Mostrando entradas con la etiqueta lectores. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lectores. Mostrar todas las entradas

jueves, 3 de septiembre de 2009

Usos y costumbres

Ayer, en un arrebato de amor paterno, os traje al blog una fotografía del último libro con el que acababa de hacerme, ostentando orgulloso mi ex libris junto al Papyre con la versión “electrónica” del mismo. Fulgida comentaba que ella era incapaz de marcar de forma alguna sus libros, ya no grabándoles la marca de un ex libris, sino incluso subrayándolos o incluyendo anotaciones en sus páginas. Mi respuesta era que, en lo fundamental, compartía su opinión, pero me quedaron ganas de tratar un poco más profundamente el tema. Y ahí voy.

Entre las peculiaridades del Homo libris se encuentra su habitual tendencia a desarrollar comportamientos territoriales en torno a su principal objeto de deseo. Estos usos y costumbres son compartidos por ambos sexos, sin que exista una predilección clara por parte de uno de ellos por unos hábitos determinados. Esto es, se dan de forma aleatoria, no siempre en igual grado de intensidad e, incluso, de gravedad. Y decimos gravedad porque en los casos más crónicos, como veremos, el Homo libris es capaz de caer en una espiral de costumbres que le lleven a relacionarse con otros miembros de su especie haciendo uso, fundamentalmente, de la palabra escrita.

En concreto, uno de los sujetos sometido a estudio presentaba una marcada compulsión por el cuidado de los libros. Poco dado al préstamo, prefería en las más de las ocasiones adquirir otro ejemplar del libro que iba a ser prestado y proceder a su regalo antes que ceder aquél, según él por la incertidumbre que le provocaba el no retorno del mismo, o su devolución en un penoso estado de desgaste. Aunque el paso de los años ha suavizado notablemente este extraño hábito, aún hoy día sufre rebrotes de cuando en cuando.

El mismo individuo observado mostraba además una interesante conducta a la hora de hacerse con libros. De adquirirlos nuevos en una librería, buscaba aquel que no presentara marca alguna de desgaste o roce en sus cubiertas, sus páginas debían aparecer en perfecto estado, sin marcas de suciedad o extraños dobleces. De existir varios libros, buscaba el que se encontrase en mejor estado y, en caso de venir rigurosamente protegidos con algún envoltorio, escogía uno de estos antes que otro que estuviera desprotegido. Curiosamente, en caso de tratarse de una librería de ocasión, o más concretamente de viejo, no parecía importarle tanto el estado de los libros, y mostraba un mayor interés por la edición del libro, e incluso por la existencia de marcas de pertenencia de un anterior propietario (ex libris, como mencionábamos ayer, dedicatorias o firma y rúbrica del mismo), antes que por su estado físico. Mostraba rechazo a la compra de libros en grandes superficies y centros comerciales, y no soportaba encontrar etiquetas pegadas en el interior del lomo, en las guardas, o con aspecto de alarma, especialmente por el grosor de la misma y el pegamento que suele usarse en éstas, que puede provocar pequeños desgarros en la, de por sí, delicada textura del papel.

Sea como fuere, el sujeto en cuestión procedía a forrar en muchos casos los libros adquiridos. En particular aquellos que pensaba someter a condiciones de mayor estrés, como llevarlos consigo para su lectura en el transporte público, o en la mochila o el bolsillo del abrigo para devorarlo en cualquier situación que se lo permitiera.

Por supuesto, nunca mostró intención alguna de proceder al doblado de las páginas de un libro. En el caso de los libros que conseguía de alguna biblioteca pública, si éstos aparecían con algún doblez o marcas de haberlo tenido, podía entrar en cólera por el poco cuidado que mostraban los otros lectores. También gustaba de reparar los libros que caían en sus manos con signos de agotamiento como, por ejemplo, lomos despegados, cubiertas rasgadas o manchas de humedad entre sus páginas.

El Homo libris del que estamos hablando parece tener predilección, además, por marcar el punto donde deja su lectura con los marca páginas diseñados a tal efecto, pero no muestra rechazo a usar cualquier otro elemento que tenga un grosor adecuado (generalmente, inferior al milímetro, creemos que para evitar deformaciones en el papel o la encuadernación). Muestra preferencia por los libros de papel ahuesado, encuadernación cosida en pliegos, y siente pasión por los libros antiguos con encuadernación holandesa, aunque los actuales los prefiere en tela. Sin embargo, no desprecia encuadernaciones más modestas ni libros de bolsillo, que suele llevar consigo casi a todos lados (la ducha, hasta la fecha, parece ser el único lugar donde no se le ha observado leyendo, aunque insiste en que de niño leyó, hasta dejar el agua fría, alguna aventura holmesiana).

Aunque la experiencia fundamental de la lectura viene dada por el sentido de la vista, el Homo libris se caracteriza por extraer del libro toda una serie de sensaciones vetadas, en general, al común de los mortales. Se deleita olfateando sus páginas, acariciándolas y sintiendo el tacto del lomo o las cubiertas (de ahí, creemos, su predilección por la tela). También lee, por supuesto, y aunque la luz del día es la más adecuada para no fatigar la vista, no son pocos los libros que leyó de joven usando una linterna, bajo las sábanas, mientras todos dormían. También apurando los últimos rayos de sol, o junto a una lámpara o un flexo.

Así es como redactamos ahora el informe que se encuentran ustedes leyendo y, ante tamaña suposición, nuestro Homo libris particular exclama vehemente: "¡Lean, lean, pero no a mí! ¡Cojan el libro que tengan más a mano, y disfruten con su lectura, su tacto, su olor y casi, diría, con su sabor y con el crujido de las páginas al pasar!"

¿Qué “manías”, usos y costumbres (pecadillos inocentes, al fin y al cabo) tenéis como “animales lectores”? ¿Os sentís identificados con algunos de los mencionados? ¿Creéis que nuestro Homo libris de muestra será capaz de tener aún más?

jueves, 2 de julio de 2009

Leyendo juntos

La consecución del Plan Infinito es, por propia definición, imposible de alcanzar. Ni podremos jamás leer todos los libros escritos ni, por supuesto, los que están por escribir. Como dijera el inmortal Borges, “que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mi me enorgullecen las que he leído”, así que, dado el carácter utópico de nuestro plan, no cabe otra cosa que elegir nuestras lecturas de una forma que, al menos de forma personal e intransferible, nos resulten gratas, enriquecedoras y amenas.

Sin embargo, hay ocasiones en las que podemos dejarnos influir por las opiniones de terceras personas. Es el caso del deseo de leer el libro del que nos habla un amigo, conocemos a través de una crítica, o envidiamos a nuestro blog vecino por haber disfrutado antes que nosotros de su lectura, en tanto él (el vecino), nos envidia a nosotros porque aún conservamos la inmaculada inocencia del que está por adentrarse en algunas de las páginas más queridas de su vida.

En los últimos meses, desde que comencé el proyecto tantas veces imaginado como abandonado antes de ser puesto en práctica, hijo bastardo de una página web que ya no está, y que coexistió con los primeros pasos del que es, hoy día, el buscador de referencia, y en particular desde que esta bitácora comenzó a tener vida propia y a pulular por los de aquellos que posiblemente ahora leáis estas líneas, mi lista de libros pendientes no ha hecho otra cosa que crecer, y crecer, y crecer… Además, algunas de las lecturas que recomendáis, y que recomiendo, pasan de blog en blog hasta que son leídos por algunos de nosotros, y vueltos a recomendar, o no. Ante esta situación, y habida cuenta de la expectación que han despertado algunos de los autores sobre los que hemos hablado en los últimos tiempos, en el blog de Elwen, tratábamos unos días atrás la posibilidad de iniciar un Club de Lectura, donde compartir las impresiones que nos causase una determinada lectura. Existen numerosos clubs de este tipo, con sus virtudes y defectos, pero entre estos últimos se cuentan, por ejemplo, que no todos podemos estar interesados en leer un mismo libro, que el libro elegido pudimos haberlo leído tiempo atrás, y no apetecernos releerlo, o que nos falte tiempo para abarcar obras demasiado extensas. Todos estos impedimentos pueden tener fácil solución: no leer el libro, y dejar pasar esa lectura compartida hasta ver si en la siguiente hay más suerte, no releer el libro y comentarlo, o no, a partir de los posos que dejase en nuestra memoria e, incluso, leer el libro más adelante, o en un tiempo mayor al designado, y no entrar en el coloquio en torno a la lectura. Por todo esto, planteé en Midnight Eclipse una opción posible, que no sé si estará explotada, y es llevar a cabo lecturas colectivas de un determinado autor. Os cuento mi idea al respecto.

Cada cierto tiempo (en esta primera propuesta voy a invitaros a una lectura comprendida en un par de meses y medio), se plantearía la lectura de la obra de un autor. Un blog, que actuaría como anfitrión, escribiría una entrada que sirviese como adelanto a la vida y obra del autor, plantearía una bibliografía básica (los libros más conocidos o recomendables del autor, alguna obra apenas conocida pero igualmente interesante…), y establecería un plazo, relativamente amplio, para dar tiempo a leer uno o varios los libros del autor, que podrían ser los de la lista, o algún otro que no estuviese contemplado en la misma. Los blogueros que estuvieran interesados en participar, irían comentándolo en la entrada, y publicando en sus respectivos blogs las reseñas de los libros que fuesen leyendo de este autor.

Aproximadamente una semana antes de la fecha, el blog anfitrión recibiría por correo o mediante comentarios los enlaces a las entradas de cada blog participante, para publicar el día señalado una entrada con una lista de las críticas, reseñas y comentarios de los blogueros que estén participando en el Club de Lectura. A partir de entonces, podría entablarse un debate sobre el autor y su obra, sin entrar, claro está, en detalles sobre la trama, a menos que todos hubiésemos leído la obra en cuestión. Creo que podríamos descubrir parecidos entre distintas obras del autor, espacios comunes creados por el mismo, similitudes o divergencias en las tramas, e incluso la evolución a lo largo del tiempo de su forma de pensar y escribir. El debate podría ser libre, en los comentarios del blog, o conforme pasase el tiempo, crear una lista de distribución, foro o grupo donde escribir, e incluso crear para los comentarios una determinada estructura (por ejemplo, comenzarlos con el nombre de la obra sobre la que vamos a hacer el comentario, para evitar descubrir detalles a quienes no estén interesados en que se les descubra algo antes de leer el libro).

¿Qué os parece la idea? ¿Os animaríais a participar en un club así? Si hay personas animadas, y a menos que se os ocurra algún otro tema o autor, os propondría a Murakami como autor para comenzar con el club, y ya que hubo algunos comentarios sobre la falta de tiempo, dejaríamos todo el verano para leerle, que alguna obra suya podrá caer en el calor estival. Para inicios o mediados de septiembre podría ser una buena fecha, siempre que los exámenes no vayan a interferir en el debate. ¿Hacemos una cosa? Comentad qué os parece la idea, el autor elegido y el plazo, y si vemos un posible consenso en todo ello, nos ponemos manos a la obra con el Club. Si lo veis mejor como un club de lectura habitual, escogiendo un único libro que leer, tal y como nos comenta Isi en Midnight Eclipse, optamos por ese modelo.

¡Feliz lectura!

jueves, 28 de mayo de 2009

¿'L' de libro, o de lucro?

Llevo unos pocos días utilizando el lector de libros electrónicos Papyre (la versión española del Hanlin V3), y de momento la sensación general que me transmite el aparato es bastante buena. En unos días os comentaré un poco más acerca del eReader, pero hoy quería llevar a cabo una reflexión acerca de las implicaciones que podría tener sobre el mercado editorial la proliferación de estos artilugios, que sin duda alguna irán incrementando su presencia en los hogares a corto o medio plazo.

Mi interés se centró en estos dispositivos hace algunos años, cuando aún parecían un invento de la ciencia ficción que tardaría mucho tiempo en materializarse. Por mi profesión, la informática, he de utilizar muchos libros “perecederos”, libros técnicos que usualmente no son traducidos al castellano y que pueden tener una vida útil de 4 ó 5 años, convirtiéndose en meros objetos para curiosos pasado este tiempo. Los que adquiría iban acumulando polvo en las baldas de mis estanterías, o debía leerlos en formato PDF o CHM en la pantalla del ordenador o en la PDA, con el consiguiente deterioro de mis queridos ojos, por lo que se me antojaba interesante que aparecieran pronto estos dispositivos. Aunque los lectores electrónicos actuales aún no están preparados aún para facilitar la lectura de este tipo de libros, con gran cantidad de gráficas y diagramas, hipervínculos, diferentes tipografías y numerosas secciones y notas de página, me seguían llamando la atención, ya que sabía que podría sacarle partido a uno de ellos, utilizándolo como alternativa a la biblioteca pública, ya que por motivos de trabajo en el último par de años me resultaba bastante gravoso ir a la biblioteca pública, que siempre fue una de mis fuentes preferidas, y últimamente compraba todos los libros que leía.

A lo que iba, que me pierdo en un mar de divagaciones; en los últimos tiempos han comenzado a surgir voces, principalmente provenientes de editoriales y políticos, que claman al cielo su preocupación por el impacto que puede tener la piratería en el mercado del libro. No se preocupan, no, del alto precio de los libros en España, que pueden venir a costar de media 20€ en las primeras ediciones, en tapa dura o incluso rústica, y unos 10€ las de bolsillo, que suelen salir al mercado al año de haber sido editadas las anteriores. Se trata de un mercado intervenido para asegurar la producción y que no haya competencia desleal entre distribuidoras, algo interesante para los pequeños comercios (y que conste que para nada me gustaría que se impusiesen efnacs , corteingleses y centros comerciales varios sobre las librerías de toda la vida) pero que termina siendo un pesado lastre para los lectores, que debemos desembolsar una importante cantidad de dinero a la hora de adquirir un libro cuyo coste de edición, posiblemente, sea bastante inferior. Por si fuera poco, leer un libro de cualquiera de nuestras bibliotecas públicas tampoco es gratis, al determinarse la aplicación de un canon que grava los libros que son sacados de aquellas para la compensación del ¿autor? y que al no recaer directamente sobre los usuarios, la compensación parte de las arcas públicas, es decir, del bolsillo de todos los ciudadanos. En resumen, que las editoriales están siendo sobreprotegidas por los distintos gobiernos que han ido pasando por este país, y para leer hay que pagar sí o sí.

Y ahora surge un nuevo enemigo (¿para la cultura o para el oligopolio?), lectores electrónicos que hacen más cómoda la lectura de textos en formato electrónico y que, en combinación con Internet, deberían suponer un acicate que instase a las editoriales a superarse, y que en cambio ven peligrar en ellos la onerosa hegemonía que ostentan desde tiempos inmemoriales. No se plantean las ventajas que puede reportarles este nuevo modelo de negocio, como tampoco lo hace una Ministra de Cultura que bien podría hacer honor a su cargo, y culturizarse un poco, ya que según ella resulta asustante que los libros circulen por Internet. Resulta también llamativo que una de las mayores ferias del libro, la de la capital del reino, no acoja ninguna representación de esta nueva forma de leer. El problema de estos señores es que no quieren ver que este nuevo modelo no supone un hándicap, sino una oportunidad. El libro electrónico no tiene que suponer la muerte del libro tradicional, pero sí podrá contribuir a una democratización del proceso de elección de nuestras lecturas.

Por mi parte, seguiré comprando libros, aunque los lea previamente en mi Papyre. El lector electrónico será mi biblioteca pública más cercana, no un impedimento para que compre los libros que desee tener. Obviamente no voy a comprar el bestseller de turno, que únicamente me interese para pasar el rato leyendo en la playa, pero sí un libro que me guste releer y conservar. Por el primero estaré dispuesto a pagar una cantidad justa por su consumo, que repercutirá sobre el autor en un grado mayor de lo que lo hace actualmente, donde son los intermediarios quienes se llevan el máximo beneficio; el segundo lo compraré en papel, porque sigue pareciéndome la mejor opción para disfrutar de todo el placer de la lectura y de la pasión bibliófila.

Por todo esto, creo que los libros electrónicos no sustituirán a los tradicionales, sino que los complementarán. Aportarán la posibilidad de leer libros de forma imperecedera, eludiendo caprichos editoriales que descatalogan libros maravillosos que se tornan en imposibles de encontrar, por sepultarnos en una vorágine de nuevas publicaciones. Permitirán leer sin preocuparse por la fecha de caducidad de libros que podremos conseguir desde casa, a través de Internet, y nos aportarán la garantía de adquirir al fin, en formato tradicional, aquellos que queramos conservar o regalar.

Ahora bien, si las editoriales no aprenden la lección inherente al varapalo sufrido por la industria musical (que aun así, podría asimilar mucho más fácilmente el cambio de modelo comercial), perderán irremisiblemente esta oportunidad de negocio. Y no podrán decir que no se les avisó.

sábado, 16 de mayo de 2009

Viajando

Llevaba la mochila entre las piernas, y permanecía sentado con el cuerpo inclinado hacia el frente. Su largo flequillo le caía sobre el rostro de vez en cuando, y él se lo apartaba con indolencia, como si estuviese espantando a una mosca. Su mirada permanecía fija, en todo momento, en el lector electrónico que tenía en sus manos.

Marta le observaba desde hacía un buen rato. Acababa de terminar Tormenta de Espadas, y su mente aún no había desconectado del todo: le inquietaba saber qué ocurriría con Jon Nieve, que imaginaba tan parecido al chico del gadget, con Tyrion y con Arya, su personaje preferido. Miró el enorme ejemplar que reposaba en sus rodillas, y volvió a contemplar al chico. Era guapo, con los rasgos marcados bajo una pelusa incipiente. El libro electrónico le intrigaba… ¿qué estaría leyendo? A Marta le gustaba adivinar lo que estarían leyendo los ocupantes del vagón, y en ocasiones tenía la ocasión de comprobarlo, en un pase de página, en el momento de cerrar el libro, o cuando su lector, apercibiéndose de su curiosidad, sonreía y levantaba un poco el ejemplar para que ella pudiese leer el título. En momentos así, Marta se sonrojaba, leía apresuradamente los caracteres de la portada, y bajaba la vista.

A Marta le gustaría tener un lector electrónico. ¡La cantidad de libros que podría leer! Era objetiva, y sabía bien que leer no era como escuchar música, o ver series en el iPod. Posiblemente, de poseer uno de esos cacharros, terminaría por convertirse en toda una Diógenes Digital. Por otro lado, le encantaban los libros tradicionales: su olor, el propio peso, el desgaste que marcaba sus páginas con sucesivas lecturas… ¿Qué estaría leyendo el chico? Volvió a mirarle, para encontrarse con que él la miraba a ella. Giró la cabeza tan rápido que no llegó a ver que él hacía otro tanto. Última parada.

Marta se levantó y se acercó a la puerta. Agarrada para no caer, volvió la cabeza antes de salir. El chico miraba su Tormenta de Espadas y sonreía. Bajó la mirada al dispositivo, y ella lo hizo del vagón, con una sonrisa asomando a los labios.

Siempre he preferido usar el transporte público por varios motivos: es más ecológico, desde el punto y hora en que mediante un mismo recurso se permite viajar a más personas, habitualmente puedes viajar más relajado, en tu burbuja, haciendo caso omiso a los problemas de circulación –máxime si se trata del sistema ferroviario o aéreo, en casos de tratarse de mayores desplazamientos- y, gracias a todo ello, puedes ir tan tranquilo, leyendo el último libro que se tiene entre manos.

Lo cierto es que Málaga, la ciudad donde vivo actualmente, no es la panacea en lo que se refiere a la promoción de este medio de transporte frente al privado. Como si no tuvieran poco con los coches, las bicicletas sufren ahora el acoso de los gobernantes, y se planean carriles-bici en zonas donde barrunto que se les va a dar poco uso, pero posiblemente haya que justificar subvenciones y ayudas a la inversión. Vamos, la película de siempre. Sin embargo, hay momentos, en los trenes de cercanías, donde el vaivén del vagón no imposibilita echar un vistazo alrededor en tanto no se halle literalmente saturado de cuerpos en la hora punta, o en el autobús –y especialmente en el metro, cuando estoy en una ciudad más grande-, donde puedo observar a los lectores que me acompañan. Entendedme, es una sana curiosidad por saber qué lee cada cual, por ver hasta qué punto habría imaginado a aquella viejecita leyendo a Kafka, o si el chaval que tengo al lado se está riendo con una novela del Mundodisco, con alguna sátira mordaz de Mendoza, o con la inigualable La conjura de los necios. En no pocas ocasiones pueden llegar a sorprendernos, aunque cuando vemos un voluminoso ejemplar en manos de cualquiera, posiblemente se trate de alguna de las novelas de Harry Potter, de cualquiera de Stieg Larsson o del bestseller de turno; hasta la fecha, nadie llevaba El Quijote en sus manos. Ah, y por qué no, descubrir que nos pica el gusanillo de saber de qué tratará el libro que acabamos de ver, y que nos lleve a leerlo.

Y por vuestra parte, ¿compartís esta sana curiosidad por descubrir qué leen quienes os rodean? ¿Soléis usar el transporte público, y leer en él?