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miércoles, 4 de julio de 2012

El expediente Barcelona

No me prodigo últimamente demasiado con las entradas del blog, pero resultaría de todo punto impensable que dejase pasar la ocasión de hablaros de uno de los libros que posiblemente más haya citado por aquí. No hace mucho terminaba de leer El expediente Barcelona, la primera de las novelas de Francisco González Ledesma en la que hace aparición el inspector Méndez, protagonista de tantas obras imprescindibles del autor, y he de decir que me ha encantado. Si bien la lectura se ha prolongado mucho más de lo que habría sido habitual para un libro de poco más de 300 páginas, ya que lo he leído en el poco ortodoxo soporte de mi móvil, aprovechando momentos vacíos y trayectos en transporte público cuando no llevaba un libro encima, lo cierto es que la he disfrutado hasta el punto de releer sobre la marcha fragmentos y capítulos completos, y estoy deseando hacerme con una copia en papel, ya que fue reeditado no hace mucho (y es que, señoras y señores que “velan” por la cultura, los libros electrónicos no tienen que suponer forzosamente la muerte de los tradicionales).


En El expediente Barcelona Ledesma nos llevará a los barrios de Barcelona que tan bien conoce, como no podía ser de otro modo, para descubrirnos las entretelas de un caso de terrorismo en el que aparecen vinculadas figuras de la burguesía catalana y los nuevos sindicalistas del posfranquismo en una historia hilvanada con una fina ironía, con el profundo desencanto de los que abandonaron sus ideales y con un amor interesado e inconstante.

En la novela se palpa el conocimiento que tiene el autor sobre el mundo del periodismo, de la abogacía y del movimiento obrero en la Barcelona de la época (no hay que olvidar que este abogado, dedicado a la literatura desde su juventud a pesar de ser censurado por el franquismo, tuvo que trabajar para Bruguera como escritor de novelas populares y como abogado de la editorial, y que además llegó a ser redactor jefe de La Vanguardia), y constituye un fiel reflejo de la sociedad barcelonesa de aquel entonces; un ejemplo en toda regla de la novela negra de corte social en España que conviene no perder de vista.

Por lo pronto, a mí se me ha abierto el apetito por la novela negra, un mundillo en el que hacía tanto que no me adentraba más que por las imprescindibles reseñas de Lammermoor o de Alice Silver, y que me apetece saciar continuando con la lectura de la “Serie Méndez”. Me esperan, por tanto, en cuanto dé buena cuenta de los libros que tengo entre manos, Las calles de nuestros padres. Entretanto, os invito a disfrutar este verano de esta impactante novela y os dejo con algunas de las apariciones de fragmentos de la misma en el blog y con la entrevista a González Ledesma.
¡Feliz lectura!

miércoles, 23 de mayo de 2012

Sentimiento colectivo

"Lamento" tener que seguir extrayendo párrafos de Expediente Barcelona para traerlos al blog, pero es que además de la calidad literaria de González Ledesma me temo que la crítica social que contiene (esa de la que carece la novela negra española en contraposición de la nórdica, según afirmaban miembros de cierta asociación de traductores granadina para indignación propia y de extraños) está más de actualidad que nunca. Así,
Con Rodríguez, con Costa, con dos estudiantes de Derecho, un profesor de la Escuela Social y tres obreros fundamos el Centro Interior de Resistencia. Ya no se trataba de hablar, de reunirnos en los bares y de recitar nostalgias, sino de enfrentarnos a la situación con medidas que estuvieran a nuestro alcance de gentes que sufrían. En el local de una asociación literaria donde se editaba una revista condenada a garrote vil, nos reunimos para hacer un religioso inventario de nuestros sueños. Los obreros hablaron de huelgas, de jornales y de libertad sindical; nosotros hablamos de libertad de prensa, de eliminación de la censura y de los tribunales especiales, además de un cambio total en el profesorado universitario. Nos dimos cuenta en seguida de que no acabaríamos de coincidir jamás, de que ellos pedían unas mejoras concretas para hoy, mientras nosotros construíamos en las nubes la España del mañana.
[...]
Era difícil que nos uniésemos de verdad para hacer algo cuando enfrente teníamos a las comunidades de intereses más potentes de Europa; y las comunidades de intereses, señorita Jou, son más fuertes que todos los sueños paridos por la izquierda desde Pablo Iglesias hasta ahora, cosa que a mí me dolía reconocer. Por eso la verdadera izquierda no se pone de acuerdo jamás, puesto que tiene que administrar a la vez dinero, resquemores, banderas, mártires y ráfagas de viento. La derecha solo tiene que administrar intereses, para lo cual, además, emplea a los tecnócratas, los milagreros del siglo XX.
[...]
A veces me preguntaba, durante la noche, mientras oía moverse a la Isabel en la habitación contigua, si tenía algún sentido hacer todo aquello. Al fin y al cabo, ¿en qué país me movía? La gente que a uno le empuja en las calles, la que se disputaba los pisos y compraba los televisores a plazos, había perdido toda sensibilidad, todos sus ideales colectivos. [...] Yo me daba cuenta de que mi ciudad, mi país —pero a mí solo me importaba mi ciudad— estaba formada por hombres que tenían o buscaban un trabajo, una mesa, una mujer y una cama: habían llegado a no pensar en nada más. El país consistía en un simple juego de posibilidades económicas: lo importante era atrapar alguna, asirse a ella, mejorarla, mamarla y procurar que a uno no le pillasen las ruedas. A eso se le llamaba oficialmente «hacer grande a España». A falta de otra, los jerarcas de la situación se referían constantemente a esta tarea. Y luego, con la democracia, ha pasado lo mismo. Los grandes sentimientos colectivos ya no tienen cabida en la indiferente España.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Cosecha roja

“Si utilizas al enemigo para derrotar al enemigo, serás poderoso en cualquier lugar a donde vayas.”
Sun Tzu, El arte de la guerra.
Volver a Hammett para leer Cosecha roja, su primera novela, me ha hecho consciente de lo imperdonable que resulta no haberlo hecho antes. A Hammett se le conoce habitualmente a través de las increíbles adaptaciones cinematográficas que se han llevado a cabo a partir de sus libros, y en mi caso comencé a leerle por una de los más populares: El halcón maltés, para seguir con La llave de cristal, La maldición de los Dain o Dinero sangriento.
La primera persona a quien oí llamar Poisonville a la ciudad de Personville fue un zafrero pelirrojo, en el Gran Barco de Butte. Pero también cambiaba en diptongos otras erres. Y no presté atención a lo que hiciera con el nombre de la ciudad. Más tarde escuché a otros el nombre de igual manera. Aun así, no vi en ello sino un ejemplo más de ese inane donaire que suele inspirar los retruécanos de la germanía. Pero unos años más tarde fui a Personville y entonces comprendí mejor el porqué.
Durante cuarenta años, Elihu Willsson, el viejo, padre del que había muerto aquella noche, fue el dueño de Personville, en corazón, alma, piel y entrañas. Era presidente y accionista mayoritario de la Personville Mining Corporation, así como del First National Bank, propietario del Morning Herald y del Evening Herald, los únicos periódicos de la ciudad, y copropietario al menos de todas las demás empresas de alguna importancia. Aparte de estos bienes, era propietario de un senador de los Estados Unidos, de un par de diputados, del gobernador, del alcalde y de la mayor parte de los diputados del Estado. Elihu Wilsson era Personville y casi todo el Estado.
Cosecha roja atrapa desde el primer momento al lector, desde que Hammett nos muestra a un particular detective privado llegando a la ciudad minera del estado de Montana que ha sido rebautizada como Poisonville, y con razón —lo del cambio de nombre, digo—, porque por sus calles deambulan personajes de la peor calaña conocida. Nuestro detective, un agente de la Continental del que nunca sabremos el nombre, es un tipo duro, no demasiado agraciado físicamente, según se esboza en un momento concreto de la novela, casi como si le contempláramos a través de un cristal esmerilado, y no duda en manipular la situación a su antojo y conveniencia. Contratado por el hijo de un magnate de la ciudad, apenas llega a la ciudad asiste a una sospechosa escena y a la mañana siguiente recibe la noticia de que su cliente ha sido asesinado. Ni corto ni perezoso, y sin saber a qué atenerse, se dirige a ver al padre, a Elihu Willson, “el Viejo” que decide no iniciar investigación alguna… hasta que intentan asesinarle en su casa, momento en el cual contrata al detective de la Continental.


Cuando nuestro detective comienza a investigar el caso descubre toda la escoria que se esconde en los bajos fondos de la ciudad, incluyendo las relaciones del magnate con los matones que controlan la ciudad. “El Viejo” decide entonces prescindir de sus servicios, ya que le interesa tener bajo su control a los diversos componentes del hampa, pero el agente decidirá que, aceptado el dinero del caso por parte de la Continental, no hay marcha atrás: sacará todos los trapos sucios de la emponzoñada ciudad.

Cosecha roja hace gala del título de la novela: con un ritmo trepidante, logrado a partir de una narración basada en frases cortas y repleta de momentos memorables, se suceden los acontecimientos que devendrán en una orgía sangrienta donde el final del libro se torna incierto.
—Soy Bill Quint.
—¿De veras? —exclamé tratando de recordar su nombre—. ¡Encantado de conocerle!
Saqué la cartera y rebusqué en mi colección de tarjetas, reunidas en diversas circunstancias. La que yo buscaba era roja. En ella decía que yo era Henry F. Neill, marinero, eficaz militante de la Industrial Workers of the World. Por supuesto era mentira.
Le extendí la tarjeta roja a Bill Quint. La leyó con detenimiento por delante y por detrás, me la devolvió y me escrutó desconfiado.
—Bueno, éste ya no se levanta —dijo—. ¿Adonde va usted?
—A cualquier sitio.
Nos pusimos a caminar y, creo que al azar, doblamos una esquina.
—¿Cómo es que ha venido aquí si es marinero? —me preguntó sin demasiado interés.
—¿De dónde sacó usted esa idea?
—Lo dice la tarjeta.
—Tengo otra que dice que soy carpintero —dije—. También puedo ser minero, mañana mismo conseguiré un papel que lo acredite.
—Eso lo veo difícil. Yo soy el que manda en los que trabajan aquí.
—¿Y si recibiera un telegrama de Chicago? —le dije.
—Me importa un bledo Chicago. Aquí mando yo. —Señaló la puerta de una taberna y me preguntó—: ¿Usted bebe?
—Sólo cuando tengo bebida delante.
Decía al comienzo de la entrada que la obra de Dashiell Hammett es también conocida por algunas de las adaptaciones cinematográficas de sus libros. Cosecha roja no podía ser menos, y de hecho son varias las ocasiones en que la novela ha sido trasladada al celuloide, en algunas de ellas de una forma igualmente memorable. La primera de ellas traslada la acción de una ciudad minera en EEUU al Japón de los samuráis y, efectivamente, se trata de “Yojimbo” (1961), del genial Akira Kurosawa. Pocos años después, en 1964, Sergio Leone trasladaría la historia al salvaje oeste americano y permitiría alcanzar la fama a Clint Eastwood en “Por un puñado de dólares”, primera película de la “Trilogía del dólar”. Pero Cosecha roja seguiría cosechando localizaciones, y en 1984 el director islandés Hrafn Gunnlaugsson convierte al detective en vikingo dentro de la cinta “Cuando los cuervos vuelan (Ojo por ojo)”, primero de los títulos, también, de una trilogía. Para acabar, en 1996 Bruce Willis se mete en el papel de “El último hombre”, una de las versiones más cercanas en la ambientación al libro, ya que volvemos a EEUU, a un pueblo de Texas a principios de la década de los años 30 del pasado siglo, donde se desarrolla una guerra implacable entre bandas de gángsteres.

En resumen, buena literatura, mucho entretenimiento y una crítica social de las que no dejan indiferente de manos de uno de los fundadores de la novela negra. Y, para rematar (nunca mejor dicho), una buena oferta cinematográfica asociada. ¿Se puede pedir más?

Feliz lectura.

miércoles, 11 de mayo de 2011

De ferias del libro, ondas hertzianas y otras hierbas

El pasado fin de semana, y pese a que el transporte público hizo de las suyas en un par de ocasiones, tanto Azote como yo pudimos visitar la Feria del Libro de Granada en el único fin de semana en el que coincidiríamos con su celebración este año. 

Siempre he sido más amigo de las ferias de libros antiguos y de ocasión porque, generalmente, uno suele encontrar desde verdaderas gangas a preciosidades que cuesta incluso abrir por miedo a estropearlas. Sin embargo, la Feria del Libro que en Granada suele celebrarse siempre a principios de la primavera invita a descubrir novedades, pequeñas joyas en forma de ediciones cuidadas y presentadas por editoriales prácticamente desconocidas y libros relacionados de un modo u otro con una ciudad de la que irremediablemente quedamos prendados.

Este año, al descubrimiento de un par de editoriales (la cordobesa El Olivo Azul, de quienes me enamoró su colección "Narrativas", y la granadina Traspiés, con su Vagamundos) y de una exquisita obra que vino conmigo (os hablaré de ella una próxima entrada) se sumó el placer de reencontrarme con una amiga a la que no veía desde años atrás. Aunque nunca perdimos el contacto fue necesario coincidir en aquella encrucijada para volver a vernos. Recordamos viejos tiempos frente al micrófono, cuando llevaba junto a un amigo una sección sobre medio ambiente en la radio local, y nos propusimos retomarlo de una u otra forma; ojalá lo hagamos realidad. Curiosamente, horas después me topaba con otro viejo amigo, con quien también hice radio en su día en un programa más "rockero-metalero" y junto a quien, además de otros amigos llegué a editar tres revistas culturales (fundando juntos una de ellas).

En aquel ínterin, Azote y yo aprovechamos para acudir a una charla-coloquio sobre la traducción de sagas nórdicas que, por desgracia, no resulto del todo de nuestro agrado. Si bien resultaba a todas luces evidente la competencia de los cuatro conferenciantes en sus labores de traducción, lo cierto es que el debate me pareció improvisado y centrado en recrearse en esos conocimientos. El culmen llegó cuando, indicando que la temática épica en la literatura nórdica había quedado obsoleta, planteándose entonces el uso de la novela negra como motor de denuncia social, algo que la diferencia de la de nuestras latitudes, decidí no seguir en aquella sala. ¿Dónde quedaban, entre otros, Vázquez Montalbán o González Ledesma? Indignado, decidí irme a las casetas a ver libros y he aquí que me encontré con una joya a un precio irrisorio y que, al abrirlo por una página, me lanzó esto a los ojos:
Aparecida en España con Pedrolo, Fuster y Vázquez Montalbán y conocida principalmente a través del cine negro y posteriormente de las traducciones de autores norteamericanos, la novela negra en nuestro país presenta como caracteres más notorios el retrato normalmente crítico y siempre realista de la sociedad española, la tematización del concepto moral de justicia y el planteamiento de las conexiones entre el delito y la estructura social.
[...]
Francisco GONZÁLEZ LEDESMA, abogado barcelonés y autor de libros sobre Derecho y periodista que ha trabajado en El Correo Catalán y luego de redactor jefe en La Vanguardia, después de su obra de juventud Sombras viejas que obtuvo el primer Premio Internacional de Novela instituido por J. Janés y estuvo prohibida durante mucho tiempo por la censura franquista, ha escrito varias novelas criminales que reflejan la vida de las diferentes clases sociales barcelonesas y muestran las imbricaciones entre delito y altas esferas, sobre todo a través de su principal personaje, el viejo, cansado y escéptico policía Méndez.
La crítica social es la base de El expediente Barcelona, finalista del premio Ciudad de Valencia 1983...
La novela criminal española, José R. Valles Calatrava. Universidad de Granada.
Los hados me hablaban (desde la frías y remotas regiones del norte de Europa, imagino). El ensayo de Valles Calatrava venía a corroborar precisamente la importancia del factor social en la novela negra española.

Por lo demás, disfruté a lo grande viendo libros y descubriendo (atención si os interesa y pasáis por Granada) que la enciclopedia Fauna Ibérica de Félix Rodríguez de la Fuente está completa disponible a 20 €, igual que la 22ª edición del DRAE.

¡Feliz lectura!

miércoles, 15 de septiembre de 2010

La ratonera

La primera vez que oí hablar sobre ella estaba, si mal no recuerdo, en 7º de la extinta -desde hace ya tanto- EGB. Tendría, a la sazón, 12 años de edad y un buen día un nuevo compañero, llegado ese mismo comienzo de curso de Cataluña, me comentó que había leído algunas novelas suyas y resultaban de lo más amenas. Me hablaba de Agatha Christie y a mí, seguidor empedernido de Holmes, Dupin y otros insignes detectives, me despertó la curiosidad hasta el punto de empezar a leer sus obras y descubrir que el personaje de Poirot me encantaba (junto a su inseparable Hastings) aunque, la verdad sea dicha, siempre fui más seguidor de Miss Marple.

Hace precisamente unos días recordaba, por una casualidad, algunas obras de Christie y los buenos y lejanos tiempos de los años 80 con esa Miss Marple a la americana que era Jessica Fletcher, encarnada por una siempre adorable Angela Lansbury en la serie de televisión “Se ha escrito un crimen”. Así que anoche, justo cuando el reloj pasaba las doce, al disponerme a enviar por Internet un trabajo (y quedar "libre", por fin) me encontré con el buscador de Google vestido de gala para celebrar hoy el 120 aniversario del nacimiento de la autora inglesa, cuyos libros han sido durante lustros los más leídos después de la Biblia y de la obra de Shakespeare -al menos según aseguran algunos medios- y decidí que hoy, tal como tenía pensado, volvería a subir el telón de Homo libris pero con ella como protagonista.


Agatha Christie nació en Torquay, al sur de Inglaterra, el 15 de septiembre de 1890, y sus novelas y cuentos de intriga son sinónimos de diversión, de entretenimiento y misterio. Durante unos años, a lo largo de esa adolescencia cuasi eterna y, a un tiempo, inexplicablemente fugaz, devoré literalmente un libro suyo tras otro (casi todos en la querida edición de bolsillo de la editorial Molino), y la verdad es que recuerdos como el del crucero por el Nilo, disfrutando de la muerte bajo el sol o las vistas aparentemente tranquilas de la campiña inglesa a través de las ventanas de un tren resultan sencillamente maravillosos, por no hablar del gélido soplo del viento entre los vagones del Orient Express.

Una de sus obras más conocidas, representada durante décadas en los teatros londinenses, me gustó especialmente, La ratonera (Tres ratones ciegos), pero en realidad muchos de sus libros resultan inolvidables: Telón, la obra de despedida de Poirot, pero no la última escrita por la autora, con la que Agatha Christie pretendía evitar la molesta supervivencia del personaje a su padre intelectual (como ocurriese con el Holmes de Conan Doyle); Diez negritos, un verdadero clásico donde la claustrofobia por el encierro en la isla junto al asesino se manifiesta con una fuerza inusitada o El asesinato de Roger Ackroyd, de la que podría afirmar que es mi novela favorita y la mejor de la autora si no fuese porque, a poco que lo piense, me vienen a la mente más y más títulos para competir por el primer puesto.

Novelas de lectura ligera, qué duda cabe, pero que vinieron a marcar una forma de escribir novela policíaca y nos dejaron a dos de los detectives más universales del género, además de algunos otros menos recordados, como el matrimonio Beresford.

Desde hace tiempo tengo, perdido en la estantería, el primer caso de Poirot dispuesto para su relectura, ahora en inglés. Tal vez haya llegado el momento. The Mysterious Affair at Styles me espera...

¡Feliz misterio!

viernes, 14 de agosto de 2009

Alfred Hitchcock... sin necesidad de presentación.

Ayer, 13 de agosto, se cumplían 110 años del nacimiento del maestro del suspense, Alfred Hitchcock. El director de tantas y tantas películas inolvidables (sin obviar su faceta televisiva al frente de series como Alfred Hitchcock presenta…) se basó en multitud de ocasiones en obras literarias a la hora de encontrar la inspiración adecuada para despertar el asombro entre sus espectadores. De entre toda su filmografía, algunas de las películas que más me impactaron y que posiblemente haya visto en más ocasiones son las que visitan hoy Homo libris, basadas todas ellas, como apuntaba, en libros ya existentes.

De la etapa británica de Hitchcock, una de sus películas de persecución más interesantes es Los 39 escalones (The 39 steps), un filme en el que un inocente deberá fugarse de una serie de asesinos que intentan liquidar a Annabella Smith, quien confiesa a nuestro protagonista, Richard Hannay, que es una espía que ha descubierto un complot para robar unos secretos militares de Inglaterra. Esa misma noche será asesinada y Hannay deberá huir para salvar la vida. El guión de la película está basado en la novela de John Buchan del mismo título. Curiosamente, Buchan fue recomendado por el mismísimo Robert Graves para un puesto de profesor en la Universidad de El Cairo, tras lo cual sería nombrado presidente de la Sociedad Escocesa de Historia.

A esta misma etapa pertenece Alarma en el expreso (The lady vanishes), donde el director nos lleva a un país ficticio de Europa central donde contemplamos cómo avanza un tren en el que viajan una serie de pasajeros con destino a Londres. A causa del mal tiempo, el tren debe detenerse en un pueblo, y será ahí donde desaparecerá uno de los viajaros. Cuando nuestra protagonista intenta localizarlo, nadie parece haberlo visto o conocido nunca. Esta película se basó en la novela The Wheel Spins, de Ethel Lina White, una autora británica de novelas de misterio.

Rebeca (Rebecca), rodada en 1940 es, posiblemente, la película de Hitchcock cuyo referente literario está más claro. La novela de Daphne Du Maurier es sencillamente opresiva y maravillosa. En ella, Maxim de Winter viaja a Montecarlo tras la muerte de su primera esposa, Rebeca, y allí contrae matrimonio con una joven a la que llevará, tras la luna de miel, a Manderley, la mansión de los de Winter. Sobre ellos planeará la sombra de la fallecida Rebeca y el misterio que rodeó siempre su muerte. Sin duda alguna es un libro más que recomendable y con el que, por cierto, no terminó la relación entre autora y director. La no tan conocida Posada Jamaica y la que pudiera ser la película más representativa de Hitchcock, Los pájaros, están también basadas en relatos de Du Maurier.

Recuerda (Spellbound) es otra de las películas más emblemáticas de Hitchcock. Una de sus escenas más recordadas es la secuencia onírica creada por Dalí, donde aparece un hombre con unas tijeras gigantes cortando uno ojo en un claro homenaje a Buñuel. Se basó en la novela The House of Dr. Edwards, de Francis Beeding, y en ella se recrea la angustia de la pérdida de memoria del doctor Edwards y el amor de la doctora Constance Petersen hacia él, en el opresivo ambiente de una clínica psiquiátrica donde nada es lo que parece a primera vista.

La Soga (Rope) es una de mis películas preferidas del director. Entre sus peculiaridades se cuenta el curioso metraje de la misma, con escenas de 10 minutos de duración, que era el tiempo máximo de grabación que permitían las cámaras en aquél momento. La idea de Hitchcock era grabarla en tiempo real, en una sola toma que recrease el espíritu del texto en que está basada, una obra de teatro de Patrick Hamilton. Ante los impedimentos técnicos que mencionaba, la primera película a color de Hitchcock recurrió a diversos fundidos sobre zonas oscuras de la escena para dar la sensación de continuidad de la acción.

Atormentada (Under Capricorn) nos lleva a Australia para presentarnos la historia de amor y celos de Cahrles Adare, Henrietta y Sam Flusky. No es una de las películas más afortunadas del director y es que, basada en una novela de Helen Simpson, su ritmo extremadamente lento y el escándalo surgido de la noticia de la infidelidad de Ingrid Bergman con Roberto Rossellini no supusieron la mejor publicidad para la cinta (hoy día, posiblemente, este último hecho habría provocado justo el efecto contrario).

Una de las películas de Hitchcock de la que guardo mejor recuerdo es Extraños en un tren (Strangers on a train). Basada en la novela del mismo nombre de Patricia Highsmith, tanto la cinta como el libro son altamente recomendables si os gustan las historias de intriga bien urdidas. En la elaboración del guión trabajo, al menos en una primera etapa, Raymond Chandler, por lo que podemos ver que Hitchcock sabía escoger bien a sus colaboradores (aunque luego chocase frontalmente con ellos, como fue el caso de Chandler, por la visión que cada uno tenía del desarrollo de la historia). La novela parte de una situación inocente, como es el encuentro en un tren del famoso tenista Guy Haines y su admirador Bruno Anthony, y a partir de la misma desarrolla una trama que busca el grial criminal de todos los tiempos: el crimen perfecto.

No fueron estas las únicas obras de Hitchcock basadas en novelas, cuentos u obras teatrales. Yo confieso (I confess), por ejemplo, está basada en la obra de teatro de Paul Anthelme, Nos Deux Conscience. Crimen Perfecto (Dial M for a Murder), otra obra imprescindible, se basa en la de Frederick Knott y El hombre equivocado (The wrong man), en la novela de Maxwell Anderson La verdadera historia de Christopher Emmanuel Balestrero. Vértigo (de entre los muertos) (Vertigo) se lo está en la novela escrita por Pierre Boileau y Thomas Narcejac Sueurs froides: d’entre los morts. Frenesí, por su parte, se basó en Goodbye Picadilly, Farewell Leicester Square, de Arthur La Bern y Topacio (Topaz) en la de León Uris

Para terminar, Psicosis, otra de las obras emblemáticas de Hitchcock, encontró su inspiración en en la novela homónima de Robert Bloch, y poco (mas que, simplemente, todo) puede decirse sobre una película que ha pasado a la memoria colectiva de varias generaciones. Vedla y, por supuesto, os animo a leer a estos autores y a descubrir un poco más al maestro del suspense.