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lunes, 9 de enero de 2012

La casa de los cocodrilos


Todas las épocas tienen sus héroes, algunos nuevos, otros heredados de las pretéritas. De las etapas de la vida, la infancia resulta la más propensa a endiosar a todo tipo de referentes. De los reales (los padres, ciertas profesiones generalmente acompañadas del riesgo como sinónimo de la aventura) a los ficticios (héroes televisivos y, cómo no, literarios), los niños tienden, tendimos, a elevar a un pedestal a nuestros ídolos que en ocasiones son, como decía, heredados.

Cuántos no nos habremos emocionado con la ceguera de Miguel Strogoff, aterrorizado con el incierto destino del capitan Hatteras o admirado del suprahumano valor de Sandokan en las novelas de Verne y Salgari. Cuántas aventuras corrimos de niños junto a Jim Botón o con papá Mumin; huyendo junto a los traviesos Guillermo y Tom Sawyer, o siguiendo a los protagonistas de La guerra de los botones. La de ocasiones en que nos escondimos en un barril de manzanas o ingerimos un trozo de seta que nos haría tan minúsculos que podríamos pasar a través de la puerta más ínfima. De la infancia nos quedan, pasado el tiempo, los recuerdos. De lo que fue y, sobre todo, de lo que soñamos. Y entre sueños, de estos recuerdos, nos queda en ocasiones el agridulce sabor de lo que pudo haber sido.

Recientemente, gracias a estas librerías de viejo que tanto me gusta visitar, aunque actualmente sea en generalmente de forma virtual (como os relataba, Internet se está convirtiendo en un gran apoyo a la hora de localizar obras imposibles), conseguí localizar una copia de La casa de los cocodrilos, una novela infantil que tuvo los ingredientes necesarios para atraparme en su lectura y sucesivas relecturas durante un largo periodo de tiempo. No recuerdo la cantidad de veces que pude acompañar a Víctor Laroche en sus incursiones por las habitaciones solitarias de la casa-hotel en que vivía con sus padres, y donde se produjera la trágica muerte de Cecilia, la hija del anciano propietario del edificio; sólo sé que el libro formó parte de mi más remota infancia, y que como tantos otros que leí en la Biblioteca Pública de mi pueblo, no pude conseguir adquirir pasados los años por encontrarse descatalogado, aunque me acompañase siempre su recuerdo.

He vuelto a leer el libro este fin de semana en poco más de una hora. Obviamente, mi aproximación al mismo ha sido distinta, desde otra perspectiva, pero he de confesar que me ha traído a la mente recuerdos que creí olvidados. Se trata de una obra escrita claramente para un público infantil, ávido de encontrar un protagonista como éste, con el que poder identificarse. Para los amantes de las novelas detectivescas, futuros lectores de las aventuras de Los Tres Investigadores de Alfred Hitchcock, de Doyle, Christie o Simenón, puede ser un punto de arranque más que interesante. Lástima que la edición existente, de Miñón en 1977, sea prácticamente imposible de encontrar, tan difícilmente localizable como tantas obras que quedarán sepultadas en el pasado, aunque su memoria nos acompañe por siempre.

Nota: Entrada recuperada del antiguo blog Andanzas de un trotalomas, antes de que lo destinase a una temática más relacionada con la naturaleza.

domingo, 8 de enero de 2012

Mis "clásicos" infantiles

Los días que rodean a estas fiestas navideñas suelen ser escenario de diversos reencuentros; los que están fuera vuelven a casa, las familias se reúnen, vemos a los amigos que están lejos o que quedaron atrás por las inevitables vicisitudes que tiene la vida… También, habitualmente, suponen un reencuentro con nosotros mismos, con quienes fuimos y con el tiempo que quedó atrás. Hace apenas un par de días, además, la ilusión tomó la forma de tres Reyes Magos que vienen de Oriente, y hasta los más republicanos transigen con su presencia cuasi omnipresente, el múltiples cabalgatas celebradas al mismo tiempo en innumerables ciudades.

Días atrás pensaba en lecturas pasadas. En libros que quedaron atrás pero no se marcharon nunca. En esas historias que, sin menospreciar a otras muchas que conforman el corpus lector vital de cada uno de nosotros, quedaron grabadas y a día de hoy seguimos recordando. Y decidí traer algunas de ellas al blog justo al finalizar estas fiestas, compartirlas con vosotros, revisar si siguen estando disponibles o pasaron al agujero negro de los títulos descatalogados y, en fin, pediros que participéis y compartáis con todos algún libro de vuestra infancia de entre cuantos aún recordáis con cariño. En la relación he obviado a los clásicos (quedan fuera Verne, Salgari, Dumas, Stevenson, Poe, Dickens…) porque podrían componer en sí mismos una o varias entradas.


La autora finlandesa Tove Jansson regaló a los niños de varias generaciones las aventuras de los mumins, unos particulares trolls escandinavos que siempre me recordaron a rechonchos y amables hipopótamos. Recuerdo que devoré sus historias en los libros disponibles en la biblioteca pública de mi pueblo, editados por Noguer, y que la familia Mumin me hizo disfrutar de lo lindo en aquella época. Ilustrados por la autora, en sus libros los personajes adquieren vida propia y deleitan al lector con sus marcadas personalidades. De entre los amigos del pequeño Mumin, el protagonista principal de las historias, el más interesante posiblemente es Manrico: músico, cuentacuentos, trotamundos, le es indiferente el paso del tiempo y simplemente disfruta de su vida errante y bohemia compartiendo con sus amigos los buenos momentos que esta les depara. Los libros de Jansson transmiten valores tan importantes como el sentido de la amistad y la necesidad de tomarse la vida con humor, algo bastante necesario hoy día.

Mientras escribo la entrada he echado un vistazo a la bibliografía de Tove Jansson editada en castellano y, con sorpresa, veo que fue publicado un libro para adultos titulado El libro del verano. Además de la tentación de recuperar algún libro de la familia Mumin (como La familia Mumin en invierno, que ilustra la entrada) creo que echaré el lazo a esta historia intergeneracional; ya os contaré.


Otra de mis referencias en cuanto a lo que literatura infantil (y no tanto) se refiere es Michael Ende. Años después vendrían La historia interminable, Momo o el alucinante libro de relatos El espejo en el espejo, pero durante mis primeros años en la biblioteca pública leí una y otra vez las aventuras de Jim Botón y su amigo Lucas, el maquinista de la locomotora Emma, en el pequeño país de Lummerland. Tan amenos me resultaron los dos libros publicados (también por Noguer), Jim Botón y Lucas, el maquinista y Jim Botón y los trece salvajes, que recuerdo cómo me castigaba los ojos a la luz de la linterna, bajo las sábanas, por no dejar de leer por la noche. Hace unos años me hice con los libros en la reedición que —me felicito por ello y les felicito a ellos— llevó a cabo la editorial no hace mucho. En El templo de las mil puertas es posible encontrar una reseña más detallada sobre esta obra de Ende.

Uno de los libros que más me fascinó de niño, pues si bien no es un libro para infantes según avisa el propio autor («Quien se regocija leyendo a Rabelais, ese grande y auténtico genio francés, acogerá, creo que con placer, este libro que a pesar de su título no va dirigido ni a los niños ni a las doncellas») siempre lo he encontrado en colecciones juveniles (lo leí en la colección Tus Libros, de Anaya, y posteriormente me hice con él en la Biblioteca Juvenil de Alianza) fue La guerra de los botones. Louis Pergaud escribe una historia en la que dos pandillas de mozalbetes de pueblos vecinos permanecen continuamente enfrentadas. Las batallas en las que se enzarzan no buscan ningún fin especial: los jóvenes se odian simplemente por ser de lugares distintos y su juego de niños, en el que los botones arrebatados a los contrincantes constituyen el botín de guerra, pronto se les irá de las manos. Los protagonistas usan un vocabulario algo soez y la violencia está presente en toda la novela (de ahí que, en efecto, sea un libro destinado realmente a los adultos), pero lo cierto es que en una época donde la sobreprotección a la infancia no estaba tan extendida constituyó para mí una lectura excepcional, una novela de aventuras y, al fin, un alegato pacifista.

Uno de los grandes clásicos infantiles que, en mi caso, disfruté especialmente a través de la serie de dibujos animados basada en el libro, fue El maravilloso viaje de Nils Holgersson de la autora sueca Selma Lagerlöf, la primera mujer en obtener un Nobel de Literatura. Leí los libros con veintitantos años y lo cierto es que la ilusión con que recordaba el viaje de Nils a lomos de su ganso Martín se convirtió en la del redescubrimiento del clásico. Nils es un chico travieso y algo maleducado que disfruta haciéndoselo pasar mal a los animales de la granja de sus padres. Mientras estos están en la iglesia, Nils captura a un duende y rechaza su ofrecimiento de una moneda de oro por su libertad. El duende convierte a Nils en uno de los suyos, reduciendo su tamaño y permitiéndole entender a los animales, y el muchacho parte junto al ganso doméstico en pos de una bandada de gansos salvajes en el que será su viaje (iniciático) por excelencia.

Si hay algo que caracteriza a la infancia (y al propio hombre) es la curiosidad y la capacidad de asombro. Por eso, no es de extrañar que buena parte de la literatura infantil tenga a jóvenes detectives por protagonistas (Alfred Hitchcock y los tres investigadores, o Víctor, el niño de La casa de los cocodrilos, por ejemplo) y que la resolución de enigmas sea un tema recurrente en la literatura. Uno de los libros de aventura y desafío intelectual que recuerdo con más cariño es El misterio de la isla de Tökland, de Joan Manuel Gisbert. En él, conoceremos al millonario Anastase Kazatzkian y su Compañía Arrendataria de la Superficie y Subsuelo de la Isla de Tökland. Kazatzkian hace pública la creación del mayor acertijo de la historia, destinado a poner a prueba las mentes más preclaras del mundo y dotado con un premio de cinco millones de dólares para quien consiga resolverlo. Llegarán solicitudes de participación de todos los lugares del globo, pero, de entre los pocos aventureros capaces de resolver las tres pruebas preliminares, solo Cornelius accederá además a la isla. La narración va saltando entre los distintos protagonistas de la novela, y Gisbert mantiene en todo momento la tensión y el misterio que me mantuvieron en su día enganchado literalmente al libro. Años después me topé con alegría con la revista literaria Tökland y el libro, hasta donde sé, sigue siendo reeditado por Planeta.

Por estas fechas, cuando el frío estaba en su máximo apogeo (algo que no ha ocurrido precisamente este año), me encantaba recuperar de la biblioteca los cuentos rusos recopilados por Afanasiev. Posiblemente nunca otros cuentos populares me han impresionado tanto y probablemente no recomendaría otros más que estos a quien desease una buena lectura invernal. Sobre ellos escribí hace casi dos años y medio en el blog, según estoy viendo ahora, y curiosamente en la entrada hacía también referencia a Jim Botón y a mis lecturas nocturnas. Empiezo a sentirme un poco como el abuelo Cebolleta, así que os dejo con el vínculo a esa entrada y con el recuerdo de otros dos “clásicos” de mi infancia, también muy recomendables; La isla de Abel y el prácticamente imposible de encontrar La casa de los cocodrilos, para el que recupero una entrada escrita hace un par de años en otro blog y que publico justo a continuación de esta.


Y, al fin, ¿qué libros infantiles recordáis al llegar estas fechas? ¿Cuáles nos recomendaríais recuperar o regalar a un joven lector?

¡Que el oso Paddington, con sus bollitos y chocolate caliente, os acompañe en vuestras lecturas!

viernes, 22 de mayo de 2009

Érase que se era…

Existen fórmulas establecidas sobre cómo debería comenzar un cuento infantil; “érase que se era…” o “hace mucho, mucho tiempo, en un reino lejano…” son, precisamente, dos de estos comienzos típicos. En el caso de las narraciones para adultos, el inicio de la historia, que nos predispone para prestar atención a lo que nos van a contar, no se da de una forma tan encorsetada, y esto es más cierto aún en el caso de la novela. Un comienzo atrayente, que capte la atención del lector, es algo fundamental, y puede marcar la diferencia entre que quien lo hojea decida llevarse el libro consigo o lo deje de nuevo sobre la estantería.

En general, no obstante, los comienzos de las novelas no se quedan en la simplificación que estoy llevando a cabo. Escritos o no con esa intención, no sólo llegan a atraparnos como a moscas en una telaraña, impotentes (y gozosos) de escapar de la trama que se desarrolla ante nuestros ojos y en nuestra imaginación, sino que quedan grabados de forma indeleble en nuestra memoria. Su mero recuerdo despierta en nosotros las maravillas que vivimos en el pasado, nos impulsa a departir con quienes nos rodean, compartir con ellos nuestras impresiones sobre el argumento (“¿recuerdas la ascensión por la chimenea del Stromboli sobre un mar de lava?”, “¡te encantaría el momento en que, echando mano al bolsillo, se pregunta qué es lo que tiene dentro!”), los personajes (“te sorprenderá descubrir la perspectiva de Jaime cuando empiece a hablar con su propia voz”, “sí, los de Dickens son un poco estereotipados, pero dime tú si en aquella época podía ser de otro modo”, “¡Ven, Milana! Milana bonita, ven…”) o el mero placer de la lectura (“te encantará, a mí me atrapó y me pasé la noche entera leyendo. ¡Así vengo con estas ojeras!”).
En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad.
Ante tamaña invitación, ¿quién no pasaría al interior, tomaría asiento y se dispondría a maravillarse con las historias que los libros están dispuestos a contarnos? Hacedlo pues, sentaos y contemplad el mágico mundo de las palabras.

En ocasiones, a nuestro narrador no le queda más remedio que tomar pluma y papel, y consignar en él los hechos increíbles que vivió en su juventud. Así le ocurre al ya anciano monje de El nombre de la rosa, y también al bueno de Jim Hawkins:
El Squire Trelawney, el doctor Livesey y los demás señores me han encargado poner por escrito todo lo referente a la «Isla del Tesoro», de principio a fin, sin dejar otra cosa en el tintero que la posición de la isla, y esto porque aún quedan allí riquezas que no han sido recogidas. Tomo, pues, la pluma en el año de gracia de 17... y retrocedo hasta el tiempo en que mi padre era el dueño de la posada del «Almirante Benbow», y en que el viejo navegante, de moreno y curtido rostro, cruzado por un sablazo, se acomodó como huésped bajo nuestro techo.
¿Quién sería capaz de marcharse sin saber si, en un descuido, el joven Jim nos da alguna pista sobre la ubicación de tan singular ínsula? Al quedarnos escuchando su historia, descubriremos nuevos usos para los barriles de manzanas y algunas de las desventuras de Ben Gunn. Lo que no podríamos saber es que, llegando al puerto para embarcar junto a Jim en la Hispaniola, se nos acercaría un joven muy educado, que antes de nada, comenzaría por presentarse.
Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustituto de la pistola y la bala.
Nos vamos, pues, junto a Jim, con el pensamiento ocupado por las palabras de Ismael. Deberíamos, llegado el momento, intentar saber qué fue de él. Nos esperan peligros y aventuras, peleas a muerte y sin tregua, en las que haríamos bien en contar con el acero afilado y el pulso firme de un buen espadachín. Un hombre curtido en mil batallas y de honor, a pesar de lo que pudiéramos imaginar por su destartalado aspecto.
No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente. Se llamaba Diego Alatriste y Tenorio, y había luchado como soldado en los tercios viejos en las guerras de Flandes. Cuando lo conocí malvivía en Madrid, alquilándose por cuatro maravedís en trabajos de poco lustre, a menudo en calidad de espadachín por cuenta de otros que no tenían la destreza ni los arrestos para solventar sus propias querellas. Ya saben: un marido cornudo por aquí, un pleito o una herencia dudosa por allá, deudas de juego pagadas a medias y algunos etcéteras más.
Alatriste es un hombre valiente, ya lo sabemos, y el filo de su espada habrá acabado, sin dudarlo, con la vida de más de uno de sus coetáneos. Sin embargo, a pesar de mantener la calma en un duelo, no tiene la frialdad necesaria como para proclamarse a sí mismo como asesino.
Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona. Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase "todo tiempo pasado fue mejor" no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que —felizmente— la gente las echa en el olvido.
Y aunque así no fuese, aunque no cayesen en el olvido, lo cierto es que resulta terrible tener constancia del peso de las palabras, que nos transmiten noticias que nos gustaría ser capaces de borrar de nuestra memoria, ya que podríamos saber de ellas antes incluso que la persona que va a sufrir el impacto de la caída, mientras muere, contra el duro suelo.
El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros.
En estos momentos, cuando caemos hacia la tierra y el sueño eterno de la muerte, y justo antes, cuando contemplamos el frío acero que nos ha de matar, ya sea en forma de punzante cuchillo o afilada bala, el tiempo se estira, demuestra que es flexible, y nos concede la gracia de un último momento en el que recrear la vida que disfrutamos y que está a punto de finalizar.
Hace muchos años, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía, habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos.
El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos.
Afortunadamente, la naturaleza es sabia, y tras el doloroso momento en que acuchillan nuestro cuerpo, todo se vuelve blando, nos preguntamos qué le ocurre a ese cuerpo que yace rodeado de hombres y mujeres que se rasgan sus vestiduras, sus rostros rotos de dolor. Al fin y al cabo, aquí no se está tan mal.
Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.
Y sabemos que no será nuestra última aventura. Que a pesar de que una lágrima asome a nuestros ojos, tristes y tiernos, en otro momento saldremos de nuevo al camino, con un campesino por compañero y amigo de aquel desgarbado personaje que vemos venir hacia nosotros, con el desaliño y la mirada perdida de los cuerdos.
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera.
Me consta que son muchos más de los que están, por lo que os invito a hacer memoria. ¿Qué comienzos de novela os han marcado de forma tal que seríais capaces de devolver a la mente toda la historia con recitar unas pocas palabras de aquéllos?

jueves, 2 de abril de 2009

La isla de Abel


Abel nunca habría pensado que, celebrando el primer aniversario de su boda con Amanda, una implacable tormenta terminaría por separarle de su joven esposa. El ratón, que había vivido siempre entre los algodones que su estatus social le proporcionaban, tuvo que armarse de valor para sobrevivir en la isla a la que fue arrojado por la tempestad.

Así se desarrollan, de forma aparentemente simple, las aventuras que este Robinson de los roedores vive en la isla a la que William Steig parece desterrarle. El libro, que leí en mi infancia (es uno de los que recuerdo de entre los muchos que disfruté en mis primeros años como lector de la Biblioteca Pública de Santa Fe, en Granada), pude encontrarlo hace poco en una librería de segunda mano, y pasó a sumarse a los “recuperados” de aquellos tiempos, cada vez más lejanos.

Si os hablo de Steig, a muchos ni os sonará el apellido del autor de La isla de Abel, el librito que traigo hoy a colación por celebrarse el Día del Libro Infantil y Juvenil. Pero si os menciono a un ogro verde, malhumorado, que vive en una ciénaga y que se ha convertido en los últimos años en un fenómeno de masas tras su aparición en el cine, a la mayoría le vendrá a la mente el nombre de Shrek.



Fue Steig un neoyorkino que dedicó su vida a escribir e ilustrar libros infantiles, y que falleció hace seis años, a la edad de noventa y cuatro. Publicó La isla de Abel en 1976, pero no sería hasta 1990 que vería la luz Shrek! Ganador de prestigiosos premios de literatura infantil, quería traer hoy al blog su memoria, para recordarle a él y a tantos otros autores que, iniciando a jóvenes lectores, les descubren un mundo de fantasía en los libros. Por desgracia, en numerosas ocasiones su obra permanece en la sombra, o es desconocida su procedencia a pesar incluso de que sus personajes puedan alcanzar la misma fama que el ya mencionado ogro.

Feliz lectura.