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lunes, 29 de marzo de 2010

Los herederos

Descubrí a Golding, imagino que como tantos otros lectores suyos, gracias a su libro El Señor de las Moscas, una novela distópica en la que reflexiona en torno a la moral, la educación y la naturaleza de las sociedades humanas, constituyendo un verdadero clásico que no deberíais de dejar de leer si no lo habéis hecho ya; os gustará esta fábula, palabra de Homo libris. Después de esta obra leí Ritos de paso, novela de ambientación marinera en la que el análisis de la naturaleza humana se revela a través de los diversos mecanismos de poder que son puestos en práctica por los personajes. Con estos precedentes, cuando hace unos años me encontré con una novela suya que transcurría en la prehistoria, periodo este de nuestra existencia como especie que me fascina, no pude dejar pasar la oportunidad de acercarme nuevamente al autor.

Aunque había pensado en ocasiones traer Los herederos al blog tras una relectura, no fue hasta hace unos fines de semana cuando, escuchando a Félix Rodríguez de la Fuente nuevamente en la radio, a raíz de los diversos homenajes que se han llevado a cabo en su memoria, me decidí a hacerlo. Os preguntaréis qué suerte de razón vincula al doctor Rodríguez de la Fuente con el autor británico o, más concretamente, con el libro que, a la sazón, nos trae de nuevo aquí. Bien, el primero de los programas de “Objetivo: salvar la naturaleza”, espacio radiofónico que ocupara Félix hace 34 años y que ahora ha sido recuperado por RTVE de la mano de Joaquín Araujo, nos acercaba a la visión que del Homo sapiens tenía Félix y a la relación de aquel con la naturaleza que le rodea, “que es su sustento”, en palabras del locutor. Era la suya una visión innovadora, realmente revolucionaria, que le acercaría, gracias a su intuición, a la que mantienen actualmente muchos sociólogos y antropólogos. Precisamente en el programa del que hago mención aparece Juan Luis Arsuaga como colaborador, con lo que el interés del documento sonoro es realmente mayúsculo, por lo que os recomiendo escucharlo, si bien intentaré resumir aquí la visión de Félix. Según él, el hombre del Paleolítico era mucho más dependiente de su entorno natural, estaba más integrado en él gracias a su condición de cazador-recolector, y no fue hasta el Neolítico, con la introducción de la agricultura y la ganadería, que se inició una ruptura que nos ha llevado a una posición de dominancia sobre el resto de especies y la propia Tierra claramente perjudicial para estas (y, en último término, incluso para nosotros).

En Los herederos, William Golding nos lleva a contemplar a los últimos neandertales con vida durante su encuentro con los cromañones, con el hombre moderno que se encontraba en clara expansión por aquel entonces. Existen diversas teorías sobre la desaparición del hombre de Neandertal, aunque las más aceptadas van desde las que hablan de factores ambientales, debido al cambio climático acaecido durante el Cuaternario, hasta las que suponen la existencia de una competencia interespecífica entre cromañones y neandertales de la que salieron vencedores los primeros. La visión de Golding se acerca a esta última teoría, aunque con una particularidad: asocia la idea de la supervivencia no a la superioridad numérica, o de fuerza o inteligencia, sino a la maldad. Es el mal el que hace fuerte al hombre, le permite avanzar, medrar e imponerse al resto de especies. La prosperidad, de este modo, implica destrucción.

Lok y sus compañeros de tribu viajan guiados por Mal, el anciano, buscando recursos y alimentos. Es la suya una vida sedentaria, dirigida por las necesidades del grupo y por las condiciones ambientales que les obligan a deambular dentro de su territorio buscando frutos y algo de caza. Un día, Ha, uno de los hombres más fuertes del grupo, desaparece. Al buscarle, Lok descubre el olor de otro hombre ajeno a la tribu y, con él, dará comienzo una dolorosa experiencia que llevará aparejada la pérdida de su inocencia.

Los neandertales de Golding son seres inocentes, inscritos en una sociedad matriarcal con fuertes lazos de amistad. Dado que la capacidad de abstracción les estaba vetada, o limitada en cualquier caso, tienden a unir los recuerdos que guardan de sus seres queridos con el entorno, con la naturaleza. Se comunican entre ellos de una forma instintiva, intuitiva. Contrasta con esta la visión del hombre moderno que nos ofrece el autor; un ser que somete a la naturaleza a su antojo y que posee una curiosidad no exenta de crueldad que le lleva a “jugar” con el neandertal capturado y a no dudar en infligirle dolor para observar sus reacciones.

La historia está narrada con un estilo muy sutil, ambiguo, que se ofrece a múltiples interpretaciones pero que permite mostrar la visión peculiar que podrían tener, sobre el mundo y sobre sí mismas, unas mentes tan cercanas y, a la vez, tan distintas a las nuestras. Como apuntaba más arriba, Golding reflexiona en este caso sobre la inocencia y la maldad, sobre la pérdida de la primera y la prevalencia de la segunda. Sobre quiénes somos, qué camino hemos tomado y qué estamos dejándonos atrás al recorrerlo.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Las moscas nos hablan

Hay personas que tenemos una particular afición por todo aquello que huele a misterio, de hecho, creo que es condición de todo ser humano el que esto ocurra; simplemente obedece a nuestra inquieta mente y a la curiosidad que despierta en nosotros lo desconocido. Hay un tipo de misterios que despiertan en nosotros una especial inquietud, que nos tocan la fibra sensible: aquellos que involucran la muerte de uno de nuestros semejantes. Así, la novela de misterio, policíaca, negra o de intriga, es un género que cuenta con una nutrida cohorte de seguidores que disfrutan desde la asepsia de la literatura de la sordidez del crimen. Desde los cuentos de Poe, las historias holmesianas de Conan Doyle, las novelas de Christie, P.D. James, González Ledesma, Montalban o Mankell, hasta el trasfondo criminal de Crimen y Castigo o El nombre de la rosa, los libros han reflejado el lado oscuro del ser humano. Recientemente, el cine (¡ah, Hitchcock!) o la televisión han ocupado parte del nicho que, antaño, fuera exclusivo de la literatura: "CSI", "Numb3rs", "Bones", "Dexter"…

Siempre me apasionaron estos temas y, de hecho, sigue ocurriendo. No en balde, en mi parcela profesional me interesan especialmente los temas de seguridad informática, que están directamente relacionados con la informática forense. Desde el método científico-deductivo de Sherlock Holmes ha llovido mucho (bueno, tal vez no tanto como debiera), y hoy día la ciencia y la tecnología han dotado a policías y forenses de las herramientas necesarias para ir más allá de lo que nunca pudieran haber imaginado hace un par de siglos. Sin embargo, en todo momento tuvieron unos particulares aliados que, desafortunadamente, sólo en los últimos años están siendo conocidos a fondo: los insectos.

El testimonio de las moscas, con el subtítulo Cómo los insectos ayudan a resolver crímenes, es un libro escrito por el afamado entomólogo forense M. Lee Goff. En este libro nos descubre una particular parcela de los estudios forenses, en las que las moscas y tenébridos tienen mucho que decir. A partir de los casos en que ha trabajado, y desde el momento en que comenzó a llevar a cabo estas labores, cuando apenas se le tenía en cuenta, hasta que la entomología forense fue tomada como un referente en la resolución de muertes por violencia, M. Lee nos desvela algunos de los secretos que es capaz de desentrañar el estudio de estos insectos. El autor llevó a cabo estudios sobre la descomposición de cerdos en Hawai, donde desarrolló la mayor parte de su carrera, y cómo la intervención de insectos necrófagos se ve afectada por aspectos como la climatología, la presencia de drogas en el cadáver o el lugar en que fuera encontrado. La aparición de individuos de determinadas especies marcaba el periodo transcurrido desde la muerte, y el nivel desarrollo de sus larvas, o la aparición de depredadores de estas, podía precisar incluso el día y hora de la defunción, o las condiciones en que se produjo.


El libro es prolijo en la exposición de los casos, sin llegar en ningún momento a recrearse en ellos, buscar el morbo fácil u obviar las sensaciones que apresaron al científico en alguno que otro momento de las investigaciones. Incluso nos desvela, al final del libro, algunas curiosidades entomológicas. Por ejemplo, ¿sabíais que, en el siglo XIX, los heridos de guerra que eran recogidos del campo de batalla tenían más posibilidades de sobrevivir si sus heridas habían sido invadidas por las larvas de las moscas carroñeras? Según parece, al devorar la carne que comenzaba a presentar síntomas de podredumbre, evitaban la gangrena o el incremento de corrupción de las heridas. Sí, me consta que es poco agradable, pero esto no dejó de salvar vidas.

En resumen, un libro de lo más interesante, que posiblemente interese a quienes tengan más desarrollado ese instinto detectivesco que comentaba al comienzo de la entrada, a quienes sientan pasión por los insectos y a quienes, dejando de lado las habituales suspicacias que respecto a la entomofauna tiene buena parte de la población, estén abiertos a escuchar el testimonio de las moscas.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Unas lecturas sobre la evolución

Anteayer traía al blog una de las obras que más han influido sobre el devenir de las ciencias biológicas en los últimos siglos. Se trata de El origen de las especies, claro está, y ya que no quería que la obra de Darwin cumpliese años en soledad, aquí aparecen algunas obras que tratan la evolución biológica en general, y la de nuestra especie en particular, de forma didáctica y amena.

Juan Luis Arsuaga.
El co-director de las excavaciones de Atapuerca, ampliamente conocido gracias a su labor divulgadora de la evolución humana con títulos tan apetecibles como La especie elegida o El collar del Neandertal, por citar los más populares, presenta en El enigma de la esfinge un recorrido sobre el concepto de la evolución, las teorías que la intentan explicar y los distintos enfoques que ha sufrido su estudio a lo largo de la historia. Pero va mucho más allá de una mera exposición de sucesiones evolutivas o de ofrecer explicaciones a los conceptos claves de la disciplina. Partiendo de una breve introducción a la obra de Darwin y al neodarwinismo, Arsuaga nos lleva de la mano para explorar temas tan apasionantes el estudio de la conducta y su importancia en la supervivencia de las especies (egoísmo versus altruismo), el origen de nuestra especie o el de la inteligencia que nos caracteriza. Un libro divulgativo, que en contadas ocasiones utiliza terminología que exige del lector un pequeño esfuerzo que es recompensado con creces gracias a la visión que nos ofrece el autor sobre la evolución. También publicó este año, aprovechando el bicentenario del nacimiento del padre de la teoría de la evolución, El reloj de Mr. Darwin, otra de las lecturas que tengo pendientes y que me gustaría acometer dentro de este año... A ver si lo consigo.

Francisco J. Ayala.
Si evitamos la confusión con el recientemente fallecido autor granadino, nos encontraremos antes uno de los científicos españoles más destacados en cuanto al estudio de la evolución humana. Su obra al completo es recomendable en el campo de la evolución: La evolución en acción, La naturaleza inacabada, La teoría de la evolución: de Darwin a los últimos avances de genética, Senderos de la evolución humana (escrito junto a Camilo José Cela Conde) o La piedra que se volvió palabra: las claves evolutivas de la humanidad son títulos imprescindibles. Respecto al debate entre creacionismo y evolucionismo, publicó hace un par de años el libro Darwin y el diseño inteligente: creacionismo, cristianismo y evolución, que ya mencionase Alienor en la anterior entrada y que aún no he leído, aunque imagino que será bastante interesante (otro para la lista .

Stephen Jay Gould.
Uno de los grandes científicos del pasado siglo, paleontólogo y biólogo teórico, Jay Gould fue también un excelente divulgador científico. Entre sus obras relacionadas con la evolución destacan La estructura de la teoría de la evolución, donde expone los fundamentos de la teoría jerárquica de la evolución como una extensión del darwinismo. Mostró su postura opuesta a la sociobiología (al menos respecto al uso social de la ciencia como fundamento ideológico del poder) frente a las teorías de Edward O. Wilson o Richard Dawkins. Otra de sus obras emblemáticas es El pulgar del panda, donde postulaba que las imperfecciones eran una muestra del proceso evolutivo, quedando descartadas en el devenir del proceso de especiación.

Richard Dawkins.
El autor de los libros El gen egoísta y El espejismo de Dios publicó hace unos años una obra directamente relacionada con la evolución biológica por selección natural: El relojero ciego, que puede considerarse hasta cierto punto como la continuación del primero de los títulos citados. En él expone cómo la evolución trabaja como un relojero ciego, ajustando pequeños cambios que, con el paso del tiempo, irán produciendo importantes cambios en las especies. También plantea cómo la evolución se desarrolla en una estructura arbórea, y no de escalera, es decir, que todas las especies actuales acumulan una serie de caracteres que son igualmente óptimos para las necesidades de cada especie. En este año ha aparecido su libro Evolución. El mayor espectáculo sobre la Tierra, al que tengo ganas de hincarle el diente.

Desmond Morris.
Una de las obras más conocidas (y polémicas, en su día) de Morris es El mono desnudo, que ofrece un recorrido a través de la evolución humana desde una perspectiva meramente biológica, contrastando el comportamiento humano con el de otras especies animales y observándolo bajo la lupa del etólogo. En su día fue una obra que me encantó, al margen de mostrar leves signos de fatiga en algunas de las teorías que expone que, con el paso del tiempo, han podido sufrir los envites de nuevos descubrimientos en el área de la paleoantropología.

Termino la relación de títulos con un libro en concreto, El pico del pinzón, de Jonathan Weiner que, aunque desgraciadamente está descatalogado desde hace un par de años, recomiendo encarecidamente. Ofrece una fresca visión de la evolución en las islas que dieron origen a la teoría de Darwin: las Galápagos. En ellas desarrollaron su trabajo el matrimonio de científicos Peter y Rosemary Grant, quienes demostraron que el propio Darwin no era consciente de la fuerza de su propia teoría. El libro, ganador del Premio Putlitzer, narra con vigor y mucha pasión los trabajos del matrimonio Grant en la isla Dafne Mayor, donde durante 20 años comprobaron cómo la selección natural de los pinzones no cesa de ocurrir.

La lista anterior, como puede comprobarse fácilmente, no es exhaustiva ni pretende serlo. Presenta únicamente algunos de los títulos que, de los que he leído sobre la evolución, me parecen más interesantes. Posiblemente Alienor pueda aportarnos unos cuantos títulos más de su propia cosecha, ya que nos decía que las estanterías de la sección dedicada a los orígenes del Hombre aparecían repletas de jugosos ejemplares, así que la invito a ampliar y mejorar la lista si lo cree conveniente y no considera esta como una petición abusiva. ;)

lunes, 26 de octubre de 2009

El hábito no hace al monje... pero sí al pueblo.

Marvin Harris fue el principal adalid del materialismo cultural y, como tal, muchas de sus obras de divulgación antropológica tienen precisamente ese enfoque, buscando explicar mediante las condiciones materiales en las que vive una sociedad los patrones culturales y de organización que las caractericen. Es el caso de Vacas, cerdos, guerras y brujas, una obra que llamó mi atención hace un tiempo, y con la que pude hacerme un par de semanas atrás. En ella, Harris hilvana una serie de reflexiones antropológicas que nos llevan desde la India y su amor por las vacas hasta nuestros días (realmente, hasta los años setenta del pasado siglo, fecha en la que fue escrita la obra, aunque a todos los efectos sus reflexiones permanecen aún vigentes a día de hoy) , donde se está dando una explosión de nuevas tendencias espirituales e impera capitalismo a nivel global.

Comienza Harris, como decía, explicando el amor de los hindúes por las vacas. Es una adoración, indica el autor, que va más allá de la religión o de la irracionalidad. Que las vacas campen a sus anchas por campos y ciudades puede parecernos, a los países occidentales, una locura. Que ante las carencias alimentarias que padece buena parte de la población no se haga uso de su carne, un suicidio. Aunque no viene al caso, precisamente estos días aparece la noticia de la colisión de dos trenes, uno de los cuales había alterado su horario por haberse encontrado con una vaca pastando en la vía. ¿Qué podría justificar que las vacas sigan gozando de los mencionados privilegios? Aunque Harris abunda en el tema, explicando cómo se alimentan las vacas que parecen abandonadas, o la dependencia que tienen sus propietarios de las mismas, aquí dejaré una reflexión que puede extrapolarse al consumo cárnico a nivel mundial, y a la insolidaridad a que se traduce cuando hablamos ya no de un mismo país, sino de las relaciones entre países pobres y ricos:
Desde el punto de vista de la economía agrícola de Occidente, parece irracional que la India no disponga de una industria de envasar carne. Pero el potencial real de esta industria en un país como la India es muy limitado. Un incremento sustancial en la producción de carne de vaca forzaría el ecosistema entero, no por el amor a las vacas, sino por las leyes de la termodinámica. En cualquier cadena alimentaria la interposición de eslabones animales adicionales provoca un fuerte descenso en la eficiencia de la producción de alimentos. El vapor calórico de lo que ha comido un animal siempre es mucho mayor que el valor calórico de su cuerpo. Esto significa que hay más calorías disponibles per capita cuando la población humana consume directamente el alimento de las plantas que cuando lo utiliza para alimentar a animales domesticados.
[…]
El nivel de vida superior que poseen las naciones industrializadas no es consecuencia de una mayor eficiencia productiva, sino de un aumento muy fuerte en la cantidad de energía disponible por persona. En 1970 Estados Unidos consumió el equivalente energético a 12 toneladas de carbón por habitante, mientras que la cifra correspondiente a la India era la quinta parte de una tonelada por habitante.
De hecho, bastante más adelante el autor concluirá que
Durante los primeros años del capitalismo, se confería el mayor prestigio a los que eran más ricos pero vivían más frugalmente. Más adelante, cuando sus fortunas se hicieron más seguras, la clase alta capitalista recurrió al consumismo y despilfarro conspicuos en gran escala para impresionar a sus rivales. Construían grandes mansiones, se vestían con elegancia exclusiva, se adornaban con joyas enormes y hablaban con desprecio de las masas empobrecidas. Entretanto, las clases media y baja continuaban asignando el mayor prestigio a los que trabajaban más, gastaban menos y se oponían con sobriedad a cualquier forma de consumo y despilfarro conspicuos. Pero como el crecimiento de la capacidad industrial comenzaba a saturar el mercado de los consumidores, había que desarraigar a las clases media y baja de sus hábitos vulgares. La publicidad y los medios de comunicación de masas aunaron sus fuerzas para inducir a las clases media y baja a dejar de ahorrar y a comprar, consumir, despilfarrar o gastar cantidades de bienes y servicios cada vez mayores. De ahí que los buscadores de estatus de la clase media confirieran el prestigio más alto al consumidor más importante y más conspicuo.
Del amor por las vacas pasamos al odio y amor por los cerdos, relaciones que el autor basa también en el mantenimiento del equilibrio ecológico de las poblaciones humanas con su entorno. Todos conocemos la prohibición del consumo de cerdo entre musulmanes y judíos, sociedades que han vivido tradicionalmente en entornos donde el agua es un bien escaso y las altas temperaturas suponen un grave impedimento para la cría del cerdo, un animal asociado desde siempre al bosque y a climas más húmedos. Sin embargo, en algunas islas de Nueva Guinea o Melanesia se le rinde culto, y es el motor de las guerras entre poblados. Estas guerras primitivas son, según el antropólogo, el precio que han de pagar estas poblaciones ante el aumento de hijos varones en las familias. Se entra así en una espiral que provoca infanticidios, directos o indirectos, que desembocan en un incremento de la población masculina y, nuevamente, en la guerra.

El estudio de la guerra primitiva nos lleva a la conclusión, dice el autor, de que la guerra ha formado parte de una estrategia adaptativa vinculada a condiciones tecnológicas, demográficas y ecológicas específicas. No es necesario invocar imaginarios instintos criminales o motivos inescrutables o caprichosos para comprender por qué los combates armados han sido tan corrientes en la historia de la humanidad. Por ello, no cabe sino esperar que ahora cuando la humanidad tiene mucho más que perder de lo que posiblemente pueda ganar con la guerra, otros medios de resolver los conflictos entre grupos la reemplazarán.

Esta violencia primitiva y su relación con los mesías de la guerra son aspectos estudiados por Harris en los siguientes capítulos del libro. Plantea aquí cómo estos mensajes mesiánicos han llegado hasta nuestros días en la figura de personajes de gran relevancia (caso de Lenin o Hitler), donde han sido capaces de movilizar a grandes cantidades de personas bajo la promesa de un futuro ilimitado de grandeza respecto a otros pueblos. Son los elegidos para llevar a cabo el cambio hacia un mundo que, estiman ellos, será mejor.

Junto a los mesías de guerra, y como forma de control de la población, encontramos la figura mítica de la bruja y, por ende, de los cazadores de aquellas. El importante crecimiento de los procesos de brujería durante la edad media vino determinada por la aparición de brotes de rechazo al poder establecido.
Sugiero que la mejor manera de comprender la causa de la manía de las brujas es examinar sus resultados terrenales en lugar de sus intenciones celestiales. El resultado principal del sistema de caza de brujas (aparte de los cuerpos carbonizados) consistió en que los pobres llegaron a creer que eran víctimas de brujas y diablos en vez de príncipes y papas. ¿Hizo agua vuestro techo, abortó vuestra vaca, se secó vuestra avena, se agrió vuestro vino, tuvisteis dolores de cabeza, falleció vuestro hijo? La culpa era de un vecino, de ese que rompió vuestra cerca, os debía dinero o deseaba vuestra tierra, de un vecino convertido en bruja. ¿Aumentó el precio del pan, se elevaron los impuestos, disminuyeron los salarios, escaseaban los puestos de trabajo? Obra de las brujas. ¿La peste y el hambre destruyen una tercera parte de los habitantes de cada aldea y ciudad? La audacia de las diabólicas e infernales brujas no conocía límites. La Iglesia y el Estado montaron una denodada campaña contra los enemigos fantasmas del pueblo. Las autoridades no regatearon esfuerzo alguno para combatir este mal, y tanto los ricos como los pobres podían dar las gracias por el tesón y el valor desplegados en la batalla.

El significado práctico de la manía de las brujas consistió, así, en desplazar la responsabilidad de la crisis de la sociedad medieval tardía desde la Iglesia y el Estado hacia los demonios imaginarios con forma humana. Preocupadas por las actividades fantásticas de estos demonios, las masas depauperadas, alienadas, enloquecidas, atribuyeron sus males al desenfreno del Diablo en vez de a la corrupción del clero y la rapacidad de la nobleza. La Iglesia y el Estado no sólo se libraron de toda inculpación, sino que se convirtieron en elementos indispensables.
Marvin Harris y su materialismo cultural sufrieron en su día duras críticas por parte de otros antropólogos, al presentar sus teorías un excesivo alineamiento con el determinismo y la consiguiente disolución del individuo dentro de la sociedad, pero el presente resulta un libro de lo más interesante, que invita a la reflexión en torno a aspectos culturales que suelen darse por hechos, o para los que no se busca una explicación que vaya más allá de nuestra propia visión parcial de aquellos.

La imagen de la vaca es propiedad de Karen T. Harrison, y está tomada de la web enlazada.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

¿Por qué nos comportamos como lo hacemos?

Cuando hace unos días mostraba la desilusión que me había producido la lectura de un ensayo sobre el lobo, me venían a la mente otras obras ciertamente interesantes sobre el gran cazador del hemisferio norte. En particular, dos libros de Ramón Grande del Brío sobre el lobo ibérico: El lobo ibérico. Biología y Mitología, editado por Blume en 1984 y ya agotada, y El lobo ibérico: biología, ecología y comportamiento, de Amarú, que recoge el contenido de aquella y de otra obra del autor, Territorio y sociedad del lobo ibérico. En todas ellas, Grande del Brío repasa la biología del lobo haciendo especial hincapié en su comportamiento en la naturaleza, y trata las relaciones entre el cánido y el hombre: los mitos surgidos en torno a su figura y su presencia en la cultura popular. Son, junto al libro El lobo ibérico en Andalucía: historia, mitología, relaciones con el hombre, de Víctor Gutiérrez Alba, obras de referencia para todo aquél interesado en la vida y secretos del gran cazador.

Pues bien, precisamente recordando estos libros me encontré con el ensayo Las bases ecológicas del comportamiento humano, del mismo autor, posiblemente el más prolífico del conservacionismo en España. Doctor en Historia, naturalista que trabajó en colaboración con Félix Rodríguez de la Fuente, es uno de los más respetados estudiosos de la etología del lobo ibérico, tiene a su cargo equipos de investigación en torno a temas medioambientales y, en su día, incluso tocó la guitarra en la banda salmantina de rock Grupo 96. Si algo debo criticar de su ingente labor es la forma que tiene de escribir, abusando de la puntuación (terminé el libro actual haciendo caso omiso de las comas, que me frenaban palabra tras palabra). Una buena corrección de estilo haría relucir la forma tanto como el fondo de la obra, sin duda alguna magistral (os remito a la entrada de Azote Ortográfico donde se cita al Panhispánico de Dudas: "Es incorrecto escribir coma entre el sujeto y el verbo de una oración, incluso cuando el sujeto está compuesto de varios elementos separados por comas").

Tras este pequeño tirón de orejas al autor, a la editorial o a quien competa, paso a comentaros algunos aspectos de una obra que me ha parecido apasionante, aunque es cierto que su estilo es el de un libro de texto universitario antes que el de un ensayo con tintes didácticos o divulgativos. Es una obra científica, que se sabe tal y no pretende ser más accesible de lo que ya es. Aunque no tendría por qué, me parecería interesante que el autor se interesase por elaborar una obra de contenido similar pero más accesible al común de los lectores, porque podría llevar a más gente a reflexionar en torno al rumbo que tomamos hace unas decenas de miles de años y que nos está llevando, indefectiblemente, hacia nuestra autodestrucción.

A lo largo de los capítulos que conforman el libro, Grande del Brío va desmontando algunas de las teorías que conductistas y ambientalistas han mantenido a lo largo de los años sobre la conducta del ser humano, especialmente en lo tocante a las relaciones entre miembros de nuestra propia especie y dentro del medio ambiente que habitamos. Está claro que, desde que comenzamos a modificar el entorno en nuestro propio beneficio de forma sistemática (allá por el Neolítico), hemos actuado con nuestro medio como ninguna otra especie animal con anterioridad. A raíz de esta conducta que prima la alteración antes que la adaptación, se produce una “emancipación” del hombre respecto a la Naturaleza, debido a su inteligencia. Emancipación que no es tal, ya que seguimos dependiendo de ella para subsistir, por mucho que nos cueste reconocerlo.

Se propugna que hay que civilizar pueblos salvajes, explotar el medio, domeñar la Naturaleza; en suma, incrementar la producción de energía, geometrizar el paisaje, fabricar armas. Todo esto forma parte del cuerpo doctrinal del hombre civilizado, bebe en las fuentes de la concepción antropocéntrica, según la cual, el hombre debe explotar las “riquezas” que el medio le ofrezca. Y cuenta, además, con el “respaldo” del mandato bíblico. Esos presupuestos “mentales” operan de forma acumulativa a lo largo del tiempo, no mueren ni resucitan en cada generación, se refuerzan cada vez más; pero, a pesar de todo, los observadores superficiales verán en el fárrago de asociaciones, programas divulgativos, campañas de “sensibilización” y “concienciación” y disposiciones legales de “protección del medio”, la muestra de la existencia de una pretendida filosofía de comunión con la Naturaleza.
Es decir, que a la destrucción del medio ambiente, al enturbiamiento de las relaciones interpersonales, a la deshumanización de las ciudades, le sigue la aparición de movimientos “pro-medio ambiente”, “pro-derechos humanos”… que, lo queramos o no, suponen en muchos casos un mero lavado de cara de gobiernos y empresas. Precisamente hace unos días en el blog de Azote Ortográfico se trataba el tema, a colación de una entrada sobre los errores ortográficos que exhibe la compañía en sus carteles publicitarios.

En una segunda parte, el ensayo profundiza en las raíces de la agresividad. El texto comulga en lo básico con la obra del Premio Nobel en Medicina y reputado etólogo Konrad Lorenz, que estudió las implicaciones de la agresión en la conducta animal. Grande de Bríos recapacita en torno a las distintas formas de agresión en las sociedades civilizadas, contrastándolas con las primitivas y con los animales depredadores. Nuestra sociedad establece pautas de conducta agresivas contra su propia especie (en el día a día, con tratos entre las personas y, en último término con la guerra) y con el medio que le rodea. Al autor no le cabe la menor duda que la escalada armamentística actual y el devenir de las guerras en el futuro no tendrá fin, ya que es una de tantas expresiones de la pérdida de referentes que tiene la humanidad hoy día, a causa de su propia alteración del medio, que provoca, como si de un círculo vicioso se tratase, un mayor incremento de la agresividad interespecífica. Así las cosas, relatos como La carretera, que también aparecía en el blog hace poco, no constituyen más que una expresión realista –ni tan siquiera pesimista- de lo que está por llegar si no cambiamos nuestra conducta de forma radical. ¿Y es esto posible? Desde mi punto de vista (totalmente personal y basado meramente en lo que llevo visto en la vida), no creo que cambiemos en lo esencial. La extinción de nuestra especie vendrá de nuestra propia mano, y no ha de tardar, en términos geológicos.
Quien haya aprendido a evaluar las situaciones humanas, comprenderá que el problema, extremadamente grave, de la conservación del llamado equilibrio ecológico, exige una reducción de índice demográfico y del proceso artificial de crecimiento y desarrollo, una valoración del hombre por encima de la máquina… y un largo etcétera de actuaciones en esa línea, que ya diversos ecólogos y etólogos han preconizado, y en lo que, forzosamente, tendrán que estar de acuerdo quienes todavía siguen contemplando este planeta como soporte de vida; en contra de quienes lo consideran como escenario de sus competiciones particulares, en su alocada carera por agotar los recursos naturales y obtener un poder transitorio y ficticio sobre los restantes seres, ya sean éstos animales o humanos.
En fin, la reducción o, al menos, el control de la agresividad, exigiría la renuncia a proseguir la carrera de explotación de los recursos naturales según los patrones que se han seguido hasta ahora. Sería, en todo caso, un sacrificio que, con toda probabilidad, la humanidad, o al menos, una gran parte de ella, no estaría dispuesta a asumir, por aquello de que si el aumento de la productividad “es algo que muchos quieren, entonces, no tendría por qué ser rechazable”. Y, así, en esa falacia multisecular, las sociedades humanas civilizadas continuarán, qué duda cabe, su labor de desnaturalización del ecosistema, “dando gato por liebre”, es decir, acaparando y liberando cada vez mayores cantidades de energía, para ellas y sus sistemas asociados –plantas, animales domésticos…- en detrimento de la salud ecológica, que lo es también etológica. Y, guiados por las prédicas de los conductistas, esas mismas sociedades se justificarán, irresponsablemente, cargando todas sus culpas sobre el ambiente, al que, si pudieran, condenarían, como supuesto fautor de todos sus males.