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martes, 6 de agosto de 2013

Una lectura ligera

Algo tiene la época estival que invita a dedicarla al ocio, a tomarla con desenfado y con cierto gozoso toque de liviandad. Esta forma de aproximarse a ella alcanza a hábitos de todo tipo; desde irnos de vacaciones hasta dejar dormitar nuestro blog (esto último es algo que, mucho me temo, no puedo hacer más de lo que lo hago ya), desde salir a pasear tranquilamente por las tardes, cuando remite un poco el calor propio de la canícula, hasta ocupar nuestro tiempo en lecturas ligeras que nos permitan evadirnos durante estos días inusualmente prolongados. 

Retomo el blog, después de una eternidad sin escribir en él, para compartir con vosotros un par de recomendaciones literarias muy apropiadas, a mi parecer, para la época que acabo de describir. Son lecturas amenas, divertidas, que atrapan desde las primeras líneas y que, a mi humilde parecer, suponen un modo excelente de olvidar el calor tan digno como un gazpacho, una horchata o un refresco bien fríos. 

El primero de los libros es uno de los que tenía pendientes por reseñar desde hace… ¡un año! En efecto, fue una de mis lecturas del verano pasado y, cosas de la vida, no encontré el momento de traerlo al blog. Se trata de Ready Player One, de Ernest Cline, y ya os adelanto que se trata de un título que ningún geek amante de la cultura de los años 80 debería perderse. Ya el título evocará en más de uno recuerdos de su infancia o adolescencia: su sola lectura en la pantalla de una de aquellas máquinas recreativas o en el televisor al que conectábamos el ordenador de 8 bits de turno liberaba en nuestro cuerpo grandes cantidades de adrenalina, y es que debíamos mantener alerta todos los sentidos en cuanto nos sumergíamos en el fabuloso mundo repleto de aventuras y acción que nos esperaba tras presionar el botón del joystick. Nos encontramos ante una novela de ciencia ficción ambientada en un distópico siglo XXI en el que la gente prefiere deambular por el colorido universo virtual generado por el videojuego OASIS antes que por la deprimente realidad de un mundo colapsado por el crecimiento poblacional y la destrucción de los recursos naturales. 

El creador de OASIS fue un genio, pero el uso que las grandes corporaciones han dado al videojuego ha ido más allá de la simple diversión. Sin embargo, OASIS es un software que cuenta con su particular huevo de Pascua, y el premio para el que consiga descubrirlo será una inimaginable cantidad de dinero que podría cambiar para siempre el control que sobre OASIS ejercen las grandes empresas. Frente a ellas, Wade Watts, un simple jovencito aficionado a los videojuegos y digno estudioso de la cultura pop de los años 80: la música, el cine, las series de televisión y, por supuesto, los videojuegos de la época no guardan secretos para él. Cuando Watts descubre la entrada al huevo de Pascua no podrá imaginar hasta qué punto va a convertirse en el objetivo a abatir. 

Ready Player One es una novela que casi me atrevería a etiquetar como «juvenil» si no fuese porque para entender sus chistes y juegos, para contextualizar los datos que van apareciendo durante la acción, hay que haber vivido aquella época. No solo eso, hay que ser un verdadero friki que se divirtió jugando al «Gauntlet» o a los juegos de la Atari 2600, que decidió estudiar informática tras ver «Juegos de guerra» y que hoy puede tener treinta y tantos o cuarenta años. Las continuas referencias a la época no suponen, no obstante, un obstáculo para disfrutar de una novela repleta de aventuras y, en cualquier caso, aprovechar la ocasión para volver a ver, o hacerlo por vez primera, aquellas películas o, como fue mi caso, para instalar un emulador de Atari 2600 en el móvil y jugar nuevamente a aquellos videojuegos que, siendo tan simples en su concepción, estimularon tanto nuestra imaginación. 

Por último, diré de Ready Player One que me ha recordado poderosamente a la maltratada novela-río Otherland, de Tad Williams. Maltratada por Timun Mas, que la editó parcialmente en nuestro país, sin concluir la serie debido a las bajas ventas de la misma, una labor que solo años después Círculo de Lectores se dignó a concluir. Demasiado tarde para mí, he de confesar, que dejé su lectura en el tercer volumen, no porque no fuese una obra merecedora de ser leída, sino porque me resultó desesperante la forma errática en que fue editada. Precisamente ayer me encontré con una nueva novela de Tad editada en castellano (Las sucias calles del cielo) y ya acaricio el momento de poder leerla, ya que su saga de fantasía Añoranzas y pesares me gustó especialmente. Eso sí, cuando sea editada por completo la trilogía de la que constituye el primer volumen.

La siguiente lectura, que entretuvo mis tardes de rehabilitación de espalda hace un par de meses, es El abuelo que saltó por la ventana y se largó. La novela del sueco Jonas Jonasson es una de las más hilarantes que he encontrado jamás. Las aventuras de Allan, el vejete centenario que escapa de la residencia el día de su cumpleaños, hilvanan pasado y presente de un modo magistral. Así, si bien nos sorprendemos ante la aguda inteligencia y la templanza del abuelo sueco cuando este se hace con una maleta de millonario contenido, no podemos más que desternillarnos cuando vamos conociendo fragmentos de su pasado y comprendemos que cien años de vida, más aún en el tumultuoso siglo XX, dan para mucho. 

La historia, si bien no es nada original (un bueno despistado, amigos pintorescos que va encontrando por el camino, malos malísimos y la policía que no parece enterarse de nada hasta que va atando cabos) daría para el guión de una entretenida comedia cinematográfica. De hecho, su argumento y las risas que en mí ha desatado la historia, me han recordado la lectura de un clásico como Aventuras de un cadáver, de Robert L. Stevenson, otro de los libros que mi memoria guarda catalogados en la categoría de «risas y divertimiento sin fin». Pero los personajes tienen fuerza, y ni tan siquiera la sobria escritura sueca de Jonasson logra eclipsar el carisma de Allan y sus amigos, a los que llegamos a querer. 

Desde el momento en que vi la portada de El abuelo que saltó por la ventana y se largó pensé que tenía que leer ese libro. Sin embargo, solo lo comencé cuando Azote ortográfico me recomendó su lectura encarecidamente. Sus carcajadas continuas mientras leía el libro me dijeron más que sus palabras. Si finalmente decidís leerlo, dejad que vuestras risas inunden los blogs. 

Feliz verano y feliz lectura.

miércoles, 9 de enero de 2013

Los años del miedo

Hay que afrontar el mal tiempo con buena cara, y más nos vale hacerlo con lo que nos espera a quienes sufrimos en nuestras carnes lo descarnado de la crisis (esto es, a los españolitos de a pie y, por extensión, a la ciudadanía sometida a la dictadura de esos no por eufemísticos menos reales “mercados”). Y dado que no todo tiempo pasado fue mejor y que siempre viene bien conocer lo que ocurrió no hace tanto por estos pagos (y cómo nos las gastamos con el prójimo), retomo la actividad del blog y arranco el año (¡Feliz 2013!) reseñando mi última lectura del anterior: Los años del miedo, de Juan Eslava Galán. 

El historiador y novelista jiennense recupera con este título la línea temporal de Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie, un libro que a pesar de lo vaticinado por el título a mí me encantó. No por lo narrado, claro está, pero sí por la forma de hacerlo, sin posicionarse con ninguno de los bandos y dándoles a los dos para el pelo, pues tanto uno como otro tuvieron sus luces y sus sombras (e, independientemente de la legitimidad de cada cual, más de estas que de aquellas). Además de estos dos títulos sobre la Historia de España, el de Arjona ha publicado De la alpargata al seiscientos y La década que nos dejó sin aliento

Eslava Galán, sin llegar a hacer una novela de los hechos históricos que describe en estos libros, sí que dota a la narración de una mayor humanidad destacando la historia de algunas de las personas que deambulan entre sus páginas y acercando así al lector los hechos del periodo histórico en cuestión. En Los años el miedo nos enfrentaremos a la dura posguerra, al hambre y la miseria que se extendieron por España como una plaga tras la contienda que recoge Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie. Conoceremos de primera mano el miedo a las represalias, a “significarse” ante los vencedores como un rojo, a terminar sepultado en una fosa común. Y pese a lo horrendo de la situación, aun cuando nos parezca abominable observar por la mirilla la reunión entre Franco y Hitler en Hendaya o comprobar lo cerca que estuvimos de entrar en la II Guerra Mundial a pesar de la agónica situación de los españoles, Eslava Galán, conocedor de su oficio, consigue que una sonrisa asome en nuestros labios cuando describe los retoques que la censura (de la que no se libró ni el propio dictador) imponía en la letra de las canciones de la época. 
Las cartillas de racionamiento, la literatura popular, el gallinero de los cines, recetas tan singulares como la tortilla española (sin huevos ni patatas) y anuncios de la época se vuelven a encontrar en un libro que nos recuerda que esta época no nos queda tan lejos en el tiempo como en la memoria. Y, por qué no, nos puede hacer reflexionar sobre el camino que estamos tomando actualmente en esta España mía, esta España muerta.


sábado, 26 de noviembre de 2011

Morriña

Aunque no me gusta especialmente este grupo, lo cierto es que la canción que acompaña a la entrada, y que me descubrió Azote hace poco, se ha convertido (para ambos, quién se lo iba a decir ;)) en un canto nostálgico a la ciudad de Granada. Os dejo con "La nueva reconquista de Graná" y con un fragmento del prólogo de Melchor Fernández Almagro a la edición de 1961 de Granada. Guía artística e histórica de la ciudad, de Antonio Gallego y Burín, que estoy leyendo estos días (en la reedición de 1989).

«Aquí yacen los Reyes Católicos. Allá hizo un milagro San Juan de Dios. Ahí predicó fray Luis de Granada. En este caserón solariego nació el padre Suárez. En ese otro, la Emperatriz Eugenia. En aquella casa murió el Gran Capitán. En este carmen de los Mártires, se alzaba el convento donde San Juan de la Cruz escribió “Noche oscura del alma”. He aquí las habitaciones de Washington Irving. Esa es la Puerta del Vino, de Debussy. Estamos en la plaza que Regoyos salvó de su insignificancia. Esas muchachas que pasan, enamoraron a Gautier y son las mismas que han pintado López Mezquita y Rodríguez-Acosta. ¿No suena a música de Albéniz el Albaicín que contemplamos desde el Cubo de la Alhambra, a la luz melancólica del atardecer...? Curioso reencuentro el de los mendigos y los gitanos de Gustavo Doré o de Roberts. Es ese el "barandal de espumas", de Juan Ramón Jiménez, y esa, la "fuente de las trenzas de ópalo". Pepita Durán, en la casería de la Bailarina, traída hacia acá por Sackville-West. Valera, en el Sacro-Monte, Chateaubriand, en el paseo de los Tristes. Ganivet, en el Avellano. Falla, en la Antequeruela. André Gide, en una zambra. García Lorca, recogiendo los suspiros del Genil y del Darro...»

lunes, 26 de julio de 2010

IMM Granatensis

Aunque hasta la fecha nunca las he titulado así, ciertamente de cuando en cuando dejo caer alguna entrada con lecturas pendientes o recientes adquisiciones. Me resultan curiosas porque se trata de entradas que tienen un poco de exhibicionismo y dan pie al voyerismo de quienes queremos saber qué andará leyendo nuestro “bloguero” amigo dentro de poco. También hacen gala, a mi parecer, del deseo de compartir con quienes sentimos afines el placer de abrir un nuevo libro y hojearlo, disfrutar de su portada, del peso de sus páginas, del olor de estas… Sí, puede ser que no todo podamos transmitirlo pero, qué duda cabe, el placer del descubrimiento compartido lo compensa.

Así, desde hace un tiempo tengo pendiente escribir estas líneas. Fue hace unas semanas, durante la última visita que hicimos Azote y yo a nuestra querida “librería de Babel” (por la ingente cantidad de títulos que tienen en cualquier idioma conocido del orbe terrestre) en Torremolinos, cuando encontré un libro cuya lectura me está encantando. Se trata de una guía histórico-artística de la ciudad de Granada, editado originalmente en la década de los años treinta del pasado siglo que he conseguido en su séptima edición, de primeros años de los ochenta. Fue este libro el que me dio la idea de escribir una entrada sobre algunos de los libros de Granada con los que me he hecho en los últimos tiempos. Como veréis, los hay de variados tipos, colores y para todos los gustos.

Como los últimos serán los primeros, que sea Granada, guía artística e histórica de la ciudad quien dé comienzo a nuestra andadura por tierras nazaríes. De los granadinos de la época (hablamos de los comienzos del siglo XX, aunque en bastantes aspectos poco cambiaría de la descripción) nos dice que son:
Fogosos y espiritualmente complicados, cerradamente localistas a veces y, a veces también, por paradoja, dejando escapar su espíritu tras todo valor universal, los granadinos, andaluces ariscos, más amantes de la gravedad que del regocijo, más irónicos que alegres y, cuando alegres, sobrios en su alegría, más concentrados que expansivos, de inteligencia ágil y percepción aguda, ponen su acento sutil y grave en el idioma íntimo de Andalucía, como Córdoba viene a dejar en ella un vago eco romano. Acentúa este carácter un matiz de indolencia en el que apoya un concepto fatalista de la vida, lo que les defiende del entusiasmo inmediato y fácil, tendencia manifestada en refranes y modalidades expresivas del lenguaje.

Este libro, tras introducirnos el medio físico de la provincia, en la idiosincrasia de los granadinos y algunas de sus (nuestras) tradiciones, invita a recorrer la ciudad en diversos trayectos en los que se nos irán descubriendo sus rincones y leyendas, así como los innumerables monumentos que acoge y la historia de sus gentes. Como decía más arriba, me está encantando descubrir aspectos desconocidos de la ciudad, los orígenes de algunos de sus edificios más emblemáticos y a quienes estuvieron detrás de su construcción. Sin duda alguna, se trata de la mejor guía histórica de Granada que he podido ver hasta la fecha, cuya lectura es un verdadero placer literario y en la que las fotografías que ilustran el texto son verdaderas preciosidades.


De la mano de Alberto (un amigo cuya presencia en Andanzas de un Trotalomas es bastante recurrente) llegó a las mías El Real Sitio Soto de Roma, un libro que profundiza hasta niveles realmente increíbles en el devenir histórico de la antigua propiedad rural de los reyes nazaríes que, tras el reparto que llevaron a cabo los Reyes Católicos de las tierras de la Vega de Granada entre sus nobles tras  la reconquista de la ciudad, tuvieron buen cuidado de guardarlas para sí para darle los usos de lugar de recreo y coto de caza. Tiempo después, en fecha indeterminada, se construiría en el lugar un palacete que recibiría el nombre de Casa Real (al parecer, en la época de la regencia de Felipe II aún no existía el edificio), rodeado en aquella época de árboles y jardines exóticos según figura en documentos de Pedro de Aguilar almacenados en el Archivo General de Simancas. Delimitando el sur de aquellos parajes una atalaya, denominada Torre de Roma, continúa erguida entre cultivos y choperas en la actualidad. El libro de José Cuevas va desglosando la historia del Soto y de los municipios cercanos, de las gentes que allí vivieron y del uso que se dio a estas tierras feraces, hoy tan castigadas por el urbanismo y las infraestructuras, recordándonos la singularidad de este entorno y lo necesario que ha sido siempre para la subsistencia de los granadinos, aun en tiempos de hambruna. Acompaña al libro un CD-ROM repleto de documentos que hacen aún más valiosa e interesante la lectura de aquel.

De la última "Feria del Libro Antiguo y de Ocasión" a la que pude acudir en Granada traje conmigo una guía sobre los pueblos de la Alpujarra, territorio este compartido entre mi provincia y la de Almería cuya visita os recomiendo fervorosamente si aún no la conocéis. Se trata de un voluminoso ejemplar (dejo la sombra del libro en la fotografía para que podáis apreciarlo, je, je) que tengo conmigo en Málaga desde hace ya cierto tiempo (como ocurre, por otro lado, con todos los libros que aparecen  hoy en el blog) porque me gusta echarle un vistazo, de cuando en cuando, y descubrir algún lugar pintoresco que marcar en el mapa para futuras escapadas por esta comarca. Como buena guía, la ilustran fotografías en color y blanco y negro que amenizan cualquier ojeada que le dediquemos al libro, bastante interesante en sí mismo aunque, en este caso, os invito a descubrir los pueblos alpujarreños por vuestro propio pie.


Ya que nos encontramos visitando la Alpujarra, podemos aprovechar la visita para descubrir las singularidades geológicas de Sierra Nevada. Para ello, qué mejor que una guía de campo como la que tuvo a bien (al igual que ocurrirá con la siguiente) regalarme Alberto hace algún tiempo. En ella se presentan una serie de itinerarios por el magnífico macizo montañoso gracias a los cuales podremos contemplar algunos de los parajes más hermosos de los parques Natural y Nacional de Sierra Nevada. Es un libro que he disfrutado enormemente este año, como complemento a la asignatura de Medio Físico que he estado cursando y que nos recuerda, a quienes disfrutamos en el campo de todo lo vivo, que la materia que subyace inerte bajo nuestros pies guarda en sí misma una historia de maravillas dispuesta a ser narrada a quien sepa escucharla.

Ya que me es posible, independientemente de vuestra ubicación, de este libro sí os voy a regalar un ejemplar. Editado por la Junta de Andalucía, al igual que ocurre con otras de sus publicaciones, existe una edición en PDF que puede descargarse desde la web. Así que, si gustáis, sois libres de tomar vuestra copia de los Itinerarios Geológicos por Sierra Nevada.

Termino de momento el recorrido por Granada con un momento efímero pero hermoso. Es el tiempo de las orquídeas y estas florecen en muchos de nuestros campos. Cuando llegue la próxima primavera fijaos en ellas, en sus delicadas formas, en lo singular de su apariencia. Esta guía de orquídeas hará más interesante, si cabe, la observación.


Me despido recordando a Granada tal y como la describiera en 1337 el geógrafo y Secretario del Estado Egipcio, Ibn Fadl Allah al-‘Umari,
Granada es una gran ciudad de forma circular y encantador aspecto, en la que abundan los árboles, las aguas, los jardines y los frutos, y poco expuesta a los vientos, por estar rodeada por todas partes de montañas. Sus aguas tienen su origen en dos ríos importantes: el Genil y el Darro; el Genil desciende del monte Soleir, al S. de la ciudad, que es un pico elevado, del que nunca desaparece la nieve, ni en estío ni en invierno, que, por consiguiente, es muy frío, de donde resulta que Granada lo es también en invierno, pues no está apartada de aquel pico más que unas diez millas... Tiene fuentes de agua abundantes y árboles de especies variadas; particularmente, las manzanas y cerezas de Balbeck difícilmente pueden encontrarse iguales en el mundo entero, pues son tan bellas y tan dulces que de ellas podrían extraerse miel; también hay nueces, castañas, higos, uvas, fresas, bellotas, etc. en la sierra se encuentran plantas medicinales parecidas a las de la India y una hierba que se emplea como remedio, que los botánicos conocen muy bien, y que no se encuentra ni en la India ni en otras partes.

lunes, 29 de marzo de 2010

Los herederos

Descubrí a Golding, imagino que como tantos otros lectores suyos, gracias a su libro El Señor de las Moscas, una novela distópica en la que reflexiona en torno a la moral, la educación y la naturaleza de las sociedades humanas, constituyendo un verdadero clásico que no deberíais de dejar de leer si no lo habéis hecho ya; os gustará esta fábula, palabra de Homo libris. Después de esta obra leí Ritos de paso, novela de ambientación marinera en la que el análisis de la naturaleza humana se revela a través de los diversos mecanismos de poder que son puestos en práctica por los personajes. Con estos precedentes, cuando hace unos años me encontré con una novela suya que transcurría en la prehistoria, periodo este de nuestra existencia como especie que me fascina, no pude dejar pasar la oportunidad de acercarme nuevamente al autor.

Aunque había pensado en ocasiones traer Los herederos al blog tras una relectura, no fue hasta hace unos fines de semana cuando, escuchando a Félix Rodríguez de la Fuente nuevamente en la radio, a raíz de los diversos homenajes que se han llevado a cabo en su memoria, me decidí a hacerlo. Os preguntaréis qué suerte de razón vincula al doctor Rodríguez de la Fuente con el autor británico o, más concretamente, con el libro que, a la sazón, nos trae de nuevo aquí. Bien, el primero de los programas de “Objetivo: salvar la naturaleza”, espacio radiofónico que ocupara Félix hace 34 años y que ahora ha sido recuperado por RTVE de la mano de Joaquín Araujo, nos acercaba a la visión que del Homo sapiens tenía Félix y a la relación de aquel con la naturaleza que le rodea, “que es su sustento”, en palabras del locutor. Era la suya una visión innovadora, realmente revolucionaria, que le acercaría, gracias a su intuición, a la que mantienen actualmente muchos sociólogos y antropólogos. Precisamente en el programa del que hago mención aparece Juan Luis Arsuaga como colaborador, con lo que el interés del documento sonoro es realmente mayúsculo, por lo que os recomiendo escucharlo, si bien intentaré resumir aquí la visión de Félix. Según él, el hombre del Paleolítico era mucho más dependiente de su entorno natural, estaba más integrado en él gracias a su condición de cazador-recolector, y no fue hasta el Neolítico, con la introducción de la agricultura y la ganadería, que se inició una ruptura que nos ha llevado a una posición de dominancia sobre el resto de especies y la propia Tierra claramente perjudicial para estas (y, en último término, incluso para nosotros).

En Los herederos, William Golding nos lleva a contemplar a los últimos neandertales con vida durante su encuentro con los cromañones, con el hombre moderno que se encontraba en clara expansión por aquel entonces. Existen diversas teorías sobre la desaparición del hombre de Neandertal, aunque las más aceptadas van desde las que hablan de factores ambientales, debido al cambio climático acaecido durante el Cuaternario, hasta las que suponen la existencia de una competencia interespecífica entre cromañones y neandertales de la que salieron vencedores los primeros. La visión de Golding se acerca a esta última teoría, aunque con una particularidad: asocia la idea de la supervivencia no a la superioridad numérica, o de fuerza o inteligencia, sino a la maldad. Es el mal el que hace fuerte al hombre, le permite avanzar, medrar e imponerse al resto de especies. La prosperidad, de este modo, implica destrucción.

Lok y sus compañeros de tribu viajan guiados por Mal, el anciano, buscando recursos y alimentos. Es la suya una vida sedentaria, dirigida por las necesidades del grupo y por las condiciones ambientales que les obligan a deambular dentro de su territorio buscando frutos y algo de caza. Un día, Ha, uno de los hombres más fuertes del grupo, desaparece. Al buscarle, Lok descubre el olor de otro hombre ajeno a la tribu y, con él, dará comienzo una dolorosa experiencia que llevará aparejada la pérdida de su inocencia.

Los neandertales de Golding son seres inocentes, inscritos en una sociedad matriarcal con fuertes lazos de amistad. Dado que la capacidad de abstracción les estaba vetada, o limitada en cualquier caso, tienden a unir los recuerdos que guardan de sus seres queridos con el entorno, con la naturaleza. Se comunican entre ellos de una forma instintiva, intuitiva. Contrasta con esta la visión del hombre moderno que nos ofrece el autor; un ser que somete a la naturaleza a su antojo y que posee una curiosidad no exenta de crueldad que le lleva a “jugar” con el neandertal capturado y a no dudar en infligirle dolor para observar sus reacciones.

La historia está narrada con un estilo muy sutil, ambiguo, que se ofrece a múltiples interpretaciones pero que permite mostrar la visión peculiar que podrían tener, sobre el mundo y sobre sí mismas, unas mentes tan cercanas y, a la vez, tan distintas a las nuestras. Como apuntaba más arriba, Golding reflexiona en este caso sobre la inocencia y la maldad, sobre la pérdida de la primera y la prevalencia de la segunda. Sobre quiénes somos, qué camino hemos tomado y qué estamos dejándonos atrás al recorrerlo.

martes, 18 de agosto de 2009

Amar en tiempos revueltos

Hace unos meses traía al blog el ensayo de Muñoz Molina sobre la Córdoba de los Omeyas que tanto me había gustado, y entre los comentarios que surgieron a colación de mi reseña y de los que tanto suelo aprender (¡me encantan!), hubo uno de Maribel en el que citaba el ensayo que nos ocupa hoy: Usos amorosos de la posguerra española, de Carmen Martín Gaite, que he leído tal y como ella anunciaba: como si se tratase de una novela. Espero que este comienzo haya tranquilizado a quienes estuvieran tirándose del cabello ante una posible entrada "telenovelesca", dado el título de la misma :D

Dividido en nueve capítulos, la autora vuelve a reflexionar sobre los usos y costumbres amorosos de los españoles, como ya hiciera en su tesis doctoral centrada en el mismo tema pero durante el siglo XVIII en nuestro país. Comienza la andadura amorosa justo tras la implantación del régimen franquista al finalizar la Guerra Civil Española. De esta etapa heredaríamos la influencia de Primo de Rivera, siendo su hermana Pilar la impulsora, desde la Sección Femenina de la Falange que fundara aquél, de un modo de vida acorde al sentir de la decencia católica. De sus desvelos por guardar el honor de la española de pro llegaría la formación de la esposa ejemplar de la época, que incluiría el coser, limpiar y tolerar –limitándolos, eso sí- en el marido los arrebatos propios de su carácter masculino y, siempre, español.

A lo largo de los años, por supuesto, las costumbres amatorias de los españoles fueron cambiando, tornándose en algo más liberales conforme transcurría el siglo. Nuevos aires llegaban del exterior, fundamentalmente a través del respiradero del cine norteamericano, que comenzó a estar en boga en aquél entonces. La moral estaba en peligro y los padres se desvelaban por limitar las correrías de los hijos y, en particular, de las hijas. La presentación de las mismas en sociedad, el flirteo velado con los chicos, el primer (y, las más de las veces, único) novio o el momento del casamiento serán situaciones que Martín Gaite nos acercará desde una perspectiva que denota a las claras la cercanía en lo personal de aquello que nos está narrando. Aunque se trata de un ensayo, la obra está escrita desde un punto de vista subjetivo, lo que no le resta seriedad sino que nos acerca aún más a aquello que nos está contando. Lo hace más vívido y creíble. Conforme avanzan los capítulos lo haremos también en la Historia, que lamentablemente (tampoco era la intención de la autora que fuese así) no llega hasta la etapa de transición a la democracia.

El libro me ha parecido de lo más interesante y ameno, permitiendo un acercamiento muy instructivo a los usos amatorios de nuestros abuelos. Y es que España habrá cambiado, nuestras costumbres también, pero a día de hoy es fácil comprobar cómo las diferencias intergeneracionales –en particular entre los habitantes de los pueblos- siguen estando en buena parte marcadas por una época en la que España permaneció separada del resto del mundo de una forma, quizás, más tajante que la relatada por José Saramago en La balsa de piedra.

jueves, 13 de agosto de 2009

El rey Arturo y algunas obras derivadas

Se da en ocasiones la paradójica situación de que un personaje, una historia, un drama, se ven replicados sin llegar a cansar; dan de sí tanto como para que numerosas reescrituras (y relecturas) no los agoten, y nos encontramos ante una reiteración en las historias, una búsqueda dentro de las mismas que no llega a cansar al lector sino que, por el contrario, le llevan a una situación de éxtasis donde quiere más, y más, y más, de ese personaje, historia, drama, que le atenaza sin posibilidad de escape. Algo así me ocurrió con el rey Arturo cuando, a lo largo de los años, fui haciéndome con diversas obras derivadas de su corpus principal, el que describía ayer y que está basado fundamentalmente en la obra de Malory (insisto, creo que merece una relectura por mi parte y una profundización en la misma, bien sea por mi parte, bien por algún lector de este blog, que nos ofrezca una visión más extensa a la par que profunda de la misma).

Entre los libros a que me refiero se cuentan los de Stephen R. Lawhead, el genial autor de La Canción de Albión, una trilogía en torno a la cultura celta que bien merece unas tardes de lectura, y que no estuvo tan inspirado (a mi parecer) cuando escribió su Ciclo Pendragón, una serie de cinco novelas basadas en el ciclo artúrico que adereza con una fantasía desmesurada y unos toques de la leyenda de la Atlántida. Sus diálogos son de lo más acertado, aunque personalmente la saga no terminó de convencerme y no fui capaz de completarla. En casa cuento con los dos primeros volúmenes, y creo recordar que leí el siguiente de la biblioteca pública. Posiblemente no sean lo mejor que se ha escrito sobre Arturo, pero no obstante, creo que pueden ser entretenidos como introducción al mito del rey de Britania.

Más suerte tuvo El rey, una curiosísima novela de Donald Barthelme que tuve la suerte de conseguir a través de Círculo de Lectores hará poco más de diez años. Imaginad a Arturo, a la reina Ginebra, a Lanzarote y Merlín, en plena Segunda Guerra Mundial compartiendo escenario con Churchill o Ezra Pound. El ideal caballeresco de Arturo choca con la sucia guerra que le ha tocado afrontar, intenta mantener al reino cohesionado y a su reina junto a él, en tanto los acontecimientos se desarrollan aceleradamente a su alrededor. Se trata de un libro curioso, plagado de diálogos y situaciones absurdas que, a su vez, invitan a la reflexión. Una curiosa novela que huye del pastiche para convertirse en un referente de la literatura antibelicista. Una maravillosa obra difícil de conseguir en castellano (hay pocas traducciones de la obra de Barthelme a nuestro idioma y, que me conste, la única de El rey es la de Círculo. Eso sí, creo que hay un PDF por Internet que, a las malas, puede serviros para descubrir esta obra que, a día de hoy, sólo puede conseguirse mediante la visita a librerías de viejo.

Aproximadamente un siglo antes que Barthelme, un compatriota suyo llevó a cabo una incursión en Camelot para presentarnos a un curioso personaje en el territorio del rey Arturo. Se trataba de Mark Twain, y su novela Un yanqui en la corte del rey Arturo llegó a divertirme de niño, cuando cursaba la ya cuasi olvidada EGB, con sus hilarantes situaciones. Sin duda, una de las novelas menos respetuosas con el ciclo artúrico, pero que merece la pena ser leída y disfrutada desde una perspectiva alejada siempre de la rigurosidad histórica (y literaria).

En territorio patrio también han existido autores que han incursionado en el corpus del ciclo artúrico. De Álvaro Cunqueiro encontré en casa la novela Merlín y Familia, un libro repleto de ironía, de fantasía repleta de lirismo, donde Felipe, el paje de Merlín, va desgranando en sucesivas historias los hechos que acontecieron durante la vida del mago. Dividida en dos partes, la primera de ellas nos va mostrando cómo Merlín atiende a diferentes personajes que acuden a él en busca de ayuda. En la segunda, Felipe, que ha entrado a formar parte del personal de la posada de Termar, nos cuenta las historias de algunos peregrinos que se dirigen a Santiago de Compostela. Cunqueiro no reincide en las historias conocidas, sino que hace uso del personaje, Merlín, para narrar nuevas crónicas que poco o nada tienen que ver con el ciclo artúrico tal y como lo conocemos. El autor de Las crónicas del Sochantre, una vez más, se luce.

También Manuel Rivas, un autor por el que tengo especial predilección, ha incursionado en el mito del rey Arturo. Su obra En salvaje compañía recrea el mito del Rey de Galicia, un cuervo blanco con grilletes de plata y bola de azabache que reina sobre los trescientos cuervos de Xallas, y que establece sutiles relaciones con la mitología celta, desde su Galicia natal, y con Arturo y sus caballeros.

Ahora tengo pendiente la lectura de Las nieblas de Avalon, de Marion Zimmer Bradley, una serie de cuatro novelas con la que por fin me hice en Valencia hace unos días, y de la que existen opiniones encontradas. Se trata de una revisión del mito artúrico desde el punto de vista de sus mujeres. Pude ver la adaptación cinematográfica y lo cierto es que me gustó, de modo que espero, al menos, encontrarme con unas novelas amenas que, aunque no sean demasiado rigurosas con la historia original, me diviertan lo suficiente. Y, eso sí, queda pendiente una relectura de la obra de Malory (de ahí que no avanzase demasiado en la anterior entrada) y un artículo al respecto.

Tengo pendiente, eso sí, leer algún ensayo sobre este tema. He descubierto el ensayo Historia del Rey Arturo y de los Nobles y Errantes Caballeros de la Tabla Redonda, de Carlos García Gual (gracias a la entrada de Alienor, sin la cual posiblemente no habría echado cuentas al prólogo de mi edición de La muerte de Arturo, de Malory o a este ensayo), y estoy deseando hacerme con él en cuanto pueda pasarme por la librería más cercana. Ya os contaré algo al respecto cuando pueda leerlo.

¿Cómo es vuestra experiencia con las obras en torno al rey Arturo, ya sean estas más o menos fieles a las fuentes originarias de la leyenda? ¿Habéis leído alguna de las obras que menciono, o me recomendaríais alguna en particular?

Os dejo, por fin, con la canción Mordred’s Song de los teutones Blind Guardian.



miércoles, 12 de agosto de 2009

El rey Arturo en la literatura

Aprovechando los días de (iba a escribir asueto, pero pronto comprobaréis que no ha sido así) vacaciones, he estado en casa de mis padres haciendo alguna que otra reforma y pintando algunas habitaciones. Al trasiego que acompaña habitualmente estos menesteres se han sumado las súplicas de mi madre para que libere un poco los estantes de las librerías y las amenazas de mi padre en el mismo sentido. Así que como soy un hijo verdaderamente digno de tal nombre, me he dedicado a reordenar, clasificar y guardar parte de mi colección de libros, liberando de algo de su peso a las vencidas estanterías. Entre los libros que han ido apareciendo se encontraban algunos sobre Arturo y su cohorte de nobles caballeros, y ya hacía tiempo que vengo pensando escribir algo sobre ellos, qué mejor ocasión para hacerlo que repasando algunos de estos títulos. Dicho lo cual, comenzaré por el principio, esto es, por el origen de la leyenda.

Existen ocasiones en las que realidad y fantasía tejen conjuntamente las historias que pasan al imaginario popular y terminan por convertirse en parte de la cultura de los pueblos. Personajes de ficción que no fueron tales, pero que la pluma de los poetas ensalzó hasta convertirles de meros guerreros en reyes, de hombres temerosos de un dios y de la muerte en algo menos que dioses. Es el caso del protagonista de las obras literarias que hoy visitan el blog, nada más y nada menos que el rey Arturo. El origen de la leyenda se remonta al siglo séptimo, cuando un caudillo de Britania supo contener las andanadas de tropas sajonas que intentaban conquistar las islas y que, por gracia y obra del arte de los bardos, terminó convertido en rey. Esto, claro está, en el simplista resumen de unos hechos sobre los que tal vez convendría profundizar y que, a buen seguro, alguno de vosotros sabríais narrar con mayor propiedad.

El primer libro “serio” sobre el rey Arturo que leí fue el de John Steinbeck, Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros. Desde su peculiar introducción, apelando a la memoria de los lectores para recordar las dificultades para adquirir una adecuada (y maravillosa) comprensión lectora, Steinbeck consiguió atraparme para acompañarle en el recorrido vital de Arturo; partiendo de su concepción por parte de Uther Pendragon en el vientre de Igrayne, hasta su muerte en lucha singular con su hijo Mordred, Arturo y los caballeros de quienes se rodea viven numerosas aventuras y logran no menos cuantiosas hazañas que, de momento, no es necesario desvelar, y que os invito a descubrir en el libro en cuestión.

También me gustaron las obras de T.H. White sobre Arturo. Conocidos en España por el título general de Camelot (The Once and the Future King), comprende varios volúmenes (La espada en la piedra, La reina del aire y las tinieblas, El caballero maltrecho, Una vela en el viento y El libro de Merlín) son, sin duda, los libros que más han influido en el conocimiento del ciclo artúrico, aunque no son los más fidedignos a la Vulgata. Curiosamente, la adaptación cinematográfica de la factoría Disney (Merlín el encantador) está basada en el primero de los libros de White. Estos libros están más cerca de la fantasía que de la recreación histórica, pero aun así merece la pena leerlos.

Tanto Steinbeck como White bebieron de las fuentes del ciclo en la pluma de Sir Thomas Malory. Imperdonablemente, leí tardíamente La muerte de Arturo, pero cuando lo hice me encantó. Años después me haría con la edición de Círculo de Lectores, que respeta la original de Caxton e incluye hermosas ilustraciones que embellecen el conjunto: dos volúmenes encuadernados en tela, con papel ahuesado que convierten la lectura en un verdadero placer, máxime cuando la traducción corre a cargo de Francisco Torres Oliver.

No podía dar por concluida la entrada sin nombrar a Tennyson, sin duda alguna uno de los poetas ingleses más influenciados por la obra de Malory. Hace apenas una semana se cumplían doscientos años de su nacimiento (de ahí que no ha mucho trajera al blog una reseña sobre su hermosísimo The lady of Shalott), y hoy quería finalizar la entrada invitándoos a releerle, a descubrir a Malory, a ver Excalibur (sin duda, una de las versiones cinematográficas del mito que resultan más interesantes) y citándoos en una próxima entrada donde repasaremos algunos otros títulos tal vez menos ortodoxos pero interesantes igualmente, basados en el corpus de la leyenda artúrica.

miércoles, 5 de agosto de 2009

¡Más madera!

Houston, tenemos un problema. Y bien gordo, además. El fin de semana pasado, como ya anunciaba en alguno de los comentarios, Azote ortográfico y yo anduvimos por Valencia porque ella trabajaba en unos asuntos relacionados con la celebración en esta mediterránea ciudad de la Campus Party 2009. Decidiendo optimizar al máximo el escaso tiempo que pasaríamos en la ciudad, y ya que conocía las librerías París-Valencia con anterioridad (gracias a ellas me hice con las Segundas Crónicas de Thomas Covenant a través de Internet), nos pusimos a hurgar en su fondo bibliográfico encontrándonos con alguna que otra grata sorpresa. Así, antes de partir ya teníamos encargada una buena remesa de libros, y aprovechando la mañana del sábado, durante la cual los participantes de la Campus dormían el sueño de los justos (como antítesis del desvelo de la SGAE), aprovechamos para hacer una escapada y conocer la librería en la que debíamos recoger el pedido.

La librería París-Valencia (al menos la que pudimos ver, sita en la calle Pelayo) me recordó a la ya finada librería Urbano de Ocasión de Granada. Estantes hasta el techo, rebosantes de libros en ediciones de saldo, que parecían cerrarse en un laberinto del que con gusto no habría salido en todo el día, el olor a papel cansado, de libros con muchos años a sus lomos, coexistiendo con alguna que otra novedad editorial, un caballero que nos atendió con esmero y trato agradable, una librería magnífica, sin duda alguna.

De la excursión trajimos unos pocos libros. De ahí lo de Houston y la referencia al problema. Y es que aunque pensaba que con mi flamante Papyre iba a conseguir limitar el número de libros que venía comprando al mes, la verdad es que de lo único que he sido capaz ha sido de redirigirme hacia otro sector editorial, obviando un poco las novedades –al menos hasta que se hacen merecedoras de crédito-, y tirando mucho más de librería de saldo o de títulos que me llaman especialmente la atención (fundamentalmente relacionados con la Historia y la Biología).

En cuanto a la “caza” en sí misma, por un lado Azote, que sigue con su afán de aprender catalán, se hizo con una serie de libros de texto de la añorada EGB (Català amb els clàssics) que parecen ofrecer un curioso acercamiento a esta lengua desde la revisión de textos de autores clásicos. También consiguió el libro Contes per Vells Adolescents, de Miquel de Palol, y una hermosísima edición bilingüe (inglés-catalán) en dos volúmenes de una selección de poemas de Ausiàs March, con su estuche grabado y todo.

Por mi parte, me hice con títulos de todo tipo. Desde un ejemplar de El caballero del puente, de Wiliam Watson, hasta la tetralogía de las Nieblas de Avalon, de Marion Zimmer Bradley, pasando por la divertidísima novela de ciencia ficción Estado crepuscular, de Javier Negrete, las experiencias ornitológicas que comparte Tito Narosky en Entre hombres y pájaros, la fascinación por los océanos que plasma Rachel L. Carson (la conocidísima autora de La primavera silenciosa) en El mar que nos rodea, un libro de texto universitario sobre Paleoecología y, por último, la obra teatral A mitad de camino, de Peter Ustinov (exacto, el famoso actor que interpretara de forma extremadamente personal al Hércules Poirot de Agatha Christie, a Nerón en Quo Vadis?, y dirigiera a Sofía Loren y a Paul Newman en una de las últimas superproducciones de Hollywood: la adaptación de la novela de Romain Gary, Lady L).

En resumen, un buen surtido de títulos por poquitos euros, una librería que os recomiendo descubrir, y mucha lectura por delante.

¿Leemos? ¡Adelante!

martes, 4 de agosto de 2009

El lector

Cuando el joven Michael Berg enfermó y dejó de ir unos días a clase no podía imaginar que conocería a una mujer que cambiaría su vida. Al pasar cerca de la casa de Hanna Schmitz sufre un vahído y es ésta quien le socorre. Instado por su madre, pasa a agradecerle la ayuda cuando se ha repuesto, y será entonces cuando su atracción por ella le lleve a cometer una pequeña locura: convertirse en su amante. Se acerca el fin de curso y es Hanna quien insiste en que Michael saque adelante el curso, a pesar de haber perdido unas semanas por mor de su enfermedad, y a cambio le permitirá seguir viéndola. Se establece entre ellos una estrecha relación, y Michael descubrirá en los brazos de Hanna el dulce sabor del amor y el sexo, así como los misterios de una personalidad voluble, inquieta, inescrutable. Los malentendidos se suceden a causa de ésta, y ante la imponente figura de Hanna, Michael se repliega y termina por doblegarse a su voluntad.

Michael comienza a leer libros para Hanna, a ella le gusta su voz y la forma que tiene de contarle las historias que contienen aquellos. Así se suceden días de felicidad para ambos, entre baños, sexo y lectura, que tocarán su fin de forma abrupta cuando Hanna desaparezca de la ciudad.

Pasa el tiempo, y el segundo acto de este drama se desarrolla durante la juventud de Michael. Está estudiando Derecho y visita, junto a su profesor y unos compañeros, el juicio al que están siendo sometidas unas mujeres colaboradoras con el régimen nazi. Allí descubre a Hanna, que está siendo imputada de los máximos cargos y que apenas sabe defenderse. Atando cabos, Michael descubrirá el secreto de Hanna, y aunque gracias a ello sabrá que no es tan culpable de los actos que se le imputan como podría parecer aunque, por supuesto, tampoco es inocente. Michael intenta romper con su pasado, sabe que podría ayudar a Hanna, pero también es consciente de que no es lo correcto, si ella no quiere ayudarse a sí misma.

Finaliza el libro con las palabras de un Michael ya adulto, divorciado y padre de una hija, que intenta mediante la catarsis de la lectura en voz alta purgar sus miedos y alejar a los fantasmas de su pasado. Sin embargo, comienza a grabar sus lecturas, y decide enviárselas a Hanna. Pasan varios años hasta que recibe una respuesta por su parte, y habrán de pasar más aún hasta que se decida a visitarla y saber qué siente por ella.

El lector, novela de B. Schlink no es precisamente reciente, la escribió en 1995 y fue un éxito internacional, llegando a ser traducida a 39 idiomas. Sin embargo, hasta la fecha no había sabido de ella. Me llamó la atención hará un año, cuando debido a su adaptación cinematográfica comenzó a sonar nuevamente el título del libro y leí un poco sobre su argumento, y he aprovechado la última semana para ir intercalando su lectura. La verdad es que me ha gustado mucho la forma que tiene el autor de ir introduciéndonos en el pensamiento de Michael durante las tres etapas de su vida que nos muestra: su adolescencia, juventud y madurez, los dilemas internos que le causa su relación con Hanna o el conflicto generacional entre los alemanes que vivieron, sufrieron o toleraron la guerra y la inmediatamente posterior, centrándolo fundamentalmente en la relación de Michael con su padre (algo que también queda reflejado magistralmente en la novela gráfica Maus, de Art Spiegelman).

lunes, 29 de junio de 2009

De los cuatro muleros...

Supe de Juan Eslava Galán por un profesor de instituto, que apareció un buen día extasiado y sonriente, con un libro bajo el brazo, presto a leerlos el primer capítulo, ya que había pasado la tarde anterior sumergido entre sus páginas con la única compañía del eco de su risa. El libro en cuestión era En busca del unicornio, novela escrita por el autor jiennense en 1987, y por la que fue premiado con el Planeta de ese año. La verdad es que la novela venía a colación de la asignatura, porque era de Geografía e Historia, y muy de la mano de los métodos de enseñanza del profesor en cuestión, que en un examen se dedicó a darnos pistas musicales silbando la música de Curro Jiménez.

A raíz de todo esto, busqué el libro para leerlo, y lo cierto es que me resultó divertidísimo, aunque conforme avanzaba la aventura de la búsqueda del unicornio tendía a hacerse algo monótono (para mi gusto, me habría saltado dos o tres aldeas africanas, donde los personajes hacían poco más de folgar con las nativas, y engañar al jefe de la tribu). Sin embargo, como os decía, el libro me resultó muy llamativo, y el autor quedó entre los de interesante lectura. Así, tanto las novelas de Eslava Galán, como sus ensayos historiográficos, e incluso las novelas históricas escritas bajo el seudónimo de Nicholas Wilcox, son recomendables, por la ironía que desprenden, el buen hacer literario y la profusa labor de documentación que se adivina entre sus páginas.

Con todo lo anterior, no resulta de extrañar que cuando tuve entre mis manos La mula, una novela nada reciente (data de 2003), pero sí muy interesante por la historia que prometía, me sumergiese en su lectura hasta terminarla. A grandes rasgos, la historia que quiere compartir Juan con nosotros es la del cabo Juan Castro, acemilero de un batallón del frente nacional durante la Guerra Civil Española, campesino de derechas que va al frente cuando los republicanos lo reclutan, pero deserta a la menor oportunidad, y pasa la guerra junto a su Valentinilla, la mula que encuentra perdida en el monte y que quiere preservar para llevarla a casa cuando termine la guerra. Así, Castro vivirá las más variopintas aventuras para eludir los recuentos de las caballerías y, de paso, nos mostrará las miserias de una guerra entre hermanos y vecinos, que se mataban a cerrojazo de fusil, pero mandaban recuerdos a la familia cuando se veían, fuera del frente, para intercambiar tabaco y ropa de contrabando. Castro también conocerá el amor en las trincheras, y tendrá que habérselas con el pundonor habitual de la época.

Eslava Galán construye así una novela entrañable, divertida, que nos hará sonreír, cuando no reír a carcajada limpia en más de una ocasión, pero también nos dejará con el gusanillo en la tripa al entrever un país sangrante por la decisión de unos pocos. Por su visión mordaz de la guerra y sus personajes inocentes, íntegros, me ha recordado ligeramente a libros como La sombra del águila, de Pérez-Reverte, o Las aventuras del buen soldado Svejk, de Jaroslav Hasek.

Entre otras curiosidades del libro se encuentra la inspiración para el protagonista, Juan Castro. Según parece, el autor se basó en las historias que, de primera mano, le llegaron de su padre, que fue también acemilero en la Guerra Civil, y que vivió algunas de las aventuras (que no todas) narradas en la novela.

Además, por lo que he podido ver mientras leía otras opiniones y críticas de la novela (me gusta buscarlas a posteriori, a ser posible, cuando no me influyen de cara a la lectura de la obra), se está preparando una versión cinematográfica del libro, a cargo de Michael Radford (El cartero y Pablo Neruda), y se espera empezar a rodarla a partir de septiembre.

Por todo lo dicho, creo que La mula es una lectura más que recomendable para el periodo estival que tenemos encima. ¿Y vosotros, leísteis algo de Eslava Galan o, en su defecto, de su alter ego Nicholas Wilcox?

domingo, 14 de diciembre de 2008

Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus

Escribo estas líneas en un tiempo en el que, por buena o mala fortuna, prácticamente todo ha sido dicho sobre el libro que da el pistoletazo de salida a las andanzas de esta nueva aventura que afronto: un blog sobre y por los libros. Sin embargo, me pareció oportuno comenzar con él, por la tremenda amalgama de acercamientos que ofrece la obra, y por tratarse de un libro muy importante para mí.

El nombre de la rosa, del semiólogo italiano Umberto Eco, fue un best-seller allá en la década de los 80, en cuyos albores fue publicada, pero no estamos ante un superventas al uso (kenfolletiano, zafoniano…), no, sino ante una novela culta, con tintes de relato policíaco, latinajos por doquier y el afán de teorizar sobre política y religión en la oscura Edad Media con un discurso que no puede ser ajeno a nuestros días. Tras su lanzamiento, se presentaron tantas interpretaciones sobre la novela como fueron posibles, siendo todas ellas, sin embargo, inconclusas e insignificantes. Porque El nombre de la rosa es más que una simple historia, más que un acercamiento de Eco al género de la novela en la que fuese su primera obra de ficción. Es por esto que trascendió más allá del tiempo, y a día de hoy es un clásico contemporáneo en toda regla.

Como buen libro de profundas raíces, puede leerse bajo distintos estados de ánimo, en diversos momentos de nuestras vidas, y cada lectura será diferente y enriquecedora respecto a las demás. Las aventuras del dual Guillermo de Baskerville (Sherlock Holmes del medioevo, fraile y hombre de ciencia a un tiempo) acompañado del joven novicio a su cargo, Adso de Melk, pueden verse como una intrigante y apasionante historia policíaca; el debate sobre la Iglesia y la pobreza de Jesucristo brinda una interesantísima visión sobre las corruptelas que ya entonces existían en el seno pontificio y su “santa” Inquisición; el amor carnal de Adso y la joven muchacha, un adendum pasional no demasiado ajeno al practicado por tantos otros monjes en la novela, iniciática para el novicio; la reflexión filosófica que enfrenta a fray Guillermo (de Occam) y Santo Tomás de Aquino; la ambientación histórica, conseguida en grado sumo, un referente bibliográfico para profesores y alumnos que utilicen la novela como lectura de referencia.

No son precisamente referencias lo que faltan en El nombre de la rosa. Recrea a Holmes en el personaje de Guillermo, cuyo apellido toma de una de las más famosas aventuras del detective inglés, a Borges en el fraile Jorge de Burgos, y nos trae un libro de Aristóteles perdido (en la Historia y en la historia) sobre la risa.

Todo esto, y mucho más, es para mí la primera novela de Eco, la que me dio a conocer a un autor con el que tantas veces he disfrutado: con su desquite en El péndulo de Foucault, una novela erudita sobre la orden del Temple, náufrago frente a La isla del día de antes, una historia sobre la incertidumbre y la necesidad de respuestas que no deja por ello de ser una hilarante y divertidísima lectura, siguiendo a Baudolino hasta Alejandría en su vuelta a la novela histórica, en este caso de tintes picarescos, o recorriendo el imaginario vital del autor en su autobiográfica y última novela, La misteriosa llama de la reina Loana.

En estos días en los que la nieve despliega su manto sobre todo el país, y el frío acude para infiltrarse por cualquier resquicio de la casa, dan ganas de sentarse junto a la luz y el calor del hogar, echarse una manta sobre el regazo y abrir la novela. Junto al plano de la abadía, cuya ubicación no quiso desvelar el autor, da comienzo la narración de un envejecido Adso que, antes de que la memoria huya de sí, nos dice que…

[…]
Ya al final de mi vida de pecador, mientras, canoso y decrépito como el mundo, espero el momento de perderme en el abismo sin fondo de la divinidad desierta y silenciosa, participando así de la luz inefable de las inteligencias angélicas, en esta celda del querido monasterio de Melk, donde aún me retiene mi cuerpo pesado y enfermo, me dispongo a dejar constancia sobre este pergamino de los hechos asombrosos y terribles que me fue dado presenciar en mi juventud, repitiendo
verbatim cuanto vi y oí, y sin aventurar interpretación alguna, para dejar, en cierto modo, a los que vengan después (si es que antes no llega el Anticristo) signos de signos, sobre los que pueda ejercerse la plegaria del desciframiento.
[…]

Feliz lectura.