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miércoles, 17 de junio de 2009

En la oscuridad de la noche

Hace tiempo leí, escuché, oí decir a alguien que leía los libros de forma incompleta, abriéndolos al azar por una determinada página y prosiguiendo su lectura hasta un punto indeterminado, que podía coincidir o no con el final de la historia. Aunque no recuerdo el contexto donde percibí esta afirmación, lo cierto es que se me quedó grabada en la memoria, y leyendo After Dark, de Haruki Murakami, he sentido cómo el autor me obligaba, de forma consciente, a hacer esto mismo: introducirme en la vida de los personajes durante un intervalo determinado de tiempo, sin saber por qué se encuentran en ese estado cuando inicio la lectura, o cómo evolucionarán al final de la misma.

Murakami ha trazado en su última novela un paisaje, el de la ciudad nocturna, y una serie de personajes inolvidables a pesar de que les acompañamos únicamente durante unas cuantas horas, desde la medianoche hasta el amanecer. Acompañamos a un narrador omnisciente que se cuestiona a sí mismo las situaciones y encuentros, y que nos va presentando con ritmo cinematográfico –After Dark parece por momentos un guión más que una novela- a los personajes principales; Mari y Eri Asai, dos hermanas muy distintas entre sí, y Takahashi, un joven músico de jazz, que marca en parte el ritmo de la novela. Murakami es un enamorado del jazz, y aunque la presencia de la música es una constante en sus novelas, en la presente se convierte, por su estilismo cinematográfico, en una verdadera banda sonora que puede ser del todo real si, como es el caso, decidís buscarla y leer algunos pasajes acompañados de las canciones que nos sugiere el autor.

En esencia, el argumento nos presenta a una Mari Asai que pasa la noche fuera de casa. Ha perdido el último tren, y la encontramos tomando algo en un restaurante de comida rápida, leyendo un libro. Entretanto, su hermana Eri duerme en casa, y experimenta una serie de episodios oníricos que la llevan a una realidad paralela, algo habitual en la narrativa de Murakami. Conforme avanza la novela, se sucederán encuentros fortuitos entre personajes principales y secundarios, siendo estos últimos, desde mi punto de vista, tan interesante o más como los que acaparan la mayor parte de páginas del libro. Dado lo peculiar de la novela, resulta difícil profundizar más en la historia sin desvelar aspectos fundamentales de la misma, bien lo sean por exceso o por omisión.

Conocí a Murakami con Tokio Blues (Norwegian Wood), a través de la recomendación de Azote Ortográfico, y la novela me encantó. Me sumió en un estado de ensoñación, casi diría que opiácea, de la que pude salir a duras penas al terminar la novela. En cierto modo, viví su lectura como un otoño concentrado, con una sensación de placer y dulce melancolía. Poco después leería Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, novela mucho más paranoica, con una serie de personajes irrepetibles y situaciones de ensueño. Me gustó muchísimo más que Tokio Blues, aunque lo cierto es que no son novelas comparables. Sin embargo, sus cuentos, recopilados en Sauce ciego, mujer dormida, no despertaron en mí el ensalmo de las novelas. Tengo muchos más libros pendientes por leer del autor nipón, y aunque After Dark inicialmente me pareció algo descafeinado respecto a los que ya conozco, reconozco que finalmente me ha encantado leerlo.