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sábado, 27 de marzo de 2021

Si quisiéramos, les apagaríamos los ojos


El eco de los pasos se superponía al ruido de las pisadas, acompasadamente, como una melodía en sordina, rebotando contra los muros de ladrillo y hollín de la calle, y resonando entre las temblorosas farolas de gas que apenas eran capaces de magnificar la húmeda neblina en la invisibilidad de la noche. Al fondo oímos un ruido y, conforme avanzamos, una sombra se hizo cada vez más oscura, más tangible.

Tenía, pudimos verla al llegar a su altura, el mismo rostro anodino de todas las anteriores, y la fofa barbilla temblaba sobre el amorfo montón de trapos que constituía su vestido. Yo, abrigado por del caro paño, envuelto en cinco vueltas de blanca bufanda, no sentía el frío ante la expectación que sentía por aquello que estaba por venir.

En la cara pintarrajeada se abrió un pozo con el brocal medio derruido y volcó sobre nosotros su aliento de pútridas palabras. Repitió la propuesta ante el silencio de mi amo. Por única respuesta éste me sacó a mí, y fue gozoso ver cómo al contemplarme sus ojos se deshacían de su etílica turbidez y parecían despertar por última vez a la vida. Venida de la nada, los periódicos os dirían al día siguiente quien era. Sobre hacia dónde iba, yo mismo se lo dije, me hice entender tras una lucha intestina, desentrañando sus más íntimas pulsiones.

Terminado el trabajo, muerto el placer, la gamuza me acaricia deshaciéndome de los pegajosos e infectos humores, y regreso al bolsillo sintiendo cómo mi amo desliza junto a mí un paquete de papel encerado, blando y cálido. Nos alejamos varias calles y aguzamos el oído hasta que la noche nos trae remotos gritos, el silbato delator, las carreras que no buscamos esquivar, que tratamos de atajar volviendo sobre nuestros pasos.

—Soy médico—dice entonces mi amo con voz de autoridad. Esta noche, he de reconocerlo, su temple me despierta admiración.

—Gracias a Dios. Venga, venga, por favor. Han encontrado a otra. Necesitamos confirmar el fallecimiento antes de que se llegue la prensa.

Benditas linternas que apartan la vaporosa niebla, que la constriñen y destierran fuera de los muros de ladrillo y de las oquedades reparadas con ripios, que arrojan las tinieblas hasta los márgenes de la escena a la que hemos vuelto para contemplar nuestra obra dibujada sobre los adoquines cubiertos de negro. Sin ellas, aunque nos abalanzásemos a la vía, ¿cómo íbamos a ver?


La imagen original puede encontrarse aquí.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Una breve entrada sobre casi todo

Siempre he dicho que, para enseñar, hay que tener un don especial, una vocación. Todos habremos sufrido, imagino, el síndrome del mal profesor, caracterizado por el sueño, el cansancio y falta de interés o, en último término, la indignación ante lo incoherente o insustancial de la exposición o las barbaridades que se dicen, que finalmente desemboca en una maravillosa adaptación que nos lleva a la anodinia para evitar perecer ante semejante cúmulo de agresiones al intelecto. Pero también existen profesores, maestros en su materia, maravillosos, que transmiten su saber con devoción, con ternura, que consiguen que sus alumnos se involucren y apasionen con materias en las que, a priori, no sería de esperar una participación activa por parte de estos.

Creo que con los libros de divulgación ocurre otro tanto. Al fin y al cabo, nos invitan a adentrarnos, siquiera de forma superficial, en terrenos que, ya sea porque quedan alejados de nuestro círculo de intereses personales, ya porque en lo profesional abundamos en ello, en ocasiones no resulta sencillo caminar. Cierto es que contar con un público receptivo (aquellos que sí están interesados en el tema en cuestión de un modo más directo) ayuda mucho, pero si el divulgador consigue llegar a un conjunto de lectores mucho mayor y despertar en ellos interés o apasionamiento en la materia, me parece que es como para quitarse el sombrero ante ellos.

Recuerdo, desde niño, haber leído libros de divulgación científica con tanta avidez como devoraba otras obras más literarias. Lo cierto es que me resultaría difícil definirme como “de letras” o “de ciencias”, como hemos hablado en alguna ocasión. Tampoco le veo mucho sentido, por otro lado, ni creo que sean mundos incompatibles (es más, no concibo a las unas sin las otras y considero todo un error llevar a cabo esa compartimentación del saber). Lo que sí creo es que se enriquecen mutualmente, que no se puede transmitir pasión por la ciencia sin cierto toque literario y que la literatura bebe de la ciencia, siquiera de las ciencias sociales, aunque sea de forma instintiva, para llegar al lector.


Pero bueno, me pierdo por los cerros de Úbeda, divagando como es característico en mí. Hoy quería hablaros de una obra de divulgación científica que me ha encantado. Ya la traje por aquí cuando me la regalaron y despertó interés entre varios lectores del blog, así que no podía dejar pasar la oportunidad de comentar mis impresiones sobre ella. Me refiero a Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson. Este mamotreto de arriesgado título (sí, es una obra extensa, ¿pero cómo hablar de “casi todo”?) me ha encantado. Ya había leído buenas críticas sobre él y lo tenía en la lista de pendientes, pero no fue sino a través de un regalo que finalmente lo tuve en mis manos, prestándome a devorarlo en cuanto me fue posible.
BillBryson, el autor, es conocido por sus libros de viajes, y se dispuso a escribir Una breve historia de casi todo, según sus propias palabras, al no encontrar respuesta a muchas preguntas que se hacía cuando leía algún libro sobre ciencia. También porque le habían hecho creer que esta era aburrida. Sin embargo, conforme se documentaba para escribir el libro, fue descubriendo que la ciencia resulta apasionante, que está directamente relacionada con nuestro día a día, con nuestra vida, y su pasión ante lo que iba descubriendo supo trasladarla a las páginas de su obra, que engancha al lector sin que este se de cuenta.

Resumir en poco más de medio millar de páginas lo acontecido en los últimos trece mil millones de años, desde la gran explosión que dio origen al universo hasta llegar a nuestros días, saltando de la astronomía y la física a la geología, la química o la biología, no resulta una labor baladí. Sin embargo, Bryson ha conseguido acometerla con tino aunque al principio el trato en exceso familiar que dedica al lector llegó a chocarme, haciéndome dudar sobre la traducción del mismo y resultando algo forzado, a mi entender. Lo cierto es que el libro se deja leer, maravillándonos sin apabullar con centenares de cifras y enseñando con gracia lo que con otros nos habría podido llegar a parecer árido.

Si temes a las matemáticas, la física o la química es porque no tuviste suerte con tu profesor. Bryson nos ofrece la oportunidad, como otros grandes divulgadores, de descubrir lo amena que resulta la ciencia. Y, aunque no tenga nada de ficción, comprobar lo poética que puede resultar…
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser... todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.
Aprovecho para desearos unas felices fiestas y dejaros con un par de canciones de Sting que me encantan, ahora que ya entró el invierno, así como un vídeo que encontré y me gustó (aunque no guarda mayor vinculación con el libro que nos ocupa que compartir el título y algo de su inspiración de recopilación histórica).




Feliz Navidad.

viernes, 13 de noviembre de 2009

¿Publicidad?

Esta es una entrada atípica. Por lo breve (¡Homo libris conciso! ¡Que va al grano! ¡Increíble!) y por la temática. Tiene que ver con nuestro querido club, Bibliolandia, y con algunos aspectos de la mudanza que no terminaron de gustarme por cuanto que por mi parte, además de Homo libris de trotalómica condición, soy poco dado a dar concesiones a la publicidad y otros sistemas intrusivos en nuestros ordenadores. Deformación profesional, tal vez, pero que me llevó a plantearme qué hacer con el sistema de foros de la nueva Bibliolandia. Y es que podría montarse un sistema así utilizando algún servidor propio, pero lo más cómodo, rápido y, por qué no decirlo, económico, era basarnos en algún sistema ya creado y disponible para su uso. Cuando lo estuve hablando con R., la idea había pasado por mi cabeza pero él se había adelantado porque, además de pensarlo, también había estado investigando. Le comenté que el requisito que por mi parte pediría al lugar donde nos mudásemos es que permitiera realizar copias de seguridad de los mensajes para que, si en un futuro teníamos que mudarnos a otro servidor, pudiésemos recuperar sin problema los debates que se habían desarrollado en el pasado. El sitio encontrado por R. cumplía con creces esta condición, además de contar con una buena velocidad de acceso y un entorno agradable. Pero tenía publicidad, tanto en los mensajes como en el sistema de registro. La idea no me gustaba demasiado, pero tenía solución, y ahora que los chicos de El Guisante Verde Project han mostrado también ser reacios a enfrentarse a la publicidad, os voy a comentar un método para evitarla.

La publicidad que aparece en las páginas del foro puede ser controlada y limitada mediante el uso del fichero host de nuestro ordenador. Hace mucho, mucho tiempo, escribí algo al respecto en mi blog de informática Lobosoft. Si leéis la entrada, veréis que simplemente sustituyendo ese archivo en vuestro ordenador (o añadiéndole líneas con más contenido) podéis limitar la publicidad que aparece en el mismo. En ocasiones, aparecerá el un recuadrito con el mensaje de error “No se pudo cargar la página web”, que es simplemente el acceso a la publicidad que no pudo llevarse a cabo. En otras, como en el caso de Bibliolandia, la página aparece “limpia”, como si nunca la hubiera tenido. Si queréis probarlo, os dejo dos archivos para su descarga. Un fichero hosts que únicamente quita la publicidad de Bibliolandia (y que iré actualizando si vemos que aparecen más servidores que incluyan publicidad en la misma) y otro mucho más completo, que es el que uso en mi ordenador, y que tiene más servidores de publicidad anulados. El resultado, navegando con estos ficheros, es el siguiente (podéis pulsar para ampliar la imagen):

Respecto al correo de registro, en el que nos llegará publicidad, ahí la solución pasa por tener una cuenta de correo para este tipo de usos, distinta de la que usamos habitualmente. Yo tengo una con la que me registro en los sitios que, como este foro, exige una dirección de correo y la aceptación de correo publicitario para poder usar el servicio. Así la cuenta de correo usual no sufre esos envíos. Otra opción es utilizar el sistema de filtros de vuestro correo habitual para eliminar automáticamente los correos publicitarios que lleguen a vuestro ordenador. De todas formas, de las dos soluciones yo me quedaría con la primera, por si la dirección de correo fuese difundida por parte de la empresa de publicidad, que no os llegue spam de otros sitios.

Ups, al final creo que he escrito demasiado. Espero, en cualquier caso, que os haya gustado la idea y que no nos resulte demasiado compleja. De todas formas, aquí me tenéis disponible para resolver cualquier duda que os pudiera surgir al respecto.

P.S.: Una última nota, dado que la entrada es un off-topic en toda regla: Google Street View, la utilidad de Google Maps que permite recorrer las calles de algunas ciudades de forma virtual, ha activado su servicio en Granada, Málaga, Córdoba, León, Zaragoza, Burgos... ¿os apetece una vueltita virtual por alguna de ellas? ;)

domingo, 16 de agosto de 2009

Libros, bibliotecas y herramientas

La capacidad organizativa es una virtud que no debería faltar entre quienes coleccionamos de forma sistemática cualquier tipo de objeto. Esto es particularmente útil entre los amantes de los libros. Ya hace algún tiempo nuestra amiga Isi nos comentaba que había comenzado a clasificar su biblioteca personal (y la paterna) utilizando una aplicación informática a tal efecto. Elwen también hablaba recientemente sobre una página web, Anobii, que nos permitía clasificar nuestros libros y compartir esta biblioteca virtual con otros usuarios para contrastar títulos, compartir lecturas y llevar a cabo todo uso práctico que se nos pudiera pasar por la cabeza. A raíz de un comentario de Elwen en la entrada sobre el rey Arturo en la literatura, donde anunciaba su interés en leer a Tennyson y la imposibilidad de encontrarlo en la biblioteca pública a pesar de aparecer como disponible en el catálogo de la misma, se me pasó por la cabeza la temática para la entrada de hoy: la catalogación bibliotecaria.

Tranquilos. No es mi intención comenzar a desglosar los distintos tipos de catalogación posible en una biblioteca, sea ésta personal o pública, ni glosar las bondades de la Clasificación Decimal Universal, aunque a algunos bibliotecarios puede que les viniera bien conocerla (es inconcebible cómo en la principal biblioteca pública malagueña los libros estén clasificados como hace 20 años los encontraba en la de mi pueblo o en la del colegio, sin orden ni concierto sobre la temática, autoría o género de los mismos). Simplemente quiero presentar la biblioteca como el laberinto que presentía Borges, regido por un catálogo de normas que nos permiten recorrerlo sin perdernos en él si nos afianzamos en el hilo de Ariadna de su clasificación. Basta un corte, una interrupción en la delicada hebra para que nos perdamos sin solución entre los muros forrados de libros que amenazan con volcar sobre nosotros. Ponerlo a prueba es simple; tomemos un libro, recorramos sin orden ni concierto la biblioteca y depositémoslo entre sus semejantes en una ubicación nueva e indeterminada. La biblioteca seguirá acogiendo al libro, pero éste habrá desaparecido como si nunca hubiera existido. El bosque esconde al árbol, y sin un orden adecuado nunca lograremos localizarlo de nuevo. Sólo el azar, el deambular por la biblioteca sin afán de encontrar un ejemplar determinado, dejando simplemente que venga a nuestras manos de forma casual, podrá restablecer el título perdido a la circulación.

Es por ello, por la insolidaridad del desorden, por la facilidad con que un libro puede desaparecer durante meses o años aun estando dentro del sagrado recinto bibliotecario, que me desespera encontrar un libro en un catálogo para constatar, justo a continuación, que el libro no se puede localizar. No está. No podemos leerlo. En ocasiones basta con mirar alrededor del lugar en el que esperábamos encontrarlo para verlo desubicado, colocado en la misma balda, a escasos centímetros de donde debería estar. Otras veces puede encontrarse en el estante superior o en el justamente inferior, y nuestro gozo al verlo es inconmensurable. Incluso puede estar tras otros libros, empujado hasta quedar oculto por un despistado lector que colocó a uno de sus semejantes desplazándolo sin miramientos. Suspiramos con alivio y nos llevamos el libro con nosotros, porque lo habíamos dado por perdido cuando sólo se encontraba extraviado.

Pero ocurre en ocasiones que no se da el grato encuentro y el libro es declarado formalmente en situación desconocida. Puede haber sido sustraído y nunca más volverá a aparecer, o puede permanecer escondido por tiempo indefinido, cuasi infinito, entre sus semejantes. Ante esto, no nos queda más que desesperar y, por supuesto, intentar conseguirlo por otros medios. Uno de ellos, bastante vilipendiado, es la copia digital de libros. En particular, la digitalización llevada a cabo por la compañía norteamericana Google ha suscitado un debate encarnecido sobre la necesidad o no de llevar a cabo esta labor y la conveniencia de que sea el capital privado quien la lleve adelante. Sin entrar en la discusión (aunque si lo deseáis, podemos tratar el tema), y dejando clara mi posición a favor del acceso universal a la cultura, lo cierto es que bien llevado el servicio puede propiciar este acceso, al igual que mal entendido puede coartarlo. Entre otras utilidades del servicio he descubierto estos días una bastante interesante que puede ayudarnos a catalogar también nuestros libros. Simplemente introduciendo la lista de los ISBN de aquellos que deseemos incluir en nuestra biblioteca personal, Google se encargará de rellenar los campos de título, autor, fotografía de la portada si está disponible, etc. Es posible después exportar la lista de libros a un fichero XML que incluya esta información y, de paso, ofrecemos una poca más sobre nosotros, nuestras aficiones y predilecciones lectoras al Gran Hermano Google…

jueves, 2 de julio de 2009

Leyendo juntos

La consecución del Plan Infinito es, por propia definición, imposible de alcanzar. Ni podremos jamás leer todos los libros escritos ni, por supuesto, los que están por escribir. Como dijera el inmortal Borges, “que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mi me enorgullecen las que he leído”, así que, dado el carácter utópico de nuestro plan, no cabe otra cosa que elegir nuestras lecturas de una forma que, al menos de forma personal e intransferible, nos resulten gratas, enriquecedoras y amenas.

Sin embargo, hay ocasiones en las que podemos dejarnos influir por las opiniones de terceras personas. Es el caso del deseo de leer el libro del que nos habla un amigo, conocemos a través de una crítica, o envidiamos a nuestro blog vecino por haber disfrutado antes que nosotros de su lectura, en tanto él (el vecino), nos envidia a nosotros porque aún conservamos la inmaculada inocencia del que está por adentrarse en algunas de las páginas más queridas de su vida.

En los últimos meses, desde que comencé el proyecto tantas veces imaginado como abandonado antes de ser puesto en práctica, hijo bastardo de una página web que ya no está, y que coexistió con los primeros pasos del que es, hoy día, el buscador de referencia, y en particular desde que esta bitácora comenzó a tener vida propia y a pulular por los de aquellos que posiblemente ahora leáis estas líneas, mi lista de libros pendientes no ha hecho otra cosa que crecer, y crecer, y crecer… Además, algunas de las lecturas que recomendáis, y que recomiendo, pasan de blog en blog hasta que son leídos por algunos de nosotros, y vueltos a recomendar, o no. Ante esta situación, y habida cuenta de la expectación que han despertado algunos de los autores sobre los que hemos hablado en los últimos tiempos, en el blog de Elwen, tratábamos unos días atrás la posibilidad de iniciar un Club de Lectura, donde compartir las impresiones que nos causase una determinada lectura. Existen numerosos clubs de este tipo, con sus virtudes y defectos, pero entre estos últimos se cuentan, por ejemplo, que no todos podemos estar interesados en leer un mismo libro, que el libro elegido pudimos haberlo leído tiempo atrás, y no apetecernos releerlo, o que nos falte tiempo para abarcar obras demasiado extensas. Todos estos impedimentos pueden tener fácil solución: no leer el libro, y dejar pasar esa lectura compartida hasta ver si en la siguiente hay más suerte, no releer el libro y comentarlo, o no, a partir de los posos que dejase en nuestra memoria e, incluso, leer el libro más adelante, o en un tiempo mayor al designado, y no entrar en el coloquio en torno a la lectura. Por todo esto, planteé en Midnight Eclipse una opción posible, que no sé si estará explotada, y es llevar a cabo lecturas colectivas de un determinado autor. Os cuento mi idea al respecto.

Cada cierto tiempo (en esta primera propuesta voy a invitaros a una lectura comprendida en un par de meses y medio), se plantearía la lectura de la obra de un autor. Un blog, que actuaría como anfitrión, escribiría una entrada que sirviese como adelanto a la vida y obra del autor, plantearía una bibliografía básica (los libros más conocidos o recomendables del autor, alguna obra apenas conocida pero igualmente interesante…), y establecería un plazo, relativamente amplio, para dar tiempo a leer uno o varios los libros del autor, que podrían ser los de la lista, o algún otro que no estuviese contemplado en la misma. Los blogueros que estuvieran interesados en participar, irían comentándolo en la entrada, y publicando en sus respectivos blogs las reseñas de los libros que fuesen leyendo de este autor.

Aproximadamente una semana antes de la fecha, el blog anfitrión recibiría por correo o mediante comentarios los enlaces a las entradas de cada blog participante, para publicar el día señalado una entrada con una lista de las críticas, reseñas y comentarios de los blogueros que estén participando en el Club de Lectura. A partir de entonces, podría entablarse un debate sobre el autor y su obra, sin entrar, claro está, en detalles sobre la trama, a menos que todos hubiésemos leído la obra en cuestión. Creo que podríamos descubrir parecidos entre distintas obras del autor, espacios comunes creados por el mismo, similitudes o divergencias en las tramas, e incluso la evolución a lo largo del tiempo de su forma de pensar y escribir. El debate podría ser libre, en los comentarios del blog, o conforme pasase el tiempo, crear una lista de distribución, foro o grupo donde escribir, e incluso crear para los comentarios una determinada estructura (por ejemplo, comenzarlos con el nombre de la obra sobre la que vamos a hacer el comentario, para evitar descubrir detalles a quienes no estén interesados en que se les descubra algo antes de leer el libro).

¿Qué os parece la idea? ¿Os animaríais a participar en un club así? Si hay personas animadas, y a menos que se os ocurra algún otro tema o autor, os propondría a Murakami como autor para comenzar con el club, y ya que hubo algunos comentarios sobre la falta de tiempo, dejaríamos todo el verano para leerle, que alguna obra suya podrá caer en el calor estival. Para inicios o mediados de septiembre podría ser una buena fecha, siempre que los exámenes no vayan a interferir en el debate. ¿Hacemos una cosa? Comentad qué os parece la idea, el autor elegido y el plazo, y si vemos un posible consenso en todo ello, nos ponemos manos a la obra con el Club. Si lo veis mejor como un club de lectura habitual, escogiendo un único libro que leer, tal y como nos comenta Isi en Midnight Eclipse, optamos por ese modelo.

¡Feliz lectura!

viernes, 19 de junio de 2009

Y dijo Aquiles...

Leyendo la última entrada de Elwen en Midnight Eclipse, en la que hace referencia a la novela Seda, de Alessandro Baricco, me ha venido a la mente un párrafo de otro libro suyo, Homero, Ilíada, que me encantó cuando lo leí, y que siempre recuerdo cuando, tras dedicar todo el esfuerzo posible a un proyecto, no lo valoran lo suficiente o, simplemente, lo menosprecian. En el endogámico mercado laboral de la informática suele ocurrir, y en momentos de particular estrés y tensión, dan ganas de convertirse en Aquiles y declamar:

Hijo de Laertes, divino de mente astuta, es mejor que hable claro y diga lo que pienso, y lo que sucederá: así nos evitaremos seguir charlando inútilmente. No hay en la tierra ni un solo aqueo que pueda convencerme de que abandone mi ira. No podrá hacerlo Agamenón, ni podréis hacerlo vosotros. ¿Qué provecho obtiene quien combate, siempre, sin tregua, ante cualquier enemigo? El destino es igual tanto para el animoso como para el bellaco, igual es el honor para el valiente que para el cobarde, y mueren igual el holgazán y el esforzado. Nada me queda después de haber sufrido tanto, después de haber arriesgado mi vida en todo momento en el corazón de la batalla. Como un pájaro que lleva a sus polluelos la comida que con tanto esfuerzo ha conseguido, del mismo modo pasé yo muchas noches insomnes, y muchos días dediqué a luchar contra el enemigo en el campo ensangrentado.

[...]

Ve a donde esté Agamenón y refiérele lo que te he dicho, y hazlo en voz alta, delante de todos, de manera que los demás aqueos sepan qué clase de hombre es, para que tengan cuidado, no vayan a ser engañados ellos también. Yo os digo que, por muy desvergonzado que sea, no volverá a tener el valor de mirarme a los ojos. Y yo no iré en su ayuda, ni combatiendo, ni dándole consejo; ya he tenido bastante, que se vaya al diablo, nada puedo hacer si se ha vuelto loco. Él ya nada me importa, y odio sus presentes: aunque me diera diez, veinte veces cuanto posee, aunque me ofreciera tantos bienes como granos tiene la arena, ni siquiera así lograría doblegar mi corazón. Antes tendrá que pagar, hasta el fondo, la horrible ofensa con que me ha herido.

Poco más por hoy. Me alegra que haya llegado el fin de semana, con sus prometedores momentos de lectura relajada, y el buen tiempo (más que eso, tórrida climatología). ¡Disfrutadlo en lo posible!

miércoles, 10 de junio de 2009

Cifras y letras

Existe, desde el principio de los tiempos, una estrecha relación entre el mundo de las letras y el de las matemáticas, y en particular entre aquellas y la simbología de los números. En numerosos escritos suelen encontrarse referencias a cifras mágicas, con un significado oculto reservado para unos pocos iniciados. Esto es tanto más cierto cuanto más nos acercamos a los escritos de origen místico o religioso, en los que abundan textos que podrían ilustrar claramente lo que afirmo: los doce apóstoles de Jesucristo, los cuarenta día con sus cuarenta noches de diluvio universal, los siete pecados capitales e igual número de brazos de la menorah judía o los cinco pilares del Islam recogidos en el Corán, por poner unos pocos ejemplos. Sin embargo, esta preferencia por los números de significado cabalístico no es exclusiva de los libros sagrados de las religiones, sino que se encuentra con frecuencia en el folclore de los pueblos y en los escritos cultos de toda la Historia.

Por ejemplo, el número tres es uno de los más recurrentes. Podemos encontrarlo en la mitología griega, donde Paris, hijo del rey de Troya, es llamado por Zeus para dirimir quién sería, de entre las diosas Atenea, Hera y Afrodita, la más bella. Paris elegiría a la tercera, Afrodita, diosa del amor, que le otorgaría a cambio el amor por Helena, mujer de Menelao, rey de Esparta, y que traería desastrosas consecuencias por todos conocidas, y narradas para la inmortalidad en la Ilíada de Homero.

También eran tres las hermanas de la fábula que aparece en el cuarto libro de El asno de oro de Apuleyo. Psiches, la más joven y hermosa de todas, comienza a ser adorada como una diosa, por lo que sus coetáneos olvidan el culto a Venus. Ésta, enfadada, ordena a Cupido que la condene a enamorarse del más desgraciado de entre los mortales, pero es salvada in extremis por él, aunque no será la última desgracia de Psiches, que deberá enfrentarse a la envidia de sus hermanas mayores.

En El rey Lear, Shakespeare plantea una situación similar, al obligar el viejo rey a sus tres hijas a que le demuestren su amor. Las dos mayores de deshacen en carantoñas y alabanzas a su padre, pero la tercera no cree que ésta sea la manera de demostrar el inmenso amor que siente hacia su padre, y rehúsa actuar así. El rey Lear, no entendiendo la actitud de su hija, decide desheredarla y someterla a escarnio.

También en El mercader de Venecia, el bardo inmortal -como le llamaría Asimov en un genial relato-, introduce una situación similar, mostrando a la joven Porcia que, a petición de su padre, elegirá por esposo a aquél de entre sus pretendientes que sepa escoger con acierto entre tres cofrecillos, uno de oro, otro de plata y un último de plomo, el que contiene un retrato de la amada. Adivinad, o recordad, cuál es el correcto.

Soy un confeso amante de los cuentos tradicionales, especialmente de los cuentos populares rusos. Algún día debería escribir sobre mi particular pasión por la recopilación de Afanasiev, y las lecturas y relecturas que suscitaron sus libros durante mi infancia. Entre la variada temática de estos cuentos es habitual encontrar a tres hermanas, de las cuales la más inocente es la menor, o tres hermanos el último de los cuales parece ser siempre de cortas entendederas, y que tras sufrir la mofa de los mayores consiguen, gracias a su inteligencia e ingenio, salir victoriosos de cuantos obstáculos les son impuestos. La vaquita parda, Fomá Berénnikov, El adivino o El gato, el gallo y la zorra, son algunos de estos cuentos.

No es el tres el único número habitual de la literatura, aunque sea uno de los más abundantes, y su presencia se produzca acompañada de una particular simbología: el tercero siempre será el menor, el más desvalido, pero sabrá imponerse por encima de quienes intentan oprimirle. El siete también es una cifra bastante significativa y generalmente viene acompañada de la fortuna, aunque todo jardín tiene su ortiga. Siete es el número que ocupa Alvin Maker dentro de la familia de los Miller. Es el séptimo hijo de un séptimo hijo, lo que le concede una serie de poderes mágicos que le llevan a convertirle en un Hacedor, algo que le traerá terribles consecuencias de manos de un implacable enemigo. Como curiosidad, enhebrando el tema con el de la entrada de hace unos días, la banda inglesa Iron Maiden lanzó el disco Seventh Son of a Seventh Son basándose en esta saga de Orson Scott Card, convirtiéndose en uno de los más grandes álbumes conceptuales de todos los tiempos.

El uso de números para transmitir un significado oculto o místico a los textos ha trascendido a todos los géneros literarios, incluso el humorístico. Terry Pratchett, en su libro Ritos iguales, lleva a cabo una inigualable parodia de la saga de Alvin Maker al presentarnos a una joven Eskarina, octava hija de un octavo hijo, que adquiere poderes de bruja y mago a un mismo tiempo. La parodia no ha hecho más que comenzar.

Haciendo un singular y mal chiste: rememorando lecturas en las que los números cobrasen una especial importancia, ¿qué os contáis?

P.S.: Ya que el tres ha sido el número simbólico más referido en la entrada, os dejaba arriba una fotografía de Trotalomas Pissoni (Trotty para los amigos) junto a la madre de Firmin y su segundo esposo, Azufaifo de Indias. Trotty es una cobaya de biblioteca y gran amigo de Obito y Lupi, nuestros gatos lectores.