- Mirad, fray Guillermo -dijo el Abad-, para poder realizar la inmensa y santa obra que atesoran aquellos muros- y señaló hacia la mole del Edificio, que en parte se divisaba por la ventana de la celda, más alta incluso que la iglesia abacial- hombres devotos han trabajado durante siglos, observando unas reglas de hierro. La biblioteca se construyó según un plano que ha permanecido oculto durante siglos, y que ninguno de los monjes está llamado a conocer. Sólo posee ese secreto el bibliotecario, que lo ha recibido del bibliotecario anterior, y que, a su vez, lo transmitirá a su ayudante, con suficiente antelación como para que la muerte no lo sorprenda y la comunidad no se vea privada de ese saber. Y los labios de ambos están sellados por el juramento de no divulgarlo. Sólo el bibliotecario, además de saber, está autorizado a moverse por el laberinto de los libros, sólo él sabe dónde encontrarlos y dónde guardarlos, sólo él es responsable de su conservación.Los otros monjes trabajan en el scriptorium y pueden conocer la lista de los volúmenes que contiene la biblioteca. Pero una lista de títulos no suele decir demasiado: sólo el bibliotecario sabe, por la colocación del volumen, por su grado de inaccesibilidad, qué tipo de secretos, de verdades o de mentiras encierra cada libro. Sólo él decide cómo, cuándo, y si conviene, suministrarlo al monje que lo solicita, a veces no sin antes haber consultado conmigo. Porque no todas las verdades son para todos los oídos, ni todas las mentiras pueden ser reconocidas como tales por cualquier alma piadosa, y, por último, los monjes están en el scriptorium para realizar una tarea determinada, que requiere la lectura de ciertos libros y no de otros, y no para satisfacer la necia curiosidad que puedan sentir, ya sea por flaqueza de sus mentes, por soberbia o por sugestión diabólica.
-De modo que en la biblioteca también hay libros que contienen mentiras...
-Los monstruos existen porque forman parte del plan divino, y hasta en las horribles facciones de los monstruos se revela el poder del Creador. Del mismo modo, el plan divino contempla la existencia de los libros de los magos, las cábalas de los judíos, las fábulas de los poetas paganos y las mentiras de los infieles. Quienes, durante siglos, han querido y sostenido esta abadía estaban firme y santamente persuadidos de que incluso en los libros que contienen mentiras el lector sagaz puede percibir un pálido resplandor de la sabiduría divina. Por eso, también hay esa clase de obras en la biblioteca. Pero, como comprenderéis, precisamente por eso cualquiera no puede penetrar en ella.Además -añadió el Abad casi excusándose por la debilidad de este último argumento-, el libro es una criatura frágil, se desgasta con el tiempo, teme a los roedores, resiste mal la intemperie y sufre cuando cae en manos inexpertas. Si a lo largo de los siglos cualquiera hubiese podido tocar libremente nuestros códices, la mayoría de éstos ya no existirían. Por tanto, el bibliotecario los defiende no sólo de los hombres sino también de la naturaleza, y consagra su vida a esa guerra contra las fuerzas del olvido, que es enemigo de la verdad.
Umberto Eco, El nombre de la rosa.
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sábado, 23 de abril de 2011
Feliz Día del Libro
jueves, 3 de diciembre de 2009
¿En qué creen los que no creen?

El domingo, cuando buena parte del país se acomodaba frente al televisor dispuesto a contemplar un duelo de titanes balompedístico, mientras madridistas y culés se atrincheraban tras un buen surtido de bebida y comida para picotear, un servidor abría las páginas del libro que, dentro de la colección "Biblioteca del Pensamiento Crítico", regalaba el día anterior un periódico de tirada nacional, disponiéndome a disfrutar una vez más del diálogo epistolar entre Umberto Eco, el genial semiólogo italiano, y Carlo Maria Martini, arzobispo de Milán en torno a la fe y al milenio cuyo fin se avecinaba en el momento en que fueron publicadas (entre 1995 y 1996). Su título, ¿En qué creen los que no creen? Un diálogo sobre la ética en el fin del milenio, es más que esclarecedor.
En palabras de Eco, a finales de este milenio se vivió una nueva aparición de los milenarismos (algunos de los cuales entroncan directamente con aquellos del primer milenio, falaces o no) que han convertido nuestra vida en un continuo despilfarro consumista (bibamus, edamus, cras moriemur, algo que, a mi parecer, sigue siendo así). Cuestiones como el sentido de la vida, el rol de la Iglesia (católica, se entiende, por la confesión de Martini) o el lugar de la ética en nuestros días son algunas de las tratadas por Eco y el arzobispo en una conversación pausada, amable, casi diría que amistosa, en la que se entrecruzan preguntas y respuestas y nos invitan, si no a compartirlas, sí al menos a reflexionar sobre ellas.
Cuando leí el libro por primera vez, hará un par de lustros, lo cierto es que me resultó muy interesante. Hoy día, sin haber perdido vigencia, sí que me ha parecido tal vez un poco más abierto, tal vez incluso condescendiente. Pero tal vez lo que así me parece no sea otra cosa que el ánimo de los autores de no dar respuestas tajantes a estas cuestiones, sino plantear el inicio de un camino que cada cual deberá recorrer por su cuenta, puesto que las creencias personales son, deben ser, eso mismo, de cada cual. El respeto por la diversidad, por las religiones y por el pensamiento individual, rezuma en cada palabra.
La segunda parte del mismo (pues cuenta con dos, la del propio diálogo de los autores principales, y una segunda que recopila una serie de colaboraciones que solicitó la revista en la que se publicaron inicialmente las cartas de Eco y Martini) es algo más transgresora. Los autores dan su punto de vista sobre la última pregunta de Martini a Eco: “¿cómo se puede llegar a decir, prescindiendo de la referencia a un Absoluto, que ciertas acciones no se pueden hacer de ningún modo, bajo ningún concepto, y que otras deben hacerse, cueste lo que cueste?”. Las respuestas son variadas, tanto como quienes las responden, y se cuentan desde aquellas que descartan la necesidad de un Dios absoluto que rija los designios de nuestras vidas y nuestro comportamiento, aunque sea de forma indirecta mediante el cumplimiento de sus mandamientos, hasta aquellas más cercanas al pensamiento religioso. Eso sí, siempre invitan a situarnos en la perspectiva de los demás y a plantearnos realmente nuestras convicciones respecto a la vida y el modo que tenemos de afrontarla.
En resumen, es un libro de lo más interesante, que me apeteció releer al encontrarlo en la colección que os comentaba y a raíz de encontrarme hace unos días con la entrada de Alienor acerca de libros sobre las religiones y su historia. Sirva este como pequeña adenda a aquellas y como invitación al diálogo entre laicismo y religión, la única forma en que podremos, si no compartir las ideas, sí entender y respetar las del otro. En palabras de Eugenio Scalfari (fundador del diario La Repubblica, y antiguo director del mismo):
Personalmente desconfío de ese Absoluto que dicta mandamientos heterónimos y produce instituciones llamadas a administrarlos, a sacralizarlos y a interpretarlos. La historia, cardenal Martini, incluyendo la de la Compañía religiosa a la que usted pertenece, me autoriza o, mejor dicho, me incita a desconfiar.
Por ello, dejemos a un lado metafísicas y trascendencias si queremos reconstruir juntos una moral perdida; reconozcamos juntos el valor moral del bien común y de la caridad en el sentido más alto del término; practiquémoslo hasta el final, no para merecer premios o escapar a castigos, sino, sencillamente, para seguir el instinto que proviene de nuestra común raíz humana y del común código genético que está inscrito en cada uno de nosotros.
Parafraseando el título del libro: sea como fuere, merece la pena dialogar, ¿no creéis?
Etiquetas:
epístola,
laicismo,
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