gracias, además, por el excelente artículo que me hizo llegar a través de Azote).

Como veis, un cúmulo de nuevos caminos abiertos que, espero, no tenga que cerrar en mucho tiempo. Los de aquí, los del blog, espero despejarlos en breve. Entretanto, por supuesto, un abrazo y

¡felices lectura y escucha!

lunes, 9 de noviembre de 2009

Memorias de un beduino en el Congreso de los Diputados

Hace unos días comentaba por aquí que había recibido el último libro de José Antonio Labordeta, Memorias de un beduino en el Congreso de los Diputados, que recoge algunas de las vivencias e impresiones del diputado del CHA (Chunta Aragonesista) durante las dos legislaturas que anduvo por Madrid intentando representar al pueblo aragonés. Dejando de lado su gestión e ideales, sobre los que es más que probable que existan desacuerdos (al fin y al cabo es una labor política, sujeta a las impresiones personales y anhelos de cuantos le votaron, o no, y que siempre será mejorable, como cualquier labor humana), quería quedarme con la impresión que, como persona, me ha transmitido Labordeta a través de las páginas de este libro.

Ya avanzaba mediante el entusiasmo de mi anterior entrada que admiro a Labordeta en su faceta más afín a la cultura; como cantautor, escritor y presentador de televisión, el señor Labordeta me parece una persona de lo más singular e, incluso, entrañable. Tiempo atrás leí algún otro libro suyo (Tierra sin mar y Banderas rotas) y, por lo que ya conocía de él y por cuanto leí, me pareció una persona más que interesante para departir junto a un buen vaso de vino (u otra bebida menos espirituosa) en cualquier barecillo de nuestra geografía. Ahora, con estas deslenguadas memorias de su paso por el Congreso, me reafirmo en lo dicho anteriormente. En breves capítulos, correspondientes a pequeñas anécdotas, grandes retos o someros repasos de los concurrentes a las reuniones, Labordeta nos transmite sus inquietudes respecto al desarrollo de Aragón (particularmente los problemas de la red de transportes, el trasvase del Ebro y los problemas de Los Monegros ya que, como mencionaba nuestro Último Íbero en los comentarios del blog, Labordeta quizás peque un poco en su afinidad con las zonas más provincianas, siendo él poco urbanita, y deje algo de lado algunos intereses de la capital), pero también respecto a la nunca deseada guerra de Iraq, la comisión del 11-M o la gestión de los grupos popular y socialista durante las legislaturas que le toco compartir con aquellos, y que llegaron a convertirle en un icono transgresor por la sinceridad que pueden permitirse aquellos que saben que, de perdidos al río, no hay mucho que les puedan arrebatar.

Os dejo con un par de extractos del libro. No hay mucho más que decir, pues su interés es el de la pura anécdota, la que permite conocer un poco más a fondo el pensamiento de un político atípico, sincero (en tanto no se demuestre lo contrario, y más basándonos en el comportamiento a que nos tiene habituados la parva política) y accesible. Si os llama la atención saber un poco más del autor, puede resultaros interesante su lectura, como la de los dos que citaba más arriba, pues son también de corte autobiográfico.

No tiene pelos en la lengua Labordeta, sin duda alguna,
Su señoría [hablando de él mismo] se sintió siempre ajeno a toda la parafernalia de la Villa y Corte -como Corte, no como Villa-, y como un beduino monegrino se pasó ocho años contemplando las huellas de los ambiciosos, ambiciosas, de los poderosos, poderosas, de los divertidos y de las divertidas, y viendo, asombrado, la caída de los tipos combativos y defensores de sus ideologías, mientras ascendían los obedientes, lameculos y simplones.
aunque me ha llamado especialmente la atención su comentario sobre el metro de Madrid (quienes bien me conocen, sabrán el porqué):
A mí, beduino provinciano, aquel mundo de los largos pasillos, las escaleras automáticas, las voces de la megafonía y el estrujamiento colectivo venía a colocarme en un mundo entre deprimente, angustioso y muy atractivo en un grado de masoquismo elitista, porque sabía que aquel mundo no era el mío, como tampoco lo era el de los colegas que residían por los aledaños del Congreso y con los que nunca me crucé por los bajos de ese Madrid atractivo y desorbitado del metro.
Sí lo era el de aquellos hombres y mujeres que, a primeras horas de la mañana, se embarrancaban en las puertas de los vagones intentando no perder su viaje. A veces, cuando el tumulto era insoportable, me quedaba contra la pared -no tener que fichar era un lujo- y contemplaba aquella pequeña batalla.
Si os quedan ganas de saber porqué mandó (literamente) a la mierda a los diputados de cierto partido político, o algunas de las anécdotas que sobre el Congreso puede contarnos este poeta, que parece que anduvo atareado por Madrid, ya sabéis: seguid los pasos del beduino, que sabrán llevaros a algún oasis monegrino.

martes, 3 de noviembre de 2009

Días de difuntos

El prolongado fin de semana, unido a la defunción de unas cuantas teclas de mi castigado ordenador portátil, ha terminado por hacer de mi entrada sobre el Día de Fieles Difuntos un imposible. Como dice Lammermoor en su blog, poco sentido tendría hacer un especial fuera de la fecha señalada, y aun así, insisto en llevarlo a cabo. Con algunos matices y puntualizaciones que iremos viendo a continuación.

Para el día señalado tenía previsto recomendaros la lectura de uno de los clásicos de las letras hispánicas, Pedro Páramo, del autor mexicano Juan Rulfo. Creo que con ninguna otra obra literaria he sentido más la cercanía de los difuntos, de sus espíritus, de su deambular infinito sobre la faz de la tierra. Ni las obras más tenebrosas de Poe, ni los relatos de aparecidos, ni tan siquiera las historias de fantasmas de autores decimonónicos, tan dados a “jugar” con las fuerzas sobrenaturales, han sido, creo, capaces de acercarme al otro mundo con tanta perfección como la novelita (uso el diminutivo por su extensión, claro está, ya que por lo demás se trata de una obra magistral) de Rulfo.

Juan Rulfo nos presenta en Pedro Páramo a Juan Preciado, que visita Comala (¡ay, esas referencias a Comala y a Macondo en la canción “Peces de ciudad”, de Joaquín Sabina, en las versiones respectivas de él mismo y de Ana Belén!) buscando a su padre, Pedro Páramo, para cumplir con la promesa hecha a su madre Dolores en su último lecho. Comala se presenta ante Juan como un erial, un lugar carente de la vida que tantas veces recreó su madre en las idílicas imágenes que le transmitió con sus relatos. Pero no os contaré más. Simplemente, atreveos a adentraros junto a Juan Preciado en Comala, dejaos guiar por Abundio Martínez cuando le recoge en su carro y se adentran en tan singular escenario. No podréis olvidar esta maravillosa historia.

Desgraciadamente, estos días tan señalados en tantas y tantas culturas han venido marcados por la noticia de la defunción de reputados nombres de la escena cultural. Recibíamos ayer, 2 de noviembre, la dura noticia de la muerte de José Luis López Vázquez, que deja huérfano al cine español, y que será recordado como uno de los mayores cómicos de nuestro cine, que supo bordar papeles decididamente más dramáticos. Aunque sería difícil destacar algunas películas de su filmografía, sin duda para el fin de semana que acaba de finalizar me quedaría con el mediotraje de “La cabina”, de Antonio Mercero, sin duda alguna un verdadero clásico del celuloide.

Hoy nos abandonó mi paisano Francisco Ayala del que, a la edad de 103 años, podemos decir que tuvo una vida plena que nos deja como legado una extensa e importante obra literaria, que abarca géneros tan dispares como el de la novela y relato, ensayos (especialmente de sociología), artículos de prensa y traducciones de importantes autores (Zweig, Mann, Rilke e, incluso, Borges). Desgraciadamente no pudimos verle premiado con el Nobel, premio para el que había sido propuesto en repetidas ocasiones.

Por último, también fallecía Claude Lévi-Strauss, el fundador de la antropología estructural e introductor de este enfoque en las ciencias sociales.

Desde Homo libris, mi más sentida despedida a todos ellos. Gracias a su obra, su recuerdo quedará presente por siempre en nuestra memoria.


miércoles, 28 de octubre de 2009

Labordeta

¿Os he dicho alguna vez que me encanta José Antonio Labordeta? Es culto, lucha por aquello en lo que cree, y se me figura como un verdadero hombre del Renacimiento: es cantautor, profesor, presentador de televisión, escritor y político. Precisamente aúna estas dos últimas facetas en la escritura del libro Memorias de un beduino en el Congreso de los Diputados, que promete ser una jugosa recopilación de sus vivencias más enjundiosas en tan singular “ecosistema”. Por eso, cuando vi el libro decidí que tenía que leerlo, y cuando lo encontré en Círculo opté por comprarlo. Los cien primeros venían autografiados por el autor, y me ha dado tanta alegría verlo que no he podido esperar a leerlo para compartirlo con vosotros. Aquí está la foto del libro, cuya lectura espero emprender cuanto antes.

Aprovechando la entrada, os dejo con uno de sus poemas, una canción, y uno de sus vídeos del documental “Un país en la mochila”, que presenta el magnífico entorno de las hoces del río Duratón.
La vieja foto

Aquella foto dulce
que mis padres guardaban
en el desgastado Libro de Familia
va perdiendo la luz
y con los años
quedamos solo
mi hermano chico y yo.
El resto, como sombras,
intentan sonreir en la lejana
magnitud de la distancia
y con dudas y versos desolados
intento que me vengan. Me acompañen.
Tan solo la amarillenta luz
del rostro de mi madre
me refleja la dulce y entrañable
distancia de mi infancia.

lunes, 24 de agosto de 2009

Ciento diez años

Tal día como hoy nació hace 110 años el porteño más universal. De nombre Jorge Francisco Isidoro Luis, Borges fue más conocido por Jorge Luis y las páginas que escribió, por más que él se declarase orgulloso lector antes que escritor, son algunas de las mejores que he leído jamás.

En su casa de Buenos Aires creció oyendo hablar en castellano e inglés, por lo que era bilingüe, un rasgo que unió a su amor por las letras, alcanzando logros tan tempranos como la escritura de su primer relato y de un esbozo de ensayo sobre mitología griega a los 7 años de edad y la traducción de El príncipe feliz de Oscar Wilde a los 9.

El círculo de escritores amigos con los que se codeó, entre los que se cuentan los inmortales Adolfo Bioy Casares (son memorables sus escritos a cuatro manos, en particular los publicados bajo el seudónimo de Honorio Bustos Domecq) y Silvina Ocampo, esposa de Adolfo, o el descubrimiento de Julio Cortázar, de quien publicó su relato Casa Tomada en la revista Anales de Buenos Aires, son breves fragmentos de una vida plenamente dedicada a la literatura, y que no está en el ánimo de éste quien escribe recoger. Lo que sí me gustaría es recomendaros la lectura del autor que constituye un referente en la literatura fantástica en castellano, a cuya obra se le pueden dar las más diversas lecturas, y que seguro disfrutaréis. A título personal, me encantan sus libros de cuentos: El Aleph es, sin lugar a dudas, uno de los más reconocidos, aunque no desmerecen La muerte y la brújula (en particular, el cuento Emma Zunz), El informe de Brodie o El libro de arena. De sus obras junto a Bioy Casares disfruté especialmente los Seis problemas para don Isidro Parodi.

Mi intención hoy no era otra que rendir cumplido homenaje a Borges, y dejaros con la entrevista que le hicieron en el programa A Fondo en 1976 (hay otra posterior de 1980 que también es posible encontrar en Internet) y que disfruté en su día sacándola en vídeo de la biblioteca pública (la verdad es que hoy día no se hace televisión así). Os dejo con la entrevista y, además, con la interpretación de su poema La lluvia a la voz de Jose Domínguez, El Cabrero.


La lluvia

Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado.

Quien la oye caer ha recobrado
el tiempo en que la suerte venturosa
le reveló una flor llamada rosa
y el curioso color del colorado.

Esta lluvia que ciega los cristales
alegrará en perdidos arrabales
las negras uvas de una parra en cierto

patio que ya no existe. La mojada
tarde me trae la voz, la voz deseada,
de mi padre que vuelve y que no ha muerto.


domingo, 5 de julio de 2009

Relecturas

Dijo Pío Baroja que “cuando uno se hace viejo, gusta más releer que leer” y, por supuesto, yo no soy quién para contradecir al gran autor vasco, máxime cuando su afirmación tiene todos los visos de cumplirse a rajatabla en multitud de ocasiones. Lo cierto es que yo siempre he encontrado un placer particular en la relectura de aquellos libros que me gustaron en su día, en los que no quise que terminasen e, incluso, en aquellos que no terminaron de convencerme pero me dejaron la sensación de que escondían a mi paladar bibliófilo mucho más que el escaso jugo que fui capaz de sacarles. En definitiva, que soy tan lector como relector, si se me permite la expresión.

Hace ya unos cuantos años, cuando contaba con apenas 10 ó 12, guardaba parte de mi tiempo de lectura para reencontrarme con los libros y cuentos que me habían gustado especialmente. Solía llevar adelante tres o cuatro libros: un nuevo descubrimiento, otro de un autor del que ya me hubiese gustado alguna lectura, alguno más que se terciase y, prácticamente siempre, un libro ya conocido que releer. La verdad es que sí, juventud (y disponibilidad de tiempo), divino tesoro, quién pudiera hacer algo así hoy día. De aquella época recuerdo con agrado el reencuentro reiterado con los cuentos de Edgar Allan Poe, con las aventuras de Holmes, volvía a viajar a remotos lugares junto a los héroes de las novelas que editaba con gran éxito Hetzel un siglo atrás y me divertía de lo lindo con los cuentos espaciales de Asimov y sus libros de divulgación científica. En particular, releí una novelita, La casa de los cocodrilos, del autor alemán Helmut Ballot, unas quince o veinte veces, y hace unos meses encontré un ejemplar de la misma gracias a Internet.

Otro de los libros que leí en aquella época, que he venido releyendo a lo largo de los años y seguiré haciéndolo en lo sucesivo porque, como en cualquier obra maestra, descubrimos en él nuevos guiños del autor, diferentes visiones de los personajes y las situaciones, perspectivas que sólo el paso de los años y la experiencia pueden ofrecernos, complementando la experiencia de la lectura, es El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien. La maravillosa aventura de Frodo y sus compañeros se presta tanto a la lectura e interpretación colectivas como al más íntimo de los encuentros.

El camino, de Miguel Delibes, fue un libro al que me enfrenté en el colegio y ya entonces, a pesar de la obligatoriedad de la lectura, me encantó. He vuelto a él en repetidas ocasiones, ya que las aventuras de Daniel, “El Mochuelo”, y sus amigos Germán, “El Tiñoso” y Roque, “El Moñigo” y su primer contacto con la rudeza de la vida y la ineludible muerte me parecen siempre repletas de frescura y la pluma de Delibes inmejorable. No es la única obra del autor vallisoletano a la que vuelvo reiteradamente, ya que se cuenta entre mis autores preferidos, un verdadero maestro de la escritura, como deja constancia el indigno homenaje de mi relato Terruño.

De Hemingway, curiosamente, he releído en varias ocasiones una obra menor suya, El viejo y el mar, tal vez porque me encanta el enfrentamiento de este, no sé si terco o tenaz, pescador con su Moby Dick particular, y la sensación de derrota que pesa sobre cada página del librito. Jack London compartía con Hemingway la visión aventurera de la vida, y la capacidad de superarse a sí mismo, sacándole todo el jugo a la misma. Su héroe Martin Eden es un claro reflejo del pensamiento del autor de Colmillo Blanco y La llamada de la selva. Tanto a estos últimos, como a sus numerosos relatos, he vuelto en repetidas ocasiones a respirar la sensación de libertad y comunión con la naturaleza que transmiten.

En cuanto a Cortázar, Borges y Bioy Casares, posiblemente sean los autores sudamericanos a los que más he leído y releído. Tanto las Historias de Cronopios y Famas, los cuentos de Casa Tomada o Todos los fuegos el fuego (y, por supuesto, releyendo a Poe en la genial traducción del autor argentino) fueron mis mayores reencuentros con Cortázar. A Borges, en El informe de Brodie, El Aleph o Ficciones, entre otros, y a Bioy Casares con La invención de Morel y, junto a Borges, en los cuentos de Bustos Domecq y los Seis problemas para don Isidro Parodi, les debo impagables horas de diversión y conversaciones calladas con sus autores.

Y vosotros, ¿repetís lecturas? ¿Os gusta releer, además de leer? ¿Qué buscáis en las relecturas? En caso contrario, ¿por qué no lo hacéis? ¿Cuáles son vuestros libros de cabecera, de los que podríais recitar incluso párrafos completos?


P.S.: La imagen de cabecera de la entrada la he encontrado en el blog de Pablo Gallo, dedicado a su obra como pintor y artista. La temática de muchas de sus pinturas está relacionada con el mundo de los libros y la lectura, y creo que os va a encantar. De hecho, la fotografía que he usado (acabo de pedirle permiso para hacerlo, espero que tenga a bien concedérmelo), recoge varias de sus pinturas de la serie Relecturas.

El club de lectura

Escribo esta breve entrada para comunicaros que en el Grupo de Google Bibliolandia, que creé para probar su funcionamiento, de cara a organizar nuestro Club de Lectura, acoge entre sus vetustas paredes, cargadas de historia, a varios de los blogueros que querían participar en el mismo, incluido yo mismo, claro está. Si os parece, en tanto decidimos el nombre que le damos al club, y diseñamos algún motivo para colocar en nuestros blogs a modo de publicidad, podéis ir entrando en la web (para escribir creo que necesitaréis una cuenta de Google: las de Blogger, Gmail y demás servicios de la compañía sirven), inscribiéndoos y comentando los autores y libros que preferís para comenzar con la primera de nuestras lecturas.

La forma de organizarnos (creación de temas o discusiones por cada lectura, por ejemplo), podemos ir viéndola también en esta primera discusión que he creado, en la que debatiremos sobre el libro y el autor a leer.

Saludos.

Actualización (5 de julio, 21 horas.):
He incluido en el lateral del blog, justo debajo de los enlaces a otros blogs, un bloque RSS con los últimos comentarios aparecidos en el grupo de Google de nuestro club de lectura. Así es posible ver los últimos cambios que ha habido en el mismo y acceder si alguien ve un comentario de su interés.

lunes, 18 de mayo de 2009

Otro cielo

Se fue el fin de semana y lo hizo dejando a su paso un regusto agridulce y una sensación de vacío. Por un lado, recibí una grata noticia por parte de Elwen, desde su Midnight Eclipse me hacía partícipe de un premio a la amistad entre blogs y entre bloggers. Es todo un honor recibir dicha condecoración, máxime si viene acompañada de tan hermosas palabras, por lo que lo recibo con toda humildad. Homo libris nació, tras mucho tiempo de espera (iba acumulando bitácoras, y quedaba pendiente siempre el correspondiente a una de mis grandes pasiones: la literatura), y en estos escasos meses de existencia me ha deparado enormes satisfacciones. La mayor de ellas ha sido permitirme conocer a gente como vosotros, quienes leéis el blog y lo enriquecéis con vuestros comentarios o meramente con vuestra presencia.



Ante lo inesperado de la noticia, y adoptando una postura un tanto ecléctica, lo comparto con todos vosotros (mi preferencia por la corrección lingüística no pretende obviar a género o condición alguna, únicamente las actitudes son sexistas, que no la Lengua, por lo que os hago a vosotras tan partícipes como a ellos de este premio). Me consta, en cualquier caso, que estos premios perviven gracias a ser compartidos entre la comunidad. Realmente, lo mereceríais muchos pero, por suerte, buena parte de quienes podríais recibirlo de mis manos ya lo habéis disfrutado desde las de Elwen. En pocas palabras, y citando al gran Bilbo Bolsón,

No conozco a la mitad de ustedes ni la mitad de lo que querría, y lo que yo querría es menos de la mitad de lo que la mitad de ustedes merece.
Convoco precisamente a la suerte porque gracias a ella hemos ido conociéndonos y conformando una pequeña gran familia de blogs con un nexo común, basado en el amor a los libros. A la familia querría unir a Azote Ortográfico, que es más que una amiga, ella bien lo sabe, y que con sus artículos nos enseña que los gazapos y errores ortográficos son una pesadilla hasta para los más grandes, y que la Lengua es un tesoro y un patrimonio que debemos cuidar. También me gustaría compartirlo con Mundo de K, que me demostró que nuestra pasión por la literatura supera incluso las diferencias idiomáticas. Y, por no tomarme demasiadas licencias en torno al premio, por último a El Txoko de Lonifasiko, un magnífico blog que os descubrirá, a quienes tengáis inquietudes por la informática, sus últimos experimentos en torno a esta disciplina.

También me refería, al comienzo de la entrada, a un vacío, a que el fin de semana se marchó dejando una sensación no del todo placentera. Es la desazón que nos queda ante la ausencia de Mario Benedetti, el grandísimo autor uruguayo que falleció ayer, domingo 17 de mayo, tras una prolongada enfermedad. De Benedetti me gustaban especialmente sus cuentos y poemas, aunque novelas como La Tregua me marcaron profundamente. Se marchó una de las grandes voces de la literatura latinoamericana, pero nos quedaran, para siempre, sus palabras.

Me gustaría compartir con vosotros uno de sus poemas, que plasma a la perfección la postura reivindicativa y luchadora, hasta el final, de Benedetti.
Con su ritual de acero
sus grandes chimeneas
sus sabios clandestinos
su canto de sirenas
sus cielos de neón
sus ventanas navideñas
su culto a dios padre
y de las charreteras
con sus llaves del reino
el norte es el que ordena

pero aquí abajo abajo
el hambre disponible
recorre el fruto amargo
de lo que otros deciden
mientras que el tiempo pasa
y pasan los desfiles
y se hacen otras cosas
que el norte no prohíbe
con su esperanza dura
el sur también existe

con sus predicadores
sus gases que envenenan
su escuela de chicago
sus dueños de la tierra
con sus trapos de lujo
y su pobre osamenta
sus defensas gastadas
sus gastos de defensa
son su gesta invasora
el norte es el que ordena

pero aquí abajo abajo
cada uno en su escondite
hay hombres y mujeres
que saben a qué asirse
aprovechando el sol
y también los eclipses
apartando lo inútil
y usando lo que sirve
con su fe veterana
el sur también existe

con su corno francés
y su academia sueca
su salsa americana
y sus llaves inglesas
con todos sus misiles
y sus enciclopedias
su guerra de galaxias
y su saña opulenta
con todos sus laureles
el norte es el que ordena

pero aquí abajo abajo
cerca de las raíces
es donde la memoria
ningún recuerdo omite
y hay quienes se desmueren
y hay quienes se desviven
y así entre todos logran
lo que era un imposible
que todo el mundo sepa
que el sur también existe.
Por último, ya que al fin y al cabo esta entrada ha revoloteado en torno a la amistad, os dejo con un pequeño regalo. Se trata de una de las más bellas poesías de Benedetti, hecha canción por Serrat en su disco El sur también existe. Su título, Hagamos un trato.



Descanse en paz, maestro.

lunes, 19 de enero de 2009

Edgar Allan Poe

Se cumplen hoy doscientos años del nacimiento del gran poeta maldito, Edgar Allan Poe. Mucho se ha escrito y hablado sobre su vida y su obra, y todos coinciden en afirmar que el autor es una de las grandes plumas de la literatura norteamericana del siglo XIX. Sin duda, Poe no habría sido el mismo de no haber nacido en el seno de una familia rota desde su infancia; sus padres murieron y fue adoptado por un matrimonio acomodado que, sin embargo, desoyó sus anhelos y con quienes rompió relaciones para terminar desheredado. Lo que es cierto es que esta infancia marcada por el dolor, y una platónica relación con su prima Virginia, con la que contrajo matrimonio cuando ésta tenía únicamente 13 años, edad que él doblaba, constituyeron el alimento que una mente inquieta y febril necesitaba para dar rienda suelta a su genialidad.

Poe fue el primer autor norteamericano que intentó vivir de los réditos de su literatura, y este afán le costó caro. Poeta vocacional, articulista por necesidad y narrador inmortal, Edgar ha pasado a la historia gracias a sus cuentos, que supo construir de forma magistral. Su obra ha constituido una referencia para autores de todos los continentes, y fueron seguidores confesos suyos Baudelaire, Verne, Lovecraft, Dovstoievski, Borges o Cortázar, entre otros.

Personalmente, descubrí a Poe a una edad temprana, aproximadamente a los 9 ó 10 años. Fue, si mal no recuerdo, gracias a las cuidadas ediciones de la colección Tus Libros de Anaya, en la que publicaban a autores clásicos con un estudio preliminar sobre la vida del autor y la obra que se tenía entre manos. Posiblemente fue El gato negro el primer cuento que leí suyo, y le siguen en mi memoria El pozo y el péndulo, El escarabajo de oro y Los crímenes de la calle Morgue. Después vendrían El corazón delator, Hop Frog, El tonel de amontillado, La caída de la casa Usher o Berenice, y poemas como los inolvidables Anabel Lee o El Cuervo.

Es difícil ser objetivo, y plantearse hasta qué punto nos ha marcado un autor, pero no andaría muy errado al afirmar que junto a Verne, y posteriormente Tolkien, Poe es el autor que más me llegó a impactar como lector, y que fue quien me llevó a amar es estilo breve del relato. No cabe duda que, posteriormente, Chéjov, Borges, Cortázar o Lovecraft le seguirían en mis desvelos literarios, pero Poe ya me había atrapado para siempre. Lo recomendé siempre a mis amigos, tomé ideas que ya usara él para relatos propios en un intento de homenajearle, y a día de hoy me reencuentro periódicamente con sus obra inmortal.

Por todo esto, os recomendaría encarecidamente que lo leyeseis si no lo habéis hecho ya. Leedlo en Internet, hay numerosas páginas con sus poemas y cuentos, o compradlo en alguna de las fabulosas ediciones que se están editando en este año tan marcado: desde la de bolsillo de Alianza Editorial a la ultimísima Todos los cuentos, de Círculo de Lectores y Galaxia Gutenberg, hay un amplio abanico en el que escoger. Además, podemos leer a Poe en diversos idiomas sin que desmerezca la traducción (salvo los poemas, que obviamente pierden su musicalidad). No en balde, Poe contó con unos traductores de lujo: Charles Baudelaire fue quien volcó al francés su obra, y Julio Cortázar hizo otro tanto para traernos el placer de su lectura al español.

No puedo despedir el día de hoy sin recordarle. Por eso, os dejo con el dilema de una elección. Elegid entre escuchar la hermosa lectura que de El cuervo llevara a cabo Juan Antonio Cebrián en el programa radiofónico La Rosa de los Vientos, y que está disponible para su descarga en la propia página del programa, o deleitaros con la lectura que de la versión original de The Raven lleva a cabo el afamado actor británico Basil Rathbone (uno de los Sherlock Holmes más conocidos de la historia del cine).

Sea como fuere, feliz audición.






Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es -dije musitando- un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”







Once upon a midnight dreary, while I pondered weak and weary,
Over many a quaint and curious volume of forgotten lore,
While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,
As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.
`'Tis some visitor,' I muttered, `tapping at my chamber door -
Only this, and nothing more.'

miércoles, 14 de enero de 2009

José Saramago

Podemos descubrir a un autor de las más variopintas maneras: mediante la recomendación de un amigo, a través de la lectura de uno de sus artículos, escuchándole en alguna entrevista en radio o televisión, e incluso a través de Internet o por el simple reconocimiento de una voz amiga tras leer el primer libro suyo que acabamos de disfrutar; y esto por citar sólo algunas.

Con José Saramago me ocurrió lo primero. Cuando un amigo me dejó el borrador de su primera novela para que le diese mi opinión y la conversación en torno a la misma derivó en algunas similitudes entre aquella y la escrita por Saramago justo el año antes de que le concediesen el Premio Nobel de Literatura. Corrían, por tanto, los últimos años del milenio pasado en el momento en que departíamos sobre las similitudes entre los personajes de su obra (El extraño mundo de un hombre gris), los de Kafka y, claro está, don José, el protagonista de Todos los nombres, la novela de Saramago a la que me refería anteriormente.

Leí a Saramago con fruición, descubriendo su magistral estilo a la hora de unir subordinada tras subordinada, construyendo un texto de frases encabalgadas que no cansa al ser leído. Requiere, sí, la atención plena del lector, pero una vez atrapada ésta, nada puede hacer que despegue los párpados de las páginas del libro que tiene ante sí. Fue aquél un descubrimiento de tal magnitud que no me cansé de recomendar el libro a todas mis amistades, sufriendo de paso una fiebre lectora que me impulsó a devorar compulsivamente cuanto había salido de la pluma del portugués universal. Lo cierto es que a día de hoy sigue encantándome, y me parece una de las voces más sensatas en este mundo cada vez más perdido.

Aunque en alguna de sus últimas novelas me ha parecido que flojeaba un poco (por ejemplo, en Las intermitencias de la muerte), esto no ha sido óbice para que el disfrute de otras obras suyas sea un placer inigualable. Ensayo sobre la ceguera, y su “continuación” en Ensayo sobre la lucidez, donde plantea interesantes cuestiones sobre la democracia y el papel real de la ciudadanía en ella; La caverna platónica en que vivimos sumidos en un consumismo compulsivo; su peculiar visión sobre la figura central del cristianismo en El evangelio según Jesucristo, que le llevase ser profusamente criticado en su país natal, o la peculiar escisión de la Península Ibérica del resto del continente en La balsa de piedra nos muestran a un Saramago reflexivo, crítico con las injusticias y lúcido como pocos.

Tengo pendiente El viaje del elefante, su obra más reciente, escrita justo tras superar la enfermedad que le postró, pero no pudo con él. Un disfrute que espero compartir con vosotros en breve.

¡Feliz lectura!