Ayer, en un arrebato de amor paterno, os traje al blog una fotografía del último libro con el que acababa de hacerme, ostentando orgulloso mi ex libris junto al Papyre con la versión “electrónica” del mismo. Fulgida comentaba que ella era incapaz de marcar de forma alguna sus libros, ya no grabándoles la marca de un ex libris, sino incluso subrayándolos o incluyendo anotaciones en sus páginas. Mi respuesta era que, en lo fundamental, compartía su opinión, pero me quedaron ganas de tratar un poco más profundamente el tema. Y ahí voy.

Entre las peculiaridades del Homo libris se encuentra su habitual tendencia a desarrollar comportamientos territoriales en torno a su principal objeto de deseo. Estos usos y costumbres son compartidos por ambos sexos, sin que exista una predilección clara por parte de uno de ellos por unos hábitos determinados. Esto es, se dan de forma aleatoria, no siempre en igual grado de intensidad e, incluso, de gravedad. Y decimos gravedad porque en los casos más crónicos, como veremos, el Homo libris es capaz de caer en una espiral de costumbres que le lleven a relacionarse con otros miembros de su especie haciendo uso, fundamentalmente, de la palabra escrita.
En concreto, uno de los sujetos sometido a estudio presentaba una marcada compulsión por el cuidado de los libros. Poco dado al préstamo, prefería en las más de las ocasiones adquirir otro ejemplar del libro que iba a ser prestado y proceder a su regalo antes que ceder aquél, según él por la incertidumbre que le provocaba el no retorno del mismo, o su devolución en un penoso estado de desgaste. Aunque el paso de los años ha suavizado notablemente este extraño hábito, aún hoy día sufre rebrotes de cuando en cuando.
El mismo individuo observado mostraba además una interesante conducta a la hora de hacerse con libros. De adquirirlos nuevos en una librería, buscaba aquel que no presentara marca alguna de desgaste o roce en sus cubiertas, sus páginas debían aparecer en perfecto estado, sin marcas de suciedad o extraños dobleces. De existir varios libros, buscaba el que se encontrase en mejor estado y, en caso de venir rigurosamente protegidos con algún envoltorio, escogía uno de estos antes que otro que estuviera desprotegido. Curiosamente, en caso de tratarse de una librería de ocasión, o más concretamente de viejo, no parecía importarle tanto el estado de los libros, y mostraba un mayor interés por la edición del libro, e incluso por la existencia de marcas de pertenencia de un anterior propietario (ex libris, como mencionábamos ayer, dedicatorias o firma y rúbrica del mismo), antes que por su estado físico. Mostraba rechazo a la compra de libros en grandes superficies y centros comerciales, y no soportaba encontrar etiquetas pegadas en el interior del lomo, en las guardas, o con aspecto de alarma, especialmente por el grosor de la misma y el pegamento que suele usarse en éstas, que puede provocar pequeños desgarros en la, de por sí, delicada textura del papel.
Sea como fuere, el sujeto en cuestión procedía a forrar en muchos casos los libros adquiridos. En particular aquellos que pensaba someter a condiciones de mayor estrés, como llevarlos consigo para su lectura en el transporte público, o en la mochila o el bolsillo del abrigo para devorarlo en cualquier situación que se lo permitiera.
Por supuesto, nunca mostró intención alguna de proceder al doblado de las páginas de un libro. En el caso de los libros que conseguía de alguna biblioteca pública, si éstos aparecían con algún doblez o marcas de haberlo tenido, podía entrar en cólera por el poco cuidado que mostraban los otros lectores. También gustaba de reparar los libros que caían en sus manos con signos de agotamiento como, por ejemplo, lomos despegados, cubiertas rasgadas o manchas de humedad entre sus páginas.
El Homo libris del que estamos hablando parece tener predilección, además, por marcar el punto donde deja su lectura con los marca páginas diseñados a tal efecto, pero no muestra rechazo a usar cualquier otro elemento que tenga un grosor adecuado (generalmente, inferior al milímetro, creemos que para evitar deformaciones en el papel o la encuadernación). Muestra preferencia por los libros de papel ahuesado, encuadernación cosida en pliegos, y siente pasión por los libros antiguos con encuadernación holandesa, aunque los actuales los prefiere en tela. Sin embargo, no desprecia encuadernaciones más modestas ni libros de bolsillo, que suele llevar consigo casi a todos lados (la ducha, hasta la fecha, parece ser el único lugar donde no se le ha observado leyendo, aunque insiste en que de niño leyó, hasta dejar el agua fría, alguna aventura holmesiana).
Aunque la experiencia fundamental de la lectura viene dada por el sentido de la vista, el Homo libris se caracteriza por extraer del libro toda una serie de sensaciones vetadas, en general, al común de los mortales. Se deleita olfateando sus páginas, acariciándolas y sintiendo el tacto del lomo o las cubiertas (de ahí, creemos, su predilección por la tela). También lee, por supuesto, y aunque la luz del día es la más adecuada para no fatigar la vista, no son pocos los libros que leyó de joven usando una linterna, bajo las sábanas, mientras todos dormían. También apurando los últimos rayos de sol, o junto a una lámpara o un flexo.
Así es como redactamos ahora el informe que se encuentran ustedes leyendo y, ante tamaña suposición, nuestro Homo libris particular exclama vehemente: "¡Lean, lean, pero no a mí! ¡Cojan el libro que tengan más a mano, y disfruten con su lectura, su tacto, su olor y casi, diría, con su sabor y con el crujido de las páginas al pasar!"
¿Qué “manías”, usos y costumbres (pecadillos inocentes, al fin y al cabo) tenéis como “animales lectores”? ¿Os sentís identificados con algunos de los mencionados? ¿Creéis que nuestro Homo libris de muestra será capaz de tener aún más?


