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sábado, 6 de agosto de 2011

La luna se ha puesto

La primera vez que leí a Steinbeck tendría doce o trece años y fue gracias a un libro tan particular como maravilloso: Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros, una obra atípica respecto al resto de sus escritos pero que animó en mí una pasión por el ciclo artúrico que llega hasta hoy: es una novela que os recomiendo fervorosamente, para qué vamos a engañarnos. 


Después de esta llegarían Las uvas de la ira, De ratones y hombres o La perla, y lo cierto es que con su lectura el autor norteamericano terminó de ganarme por completo, muy especialmente con las dos primeras. Así es que cuando hace unos meses me encontré con un par de libros suyos en la librería de Torremolinos de la que alguna vez os he hablado (y sobre la que, por cierto, aquí he encontrado un par de entradas con fotos de su nueva ubicación y de la antigua) me hice con ellos. Eran Al este del Edén, que aún tengo pendiente, y La luna se ha puesto, una obrita breve -por su extensión, ya que apenas abarca 150 páginas- pero que realmente me ha calado muy hondo.
Veinte años antes había estado en Bélgica y en Francia, y procuraba no pensar en lo que sabía: que la guerra es traición y odio, y torpezas de generales ineptos, tortura, y muerte, y náusea, y cansancio; y que cuando todo ha pasado, lo único que queda son nuevos desalientos y nuevos odios. Se decía a sí mismo que él era un soldado a quien le daban órdenes que tenía que cumplir, y que no esperaban de él que las analizara, ni que pensara, sino que las cumpliera; y procuraba apartar los recuerdos de la otra guerra y la idea segura de que ésta sería igual. Ésta será distinta, se decía cincuenta veces al día; ésta será distinta.
Cuando el coronel Lanser invadió con sus hombres el pequeño pueblo del doctor Winter sabía lo que iba a ocurrir en lo sucesivo. En el pueblito todos viven en paz y no recuerdan la última vez que fueron invadidos o que invadieron a alguien, pero en cuanto se descubre que algunos de los suyos han ayudado a perpetrar la invasión, como el traidor de Corell, comienzan a surgir sospechas entre ellos; por ejemplo, el viejo Intendente Orden, amigo del doctor Winter, y su esposa se ven obligados a acoger bajo su techo a los mandos militares que llegan al pueblo, algo que podría ser entendido como una colaboración por su parte. Poco a poco se irá conformando una resistencia ciudadana que dará al traste con el ideal de conquista de los invasores. Con la llegada del invierno la moral caerá en picado, como bien sabía Lanser, y los hombres dejarán de serlo para convertirse en fantasmas de lo que fueron o hubieron poder sido. 

Steinbeck construye en La luna se ha puesto un verdadero alegato contra la guerra y la barbarie que supone esta, con algunas frases más que memorables. La novela está escrita con ternura y cuenta con algunos pasajes que nos arrancarán una sonrisa (rayana en lo amargo en ocasiones) mientras que otros, los más, nos harán reflexionar sobre la condición humana. 

En resumen, una lectura más que recomendable que apenas os llevará una tarde de verano disfrutar. Os dejo con un par de canciones que, inevitablemente, me vinieron a la mente mientras leía el libro: "Ourense-Bosnia", del grupo gallego Los Suaves y "One", de Metallica.






Feliz lectura.