martes, 6 de agosto de 2013
Una lectura ligera
miércoles, 9 de enero de 2013
Los años del miedo
sábado, 26 de noviembre de 2011
Morriña
«Aquí yacen los Reyes Católicos. Allá hizo un milagro San Juan de Dios. Ahí predicó fray Luis de Granada. En este caserón solariego nació el padre Suárez. En ese otro, la Emperatriz Eugenia. En aquella casa murió el Gran Capitán. En este carmen de los Mártires, se alzaba el convento donde San Juan de la Cruz escribió “Noche oscura del alma”. He aquí las habitaciones de Washington Irving. Esa es la Puerta del Vino, de Debussy. Estamos en la plaza que Regoyos salvó de su insignificancia. Esas muchachas que pasan, enamoraron a Gautier y son las mismas que han pintado López Mezquita y Rodríguez-Acosta. ¿No suena a música de Albéniz el Albaicín que contemplamos desde el Cubo de la Alhambra, a la luz melancólica del atardecer...? Curioso reencuentro el de los mendigos y los gitanos de Gustavo Doré o de Roberts. Es ese el "barandal de espumas", de Juan Ramón Jiménez, y esa, la "fuente de las trenzas de ópalo". Pepita Durán, en la casería de la Bailarina, traída hacia acá por Sackville-West. Valera, en el Sacro-Monte, Chateaubriand, en el paseo de los Tristes. Ganivet, en el Avellano. Falla, en la Antequeruela. André Gide, en una zambra. García Lorca, recogiendo los suspiros del Genil y del Darro...»
lunes, 26 de julio de 2010
IMM Granatensis
Fogosos y espiritualmente complicados, cerradamente localistas a veces y, a veces también, por paradoja, dejando escapar su espíritu tras todo valor universal, los granadinos, andaluces ariscos, más amantes de la gravedad que del regocijo, más irónicos que alegres y, cuando alegres, sobrios en su alegría, más concentrados que expansivos, de inteligencia ágil y percepción aguda, ponen su acento sutil y grave en el idioma íntimo de Andalucía, como Córdoba viene a dejar en ella un vago eco romano. Acentúa este carácter un matiz de indolencia en el que apoya un concepto fatalista de la vida, lo que les defiende del entusiasmo inmediato y fácil, tendencia manifestada en refranes y modalidades expresivas del lenguaje.
Granada es una gran ciudad de forma circular y encantador aspecto, en la que abundan los árboles, las aguas, los jardines y los frutos, y poco expuesta a los vientos, por estar rodeada por todas partes de montañas. Sus aguas tienen su origen en dos ríos importantes: el Genil y el Darro; el Genil desciende del monte Soleir, al S. de la ciudad, que es un pico elevado, del que nunca desaparece la nieve, ni en estío ni en invierno, que, por consiguiente, es muy frío, de donde resulta que Granada lo es también en invierno, pues no está apartada de aquel pico más que unas diez millas... Tiene fuentes de agua abundantes y árboles de especies variadas; particularmente, las manzanas y cerezas de Balbeck difícilmente pueden encontrarse iguales en el mundo entero, pues son tan bellas y tan dulces que de ellas podrían extraerse miel; también hay nueces, castañas, higos, uvas, fresas, bellotas, etc. en la sierra se encuentran plantas medicinales parecidas a las de la India y una hierba que se emplea como remedio, que los botánicos conocen muy bien, y que no se encuentra ni en la India ni en otras partes.
lunes, 29 de marzo de 2010
Los herederos

martes, 18 de agosto de 2009
Amar en tiempos revueltos

jueves, 13 de agosto de 2009
El rey Arturo y algunas obras derivadas
miércoles, 12 de agosto de 2009
El rey Arturo en la literatura
miércoles, 5 de agosto de 2009
¡Más madera!

martes, 4 de agosto de 2009
El lector

lunes, 29 de junio de 2009
De los cuatro muleros...
domingo, 14 de diciembre de 2008
Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus
Escribo estas líneas en un tiempo en el que, por buena o mala fortuna, prácticamente todo ha sido dicho sobre el libro que da el pistoletazo de salida a las andanzas de esta nueva aventura que afronto: un blog sobre y por los libros. Sin embargo, me pareció oportuno comenzar con él, por la tremenda amalgama de acercamientos que ofrece la obra, y por tratarse de un libro muy importante para mí. El nombre de la rosa, del semiólogo italiano Umberto Eco, fue un best-seller allá en la década de los 80, en cuyos albores fue publicada, pero no estamos ante un superventas al uso (kenfolletiano, zafoniano…), no, sino ante una novela culta, con tintes de relato policíaco, latinajos por doquier y el afán de teorizar sobre política y religión en la oscura Edad Media con un discurso que no puede ser ajeno a nuestros días. Tras su lanzamiento, se presentaron tantas interpretaciones sobre la novela como fueron posibles, siendo todas ellas, sin embargo, inconclusas e insignificantes. Porque El nombre de la rosa es más que una simple historia, más que un acercamiento de Eco al género de la novela en la que fuese su primera obra de ficción. Es por esto que trascendió más allá del tiempo, y a día de hoy es un clásico contemporáneo en toda regla.
Como buen libro de profundas raíces, puede leerse bajo distintos estados de ánimo, en diversos momentos de nuestras vidas, y cada lectura será diferente y enriquecedora respecto a las demás. Las aventuras del dual Guillermo de Baskerville (Sherlock Holmes del medioevo, fraile y hombre de ciencia a un tiempo) acompañado del joven novicio a su cargo, Adso de Melk, pueden verse como una intrigante y apasionante historia policíaca; el debate sobre la Iglesia y la pobreza de Jesucristo brinda una interesantísima visión sobre las corruptelas que ya entonces existían en el seno pontificio y su “santa” Inquisición; el amor carnal de Adso y la joven muchacha, un adendum pasional no demasiado ajeno al practicado por tantos otros monjes en la novela, iniciática para el novicio; la reflexión filosófica que enfrenta a fray Guillermo (de Occam) y Santo Tomás de Aquino; la ambientación histórica, conseguida en grado sumo, un referente bibliográfico para profesores y alumnos que utilicen la novela como lectura de referencia.
No son precisamente referencias lo que faltan en El nombre de la rosa. Recrea a Holmes en el personaje de Guillermo, cuyo apellido toma de una de las más famosas aventuras del detective inglés, a Borges en el fraile Jorge de Burgos, y nos trae un libro de Aristóteles perdido (en la Historia y en la historia) sobre la risa.
Todo esto, y mucho más, es para mí la primera novela de Eco, la que me dio a conocer a un autor con el que tantas veces he disfrutado: con su desquite en El péndulo de Foucault, una novela erudita sobre la orden del Temple, náufrago frente a La isla del día de antes, una historia sobre la incertidumbre y la necesidad de respuestas que no deja por ello de ser una hilarante y divertidísima lectura, siguiendo a Baudolino hasta Alejandría en su vuelta a la novela histórica, en este caso de tintes picarescos, o recorriendo el imaginario vital del autor en su autobiográfica y última novela, La misteriosa llama de la reina Loana.
En estos días en los que la nieve despliega su manto sobre todo el país, y el frío acude para infiltrarse por cualquier resquicio de la casa, dan ganas de sentarse junto a la luz y el calor del hogar, echarse una manta sobre el regazo y abrir la novela. Junto al plano de la abadía, cuya ubicación no quiso desvelar el autor, da comienzo la narración de un envejecido Adso que, antes de que la memoria huya de sí, nos dice que…
[…]
Ya al final de mi vida de pecador, mientras, canoso y decrépito como el mundo, espero el momento de perderme en el abismo sin fondo de la divinidad desierta y silenciosa, participando así de la luz inefable de las inteligencias angélicas, en esta celda del querido monasterio de Melk, donde aún me retiene mi cuerpo pesado y enfermo, me dispongo a dejar constancia sobre este pergamino de los hechos asombrosos y terribles que me fue dado presenciar en mi juventud, repitiendo verbatim cuanto vi y oí, y sin aventurar interpretación alguna, para dejar, en cierto modo, a los que vengan después (si es que antes no llega el Anticristo) signos de signos, sobre los que pueda ejercerse la plegaria del desciframiento.
[…]
Feliz lectura.




