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viernes, 19 de agosto de 2016

La noche del lobo

Me acerqué a esta obra de Javier Tomeo de forma casual, tomando el libro entre otros suyos del estante de la biblioteca pública donde descansaba desde la última fecha estampada en su ficha. Una lectura sucinta, de breves capítulos, ideal para este periodo que estoy viviendo, en el que no siempre puedo dedicar todo el tiempo que desearía a la lectura (y menos de forma continuada), gracias al cual estoy recuperando el gusto por el relato y la novela corta. 

Comencé su lectura en una noche de vigilia y la fui espaciando durante varias más hasta acabar por devorarla como si yo me hubiese convertido también en un licántropo, deseoso de saber más sobre las desventuras (ya que no andanzas, ahora conoceremos el motivo) de Mario, un poeta que todo lo sabe gracias a Internet y a pesar de su vida de retiro a las afueras de un pueblo, e Ismael, agente de seguros que pasaba por allí cuando, ya anochecido, ambos sufrieron una torcedura de tobillo, quedando a unas decenas de metros de distancia, tan cerca y sin poder verse ni ayudarse más allá de la mutua compañía que les ofrecía su diálogo en una oscuridad sólo rota por la luna llena que asomaba de cuando en cuando entre las nubes. 

Acompañados por la cambiante voz de un cuervo y el eco de otro diálogo nocturno, el de dos grillos que no deberían estar allí en esa época del año, toda la novela se impregna de una sensación de irrealidad que nos alcanza y que comienza a sembrar en nosotros la sombra de una duda. ¿Qué hay de verdad en lo que cuentan nuestros protagonistas? ¿Qué podemos creer de cuanto narra el autor? ¿Qué pensar del cambiante graznido del cuervo, del chirriar intermitente de los grillos?

En el diálogo perenne de la novela, Mario se presenta ante Ismael de una forma distinta a como le conocimos páginas atrás: como un bohemio que se marchó de la ciudad voluntariamente a este retiro de la compañía de los hombres donde, irónicamente, está más en contacto con su cultura que en ningún otro lugar gracias a su conexión a Internet. Mario memoriza todos los datos que lee, profundiza en foros, en blogs, en redes sociales, participando de esa sensación de posesión de la cultura, del conocimiento, que tenemos actualmente en nuestra sociedad moderna e industrializada, a un clic de la Wikipedia y del saber. A dos de poder editarlo y cambiarlo a nuestro antojo. A una vida de aprehenderlo, de hacerlo nuestro y convertirlo en verdadera cultura.

Ismael, por el contrario, es un hombre de ciudad, de su casa, amante fiel de su esposa que, gracias a las palabras de un Mario licántropo con dentadura postiza pero afilada lengua, podría no guardar, en igualdad, la misma fidelidad a su esposo. O sí, pero en su continuo devenir de pueblo en pueblo vendiendo seguros, no estaría en condiciones de afirmarlo, de poner por ella la mano en el fuego.La luna llena no viene a apartar las sombras de duda, pero sí a alimentar la sospecha.

Mario e Ismael son dos hombres solitarios, en definitiva, aislados en la incomunicación por más que entre ellos se establezca un diálogo en el que, en algunas ocasiones, únicamente se están escuchando a sí mismos; Su única cercanía es la física, pues toda la novela podría representarse en teatro (y creo que sería una gran obra teatral) y ambos quedarían presentes en todo momento sobre las tablas, pero les separa una inmensa distancia espiritual.

La novela, como decía, atrapa sin remedio. Con una construcción que apenas notamos, ligera pero poderosa, nos invita a adentrarnos en una realidad que comienza, poco a poco, a parecernos una pesadilla, irreal pero estremecedora. Javier Tomeo me ha ganado para su causa y estoy deseando leer más libros de este autor. Pronto, muy pronto, en cuanto amanezca el día y el sol aleje, hecha jirones, la lobuna oscuridad.

domingo, 24 de agosto de 2014

Las manos del padre

Las manos de mi padre tienen un tacto de madera serrada: hace nada las mías eran engullidas por su recio apretón como los cabritillos blancos del cuento en las fauces del lobo. Las manos de mi padre son anchas, oscuras, de dedos muy gruesos y uñas grandes, con los filos muchas veces rotos. Escarban la tierra recién removida por un golpe del azadón hasta sacar de ella un racimo de patatas. Arrancan cebollas con sus cabelleras de raíces y de barro, palpan delicadamente entre las hojas de una mata de tomates buscando los que ya están maduros y con cuidado de no dañar los largos tallos quebradizos de los que ya se han henchido en la sombra fragante de las hojas pero todavía no empiezan a adquirir color. Las manos de mi padre aprietan la cincha sobre la panza del mulo para que la albarda y el serón no vuelquen con el peso de la carga y tiran sin esfuerzo aparente de la soga de la que cuelga un gran cubo de estaño rebosante de agua, sobre el brocal del pozo. Empuñan hoces, atan con hilos de esparto grandes haces de espigas, palpan el peso y la textura de una sandía para saber si estará roja y reluciente cuando se abra por la mitad con un crujido de la cáscara, arrancan malas hierbas sin que las hieran los pinchos de los cardos ni el líquido venenoso de las ortigas. Las manos de mi padre se juntan en un cuenco del que rebosa el agua cuando se inclina para lavarse en el corral sobre una palangana, y luego se restriegan sobre su cara con un fragor vigoroso, y parecen todavía más oscuras por contraste con la toalla blanca con la que está secándose. Y sin embargo se vuelven torpes, lentas, premiosas, cuando sujeta un bolígrafo o un lápiz entre sus dedos y tiene que firmar algo o que escribir una lista de números, y apenas aciertan a marcar un teléfono, las pocas veces que ha tenido que hacerlo: el dedo índice demasiado grueso no cabe bien en el círculo hueco del dial, y la mano tan poderosa se queda acobardada y retraída ante los botones de cualquier aparato, o se enreda en el momento de pasar las hojas de un periódico o de un libro. Incluso cuando el trabajo y la intemperie las han fortalecido, mis manos no se parecen nada a las de mi padre, igual que mi figura que se ha vuelto desgarbada y flaca en los últimos tiempos no tiene nada que ver con la suya, recia, ancha, sólidamente aposentada sobre la tierra. De pronto soy más alto que él, y mis manos y las suyas hace ya mucho que dejaron de encontrarse. Debería uno conservar el recuerdo de la última vez que caminó de la mano de su padre.
Antonio Muñoz Molina, El viento de la Luna.
La fotografía de las manos está tomada del blog Redtree Times.

sábado, 23 de agosto de 2014

Balada del que nunca se fue de Granada

Afirmaba Miguel Delibes que una novela se construye en torno a un hombre, un paisaje y una pasión, y justamente nos encontramos con estos elementos en la última novela de Luis García Montero, Alguien dice tu nombre. León Egea, un joven estudiante de Filosofía y Letras, permanece en Granada tras acabar el curso gracias al trabajo de comercial de enciclopedias que consigue en una pequeña editorial. Lejos quedarán las imágenes de su pueblo natal, sustituidas por las del paisaje de la tórrida ciudad que acusaba una pertinaz sequía en el verano de mil novecientos sesenta y tres, y que veremos a través de sus ojos y de su pluma. Porque la pasión de León es la literatura, y su profesor Ignacio, que le brindó la oportunidad de trabajar en la editorial que publicara tiempo atrás alguno de sus libros, le insta a observar cuanto le rodea, a desarrollar la mirada del escritor y a conseguir plasmar con lenguaje literario sus experiencias estivales. 


A través del cuaderno de León conoceremos las instalaciones de la editorial, sita en la calle Lepanto de Granada, justo sobre el bar homónimo donde un calendario cambió su función de actuar como notario del paso del tiempo por la de mudo testigo de una fecha pasada. Nos presentará a Vicente, el comercial que introducirá a León en el mundo de las ventas de una singular enciclopedia que les llevará a recorrer capital y provincia, paisaje y paisanaje. Conoceremos a Consuelo, una eficaz secretaria que brindará a León la oportunidad de realizar un viaje iniciático sin retorno y que constituirá su mayor desvelo. Recorreremos las calles de una ciudad que enamora a quienes la conocen, la Granada de hace cincuenta y un años, tan distinta y tan parecida a un tiempo a la que recuerdo de mi propia época de estudiante, de mi vida en ella. Pero no será Granada el único paisaje de la novela, sino que acompañaremos a León a su pueblo para recordar sus enfrentamientos con el cacique local, así como conocer a Pedro el Pastor, a sus padres y a su tía Rosario, su más íntimo refugio. 

Alguien dijo que quien lee vive muchas vidas, no una sola, y que con cada lectura nos adentramos en un mundo distinto, en un universo propio. Más que eso, pienso que con cada libro que leemos sumamos una pequeña neurona a nuestro cerebro literario personal. Incluso varias, si es un buen libro, si tiene múltiples lecturas o volvemos a él con frecuencia. Estas neuronas no están aisladas las unas de las otras, sino que van entretejiendo entre ellas una maraña de sinapsis, de axones que nos guían de una lectura a otra, que evocan lecturas pasadas, que nos invitan a lecturas futuras. Cuanto más leemos, más enriquecemos este cerebro, más eficiente se torna, más conexiones se establecen entre sus neuronas y más disfrutamos con la lectura. 

Alguien dice tu nombre ha dejado en mi cerebro literario una brillante neurona que se ha conectado de inmediato con Baroja, con Ganivet, con Marsé. Con la Granada literaria de Irving y con la de Lorca, con la poesía de este y con la de Alberti. Alguien dice tu nombre es una novela que, os lo aseguro, no deberíais dejar pasar de largo. 
Buscar libros, leer y estudiar son modos muy útiles de participar en una resistencia. Depende de las páginas que seleccionemos y de las ideas que seamos capaces de defender. Las costumbres imperantes son tan penosas como una comisaría saturada de detenidos. Necesitamos buscar otras palabras, otras miradas, otros sentimientos, aunque después haya que quemarlo todo.
Os dejo invitándoos a leer la novela acompañados por la poesía de Alberti y la voz de Paco Ibáñez.


Las fotografías de Granada las he obtenido de la página de la policía de la ciudad, aunque desconozco quién es el autor. El fragmento pertenece a la novela reseñada.

viernes, 15 de agosto de 2014

Subrayados fragmentos estivales...


Subrayar o no subrayar, he ahí la cuestión. Debatida una y mil veces, nunca nos ponemos de acuerdo. Algunos amigos subrayan siempre, mientras que otras amigas no lo hacen nunca. Y al revés, amigas que subrayan de cuando en cuando frente a amigos que preferirían cortarse un brazo a trazar con mano temblorosa una línea que macule la página de un libro. Bueno, tal vez sea un poco exagerado, pero el debate está abierto, hay argumentos válidos en cada bando y yo mismo no tengo muy clara mi postura (aunque siempre he sido reacio a subrayar los libros, últimamente hay se dan cada vez más las ocasiones en las que la lectura me impele a hacerlo: Walden es un buen ejemplo de ello, y no soy el único al que le ocurre con este libro. Si no, echad un vistazo por aquí o por aquí).

Pero bueno, esta entrada no quería ser más que un subrayado virtual de otro fragmento del libro al que pertenece el de la fotografía: Alguien dice tu nombre, la preciosa novela de Luis García Montero que no tardaré en reseñar por aquí. He coincido en el tiempo aunque no en la época. El agosto de hace cincuenta y un años durante el puente que divide en dos la monotonía de la, durante este mes, desierta Granada, que tanto contrasta con el bullicio que vivimos en Málaga. Os dejo con el fragmento de esta deliciosa coincidencia.
Unas vacaciones dentro de otras vacaciones son demasiadas vacaciones. Sin clases en la Universidad, sin trabajo en la oficina, sin valor para presentarme en casa de Consuelo, las pareces de mi habitación se han convertido en una cárcel. Puedo salir, andar por el piso, entrar en el cuarto de Jacobo, espiar los cajones de Jesús, pero la cárcel sigue conmigo. Puedo hundirme en una novela rusa, disponer de la estepa, de una batalla, de una historia de amor, pero la cárcel sigue conmigo. Puedo abrir la puerta, bajar las escaleras, salir a la calle, cruzar la ciudad, moverme con el descaro de un perro salvaje, pero la cárcel sigue conmigo. Vaya donde vaya, sigue conmigo. Aplazar el encuentro que se teme o que se desea, romperle el tiempo a una obsesión, supone cerrar cada minuto con los barrotes de una celda.
La virgen de la asunción no es una fecha grande en mi pueblo. En Villatoga quemamos todo nuestro fervor el día de santiago. La misa solemne, el sermón de don Bartolomé, la procesión, la banda de música que llega de Jaén y la verbena visten de fiesta el calor del verano. Pero el quince de agosto es un día sin fuerza y sin espuma, entre otras cosas porque don Bartolo va siempre a León hacia la mitad del mes para pasar dos semanas de vacaciones con su familia. Alguien que lleva el nombre de mi ciudad debe portarse de forma muy correcta, mejor que nadie, me exigía cuando era niño. Al principio le caí simpático al párroco de Villatoga gracias a mi nombre. Después también empezó a mirarme con precaución, como a todo el mundo. La verdad es que le gusta regañar, imponer respeto, pero tiene corazón, se porta bien con los desgraciados. Mi madre siempre repite que mira y habla con más prudencia que el alcalde. Cuando se va, mandan a un sustituto desde el obispado, un cura de quita y pon, un adorno para los vecinos. Los fieles acuden a misa el domingo por cumplir y después olvidan los compromisos con la iglesia. El miedo al pecado se marcha de vacaciones en el mismo autobús que don Bartolo y regresa con él, doblado entre las sotanas de su maleta. 
¡Salud!

viernes, 22 de noviembre de 2013

El cénit de la vida

Hace 97 años, John Griffith Chaney, más conocido como Jack London, dejaba el mundo de los vivos. Su nombre evoca en mí la aventura en el Klondike, entre buscadores de oro fracasados y lobos hambrientos, lecturas caninas (en todo su espectro semántico) de infancia y juventud. Libros que me marcaron y una forma de ver la vida que, de algún modo, vinculo a las inmensas extensiones que se abren ante nosotros dispuestas a devorarnos o a darnos la oportunidad de nuestras vidas. Son unas tierras como las que Conan, tan individualista como lo fuera London en su juventud, recorre mientras suena esta música en nuestros oídos.


Son las heladas extensiones en las que alguien tan distinto y a la vez tan similar a London, y que marcaría también mi vida, perdió la suya: Félix Rodríguez de la Fuente.




Os dejo con un fragmento de la lectura que me tiene atrapado estos días y que, con toda probabilidad, me traiga de regreso al blog. Recuperando los orígenes, las raíces, para que el sol del mediodía no nos abrase. Rindiendo un cumplido y necesario homenaje a mis maestros; Lobo de mar, de Jack London.
—Pero usted que lee a Spencer y a Darwin, y que no fue a la escuela, ¿dónde aprendió a leer y a escribir?
—Cuando estuve al servicio de la marina mercante inglesa. Grumete a los doce años, aprendiz a los catorce, marinero a los dieciséis, marinero de primera y cabecilla del castillo de proa a los diecisiete, con una ambición y una soledad infinitas; nunca recibí ninguna ayuda, ni la menor muestra de afecto de nadie. Todo lo aprendí por mí mismo: navegación, matemáticas, ciencias, literatura y lo que fuere. ¿Y de qué me ha servido? Soy capitán y propietario de un barco en el cénit de mi vida, como tú dices, cuando empiezo a declinar y a morir. Una lástima, ¿verdad? Cuando el sol llegó al mediodía, me abrasó, y como no tenía raíces, me marchité.
—La historia habla de esclavos que llegaron a los más altos puestos —objeté.
—También habla de las oportunidades que tuvieron esos esclavos —contestó, inexorable—. Ningún hombre crea sus oportunidades. Todo lo que hicieron los grandes hombres fue saber cuándo había llegado su momento. El corso lo supo. Yo he soñado tanto como él. Habría sabido cuál era mi momento, pero nunca se presentó. Las zarzas crecieron y me ahogaron. Ten la seguridad, Hump, de que sabes sobre mí más que cualquier otro ser viviente, con la excepción de mi hermano.
—¿A qué se dedica? ¿Dónde está?
—Es cazador de focas, patrón del vapor Macedonia —dijo—. Posiblemente nos lo encontremos en las costas del Japón. Le llaman Muerte Larsen.
—¡Muerte Larsen! —exclamé involuntariamente—. ¿Se parece a usted?
—Muy poco; es un pedazo de animal sin nada sobre los hombros. Tiene toda mi…
—¿Brutalidad? —sugerí.
—Sí, gracias por la palabra; toda mi brutalidad, pero apenas sabe leer ni escribir.
—Y nunca ha reflexionado sobre el sentido de la vida —añadí.
—Nunca —repuso Lobo Larsen con un indescriptible tono de tristeza—. Por eso es más feliz, porque no se ha preocupado por la vida. Está demasiado ocupado viviéndola para andar reflexionando sobre su sentido. Mi error fue abrir un día un libro.

martes, 6 de agosto de 2013

Una lectura ligera

Algo tiene la época estival que invita a dedicarla al ocio, a tomarla con desenfado y con cierto gozoso toque de liviandad. Esta forma de aproximarse a ella alcanza a hábitos de todo tipo; desde irnos de vacaciones hasta dejar dormitar nuestro blog (esto último es algo que, mucho me temo, no puedo hacer más de lo que lo hago ya), desde salir a pasear tranquilamente por las tardes, cuando remite un poco el calor propio de la canícula, hasta ocupar nuestro tiempo en lecturas ligeras que nos permitan evadirnos durante estos días inusualmente prolongados. 

Retomo el blog, después de una eternidad sin escribir en él, para compartir con vosotros un par de recomendaciones literarias muy apropiadas, a mi parecer, para la época que acabo de describir. Son lecturas amenas, divertidas, que atrapan desde las primeras líneas y que, a mi humilde parecer, suponen un modo excelente de olvidar el calor tan digno como un gazpacho, una horchata o un refresco bien fríos. 

El primero de los libros es uno de los que tenía pendientes por reseñar desde hace… ¡un año! En efecto, fue una de mis lecturas del verano pasado y, cosas de la vida, no encontré el momento de traerlo al blog. Se trata de Ready Player One, de Ernest Cline, y ya os adelanto que se trata de un título que ningún geek amante de la cultura de los años 80 debería perderse. Ya el título evocará en más de uno recuerdos de su infancia o adolescencia: su sola lectura en la pantalla de una de aquellas máquinas recreativas o en el televisor al que conectábamos el ordenador de 8 bits de turno liberaba en nuestro cuerpo grandes cantidades de adrenalina, y es que debíamos mantener alerta todos los sentidos en cuanto nos sumergíamos en el fabuloso mundo repleto de aventuras y acción que nos esperaba tras presionar el botón del joystick. Nos encontramos ante una novela de ciencia ficción ambientada en un distópico siglo XXI en el que la gente prefiere deambular por el colorido universo virtual generado por el videojuego OASIS antes que por la deprimente realidad de un mundo colapsado por el crecimiento poblacional y la destrucción de los recursos naturales. 

El creador de OASIS fue un genio, pero el uso que las grandes corporaciones han dado al videojuego ha ido más allá de la simple diversión. Sin embargo, OASIS es un software que cuenta con su particular huevo de Pascua, y el premio para el que consiga descubrirlo será una inimaginable cantidad de dinero que podría cambiar para siempre el control que sobre OASIS ejercen las grandes empresas. Frente a ellas, Wade Watts, un simple jovencito aficionado a los videojuegos y digno estudioso de la cultura pop de los años 80: la música, el cine, las series de televisión y, por supuesto, los videojuegos de la época no guardan secretos para él. Cuando Watts descubre la entrada al huevo de Pascua no podrá imaginar hasta qué punto va a convertirse en el objetivo a abatir. 

Ready Player One es una novela que casi me atrevería a etiquetar como «juvenil» si no fuese porque para entender sus chistes y juegos, para contextualizar los datos que van apareciendo durante la acción, hay que haber vivido aquella época. No solo eso, hay que ser un verdadero friki que se divirtió jugando al «Gauntlet» o a los juegos de la Atari 2600, que decidió estudiar informática tras ver «Juegos de guerra» y que hoy puede tener treinta y tantos o cuarenta años. Las continuas referencias a la época no suponen, no obstante, un obstáculo para disfrutar de una novela repleta de aventuras y, en cualquier caso, aprovechar la ocasión para volver a ver, o hacerlo por vez primera, aquellas películas o, como fue mi caso, para instalar un emulador de Atari 2600 en el móvil y jugar nuevamente a aquellos videojuegos que, siendo tan simples en su concepción, estimularon tanto nuestra imaginación. 

Por último, diré de Ready Player One que me ha recordado poderosamente a la maltratada novela-río Otherland, de Tad Williams. Maltratada por Timun Mas, que la editó parcialmente en nuestro país, sin concluir la serie debido a las bajas ventas de la misma, una labor que solo años después Círculo de Lectores se dignó a concluir. Demasiado tarde para mí, he de confesar, que dejé su lectura en el tercer volumen, no porque no fuese una obra merecedora de ser leída, sino porque me resultó desesperante la forma errática en que fue editada. Precisamente ayer me encontré con una nueva novela de Tad editada en castellano (Las sucias calles del cielo) y ya acaricio el momento de poder leerla, ya que su saga de fantasía Añoranzas y pesares me gustó especialmente. Eso sí, cuando sea editada por completo la trilogía de la que constituye el primer volumen.

La siguiente lectura, que entretuvo mis tardes de rehabilitación de espalda hace un par de meses, es El abuelo que saltó por la ventana y se largó. La novela del sueco Jonas Jonasson es una de las más hilarantes que he encontrado jamás. Las aventuras de Allan, el vejete centenario que escapa de la residencia el día de su cumpleaños, hilvanan pasado y presente de un modo magistral. Así, si bien nos sorprendemos ante la aguda inteligencia y la templanza del abuelo sueco cuando este se hace con una maleta de millonario contenido, no podemos más que desternillarnos cuando vamos conociendo fragmentos de su pasado y comprendemos que cien años de vida, más aún en el tumultuoso siglo XX, dan para mucho. 

La historia, si bien no es nada original (un bueno despistado, amigos pintorescos que va encontrando por el camino, malos malísimos y la policía que no parece enterarse de nada hasta que va atando cabos) daría para el guión de una entretenida comedia cinematográfica. De hecho, su argumento y las risas que en mí ha desatado la historia, me han recordado la lectura de un clásico como Aventuras de un cadáver, de Robert L. Stevenson, otro de los libros que mi memoria guarda catalogados en la categoría de «risas y divertimiento sin fin». Pero los personajes tienen fuerza, y ni tan siquiera la sobria escritura sueca de Jonasson logra eclipsar el carisma de Allan y sus amigos, a los que llegamos a querer. 

Desde el momento en que vi la portada de El abuelo que saltó por la ventana y se largó pensé que tenía que leer ese libro. Sin embargo, solo lo comencé cuando Azote ortográfico me recomendó su lectura encarecidamente. Sus carcajadas continuas mientras leía el libro me dijeron más que sus palabras. Si finalmente decidís leerlo, dejad que vuestras risas inunden los blogs. 

Feliz verano y feliz lectura.

jueves, 9 de mayo de 2013

La educación desmantelada

Hay ocasiones en las que todo se confabula para que uno se encuentre con un párrafo como el que sigue durante su última lectura. Un fragmento que me llamó poderosamente la atención en la víspera de la huelga convocada en nuestro país por la educación pública. Un recuerdo de lo que los padres ideológicos de los políticos que nos (des)gobiernan en estos días aciagos le hicieron a nuestro sistema educativo en el pasado y un adelanto de lo que puede esperarnos: la oportunidad para Eslava Galán de escribir un nuevo episodio de la desgraciada Historia de España de las últimas décadas.
El atroz desmoche, de Jaume Claret Miranda, demostraba que el franquismo no había infravalorado la universidad. Todo lo contrario; fue siempre muy consciente de su poder. Sus ideólogos entendieron perfectamente que en la tarea de aniquilar el germen republicano para siempre lo más importante era el complemento circunstancial. Para siempre. Y a ello se aplicaron con ahínco. La enconada persecución que sufrieron los profesores universitarios desafectos al Régimen no fue tanto una consecuencia del odio cuanto el resultado de un proyecto concebido con frialdad: la consolidación de un estado de anemia intelectual que sirviese de profilaxis ante el riesgo de futuras infecciones revolucionarias.
Este minucioso plan contó con la inestimable ayuda de los profesores más mediocres, que vieron en aquella sistemática aniquilación de la excelencia una oportunidad para ocupar cátedras, rectorados, decanatos y ministerios. La sinergia que se produjo entre los depuradores ideológicos y la chusma académica hizo que la universidad franquista fuera durante cuatro décadas una institución fantasma.
Los datos que presentaba Jaume Claret eran abrumadores. Decenas y decenas de brillantes trayectorias científicas truncadas por la envidia y la ignorancia violenta, catedráticos traicionados por algún discípulo resentido, excelentes profesores, investigadores de primera línea arruinados moral y económicamente por la envidia de algún oscuro colega.
A la luz de todas estas historias, relatadas en el libro con nombres y apellidos, se comprendía por qué la situación de la ciencia y de la universidad españolas era paupérrima. Nuestro raquitismo cultural, intelectual y científico no obedecía a un ciego y fatal designio del destino, sino al dictado consciente de quienes ganaron la guerra y a la incompetencia coadyutoria de los políticos que vinieron después.
Al perderse en los primeros años de la Transición la oportunidad de corregir drásticamente esta situación, los jóvenes políticos de la democracia facilitaron al franquismo una de sus últimas victorias: garantizaron que los efectos de ese atroz desmoche llevado a cabo por el Régimen en la universidad perdurarían durante siglos.
Antonio Orejudo, Un momento de descanso.
También podría haber titulado a la entrada de este fragmento como "Sobre cómo la lectura de un libro te lleva a la de otros", ya que estoy deseando hincarle el diente al ensayo de Claret Miranda. Ya os contaré mi impresión, así como el grato disfrute que he tenido con la lectura de Un momento de descanso.

jueves, 14 de febrero de 2013

Una de cal y una de arena

Hace solo unos días empezaba (y tal como lo hacía, acababa, pues es obra breve) la lectura de Lo que sé de los hombrecillos, la última novela publicada por Juan José Millás, un libro que había llamado mi atención tiempo atrás aunque, en aquel momento, había dejado pasar la oportunidad de leerlo. Aunque la historia fluye ante nuestros ojos con facilidad y Millás muestra en ella su preclara capacidad de llevarnos por los senderos más tortuosos de la mente humana sin que nos quede otra opción que acompañarle (más bien nos dejamos llevar por su acompasado y bien ajustado discurso), lo cierto es que al pasar la última página mi mente formuló una pregunta: «Bueno, ¿y qué?»

Lo cierto es que las aventuras y desventuras de un viejo profesor de economía prácticamente retirado de la docencia, que irá dejando de lado a su tercera esposa, profesora universitaria también, en aras de vivir unas experiencias de las que desean hacerle partícipe los pequeños hombrecillos a los que únicamente él es capaz de ver, me han dejado completamente indiferente. Lo que podría resultar a priori una interesante revisión de Los viajes de Gulliver, y Millás no pudo ser ajeno a esta forzosa comparación cuando hilvanó la historia, no deja de convertirse en compendio de un lujurioso abandono, de una onanista decadencia, de un sumergirse en lo más abismal y, por ende, oscuro, prohibido y abyecto de los anhelos humanos. 

Lo que sé de los hombrecillos al finalizar el libro es poco más de lo que conocía al empezar su lectura. Pero de Millás sí que sé que podría haber dado más de sí, y es que en cierto modo la lectura me ha recordado a algunas de las últimas novelas de Auster o Saramago que, puede que sobreprotegidas por sus hermanas mayores han visto la luz  prematuramente, forzadas quién sabe si por contratos editoriales o por una necesidad de publicar que no estuvo en esta ocasión acompañada por la autoexigencia a la que habitualmente nos han tenido acostumbrados estos autores. 

Cuando terminé la lectura pensé escribir una entrada titulada, justamente, «Bueno, ¿y qué?», pero finalmente me decidí a esperar, ya que precisamente unos días después iba a reencontrarme con Millás y su obra, y algo me decía que en esta ocasión el encuentro no iba a resultar tan desafortunado. Fue la pasada semana, precisamente, cuando Azote y este vuestro servidor nos dirigimos al teatro a disfrutar de la representación de La lengua madre, una obra de teatro inspirada en la conferencia Las palabras que se nos ofrece así remozada y adaptada a este nuevo formato tanto por el propio Millás como por el grandísimo actor Juan Diego. 

En La lengua madre, Diego se nos presenta como un conferenciante algo despistado, enamorado de la lengua, que reflexiona y divaga maravillosamente entre el mundo casi onírico, inmaterial, de las palabras, y el tangible que las representa. “El orden alfabético es el único que no se han atrevido a alterar”, declama nuestro conferenciante, preocupado porque a nuestros pies caen el orden social, el político, el moral… ¿Cómo comienzan las catástrofes?, se pregunta, y las palabras se encadenan, nos llevan de la risa al llanto una y otra vez en apenas hora y cuarto, se arrebozan tras símiles imposibles, en un liberalismo que roba toda libertad, en eufemismos como la desregularización que nos venden los mercados (el padre de todos los eufemismos, ese monstruo sin ojos que a su vez nos ha cegado) y que no es más que la privatización de lo “público” (¡ja!) que buscan tantos políticos. 


Nuestro conferenciante, el viejo profesor de literatura que viaja de su infancia a estos días aciagos que nos ha tocado vivir, no necesita asomarse a la ventana para ver la que está cayendo. Porque, como dice Emilio Hernández, el director de la obra, 
Por eso nuestro hombre en vez de abrir la ventana abre el diccionario, porque allí se siente como en el útero materno, seguro de no encontrarse con un test de estrés, una hipoteca subprime, un cashflow o una prima de riesgo, todo ese lenguaje inventado por los que dominan el mundo para acomplejarnos, y que nos ha dejado huérfanos de la lengua madre que tan ricamente nos alimentaba de su teta y nos daba tanta seguridad. 
Si tenéis oportunidad de verla, no dejéis de hacerlo. Os va a hacer reír y llorar, os va a traer miles de recuerdos de vuestra vida lectora, os va a hacer olvidar la triste realidad que vivimos y os la va a presentar con toda crudeza, porque nos están robando todo, hasta el significado de las palabras. ¿Os imagináis vivir en un mundo donde “madre” sea una palabra huera? ¿Que la hayan vaciado de significado? 
Las palabras que son el único tesoro que es patrimonio de todos porque lo hemos construido entre todos. Y eso significa que todos y cada uno de nosotros somos coautores, por ejemplo, de El Quijote. Aunque también de los discursos de Nochebuena del Rey. Vaya una cosa por la otra.

Notas: 
La fotografía de la obra pertenece a esta página de El Mundo y es propiedad de sus autores.
La conferencia de Millás puede verse en YouTube: parte 1, parte 2, parte 3.

jueves, 25 de octubre de 2012

El enredo de la bolsa y la vida

Permanecer durante tanto tiempo apartado del blog conlleva que, por bajo que sea el ritmo de lectura, como es mi caso en los últimos tiempos (¡oh, excelsos autores, perdonad mi falta!), se vayan acumulando las entradas y reseñas que en un determinado momento pasan por mi mente. Si bien es cierto que me queda mucho camino por recorrer hasta recuperar la regularidad lectora que me gustaría, no lo es menos que no termino de encontrarme cómodo con aquello que escribo. Perdonad, si es posible, queridos lectores, blogueros y amigos (¡Eh! ¿Hay alguien ahí? :)), este hecho. 

Es posible que en sucesivas entradas vaya tirando de fondo de librería para hablar por aquí de algunos de los libros que más me han llamado la atención en este tiempo, sea individualmente o de forma conjunta, pero quería arrancarme a escribir con la última novela que he terminado de leer: El enredo de la bolsa y la vida, de Eduardo Mendoza. 

Sobre este autor barcelonés he hablado varias ocasiones en el blog pero, curiosamente, no he reseñado las anteriores aventuras de su loco detective innominado que, os adelanto, me encantaron. El nivel de los libros que componen el ciclo formado por El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas, La aventura del tocador de señoras y, por último, El enredo de la bolsa y la vida ha sufrido altibajos a lo largo de las andanzas de nuestro anónimo amigo. Si bien la primera de las novelas es genial y la segunda no la desmerece demasiado, a mi parecer la tercera es más bien floja y esta última, si bien eleva un poco el listón no llega al nivel de las primeras. No quiero decir con esto que estemos ante un mal texto, todo lo contrario. El desvergonzado Mendoza, que tanto y tan bien ha hecho dentro de la “literatura seria”, ofrece un divertimento de calidad, bien escrito y con un particular sentido del humor cargado de cierto surrealismo que me parece entrañable. 

Tras los entuertos (los desmontados y los creados) por el detective en el pasado, este se ha retirado y lleva una vida tranquila gestionando la peluquería de su cuñado. Lo cierto es que esta labor no le ocupa demasiado tiempo, sobre todo si tenemos en cuenta que hace meses que no entra mujer alguna a cortarse el pelo, ponerse mechas o echarse un tinte. Así, no es de extrañar que, tras ser puesto al tanto de la desaparición de un antiguo compañero de manicomio, Rómulo el Guapo, que solo unas semanas antes le había propuesto llevar a cabo un golpe maestro que les sacaría de pobres, se embarque en la aventura que Quesito, una adolescente que quería a Rómulo como a un padre, le propone: encontrar a su amigo y salvarle de un desconocido peligro. Pero no estarán solos: nuestro detective-peluquero cuenta con grandes amigos entre las clases más desfavorecidas de Barcelona: un africano albino, una acordeonista callejera y comunista y el timador profesional Pollo Morgan entre otros, nos deleitarán y arrancarán más de una carcajada conforme devoremos las páginas de esta breve pero agradecida novela. 

¡Ah, y un personaje de excepción, figura y centro de la crisis actual! No os digo más: ¡leedla!

jueves, 17 de mayo de 2012

Antichrista

En ocasiones abrir las páginas de un libro supone asomarse al precipicio, dejar entrar el horror y permitirnos el lujo de deleitarnos con ello. Algo así es lo que ocurre cuando comenzamos a leer Antichrista de Amélie Nothomb, uno de los últimos libros que he terminado. Como me ocurrió con Diario de Golondrina y, tal y como parece ser la tónica general de las obras de esta autora, el libro es muy breve. Su escritura fluida nos mete de lleno en la historia que nos narra hasta hacer que disfrutemos de su lectura como si de un relato se tratase: de una sentada y sin despegar las pestañas de las hojas que tenemos ante nosotros.

Antichrista es la pesadilla de cualquier adolescente, al menos de los que sean como Blanche, la jovencita de 16 años, tímida, apocada, aficionada a la lectura y con escaso don de gentes, que comprueba a su pesar el resultado que obtendrán sus  intentos por entablar amistad con Christa, una chica de su edad que también comienza ese año sus estudios universitarios y que es su antítesis; atractiva, atrevida hasta llegar prácticamente al descaro, Christa es el centro de atención de sus compañeros y pronto lo será de los padres de Blanche. En cuanto esta última la invite a pasar la noche en casa, deseando evitarle el pesado trayecto en tren que la lleva cada mañana desde su pueblo hasta la ciudad donde cursa los estudios de políticas, descubrirá cuán fácil es quedar atrapada en una vorágine de autodestrucción. Christa desplazará a Blanche hasta robarle el cariño de los autores de sus días, tornándola en invisible —más aún de lo que ya era— a ojos de sus compañeros, familiares y amigos. Además, no desperdiciará en ningún momento la oportunidad de recordarle cuánto le debe y lo desagradecida que es ante sus “atenciones”.

En cierto modo, la historia me ha recordado la figura del famoso cuco. Los cucos depositan sus huevos en las nidadas de otros pajarillos que se encargarán de criar a su pollo en detrimento de los propios, bien porque nazca antes y arroje los huevos aún sin eclosionar de las avecillas parasitadas, bien porque por su tamaño y el irresistible encanto de su colorido pico se vean obligados a cebar sin límite al parásito, hasta dejar morir de hambre incluso a sus propios pollos. Christa es así, ofrece su mejor imagen ante quienes desea controlar y descubre su lado oscuro únicamente a aquellos que son más débiles y que nada pueden hacer para arrebatarle el control. Desgraciadamente, me temo, hay muchas Christas en la vida real, y si bien en esta novela la autora peca a mi parecer de cargar las tintas de maniqueísmo, lo cierto es que no deja de resultar entretenida y deja la puerta abierta a la reflexión.

Más que recomendable, pues, tal y como nos dijeron tiempo atrás Carol o Isi en sus blogs.

¡Feliz lectura!

martes, 1 de mayo de 2012

Un IMM espontáneo

Pasan las semanas volando y apenas consigo tachar de la lista de pendientes algunos títulos que voy leyendo conforme consigo sacar algo de tiempo a las obligaciones cotidianas. Incluso así, se me acumulan las entradas en el blog, las de los libros por reseñar —y eso que no todos entran a formar parte de la familia de los incluidos en esta polvorienta bitácora— y otras sobre diversos temas bibliófilos. 

De cualquier modo, hoy me apetecía irme a la cama dejando constancia de algunos de los libros que me acompañarán en breve, entre otros una novela gráfica que estaba deseando leer (y que, si mal no recuerdo, será el primer cómic en aparecer por aquí), El invierno del dibujante, sobre el que ya preguntamos en su día a González Ledesma.


A esta se le unen varios libros sobre Biología y medio ambiente (Las rapaces ibéricas, un tomo de enciclopédico formato de lectura más que recomendable para el aficionado a estas aves; La vida amorosa de los animales, un ensayo sobre etología; Introducing Environmental Politics e Introducing Genetics, dos libros ilustrados de la colección Introducing... de la editorial Totem Books y la preciosa edición que nos trae Taurus de Sobre la selección natural de Darwin). 

Finalmente, para completar el cupo, una novela digna del disfrute de un (bien entendido) mitómano como yo. La fiesta de Orfeo nos retrotrae al Londres de mediados del siglo pasado, cuando una recién nacida productora de cine, la archiconocida Hammer Productions, comenzaba el rodaje de una película de terror que protagonizaría uno de mis actores preferidos, Peter Cushing. 

martes, 24 de abril de 2012

Estudiar, estudiar...

Francisco González Ledesma, tan agudo como siempre, retrataba en El expediente Barcelona una realidad que a día de hoy, en estos tiempos de recortes y de vuelco hacia una "Nueva Edad Media" en todo lo tocante a la cultura (y todo lo que esta engloba: literatura, artes, ciencia...), resulta de especial vigencia:
A mí todo eso del Milanés, tantos sacrificios, tantas humillaciones y tanto hambre para estudiar (porque encima pasaba hambre) me parecía un esfuerzo estéril. Qué quiere que le diga. Yo solo había estudiado comercio en la Escuela Especial, que entonces estaba en la calle Balmes, y tenía más que suficiente. Soy de los que creen que en España sobra gente de carrera. Tú vas a pedir un carpintero o un lampista y estás listo. No los hay. Pide un ingeniero, un médico, un abogado, un químico, y no hablemos de un maestro, y el problema es tuyo, porque la cola llega hasta la frontera. El padre, además, siempre lo decía: «El talento y la cultura, en sí, no los valores nunca. Bien mirado, no son nada. Los que lo tienen dicen que eso vale mucho y que no se vende. No te dejes engañar nunca: lo terrible para ellos es que no se compra».

jueves, 19 de abril de 2012

Diario de Golondrina

Uno nunca es tan feliz como cuando encuentra el medio de perderse.
Últimamente me encuentro bastante disperso; entre el trabajo, la carrera y otras obligaciones autoimpuestas en aras de no convertirme en “basura tecnológica”, lo cierto es que tengo poco tiempo para nada. Eso redunda en un descenso terrible en las entradas de los blogs y en poco tiempo para leer, tal vez lo que más eche en falta. Mi ritmo de lectura ha descendido tanto o más que mi capacidad de concentración, y lo único que ha aumentado es mi insatisfacción hacia lo que escribo. Últimamente todo lo que sale de mis dedos me parece carente de inspiración, inane, sin chispa. De ahí que, aunque tengo varias entradas en la recámara, no me decido a dispararlas. También es el motivo por el cual últimamente estoy intentando leer libros breves, de cien o doscientas páginas, y estoy acariciando la idea de volver a los relatos, a esos cuentos escritos por verdaderos maestros y que tantas satisfacciones me dieron en el pasado.

El último libro que he leído (ayer mismo, en el trayecto de ida y vuelta al trabajo en transporte público) ha sido Diario de Golondrina, de Amélie Nothomb. Había oído hablar mucho y bueno de esta autora francojaponesa, hace tiempo a un gran amigo de cuyo criterio me fio ciegamente y algo después a algunos de quienes este blog frecuentáis. En particular, por las reseñas que ha ido publicando Isi siempre se me antojaron libros interesantes, y cuando fue la autora elegida para leer en Bibliolandia pude al menor conocer vuestras impresiones. Azote tiene algunos de ellos en francés, pero no fue hasta que el otro día, cuando encontré este libro en la biblioteca pública que, finalmente, me hice con algo suyo.


Estamos ante un libro breve, muy breve, aunque esta parece ser la tónica de la autora a la hora de escribir sus novelas; lo hace en cuadernos, siendo esta novela uno de ellos. Si es el caso, lleva a cabo un juego metaliterario más que evidente, del tipo que le gusta a Paul Auster, donde en la autoría de la historia se dan la mano la autora y el protagonista principal. Diario de Golondrina nos acerca a la figura de Urbano, un repartidor de nombre antes desconocido, que tras un desengaño amoroso y una pérdida total de la capacidad de sentir emociones, se convierte en asesino a sueldo que adopta ese nombre.

Nothomb describe la desazón de un personaje que, desahuciado del mundo de los sentimientos, solo encuentra placer en lo extraño, en aquello que le resulta nuevo y desconocido. Siendo así, no es de extrañar que en su afán por encontrar algo que le estimule llegue a aceptar el trabajo de asesino a sueldo. Cuando descubra cuánto le excita arrebatarle la vida a seres desconocidos se habrá convertido en el más despiadado de cuantos asesinos contrata el ruso Yuri, que ejerce de intermediario entre estos y su desconocido mas omnipresente jefe.

Lo cierto es que el libro me ha gustado, tal vez porque la autora hace gala de su buen oficio con la pluma, aunque la historia parece poco creíble, un poco traída por los pelos, y el final de la novela resulta abrupto, demasiado abierto y con un desenlace previsible. También he leído que Amélie Nothomb suele ser mucho más caustica, más irónica en otros libros. Este, por lo pronto, me ha animado a leer más obras suyas, así que ya os iré contando.

¿Y a vosotros? ¿Qué os parece Nothomb? ¿Y esta obra suya? Contad, contad…

martes, 3 de abril de 2012

Concurso "Una sombra en Pekín"

¿Te gusta leer? ¿Y comentar en los blogs literarios sobre los libros que has leído y te gustan? Si estás en un blog como este, mucho “me temo” que cumplas con ello. Máxime si tienes un blog y, sobre todo, si te animas a participar en el concurso que la Editorial Traspiés nos ha hecho llegar: “Una sombra en Pekín”.


Las reglas son muy sencillas y puedes encontrarlas en su blog. Básicamente se trata de escribir una reseña del libro del mismo título (Una sombra en Pekín, de José Ángel Cilleruelo), hayas participado o no en la lectura conjunta que propuso la editorial para los meses de febrero y marzo del presente año. Una iniciativa, por otro lado, nada desdeñable, y a la que espero sumarme con otro título no dentro de mucho. Una vez publicada la reseña, simplemente has de pasarte por alguno de los blogs que constituyen el jurado (La caverna literaria, De todo un poco, Cazando estrellas, Libros que voy leyendo y El universo de los libros) y dejar un comentario con el enlace a tu reseña.

El premio consistirá en uno de los tres lotes de cinco libros, a elegir del catálogo de Traspiés, y un original (70 x 100 cm) de Juan Gonzalo Lerma, el ilustrador del libro.

¿Hasta cuándo puedes participar? Todavía te da tiempo, pero no puedes dormirte en los laureles. Tienes hasta el 10 de abril para publicar tu reseña. ¿Qué mejor forma de aprovechar la lluviosa Semana Santa que parece avecinarse que aprovechar para disfrutar de la lectura de un buen libro?

Disfrutad de la lectura y, quien los tenga, de unos días de asueto.

viernes, 21 de octubre de 2011

Sobre curas y alcaldes comunistas

El primer recuerdo que tengo de Don Camilo es el de la portada del libro, en rústica y editado por Planeta, que llevaban algunos de los niños de uno o dos cursos por debajo del mío en el colegio. Era una de las lecturas obligatorias, aunque nosotros leímos a Hemingway (El viejo y el mar), Delibes (El príncipe destronado y El camino) o a Cela (Viaje por la Alcarria), entre otros.

No sé el motivo pero siempre me llamó la atención ese libro de Giovanni Guareschi, aunque sería años después cuando descubriría lo divertido de las aventuras del sacerdote gracias a alguna de las versiones cinematográficas que, protagonizadas por Fernandel en el papel de Don Camilo y Gino Cervi en el del alcalde Peppone, emitían por aquel entonces en televisión de cuando en cuando.


No hace mucho me hice con un par de libros de saldo de Guareschi y aproveché los viajes en bus para ir leyendo Don Camilo (Un mundo pequeño). Estructurado en capítulos en su mayor parte independientes —aunque alguno que otro hace referencia a alguna situación ya descrita—, a modo de cuentos, lo cierto es que se lee con agrado y rapidez. El humor y la ternura de que hacen gala los personajes son tremendos, y lo cierto es que me ha gustado sobremanera.


Las aventuras y desventuras del párroco del pueblo y del alcalde (generalmente comunista), de las fuerzas religiosa y política del lugar, no son patrimonio exclusivo de Guareschi pero es bastante probable que otros conocidos personajes del cine y la televisión deban tributo a su obra. Por ejemplo, recuerdo con cariño al “abuelo de España”, Paco Martínez Soria, y su personaje del cura en "Se armó el belén", y una de las series de televisión que desafortunadamente no continuó en antena pero que os recomendaría por su humor es la costumbrista “Padre Medina”, emitida en Andalucía (pero accesible a través de su página web) y basada en la gallega “Padre Casares”.

De cualquier modo, Don Camilo y Peppone no se andan con zarandajas y saben bien darse de tortas y poner en aprietos al contrario si llega la ocasión. Son mucho más rudos y chapados a la antigua que otras posibles parejas cura-alcalde, y además Don Camilo cuenta siempre con la inestimable ayuda del Cristo que, en la iglesia y desde su crucifijo, intenta poner siempre un punto sensato en la cabeza del buenazo pero descocado Don Camilo.

En resumen, Don Camilo, de Giovanni Guareschi, constituye una apuesta segura por la diversión.

¡Feliz lectura!

jueves, 20 de octubre de 2011

Sesión doble de misterio

El verano me llevó de relectura en lectura y, aunque no es mi intención llevaros hasta el hartazgo literario a lo largo de estas entradas otoñales, lo cierto es que sí que quería reseñar algunos de los libros que leí, al menos los más significativos y los que creo que pueden interesar más a los lectores del blog.

Cuando recuperé a Verne quise hacer lo propio con Agatha Christie así que, aprovechando una tarde algo más relajada de lo habitual, estuve releyendo La ratonera (Tres ratones ciegos), la obrita que fuese llevada al teatro hace algo más de 60 años en Londres y cuya representación en España durante este pasado año me perdí lamentablemente en repetidas ocasiones. 


La estaban representando en Madrid durante un viaje que hice a la capital, pero no pude ir al teatro, se me pasó la fecha en Málaga y cuando descubrí que la representaban en Granada tenía adquiridos otros compromisos, así que no me quedó otra opción que recurrir de nuevo al libro para recordar la singular historia de la casa de huéspedes de Mollie y Giles Ralston, Monkswell Manor, y cómo quedaron atrapados durante una tormenta invernal junto a algunos de sus huéspedes.

El mismo día en que inauguran la casa de huéspedes, Mollie y Giles reciben a sus cinco primeros huéspedes, uno de ellos llegado de improviso. Al día siguiente, en plena tormenta, el sargento Trotter de la policía llega a la casa y les indica que entre ellos puede encontrarse el culpable del asesinato de una mujer en Londres. Las sospechas despertarán una desconfianza mutua entre los ocupantes de la casa, atrapados además en un ambiente cerrado y cada vez más claustrofóbico. Conforme se vayan desarrollando los acontecimientos y conociéndose la historia sabrán que entre ellos, además del asesino, puede haber una próxima víctima. ¿Podrá Trotter encontrarla antes que el asesino?

La Dama del Misterio nos deleita con este relato con ínfulas de novela corta, con una historia que se lee en apenas una tarde y que nos descubre la sutileza con la que siempre supo tratar los argumentos de sus historias.

Otra de mis novelas de lectura estival fue El libro de las hojas color naranja. Mi segunda aproximación a la obra de Harry Stephen Keeler no pudo ser más fructífera. Me encantó leer esas aventuras disparatadas a la par que curiosas, capaces de mantenerme enganchado durante una tarde tras otra hasta terminar con el libro.


La historia comienza con la aparición de Stefan Czeszcziczki, rápido calculador matemático de origen polaco, que ofrece sus servicios de cálculo buscando obtener algunos beneficios que le permitan pagar la operación que podría salvar la vida de su mujer, que sufre una grave enfermedad. Como es habitual en Stephen Keeler, y así lo voy descubriendo conforme leo más sobre él y más obras suyas, la historia pasa pronto a mostrarnos otro protagonista; Isberian Jones, reportero fotográfico del Ocean City Evening News, al que se le encarga una misión cuasi imposible. Isberian deberá fotografiar un huevo invisible que permanece expuesto en el escaparate de una vieja tienda, so pena de ser despedido si no lleva la pertinente fotografía a su jefe.

Entretanto hará acto de presencia un curioso libro de hojas de color naranja que aparece partido por la mitad. El libro contiene diversos aforismos orientales que parecen tener poder de adivinación y salvarán de más de un apuro a nuestros protagonistas hasta que, como siempre ocurre en los libros de Keeler, el final llegue a sorprendernos gratamente.

Un par de lecturas repletas de misterio desde dos perspectivas realmente dispares pero igualmente recomendables.

¡Feliz lectura!

domingo, 9 de octubre de 2011

La isla misteriosa

El reencuentro con un viejo amigo, sobre todo cuando ha pasado un periodo de tiempo considerable, siempre entraña algo de riesgo. Por muy afines que fuésemos en su día, el tiempo pasa de forma inexorable, erosiona nuestra superficie, lima nuestras asperezas y nos asienta el carácter hasta, en ocasiones, llegar a cambiarnos de forma tal que resultamos irreconocibles. Estos cambios, que para la Geología requieren de millones de años, pueden darse en el hombre en apenas unas décadas, máxime cuando media entre ambos periodos la siempre convulsa adolescencia. Sin embargo, aunque a priori pudiésemos sentir algo de temor ante el reencuentro, no deja de ser mayor el estímulo provocado por las emociones agolpándose en nuestro interior. Se despierta la memoria de viejas vivencias, de los momentos que transcurrieron en mutua compañía y de las aventuras vividas.

Ha sido finalmente el verano de 2011 el que me ha hecho regresar a la isla Lincoln. Después de un par de años acariciando la idea para volver a dejarla estar sin decidirme a dar el paso, transcurrido algo más de un lustro desde mi último acercamiento a Verne, encontrar la edición de bolsillo de una nueva traducción al español de La isla misteriosa y hacerme con ella fue una misma cosa. Tenía ganas de volver a sentirme náufrago, de ser un Robinson en toda regla, y es que tengo una especial predilección por las historias “robinsonianas”; algún día nos sentaremos a hablar sobre la isla de Morel, acerca de naufragios en un barco como los de Roberto de la Grive, de ratones aventureros a su pesar como Abel, de señores de las moscas y sobre un nutrido compendio de obras literarias realmente maravillosas.

Con los buenos libros ocurre igual que con los buenos amigos: les encontramos iguales a como los dejamos en su día. Cambiados, sí, posiblemente, igual que nosotros, pero en lo esencial siguen siendo aquellos que nos enamoraron, pues la amistad no es más que un particular y especial estado del amor. Y tan cierto es que «En el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos [los mismos]» como que cada lectura de un libro será distinta para nosotros. Máxime cuando, como en el caso que nos ocupa, hacía más de dos décadas desde mi último acercamiento a La isla misteriosa. Canta Sabina en una de sus canciones más hermosas que al lugar en que has sido feliz no debieras tratar de volver. Esto, no por acertado deja de ser harto difícil de cumplir, y esta entrada es buena muestra de ello. 

Intentar presentar a Julio Verne es como querer hablar de la lluvia; todo el mundo la conoce, sabe –más o menos– en qué consiste pero, a poco que empezamos a indagar en torno a ella, todo son dudas a su alrededor. Que el francés es uno de los más populares autores de novelas (pretendidamente) juveniles de todos los tiempos resulta evidente, pero no así las circunstancias que rodearon la escritura de las mismas o diversos aspectos de su vida. Para indagar un poco más sobre ello, os recomiendo el imprescindible sitio web Viaje al centro del Verne desconocido (junto a la revista electrónica Mundo Verne) así como el imprescindible ensayo de Miguel Salabert, Jules Verne, ese desconocido.

La isla misteriosa es una de las mejores novelas de Verne (a mi parecer, la mejor) y posiblemente la más “adulta” de todas ellas. Aunque es posible leerla de forma independiente, concluye una trilogía formada tanto por ella como por Veinte mil leguas de viaje submarino y Los hijos del capitán Grant, y constituye un particular acercamiento a un tema literario tan recurrente e interesante como el del náufrago “Robinson”, como apuntaba anteriormente. En ella, varios prisioneros escapan del ejército del general Lee cuando este les mantiene presos en la sitiada ciudad de Richmond durante la Guerra de Secesión. Aprovechando un huracán desatado durante su aprisionamiento, ocupan un globo aerostático que es dejado sin vigilancia dadas las extremas condiciones climatológicas y escapan arriesgando la vida. La fuerte tormenta les lleva por los aires durante cinco días hasta que el maltrecho globo cae al mar. Afortunadamente esto ocurre cerca de una isla donde los náufragos (los colonos, como gustarán autodenominarse) tendrán que sobrevivir con la única ayuda de su inteligencia y su fuerza de voluntad. Y aquí es donde comienzan las diferencias entre La isla misteriosa y otras historias sobre náufragos. Si bien en todas ellas el valor y el ingenio ocupan un papel importante, en la novela de Verne viene a constituir el núcleo de la narración, ya que esta “novela sobre Química”, como la quiso el autor, lleva a cabo una reconstrucción de la historia reciente de nuestra especie. Contado así podría intimidar a futuros lectores de la novela, pero lo cierto es que las aventuras del ingeniero Cyrus Smith y sus compañeros son cualquier cosa menos aburridas. 

Cyrus estará acompañado por sirviente el liberto Nab, el reportero Gedeon Spillet, el marino Pencroff y Harbert, ahijado de este. Juntos tendrán que conseguir alimento y cobijo, fabricar los útiles necesarios para sobrevivir en la isla y todo partiendo de la nada. A lo largo de sus páginas, La isla misteriosa nos deleita con la fabricación de armas, explosivos y útiles de caza, con la elaboración de herramientas y maquinaria necesarias para poner en marcha industrias de todo tipo: metalúrgica, textil, cerámica…

Posiblemente haya disfrutado el libro tanto o más que las primeras veces que lo leí. No obstante, sí que he percibido aspectos que por aquél entonces me pasaron inadvertidos o, al menos, no me llamaron tanto la atención. Por ejemplo, la profunda religiosidad que encontramos ante cada nuevo reto o cuando empiezan a sucederse los misterios que dan nombre a la isla del libro. Cyrus y sus amigos no se resignan, dan todo de sí para asegurar su supervivencia y bienestar, pero lo hacen siempre contando con aquello que les depara la Providencia. Eso sí, recuerdo cómo me marcó en su día el momento en que Cyrus —Ciro en aquella primera lectura— lee el versículo de la Biblia «Porque todo aquel que pide, recibe, y el que busca, halla, y al que llama, se le abrirá». 

También son notables los recursos de la isla, tanto a nivel geológico como respecto a sus ecosistemas. La isla Lincoln cuenta con recursos mineralógicos cuasi ilimitados y su biodiversidad es notable. Especies de animales y plantas de todas las regiones biogeográficas concurren en el limitado espacio de la isla, algo muy al uso por parte de las novelas de aventuras de la época en que fue escrita la novela. El apasionamiento por la ciencia y su aplicación técnica era más que evidente en esta época revolucionaria, y Verne se hace eco del mismo con la preclara visión del futuro que le caracterizaba. Quedaban aún lejos los días en que el pesimismo sobre el hombre y el uso dado a los descubrimientos científicos se apoderase del autor francés.

Cuando hace unas (cuantas) semanas terminé el libro me quedé con el desasosiego de haberme perdido algo. Con ganas de volver a compartir aventuras, de revivirlas y descubrir aquello que mis ojos, una vez más, no supieron ver. Sé que lo haré cuando pase un tiempo, aunque desde hoy mismo os invito a visitar La isla misteriosa por primera o enésima vez. Sé que disfrutaréis con la lectura.

¡Que sea muy feliz!

sábado, 6 de agosto de 2011

La luna se ha puesto

La primera vez que leí a Steinbeck tendría doce o trece años y fue gracias a un libro tan particular como maravilloso: Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros, una obra atípica respecto al resto de sus escritos pero que animó en mí una pasión por el ciclo artúrico que llega hasta hoy: es una novela que os recomiendo fervorosamente, para qué vamos a engañarnos. 


Después de esta llegarían Las uvas de la ira, De ratones y hombres o La perla, y lo cierto es que con su lectura el autor norteamericano terminó de ganarme por completo, muy especialmente con las dos primeras. Así es que cuando hace unos meses me encontré con un par de libros suyos en la librería de Torremolinos de la que alguna vez os he hablado (y sobre la que, por cierto, aquí he encontrado un par de entradas con fotos de su nueva ubicación y de la antigua) me hice con ellos. Eran Al este del Edén, que aún tengo pendiente, y La luna se ha puesto, una obrita breve -por su extensión, ya que apenas abarca 150 páginas- pero que realmente me ha calado muy hondo.
Veinte años antes había estado en Bélgica y en Francia, y procuraba no pensar en lo que sabía: que la guerra es traición y odio, y torpezas de generales ineptos, tortura, y muerte, y náusea, y cansancio; y que cuando todo ha pasado, lo único que queda son nuevos desalientos y nuevos odios. Se decía a sí mismo que él era un soldado a quien le daban órdenes que tenía que cumplir, y que no esperaban de él que las analizara, ni que pensara, sino que las cumpliera; y procuraba apartar los recuerdos de la otra guerra y la idea segura de que ésta sería igual. Ésta será distinta, se decía cincuenta veces al día; ésta será distinta.
Cuando el coronel Lanser invadió con sus hombres el pequeño pueblo del doctor Winter sabía lo que iba a ocurrir en lo sucesivo. En el pueblito todos viven en paz y no recuerdan la última vez que fueron invadidos o que invadieron a alguien, pero en cuanto se descubre que algunos de los suyos han ayudado a perpetrar la invasión, como el traidor de Corell, comienzan a surgir sospechas entre ellos; por ejemplo, el viejo Intendente Orden, amigo del doctor Winter, y su esposa se ven obligados a acoger bajo su techo a los mandos militares que llegan al pueblo, algo que podría ser entendido como una colaboración por su parte. Poco a poco se irá conformando una resistencia ciudadana que dará al traste con el ideal de conquista de los invasores. Con la llegada del invierno la moral caerá en picado, como bien sabía Lanser, y los hombres dejarán de serlo para convertirse en fantasmas de lo que fueron o hubieron poder sido. 

Steinbeck construye en La luna se ha puesto un verdadero alegato contra la guerra y la barbarie que supone esta, con algunas frases más que memorables. La novela está escrita con ternura y cuenta con algunos pasajes que nos arrancarán una sonrisa (rayana en lo amargo en ocasiones) mientras que otros, los más, nos harán reflexionar sobre la condición humana. 

En resumen, una lectura más que recomendable que apenas os llevará una tarde de verano disfrutar. Os dejo con un par de canciones que, inevitablemente, me vinieron a la mente mientras leía el libro: "Ourense-Bosnia", del grupo gallego Los Suaves y "One", de Metallica.






Feliz lectura.

viernes, 22 de julio de 2011

Nuevo IMM veraniego

Algunas próximas lecturas, fruto de las visitas a las librerías de viejo que tanto adoro y a Uniliber, todo hay que decirlo. Tradición y modernidad unidas, y poco más que decir. Tres cosas simplemente: el libro de Luismi se adelantó al IMM, Lupi y Obi no sufrieron daño alguno (a la vista está) en la realización de esta entrada y del resto de libros daré cumplida cuenta en breve, si os place (atención a la joya de la segunda foto, a la izquierda, de ese no se libra el blog ;) ).

Por lo demás, os deseo un feliz fin de semana y que disfrutéis del puente quienes lo tengáis.




¡Feliz lectura!

lunes, 4 de julio de 2011

Hallad el reloj

Descubrí a Harry Stephen Keeler gracias a la entrada que Enrique Altés dedicó al autor en su interesantísimo blog “Acotaciones de un lector de folletines”. Keeler, autor de pulps, novelas detectivescas llevadas al desenfreno por mor de hilarantes situaciones y tramas imposibles, llamó mi atención de inmediato. Por un lado, su vida no pudo ser más afín a las historias que inventaba: internado en un manicomio durante un año por su madre cuando cumplió los veinte, a la salida del mismo estudió electricidad y empezó a trabajar en una fundición de acero, dedicando todo su tiempo libre a escribir. Llegaría a publicar 37 novelas en apenas 15 años, y muchas de ellas no llegarían a publicarse en inglés pero sí en castellano gracias a la amistad que le unía a su editor español, Reus.

Con semejante currículum (os invito a disfrutar, además de la entrada de Altés, con el artículo que le dedicaron en el Heraldo de Aragón, “Harry S. Keeler, el escritor más bizarro del mundo”) y mi manifiesta afición por la novela popular, pulp, bolsilibresca o paraliteraria, no es de extrañar que me pusiese manos a la obra a fin de encontrar alguna de sus ídems.

Aparte de Noches en Sing-Sing, que ha sido reeditada, el resto de sus libros hay que buscarlos en el mercado de segunda mano. Como resultado de mis pesquisas conseguí hacerme con Hallad el reloj, título que presentaba hace unos días en mi último IMM y que acabé de leer la pasada semana con gran satisfacción. Su argumento en forma de telaraña (el proceso narrativo que el autor definiese como webwork plot) no resulta demasiado enmarañado salvo durante el desenlace, y tendré que leer otros de sus libros para encontrarme con algo similar a la madeja que muestra en La voz de los siete gorriones, por ejemplo.

Hallad el reloj parte de la extraña propuesta del profesor Victor Landrau a Lily, “el lirio de Manchester”, de asumir la personalidad ficticia de la joven Diana St. John y frecuentar el círculo social de cierto hombre. Gracias a ello podrá hacerse con una cuantiosa suma de dinero.

Entretanto, el periodista especializado en sucesos Jeff Darrell, es desplazado de su puesto por la nueva estrella del Call, el diario donde trabaja. Se trata de Marvin Feldock, un insufrible reportero con ínfulas de grandeza que trata despóticamente a sus subordinados. En tanto Feldock conoce la ciudad y establece su red de contactos habrá de ser Darrell, obligado por el draconiano contrato que le vincula al Call, el que tendrá que buscar información sobre los sucesos que acontezcan en la ciudad y redacte la información que será firmada por Feldock.

Será buscando la noticia en el barrio chino cuando llegue a las manos de Darrell un extraño mensaje escrito en un pañuelo depositado junto a un hato de ropa sucia en la lavandería de Foy Yi, más conocido como Napoleón Foy. En el mensaje se explicita que quien lo ponga en manos de Rita Thorne, actualmente en la ciudad, será recompensado con 50 $. Darrell se encarga de hacerlo, intrigado por el mensaje, indicando a la señorita Thorne que sea Foy Yi quien reciba la cantidad señalada. Sin embargo, esta encargará a Darrell que busque cierto reloj mencionado en el texto del pañuelo, perteneciente a un familiar. Y aquí comenzará la aventura para Darrell, una aventura de peligrosas e inciertas consecuencias.

Los elementos que componen Hallad el reloj no pueden ser más sencillos ni tampoco más efectivos cuando se mezclan con sabiduría o cierto toque de locura: el afán de búsqueda de la noticia periodística, los barrios bajos chinos de Chicago, un nazi huido de la justicia, una bella dama en apuros… Mi bautismo en la obra Keeleriana no pudo ser más divertida y, aunque fue llamado el Ed Wood de las novelas de misterio, lo cierto es que algunos de sus recursos narrativos, como los relatos dentro del relato (cual si de una matrioska literaria se tratase) se dan con bastante frecuencia en el cine de hoy día.

Y ya que hago mención al séptimo arte, antes de despedirme señalaré que también la obra de Keeler fue llevada al celuloide. Mientras leía Hallad el reloj vi también la película protagonizada por Bela Lugosi “El misterioso Mr. Wong”, basada en el relato “The Twelve Coins of Confucius”. De bajo presupuesto, discreta en sus pretensiones, resulta, no obstante, entretenida.

En resumen, Harry Stephen Keeler resulta un autor más que recomendable si queremos enfrentarnos a novelas de misterio poco al uso, sin otro objetivo que entretener al lector y ofrecerle un buen rato de diversión. Definitivamente, la lectura ideal para las tórridas tardes de verano.

Notas: