Se da en ocasiones la paradójica situación de que un personaje, una historia, un drama, se ven replicados sin llegar a cansar; dan de sí tanto como para que numerosas reescrituras (y relecturas) no los agoten, y nos encontramos ante una reiteración en las historias, una búsqueda dentro de las mismas que no llega a cansar al lector sino que, por el contrario, le llevan a una situación de éxtasis donde quiere más, y más, y más, de ese personaje, historia, drama, que le atenaza sin posibilidad de escape. Algo así me ocurrió con el rey Arturo cuando, a lo largo de los años, fui haciéndome con diversas obras derivadas de su corpus principal, el que describía ayer y que está basado fundamentalmente en la obra de Malory (insisto, creo que merece una relectura por mi parte y una profundización en la misma, bien sea por mi parte, bien por algún lector de este blog, que nos ofrezca una visión más extensa a la par que profunda de la misma).
Entre los libros a que me refiero se cuentan los de Stephen R. Lawhead, el genial autor de La Canción de Albión, una trilogía en torno a la cultura celta que bien merece unas tardes de lectura, y que no estuvo tan inspirado (a mi parecer) cuando escribió su Ciclo Pendragón, una serie de cinco novelas basadas en el ciclo artúrico que adereza con una fantasía desmesurada y unos toques de la leyenda de la Atlántida. Sus diálogos son de lo más acertado, aunque personalmente la saga no terminó de convencerme y no fui capaz de completarla. En casa cuento con los dos primeros volúmenes, y creo recordar que leí el siguiente de la biblioteca pública. Posiblemente no sean lo mejor que se ha escrito sobre Arturo, pero no obstante, creo que pueden ser entretenidos como introducción al mito del rey de Britania.
Más suerte tuvo El rey, una curiosísima novela de Donald Barthelme que tuve la suerte de conseguir a través de Círculo de Lectores hará poco más de diez años. Imaginad a Arturo, a la reina Ginebra, a Lanzarote y Merlín, en plena Segunda Guerra Mundial compartiendo escenario con Churchill o Ezra Pound. El ideal caballeresco de Arturo choca con la sucia guerra que le ha tocado afrontar, intenta mantener al reino cohesionado y a su reina junto a él, en tanto los acontecimientos se desarrollan aceleradamente a su alrededor. Se trata de un libro curioso, plagado de diálogos y situaciones absurdas que, a su vez, invitan a la reflexión. Una curiosa novela que huye del pastiche para convertirse en un referente de la literatura antibelicista. Una maravillosa obra difícil de conseguir en castellano (hay pocas traducciones de la obra de Barthelme a nuestro idioma y, que me conste, la única de El rey es la de Círculo. Eso sí, creo que hay un PDF por Internet que, a las malas, puede serviros para descubrir esta obra que, a día de hoy, sólo puede conseguirse mediante la visita a librerías de viejo.
Aproximadamente un siglo antes que Barthelme, un compatriota suyo llevó a cabo una incursión en Camelot para presentarnos a un curioso personaje en el territorio del rey Arturo. Se trataba de Mark Twain, y su novela Un yanqui en la corte del rey Arturo llegó a divertirme de niño, cuando cursaba la ya cuasi olvidada EGB, con sus hilarantes situaciones. Sin duda, una de las novelas menos respetuosas con el ciclo artúrico, pero que merece la pena ser leída y disfrutada desde una perspectiva alejada siempre de la rigurosidad histórica (y literaria).
En territorio patrio también han existido autores que han incursionado en el corpus del ciclo artúrico. De Álvaro Cunqueiro encontré en casa la novela Merlín y Familia, un libro repleto de ironía, de fantasía repleta de lirismo, donde Felipe, el paje de Merlín, va desgranando en sucesivas historias los hechos que acontecieron durante la vida del mago. Dividida en dos partes, la primera de ellas nos va mostrando cómo Merlín atiende a diferentes personajes que acuden a él en busca de ayuda. En la segunda, Felipe, que ha entrado a formar parte del personal de la posada de Termar, nos cuenta las historias de algunos peregrinos que se dirigen a Santiago de Compostela. Cunqueiro no reincide en las historias conocidas, sino que hace uso del personaje, Merlín, para narrar nuevas crónicas que poco o nada tienen que ver con el ciclo artúrico tal y como lo conocemos. El autor de Las crónicas del Sochantre, una vez más, se luce.
También Manuel Rivas, un autor por el que tengo especial predilección, ha incursionado en el mito del rey Arturo. Su obra En salvaje compañía recrea el mito del Rey de Galicia, un cuervo blanco con grilletes de plata y bola de azabache que reina sobre los trescientos cuervos de Xallas, y que establece sutiles relaciones con la mitología celta, desde su Galicia natal, y con Arturo y sus caballeros.
Ahora tengo pendiente la lectura de Las nieblas de Avalon, de Marion Zimmer Bradley, una serie de cuatro novelas con la que por fin me hice en Valencia hace unos días, y de la que existen opiniones encontradas. Se trata de una revisión del mito artúrico desde el punto de vista de sus mujeres. Pude ver la adaptación cinematográfica y lo cierto es que me gustó, de modo que espero, al menos, encontrarme con unas novelas amenas que, aunque no sean demasiado rigurosas con la historia original, me diviertan lo suficiente. Y, eso sí, queda pendiente una relectura de la obra de Malory (de ahí que no avanzase demasiado en la anterior entrada) y un artículo al respecto.
Tengo pendiente, eso sí, leer algún ensayo sobre este tema. He descubierto el ensayo Historia del Rey Arturo y de los Nobles y Errantes Caballeros de la Tabla Redonda, de Carlos García Gual (gracias a la entrada de Alienor, sin la cual posiblemente no habría echado cuentas al prólogo de mi edición de La muerte de Arturo, de Malory o a este ensayo), y estoy deseando hacerme con él en cuanto pueda pasarme por la librería más cercana. Ya os contaré algo al respecto cuando pueda leerlo.
¿Cómo es vuestra experiencia con las obras en torno al rey Arturo, ya sean estas más o menos fieles a las fuentes originarias de la leyenda? ¿Habéis leído alguna de las obras que menciono, o me recomendaríais alguna en particular?
Os dejo, por fin, con la canción Mordred’s Song de los teutones Blind Guardian.