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martes, 26 de agosto de 2014

La mirada, el gato y el reloj

Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan. 
«Un siglo», dos breves palabras para designar un largo periodo de tiempo, al menos en la escala de vida humana. Un siglo, decía, ha transcurrido desde que un 26 de agosto naciese en Bélgica el autor argentino y ciudadano universal Julio Cortázar. Aterra medir el paso de un tiempo que vuela, que se escurre entre nuestros dedos como si fuese agua, especialmente si lo hacemos con el inmortal reloj que nos regaló en sus cuentos, instrucciones y garantía de por vida incluidas, pero reconforta el vínculo que mantenemos con el autor, con su obra, su singular visión del mundo y su rompedora literatura. 

En mi caso, podría afirmar que conocí a Cortázar gracias a sus Historias de cronopios y de famas o a ese maravilloso librojuego para adultos que es y no es Rayuela, pero estaría mintiendo. Conocí a Cortázar sin saber que estaba leyéndole a él, pues fue gracias a su genial traducción de los cuentos de Edgar Allan Poe, uno de mis autores de cabecera, uno de mis preferidos durante la infancia. 

La labor de Cortázar como traductor de Poe fue ingente. Vivía por aquel entonces en París, y el encargo de la Universidad de Puerto Rico suponía un alivio a las penurias económicas por las que pasaba. Tanto fue así que decidió trasladarse a Roma mientras realizaba el trabajo. Tras pasar varios meses traduciendo los originales, Cortázar envió el fruto de su trabajo por barco. En su correspondencia se dirige a Damián Bayón para afirmar: «¡No sabes qué suspiro di al enterarme por tu carta que los paquetes habían llegado! Todo este tiempo estuve temiendo vagamente que alguno de los paquetes se perdiera, y se pusiera verde por la humedad, o una rata se comiera un pedazo… la sola idea de tener que rehacer un pedazo me daba nausea». Transcurría julio de 1954, y por aquel entonces no existía ni tan siquiera la fotocopiadora con la que preservar su trabajo, aunque se me pasa por la cabeza cómo no usó el papel carbón para salvaguardar una copia de tan ingente labor. 

Pero el envío llegó incólume a su destino y, gracias a ello, los lectores en español tenemos una traducción tan digna de la obra de Poe como la que Baudelaire vertió al francés, además de un Cortázar curtido en la traducción y que tanto aprendió del maestro estadounidense: «traducir a Poe es una gran experiencia, y me he divertido mucho», llegaría a afirmar, aunque su amor por él venía de mucho antes. «Yo desperté a la literatura moderna cuando leí los cuentos de Poe, que me hicieron mucho bien y mucho mal al mismo tiempo. Los leí a los 9 años y por Poe viví en el espanto, sujeto a terrores nocturnos hasta muy tarde, en la adolescencia. Pero Poe me enseñó lo que es la gran literatura y lo que es el cuento». A los nueve años, como yo. Gloriosa coincidencia… 

Hablando de coincidencias, me llama poderosamente la atención lo que llegó a afirmar sobre Poe y Baudelaire. Durante su labor de traducción, contó con el texto de la de Baudelaire como referencia. Conocía su figura, su particular visión sobre la vida y la literatura, y así lo deja a las claras en el libro de conversaciones con Ernesto González Bermejo: 
Baudelaire se obsesionó bruscamente con los cuentos de Poe a tal punto que la famosa traducción que hizo fue un tour de force extraordinario, ya que no era nada fuerte en inglés y en la época no había diccionarios con modismos norteamericanos.
Sin embargo Baudelaire, con una intuición maravillosa, jamás falla. Incluso cuando se equivoca en el sentido literal, acierta en el sentido intuitivo; hay como un contacto telepático por encima y por debajo del idioma. Y todo esto lo he podido comprobar porque cuando traduje a Poe al español siempre tuve a mano la traducción de Baudelaire.
Pero hay más: si usted toma las fotos más conocidas de Poe y de Baudelaire y las pone juntas, notará el increíble parecido físico que tienen; si elimina el bigote de Poe, los dos tenían, además, los ojos asimétricos, uno más alto que otro.
Y además: una coincidencia sicológica acentuadísima, el mismo culto necrofílico, los mismos problemas sexuales, la misma actitud ante la vida, la misma inmensa calidad de poeta.
Es inquietante y fascinante pero yo creo -y muy seriamente, le repito- que Poe y Baudelaire eran un mismo escritor desdoblado en dos personas. 
Lo curioso es que yo pensé lo mismo... y fui más allá. Hace tiempo me rondaba por la cabeza un cuento que no llegué a escribir finalmente. Era, más allá de un relato sobre la doble personalidad, sobre nuestro yo en otros, una historia sobre la figura reencarnada, sobre la literatura como canal de comunicación y de vida más allá de la vida. Porque si para Cortázar Poe y Baudelaire eran una misma persona, para mí Cortázar constituía una nueva vuelta de tuerca a esta idea.


El parecido es más que evidente, ¿verdad? Esa mirada penetrante, esos ojos asimétricos, extraños, llamativos. Genios de las letras que llegaron a tocar las fibras más sensibles en nuestro interior y exploraron como nadie los vastos territorios de la literatura fantástica. Unidos para siempre por unos cuentos y poesías (los de Poe, autor y traductores) que a muchos nos han embelesado y atrapado para siempre.

En ese cuento mío que no llegó a ser, el escritor, que era uno y todos a un tiempo, adoraba a los gatos. Las miradas felinas pueden no ser tan asimétricas, pero parecen capaces de ver más allá de lo que solemos observar por mor de esta miopía que nos impone la realidad. Imagino a Cortázar con un gato negro con una mancha blanca en el pecho. Acaricia su cuello mientras el gato ronronea sobre sus rodillas, los ojos entrecerrados y lo que podríamos tomar por una sonrisa en los labios. En la muñeca del escritor asoma un reloj, puede que un regalo por su centésimo cumpleaños, marcando siempre la misma hora, como si no le hubiesen dado cuerda, como si no transcurriese el tiempo.

Como él mismo dijo en «El perseguidor»,
Si encontráramos la manera podríamos vivir mil veces más de lo que estamos viviendo por culpa de los relojes, de esa manía de minutos y de pasado mañana...
Leed, leed a Cortázar; parad el tiempo con sus textos, leedlos como si no hubiera un mañana aunque seguirán vivos por siempre.

Os dejo con tres textos, con tres escritores y con una idea.

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Julio Cortázar, en Historias de cronopios y de famas.
 L'Horloge

Horloge! dieu sinistre, effrayant, impassible,
Dont le doigt nous menace et nous dit: «Souviens-toi!
Les vibrantes Douleurs dans ton coeur plein d'effroi
Se planteront bientôt comme dans une cible;
Le Plaisir vaporeux fuira vers l'horizon
Ainsi qu'une sylphide au fond de la coulisse;
Chaque instant te dévore un morceau du délice
À chaque homme accordé pour toute sa saison.
Trois mille six cents fois par heure, la Seconde
Chuchote: Souviens-toi! — Rapide, avec sa voix
D'insecte, Maintenant dit: Je suis Autrefois,
Et j'ai pompé ta vie avec ma trompe immonde!
Remember! Souviens-toi! prodigue! Esto memor!
(Mon gosier de métal parle toutes les langues.)
Les minutes, mortel folâtre, sont des gangues
Qu'il ne faut pas lâcher sans en extraire l'or!
Souviens-toi que le Temps est un joueur avide
Qui gagne sans tricher, à tout coup! c'est la loi.
Le jour décroît; la nuit augmente; Souviens-toi!
Le gouffre a toujours soif; la clepsydre se vide.
Tantôt sonnera l'heure où le divin Hasard,
Où l'auguste Vertu, ton épouse encor vierge,
Où le Repentir même (oh! la dernière auberge!),
Où tout te dira Meurs, vieux lâche! il est trop tard!»
Charles Baudelaire

It was in this apartment, also, that there stood against the western wall, a gigantic clock of ebony. Its pendulum swung to and fro with a dull, heavy, monotonous clang; and when the minute-hand made the circuit of the face, and the hour was to be stricken, there came from the brazen lungs of the clock a sound which was clear and loud and deep and exceedingly musical, but of so peculiar a note and emphasis that, at each lapse of an hour, the musicians of the orchestra were constrained to pause, momentarily, in their performance, to hearken to the sound; and thus the waltzers perforce ceased their evolutions; and there was a brief disconcert of the whole gay company; and, while the chimes of the clock yet rang, it was observed that the giddiest grew pale, and the more aged and sedate passed their hands over their brows as if in confused reverie or meditation. But when the echoes had fully ceased, a light laughter at once pervaded the assembly; the musicians looked at each other and smiled as if at their own nervousness and folly, and made whispering vows, each to the other, that the next chiming of the clock should produce in them no similar emotion; and then, after the lapse of sixty minutes, (which embrace three thousand and six hundred seconds of the Time that flies,) there came yet another chiming of the clock, and then were the same disconcert and tremulousness and meditation as before.

«La Máscara de la Muerte Roja», Edgar Allan Poe.
Podéis encontrar más información en los siguientes enlaces:


En cuanto a los textos usados, podéis encontrar originales y traducciones en:

viernes, 26 de agosto de 2011

Felicidades, Julio

En la última semana me he "perdido" un par de cumpleaños, y es que posiblemente hasta mediados de septiembre este blog y yo, vuestro seguro servidor, no volveremos a ser lo que éramos. Las obligaciones mandan, pero os aseguro que daré salida a través de mis dedos a las decenas de entradas que se agolpan en mi mente e inundaré vuestros lectores RSS de artículos (no sé si por suerte o por desgracia para vosotros, je, je). 

Entretanto, además de recordar a Borges, nacido un 24 de agosto, a Lovecraft, que vio la luz -es un decir- un 20 de agosto y a Lorca, fallecido un día 18 (os envío a visitar a Alienor), aunque sea haciendo un poco de trampa por mi parte, aprovecho para felicitar a mi querido Julito, que nació un día como hoy de 1914 y os dejo con uno de los cuentos más hermosos que he leído jamás. Espero que lo disfrutéis tanto como yo.

"Graffiti", de Julio Cortázar.

Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar un dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda vez te diste cuenta que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, acercarse con indiferencia y nunca mirar los grafitti de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote en seguida.

Tu propio juego había empezado por aburrimiento, no era en verdad una protesta contra el estado de cosas en la ciudad, el toque de queda, la prohibición amenazante de pegar carteles o escribir en los muros. Simplemente te divertía hacer dibujos con tizas de colores (no te gustaba el término grafitti, tan de crítico de arte) y de cuando en cuando venir a verlos y hasta con un poco de suerte asistir a la llegada del camión municipal y a los insultos inútiles de los empleados mientras borraban los dibujos. Poco les importaba que no fueran dibujos políticos, la prohibición abarcaba cualquier cosa, y si algún niño se hubiera atrevido a dibujar una casa o un perro, lo mismo lo hubieran borrado entre palabrotas y amenazas. En la ciudad ya no se sabía demasiado de que lado estaba verdaderamente el miedo; quizás por eso te divertía dominar el tuyo y cada tanto elegir el lugar y la hora propicios para hacer un dibujo.

Nunca habías corrido peligro porque sabías elegir bien, y en el tiempo que transcurría hasta que llegaban los camiones de limpieza se abría para vos algo como un espacio más limpio donde casi cabía la esperanza. Mirando desde lejos tu dibujo podías ver a la gente que le echaba una ojeada al pasar, nadie se detenía por supuesto pero nadie dejaba de mirar el dibujo, a veces una rápida composición abstracta en dos colores, un perfil de pájaro o dos figuras enlazadas. Una sola vez escribiste una frase, con tiza negra: A mí también me duele. No duró dos horas, y esta vez la policía en persona la hizo desaparecer. Después solamente seguiste haciendo dibujos.

Cuando el otro apareció al lado del tuyo casi tuviste miedo, de golpe el peligro se volvía doble, alguien se animaba como vos a divertirse al borde de la cárcel o algo peor, y ese alguien como si fuera poco era una mujer. Vos mismo no podías probártelo, había algo diferente y mejor que las pruebas más rotundas: un trazo, una predilección por las tizas cálidas, un aura. A lo mejor como andabas solo te imaginaste por compensación; la admiraste, tuviste miedo por ella, esperaste que fuera la única vez, casi te delataste cuando ella volvió a dibujar al lado de otro dibujo tuyo, unas ganas de reír, de quedarte ahí delante como si los policías fueran ciegos o idiotas.

Empezó un tiempo diferente, más sigiloso, más bello y amenazante a la vez. Descuidando tu empleo salías en cualquier momento con la esperanza de sorprenderla, elegiste para tus dibujos esas calles que podías recorrer de un solo rápido itinerario; volviste al alba, al anochecer, a las tres de la mañana. Fue un tiempo de contradicción insoportable, la decepción de encontrar un nuevo dibujo de ella junto a alguno de los tuyos y la calle vacía, y la de no encontrar nada y sentir la calle aún más vacía. Una noche viste su primer dibujo solo; lo había hecho con tizas rojas y azules en una puerta de garaje, aprovechando la textura de las maderas carcomidas y las cabezas de los clavos. Era más que nunca ella, el trazo, los colores, pero además sentiste que ese dibujo valía como un pedido o una interrogación, una manera de llamarte. Volviste al alba, después que las patrullas relegaron en su sordo drenaje, y en el resto de la puerta dibujaste un rápido paisaje con velas y tajamares; de no mirarlo bien se hubiera dicho un juego de líneas al azar, pero ella sabría mirarlo. Esa noche escapaste por poco de una pareja de policías, en tu departamento bebiste ginebra tras ginebra y le hablaste, le dijiste todo lo que te venía a la boca como otro dibujo sonoro, otro puerto con velas, la imaginaste morena y silenciosa, le elegiste labios y senos, la quisiste un poco.

Casi en seguida se te ocurrió que ella buscaría una respuesta, que volvería a su dibujo como vos volvías ahora a los tuyos, y aunque el peligro era cada vez mayor después de los atentados en el mercado te atreviste a acercarte al garaje, a rondar la manzana, a tomar interminables cervezas en el café de la esquina. Era absurdo porque ella no se detendría después de ver tu dibujo, cualquiera de las muchas mujeres que iban y venían podía ser ella. Al amanecer del segundo día elegiste un paredón gris y dibujaste un triángulo blanco rodeado de manchas como hojas de roble; desde el mismo café de la esquina podías ver el paredón (ya habían limpiado la puerta del garaje y una patrulla volvía y volvía rabiosa), al anochecer te alejaste un poco pero eligiendo diferentes puntos de mira, desplazándote de un sitio a otro, comprando mínimas cosas en las tiendas para no llamar demasiado la atención. Ya era noche cerrada cuando oíste la sirena y los proyectores te barrieron los ojos. Había un confuso amontonamiento junto al paredón, corriste contra toda sensatez y sólo te ayudó el azar de un auto dando vuelta a la esquina y frenando al ver el carro celular, su bulto te protegió y viste la lucha, un pelo negro tironeado por manos enguantadas, los puntapiés y los alaridos, la visión entrecortada de unos pantalones azules antes de que la tiraran en el carro y se la llevaran.

Mucho después (era horrible temblar así, era horrible pensar que eso pasaba por culpa de tu dibujo en el paredón gris) te mezclaste con otras gentes y alcanzaste a ver un esbozo en azul, los trazos de ese naranja que era como su nombre o su boca, ella así en ese dibujo truncado que los policías habían borroneado antes de llevársela; quedaba lo bastante como para comprender que había querido responder a tu triángulo con otra figura, un círculo o acaso un espiral, una forma llena y hermosa, algo como un sí o un siempre o un ahora.

Lo sabías muy bien, te sobraría tiempo para imaginar los detalles de lo que estaría sucediendo en el cuartel central; en la ciudad todo eso rezumaba poco a poco, la gente estaba al tanto del destino de los prisioneros, y si a veces volvían a ver a uno que otro, hubieran preferido no verlos y que al igual que la mayoría se perdieran en ese silencio que nadie se atrevía a quebrar. Lo sabías de sobra, esa noche la ginebra no te ayudaría más a morderte las manos, a pisotear tizas de colores antes de perderte en la borrachera y en el llanto.

Sí, pero los días pasaban y ya no sabías vivir de otra manera. Volviste a abandonar tu trabajo para dar vueltas por las calles, mirar fugitivamente las paredes y las puertas donde ella y vos habían dibujado. Todo limpio, todo claro; nada, ni siquiera una flor dibujada por la inocencia de un colegial que roba una tiza en la clase y no resiste el placer de usarla. Tampoco vos pudiste resistir, y un mes después te levantaste al amanecer y volviste a la calle del garaje. No había patrullas, las paredes estaban perfectamente limpias; un gato te miró cauteloso desde un portal cuando sacaste las tizas y en el mismo lugar, allí donde ella había dejado su dibujo, llenaste las maderas con un grito verde, una roja llamarada de reconocimiento y de amor, envolviste tu dibujo con un óvalo que era también tu boca y la suya y la esperanza. Los pasos en la esquina te lanzaron a una carrera afelpada, al refugio de una pila de cajones vacíos; un borracho vacilante se acercó canturreando, quiso patear al gato y cayó boca abajo a los pies del dibujo. Te fuiste lentamente, ya seguro, y con el primer sol dormiste como no habías dormido en mucho tiempo.

Esa misma mañana miraste desde lejos: no lo habían borrado todavía. Volviste al mediodía: casi inconcebiblemente seguía ahí. La agitación en los suburbios (habías escuchado los noticiosos) alejaban a la patrulla de su rutina; al anochecer volviste a verlo como tanta gente lo había visto a lo largo del día. Esperaste hasta las tres de la mañana para regresar, la calle estaba vacía y negra. Desde lejos descubriste otro dibujo, sólo vos podrías haberlo distinguido tan pequeño en lo alto y a la izquierda del tuyo. Te acercaste con algo que era sed y horror al mismo tiempo, viste el óvalo naranja y las manchas violetas de donde parecía saltar una cara tumefacta, un ojo colgando, una boca aplastada a puñetazos. Ya sé, ya sé ¿pero qué otra cosa hubiera podido dibujarte? ¿Qué mensaje hubiera tenido sentido ahora? De alguna manera tenía que decirte adiós y a la vez pedirte que siguieras. Algo tenía que dejarte antes de volverme a mi refugio donde ya no había ningún espejo, solamente un hueco para esconderme hasta el fin en la más completa oscuridad, recordando tantas cosas y a veces, así como había imaginado tu vida, imaginando que hacías otros dibujos, que salías por la noche para hacer otros dibujos.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

¡Feliz cumpleaños!

22 de septiembre de 1401 (CC):
Cuando el señor Bilbo Bolsón de Bolsón Cerrado anunció que muy pronto celebraría su cumpleaños centésimo decimoprimero con una fiesta de especial magnificencia, hubo muchos comentarios y excitación en Hobbiton.
Un año más, llega el cumpleaños de Bilbo y Frodo y desde aquí no puedo más que invitar a celebrarlo con ellos y, por supuesto, con Tolkien, un verdadero maestro a la hora de despertar la curiosidad lectora con los comienzos de sus cuentos (aunque estos alcancen el millar de páginas).

Dicho lo cual, hoy inicio la enésima lectura de El Señor de los Anillos, que acompañará la de otros tantos libros que espero compartir con vosotros durante este año. Y es que, en palabras de Thorin, Escudo de Roble,
Si muchos de nosotros diéramos más valor a la comida, la alegría y las canciones que al oro atesorado, este sería un mundo más feliz.
¡Feliz lectura, alegres e intrépidos viajeros!

jueves, 9 de julio de 2009

El Barbas

Encontré este cuento en mi ordenador hace unos días. Tendrá algo más de un año, lo escribí rememorando algunas de las historias que oí de niño, y al releerlo no me pareció estar del todo mal, por lo que aquí lo tenéis, sin colorantes ni conservantes.

Los que iban a matar a Manuel, El Barbas, pasaron a buscarle con la primera luz de la mañana. Manuel, que estaba dentro del chambao, preparando los aperos para comenzar la jornada, les oyó llegar porque el Tobías, que era algo cojitranco, resbaló al saltar la acequia que corría paralela al camino. También porque estaba puesto sobre aviso, y sabía que corría peligro quedándose en el pueblo porque estaba en una de esas listas que aquellos días circulaban de mano en mano, señalando la suerte de los que aparecían allí nombrados.

El Barbas, que por aquel entonces no debía contar más de treinta y tantos, tampoco era conocido en el pueblo por este sobrenombre. Manuel era, para todos, el hijo del Luis y la María, y era un buen mozo que pasaba los días faenando en el campo, de sol a sol, y al que le gustaba salir, como a todos, por las ferias patronales de los pueblos cercanos. El apodo se lo ganaría años después, cuando se dejó crecer una larga y espesa barba que le confería un aspecto un tanto adusto, a resultas de una promesa que hizo cuando, dejándose llevar por uno de sus arranques de ira, propinó a su hija tal paliza que don Marcial, el médico, la dio por muerta, y Manuel entre lágrimas, se disponía a entregarse en el cuartelillo. Pero la niña, Isabelita, salvó la vida, y vivió muchos más años que los siete u ocho con que contaba cuando ocurrió aquello.

Lo de estar en aquella lista no era porque Manuel, El Barbas, tuviese el pronto que años después le llevaría a formular la promesa que le impuso el mote, sino porque por sus ideas se había ganado la fama de rojo. La guerra había quedado atrás, pero no lo suficiente como para que quedase olvidado desde qué bando había disparado cada hombre, ya fuesen palabras o balas; y Manuel, que era de los del puño arriba y bien cerrado, ni tras la victoria de los nacionales había sido capaz de quedarse en casa y callado, para disgusto de su madre, que perdió al marido en la contienda.

Con el Tobías venían Fermín, el mayoral del señorito Luis, y Pedro, del que se sabía que era uno de los que iban señalando a dedo a muchos de los hombres cuyos nombres figurarían después en las fatídicas listas. Conforme llegaban al secadero de tabaco, se fueron acercando al ciruelo que crecía en la parte anterior de aquel. Unos lustros después, Manuel, El Barbas, luciéndolas llenas de canas, colocaría sobre sus ramas caramelos para que, la mañana de Reyes, sus nietos recogiesen los dulces e inesperados frutos que lloverían sobre ellos cuando zarandease el árbol.

Manuel tomó la hoz y con paso tranquilo se dirigió a la puerta. Ya se lo había dicho su madre, Manuel, sólo me quedas tú, no te metas en política, no me dejes sola. El José, que entonces era apenas un zagal y trabajaba en su misma cuadrilla, le advirtió, Tu nombre está en una de las listas, Manuel. Pero, a esas alturas, poco podía hacer él para cambiar eso.

Los tres hombres, que se encontraban frente a la puerta, se pararon en seco al verle salir, hoz en mano, el cigarro colgando de los labios. Sé que venís a matarme, dijo, así que id pensando quién se viene conmigo. Arrojó el cigarro a un lado, expelió el humo por la nariz y volvió a hablar. No es tan fácil matar a un hombre que os mira a los ojos, ¿verdad? Fermín, no saques eso que llevas ahí, bajo la camisa, o te sajo la garganta aquí mismo.

Miró Fermín a Tobías, dubitativo, y volvió la mirada a Pedro, que poco después perdería el nombre para ser conocido como El Judas, quien le devolvió sólo miedo en los ojos. Se llevó entonces la mano al sombrero, deseó buenos días a Manuel, y se fue seguido por los otros dos hombres.

miércoles, 10 de junio de 2009

Cifras y letras

Existe, desde el principio de los tiempos, una estrecha relación entre el mundo de las letras y el de las matemáticas, y en particular entre aquellas y la simbología de los números. En numerosos escritos suelen encontrarse referencias a cifras mágicas, con un significado oculto reservado para unos pocos iniciados. Esto es tanto más cierto cuanto más nos acercamos a los escritos de origen místico o religioso, en los que abundan textos que podrían ilustrar claramente lo que afirmo: los doce apóstoles de Jesucristo, los cuarenta día con sus cuarenta noches de diluvio universal, los siete pecados capitales e igual número de brazos de la menorah judía o los cinco pilares del Islam recogidos en el Corán, por poner unos pocos ejemplos. Sin embargo, esta preferencia por los números de significado cabalístico no es exclusiva de los libros sagrados de las religiones, sino que se encuentra con frecuencia en el folclore de los pueblos y en los escritos cultos de toda la Historia.

Por ejemplo, el número tres es uno de los más recurrentes. Podemos encontrarlo en la mitología griega, donde Paris, hijo del rey de Troya, es llamado por Zeus para dirimir quién sería, de entre las diosas Atenea, Hera y Afrodita, la más bella. Paris elegiría a la tercera, Afrodita, diosa del amor, que le otorgaría a cambio el amor por Helena, mujer de Menelao, rey de Esparta, y que traería desastrosas consecuencias por todos conocidas, y narradas para la inmortalidad en la Ilíada de Homero.

También eran tres las hermanas de la fábula que aparece en el cuarto libro de El asno de oro de Apuleyo. Psiches, la más joven y hermosa de todas, comienza a ser adorada como una diosa, por lo que sus coetáneos olvidan el culto a Venus. Ésta, enfadada, ordena a Cupido que la condene a enamorarse del más desgraciado de entre los mortales, pero es salvada in extremis por él, aunque no será la última desgracia de Psiches, que deberá enfrentarse a la envidia de sus hermanas mayores.

En El rey Lear, Shakespeare plantea una situación similar, al obligar el viejo rey a sus tres hijas a que le demuestren su amor. Las dos mayores de deshacen en carantoñas y alabanzas a su padre, pero la tercera no cree que ésta sea la manera de demostrar el inmenso amor que siente hacia su padre, y rehúsa actuar así. El rey Lear, no entendiendo la actitud de su hija, decide desheredarla y someterla a escarnio.

También en El mercader de Venecia, el bardo inmortal -como le llamaría Asimov en un genial relato-, introduce una situación similar, mostrando a la joven Porcia que, a petición de su padre, elegirá por esposo a aquél de entre sus pretendientes que sepa escoger con acierto entre tres cofrecillos, uno de oro, otro de plata y un último de plomo, el que contiene un retrato de la amada. Adivinad, o recordad, cuál es el correcto.

Soy un confeso amante de los cuentos tradicionales, especialmente de los cuentos populares rusos. Algún día debería escribir sobre mi particular pasión por la recopilación de Afanasiev, y las lecturas y relecturas que suscitaron sus libros durante mi infancia. Entre la variada temática de estos cuentos es habitual encontrar a tres hermanas, de las cuales la más inocente es la menor, o tres hermanos el último de los cuales parece ser siempre de cortas entendederas, y que tras sufrir la mofa de los mayores consiguen, gracias a su inteligencia e ingenio, salir victoriosos de cuantos obstáculos les son impuestos. La vaquita parda, Fomá Berénnikov, El adivino o El gato, el gallo y la zorra, son algunos de estos cuentos.

No es el tres el único número habitual de la literatura, aunque sea uno de los más abundantes, y su presencia se produzca acompañada de una particular simbología: el tercero siempre será el menor, el más desvalido, pero sabrá imponerse por encima de quienes intentan oprimirle. El siete también es una cifra bastante significativa y generalmente viene acompañada de la fortuna, aunque todo jardín tiene su ortiga. Siete es el número que ocupa Alvin Maker dentro de la familia de los Miller. Es el séptimo hijo de un séptimo hijo, lo que le concede una serie de poderes mágicos que le llevan a convertirle en un Hacedor, algo que le traerá terribles consecuencias de manos de un implacable enemigo. Como curiosidad, enhebrando el tema con el de la entrada de hace unos días, la banda inglesa Iron Maiden lanzó el disco Seventh Son of a Seventh Son basándose en esta saga de Orson Scott Card, convirtiéndose en uno de los más grandes álbumes conceptuales de todos los tiempos.

El uso de números para transmitir un significado oculto o místico a los textos ha trascendido a todos los géneros literarios, incluso el humorístico. Terry Pratchett, en su libro Ritos iguales, lleva a cabo una inigualable parodia de la saga de Alvin Maker al presentarnos a una joven Eskarina, octava hija de un octavo hijo, que adquiere poderes de bruja y mago a un mismo tiempo. La parodia no ha hecho más que comenzar.

Haciendo un singular y mal chiste: rememorando lecturas en las que los números cobrasen una especial importancia, ¿qué os contáis?

P.S.: Ya que el tres ha sido el número simbólico más referido en la entrada, os dejaba arriba una fotografía de Trotalomas Pissoni (Trotty para los amigos) junto a la madre de Firmin y su segundo esposo, Azufaifo de Indias. Trotty es una cobaya de biblioteca y gran amigo de Obito y Lupi, nuestros gatos lectores.

sábado, 30 de mayo de 2009

Terruño, y otros cuentos

Tiene más de nueve años, pero sigue siendo uno de mis cuentos (por buscarle algún enclave literario, y con el adjetivo posesivo me refiero a escrito por mí) preferidos. Lo recuperé recientemente, gracias a la versión electrónica de una revista juvenil en la que fue publicado, en tanto otros muchos se perdieron, puede que por fortuna, para siempre. Quería traerlo aquí para que no le ocurra como a esos otros.

Una historia de un tiempo en el que escribía habitualmente, y tal vez un aliciente para volver a hacerlo.

Terruño

Aún no amanecía y ya se encontraba el viejo caminando entre los olivos, despanzurrando bajo la suela de sus botas los terrones arcillosos del suelo de secano, precedido por la perra, que avanzaba olisqueando a una quincena de metros de él. La llamó mediante un silbido. El animal, una añosa hembra de pointer de pelo blanco y naranja, se volvió hacia el hombre y retrocedió sobre sus pasos, cansina. Éste vestía un jersey verde oscuro, apenas entrevisto por el cuello de la zamarra de lana que lo cubría desde el suyo propio hasta bajo la cintura, justo donde comenzaba el pardo pantalón de pana. La perra llegó hasta él, siendo acariciada tiernamente por una mano surcada, como la tierra, de arrugas y cicatrices realizadas por la yunta del tiempo y el arado del trabajo. El cielo comenzaba a tomar un color plomizo que fue enrojeciendo por el este, y los bancos de niebla que se asentaban en las vaguadas comenzaron a tomar consciencia de su pronta desaparición. "Hará buen día", pensó el viejo. Descolgó de su hombro la alargada funda que portaba, sacó de ella una escopeta de cañones yuxtapuestos, cromados y con el ánima estriada, la partió, cargó con cartuchos que previamente había sacado de un zurrón que llevaba en bandolera y volvió a cerrarla con un sonoro chasquido.

Era casi mediodía, el sol se alzaba en el cielo, brillante, pero no lograba calentar la mañana. El viejo había tomado asiento sobre una roca de superficie pulida, al abrigo de una retama; la perra a su lado, tumbada, con la lengua fuera, jipando, las ubres de perra vieja que dio a luz múltiples camadas moviéndose con laxitud al ritmo impuesto por la acelerada respiración, los ojos oscuros vigilando las bocas de gazaperas que se abrían frente a ella, al otro lado de la barranquera. Al viejo se le daba un ardite el conseguir una pieza, al contrario que esos jóvenes cazadores cuya máxima aspiración era volver con las perchas llenas; tal vez porque él había pasado por esa etapa durante su larga vida, prefería disfrutar del día en el campo de un modo más sosegado, gozando del olor del aire, transporte de aromas a tomillo, romero y salvia; de los rayos de sol calentando su cuerpo, por más que ese día el astro parecía un avaro guardando su oro tras una vitrina, mostrándolo sin desear compartirlo. Sacó del bolsillo un cajetín de tabaco, lo golpeó contra el dorso de su mano izquierda, haciendo salir un cigarro que puso entre sus labios. Guardó el paquete de tabaco y sacó un encendedor con el que prendió fuego a la punta del cigarrillo, protegiendo la llama entretanto con la palma de la mano. Dio un par de caladas y espiró el humo por la nariz mientras levantaba la cabeza y, usando la mano izquierda como visera, descubría una pequeña mancha contra el azul del cielo. Un cernícalo, alas y cola desplegadas, se cernía sobre una loma cercana, avanzando de vez en cuando ayudado por las corrientes eólicas para volver a detenerse algo más adelante como si estuviera sujeto por un hilo invisible, quizá el de la supervivencia.

La tarde comenzaba lentamente a morir y el viejo volvía a caminar con la perra por delante, como siempre, bebiendo ésta los vientos en busca de un rastro. Se detuvo el cánido, de repente, sin avisar, una pata delantera flexionada, el rabo perpendicular al suelo y la mirada fija en unos matorrales. El viejo tomó con ambas manos el arma y se la encaró a la vez que emitía un chasquido con la lengua. La perra se lanzó contra el matojo y de éste surgió una mancha rojiza que aleteando ruidosamente mostraba la espalda al cazador. Tronó la escopeta y su boca escupió fuego, y la perdiz cayó pesadamente contra el suelo, dejando tras de sí una estela de plumón. La perra alternaba su atención entre el lugar donde se encontraba el ave y su amo. A un gesto de éste fue trotando, cogió el inerte cuerpo y volvió cojeando, la cabeza gacha, moviendo el rabo y con mirada cómplice, hasta depositar a los pies del hombre la presa. "Buena chica" pensaba el viejo mientras levantaba con sus manazas el noble rostro de la perra y la miraba a los ojos, profundos, inteligentes. Le cogió la pata derecha y buscó en la parte inferior de ésta, hallando clavada entre los pulpejos una esquirla metálica. La tomó entre dos dedos y la extrajo haciendo manar la sangre cálida y espesa del animal. "Ambos estamos viejos, demasiado viejos. Anda, volvamos a casa, que ya es tarde", dijo mientras cogía del suelo la perdiz y la introducía en el zurrón, que presentaba desde siempre irregulares manchas parduscas de sangre.
También de aquella época es el cuento El puente vertical, que fue publicado por la revista de ciencia ficción argentina Axxón en su número 111. Con esto del Papyre y el jugueteo con los formatos digitales para este dispositivo, me dió por publicarlo en formato FB2. Si alguien se arriesga a probarlo en su lector, puede descargarlo sin más.

lunes, 19 de enero de 2009

Edgar Allan Poe

Se cumplen hoy doscientos años del nacimiento del gran poeta maldito, Edgar Allan Poe. Mucho se ha escrito y hablado sobre su vida y su obra, y todos coinciden en afirmar que el autor es una de las grandes plumas de la literatura norteamericana del siglo XIX. Sin duda, Poe no habría sido el mismo de no haber nacido en el seno de una familia rota desde su infancia; sus padres murieron y fue adoptado por un matrimonio acomodado que, sin embargo, desoyó sus anhelos y con quienes rompió relaciones para terminar desheredado. Lo que es cierto es que esta infancia marcada por el dolor, y una platónica relación con su prima Virginia, con la que contrajo matrimonio cuando ésta tenía únicamente 13 años, edad que él doblaba, constituyeron el alimento que una mente inquieta y febril necesitaba para dar rienda suelta a su genialidad.

Poe fue el primer autor norteamericano que intentó vivir de los réditos de su literatura, y este afán le costó caro. Poeta vocacional, articulista por necesidad y narrador inmortal, Edgar ha pasado a la historia gracias a sus cuentos, que supo construir de forma magistral. Su obra ha constituido una referencia para autores de todos los continentes, y fueron seguidores confesos suyos Baudelaire, Verne, Lovecraft, Dovstoievski, Borges o Cortázar, entre otros.

Personalmente, descubrí a Poe a una edad temprana, aproximadamente a los 9 ó 10 años. Fue, si mal no recuerdo, gracias a las cuidadas ediciones de la colección Tus Libros de Anaya, en la que publicaban a autores clásicos con un estudio preliminar sobre la vida del autor y la obra que se tenía entre manos. Posiblemente fue El gato negro el primer cuento que leí suyo, y le siguen en mi memoria El pozo y el péndulo, El escarabajo de oro y Los crímenes de la calle Morgue. Después vendrían El corazón delator, Hop Frog, El tonel de amontillado, La caída de la casa Usher o Berenice, y poemas como los inolvidables Anabel Lee o El Cuervo.

Es difícil ser objetivo, y plantearse hasta qué punto nos ha marcado un autor, pero no andaría muy errado al afirmar que junto a Verne, y posteriormente Tolkien, Poe es el autor que más me llegó a impactar como lector, y que fue quien me llevó a amar es estilo breve del relato. No cabe duda que, posteriormente, Chéjov, Borges, Cortázar o Lovecraft le seguirían en mis desvelos literarios, pero Poe ya me había atrapado para siempre. Lo recomendé siempre a mis amigos, tomé ideas que ya usara él para relatos propios en un intento de homenajearle, y a día de hoy me reencuentro periódicamente con sus obra inmortal.

Por todo esto, os recomendaría encarecidamente que lo leyeseis si no lo habéis hecho ya. Leedlo en Internet, hay numerosas páginas con sus poemas y cuentos, o compradlo en alguna de las fabulosas ediciones que se están editando en este año tan marcado: desde la de bolsillo de Alianza Editorial a la ultimísima Todos los cuentos, de Círculo de Lectores y Galaxia Gutenberg, hay un amplio abanico en el que escoger. Además, podemos leer a Poe en diversos idiomas sin que desmerezca la traducción (salvo los poemas, que obviamente pierden su musicalidad). No en balde, Poe contó con unos traductores de lujo: Charles Baudelaire fue quien volcó al francés su obra, y Julio Cortázar hizo otro tanto para traernos el placer de su lectura al español.

No puedo despedir el día de hoy sin recordarle. Por eso, os dejo con el dilema de una elección. Elegid entre escuchar la hermosa lectura que de El cuervo llevara a cabo Juan Antonio Cebrián en el programa radiofónico La Rosa de los Vientos, y que está disponible para su descarga en la propia página del programa, o deleitaros con la lectura que de la versión original de The Raven lleva a cabo el afamado actor británico Basil Rathbone (uno de los Sherlock Holmes más conocidos de la historia del cine).

Sea como fuere, feliz audición.






Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es -dije musitando- un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”







Once upon a midnight dreary, while I pondered weak and weary,
Over many a quaint and curious volume of forgotten lore,
While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,
As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.
`'Tis some visitor,' I muttered, `tapping at my chamber door -
Only this, and nothing more.'