Mostrando entradas con la etiqueta Félix Rodríguez de la Fuente. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Félix Rodríguez de la Fuente. Mostrar todas las entradas

lunes, 29 de marzo de 2010

Los herederos

Descubrí a Golding, imagino que como tantos otros lectores suyos, gracias a su libro El Señor de las Moscas, una novela distópica en la que reflexiona en torno a la moral, la educación y la naturaleza de las sociedades humanas, constituyendo un verdadero clásico que no deberíais de dejar de leer si no lo habéis hecho ya; os gustará esta fábula, palabra de Homo libris. Después de esta obra leí Ritos de paso, novela de ambientación marinera en la que el análisis de la naturaleza humana se revela a través de los diversos mecanismos de poder que son puestos en práctica por los personajes. Con estos precedentes, cuando hace unos años me encontré con una novela suya que transcurría en la prehistoria, periodo este de nuestra existencia como especie que me fascina, no pude dejar pasar la oportunidad de acercarme nuevamente al autor.

Aunque había pensado en ocasiones traer Los herederos al blog tras una relectura, no fue hasta hace unos fines de semana cuando, escuchando a Félix Rodríguez de la Fuente nuevamente en la radio, a raíz de los diversos homenajes que se han llevado a cabo en su memoria, me decidí a hacerlo. Os preguntaréis qué suerte de razón vincula al doctor Rodríguez de la Fuente con el autor británico o, más concretamente, con el libro que, a la sazón, nos trae de nuevo aquí. Bien, el primero de los programas de “Objetivo: salvar la naturaleza”, espacio radiofónico que ocupara Félix hace 34 años y que ahora ha sido recuperado por RTVE de la mano de Joaquín Araujo, nos acercaba a la visión que del Homo sapiens tenía Félix y a la relación de aquel con la naturaleza que le rodea, “que es su sustento”, en palabras del locutor. Era la suya una visión innovadora, realmente revolucionaria, que le acercaría, gracias a su intuición, a la que mantienen actualmente muchos sociólogos y antropólogos. Precisamente en el programa del que hago mención aparece Juan Luis Arsuaga como colaborador, con lo que el interés del documento sonoro es realmente mayúsculo, por lo que os recomiendo escucharlo, si bien intentaré resumir aquí la visión de Félix. Según él, el hombre del Paleolítico era mucho más dependiente de su entorno natural, estaba más integrado en él gracias a su condición de cazador-recolector, y no fue hasta el Neolítico, con la introducción de la agricultura y la ganadería, que se inició una ruptura que nos ha llevado a una posición de dominancia sobre el resto de especies y la propia Tierra claramente perjudicial para estas (y, en último término, incluso para nosotros).

En Los herederos, William Golding nos lleva a contemplar a los últimos neandertales con vida durante su encuentro con los cromañones, con el hombre moderno que se encontraba en clara expansión por aquel entonces. Existen diversas teorías sobre la desaparición del hombre de Neandertal, aunque las más aceptadas van desde las que hablan de factores ambientales, debido al cambio climático acaecido durante el Cuaternario, hasta las que suponen la existencia de una competencia interespecífica entre cromañones y neandertales de la que salieron vencedores los primeros. La visión de Golding se acerca a esta última teoría, aunque con una particularidad: asocia la idea de la supervivencia no a la superioridad numérica, o de fuerza o inteligencia, sino a la maldad. Es el mal el que hace fuerte al hombre, le permite avanzar, medrar e imponerse al resto de especies. La prosperidad, de este modo, implica destrucción.

Lok y sus compañeros de tribu viajan guiados por Mal, el anciano, buscando recursos y alimentos. Es la suya una vida sedentaria, dirigida por las necesidades del grupo y por las condiciones ambientales que les obligan a deambular dentro de su territorio buscando frutos y algo de caza. Un día, Ha, uno de los hombres más fuertes del grupo, desaparece. Al buscarle, Lok descubre el olor de otro hombre ajeno a la tribu y, con él, dará comienzo una dolorosa experiencia que llevará aparejada la pérdida de su inocencia.

Los neandertales de Golding son seres inocentes, inscritos en una sociedad matriarcal con fuertes lazos de amistad. Dado que la capacidad de abstracción les estaba vetada, o limitada en cualquier caso, tienden a unir los recuerdos que guardan de sus seres queridos con el entorno, con la naturaleza. Se comunican entre ellos de una forma instintiva, intuitiva. Contrasta con esta la visión del hombre moderno que nos ofrece el autor; un ser que somete a la naturaleza a su antojo y que posee una curiosidad no exenta de crueldad que le lleva a “jugar” con el neandertal capturado y a no dudar en infligirle dolor para observar sus reacciones.

La historia está narrada con un estilo muy sutil, ambiguo, que se ofrece a múltiples interpretaciones pero que permite mostrar la visión peculiar que podrían tener, sobre el mundo y sobre sí mismas, unas mentes tan cercanas y, a la vez, tan distintas a las nuestras. Como apuntaba más arriba, Golding reflexiona en este caso sobre la inocencia y la maldad, sobre la pérdida de la primera y la prevalencia de la segunda. Sobre quiénes somos, qué camino hemos tomado y qué estamos dejándonos atrás al recorrerlo.

martes, 23 de marzo de 2010

Fauna

¿Es posible entusiasmar a un niño con la lectura de una enciclopedia? La respuesta es un simple pero rotundo sí. Una enciclopedia temática, rigurosa, que no escatima a la hora de usar vocabulario especializado aunque su función primordial sea la de divulgar, enseñar a sus lectores. Félix Rodríguez de la Fuente consiguió entusiasmar a todo un país con su serie documental “El hombre y la Tierra”, pero logró además maravillar a cuantos nos acercamos desde el papel a su visión del mundo, del hombre y la naturaleza, como un todo indivisible.

La Enciclopedia Mundial de la Fauna y la Enciclopedia de la Fauna Ibérica y Europea, coordinadas por el Dr. Rodríguez de la Fuente, nos permitieron introducirnos gracias a su poderoso verbo en las llanuras de la sabana africana, descubrir las fuentes del Orinoco y maravillarnos de las similares adaptaciones biológicas de la fauna de la Región Holártica. Aprendimos a distinguir al meloncillo por su particular posición erguida, a escudriñar el nido invernal del lirón careto y saber que la gineta es un vivérrido, y no un felino, a pesar de que en ocasiones es llamada “gato civeta”, y que fue introducido en España por los árabes por sus cualidades cazadoras a la hora de controlar plagas de roedores.

Muchos descubrimos Fauna gracias a un único volumen. En aquella época, para muchos de nosotros, eran nuestros padres quienes adquirían los libros. El mío coleccionó los fascículos del primer tomo y algunos del segundo y, con los años, he encontrado a más amigos que se vieron en la misma situación. Leímos una y otra vez ese primer volumen, anduvimos por el campo disfrutando de los fascículos restantes y sólo años después nos hicimos con la colección completa. Cuando podíamos, aprovechábamos la oportunidad de hojear otros tomos en casa de amigos o familiares que tuvieran la dicha de poseer algunos tomos más o (¡albricias!) la colección completa. Sus fotografías, sus dibujos, los textos explicativos, las narraciones aventureras de Félix en la selva, junto a sus queridas rapaces o sobre un vehículo todoterreno nos ofrecían material suficiente (por si tuviéramos poco con el propio) para soñar despiertos.

En Fauna colaboraron algunos de los científicos y naturalistas más destacados en las décadas posteriores: Joaquín Araujo, Miguel Delibes de Castro (hijo del recientemente desaparecido Miguel Delibes) o Luis Miguel Domínguez, entre otros, y constituyó un hito en la historia editorial de este país y, cómo no, uno más en la incansable carrera del genial naturalista.

Y es que, ¿quién no disfrutaría de una obra escrita con pasión y autoconvencimiento de cuanto allí se narra, que es a un tiempo novela de aventuras, álbum de fotografías, libro de viajes, fantasía desbordada e ilusión en estado puro?

domingo, 7 de marzo de 2010

El arte de cetrería

De cada día vieron los hombres cómo, naturalmente, unas aves toman a otras y se ceban y alimentan de ellas, y las tales aves son llamadas de rapiña: así como son águilas, azores, halcones, gavilanes, esmerejones, alcotanes y otras.
Y estas dichas aves, salvo el águila, nunca comen otra carne si no fuere de aves que ellas por sí toman y cazan; pero el águila cuando no puede tomar o cazar algún ave de las que acostumbra tomar o cazar, torna a tomar liebre, o conejo, o cordero pequeño, y aun viene al perro muerto, por la gran glotonería que en ella hay.
Y hay, también, otras aves que algunas veces se ceban de las aves que toman, pero comúnmente sus viandas son carnizas de bestias muertas, así como son los cuervos carniceros, que muchas veces toman aves vivas, pero su caza natural es carniza de bestias muertas y de aquello tienen su mantenimiento.

(Pedro López de Ayala, Libro de la caza de las aves).

Et otro día lo deven dar aun muy menos et de peor carne et non le fazer ningún plazer, et al tercer día dévenle señolar la primera vez muy cerca et de pie rodeando el señuelo poco; et luego que el falcón sale de la mano, echarle el señuelo alongando del omne et en lugar escanpado, et desque el falcón entrare en él, dévenle dar bien de roer; et la otra vez alongársele más et la terçera aún más, et entonçe cevarle en la manera que desuso es dicho como se deve fazer el primer día. Et otro día non le mostrar el señuelo et darle a comer como fizieron al otro día pasado, el que non señolaron, et el otro tercer día señolarle más lueñe. Et finca en el entendimiento del falconero que dexe venir al falcón suelto al señuelo quando entendiere que lo puede fazer sin peligro de perderle; ca ante d'esto, sienpre deve venir al señuelo con un cordel delgado et luengo atado a la lonja o a las piyuelas. Et el señuelo deve seer bien llano en tal manera que, quando cayere en tierra, por fuerça aya de caer la carne bien descubierta de la una parte, et el falcón se pueda asentar et poner entre anbas las manos ençima del señuelo.

(Don Juan Manuel, Libro de la caza).

Un día hablaba el Conde Lucanor con Patronio, de este modo:
-Patronio, vos sabéis que soy muy buen cazador y he introducido muchas innovaciones en el arte de la caza, antes desconocidas, así como reformas muy necesarias en las pihuelas y en los capirotes de las aves de cetrería. Ahora los que se quieren meter conmigo se burlan de mí por mis invenciones, y así como alaban al Cid Ruy Díaz o al conde Fernán González por las victorias conseguidas o al santo y bienaventurado rey don Fernando por sus notables conquistas, me elogian a mí diciendo que realicé una gran gesta al cambiar un poco las pihuelas y los capirotes. Como comprendo que tal alabanza es sólo una burla, os ruego que me aconsejéis qué deba hacer para que no se mofen de mí por aquellos inventos tan útiles.

(Don Juan Manuel, El conde Lucanor).


Conté en mi casa lo que había visto y me enteré que era un halcón. Busqué en el diccionario su concepto y supe que en la Edad Media había sido domesticado por el hombre para cazar. Pensé que algún día conseguiría adiestrar a ese ser rápido y hermoso.
Félix Rodríguez de la Fuente, a quien pertenecen las palabras citadas en último término, falleció en Alaska hace 30 años, en la fatídica fecha del 14 de marzo de 1980, justo el día en que cumplía 52 años de edad. Resulta difícil concebir que alguien no pueda conocer al hombre que revolucionó, en su día, gracias a su palabra, el sentir de todo un país respecto a la naturaleza con la que había convivido y a la que había sometido desde antaño. Sin embargo, como es posible que algunos de quienes leéis el blog no le conozcáis (fundamentalmente por vivir en otros países), os remito a la Wikipedia, enlazada más arriba, y a mi otro blog, Andanzas de un Trotalomas, para profundizar un poco en su vida y en lo que supuso para muchos de nosotros su imborrable obra, alguna de la cual traeré estos días a Homo libris.

Resulta difícil empezar a hablar de Félix, de una persona que abarcó tanto y tan bien. Que llegó a cambiar la concepción del término “alimaña” en un país en el que los problemas se atajaban a golpe de veneno (y cuyos perniciosos efectos pudimos ver en televisión en un magnífico ejemplo de las consecuencias que tiene sobre la cadena trófica de los ecosistemas) y el lobo era el enemigo a extinguir. “El amigo de los animales”, como llegó a llamársele, era también el de los hombres. No concebía la naturaleza sino como un todo, en el que el hombre ocupaba su lugar, importante sin duda, y le hacía responsable de su poder: era necesario ser conscientes de nuestra capacidad de destrucción, hacernos cargo de ello y utilizar la ciencia para congraciarnos con el entorno natural. Nada de volver a un pasado imaginario, bondadoso e infantil, como se llega a proponer incluso hoy día, sino un futuro en equilibrio donde seamos capaces de autorregularnos para no buscar la extinción de otras especies o la nuestra propia. En eso, como en tantos otros aspectos, Félix fue un adelantado a su época.

Aquí, a Homo libris, quería traer algunos de los libros más significativos de su prolífica obra. Y he decidido hacerlo por el primero de sus libros: El arte de cetrería. Félix, mientras cursaba estudios de medicina, buscaba información sobre un arte desaparecido en España por aquel entonces, el que fuera uno de los pasatiempos de la nobleza durante la Edad Media: la cetrería. Félix había quedado prendado en su infancia del vuelo de las rapaces en los campos que rodeaban su Poza de la Sal natal, y quería domeñar al animal salvaje, traerle a su puño, conocerle íntimamente. Pero ya no existían conocimientos vivos sobre cómo hacerlo, y el burgalés se vio forzado a recuperar textos perdidos de Don Juan Manuel y Pedro López de Ayala para saber cómo se debía proceder para adiestrar a una rapaz. Aprendió y nos devolvió parte de nuestra cultura perdida, modernizada hasta el punto de constituir hoy día un elemento imprescindible para mejorar la seguridad en los aeropuertos, ahuyentando las parvadas de pájaros que pueden colisionar contra los aviones durante su despegue y aterrizaje. De su pasión habla la noticia que se enlaza más arriba, referida a su viaje a Arabia.

El arte de cetrería es un libro que, hasta no hace mucho, era complicado encontrar. Descatalogado años atrás, no fue hasta hace unos pocos que comencé a encontrarlo en librerías y ferias del libro de ocasión, editado en 1986 por la librería mexicana Noriega, cuya portada aparece a continuación.

El libro resulta de lo más interesante para aficionados y profesionales de la cetrería, encontrando en él métodos y prácticas que hoy están prohibidos (hay que tener en cuenta la fecha en que se escribió y que la legislación sobre naturaleza y medio ambiente era prácticamente inexistente, encontrándose enfocada siempre la relación hombre-naturaleza desde una perspectiva antropocéntrica). En cualquier caso, de El arte de cetrería puede aprenderse muchísimo, especialmente aquellos que deseamos conocer cómo se trabajaba con la naturaleza hace unas décadas y profundizar, además, en la mente de quien revitalizó el perdido saber de la cetrería.

Gracias a sus documentales en "El hombre y la Tierra" conoceríamos y amaríamos a Taiga, el azor, quedaríamos prendados por los primeros vuelos del halcón en los aeropuertos españoles durante los episodios dedicados a la altanería y fascinados ante la caza del chivo por el águila real, una de las escenas de la televisión que, a mi parecer, más nos marcaron a quienes nos adentramos en los vericuetos de la naturaleza de la mano de Félix. El arte de cetrería nos permite, por tanto, conocer algunos de los secretos que había entre bambalinas durante el rodaje de la mítica serie de televisión.