
Cuando hace unos días mostraba la desilusión que me había producido la lectura de un ensayo sobre el lobo, me venían a la mente otras obras ciertamente interesantes sobre el gran cazador del hemisferio norte. En particular, dos libros de Ramón Grande del Brío sobre el lobo ibérico: El lobo ibérico. Biología y Mitología, editado por Blume en 1984 y ya agotada, y El lobo ibérico: biología, ecología y comportamiento, de Amarú, que recoge el contenido de aquella y de otra obra del autor, Territorio y sociedad del lobo ibérico. En todas ellas, Grande del Brío repasa la biología del lobo haciendo especial hincapié en su comportamiento en la naturaleza, y trata las relaciones entre el cánido y el hombre: los mitos surgidos en torno a su figura y su presencia en la cultura popular. Son, junto al libro El lobo ibérico en Andalucía: historia, mitología, relaciones con el hombre, de Víctor Gutiérrez Alba, obras de referencia para todo aquél interesado en la vida y secretos del gran cazador.
Pues bien, precisamente recordando estos libros me encontré con el ensayo Las bases ecológicas del comportamiento humano, del mismo autor, posiblemente el más prolífico del conservacionismo en España. Doctor en Historia, naturalista que trabajó en colaboración con Félix Rodríguez de la Fuente, es uno de los más respetados estudiosos de la etología del lobo ibérico, tiene a su cargo equipos de investigación en torno a temas medioambientales y, en su día, incluso tocó la guitarra en la banda salmantina de rock Grupo 96. Si algo debo criticar de su ingente labor es la forma que tiene de escribir, abusando de la puntuación (terminé el libro actual haciendo caso omiso de las comas, que me frenaban palabra tras palabra). Una buena corrección de estilo haría relucir la forma tanto como el fondo de la obra, sin duda alguna magistral (os remito a la entrada de Azote Ortográfico donde se cita al Panhispánico de Dudas: "Es incorrecto escribir coma entre el sujeto y el verbo de una oración, incluso cuando el sujeto está compuesto de varios elementos separados por comas").
Tras este pequeño tirón de orejas al autor, a la editorial o a quien competa, paso a comentaros algunos aspectos de una obra que me ha parecido apasionante, aunque es cierto que su estilo es el de un libro de texto universitario antes que el de un ensayo con tintes didácticos o divulgativos. Es una obra científica, que se sabe tal y no pretende ser más accesible de lo que ya es. Aunque no tendría por qué, me parecería interesante que el autor se interesase por elaborar una obra de contenido similar pero más accesible al común de los lectores, porque podría llevar a más gente a reflexionar en torno al rumbo que tomamos hace unas decenas de miles de años y que nos está llevando, indefectiblemente, hacia nuestra autodestrucción.
A lo largo de los capítulos que conforman el libro, Grande del Brío va desmontando algunas de las teorías que conductistas y ambientalistas han mantenido a lo largo de los años sobre la conducta del ser humano, especialmente en lo tocante a las relaciones entre miembros de nuestra propia especie y dentro del medio ambiente que habitamos. Está claro que, desde que comenzamos a modificar el entorno en nuestro propio beneficio de forma sistemática (allá por el Neolítico), hemos actuado con nuestro medio como ninguna otra especie animal con anterioridad. A raíz de esta conducta que prima la alteración antes que la adaptación, se produce una “emancipación” del hombre respecto a la Naturaleza, debido a su inteligencia. Emancipación que no es tal, ya que seguimos dependiendo de ella para subsistir, por mucho que nos cueste reconocerlo.
Se propugna que hay que civilizar pueblos salvajes, explotar el medio, domeñar la Naturaleza; en suma, incrementar la producción de energía, geometrizar el paisaje, fabricar armas. Todo esto forma parte del cuerpo doctrinal del hombre civilizado, bebe en las fuentes de la concepción antropocéntrica, según la cual, el hombre debe explotar las “riquezas” que el medio le ofrezca. Y cuenta, además, con el “respaldo” del mandato bíblico. Esos presupuestos “mentales” operan de forma acumulativa a lo largo del tiempo, no mueren ni resucitan en cada generación, se refuerzan cada vez más; pero, a pesar de todo, los observadores superficiales verán en el fárrago de asociaciones, programas divulgativos, campañas de “sensibilización” y “concienciación” y disposiciones legales de “protección del medio”, la muestra de la existencia de una pretendida filosofía de comunión con la Naturaleza.
Es decir, que a la destrucción del medio ambiente, al enturbiamiento de las relaciones interpersonales, a la deshumanización de las ciudades, le sigue la aparición de movimientos “pro-medio ambiente”, “pro-derechos humanos”… que, lo queramos o no, suponen en muchos casos un mero lavado de cara de gobiernos y empresas. Precisamente hace unos días en el blog de Azote Ortográfico se trataba el tema, a colación de una entrada sobre los errores ortográficos que exhibe la compañía en sus carteles publicitarios.
En una segunda parte, el ensayo profundiza en las raíces de la agresividad. El texto comulga en lo básico con la obra del Premio Nobel en Medicina y reputado etólogo Konrad Lorenz, que estudió las implicaciones de la agresión en la conducta animal. Grande de Bríos recapacita en torno a las distintas formas de agresión en las sociedades civilizadas, contrastándolas con las primitivas y con los animales depredadores. Nuestra sociedad establece pautas de conducta agresivas contra su propia especie (en el día a día, con tratos entre las personas y, en último término con la guerra) y con el medio que le rodea. Al autor no le cabe la menor duda que la escalada armamentística actual y el devenir de las guerras en el futuro no tendrá fin, ya que es una de tantas expresiones de la pérdida de referentes que tiene la humanidad hoy día, a causa de su propia alteración del medio, que provoca, como si de un círculo vicioso se tratase, un mayor incremento de la agresividad interespecífica. Así las cosas, relatos como La carretera, que también aparecía en el blog hace poco, no constituyen más que una expresión realista –ni tan siquiera pesimista- de lo que está por llegar si no cambiamos nuestra conducta de forma radical. ¿Y es esto posible? Desde mi punto de vista (totalmente personal y basado meramente en lo que llevo visto en la vida), no creo que cambiemos en lo esencial. La extinción de nuestra especie vendrá de nuestra propia mano, y no ha de tardar, en términos geológicos.
Quien haya aprendido a evaluar las situaciones humanas, comprenderá que el problema, extremadamente grave, de la conservación del llamado equilibrio ecológico, exige una reducción de índice demográfico y del proceso artificial de crecimiento y desarrollo, una valoración del hombre por encima de la máquina… y un largo etcétera de actuaciones en esa línea, que ya diversos ecólogos y etólogos han preconizado, y en lo que, forzosamente, tendrán que estar de acuerdo quienes todavía siguen contemplando este planeta como soporte de vida; en contra de quienes lo consideran como escenario de sus competiciones particulares, en su alocada carera por agotar los recursos naturales y obtener un poder transitorio y ficticio sobre los restantes seres, ya sean éstos animales o humanos.En fin, la reducción o, al menos, el control de la agresividad, exigiría la renuncia a proseguir la carrera de explotación de los recursos naturales según los patrones que se han seguido hasta ahora. Sería, en todo caso, un sacrificio que, con toda probabilidad, la humanidad, o al menos, una gran parte de ella, no estaría dispuesta a asumir, por aquello de que si el aumento de la productividad “es algo que muchos quieren, entonces, no tendría por qué ser rechazable”. Y, así, en esa falacia multisecular, las sociedades humanas civilizadas continuarán, qué duda cabe, su labor de desnaturalización del ecosistema, “dando gato por liebre”, es decir, acaparando y liberando cada vez mayores cantidades de energía, para ellas y sus sistemas asociados –plantas, animales domésticos…- en detrimento de la salud ecológica, que lo es también etológica. Y, guiados por las prédicas de los conductistas, esas mismas sociedades se justificarán, irresponsablemente, cargando todas sus culpas sobre el ambiente, al que, si pudieran, condenarían, como supuesto fautor de todos sus males.