Lo soñó un irlandés, que no lo quiso nuncay que trató, nos dicen, de matarlo. Fue en vano.El hombre solitario prosigue, lupa en mano,su rara suerte discontinua de cosa trunca.No tiene relaciones, pero no lo abandonala devoción del otro, que fue su evangelistay que de sus milagros ha dejado la lista.Vive de un modo cómodo: en tercera persona.Atiza en el hogar las encendidas ramaso da muerte en los páramos a un perro del infierno.
J. L. BORGES (Los Conjurados. Fragmento.)
Algo que ya sabéis quienes leéis de cuando en cuando lo que por aquí y por allá voy escribiendo es que Holmes es uno de los personajes literarios que más fascinación ha ejercicio sobre mí desde los inicios de mis andanzas bibliófilas. Ya de niño me cautivaba la figura de este detective calculador, de arrebatadora personalidad, sagaz y con una capacidad asombrosa de pasar de una siempre supuesta apatía a la acción. Tendría unos nueve o diez años cuando comencé a devorar “El Canon Holmesiano” y, aunque preferí siempre sus relatos, lo cierto es que las cuatro novelas de Conan Doyle no tienen nada que despreciar. Recientemente, tanto Lammermoor como Alienor hacían alusión al personaje; la primera, recordándonos el ambiente gótico y misterioso de El sabueso de los Baskerville tras una relectura, la segunda, hablándonos de la última adaptación cinematográfica basada en la estrecha relación entre Holmes y Watson y su lucha conjunta contra el crimen.
Tan conocida es la fama de Sherlock Holmes como el profundo odio que llegó a sentir hacia él su creador, Sir Arthur Conan Doyle. Lo menciona Borges en el fragmento del poema que encabeza la entrada, y a tanto llegó ese sentimiento de afrenta que decidió arrebatarle la vida. Cuando Conan Doyle publicó en 1891 "El problema final" no sabía lo que le esperaba. Tras un último enfrentamiento con su némesis particular, el profesor Moriarty, Holmes y él se despeñaron por la catarata Reichenbach, en Suiza, muriendo ambos. Lectores indignados dirigieron al autor epístolas no precisamente amorosas, y los editores le insistieron en que recuperase a Holmes, de modo que Conan Doyle tuvo que desvelar a Watson lo ocurrido en el relato titulado "La casa vacía". Sin embargo, Holmes no fue muy pródigo en explicaciones, y lo único que supo Watson (y, de paso, los pobres lectores) es que se ocultó durante unos años para no poner en peligro a Watson y que, al darle por muerto, la organización criminal organizada por Moriarty relajase sus medidas de seguridad y fuese, de este modo, más sencillo proceder a su desmantelamiento. Algo que sí supimos, sin embargo, es que pasó algún tiempo en Lhasa, en el Tíbet, y de su estancia allí y de cuanto aconteció durante la misma es de lo que nos habla Los años perdidos de Sherlock Holmes, de Jamyang Norbu.
Norbu, el autor, es un reconocido activista de la causa del Tíbet. Así, si unimos este hecho con su afición por la novela anglosajona (y, en este caso particular, por la obra de Conan Doyle y el Kim de Rudyard Kipling) no es de extrañar que tengamos ante nosotros una novela peculiar que aúne la faceta detectivesca de Holmes con un particular Watson en la figura de Hurree Chunder Mookerjee, un funcionario indio bastante peculiar que le acompaña en estas nuevas aventuras ejerciendo de cronista de las mismas.
Aunque salvando distancias, la novela me ha recordado a Las puertas de Anubis, de Tim Powers, posiblemente por el ambiente decimonónico, bastante exótico en este caso, en el que transcurre la narración y las situaciones extraordinarias a las que tendrá que hacer frente nuestro detective. La opresión de China al Tíbet, la presencia del Gran Lama y ciertos toques de magia ofrecerán una visión que no teníamos previamente sobre el gran Sherlock Holmes.
En resumen, una novela ágil, que se lee con deleite y que resulta especialmente interesante, como pastiche holmesiano, para aquellos que admiramos al personaje y no dudamos en seguirle incluso aunque cambie de nombre y nacionalidad.
