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lunes, 1 de marzo de 2010

Declaración de intenciones para marzo

¡Dos entradas en todo un mes! ¡Que el escarnio y la mayor de las vergüenzas caigan sobre mí y toda mi estirpe, que de Homo libris en Homo libris, generación tras generación, gen a gen, quedemos marcados por la ignominia de quienes permitieron que nuestro blog quedase desterrado por ostracismo, por la inactividad que le ha caracterizado poco tiempo después de cumplir un año de existencia!

Huy… ¿están ustedes por aquí? Discúlpenme y permítanme recomponer mis vestiduras. No esperaba, ciertamente, su pronta visita. Estoy tan acostumbrado, últimamente, a la soledad que me imponen las obligaciones, que he permitido caer en la imperdonable falta de descuidar las más básicas normas de etiqueta. ¿Desean tomar algo? Siéntense, tomen asiento y permítanme recoger sus abrigos. En seguida estoy con ustedes.

El mes de febrero ha resultado bastante nefasto para el blog (para todos los míos, ciertamente), aunque qué voy a contar que no sea ya sabido por todos quienes los visitáis con cierta frecuencia. Lo peor es que marzo no se avecina más calmo que febrero (parece que las tormentas no se limitan únicamente a la meteorología últimamente), pero voy a intentar que los blogs no lo acusen tanto. Sobre la mesa se depositan algunos de los títulos que han ocupado, ocupan u ocuparán mi tiempo en lo sucesivo. Con algunos de ellos prometo no torturaros demasiado (la Guía de campo de los insectos de España y Europa, por ejemplo, me ha sido valiosísima aunque su traducción no sea todo lo buena que debiera, al igual que la magnífica Entomología esencial de McGavin que un amigo tuvo a bien prestarme y que me ha encantado hasta el punto de que tendré que hacerme con una copia de cara a la próxima primavera), aunque otros sí que puede que os resulten de interés (os tomo la palabra respecto a lo que comentasteis en verano al respecto de las reseñas sobre ensayos que llamasen mi atención) a pesar de ser material de estudio en la carrera, como Redes que dan libertad o El impacto político de los movimientos sociales. Otros, que se sitúan a medio camino entre la obligación y la devoción (aunque casi diría que se trata del mismo sendero en este caso) son ¿Quién debe a quién?, deuda ecológica y deuda externa, La salud que viene o Sueño y mentira del ecologismo. De todas formas, tanto para estos como para los documentales que van engrosando la cola de vídeos pendientes de ver posiblemente guarde un espacio mayor en las andanzas de cierto trotalomas que por aquí, para descanso del personal. Pero no todo serán ensayos, la literatura tiene también su espacio por aquí (eso siempre, por supuesto). Ahora ando viajando junto a Holmes por el Tíbet, y pronto os contaré algo sobre tan singular aventura. Tengo ganas de conocer cuál es El nombre del viento, aunque me consta que muchos ya sabéis de él, y Vonnegut me espera desde hace ya demasiado tiempo para embarcar hacia las Galápagos. Una visita a la siempre apetecible librería de Torremolinos ha hecho que, además sumar otros títulos a los pendientes de leer, cuente con una invitación a conocer El reino de los réprobos de la mano de Burguess.

Pero este mes es el de Félix Rodríguez de la Fuente. Nació y murió el 14 de marzo, y de la fatídica fecha se cumplirán en unos días 30 años. Por esto el naturalista que nos marcó a tantos tendrá una especial presencia en el blog estos días.

Nos leemos.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Hablando de libros


Hace unos días Lammermoor publicó en su De libro en libro una breve “autoentrevista” en la que nos hablaba de libros y, de paso, nos invitaba a hacerlo si así lo deseábamos en su propio blog o trasladando a los nuestros las cuestiones que allí planteaba. Así, siguiendo su ejemplo y la estela de Alienor (de momento no he visto ningún otro, aunque me consta que algunos de vosotros os vais a sumar en breve), heme aquí…


HABLANDO DE LIBROS.

USOS Y COSTUMBRES.

1. ¿Acostumbráis a leer un libro de cada vez o simultaneáis varias lecturas?
Tengo la mala costumbre de ir simultaneando la lectura de varios libros. Digo mala porque en los momentos en los que el tiempo no escasea termino por devorar unos cuantos títulos por semana, dejarme los cuartos en las librerías y arrasar con los fondos de la biblioteca pública más cercana. El Papyre, mi lector electrónico, me ahorra unos cuantos paseos en este último sentido. En los momentos en que el tiempo libre termina por convertirse en algo tan ilusorio como intangible, el problema está en que las múltiples lecturas se eternizan y parece que uno no es capaz de terminar con nada, no se percibe la sensación de avance. Pero vamos, después de todo soy incapaz de estar con un único libro sobre la mesilla de noche. :)

2. ¿Qué sistema empleáis para recordar donde lo habíais dejado?
Desde un trozo de papel hasta los marcapáginas al uso, pasando por los billetes de autobús o tren incluso la simple memoria. Eso sí, nunca, pero nunca, se le deberían doblar las hojas a un libro para marcar el punto en que dejamos nuestra lectura. ¬_¬

3. ¿Leéis en el baño? En ese caso, ¿qué tipo de lectura?
Como nos decía una maestra de Lengua y Literatura en el colegio, de la que guardo un gratísimo recuerdo (hace tiempo que no la veo, por cierto, aunque de cuando en cuando solía cruzármela por el pueblo), “leo siempre que puedo; en la cama, paseando, cocinando y, por supuesto, en el baño”. A fuer de ser sinceros, también usó un gerundio que evitaré por malsonante. La respuesta a la pregunta, en todo caso, es que sí, leo en el baño aquello que llevo o encuentro. Desde uno de los libros en cuya lectura me encuentre enfrascado hasta, haciendo un mal chiste, los frascos de perfume o la parte de atrás del bote del gel de baño.

4. ¿Vais con libro a...?
Cualquier sitio. Siempre llevo alguno de bolsillo en la mochila, en el bolso, en los bolsillos del abrigo, en el coche…

5. ¿Releéis?
Por supuesto. Es curioso, pero de niño me marcaba un par de tardes a la semana para la relectura de algún libro que me había gustado. Podría tener por aquel entonces unos 11 ó 12 años, y recuerdo releer a Poe, a Conan Doyle o a Verne mientras seguía descubriendo nuevos libros y autores, pero eso sí, el día que tocaba relectura “tenía” que recuperar algún libro ya leído. Actualmente, de cuando en cuando recupero del estante alguno de mis preferidos y suelo compaginar su lectura con la de cualquier otro libro.


FILIAS Y FOBIAS

1. Un autor que no soportes.
Bueno, “no soportar” tal vez sea demasiado fuerte, pero lo cierto es que a Antonio Gala, con su ampulosidad, le tengo algo de ojeriza. Tal vez por eso no disfruté el único libro suyo que comencé (La pasión turca), aunque me consta que es un buen autor. Algún día tendré que darle una, a buen seguro.

2. Prejuicios literarios.
La verdad es que ninguno. El tiempo me ha demostrado que las etiquetas son una mala compañía a la hora de conseguir encontrar buenas historias que nos sorprendan. En el caso de los bestsellers, por ejemplo, no me gustó el primer libro de Millenium, pero sí que lo hicieron los dos primeros títulos de la Saga de los Cole de Noah Gordon (El médico y Chaman; La doctora Cole creo que flaqueaba bastante). Descubrí La sombra del viento antes de que se convirtiese en un fenómeno de masas, por ejemplo, y confieso que me atrapó como hacía años que no lo conseguía otro libro; sin embargo, El juego del ángel constituyó una profunda decepción para mí. Finalmente, no nos olvidemos de títulos como El nombre de la rosa, que constituyó en su día un verdadero fenómeno de ventas.

3. Uno de tus autores preferidos.
¿Solamente puedo citar a uno? Esta pregunta está formulada con el ánimo de ser desoída, seguro. Es como la de “¿Cuál es tu libro preferido?”; a buen seguro pocos contestarán con un único título y, de verme obligado hacerlo, yo sentiría que estoy traicionando a unos cuantos, je, je. Entre los autores me quedaría con Miguel Delibes, Dostoievski, Eco, Saramago, Borges, Cortázar o Paul Auster. ¡Hala! Ya me siento un verdadero traidor. XD

4. ¿Círculo de Lectores sí o no?
Soy socio desde hace 20 años (¡uf, cómo pasa el tiempo!), y la verdad es que, hasta la fecha, mi impresión sobre Círculo de Lectores es buena. Cierto es que durante los dos primeros años estás obligado a comprar un título cada dos meses, pero me consta que hay socios que, pasado este tiempo, no siempre siguen el ritmo de compra marcado.

A mí suele costarme elegir un único título cada dos meses, y habitualmente compro libros que sé que van a lanzar a buen precio y editados en tapa dura, además de algún libro exclusivo del club o alguna colección (por ejemplo, ahora me estoy haciendo con las obra completas de Delibes por este medio). Entre los descubrimientos que hice a través de Círculo se cuentan los dos primeros libros de la saga de Geralt de Rivia de Sapkowski. Ventajas de viajar en tren, la hilarante historia de Antonio Orejudo o La sombra del viento, de Zafón. Por supuesto, esto no es óbice para que luego siga indagando en librerías e Internet qué otros libros pueden saciar mi apetito lector cada poco tiempo.


FONDO DE BIBLIOTECA

1. ¿Qué libro crees que no puede faltar en una biblioteca?
El Señor de los Anillos, El nombre de la rosa, Don Quijote de la Mancha, Crimen y Castigo, Rayuela... Tampoco dejaría pasar El conde de Montecristo o La isla misteriosa ni, por supuesto, los relatos de Poe, Borges y un par de buenos diccionarios (incluido uno de sinónimos y antónimos).

2. ¿Qué libro falta en tu biblioteca?
Casi todos los que no están.

3. ¿Seguís algún sistema para ordenar los libros?
En casa de mis padres, donde se encuentra la mayor parte de mi biblioteca, tengo (en general) ordenados los libros por autor y, en la medida de lo posible, por género. Sin embargo, su importante número me ha llevado a adoptar la técnica de la “biblioteca tetris” para optimizar la cantidad de libros ubicados en cada estante. :D

4. Define tu biblioteca.
Distribuida, dinámica y en expansión. Tengo parte en Málaga y parte en Granada. Los libros cobran vida, dejan las estanterías y ocupan la casa, invadiendo el salón, las repisas, los brazos del sofá. La biblioteca me sigue, me acompaña y, últimamente, incluso aparece parte de ella digitalizada en un pequeño pero práctico lector electrónico (¿será el equivalente bibliotecario al colapso de nuestro Universo?).

¿Os animáis a seguir con este meme?

domingo, 20 de septiembre de 2009

¡Esto es la guerra!

Y no hablo precisamente de la Segunda Guerra Mundial, de la que se cumplen ahora los setenta años, para eso os remito a la entrada de Alienor, sino de la encarnizada lucha contra aquellos agentes que destruyen y dañan a nuestros amigos más queridos: los libros.

Si nos preguntaran quiénes son los enemigos más peligrosos para nuestros libros, posiblemente nos vendrían a la cabeza las personas a quienes se los prestamos en una ida sin retorno, o aquellas que nos los devuelven en un estado más que lamentable. O bien aquellos simpáticos, pero no por ello menos dañinos, ratones caseros que con sus poderosos incisivos producen daños irreparables en los libros de nuestras bibliotecas. Afortunadamente, la mejora de las condiciones de hogares y edificios públicos ha permitido que estos roedores, junto a sus aún más peligrosas primas las ratas, sean cada vez menos frecuentes en los archivos y bibliotecas (de esto seguro que nos puede hablar con mayor propiedad nuestra amiga Lammermoor). En cambio, existen otros enemigos, aún menos visibles que los escurridizos ratones, que pueden dar al traste con una buena biblioteca. Vamos a recordar algunos de ellos.

Desde que vivo en Málaga, mi mayor obsesión respecto a la conservación de mis libros ha sido la constante presencia de humedad en el ambiente. La humedad no entiende de puertas ni barreras, y se hace patente especialmente en verano. Los libros, por su propia constitución de papel, tela, cartón y, en algunos casos, piel, son verdaderas víctimas de la humedad, que oprime sus páginas, las hace volver a la pasta original que las vio nacer o, en casos no tan graves, las convierte en frágiles seres que se deshacen con tocarlos. Para luchar contra la humedad, puede usarse una adecuada calefacción que mantenga la sala a una temperatura estable y reseque un poco el ambiente. Sin embargo, no conviene propasarse, porque los cambios bruscos de temperatura, así como las temperaturas elevadas, provocan pequeñas variaciones de tamaño en los libros (por la dilatación y contracción de sus materiales) que puede dañar el papel o la encuadernación (en particular, la cola que se usó para pegar su lomo).

Unido a la humedad constante está la temperatura elevada (pero, a diferencia de la solución propuesta anteriormente, que no elimine la humedad existente en el ambiente). Si se dan estos dos fenómenos, y además tenemos la biblioteca en penumbra, es posible que aparezcan odiosos hongos que ensucien y estropeen el papel. A la humedad ambiente habría que añadir posibles filtraciones de tuberías o del suelo en las paredes de los edificios. Contra todo esto deberemos batallar sin descanso, so pena de ver mermada nuestra estupenda colección.

Otro de los enemigos, siempre presentes y además visible, es el polvo. Ese que nos empeñamos a erradicar sin ver fin a la batalla, y que se acumula en los lomos y la parte superior de nuestros amigos. Además del daño estético que hace a nuestra biblioteca, se le suma la alergia que produce en algunos de los lectores. Pero no queda ahí la cosa, y dado que el polvo porta gérmenes, hongos y diversos materiales, puede resultar abrasivo para el papel, y desencadenar procesos de deterioro físicos y químicos, que lleguen a estropear sin remedio algún ejemplar.

Los insectos tampoco son un enemigo desdeñable. Desde las famosas polillas al precioso pero mortífero pececillo de plata, pasando por la carcoma o las termitas, si a una colonia de insectos se le ocurre plantar su campamento en nuestra biblioteca, lo cierto es que estamos literalmente… fastidiados. Para erradicarlos posiblemente haya que recurrir a un experto, aunque destacaría el bien que hacen algunas arañas cazadoras y las salamanquesas en el control de estos y otros insectos. Así que las arañas son buenas amigas, nuestras y de nuestros libros ;)


Por supuesto, el (ab)uso es un mal amigo de los libros. Aquellos que abren los libros 180 grados, les doblan las páginas o llevan a cabo con ellos atrocidades innombrables, deberían ser condenados al patíbulo. Pero, aunque se les trate bien, nuestros amigos están constituidos por materiales delicados y sensibles, por lo que el desgaste estará siempre presente. Hay que cuidarlos lo máximo posible y restaurarlos cuando se encuentren dañados. También tener en cuenta las ediciones, cuando vamos a adquirirlos. Obviamente los libros de bolsillo hacen mucho bien a nuestra economía, y hay ediciones de envidiable calidad. Pero hay muchos otros, especialmente los que se sacan a menor precio con el único interés de suscitar la venta (es el caso de las numerosas ediciones de bolsillo que aparecen en verano) que suelen tener un papel de mala calidad, encuadernaciones que no superarán varias lecturas o que se deteriorarán en apenas un lustro. En cambio, hay otros libros de bolsillo, especialmente aquellos que pertenecen a colecciones de referencia en algunas editoriales, que han sido producidos con el mismo cariño y calidad que otros libros de mayor valor económico. Según deseemos que un determinado libro nos acompañe durante toda la vida o no, deberemos pensar en la calidad de los elementos que lo constituyen.

¿Y vosotros, soléis ser muy exigentes con las ediciones? ¿Tenéis especial cuidado con alguno de los aspectos mencionados? ¿Qué otros elementos os producen fobia, o temor, respecto al cuidado de vuestros valiosos compañeros?

domingo, 16 de agosto de 2009

Libros, bibliotecas y herramientas

La capacidad organizativa es una virtud que no debería faltar entre quienes coleccionamos de forma sistemática cualquier tipo de objeto. Esto es particularmente útil entre los amantes de los libros. Ya hace algún tiempo nuestra amiga Isi nos comentaba que había comenzado a clasificar su biblioteca personal (y la paterna) utilizando una aplicación informática a tal efecto. Elwen también hablaba recientemente sobre una página web, Anobii, que nos permitía clasificar nuestros libros y compartir esta biblioteca virtual con otros usuarios para contrastar títulos, compartir lecturas y llevar a cabo todo uso práctico que se nos pudiera pasar por la cabeza. A raíz de un comentario de Elwen en la entrada sobre el rey Arturo en la literatura, donde anunciaba su interés en leer a Tennyson y la imposibilidad de encontrarlo en la biblioteca pública a pesar de aparecer como disponible en el catálogo de la misma, se me pasó por la cabeza la temática para la entrada de hoy: la catalogación bibliotecaria.

Tranquilos. No es mi intención comenzar a desglosar los distintos tipos de catalogación posible en una biblioteca, sea ésta personal o pública, ni glosar las bondades de la Clasificación Decimal Universal, aunque a algunos bibliotecarios puede que les viniera bien conocerla (es inconcebible cómo en la principal biblioteca pública malagueña los libros estén clasificados como hace 20 años los encontraba en la de mi pueblo o en la del colegio, sin orden ni concierto sobre la temática, autoría o género de los mismos). Simplemente quiero presentar la biblioteca como el laberinto que presentía Borges, regido por un catálogo de normas que nos permiten recorrerlo sin perdernos en él si nos afianzamos en el hilo de Ariadna de su clasificación. Basta un corte, una interrupción en la delicada hebra para que nos perdamos sin solución entre los muros forrados de libros que amenazan con volcar sobre nosotros. Ponerlo a prueba es simple; tomemos un libro, recorramos sin orden ni concierto la biblioteca y depositémoslo entre sus semejantes en una ubicación nueva e indeterminada. La biblioteca seguirá acogiendo al libro, pero éste habrá desaparecido como si nunca hubiera existido. El bosque esconde al árbol, y sin un orden adecuado nunca lograremos localizarlo de nuevo. Sólo el azar, el deambular por la biblioteca sin afán de encontrar un ejemplar determinado, dejando simplemente que venga a nuestras manos de forma casual, podrá restablecer el título perdido a la circulación.

Es por ello, por la insolidaridad del desorden, por la facilidad con que un libro puede desaparecer durante meses o años aun estando dentro del sagrado recinto bibliotecario, que me desespera encontrar un libro en un catálogo para constatar, justo a continuación, que el libro no se puede localizar. No está. No podemos leerlo. En ocasiones basta con mirar alrededor del lugar en el que esperábamos encontrarlo para verlo desubicado, colocado en la misma balda, a escasos centímetros de donde debería estar. Otras veces puede encontrarse en el estante superior o en el justamente inferior, y nuestro gozo al verlo es inconmensurable. Incluso puede estar tras otros libros, empujado hasta quedar oculto por un despistado lector que colocó a uno de sus semejantes desplazándolo sin miramientos. Suspiramos con alivio y nos llevamos el libro con nosotros, porque lo habíamos dado por perdido cuando sólo se encontraba extraviado.

Pero ocurre en ocasiones que no se da el grato encuentro y el libro es declarado formalmente en situación desconocida. Puede haber sido sustraído y nunca más volverá a aparecer, o puede permanecer escondido por tiempo indefinido, cuasi infinito, entre sus semejantes. Ante esto, no nos queda más que desesperar y, por supuesto, intentar conseguirlo por otros medios. Uno de ellos, bastante vilipendiado, es la copia digital de libros. En particular, la digitalización llevada a cabo por la compañía norteamericana Google ha suscitado un debate encarnecido sobre la necesidad o no de llevar a cabo esta labor y la conveniencia de que sea el capital privado quien la lleve adelante. Sin entrar en la discusión (aunque si lo deseáis, podemos tratar el tema), y dejando clara mi posición a favor del acceso universal a la cultura, lo cierto es que bien llevado el servicio puede propiciar este acceso, al igual que mal entendido puede coartarlo. Entre otras utilidades del servicio he descubierto estos días una bastante interesante que puede ayudarnos a catalogar también nuestros libros. Simplemente introduciendo la lista de los ISBN de aquellos que deseemos incluir en nuestra biblioteca personal, Google se encargará de rellenar los campos de título, autor, fotografía de la portada si está disponible, etc. Es posible después exportar la lista de libros a un fichero XML que incluya esta información y, de paso, ofrecemos una poca más sobre nosotros, nuestras aficiones y predilecciones lectoras al Gran Hermano Google

miércoles, 5 de agosto de 2009

¡Más madera!

Houston, tenemos un problema. Y bien gordo, además. El fin de semana pasado, como ya anunciaba en alguno de los comentarios, Azote ortográfico y yo anduvimos por Valencia porque ella trabajaba en unos asuntos relacionados con la celebración en esta mediterránea ciudad de la Campus Party 2009. Decidiendo optimizar al máximo el escaso tiempo que pasaríamos en la ciudad, y ya que conocía las librerías París-Valencia con anterioridad (gracias a ellas me hice con las Segundas Crónicas de Thomas Covenant a través de Internet), nos pusimos a hurgar en su fondo bibliográfico encontrándonos con alguna que otra grata sorpresa. Así, antes de partir ya teníamos encargada una buena remesa de libros, y aprovechando la mañana del sábado, durante la cual los participantes de la Campus dormían el sueño de los justos (como antítesis del desvelo de la SGAE), aprovechamos para hacer una escapada y conocer la librería en la que debíamos recoger el pedido.

La librería París-Valencia (al menos la que pudimos ver, sita en la calle Pelayo) me recordó a la ya finada librería Urbano de Ocasión de Granada. Estantes hasta el techo, rebosantes de libros en ediciones de saldo, que parecían cerrarse en un laberinto del que con gusto no habría salido en todo el día, el olor a papel cansado, de libros con muchos años a sus lomos, coexistiendo con alguna que otra novedad editorial, un caballero que nos atendió con esmero y trato agradable, una librería magnífica, sin duda alguna.

De la excursión trajimos unos pocos libros. De ahí lo de Houston y la referencia al problema. Y es que aunque pensaba que con mi flamante Papyre iba a conseguir limitar el número de libros que venía comprando al mes, la verdad es que de lo único que he sido capaz ha sido de redirigirme hacia otro sector editorial, obviando un poco las novedades –al menos hasta que se hacen merecedoras de crédito-, y tirando mucho más de librería de saldo o de títulos que me llaman especialmente la atención (fundamentalmente relacionados con la Historia y la Biología).

En cuanto a la “caza” en sí misma, por un lado Azote, que sigue con su afán de aprender catalán, se hizo con una serie de libros de texto de la añorada EGB (Català amb els clàssics) que parecen ofrecer un curioso acercamiento a esta lengua desde la revisión de textos de autores clásicos. También consiguió el libro Contes per Vells Adolescents, de Miquel de Palol, y una hermosísima edición bilingüe (inglés-catalán) en dos volúmenes de una selección de poemas de Ausiàs March, con su estuche grabado y todo.

Por mi parte, me hice con títulos de todo tipo. Desde un ejemplar de El caballero del puente, de Wiliam Watson, hasta la tetralogía de las Nieblas de Avalon, de Marion Zimmer Bradley, pasando por la divertidísima novela de ciencia ficción Estado crepuscular, de Javier Negrete, las experiencias ornitológicas que comparte Tito Narosky en Entre hombres y pájaros, la fascinación por los océanos que plasma Rachel L. Carson (la conocidísima autora de La primavera silenciosa) en El mar que nos rodea, un libro de texto universitario sobre Paleoecología y, por último, la obra teatral A mitad de camino, de Peter Ustinov (exacto, el famoso actor que interpretara de forma extremadamente personal al Hércules Poirot de Agatha Christie, a Nerón en Quo Vadis?, y dirigiera a Sofía Loren y a Paul Newman en una de las últimas superproducciones de Hollywood: la adaptación de la novela de Romain Gary, Lady L).

En resumen, un buen surtido de títulos por poquitos euros, una librería que os recomiendo descubrir, y mucha lectura por delante.

¿Leemos? ¡Adelante!

lunes, 27 de julio de 2009

Una librería muy literaria

Después de una serie de días más que perdido de la blogosfera –motivos laborales y personales que han ido minando el ánimo y la disponibilidad de tiempo libre-, me encuentro nuevamente por aquí, y espero que por el club de lectura, para quedarme. Aunque el fin de semana que se avecina también será movido, ya que partimos para Valencia, donde Azote tendrá que trabajar un poco y yo intentaré aprovechar para hacer una visita a las librerías de la ciudad, aprovecho para dejaros una fotito de nuestras últimas adquisiciones. Esta misma tarde hemos descubierto una librería en pleno centro de Málaga, muy cerquita de la Plaza de la Merced, en la calle Frailes, llamada Librería Literaria. Al verla nos ha llamado la atención el cartel que tenía junto a la puerta con la tan apetecible como temible palabra “Liquidación”. Al tratarse de una librería de viejo pensábamos que iba a cerrar, así que hemos entrado para aprovechar el momento buscar algo interesante (¡Carpe Diem!), y he aquí la remesa que hemos conseguido:

  • Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio, de Henry Miller.
  • Fiesta, de Ernest Hemingway.
  • Nuevas historias para leer a plena luz, una recopilación de historias de terror y suspense por el genio del cine, Alfred Hitchcock.
  • La roja insignia del valor, de Stephen Crane.
  • Toda la noche oyeron pasar pájaros, de J. M. Caballero Bonald.
  • Volverás a Región, de Juan Benet.
  • Señas de identidad, de Juan Goytisolo.
  • El prisionero de Zenda, de Anthony Hope.
  • El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa.
En total, 10 libros por 20€, toda una ganga. Charlando después con el librero y con un amigo suyo que le acompañaba, nos ha comentado que lo de la liquidación era una estrategia comercial que usa él de vez en cuando para llamar la atención de la gente. Que de momento no cierra, aunque sólo abre por las tardes. La librería me ha encantado, y tras recibir esta buena noticia, obvia decir que pasaré de vez en cuando por allí para seguir hurgando entre sus estantes con olor a polvo y libros viejos que me encanta y que constituye parte de la dieta de todo buen bibliobulímico. Ya os contaré un poco más sobre la librería en cuanto tenga ocasión de pasar por ella una vez más.

Y ahora, cómo no, ¡feliz lectura!

lunes, 30 de marzo de 2009

Olores

Nos rodean cientos, miles de olores, pero rara vez damos la importancia que merece al sentido del olfato, excepto cuando el olor es en extremo desagradable y penetra ofensivamente por nuestras fosas nasales, o bien por reparar en él debido a su intensidad o por asociarlo a otras sensaciones, objetos, personas... recuerdos, al fin y al cabo.

Creo que hay pocos olores que sean para mí más significativos que el olor de las páginas de los libros. Cada libro tiene su propio olor, cambiante con el tiempo, según las andanzas que le depare su vida novelesca. Sin embargo, hay dos olores que podríamos dar en llamar universales en lo tocante a lo olfativo y a los libros: el olor de los libros de texto recién comprados, y el olor de una librería de viejo (o extensa biblioteca cargada de libros antiguos, tanto da).

Respecto al primero de ellos, ¿a cuántos nos vienen a la memoria esos días gloriosos de colegial, en los que, recién iniciado el curso, esperábamos impacientes la caterva de nuevos títulos que, traducidos en objetos de deseo, esnifábamos tras su compra, impregnándonos del olor a tinta aún fresca y a papel satinado recién prensado, impreso, encuadernado y desbarbado, pletórico de sabiduría? A los libros recién adquiridos se unían los heredados de hermanos, primos, amigos, que por mor de un milagro, no habían quedado desfasados aún en la vorágine editorial a que estamos acostumbrados hoy día. Éstos presentaban dobleces en las esquinas, garabatos y el nombre de sus antiguos poseedores, escrito cual Ex-Libris con la fluida caligrafía de alguno de los padres, o con inexperta mano de niño. El encanto de estos últimos era ir descubriendo, día a día, alguna ocurrencia que tuvo quien antes estudió esas páginas y, ya crecidos, los diversos amores platónicos que le desvelaron alguna que otra noche.

En cuanto al segundo de los olores, para quienes, superada la imposición de la obligatoriedad de los estudios, llegamos a amar los libros, a necesitar más que desear su presencia, el penetrar en una estancia atiborrada de libros, donde se acumulan cual pilares capaces de sostener toda la cultura y sabiduría de los pueblos, puede provocar sensaciones de admiración y recogimiento tan profundas al menos como las que provocaría en un fervoroso creyente llegar como peregrino a Santiago, o alcanzar por primera vez en su vida La Meca. El olor de los libros añosos, ancianos, recorridos por infinitas manos ávidas de saber, de surcar los mares de tinta de sus palabras, no tiene parangón. Las hojas, quebradizas ya por el tiempo vivido, despiertan en nosotros sentimientos protectores, la necesidad de tratarlas con mimo; los lomos, desgastados por el uso, invitan a ser acariciados; el tiempo, deja de existir.

Le livre, cet obscur objet du désir.


(Me autoplagio al recordar que escribí esto hace algo más de un año, para traerlo al blog.)

jueves, 19 de marzo de 2009

La vieja librería de Babel

Una de las cosas que más me gusta de las librerías de viejo es que suelen pertenecer a personas que albergan un especial amor hacia la letra impresa. Que no digo que no lo tengan otros libreros, o que estas librerías sean, al fin y al cabo, un negocio, pero creo que, en bastantes ocasiones, hay que estar hecho de una pasta especial para pasar el día entre libros viejos, usados, manoseados hasta la saciedad. Libros que, para quienes saben leer entre líneas sus páginas y apreciar el desgaste de sus cubiertas, pueden guardar otras historias distintas a las narradas.

Descubrimos la librería de libros de segunda mano Book Market, en el número 28 de la calle San Miguel de Torremolinos, un buen día que caminábamos por esta calle eminentemente comercial de la localidad malagueña sin un propósito definido. Al ver el cartel anunciador, amarillo y rojo, llamativo por su promesa de libros multiculturales, nos adentramos en el pasaje que la albergaba, el de la Virgen del Carmen, perpendicular a San Miguel,y subimos la empinada y estrecha escalera que daba acceso a una estancia atestada de libros que, alineados en sus baldas, nos esperaban. Nos saludó la propietaria de la librería, una amable mujer de mediana edad, en español. Pronto cambió de idioma al inglés, al dirigirse a ella Azote Ortográfico, algo nada extraño habida cuenta su nacionalidad, y que en estas localidades costeras, tan orientadas al disfrute turístico, existen amplias colonias de foráneos.

Entretanto, empecé a examinar los lomos de los libros más cercanos. ¿Rusos? En efecto, se apiñaban por colonias: los libros rusos, con sus caracteres cirílicos en rigurosa procesión lingüística, ejemplares daneses, suecos, franceses. Españoles, haciendo frente a la invasión que se les venía encima, e ingleses, la mayoría, ocupando una amplia sección de la librería.

Nos perdimos en la biblioteca de Babel, examinando antiguas ediciones, libros en rústica bien conservados que, no obstante, dejaban apreciar algún signo de sus antiguos propietarios: un punto de lectura que marcó su último uso, una dedicatoria, el Ex Libris… No importaba el idioma, sino el tacto de sus cubiertas, el amarillear de sus páginas, el dulce susurro al pasarlas, el olor a papel envejecido de la librería. Sobra decir que cargamos con algunos de estos libros. Y que volvimos después, siempre que tuvimos oportunidad o fuimos a Torremolinos con algún otro objetivo.

Nuestra última visita fue hace sólo unos días, y en exclusiva para visitar la librería, ya que hacía algún tiempo que, por obligaciones varias, habíamos dejado de hacerlo. Nos sorprendimos al ver a un hombre cargar con cajas de libros, cajas en las que estaban siendo embalados de forma displicente por su propietaria y algunos colaboradores. Pánico. ¿Cerraban? No, simplemente nos mudamos, nos tranquilizó aquella. El local empezaba a quedar pequeño, las empinadas escaleras echaban para atrás a los más mayores, por la dificultad del acceso, y a los más pequeños o a sus padres, por la difícil subida de los carritos portabebés. El pasaje, solo, desvalido, sólo albergaba al humilde negocio librero, de modo que habían encontrado un lugar cercano en el que alojar estos cofres de sueños. No será necesario añadir que nos llevamos otros cuantos títulos. Encima (como la vez anterior), tres por dos en volúmenes en inglés, 10% de descuento en las publicaciones en español. Una ganga en toda regla.

Así las cosas, os animo a descubrir esta librería si tenéis oportunidad de pasar por Torremolinos. La nueva ubicación es la calle Cauce, número 11, paralela a la calle San Miguel.

¿Cómo veis el negocio de los libros de segunda mano y de ocasión? ¿Os gustan los libros de segunda mano? ¿Por su precio o por su historia? ¿Qué librerías de viejo nos recomendaríais de vuestra ciudad?

miércoles, 18 de febrero de 2009

Fuera de catálogo

Con la crisis global cerniéndose sobre las cabezas de dos terceras partes del mundo (la última de ellas la sufrió siempre, a costa del desarrollo de las otras), el mercado editorial ha disfrutado de un repunte en las ventas que ha resultado claramente apreciable en las pasadas navidades, donde el libro ha sido el producto estrella en los regalos: es bueno, bonito, (relativamente) barato y permite quedar bien: al que regala, por su presunta cultura, y al regalado, por idéntico motivo. Pero no seré irónico al respecto; simplemente me ceñiré a las cifras: en España (como en tantos otros países, por otro lado), se edita infinitamente más de lo que se lee, y se reedita muchísimo menos de lo necesario.

Hace unos días escribía en esta bitácora una entrada referente a la caza de libros, y los medios con que contamos hoy día para localizar títulos que ya no es posible encontrar ni tan siquiera en las librerías de viejo de nuestras ciudades. Hay que cruzar, en ocasiones, medio país, varias fronteras o algún que otro océano para encontrar un libro que nos recomendaron, que leímos antaño o, simplemente, que han decidido dejar de editar porque no resulta rentable, o porque existe una nueva hornada de títulos que ofrecer. El mercado del libro fue devorado, tiempo atrás, por el consumismo exacerbado que tan bien ostenta el hombre moderno.

Dispuesto a no fenecer ahogado por la vorágine editorial, con mucho menos tiempo para leer debido al trabajo y, por tanto, con pocas ganas de acaparar los libros de la biblioteca pública más cercana durante semanas, con el consiguiente apremio de terminar su lectura, en los dos últimos años me he vuelto más consumista de libros: los compro de forma más compulsiva que antes, por lo que he debido buscar la forma de controlarme para no adquirir demasiados, y para no hacerlo según el arbitrio de la publicidad editorial de turno. Por un lado, ando sumergido en una larga saga, una novela río que me está apasionando y que os recomendaría encarecidamente: Canción de Hielo y Fuego, del autor norteamericano George R.R. Martin. Por otro, suelo indagar más que antes en los títulos que llaman mi atención, y para esto han resultado de gran ayuda los numerosos blogs literarios que sigo, y de los cuales cada vez cuento con más en mi lector de RSS. Por último, estoy dedicándome a buscar en mi memoria títulos que me gustaron de pequeño, o cuando era más joven, y las bibliotecas públicas constituían mi principal suministro de libros. Obviamente, su relectura a día de hoy me producirá una sensación distinta a la que me regalaron en su día, pero os aseguro que estoy disfrutando de lo lindo con algún que otro reencuentro. Para esta búsqueda me ayudan, por supuesto, las librerías de viejo e Internet (fundamentalmente con páginas web y buscadores de estas librerías), ya que la mayoría de títulos están descatalogados. Mi afán recolector sufre además el acicate de encontrar libros que me parecieron maravillosos en su día y que, llegado el momento, me gustaría compartir con mis hijos, y esperar que los disfruten como yo. Sé que es pecar de iluso, pero según se dice, este pecado es el último que se pierde.

Por último, ¿os soléis encontrar con el problema de libros descatalogados que andéis buscando? ¿Qué libros os marcaron u os gustaría recuperar, pasado el tiempo?

viernes, 30 de enero de 2009

Caza de libros

Para quienes se declaran amantes incondicionales suyos, los libros guardan innumerables formas de disfrute. Obvia decirlo, la principal de ellas es la propia lectura de los mismos, pero podríamos citar otras como la sorpresa del descubrimiento, tras horas ojeando estantes en una librería o biblioteca, hojeando volumen tras volumen, de un título que, como si de un flechazo se tratase, nos susurra al oído, llévame contigo, que no te decepcionaré, y así hacemos, descubriendo un nuevo mundo mágico o un autor al que consagrar nuestras horas felices de lectura.

Una de mis aficiones libreras, aparte de las ya citadas, es salir a la caza de libros. No confundamos ésta con la propia del bookcrossing, este ya no tan reciente fenómeno, a partes iguales romántico y bibliófilo, de liberar en un determinado lugar uno o varios libros que, bien encontrados por algún viandante o bien por alguna persona que va a tomar un té bien caliente a la cafetería donde hemos depositado el volumen, lo acoge con agrado para leerlo y, posteriormente, volver a liberarlo en algún otro lugar, convirtiendo así el planeta en una biblioteca global. Dejando de lado las divagaciones, lo cierto es que mi cacería habitual es más la de Luis Corso, el protagonista de El club Dumas, que la del bookcrosser, salvando que no suelo salir a la busca y captura de incunables sino de libros descatalogados o ediciones perdidas de libros recomendados, descubiertos por el boca a boca (o, en estos días, el blog a blog), o leídos por mí mismo años atrás en alguna biblioteca, e imposibles de encontrar hoy día. Siguiendo con el símil cinegético, el encuentro con el libro adecuado en una librería, de viejo o no, sería una caza en puesto, y ésta otra, más dinámica, al rececho.

Para localizar estos libros que se resisten a ser encontrados, antaño recorría una librería de viejo tras otra, buscaba entre libros de saldo, o en ferias de libros antiguos y de ocasión. En bastantes ocasiones tenía éxito en mi búsqueda, aunque el paso por tan suculentos lugares traía aparejada la adquisición de un sinnúmero de otras obras. Efectos colaterales que no resultan dañinos más que para la propia economía. Hoy día, aunque sigo practicando con más gusto el método tradicional (ando convenciéndome estos días de llevar a cabo una visita tanto a la Ciudad Condal como a la capital del país en un recorrido por todo tipo de librerías en un safari que me encantaría plasmar en esta bitácora), he encontrado en Internet una jauría de sabuesos dispuestos a facilitarme la localización de estos libros. A la conocida tienda Amazon se le suman numerosas librerías de viejo que cuentan con una versión de sus catálogos en la red, y un buscador común para todas ellas, Iberlibro. Gracias a éste, he conseguido localizar una serie de libros que marcaron mis primeros años lectores, y cuyas reseñas, por lo raros que resultan hoy día y por la poca información existente sobre ellos en la red, incluiré en su momento en la bitácora.

Vosotros, como Homo libris, ¿sois más cazadores o recolectores? ¿Buscáis de forma activa los libros, o esperáis encontrar buenos títulos en las baldas de cualquier librería? ¿Qué medios usáis para localizarlos?

Feliz captura.