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lunes, 21 de julio de 2014

El indestructible

El pasado viernes me encontraba en el autobús releyendo un libro de artículos de Isaac Asimov cuando, inesperadamente, me topé con un viejo conocido. Un texto que recordaba suyo, aunque en una versión más reducida (si mal no recuerdo, uno de esos condensados del Selecciones de Reader's Digest que tenía mi padre en casa, y que no había sido capaz de volver a encontrar). Os dejo con él y después os comento un par de detalles.



El indestructible
Algunos de los cambios más espectaculares que hemos presenciado en el siglo actual tienen que ver con los vehículos para el entretenimiento de los seres humanos.
De las pianolas se pasó a los gramófonos; de «vaudeville» al cine; de la radio a la televisión. A las películas se les añadió sonido; a la radio, imágenes; y a ambas, el color. Y nadie duda de que podamos ir más lejos.
Con el láser y la holografía podemos producir imágenes tridimensionales de mayor definición que la que puede ofrecer cualquier fotografía corriente en dos dimensiones. Las modernas técnicas de grabación en cinta nos permiten editar vídeo-cassettes sobre cualquier tema, de modo que el cliente puede reproducir en cualquier momento lo que le apetezca en su propio televisor.
Cada nuevo invento desplaza a los antiguos en la medida en que el público acude a aquella técnica que le da más. El cine mató al vaudeville, la televisión a la radio y el color al blanco y negro. Las tres dimensiones acabrán sin duda con la bidimensionalidad, y las cassettes puede que maten a la televisión de masas, dirigidas al gran público.
¿Cuál es la tendencia general? ¿A qué se llegará en último término?
En cierta ocasión asistí a una exhibición de cassettes de TV y me saltó a la vista lo voluminoso y caro que era el equipo auxiliar necesario para descodificar la cinta, llevar el sonido hasta los altavoces y proyectar la imagen sobre la pantalla. No hay duda de que las mejoras vendrán por el lado de la miniaturización y de la mayor complejidad, que es el  mismo proceso que en años recientes nos ha proporcionado radios, cámaras, computadores y satélites más pequeños y compactos.
Es posible que el equipo auxiliar disminuya de tamaño y acabe por desaparecer. La cassette se convertirá en un objeto autónomo que contenga la cinta y todos los mecanismos necesarios para producir el sonido y la imagen.
La miniaturización hará que la cassette sea cada vez más manejable y ligera, hasta poderla llevar casi bajo el brazo. Y su funcionamiento requerirá también cada vez menos energía, hasta rozar casi el ideal último de no consumir ninguna.
Una cassette ordinaria produce sonidos y proyecta luz, porque ese es precisamente su propósito. Pero ¿por qué invadir la esfera de otras personas ajenas a ellos? La cassette ideal sería visible y audible para la persona que la está utilizando, y para nadie más.
Las cassettes que existen hoy necesitan, como es lógico, una serie de mandos: un botón de encendido y apagado y otros para regular el color, el volumen, el brillo, el contraste y demás. La dirección del cambio será, naturalmente, hacia una simplificación de los controles. En último término habrá un solo botón... o quizá ninguno.
Cabría imaginar una cassette que estuviese siempre perfectamente ajustada, que empezara a funcionar automáticamente en cuanto uno la mirara, que se parara automáticamente en cuanto uno dejara de mirarla; que pudiera avanzar o retroceder deprisa o despacio, a saltos o con repeticiones, a placer del usuario.
Qué duda cabe que ése es el aparato de nuestros sueños; una cassette que puede contener información sobre infinitos temas, del mundo de la ficción o del real, que es autónoma, manejable, parsimoniosa en el consumo de energía, perfectamente privada y sometida en gran medida al control de la voluntad.
¿Será sólo un sueño? ¿Tendremos algún día una cassette así?
La respuesta es un sí rotundo. No es que la vayamos a tener algún día, es que la tenemos ya; para ser más exactos: existe desde hace siglos. El ideal que he descrito es la palabra impresa: la revista, el libro, el objeto que tiene Vd. en sus manos; un objeto ligero, privado y manipulable a voluntad.
¿Piensa Vd. que el libro, a diferencia de la cassette que he descrito, no produce sonidos e imágenes? Pues se equivoca.
Es imposible leer sin oír las palabras en la mente y sin ver las imágenes que producen. Y con la ventaja de que son sonidos e imágenes propios, no inventados por otros.
Las imágenes y el sonido que ofrecen todos los demás medios de entretenimiento son «congelados», y tienen un nivel de detalle que mejora con el avance de la tecnología. El resultado es que los medios exigen cada vez menos del usuario. Incluso se insertan cuñas musicales y risas pregrabadas para elicitar determinadas emociones en el cliente sin esfuerzo de su parte. La persona a quien le cuesta leer (y a la mayoría le cuesta) recurrirá a estos productos «congelados», y seguirá siendo un espectador pasivo.
La palabra impresa, por el contrario, presenta un mínimo de información. Todo lo demás por encima de ese mínimo tiene que ponerlo el lector: la entonación de las palabras, la expresión de los rostros, la acción y el escenario han de ser extraídos de estas sartas de símbolos en blanco y negro. El libro es una empresa compartida entre el escritor y el lector, como ninguna otra forma de comunicación puede serlo.
Si Vd. pertenece, por tanto, a esa pequeña y afortunada minoría para quienes la lectura es fácil y agradable, el libro, en cualquiera de sus manifestaciones, será para Vd. irreemplazable e indestructible, porque exige participación. Por muy agradable que sea el papel de espectador, participar siempre es mejor.
Isaac Asimov, ¡Cambio! 71 visiones del futuro.

¿Sorprendidos? Conforme leía el artículo (que está fechado a mediados de los años 70 del pasado siglo XX), pensaba en los avances tecnológicos que habían puesto en nuestras manos el walkman, los reproductores MP3 y, recientemente, móviles inteligentes y tabletas que integran todo cuanto este visionario autor reflejaba en el artículo. Todo para llegar al libro, a ese magnífico e irreemplazable instrumento, maravillosa puerta a otros mundos y a todos los saberes. Cuando llegué a ese instante comprendí que había encontrado el texto original que recordaba y que siempre quise compartir en el blog. Un motivo más para sentarme a escribir y recuperarlo (poco ahora, más en poco tiempo), ahora que vuelvo a leer con relativa normalidad y a disfrutar con la lectura, acabando libros, tomándolos por el mero placer de hacerlo.

¡Feliz lectura!

martes, 6 de agosto de 2013

Una lectura ligera

Algo tiene la época estival que invita a dedicarla al ocio, a tomarla con desenfado y con cierto gozoso toque de liviandad. Esta forma de aproximarse a ella alcanza a hábitos de todo tipo; desde irnos de vacaciones hasta dejar dormitar nuestro blog (esto último es algo que, mucho me temo, no puedo hacer más de lo que lo hago ya), desde salir a pasear tranquilamente por las tardes, cuando remite un poco el calor propio de la canícula, hasta ocupar nuestro tiempo en lecturas ligeras que nos permitan evadirnos durante estos días inusualmente prolongados. 

Retomo el blog, después de una eternidad sin escribir en él, para compartir con vosotros un par de recomendaciones literarias muy apropiadas, a mi parecer, para la época que acabo de describir. Son lecturas amenas, divertidas, que atrapan desde las primeras líneas y que, a mi humilde parecer, suponen un modo excelente de olvidar el calor tan digno como un gazpacho, una horchata o un refresco bien fríos. 

El primero de los libros es uno de los que tenía pendientes por reseñar desde hace… ¡un año! En efecto, fue una de mis lecturas del verano pasado y, cosas de la vida, no encontré el momento de traerlo al blog. Se trata de Ready Player One, de Ernest Cline, y ya os adelanto que se trata de un título que ningún geek amante de la cultura de los años 80 debería perderse. Ya el título evocará en más de uno recuerdos de su infancia o adolescencia: su sola lectura en la pantalla de una de aquellas máquinas recreativas o en el televisor al que conectábamos el ordenador de 8 bits de turno liberaba en nuestro cuerpo grandes cantidades de adrenalina, y es que debíamos mantener alerta todos los sentidos en cuanto nos sumergíamos en el fabuloso mundo repleto de aventuras y acción que nos esperaba tras presionar el botón del joystick. Nos encontramos ante una novela de ciencia ficción ambientada en un distópico siglo XXI en el que la gente prefiere deambular por el colorido universo virtual generado por el videojuego OASIS antes que por la deprimente realidad de un mundo colapsado por el crecimiento poblacional y la destrucción de los recursos naturales. 

El creador de OASIS fue un genio, pero el uso que las grandes corporaciones han dado al videojuego ha ido más allá de la simple diversión. Sin embargo, OASIS es un software que cuenta con su particular huevo de Pascua, y el premio para el que consiga descubrirlo será una inimaginable cantidad de dinero que podría cambiar para siempre el control que sobre OASIS ejercen las grandes empresas. Frente a ellas, Wade Watts, un simple jovencito aficionado a los videojuegos y digno estudioso de la cultura pop de los años 80: la música, el cine, las series de televisión y, por supuesto, los videojuegos de la época no guardan secretos para él. Cuando Watts descubre la entrada al huevo de Pascua no podrá imaginar hasta qué punto va a convertirse en el objetivo a abatir. 

Ready Player One es una novela que casi me atrevería a etiquetar como «juvenil» si no fuese porque para entender sus chistes y juegos, para contextualizar los datos que van apareciendo durante la acción, hay que haber vivido aquella época. No solo eso, hay que ser un verdadero friki que se divirtió jugando al «Gauntlet» o a los juegos de la Atari 2600, que decidió estudiar informática tras ver «Juegos de guerra» y que hoy puede tener treinta y tantos o cuarenta años. Las continuas referencias a la época no suponen, no obstante, un obstáculo para disfrutar de una novela repleta de aventuras y, en cualquier caso, aprovechar la ocasión para volver a ver, o hacerlo por vez primera, aquellas películas o, como fue mi caso, para instalar un emulador de Atari 2600 en el móvil y jugar nuevamente a aquellos videojuegos que, siendo tan simples en su concepción, estimularon tanto nuestra imaginación. 

Por último, diré de Ready Player One que me ha recordado poderosamente a la maltratada novela-río Otherland, de Tad Williams. Maltratada por Timun Mas, que la editó parcialmente en nuestro país, sin concluir la serie debido a las bajas ventas de la misma, una labor que solo años después Círculo de Lectores se dignó a concluir. Demasiado tarde para mí, he de confesar, que dejé su lectura en el tercer volumen, no porque no fuese una obra merecedora de ser leída, sino porque me resultó desesperante la forma errática en que fue editada. Precisamente ayer me encontré con una nueva novela de Tad editada en castellano (Las sucias calles del cielo) y ya acaricio el momento de poder leerla, ya que su saga de fantasía Añoranzas y pesares me gustó especialmente. Eso sí, cuando sea editada por completo la trilogía de la que constituye el primer volumen.

La siguiente lectura, que entretuvo mis tardes de rehabilitación de espalda hace un par de meses, es El abuelo que saltó por la ventana y se largó. La novela del sueco Jonas Jonasson es una de las más hilarantes que he encontrado jamás. Las aventuras de Allan, el vejete centenario que escapa de la residencia el día de su cumpleaños, hilvanan pasado y presente de un modo magistral. Así, si bien nos sorprendemos ante la aguda inteligencia y la templanza del abuelo sueco cuando este se hace con una maleta de millonario contenido, no podemos más que desternillarnos cuando vamos conociendo fragmentos de su pasado y comprendemos que cien años de vida, más aún en el tumultuoso siglo XX, dan para mucho. 

La historia, si bien no es nada original (un bueno despistado, amigos pintorescos que va encontrando por el camino, malos malísimos y la policía que no parece enterarse de nada hasta que va atando cabos) daría para el guión de una entretenida comedia cinematográfica. De hecho, su argumento y las risas que en mí ha desatado la historia, me han recordado la lectura de un clásico como Aventuras de un cadáver, de Robert L. Stevenson, otro de los libros que mi memoria guarda catalogados en la categoría de «risas y divertimiento sin fin». Pero los personajes tienen fuerza, y ni tan siquiera la sobria escritura sueca de Jonasson logra eclipsar el carisma de Allan y sus amigos, a los que llegamos a querer. 

Desde el momento en que vi la portada de El abuelo que saltó por la ventana y se largó pensé que tenía que leer ese libro. Sin embargo, solo lo comencé cuando Azote ortográfico me recomendó su lectura encarecidamente. Sus carcajadas continuas mientras leía el libro me dijeron más que sus palabras. Si finalmente decidís leerlo, dejad que vuestras risas inunden los blogs. 

Feliz verano y feliz lectura.

miércoles, 6 de junio de 2012

Ray Bradbury

Llevo un tiempo tan liado y con el ánimo tan variable que tengo todo esto un poco abandonado. Ayer, en lugar de escribir alguna entrada propia, ya fuese en Homo libris, ya en Andanzas de un trotalomas, recurrí a un texto de Frederik Pohl  para homenajear el Día Mundial del Medio Ambiente de este año (si bien me consta que con la elección sale ganando el lector, je, je). Y hoy me entero a través de Azote del fallecimiento de uno de mis más adorados escritores.


Ha muerto Ray Bradbury, el autor de esas maravillosas Crónicas Marcianas y de la grandísima novela distópica Fahrenheit 451, por citar dos de sus más aclamadas obras. Esta última nos previene ante la facilidad con la que podemos perder nuestra memoria colectiva. Los libros arden bien, demasiado bien, y con ellos se pierde la memoria, la necesidad de conocer y, en muchas ocasiones, hasta la decencia. Porque arrebatarnos los libros, robarnos parte de nuestra cultura, es buscar adocenarnos, convertirnos en un rebaño fácil de manejar y con escasas aspiraciones.


En estos tiempos que corren es más necesario que nunca que los libros, cúmulo de conocimiento, fiel reflejo de los avances en la ciencia, artes o humanidades, como amigos leales, estén ahí. Nos cierran las bibliotecas públicas, recortan presupuesto para la educación o encarecen el acceso a la superior. Pero ya sea desde blogs literarios, a través de las redes sociales o como personas-libro, hemos de preservar a estos delicados amigos de papel que, curiosamente, son los que nos hacen ser más fuertes.
Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guiñapos y ruinas de la Historia. Con su casco simbólico en que aparecía grabado el número 451 bien plantado sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedó rodeada por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre avanzó entre un enjambre de luciérnagas. Quería, por encima de todo, como en el antiguo juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y el jardín de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía.
[...]
-Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorado. La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer domina todo después del trabajo. ¿Por qué aprender algo, excepto apretar botones, enchufar conmutadores, encajar tornillos y tuercas?  
Ray Bradbury, Fahrenheit 451.
Descanse en paz. 

martes, 22 de mayo de 2012

153.º aniversario

Un suave golpe sobre una puerta, un mugido desde el interior, y me encontré frente al profesor Challenger. Estaba sentado en una silla giratoria tras una amplia mesa cubierta de libros, mapas y diagramas. Su apariencia me hizo contener la respiración. Esperaba encontrarme con un hombre poco corriente, pero nunca ante una personalidad tan subyugante como la suya. El tamaño de su cuerpo y su imponente presencia eran los principales factores del efecto que producía conocerle. Su cabeza era enorme, la más grande que recuerdo haber visto. Su cara y su barba hacían recordar a los toros de la escultura asiria, especialmente la barba, tan negra que por momentos daba reflejos. azules, cuadrada y rizosa, que se extendía hacia abajo sobre su pecho. Sus ojos de color azul grisáceo miraban desde la sombra de espesas cejas negras, con expresión clara, crítica y dominante. Sus hombros amplios y un pecho del tamaño de un barril era lo único que aparecía desde detrás del escritorio, esto y dos enormes manos cubiertas de largos vellos negros.
Tal fue mi primera impresión del notorio profesor Challenger.

Arthur Conan Doyle, El mundo perdido.
Aunque su personaje más afamado es, qué os voy a contar, Sherlock Holmes, el autor que nació tal día como hoy en Edimburgo, 153 años atrás, escribió una obra que es una de mis novelas de aventuras y ciencia ficción preferidas de cuantas leí (y releí) en mi infancia: El mundo perdido. En ella nos dejamos arrastrar por la figura, atrayente y repulsiva a un tiempo, del profesor Challenger, un científico de bruscos modales que solo vive para la investigación y que en esta novela nos anticipa un Parque Jurásico mucho más apasionante, a mi parecer, que el de Crichton.

El mundo perdido no sería la única novela de Conan Doyle que contase con Challenger como protagonista (vendrían después La zona ponzoñosa, La tierra de la niebla, Cuando la Tierra lanzó alaridos y La máquina desintegradora), pero sí que es la que guardo en la memoria con mayor cariño.

Sirva de homenaje al escritor esta descripción de su personaje tanto como, por supuesto, las lecturas de sus obras que deseéis compartir aquí.

martes, 4 de octubre de 2011

IMM. Lecturas complementarias

Comienza un nuevo curso y, como apuntaba en Andanzas de un Trotalomas, lo hace con una reflexión en torno a cómo afrontarlo. La Ecología siempre ha sido una ciencia que me ha fascinado y quiero exprimirla al máximo, así que como Homo libris comienzo a montar un puente de libros y como Trotalomas a planificar salidas al campo. He aquí algunos de los libros que he recopilado entre los que tenía en casa, algunos otros con los que me he hecho recientemente y los de las bibliotecas públicas.

Hay bastantes pero faltan muchos. Quiero disfrutar de Ecología, de Ramón Margalef, uno de los mayores naturalistas que ha dado España, y dejaré para final de curso los que me llegaron como un regalo inesperado: Ecología y paisaje e Invitación a la ecología humana, dos títulos en un único libro, reedición de dos de las obras del gran Fernando González Bernáldez, otro de nuestros más reputados científicos que, además, supo unir como nadie la ciencia de la ecología con el movimiento social del ecologismo. Solicité una copia del libro al no haber podido asistir a la presentación del mismo en el Real Jardín Botánico de Madrid hace unos meses y, aunque ya lo daba por perdido, llegó a casa para alegrarme el día.

Habrá tiempo para otras lecturas, por supuesto. Este fin de semana junto a Azote y a un común amigo ha servido para pasar buenos ratos visitando, entre otros sitios, mi querida librería de Torremolinos y la Feria del libro antiguo y de ocasión que estará en Málaga hasta mediados de octubre. Literatura, ciencia ficción, historia de la ciencia y mi adorado terror a la española (que quiero recuperar sí o sí este año) son algunos de los temas que quedan pendientes desde este IMM tan particular.


Os dejo pensando en las entradas que tengo pendientes y que espero ir publicando pronto (poco a poco, eso sí, para no martirizaros demasiado). Si estáis en Málaga estos días, dejo aquí un par de propuestas literarias. La primera no es otra que la Feria del libro que mencionaba antes. Aunque algo pequeña estará instalada hasta el 23 de octubre (si la memoria no me falla); no he encontrado información por Internet aunque sí he visto que también se está celebrando en Córdoba y que en Granada comenzará a finales de este mes. La segunda, las II Jornadas literarias “Mejor con un libro” repletas de actividades literarias que se van a llevar a cabo entre el 7 y el 14 de octubre.

¡Feliz lectura!

domingo, 30 de enero de 2011

Ciencia y ambiente, una ficción solo a medias

Hace unos días se asomaba al blog una obra de Rafael Marín –hablo, claro está, de Lágrimas de luz– que despertó la curiosidad de muchos de vosotros y que, tal vez por pura lógica y de forma completamente natural, hacía surgir entre los comentarios un aspecto de la ciencia ficción que constituye prácticamente una constante dentro del género: su insistencia en ser (o intentar aparentar ser) real. Esta característica, me diréis, es inherente a toda la literatura. Al fin y al cabo, toda obra narrativa busca, por fuerza, dotarse de una coherencia que permita al lector abstraerse de la realidad y aceptar la invitación que le hace el autor de abrazar la suya propia. Sin embargo, cuando hablo de que la ciencia ficción busca con afán constituirse en realidad, lo hago no porque crea que intenta dotarse de una capa de verosimilitud mediante una relación de avances científicos y tecnológicos, sino porque buena parte de la obra existente en este género (quitando tal vez la space opera, y puede que no toda, además de algún que otro título) incorpora algunos aspectos de crítica social, o de búsqueda de la propia identidad del ser humano y, por qué no, de la Humanidad. Si recordamos algunos clásicos del género (y de la literatura), como 1984 de Orwell, Un mundo feliz, de Huxley o Fahrenheit 451 de Bradbury, veremos que todas estas distopías se caracterizan por lo dicho anteriormente.

A raíz de lo anterior, me propuse escribir una entrada que tenía pendiente desde el verano. No sé si afortunadamente o no, os seguís librando de las entradas entomológicas que tengo previstas, je, je… Hoy me gustaría que nos acercáramos a uno de esos temas que nunca sé si publicar en Andanzas de un Trotalomas o aquí; en concreto, el medio ambiente y la ciencia ficción. Aunque me gustaría centrarme en la ciencia ficción literaria, es cierto que el cine también ha ofrecido a lo largo del tiempo algunos títulos interesantes y bastante populares, como el archiconocido “Avatar” de Cameron (claramente basado, aunque no haya sido reconocido, en el relato Llamadme Joe de Poul Anderson, el autor de La espada rota), y alguna otra película a la que también me referí en su día. En cualquier caso, presentar una relación exhaustiva de títulos haría agotadora la lectura de la entrada y, muy probablemente, me dejaría bastantes por el camino. Así que, a partir de este momento, “son todos los que están, pero no están todos los que son”.

La Tierra permanece, escrita por George R. Stewart en 1949, presenta ante nosotros un apocalíptico futuro en el que una extraña plaga ha hecho desaparecer a prácticamente toda la humanidad. Nuestro protagonista, un geógrafo, describe con minuciosidad la degradación medioambiental que va presentándose a sus ojos. Aunque encuentra a una superviviente y forman una familia, todo el conocimiento humano se perderá cuando él muera y es que, como apunta su título, solo la Tierra permanece.

Una de las mejores novelas de ciencia ficción que he leído ha sido Dune, de Frank Herbert. En ella, el autor nos sitúa en medio de una vorágine de luchas por el poder, políticas feudales despiadadas y de problemáticas medioambientales. El planeta Arrakis (Dune) es vital para el Imperio ya que allí se produce la melange, una especia que permite a los Navegantes ejercitar sus poderes prescientes y trazar rumbos seguros a cualquier parte de la galaxia. Hasta Arrakis llega el joven Paul Atreides, y allí conocerá al pueblo Fremen, que lucha  por conservar su modo de vida en un planeta desértico, donde el agua es el máximo de los lujos y su presencia en el planeta incompatible con los designios del Emperador Padishah Saddam IV, dado que destruiría a los inmensos gusanos de arena que aparecen siempre vinculados a la melange. Ya en su dedicatoria, Herbert hace alusión a la ecología del planeta:
“A la gente cuya labor va más allá de las ideas, al reino de los 'materiales concretos y reales'- a los ecólogos de las tierras áridas, dondequiera que estén, en cualquier tiempo en que trabajen, este esfuerzo de predicción les es dedicado con humildad y admiración.”
Y es que los Fremen llegarán a ser ante nuestros ojos verdaderos ingenieros ambientales, buscando mejorar sus condiciones de vida en Arrakis mediante la modificación de su entorno con el agua, siempre, como protagonista.

Gregory Benford escribió Cronopaisaje en la década de los 80 del pasado siglo. En esta novela, la Tierra pasa por una grave crisis ecológica justo a finales del siglo XX: los gobiernos imponen todo tipo de restricciones a la población y no se ve salida al grave problema en que la humanidad se encuentra inmersa. Entre este caos, el físico John Renfrew propone enviar un mensaje al pasado transmitiéndolo mediante unas partículas que podrían viajar a mayor velocidad que la luz. Avisarían así a los habitantes del pasado del problema que se les venía encima y podrían intentar ponerle remedio. El invento funciona, y en 1962 Gordon Bernstein detectará las emisiones. Aunque la temática medioambiental está presente, Cronopaisaje profundiza en la relatividad del tiempo y, sobre todo, en la incomunicación del ser humano. Tanto por las dificultades de transmitir el mensaje al pasado como por difundirlo entre una población escéptica, que lo interioriza de muy diversas formas.

Otra obra que plantea un futuro incierto para la Humanidad es Galápagos, de Kurt Vonnegut, aunque lo hace con el sentido del humor y la fina ironía que acostumbraba a dar a su peculiar visión de la ciencia ficción. Hablé del libro en su día, así que os remito a la reseña en cuestión si queréis saber más sobre cómo Darwin y las Galápagos marcaron un nuevo camino evolutivo para nuestra especie en el hipotético futuro dibujado por el autor.

Otra de las distopías más interesantes es El rebaño ciego, de John Brunner, primera parte de una trilogía compuesta por este título, Todos sobre Zanzíbar y Órbita inestable. En un mundo contaminado, los niños son pasto de todo tipo de enfermedades y la esperanza de vida se acorta cada vez más. No es el futuro, sino el presente (ahora pasado) en que Brunner situó la acción del libro, que avanza siguiendo varios ejes simultáneos que no siempre se entrecruzan. Transcurren los años 70 del siglo XX y el afán consumista ha convertido EEUU en un inmenso estercolero, con sus ríos contaminados, un ambiente enrarecido que nadie se atreve a respirar y que propicia la repulsa del resto de países ante la voracidad de los norteamericanos. Pero la novela no se queda aquí, sino que Brunner presenta a todo tipo de personajes moribundos, desencantados pero encerrados en un circulo destructivo, cuya única esperanza es Austin Train, el personaje que tras falsas identidades presenta batalla desde una actitud crítica que llegará a calar entre el común desencanto de la población.

¿Alguna vez he mencionado a George R. R. Martin por aquí? ;) Sus cuentos sobre Tuf (editados de forma conjunta bajo el título Los viajes de Tuf) hacen en ocasiones referencia a problemáticas medioambientales y sociales. Haviland Tuf es un peculiar personaje, un inteligente comerciante que se hace con una nave abandonada, una cosechadora que permite realizar clonaciones y crear nuevas especies para repoblar planetas. Especialmente me gustaron los tres que conforman las visitas de Tuf al planeta S’uthlam: “Los panes y los peces”, “Segunda ración” y “Maná del cielo”, donde se plantea la problemática de la superpoblación y la escasez de recursos. El estilo de Martin en estos cuentos me recordó muchísimo al Asimov de Estoy en Puertomarte sin Gilda.

La trilogía de El Paralaje Neanderthal (compuesta por los títulos Homínidos, Humanos e Híbridos), de Robert J. Sawyer, es una ucronía particularmente curiosa, en la que los neandertales no se han extinguido (sino nosotros) y sus sociedades se han desarrollado en un ambiente de marcado contraste con las que conocemos. La religión está completamente ausente, las relaciones amorosas vinculadas a ambos sexos, la ausencia de mentira (por la capacidad de comprender el lenguaje corporal y las altas capacidades olfativas de la especie) o el cuidado del medio ambiente serán aspectos en los que Sawyer incidirá a lo largo de los libros.

Existen otros muchos títulos relacionados con esta temática y que no he tenido aún oportunidad de leer. Por ejemplo, una noticia que escuchaba ayer sobre la importancia del orangután (de los grandes simios, el que guarda menores diferencias con el ser humano, con quien comparte el 97% de su carga genética), que mediante el estudio de la respuesta de su organismo a graves enfermedades puede permitir dar con una cura para las mismas, me recuerda al argumento de Hierba, de Sheri S. Tepper, donde una plaga asola la galaxia y únicamente el planeta Hierba, donde la extensa sabana que la cubre muestra una naturaleza sin corromper por el hombre, parece inmune a la misma (y, de paso, a la película “Los últimos días del Edén”). Chile en llamas, de Darío Oses, parece mostrar un paisaje algo catastrofista sobre el futuro de la humanidad, y otro tanto le ocurre a Límite del alemán superventas Frank Schätzing, donde la solución a un planeta esquilmado y en las últimas se encuentra en la conquista espacial, con la Luna y Marte como destinos clásicos para el hombre. Margaret Atwood, por su parte, nos propone una reflexión en torno a la ingeniería genética y sus consecuencias en Oryx y Crake, uno de los libros a los que tengo pendiente echar un ojo desde hace tiempo.

En resumen, un apasionante mundo este de la ciencia ficción, ¿verdad?

¡Feliz lectura!

Podéis indagar un poco más por aquí:

miércoles, 5 de enero de 2011

Lágrimas de luz

Oí hablar de Lágrimas de luz hace un par de años y ya entonces pensé que tenía que leer este libro. Tras hurgar un poco en los entresijos de la Red de redes prácticamente todo lo que encontré sobre ella y su autor eran parabienes y el título pasó a mi infinita lista de lecturas pendientes. Hará cosa de un año me topé con el libro en una librería de ocasión en Torremolinos, editado por Orbis en una colección que no me era ajena (varios de los títulos de su Biblioteca de Ciencia Ficción, al igual que otros de Grandes Novelas de Aventuras, orlan mis estanterías) y huelga decir que se vino a casa conmigo.

De Lágrimas de luz se ha afirmado desde que supuso un antes y un después en la ciencia ficción española o que dio inicio a la ciencia ficción moderna en nuestro país hasta que se trata de una space opera cargada de un lirismo magistral. No sabría si suscribir lo primero (hace mucho que salté de la ciencia ficción a la literatura fantástica más pura, salvo por el acercamiento a alguna que otra distopía o novela de ciencia ficción con trasfondo social de las que tenemos que hablar algún día por aquí) pero sí que es cierto que tras leer finalmente su historia he de decir que el libro me ha impactado poderosa y agradablemente.

La primera novela de un joven Rafael Marín Trechera (la escribió cuando tenía 22 años) nos sitúa en un futuro incierto, durante la Tercera Edad Media, con una humanidad inmersa en la inabarcable labor de conquista del Universo. La Corporación, con su centro neurálgico en Nueva York, en la antigua y desgastada Tierra, impone sus reglas y cada individuo no es más que un ínfimo y prescindible engranaje dentro de los objetivos impuestos. Como una nueva Roma, la Corporación extiende este nuevo imperio gracias a sus ansias de conquista imparable e implacable. No obstante, no duda en borrar todo rastro de aquello que no le es necesario en su crecimiento, devastando planetas e incorporándolos a sus dominios para extraer de ellos hasta el más mínimo recurso que le resulte de interés.

Los hombres cumplen su función y son desechados después. Soldados, escribidores (poetas) o meros obreros, todos están al servicio de la Corporación y son completamente prescindibles. La Corporación busca crecer, expandirse, y su manera de hacerlo es la guerra, aunque venga disfrazada de lírica y heroísmo en los cantares de gesta que cumplen su función ocultando los verdaderos horrores de aquella.
Casi un año más tardó el planeta en ceder y los nors en entregarse. Un año duro y difícil donde descubrí que los militares de la Corporación, a partir del grado de sargento, empiezan a hacerse más y más estúpidos, como si los galones no hicieran sino secarles el escaso cerebro que pudieran tener. Realmente, el nivel de incompetencia era espantoso. Los abusos de autoridad se repetían cada día ante mis ojos, sin que nadie de más alta graduación pareciera enterarse de todo aquello. Los soldados que se mataban allí eran hombres, protestaba yo en mi interior, y se merecían algo más que ser enviados a la batalla en manos de un inepto que iba a conducirlos a la muerte. Los nors eran unos enemigos formidables, de acuerdo, el sueño dorado de cualquier militar, pero aquello no justificaba los continuos descalabros de las patrullas de reconocimiento. Sólo una de cada tres volvía, y de ésta, la mitad de sus hombres estaban heridos o muertos. ¿La culpa? No lo sé. Mía, desde luego, no. Yo era un extraño en aquella inmensa parafernalia de correajes y uniformes. Yo no era nadie. ¿La culpa? A pesar de lo que había dicho Ares Wayne el día de mi llegada a bordo, la culpa la tenía el afán de protagonismo, la visión particular de los conceptos de hombría y honor, los deseos de añadir un galón rojo o amarillo a una manga sin que importase cuántas vidas, amigas o enemigas, había costado aquel ascenso. El honor se incrementaba si tus hombres morían berreando en un charco de fango.
Pero para que la guerra sea gloriosa ha de ser cantada. Así, los cantares de gesta que son recitados en diez mil mundos son tan imprescindibles como el propio acto de conquista. Por eso la Corporación no duda en mantener a un pequeño grupo de poetas que, tras ser instruidos en Monasterio, escriban sobre las gloriosas hazañas de los soldados. Sus poemas, si son aprobados tras pasar por el pertinente filtro de Nueva York, serán cantados por los juglares en miles de planetas iluminados por tantos otros soles, en naves de guerra y rompehielos, en navíos comerciales y lupanares. Sí, también allí, porque el sexo y las drogas son el pan y circo del nuevo imperio, la forma en que los humanos se evaden de sus miserias. 

Hamlet Evans, nuestro protagonista, es uno de aquellos jóvenes escritores con ánimo de convertirse en poeta. Él lo logrará, mas no así el resto de sus compañeros de un curioso círculo literario que mantienen en la Tierra. Así, Hamlet viajará a Monasterio, aprenderá y comenzará a viajar en diversas naves de guerra aprendiendo en su viaje que este futuro no es tan de su gusto como habría deseado.
- Muchachito, eres ingenuo de veras. No sabes leer entre líneas. Imagina que no existiera más que una raza, que los blancos estuvierais solos en el jodido planeta, en la condenada galaxia. ¿Existiría entonces el racismo?
- ¿Existiría?
- Soy yo quien te pregunta, corazón, pero voy a contestarte a eso. Claro que existiría. Naturalmente que sí. No porque a la Corporación le sea necesario, que quizá ni siquiera le es, como tú dices, puesto que es infinitamente más antiguo. No por eso, sino porque vosotros, omnipotentes hombres blancos, sahibs autoproclamados, lo necesitáis para sobrevivir. No, digo mal. Rectifico. Todos lo necesitamos. La raza humana se basa en este axioma para salir adelante. Tengamos el color que tengamos, necesitamos creer, estar seguros de la existencia de alguien inferior por debajo de nosotros. No el de arriba, eso casi no nos interesa. Es el de debajo el que quiere ocupar nuestro sitio, y a él le tenemos que combatir.
Y en otro momento leemos:
- Mira, Hamlet –decía Turin-. Es mejor que lo veas de esta forma. Tú has leído mucho y tal vez de esta manera me des la razón. Imagina que la Corporación no existe, que tú y yo no nos conocemos, que la Conquista no nos une. Tarde o temprano alguna raza en el universo tomaría el lugar que nosotros estamos ocupando ahora. Alguien que podría ser incluso peor que nosotros. ¿Te gustaría eso? Claro que no. A nadie le encandila esta idea. Digas lo que digas, es mejor estar encima que debajo. Yo creo que lo que estamos haciendo es lo justo, aunque me guste tan poco como a ti derramar sangre. Creo que esto es lo justo para la Tierra y también lo mejor para los mundos que forman parte de la Corporación.
- Ya. Antes de morir, matar. Destruir antes de ser destruidos. Esclavizar antes de vernos convertidos en esclavos.
- Eso mismo. La consigna lo resume muy bien. No trates de comprenderlo, únicamente hazlo.
Lágrimas de luz es una novela profundamente antibelicista. La guerra, la aniquilación del otro está continuamente presente en toda su crudeza y Hamlet la denosta y denuncia hasta llegar a ser perseguido por la Corporación. No descubro nada al lector; ya el primer capítulo nos muestra la huida de Hamlet en el circo en que trabaja y, a partir de ahí, conoceremos cómo llegó hasta esa situación y los diversos avatares por los que pasó en su camino. Porque la novela nos invita a un viaje al espacio exterior, gracias a la Corporación, pero también al espacio interior del enamoradizo Hamlet en un periplo posiblemente cargado de peligros y nostalgia. Esta faceta del viaje, la de la introspección del protagonista, es tal vez la que ha sido más criticada de la novela por ralentizar su acción y presentar un estilo ciertamente algo ampuloso, pero a mi parecer es precisamente lo que aporta un alto grado de originalidad a una space opera, por otro lado, no muy alejada de otros alegatos antibelicistas dentro de la ciencia ficción (recordemos la saga de Ender de Scott Card, especialmente sus dos primeros títulos o La guerra interminable de Joe Hadelman, por citar un par de ejemplos).

La presencia de referencias literarias, veladas o no, es también continua en la novela. Moby Dick o la Eneida están presentes en todo momento, así como la figura del poeta y el juglar del medioevo, y nos encontraremos incluso con una representación de teatro dadaísta entre sus páginas. Todo un compendio de arte y filosofía enmarcado en el particular gusto por las palabras que muestra Rafael Marín deleitándose en la escritura hasta el infinito.

En resumen, una novela magnífica que, cerca de treinta años después de haber sido escrita, sigue manteniéndose fresca y resultando de lo más interesante al lector que se acerque a ella. Muestra, no nos vamos a engañar, unos cuantos excesos por parte del autor, por aquel entonces novel, pero su calidad global se encuentra fuera de toda duda. Me ha encantado y me ha mantenido enganchado incluso a pesar de contar con poco tiempo e ir leyéndola simultáneamente con otros libros o dejarla aparcada en ocasiones durante al menos una semana. Su estilo, triste y algo melancólico, me atrapó desde el principio y me ha dejado un regusto agridulce al finalizar la lectura que no me ha resultado nada desagradable. Tendré que corregir este alejamiento mío de la ciencia ficción (ni pretendido ni absoluto, pero sí prolongado) y seguir descubriendo pequeñas joyas como esta.
- El mundo es una porquería, Hamlet -descubría ella, haciendo tintinear su voz con la sorpresa de quien descubre algo que para los demás siempre ha sido evidente-. ¿Has visto la basura que nos rodea? Un mundo seco, un mundo muerto, eso vamos dejando detrás. Dios, qué vergüenza para el hombre. No comprendo cómo nadie puede estar orgulloso de llamarse así. No hay lluvia, no hay pájaros, no hay sol, todo por culpa de la acción del hombre. ¿Has echado un vistazo a lo que nos rodea? ¡Ya ni siquiera quedan flores!
Feliz lectura.

martes, 28 de diciembre de 2010

Homenaje a Luchadores del Espacio

La novela popular de la posguerra española es en gran parte hija de la represión franquista y de la pobreza. Jueces, profesores, funcionarios y personas, en fin, de pensamiento cultivado, se vieron de la noche a la mañana expulsados de sus trabajos y convertidos en una serie de cosas que jamás sospecharon ser: moscovitas, masones, separatistas, pornógrafos, proxenetas y enemigos de España. Menos mal que no los llamaron pederastas, pero fue porque al Régimen no se le ocurrió. Esa colección de malvados hundidos en la pobreza—duro castigo- fueron los que cimentaron sobre sus huesos la novela popular española de la posguerra.

[…]

Su recuerdo –y el respeto para la novela popular española- merecen mantenerse porque su calidad, generalmente muy digna, es hija de un milagro. Tenían que escribir a marchas forzadas, consultar textos, imaginar y corregir si querían que sus hijos llegaran vivos a la hora de la comida. La comparación de los textos de esos obreros de la pluma y los textos de los maestros yanquis -que escribían con garantías de dinero y tiempo- no deja a nuestros autores en mal lugar, ni mucho menos, y el estudio de sus obras debe mantenerse porque no sólo merecen un análisis literario, sino que por sí solas son también el análisis sociológico de toda una época.

Francisco González Ledesma
Dentro de los diversos géneros que abarcó la masiva producción de novela popular en España uno de los que aparecieron de forma tardía (al menos relativamente, si lo vemos desde la perspectiva de algunos de los otros) y, sin embargo, ofrece aspectos de estudio más interesantes fue el de la ciencia ficción (o, como se la denominaba en aquella época, de anticipación científica e incluso "fantaciencia"). La ciencia ficción en España nació compitiendo con los ya asentados westerns, las historias de espías o las bélicas, cargados todos ellos de aventuras y acción. Digo que su estudio ofrece interesantes perspectivas porque la situación política de España a lo largo de prácticamente la mitad del pasado siglo XX llevó a que, sobre todo desde la década de 1930 hasta un par de décadas después la influencia de otras culturas, como la norteamericana, donde la ciencia ficción floreció tras la gran depresión de los años 20, fue prácticamente nula. Es por esto que –curiosamente, también en una época de crisis y carencias sociales– brotó en España una ciencia ficción peculiar, no contaminada apenas por aportes foráneos y que, sin embargo, ofreció títulos muy sugerentes y supuso el germen del panorama narrativo actual.


Dentro de los precedentes de lo que supondría la ciencia ficción dentro de las novelas de quiosco (y de la colección Luchadores del Espacio, a la que está especialmente dedicado el libro que nos trae hoy aquí) encontramos al conocido Coronel Ignotus, alias de José de Eola y Gutiérrez, militar de carrera (fue coronel del Estado Mayor, así como profesor de geometría, topografía e historia militar en la Academia General Militar y la Escuela Superior de Guerra) escribió comedias, dramas o ensayos, pero también ciencia ficción bajo un formato eminentemente divulgativo. Sus personajes, situados en la época en que tocó vivir al autor, se enfrentaban a aventuras de lo más entretenidas pero donde los artilugios que aparecían ya eran conocidos y primaba, tal vez por su vertiente como docente, el ánimo de instruir.

Después de finalizar la Guerra Civil, las editoriales españolas subsistían con las resmas de papel que conseguían del estricto racionamiento que marcaba el Gobierno. Tal vez por ello y por la necesidad de evasión que requería un pueblo castigado y hambriento se dio prioridad a la publicación de obras breves y enfocadas al ocio. Ante este panorama, a nadie extrañará la importancia que tuvieron en su día estos libritos y hasta qué punto fueron devorados por la gente, intercambiados sin cesar porque era más barato este “realquiler” que comprar libros nuevos por cada lectura.

Pascual Enguídanos, uno de los autores más reconocidos de Editorial Valenciana (primero en la serie Comandos, después con Luchadores del Espacio) y trabajador también de Bruguera, recuerda la política de pseudónimos impuesta por las editoriales para dar un toque exótico a los libros, algo que jugaría en muchos casos en contra de los propios autores:
Una de las exigencias de la editorial consistía en escribir bajo pseudónimo, hecho que no le hacía demasiada gracia. "Desde el principio me comunicaron que tenía que firmar con un nombre que sonara a inglés" recuerda, no sin cierta desaprobación. "Por aquella época nadie leía autores españoles, o al menos eso pensaban". Escogió, sin darle muchas vueltas, George H. White "porque sonaba bien". "Durante muchos años la gente creyó a pies juntillas que quien escribía aquellos libros era americano", se lamenta.

A título anecdótico, recuerda el caso de un amigo de la familia, cabo de aviación, que tras volver a su base de Manises, se encontró con un compañero que estaba leyendo precisamente una de sus novelas, a quien sólo se le ocurre comentar: "Acabo de estar esta misma tarde en casa de ese escritor". Sigue explicando con cierto regocijo cómo el interpelado no le creyó y la cosa acabó en una fuerte discusión. Parecería como si en el fondo se sintiera orgulloso de que nadie hubiera podido penetrar el engaño, reconociendo que aquellas novelas pudieran haber sido escritas por un español.
Pascual Enguídanos (George H. White), archiconocido por su saga de los Aznar, que fue publicada dentro de Luchadores del Espacio, fue un perfeccionista nato que soslayó (con fortuna y afortunadamente) la imposición editorial de escribir novelas independientes, sin relación entre ellas, que dejaría las series de novelas de lado (de forma curiosa, aun a pesar de su éxito). Él, muy especialmente, pero también los autores Arturo Rojas (Red Arthur), Ramón Brotons (Walter Carrigan), José Caballer (Larry Winters) o el ilustrador José Luis Macías participaron en la aventura de Luchadores del Espacio y en el homenaje que a primeros de mayo de 2003 se llevaría a cabo con motivo del cincuentenario de la colección. 

Este libro, Memoria de la novela popular. Homenaje a la colección Luchadores del Espacio, recoge con fortuna parte del espíritu que animó aquellas jornadas del Fòrum de Debats organizado por la Universidad de Valencia y constituye un título imprescindible con el que acercarse a la mítica colección y, cómo no, a un referente imprescindible dentro de la ciencia ficción española.

viernes, 16 de abril de 2010

Galápagos

Las revoluciones científicas más importantes todas incluyen, como única característica en común, el destronamiento de la arrogancia humana de un pedestal tras otro de convicciones previas sobre nuestro lugar en el centro del Cosmos.

Stephen Jay Gould
Trotty, de conocidas dotes naturalistas disfruta con una lectura de lo más amena y se dispone a contarnos su parecer.

De Kurt Vonnegut y su obra se puede decir cualquier cosa, excepto que sea convencional. Enclavada dentro de la ciencia ficción, lo cierto es que sus libros no constituyen una de las mayores referencias para la los lectores de este género, aunque, sin embargo, tampoco es un completo desconocido. Es más, puede ser considerado todo un referente, lo que se encuadra en una aparente contradicción tan al gusto de la mordaz ironía con que suele aderezar sus novelas y que viene dada, sin duda, por el interés que puso en su momento por no ser encuadrado dentro de la ciencia ficción (aunque sus primeras obras lo fuesen, claramente, y a pesar de lo cual toda ella posee continuos referentes y similitudes con este género, aunque también es cierto que con su ironía y la actitud crítica que suele adoptar en las mismas se aleja de lo que tradicionalmente se ha entendido como ciencia ficción) . Hace algún tiempo vino al blog su Pájaro de celda, que me encantó como recordaréis, y lo cierto es que le tenía muchas ganas a este que terminé de devorar hace apenas unos días.

Galápagos habría sido una novela ideal para escribir una reseña sobre ella el pasado año. No sé si Darwin o cualquier estudioso de la evolución habría estado totalmente de acuerdo con Vonnegut, pero lo cierto es que esta novela se lee con deleite y con una sonrisa en el rostro, solo rota por alguna que otra carcajada cuando el autor nos sorprende con alguna situación sorprendente e hilarante. En ella encontraremos algunos de los leitmotivos del autor: el antibelicismo, el particular escritor de ciencia ficción fracasado Kilgore Trout o la preocupación por la deshumanización y el consumismo.

La Tierra, hace un millón de años. Exactamente, al comenzar nuestra historia, 1986. El Bahía de Darwin permanece atracado en el puerto de Guayaquil, Ecuador, esperando al pasaje para emprender la que los medios han publicitado como la mayor aventura naturalista, el “Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza”. En el hotel cercano “El Dorado”, un estafador, una viuda, una pareja de japoneses y el secreto dueño del barco (que se apresuró a comprarlo para invitar a continuación al marido de la pareja anterior, un verdadero genio de las nuevas tecnologías) se ocupan de sus problemas hasta que llega la hora de embarcar. El mundo, entretanto, loco como siempre, prepara una guerra que les llevará a un viaje sin retorno a las islas Galápagos. Ellos no lo saben – nosotros sí, gracias a la voz omnisciente del narrador, el fantasma de unos de los trabajadores de los astilleros donde se construyó el barco, que se encarga de desvelárnoslo desde un principio-, pero no volverán jamás al continente. Ni ellos, ni ningún ser humano en la forma en la que eran conocidos un millón de años atrás, en el llamado siglo XX. La evolución se encargará de ello, y es que las Galápagos volverían a convertirse en un laboratorio natural desde el momento en que en el resto del mundo los humanos nos extinguimos gracias a nuestras crisis económicas mundiales, las guerras y, sobre todo, por la aparición de una particular enfermedad que volvió estériles a las hembras de la especie.
Demasiado tarde, los habitantes de esas naciones salieron arrastrándose de las ruinas que ellos mismos habían creado, y descubrieron que, durante todo aquel agónico proceso, no había habido absolutamente nadie en la cumbre que comprendiera cómo funcionan en realidad las cosas, de qué se trataba, y qué era lo que en realidad sucedía.
Vonnegut no es clemente con el ser humano ni con el voluminoso cerebro que constituye la fuente de las preocupaciones que le afligen y sinsentidos que acomete. Ni las referencias darwinianas ni las sociológicas son tan profundas que dificulten seguir un texto divertido, en el que Vonnegut se ríe de todo, jugando con el tiempo y el espacio (hace un millón de años, con la Tierra por escenario de nuestras andanzas; hoy, con el ser humano dotado de aletas, pescador y ajeno a todo problema que no afecte a su supervivencia gracias a su reducido cerebro) y con una serie de capítulos que fragmentan la historia y nos la van proporcionando en pequeñas dosis que nos descubren, a pequeña escala, las motivaciones de nuestros sobrevivientes y sus historias personales, y en una magnitud planetaria, el futuro de nuestra especie.
Nadie es hoy bastante inteligente como para fabricar la clase de armas que aun las naciones más pobres tenían hace un millón de años. Sí, y se utilizaban todo el tiempo. Durante toda mi vida no hubo un día en que, en algún lugar del planeta, no estuvieran librándose al menos tres guerras a la vez.
Y la Ley de Selección Natural era incapaz de dar una respuesta a estas nuevas tecnologías. Ninguna hembra de ninguna especie era capaz, salvo quizá la del rinoceronte, de parir un vástago a prueba de fuego, bombas o balas.
En el mejor de los casos, la Ley de Selección Natural podría producir un ejemplar que no tuviera miedo de nada, aun cuando había tanto que temer. Conocí a unos pocos tipos de esa especie en Vietnam, en la medida en que es posible conocerlos, y uno de ellos era *Andrew MacIntosh.
No temáis. Vonnegut no plantea en Galápagos una obra trascendental de filosofía ni un tratado sobre la evolución, mas sí una sarcástica visión de la sociedad y una reflexión cargada de ironía sobre quienes somos, de dónde venimos y hacia qué incierto lugar nos dirigimos gracias a nuestros voluminosos cerebros. Un libro que se ha convertido, tal vez sin pretenderlo, en una verdadera obra de cabecera para este Homo libris que ahora, entusiasmado, se acerca a vosotros para deciros lo bien que me lo he pasado con su lectura e invitándoos a disfrutar con él.

sábado, 8 de agosto de 2009

Estado crepuscular, de Javier Negrete

La ciencia ficción, especialmente la patria, no es muy dada a reírse de sí misma. Aunque existen precedentes realmente memorables; algunos cuentos de Asimov, Los viajes de Tuf de George R. R. Martin, la inolvidable serie de novelas de Douglas Adams sobre el autoestopista galáctico y la española Los viajes de Gurb, de Eduardo Mendoza, son algunos de ellos, que mantienen en algunos casos la reflexión en torno a la humanidad, su pasado, presente y futuro, que conforma en muchas ocasiones el núcleo principal del género, y que en otros meramente buscan la diversión del lector.

Estado crepuscular, una breve novela de Javier Negrete, podría circunscribirse sin mucho problema en la segunda de las categorías, y en su descargo diré que cumple con creces su función. Hasta la fecha tenía pendiente leer algo del conocidísimo autor, verdadero referente del género fantástico y de ciencia ficción en nuestro país, y que parece gozar con aproximaciones a la mitología grecorromana en sus novelas. Tenía la intención de leer La Espada de Fuego hacía tiempo, pero ha sido un libro cuya lectura he terminado por ir posponiendo de forma indefinida, y ha sido con ésta, al parecer, atípica aproximación humorística del autor, con la que he terminado por conocerle. Pero, como digo, no podría haber sido de una forma mejor.

Lo cierto es que me divierten muchísimo las novelas de Eduardo Mendoza sobre su no muy cuerdo detective sin nombre (conocido), y que tras una primera aproximación fallida a Lo mejor que puede pasar a un cruasán, de Pablo Tusset, terminé por leer la novela del tirón. Curiosamente, siempre ha sido en verano cuando he aprovechado, de forma consciente, para embarcarme en estas lecturas más ligeras y puede que, a la par, propicias para el periodo estival. Cuando comencé Estado crepuscular no podía imaginarme que me encontraría ante una historia y un protagonista, David Milar, de características similares a las citadas.

David Milar es un joven aficionado a la fiesta, la bebida y las mujeres, que en su afán de beneficiarse a la hermosa Mirtila acepta un trabajo que le pondrá en el brete de psicoanalizar el ordenador biológico de un lejano y hostil mundo. Aunque nuestro héroe, con gran confianza en sí mismo, se ve capaz de salir airoso de cualquier situación (máxime cuando hay faldas de por medio y cree poder sacar algún beneficio orgiástico de la misma), pronto descubriremos que necesitará algo más que suerte para mantenerse entre los vivos.

Como digo, el libro no pasará a los anales de la literatura universal, mas sí conseguirá hacernos pasar un rato agradable y divertido y, posiblemente, arrancarnos más de una carcajada. Os dejo con una de las primeras reflexiones de David Milar para que os hagáis un poco a la idea sobre el carácter de tan singular personaje:
Cuando más tarde hice el análisis de aquella noche, encontré algo extraño en lo sucedido. Me había fingido psiquiatra para A) tirarme a la concupiscible Mirtila Lump con la condición de B) viajar a Hoonai, el planeta de los Kghasatshu –singular, Satshu-,y curar un alienígena loco. Podría haberme limitado a A), encontrar las lógicas satisfacciones en ello, desaparecer en la estación Sheffield y que se buscara a otro para B). Pero, y he ahí lo raro, cumplí con B), como ahora les narraré, y en cuanto a A), después de despojarme el bolsillo con los malditos Chivas, la muy pécora me dejó en la puerta de su habitación con tres palmos de NARICES.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Pájaro de celda

Vivimos momentos aciagos en los que la luenga sombra de la crisis económica se cierne sobre nuestras cabezas mortales. Podría parecer predestinado, pero lo cierto es que me he acercado ahora y no antes a este libro, que llevaba reposando el sueño de los justos unos años, ya que lo adquirí en una librería de viejo, poco tiempo después de leer Matadero Cinco, del mismo autor –Kurt Vonnegut–, por recomendación de Azote Ortográfico, y que tras sucesivas mudanzas ha visto la luz en las baldas de mi estantería.
E incluso ahora, a la triste edad de sesenta y seis años, noto que aún me tiemblan las rodillas cuando encuentro a alguien que aún piensa que es posible que llegue el día en que habite la tierra una gran familia feliz y pacífica: la Familia del Hombre. Si me conociese ahora a mí mismo tal como era en Milnovecientos Treintaitrés, me desmayaría de respeto y de lástima.
Pájaro de celda narra las desventuras de Walter F. Starbuck, ex consejero de Nixon e implicado en los escándalos de Watergate. Tras abandonar sus ínfulas de comunista al ser nombrado Consejero de Juventud de Nixon, y siendo implicado de forma casual en el caso Watergate, Walter abandona la cárcel para reencontrarse casualmente con un antiguo amor de la adolescencia. Entretanto, nos contará su vida, el devenir de la Norteamérica desde algo antes de la mitad del siglo pasado hasta los años setenta, y todo tipo de tejemanejes políticos y sindicales en el nacimiento de los derechos de los obreros. Todo ello, eso sí, salpicado de las entrañables peripecias de personajes secundarios, familiares de Walter e historias de ciencia ficción escritas por Kilgore Trout, una caracterización-homenaje de Theodore Sturgeon (del que os recomiendo Los cristales soñadores), que ponen en relieve la calidad artística y moral de Kurt Vonnegut, nominado en dos ocasiones al Premio Nobel, aunque falleció sin que le fuese concedido tal galardón. Vonnegut, como autor de ciencia ficción, no tiene precio, ni tampoco parangón. Escribe sus novelas posmodernas con un estilo entrañable, divagando entre diversos temas que, finalmente, confluyen en un argumento sólido que elimina de un plumazo todo atisbo de incongruencia que, en principio, pudiera antojársenos.

Como apuntaba, el libro está plagado de citas memorables. Alguna de ellas viene dada por relatos del propio Kilgore Trout, y sin miedo a desvelaros nada en particular de la trama, os dejo algunos fragmentos de uno de sus cuentos, que me ha encantado, titulado Dormido en el cambio de vía. En él, Vonnegut, perdón, Trout, nos narra la llegada el periplo de Albert Einstein tras su defunción.
No podías entrar en el cielo hasta haber pasado por una revisión completa de lo bien que habías aprovechado las oportunidades financieras que Dios, por mediación de sus ángeles, te había ofrendado en la Tierra.
El relato en sí es un despropósito sobre la llegada de Einstein al cielo, y la narración de cómo pudo hacerse millonario (¡ay, el materialismo exacerbado!) y no aprovechó su momento.
Einstein podría haberse hecho multimillonario si hubiese puesto una segunda hipoteca sobre su casa de Berna, Suiza, en Milnovecientos Cinco y hubiese invertido dinero en depósitos de uranio antes de decirle al mundo que E=mc2.
El gran físico, un poco desganado, asiente ante el funcionario que tiene ante sí. En todo tienen razón, no ha aprovechado su momento, pero lo que más desea es descansar. Así las cosas, le dejan pasar al cielo, y lo hace con una única pertenencia: su querido violín. Sin embargo, estando allí comienza a encontrarse con almas muy afectadas por lo que les ha dicho el auditor, a la entrada del cielo. Le da por cavilar, y se dedica a formular una serie de cálculos.
Einstein calculaba que si todos los habitantes de la Tierra hubiesen aprovechado al máximo todas sus oportunidades, y se hubiesen hecho millonarios y luego multimillonarios, etcétera, la riqueza dineraria del pequeño planeta habría sido superior al valor de todos los minerales del universo en cosa de unos tres meses. Además, no quedaría nadie para hacer trabajo útil.
Einstein cree que los auditores están estafando a la gente, y dirige una carta a Dios pidiéndole audiencia. Éste no le recibe, pero a cambio le envía una notificación a través de un arcángel loco de remate diciéndole que si no dejaba las cosas estar, le quitaría el violín para toda la eternidad.
Así que Einstein nunca volvió a hablar con nadie de los auditores. Aquel violín significaba mucho para él.
El libro está plagado de historias similares: nos hacen reír, nos estremecen por su crueldad, máxime si tenemos en cuenta que Vonnegut está reflejando una realidad no muy distinta a la que realmente se vivía hace unos decenios entre la clase obrera americana (y no digamos la de otros países). Os lo recomiendo encarecidamente. Como otras obras de Vonnegut, está escrita con un estilo bastante peculiar, pero a poco que os hagáis con él, os encantará.

Por último, a la imagen del libro le acompaña el segundo en discordia: Obi-Wan (sí, es una frikada, ¿y?), otro de nuestros felix libris silvestris, con una gran afición al posado fotográfico, que no quería ser menos que su querido amigo Lupi.

domingo, 28 de diciembre de 2008

La guerra de las salamandras

Aunque fue publicada en 1936, un par de años antes de la muerte de su autor, parece que La guerra de las salamandras, de Karel Capek hubiese sido escrita ayer, ya que no ha perdido nada de su vigencia, máxime en estos tiempos en los que el feroz y exacerbado capitalismo ha terminado por devorarse a sí mismo, como ya ocurriera con la malhadada Ungoliant. Capek nos presenta una obra que, bajo la apariencia de novelita de aventuras puede leerse sin más y dejar un regusto agradable en el lector, pero que alberga mucho más a poco que comencemos a establecer correspondencias entre sus personajes y nuestro entorno y la Historia.

Es La guerra de las salamandras una novela antiutópica, en la línea de obras maestras como Un mundo feliz (1932), de Aldous Huxley, 1984 (1949), de George Orwell, Farenheit 451 (1954), de Ray Bradbury. En la primera de ellas, Huxley nos presentaba un estado totalitario en el que los niños eran “reprogramados” a través de los sueños, y la máxima es ser feliz, obviando el privilegio y haciendo prevalecer las sensaciones físicas. Leer está mal visto, ya que supone para ellos una muestra de insatisfacción, lo que va en contra de lo que propugna la conducta social imperante. Orwell, por otro lado, presenta un mundo hipotético que no dista demasiado del de Huxley. En 1984, la sociedad está dividida en castas, e impera un estado totalitario que tampoco ve con muy buenos ojos los libros. El protagonista trabaja en el Ministerio de la Verdad, un organismo encargado de reescribir la Historia según las necesidades políticas del momento. Por último, Bradbury muestra desde el primer momento, con el título de su novela, la aversión que provocarán los libros en su mundo utópico. El papel arde a dicha temperatura, y en Fahrenheit 451 los bomberos están encargados de destruir los libros. El protagonista de la novela es uno de estos bomberos, que vive con su mujer, Mildred, adicta a los culebrones y que apenas usa el cerebro para pensar. Pero tanto daría ella u otra, en una sociedad en la que todos actúan de igual manera, y los que no lo hacen así son perseguidos y ajusticiados. Guy, nuestro protagonista, descubrirá a través de la joven Clarisse la existencia de un mundo alternativo, en el que la gente conversa, discute y recuerda el pasado. Un mundo en el que no han sido desposeídos de todo lo que nos hace humanos. A partir de ese momento, sólo le quedará la opción de la huida.

Como vemos, estas tres novelas antiutópicas tienen bastantes elementos en común: presentan sociedades futuras en las que un estado totalitario anula a la ciudadanía limitando o erradicando el acceso a la cultura –y, en concreto, a su manifestación más importante en lo tocante a la transmisión del conocimiento, los libros–, ofreciéndoles a cambio una serie de estímulos adocenantes que les hagan innecesaria, incluso, la necesidad de pensar.

Capek, que difundió la palabra robot gracias a su obra de teatro R.U.R. (acrónimo de Rossum’s Universal Robots), ofrece, sin embargo, otro planteamiento igualmente estremecedor sobre nuestra innata calidad de “amos del mundo”. En La guerra de las salamandras, un capitán buscador de perlas descubre la existencia de un extraño ser en una isla del Pacífico, similar a una salamandra pero de gran tamaño, que parece disfrutar imitando sus gestos. Días después, las salamandras intercambian con él perlas por armas para matar a los tiburones, sus depredadores naturales. Nuestro capitán, chico listo, comprende que el trueque puede serle bastante ventajoso, y se dedica a armar a las salamandras a cambio de perlas. Tiempo después, busca socios para comenzar una explotación a gran escala del mercado de las perlas haciendo uso de las salamandras y, tras encontrarlo, dedica su tiempo a ir expandiendo el hábitat de sus nuevas amigas en islas a todo lo largo y ancho del mundo conocido.

En la segunda parte de la novela, se nos presenta a las salamandras como monstruos de feria capaces de llevar a cabo todo tipo de trucos; como sufridos obreros que trabajan, mano de obra barata o esclavo, decídalo usted mismo, de marea a marea, a cambio de sustento y algunos materiales para construir sus viviendas. Pronto su población supera en un factor de 4 ó 5 a la humana, y la producción de muelles, la extensión de tierras y la obtención de materiales submarinos alcanzarán máximos históricos. Poco después, comenzará propiamente la que fue dada en llamarse Guerra de las Salamandras.

Así comienza la tercera y última parte del libro. Las salamandras se rebelan, su líder exige a los humanos que se recluyan en las montañas. A partir de ese momento, hombres y mujeres deberán trabajar para las salamandras, facilitándoles material de construcción, huyendo hacia zonas elevadas para que sea posible dividir la tierra aumentando así las zonas costeras, las únicas en las que pueden vivir estos urodelos gigantes.

Sí, así es. La guerra de las salamandras saca a la palestra una de las grandes cuestiones de la humanidad: nuestra capacidad de ir contra nosotros mismos, como especie. El hecho de que no nos importe pisotear a nuestros semejantes (y menos aún a los que no lo son, o lo parecen menos) en aras de conseguir ser más grandes, más poderosos, más ricos. De paso, no deja títere con cabeza, ni profesión sin ser vilipendiada. Y es, que, mal que nos pese, nos lo ganamos a pulso.

¿El final? Leedla, os la recomiendo fervorosamente. Capek, como si de un Deus ex machina se tratase, aparece en el último capítulo en un diálogo consigo mismo, y reflexiona, “Ya lo ves… Si fueran solamente las salamandras contra la Humanidad, quizá no sería tan difícil hacer algo. Pero gente contra gente, eso no hay quien lo detenga…”.