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miércoles, 7 de diciembre de 2011

Cosecha roja

“Si utilizas al enemigo para derrotar al enemigo, serás poderoso en cualquier lugar a donde vayas.”
Sun Tzu, El arte de la guerra.
Volver a Hammett para leer Cosecha roja, su primera novela, me ha hecho consciente de lo imperdonable que resulta no haberlo hecho antes. A Hammett se le conoce habitualmente a través de las increíbles adaptaciones cinematográficas que se han llevado a cabo a partir de sus libros, y en mi caso comencé a leerle por una de los más populares: El halcón maltés, para seguir con La llave de cristal, La maldición de los Dain o Dinero sangriento.
La primera persona a quien oí llamar Poisonville a la ciudad de Personville fue un zafrero pelirrojo, en el Gran Barco de Butte. Pero también cambiaba en diptongos otras erres. Y no presté atención a lo que hiciera con el nombre de la ciudad. Más tarde escuché a otros el nombre de igual manera. Aun así, no vi en ello sino un ejemplo más de ese inane donaire que suele inspirar los retruécanos de la germanía. Pero unos años más tarde fui a Personville y entonces comprendí mejor el porqué.
Durante cuarenta años, Elihu Willsson, el viejo, padre del que había muerto aquella noche, fue el dueño de Personville, en corazón, alma, piel y entrañas. Era presidente y accionista mayoritario de la Personville Mining Corporation, así como del First National Bank, propietario del Morning Herald y del Evening Herald, los únicos periódicos de la ciudad, y copropietario al menos de todas las demás empresas de alguna importancia. Aparte de estos bienes, era propietario de un senador de los Estados Unidos, de un par de diputados, del gobernador, del alcalde y de la mayor parte de los diputados del Estado. Elihu Wilsson era Personville y casi todo el Estado.
Cosecha roja atrapa desde el primer momento al lector, desde que Hammett nos muestra a un particular detective privado llegando a la ciudad minera del estado de Montana que ha sido rebautizada como Poisonville, y con razón —lo del cambio de nombre, digo—, porque por sus calles deambulan personajes de la peor calaña conocida. Nuestro detective, un agente de la Continental del que nunca sabremos el nombre, es un tipo duro, no demasiado agraciado físicamente, según se esboza en un momento concreto de la novela, casi como si le contempláramos a través de un cristal esmerilado, y no duda en manipular la situación a su antojo y conveniencia. Contratado por el hijo de un magnate de la ciudad, apenas llega a la ciudad asiste a una sospechosa escena y a la mañana siguiente recibe la noticia de que su cliente ha sido asesinado. Ni corto ni perezoso, y sin saber a qué atenerse, se dirige a ver al padre, a Elihu Willson, “el Viejo” que decide no iniciar investigación alguna… hasta que intentan asesinarle en su casa, momento en el cual contrata al detective de la Continental.


Cuando nuestro detective comienza a investigar el caso descubre toda la escoria que se esconde en los bajos fondos de la ciudad, incluyendo las relaciones del magnate con los matones que controlan la ciudad. “El Viejo” decide entonces prescindir de sus servicios, ya que le interesa tener bajo su control a los diversos componentes del hampa, pero el agente decidirá que, aceptado el dinero del caso por parte de la Continental, no hay marcha atrás: sacará todos los trapos sucios de la emponzoñada ciudad.

Cosecha roja hace gala del título de la novela: con un ritmo trepidante, logrado a partir de una narración basada en frases cortas y repleta de momentos memorables, se suceden los acontecimientos que devendrán en una orgía sangrienta donde el final del libro se torna incierto.
—Soy Bill Quint.
—¿De veras? —exclamé tratando de recordar su nombre—. ¡Encantado de conocerle!
Saqué la cartera y rebusqué en mi colección de tarjetas, reunidas en diversas circunstancias. La que yo buscaba era roja. En ella decía que yo era Henry F. Neill, marinero, eficaz militante de la Industrial Workers of the World. Por supuesto era mentira.
Le extendí la tarjeta roja a Bill Quint. La leyó con detenimiento por delante y por detrás, me la devolvió y me escrutó desconfiado.
—Bueno, éste ya no se levanta —dijo—. ¿Adonde va usted?
—A cualquier sitio.
Nos pusimos a caminar y, creo que al azar, doblamos una esquina.
—¿Cómo es que ha venido aquí si es marinero? —me preguntó sin demasiado interés.
—¿De dónde sacó usted esa idea?
—Lo dice la tarjeta.
—Tengo otra que dice que soy carpintero —dije—. También puedo ser minero, mañana mismo conseguiré un papel que lo acredite.
—Eso lo veo difícil. Yo soy el que manda en los que trabajan aquí.
—¿Y si recibiera un telegrama de Chicago? —le dije.
—Me importa un bledo Chicago. Aquí mando yo. —Señaló la puerta de una taberna y me preguntó—: ¿Usted bebe?
—Sólo cuando tengo bebida delante.
Decía al comienzo de la entrada que la obra de Dashiell Hammett es también conocida por algunas de las adaptaciones cinematográficas de sus libros. Cosecha roja no podía ser menos, y de hecho son varias las ocasiones en que la novela ha sido trasladada al celuloide, en algunas de ellas de una forma igualmente memorable. La primera de ellas traslada la acción de una ciudad minera en EEUU al Japón de los samuráis y, efectivamente, se trata de “Yojimbo” (1961), del genial Akira Kurosawa. Pocos años después, en 1964, Sergio Leone trasladaría la historia al salvaje oeste americano y permitiría alcanzar la fama a Clint Eastwood en “Por un puñado de dólares”, primera película de la “Trilogía del dólar”. Pero Cosecha roja seguiría cosechando localizaciones, y en 1984 el director islandés Hrafn Gunnlaugsson convierte al detective en vikingo dentro de la cinta “Cuando los cuervos vuelan (Ojo por ojo)”, primero de los títulos, también, de una trilogía. Para acabar, en 1996 Bruce Willis se mete en el papel de “El último hombre”, una de las versiones más cercanas en la ambientación al libro, ya que volvemos a EEUU, a un pueblo de Texas a principios de la década de los años 30 del pasado siglo, donde se desarrolla una guerra implacable entre bandas de gángsteres.

En resumen, buena literatura, mucho entretenimiento y una crítica social de las que no dejan indiferente de manos de uno de los fundadores de la novela negra. Y, para rematar (nunca mejor dicho), una buena oferta cinematográfica asociada. ¿Se puede pedir más?

Feliz lectura.

miércoles, 8 de julio de 2009

El Club de los Negocios Raros

Suele decirse que de los tiempos de crisis se sale fortalecido (el caso es salir, claro), y que son idóneos para que surjan todo tipo de negocios e ideas geniales, que encuentran en la necesidad su mejor caldo de cultivo. De ser así, no me cabe la menor duda que el manual perfecto para un emprendedor en los tiempos que corren no sería el típico libro del estilo ¿Quién se ha llevado mi queso?, sino el difícilmente clasificable, pero no por eso menos sorprendente y divertido El Club de los Negocios Raros.

Gilbert K. Chesterton, autor de los inolvidables relatos sobre el Padre Brown o de El hombre que fue Jueves, busca aquí sorprendernos con seis cuentos en los que mezcla, de una forma homogénea y magistral, unas dosis de humor, otras pocas de misterio y una ingente capacidad de sorprender. El Club de los Negocios Raros acoge en su seno a inventores, empresarios y trabajadores independientes, con la única condición de que desarrollen una actividad económica novedosa, que no se haya realizado antes ni se parezca a las existentes (no valen meras variaciones sobre una profesión “corriente”), y que les permita subsistir con ese trabajo. Ante tan singular club, que parece una sociedad secreta debido al común desconocimiento de su existencia, se encuentran Basil Grant, juez ya retirado de la Corte de Londres, ciudad donde transcurre la acción de todos los cuentos, su hermano Rupert, detective que, al lado de su hermano, queda siempre como mero aficionado, y un ingenuo narrador, Charlie, que les acompaña como un buen Watson, y deja constancia de los maravillosos encuentros que tendrán que vivir.

La estructura de los todos cuentos es similar; algún acontecimiento extraño e imprevisto inicia la acción, ante el estupor de nuestro narrador y sus compañeros, se nos plantea el caso, en ciertas ocasiones de un modo que parecería irresoluble, y sólo el ingenio y la singular perspicacia de Basil son capaces de dar al traste con el complot. En ocasiones, Basil nos parece demasiado inteligente (y subrayaría la palabra “demasiado”). Tanto, que nos parece que Chesterton sólo busca la sorpresa final, a toda costa, y que aunque lo consigue en cada ocasión, está jugando un poco sucio. Sin embargo, al final del libro, consigue sorprendernos por partida doble, mediante un caso irresoluble que nos es explicado justo al final del libro, y con un magistral golpe de efecto todos los cuentos quedan atados y bien sujetos en el conjunto de una obra que nos ha divertido durante toda la narración.

domingo, 31 de mayo de 2009

Los hombres a los que no les gustaban los hombres que no amaban a las mujeres

No suelo dejarme guiar por los números a la hora de leer un libro. Que lleve cinco o cincuenta semanas en la lista de los más vendidos, que haya un millón de lectores aclamando que es la obra maestra del siglo, o que el autor sea el más prolífico de su país de origen no constituyen, a la sazón, aliciente suficiente para decidirme a leerlo. No se trata de una actitud clasista, ni de aquello de no leo lo que el vulgo, no me dejo arrastrar por las modas o voy de intelectual por la vida. Para nada. Quienes me conocen saben que soy capaz de alternar la prosa engolada y de lenta asimilación de Hawthorne con cualquier libro de Stephen King y quedarme tan ancho. De hecho, después de Tolkien leí la Dragonlance (no la trilogía de las Crónicas, no, sino buena parte de la producción que la franquicia de Margaret Weiss y Tracy Hickman dio de sí), y bien que disfruté con ello en su día. A lo que voy es a que, si bien me gusta la Literatura con mayúsculas, no desprecio aquella que, bien porque la quieran enmarcar en una categoría inferior, bien porque claramente sea de menor calidad (literaria), aporta buenos ratos de disfrute y, en no pocas ocasiones, el trasfondo suficiente como para dejar volar un poco la imaginación en torno a lo que el autor dejó vislumbrar entre líneas.

Dicho todo esto, lo cierto es que Los hombres que no amaban a las mujeres es el tipo de libro sobre el que, habitualmente, no habría tenido nada que decir en el blog. Lo terminé ayer, y a fe mía que me costó hacerlo. Si lo que buscamos es pasar un rato agradable, de lectura agitada camino al trabajo, o tumbados en la playa, lo cierto es que el libro cumple con creces las expectativas que podamos depositar en él. Pero de ahí a algo más… sinceramente, no le veo la maestría por ningún lado, ni que se trate, junto a los dos libros siguientes de la serie Millenium, de la trilogía del siglo que nos quieren vender. O eso, o los otros libros son rematadamente geniales.

Los hombres que no amaban a las mujeres está escrito con un estilo simple, muy simple, en ocasiones repetitivo (por aquello de permitir, como buen bestseller, una lectura superficial, y que aun así no se pierda el hilo de la trama), con diálogos que en ocasiones hacen que uno se desespere. Los personajes, salvando a los dos protagonistas, no destacan el desarrollo psicológico que lleva a cabo Larsson sobre ellos, y sorprende –diría incluso que resulta chocante- la familiaridad con la que se tratan entre ellos cuando aún son completos desconocidos. Vamos, que o el autor no ha querido complicarle la vida demasiado a Mikael Blomkvist, el protagonista masculino de la novela, periodista de profesión y devoción, o en el norte de Europa las personas son de lo más sociable y colaboradores cuando alguien llega a sus casas investigando sobre un crimen acontecido unos cuantos lustros atrás. En cuanto a la idolatrada Lisbeth Salander, investigadora privada, antisocial, huraña, de estética y aficiones cercanas al cyberpunk, resulta el personaje más intrigante de la novela, y sus contradictorias reacciones únicamente se explican, precisamente, por su rareza inherente. En cuanto a su lado hacker, Larsson cae en el tópico del genio aislado, que trabaja de forma conjunta con una red de jóvenes inadaptados que sobreviven a base de pizza y refresco de cola en sus habitaciones, aunque introduce en el rol la capacidad del pícaro… algo sobre lo que no puedo decir más sin desvelar importantes partes de la trama. Sin embargo, una vez más, Larsson no me convence.

Todo lo anterior sería salvable en una novela escrita para entretener. No es el primer éxito de ventas, ni será el último, que adolece de algunas inexactitudes en la ambientación o la trama. Ya digo que el libro entretiene, aunque personalmente no me ha enganchado como pudieron hacerlo otros autores con idéntico afán de entretener. Ya lo hacían algunos durante los años 70 y 80, sobreviviendo mientras escribían novelitas de bolsillo (los tan famosos como denostados bolsilibros) bajo las draconianas condiciones impuestas por las editoriales, y en honrosas ocasiones lo hacían manteniendo un estilo superior al de bastantes autores de éxito actuales. De hecho, alguno incluso llegó a ganar, años después, y dejando de lado el seudónimo, premios como el Planeta. Es más, me parece interesante el fenómeno superventas que lleva a un país deficitario en la lectura a lanzarse a devorar volúmenes de más de 600 páginas con afán futbolístico. Ojalá más libros despertasen el ansia de leer con tal compulsión. Hasta ahí, chapeau. Pero no me hagan comulgar con ruedas de molino, que una obra maestra es mucho más que esto.

lunes, 19 de enero de 2009

Edgar Allan Poe

Se cumplen hoy doscientos años del nacimiento del gran poeta maldito, Edgar Allan Poe. Mucho se ha escrito y hablado sobre su vida y su obra, y todos coinciden en afirmar que el autor es una de las grandes plumas de la literatura norteamericana del siglo XIX. Sin duda, Poe no habría sido el mismo de no haber nacido en el seno de una familia rota desde su infancia; sus padres murieron y fue adoptado por un matrimonio acomodado que, sin embargo, desoyó sus anhelos y con quienes rompió relaciones para terminar desheredado. Lo que es cierto es que esta infancia marcada por el dolor, y una platónica relación con su prima Virginia, con la que contrajo matrimonio cuando ésta tenía únicamente 13 años, edad que él doblaba, constituyeron el alimento que una mente inquieta y febril necesitaba para dar rienda suelta a su genialidad.

Poe fue el primer autor norteamericano que intentó vivir de los réditos de su literatura, y este afán le costó caro. Poeta vocacional, articulista por necesidad y narrador inmortal, Edgar ha pasado a la historia gracias a sus cuentos, que supo construir de forma magistral. Su obra ha constituido una referencia para autores de todos los continentes, y fueron seguidores confesos suyos Baudelaire, Verne, Lovecraft, Dovstoievski, Borges o Cortázar, entre otros.

Personalmente, descubrí a Poe a una edad temprana, aproximadamente a los 9 ó 10 años. Fue, si mal no recuerdo, gracias a las cuidadas ediciones de la colección Tus Libros de Anaya, en la que publicaban a autores clásicos con un estudio preliminar sobre la vida del autor y la obra que se tenía entre manos. Posiblemente fue El gato negro el primer cuento que leí suyo, y le siguen en mi memoria El pozo y el péndulo, El escarabajo de oro y Los crímenes de la calle Morgue. Después vendrían El corazón delator, Hop Frog, El tonel de amontillado, La caída de la casa Usher o Berenice, y poemas como los inolvidables Anabel Lee o El Cuervo.

Es difícil ser objetivo, y plantearse hasta qué punto nos ha marcado un autor, pero no andaría muy errado al afirmar que junto a Verne, y posteriormente Tolkien, Poe es el autor que más me llegó a impactar como lector, y que fue quien me llevó a amar es estilo breve del relato. No cabe duda que, posteriormente, Chéjov, Borges, Cortázar o Lovecraft le seguirían en mis desvelos literarios, pero Poe ya me había atrapado para siempre. Lo recomendé siempre a mis amigos, tomé ideas que ya usara él para relatos propios en un intento de homenajearle, y a día de hoy me reencuentro periódicamente con sus obra inmortal.

Por todo esto, os recomendaría encarecidamente que lo leyeseis si no lo habéis hecho ya. Leedlo en Internet, hay numerosas páginas con sus poemas y cuentos, o compradlo en alguna de las fabulosas ediciones que se están editando en este año tan marcado: desde la de bolsillo de Alianza Editorial a la ultimísima Todos los cuentos, de Círculo de Lectores y Galaxia Gutenberg, hay un amplio abanico en el que escoger. Además, podemos leer a Poe en diversos idiomas sin que desmerezca la traducción (salvo los poemas, que obviamente pierden su musicalidad). No en balde, Poe contó con unos traductores de lujo: Charles Baudelaire fue quien volcó al francés su obra, y Julio Cortázar hizo otro tanto para traernos el placer de su lectura al español.

No puedo despedir el día de hoy sin recordarle. Por eso, os dejo con el dilema de una elección. Elegid entre escuchar la hermosa lectura que de El cuervo llevara a cabo Juan Antonio Cebrián en el programa radiofónico La Rosa de los Vientos, y que está disponible para su descarga en la propia página del programa, o deleitaros con la lectura que de la versión original de The Raven lleva a cabo el afamado actor británico Basil Rathbone (uno de los Sherlock Holmes más conocidos de la historia del cine).

Sea como fuere, feliz audición.






Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es -dije musitando- un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”







Once upon a midnight dreary, while I pondered weak and weary,
Over many a quaint and curious volume of forgotten lore,
While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,
As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.
`'Tis some visitor,' I muttered, `tapping at my chamber door -
Only this, and nothing more.'

sábado, 3 de enero de 2009

Harry Dickson

Ocasiones no faltan en las que un personaje sobrevive al autor de sus días, y en las que su existencia cobra un cariz tan real que trasciende su particular universo para llegar a invadir –gratamente, sin duda– el de sus lectores. Así ocurre, por citar a algunos, con el inmortal Quijote, que sigue desfaciendo entuertos por la inmensa planicie literaria de La Mancha, el tenebroso conde cuyo castillo eleva desafiante sus torreones entre las brumas de los Cárpatos, mientras los lugareños temen susurrar su nombre, Drácula, o con el sin par rey de los detectives, el victoriano Sherlock Holmes, azote del crimen y, de paso, de su autor, Conan Doyle.

Este último, el imbatible Holmes, gran tirador, tanto de pistola como de esgrima, ocioso heroinómano y maestro del disfraz, acompañado siempre por su biógrafo el doctor Watson y nunca por la vestimenta con que pasó a la inmortalidad de la memoria colectiva fue, muy pronto, uno de mis ídolos de infancia. Poco o nada cabría añadir a esta aseveración si tenemos en cuenta la inflamada imaginación de un joven lector que, tras las del detective pasaría a disfrutar con las aventuras de Dupin, los cuentos de Poe, su creador, y cambiando de bando, con los protagonizados por el genial Arsenio Lupin. El rey de los detectives era arrojado, inteligente y todo un caballero, ¿qué mejor ejemplo a seguir que el suyo? Cierto es que había momentos en los que, necesitado de estímulo, permanecía laxo en un fumadero de opio, o necesitaba de su afilada aguja, pero eso eran males menores, totalmente comprensibles por otro lado, para un tierno infante obnubilado por tamaña personalidad.

A resultas de todo esto, crecí escéptico de lo que podían ofrecerme aventuras no escritas por su biógrafo real, Conan Doyle, que tanto llegó a aborrecerle, aunque he de confesar que consumí diversas variantes no literarias del personaje: películas como El secreto de la pirámide o diversos libro-juegos tan en boga durante la década de los ochenta pasaron con agrado ante mis ojos mas, como decía, no me decidí a leer nunca las aventuras relatadas por otros autores. Sin embargo, no hace mucho descubrí la existencia de una criatura nacida por obra y gracia del detective londinense: Harry Dickson había llegado a mis manos.

Harry Dickson es un personaje que, sin haber trascendido hasta el punto de los que enumeraba al principio de este texto, sí que posee en su haber una historia digna de ser relatada. Porque Harry Dickson fue, en su día, Sherlock Holmes.

La historia de Dickson es, como apuntaba, apasionante. A principios del siglo pasado, aparecían publicadas en Alemania una serie de historias protagonizadas por Holmes, pero que eran del todo ajenas a las escritas en su día por Conan Doyle. Estos folletines llamaron la atención a quienes poseían los derechos del autor en Alemania, por lo que solicitaron la inmediata retirada de los mismos de la circulación acompañando amablemente la sugerencia con una amenaza de querellarse contra ellos en caso contrario. La editorial, que no quería perder el tirón que estaban teniendo las historias, cambió el nombre de la serie, que pasó de llamarse Detektiv Sherlock Holmes und seine weltberühmten Abenteuer a Aus dem Geheimakten des Welt-Detektivs a partir de su undécimo número. Sin embargo, con todo el descaro del mundo, el protagonista de las aventuras seguía siendo Sherlock Holmes, aunque Watson fue sustituido desde un primer momento por un joven ayudante que tenía por nombre Tom Wills, mientras que en los primeros números su colaborador era un tal Harry Taxon. Cabe señalar que el flagrante plagio teutón traspasó fronteras y aparecieron ediciones en España, Portugal y otros países europeos y sudamericanos. Todo un éxito editorial, sin duda alguna.

Pues bien, veintidós años después estos hechos, una editorial francesa decide verter del neerlandés las aventuras de Harry Dickson, y contrata para ello al autor Raymond Jean de Kremer, más conocido como Jean Ray, para llevar a cabo la traducción. Ray –del que hablaré dentro de poco comentando un exquisito volumen con obras suyas que pude encontrar hace unos días en una librería de viejo de Granada–, tal vez por hastío respecto a la labor de traducción que tenía que acometer, tal vez por gozar de una ardiente imaginación, pronto comenzó a incluir aportaciones propias a las historias de Harry Dickson, experimento que parece ser que fructificó con éxito, ya que su editor aceptó que Ray rescribiese las historias de Dickson siempre y cuando los plazos de entrega no se viesen alterados. Jean Ray cumplió, e inspirándose únicamente en las portadas de las novelitas que debía “traducir”, escribió más de ciento ochenta aventuras de Harry Dickson , además de traducir una veintena de las doscientas treinta originales.

Cabe señalar que las historias de Dickson, en particular las escritas por Jean Ray, tienen un sabor profundamente sobrenatural, bastante alejado del personaje que pretendió ser en un principio. Sin embargo, poseen la agradable cualidad de saber entretener, lo cual no es poco, y dejan tras su lectura la necesidad de conocer un poco más a este Sherlock Holmes americano (muy británico en todo caso, y residente en Baker Street) y adentrarse, junto a él y Tom Wills, en otra apasionante aventura.

En España, Júcar editó 65 de estas aventuras durante los años setenta, y aunque aún hoy es posible encontrarlas en librerías de viejo y en los rastros de nuestras ciudades, resulta complicado hacerse con toda la colección. Por ello, no estaría de más una reedición que, a buen seguro, contaría con los parabienes de quienes nos deleitamos con una historia bien contada.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus

Escribo estas líneas en un tiempo en el que, por buena o mala fortuna, prácticamente todo ha sido dicho sobre el libro que da el pistoletazo de salida a las andanzas de esta nueva aventura que afronto: un blog sobre y por los libros. Sin embargo, me pareció oportuno comenzar con él, por la tremenda amalgama de acercamientos que ofrece la obra, y por tratarse de un libro muy importante para mí.

El nombre de la rosa, del semiólogo italiano Umberto Eco, fue un best-seller allá en la década de los 80, en cuyos albores fue publicada, pero no estamos ante un superventas al uso (kenfolletiano, zafoniano…), no, sino ante una novela culta, con tintes de relato policíaco, latinajos por doquier y el afán de teorizar sobre política y religión en la oscura Edad Media con un discurso que no puede ser ajeno a nuestros días. Tras su lanzamiento, se presentaron tantas interpretaciones sobre la novela como fueron posibles, siendo todas ellas, sin embargo, inconclusas e insignificantes. Porque El nombre de la rosa es más que una simple historia, más que un acercamiento de Eco al género de la novela en la que fuese su primera obra de ficción. Es por esto que trascendió más allá del tiempo, y a día de hoy es un clásico contemporáneo en toda regla.

Como buen libro de profundas raíces, puede leerse bajo distintos estados de ánimo, en diversos momentos de nuestras vidas, y cada lectura será diferente y enriquecedora respecto a las demás. Las aventuras del dual Guillermo de Baskerville (Sherlock Holmes del medioevo, fraile y hombre de ciencia a un tiempo) acompañado del joven novicio a su cargo, Adso de Melk, pueden verse como una intrigante y apasionante historia policíaca; el debate sobre la Iglesia y la pobreza de Jesucristo brinda una interesantísima visión sobre las corruptelas que ya entonces existían en el seno pontificio y su “santa” Inquisición; el amor carnal de Adso y la joven muchacha, un adendum pasional no demasiado ajeno al practicado por tantos otros monjes en la novela, iniciática para el novicio; la reflexión filosófica que enfrenta a fray Guillermo (de Occam) y Santo Tomás de Aquino; la ambientación histórica, conseguida en grado sumo, un referente bibliográfico para profesores y alumnos que utilicen la novela como lectura de referencia.

No son precisamente referencias lo que faltan en El nombre de la rosa. Recrea a Holmes en el personaje de Guillermo, cuyo apellido toma de una de las más famosas aventuras del detective inglés, a Borges en el fraile Jorge de Burgos, y nos trae un libro de Aristóteles perdido (en la Historia y en la historia) sobre la risa.

Todo esto, y mucho más, es para mí la primera novela de Eco, la que me dio a conocer a un autor con el que tantas veces he disfrutado: con su desquite en El péndulo de Foucault, una novela erudita sobre la orden del Temple, náufrago frente a La isla del día de antes, una historia sobre la incertidumbre y la necesidad de respuestas que no deja por ello de ser una hilarante y divertidísima lectura, siguiendo a Baudolino hasta Alejandría en su vuelta a la novela histórica, en este caso de tintes picarescos, o recorriendo el imaginario vital del autor en su autobiográfica y última novela, La misteriosa llama de la reina Loana.

En estos días en los que la nieve despliega su manto sobre todo el país, y el frío acude para infiltrarse por cualquier resquicio de la casa, dan ganas de sentarse junto a la luz y el calor del hogar, echarse una manta sobre el regazo y abrir la novela. Junto al plano de la abadía, cuya ubicación no quiso desvelar el autor, da comienzo la narración de un envejecido Adso que, antes de que la memoria huya de sí, nos dice que…

[…]
Ya al final de mi vida de pecador, mientras, canoso y decrépito como el mundo, espero el momento de perderme en el abismo sin fondo de la divinidad desierta y silenciosa, participando así de la luz inefable de las inteligencias angélicas, en esta celda del querido monasterio de Melk, donde aún me retiene mi cuerpo pesado y enfermo, me dispongo a dejar constancia sobre este pergamino de los hechos asombrosos y terribles que me fue dado presenciar en mi juventud, repitiendo
verbatim cuanto vi y oí, y sin aventurar interpretación alguna, para dejar, en cierto modo, a los que vengan después (si es que antes no llega el Anticristo) signos de signos, sobre los que pueda ejercerse la plegaria del desciframiento.
[…]

Feliz lectura.