Nos rodean cientos, miles de olores, pero rara vez damos la importancia que merece al sentido del olfato, excepto cuando el olor es en extremo desagradable y penetra ofensivamente por nuestras fosas nasales, o bien por reparar en él debido a su intensidad o por asociarlo a otras sensaciones, objetos, personas... recuerdos, al fin y al cabo.Respecto al primero de ellos, ¿a cuántos nos vienen a la memoria esos días gloriosos de colegial, en los que, recién iniciado el curso, esperábamos impacientes la caterva de nuevos títulos que, traducidos en objetos de deseo, esnifábamos tras su compra, impregnándonos del olor a tinta aún fresca y a papel satinado recién prensado, impreso, encuadernado y desbarbado, pletórico de sabiduría? A los libros recién adquiridos se unían los heredados de hermanos, primos, amigos, que por mor de un milagro, no habían quedado desfasados aún en la vorágine editorial a que estamos acostumbrados hoy día. Éstos presentaban dobleces en las esquinas, garabatos y el nombre de sus antiguos poseedores, escrito cual Ex-Libris con la fluida caligrafía de alguno de los padres, o con inexperta mano de niño. El encanto de estos últimos era ir descubriendo, día a día, alguna ocurrencia que tuvo quien antes estudió esas páginas y, ya crecidos, los diversos amores platónicos que le desvelaron alguna que otra noche.
(Me autoplagio al recordar que escribí esto hace algo más de un año, para traerlo al blog.)