miércoles, 4 de julio de 2012

El expediente Barcelona

No me prodigo últimamente demasiado con las entradas del blog, pero resultaría de todo punto impensable que dejase pasar la ocasión de hablaros de uno de los libros que posiblemente más haya citado por aquí. No hace mucho terminaba de leer El expediente Barcelona, la primera de las novelas de Francisco González Ledesma en la que hace aparición el inspector Méndez, protagonista de tantas obras imprescindibles del autor, y he de decir que me ha encantado. Si bien la lectura se ha prolongado mucho más de lo que habría sido habitual para un libro de poco más de 300 páginas, ya que lo he leído en el poco ortodoxo soporte de mi móvil, aprovechando momentos vacíos y trayectos en transporte público cuando no llevaba un libro encima, lo cierto es que la he disfrutado hasta el punto de releer sobre la marcha fragmentos y capítulos completos, y estoy deseando hacerme con una copia en papel, ya que fue reeditado no hace mucho (y es que, señoras y señores que “velan” por la cultura, los libros electrónicos no tienen que suponer forzosamente la muerte de los tradicionales).


En El expediente Barcelona Ledesma nos llevará a los barrios de Barcelona que tan bien conoce, como no podía ser de otro modo, para descubrirnos las entretelas de un caso de terrorismo en el que aparecen vinculadas figuras de la burguesía catalana y los nuevos sindicalistas del posfranquismo en una historia hilvanada con una fina ironía, con el profundo desencanto de los que abandonaron sus ideales y con un amor interesado e inconstante.

En la novela se palpa el conocimiento que tiene el autor sobre el mundo del periodismo, de la abogacía y del movimiento obrero en la Barcelona de la época (no hay que olvidar que este abogado, dedicado a la literatura desde su juventud a pesar de ser censurado por el franquismo, tuvo que trabajar para Bruguera como escritor de novelas populares y como abogado de la editorial, y que además llegó a ser redactor jefe de La Vanguardia), y constituye un fiel reflejo de la sociedad barcelonesa de aquel entonces; un ejemplo en toda regla de la novela negra de corte social en España que conviene no perder de vista.

Por lo pronto, a mí se me ha abierto el apetito por la novela negra, un mundillo en el que hacía tanto que no me adentraba más que por las imprescindibles reseñas de Lammermoor o de Alice Silver, y que me apetece saciar continuando con la lectura de la “Serie Méndez”. Me esperan, por tanto, en cuanto dé buena cuenta de los libros que tengo entre manos, Las calles de nuestros padres. Entretanto, os invito a disfrutar este verano de esta impactante novela y os dejo con algunas de las apariciones de fragmentos de la misma en el blog y con la entrevista a González Ledesma.
¡Feliz lectura!

miércoles, 27 de junio de 2012

#bibliotecasvspitbull

Todo el mundo con la lengua afuera
todo el mundo con la lengua afuera (no tengas pena)
todo el mundo con la lengua afuera
todo el mundo con la lengua afuera (dice)
dale que tu puede (dale que tu puede)
dale que tu puede (dale que tu puede)
 I'm feeling so (hot, hot, hot)
mami looking so (hot, hot, hot)
I wanna tickle her (spot, spot, spot)
until she says dont (stop, stop, stop)
it will be my pleasure to please you (lick, click, bite, bite, nibble, nibble, tease ya)
dime mami ay que rico (ay, ay, ay)
chico I wanna se C.L.I.M.A.X (climax yes)
I get of watching you get of
come on baby show me what your working with now set it off [...]
Yo no quiero agua,yo quiero bebida mami,
tu eres loca no te hagas la fina.
Yo no quiero agua,
yo quiero bebida mami,
tu eres loca no te hagas la fina.
No tengo nada en contra de que la gente disfrute con aquello que le gusta siempre y cuando se lleve a cabo desde el respeto, pero me parece lamentable que el Ayuntamiento de Málaga se dedique a subvencionar un concierto de reggaeton (que no es un estilo musical que predique precisamente esa igualdad entre sexos que las administraciones públicas tanto se esfuerzan en inculcar) mientras recorta en servicios porque, dice, no tiene dinero. Por ejemplo, en el horario de apertura de las bibliotecas. Queda clara así la apuesta por la cultura de este ayuntamiento, que duró lo que sus pretensiones a optar a la capitalidad europea de la cultura en 2016. Muerto el perro se acabó la rabia; muerto el sueño, se acabó la pasta.




Y como parte de ese dinero sale de mi bolsillo tanto como del resto de los contribuyentes, hoy he decidido usar el blog para manifestar mi pataleo particular. No soy el único, en Twitter podéis seguir las opiniones de la gente en el hashtag #bibliotecasvspitbull.

De partida, me parece mal que dediquen ese dinero a financiar los conciertos de artistas más que consolidados, como podría ser el de Serrat y Sabina, en lugar de dedicarlo a dar a conocer e impulsar la carrera de artistas locales. Pero ya puestos a financinar, que no me comparen la calidad artística y cultural de estos con la de aquel, por ejemplo.


Nota: El párrafo que encabeza la entrada es un fragmento de letra de una canción de Pitbull. La he tomado de una página web y no he sido capaz de corregirla para que quede bien (tengo miedo a, desde mi ignorancia, destrozar una manifestación artística que, quién sabe, tal vez deba estar escrita así). 



lunes, 18 de junio de 2012

Recordando

Mi abuelo, también

Tal vez el día lluvioso sea el responsable de esta melancolía. Somos una máquina complicada en la que los hilos del presente activo se enredan en la tela del pasado muerto y todo eso se cruza y entrecruza de tal modo en lazos y apreturas, que hay momentos en los que la vida cae toda sobre nosotros y nos deja perplejos, confusos y súbitamente amputados del futuro. Cae la lluvia, el viento disloca la compostura árida de los árboles deshojados- y de tiempos pasados viene una imagen perdida, un hombre alto y flaco, viejo, que ahora se aproxima, por una senda encharcada. Trae un cayado en la mano, un capote embarrado y antiguo, y por él resbalan todas las aguas del cielo. Delante, avanzan los animales fatigados, con la cabeza baja, rasando el suelo con el hocico. Hombre y animales avanzan bajo la lluvia. Es una imagen común, sin belleza, terriblemente anónima.
Pero este hombre que así se aproxima, lento, entre cortinas de lluvia que parecen diluir lo que en la memoria no se ha perdido, es mi abuelo. Viene cansado, y viejo. Arrastra consigo setenta años de vida difícil, de dificultades, de ignorancia. Y con todo, es un hombre sabio, callado y metido en sí, que sólo abre la boca para decir las palabras importantes, las que importan. Habla tan poco (son pocas las palabras realmente importantes) que todos nos callamos para oír cuando en el rostro se le enciende algo como una luz de advertencia. Eso aparte, tiene un modo de estar sentado, mirando a lo lejos, aunque ese lejos sea sólo la pared más próxima, que llega a ser intimidante. No sé qué diálogo mudo lo mantiene ajeno a nosotros. Su rostro está tallado a hachuela, fijo, pero expresivo, y los ojos, pequeños y agudos, tienen de vez en cuando un brillo claro como si en ese momento algo hubiera sido definitivamente comprendido. Parece una esfinge, diré yo más tarde, cuando las lecturas eruditas me ayuden en estas comparaciones que abonan una fácil cultura. Hoy digo que parecía un hombre.
Y era un hombre. Un hombre igual a muchos de esta tierra, de este mundo, un hombre sin oportunidades, tal vez un Einstein perdido bajo una espesa capa de imposibles, un filósofo (¿quién sabe?), un gran escritor analfabeto. Algo sería, algo que nunca pudo ser. Recuerdo ahora aquella noche tibia de verano cuando dormimos, los dos, bajo la higuera – lo oigo hablar aún de lo que había sido su vida, del Camino de Santiago que sobre nuestras cabezas resplandecía (cuántas cosas sabía él del cielo y de las estrellas), del ganado que lo conocía, de las historias y leyendas que eran su caudal de la infancia remota. Nos dormimos tarde, enrollados en la manta lobera, porque al amanecer refrescaría sin duda y el rocío no caía sólo sobre las plantas.
Pero la imagen que no me abandona es la del viejo que avanza bajo la lluvia, obstinado y silencioso, como quien cumple un destino en el que nada se puede modificar. A no ser la muerte. Pero entonces, este viejo, que es mi abuelo, no sabe aún cómo va a morir. Aún no sabe que pocos días antes de su último día va a tener la premonición (perdona la palabra, Jerónimo) de que ha llegado el fin. E irá, de árbol en árbol de su huerto, abrazando los troncos, despidiéndose de ellos, de los frutos que no volverá a comer, de las sombras amigas. Porque habrá llegado la gran sombra, mientras la memoria no lo haga resurgir en el camino encharcado o bajo la concavidad del cielo y la interrogación de las estrellas. Sólo esto – y también el gesto que de repente me pone en pie y la urgencia de la orden que llena el cuarto tibio donde escribo.

José Saramago.
Y hoy, dos años después de tu pérdida, te seguimos extrañando, abuelo nuestro, también.

miércoles, 6 de junio de 2012

Ray Bradbury

Llevo un tiempo tan liado y con el ánimo tan variable que tengo todo esto un poco abandonado. Ayer, en lugar de escribir alguna entrada propia, ya fuese en Homo libris, ya en Andanzas de un trotalomas, recurrí a un texto de Frederik Pohl  para homenajear el Día Mundial del Medio Ambiente de este año (si bien me consta que con la elección sale ganando el lector, je, je). Y hoy me entero a través de Azote del fallecimiento de uno de mis más adorados escritores.


Ha muerto Ray Bradbury, el autor de esas maravillosas Crónicas Marcianas y de la grandísima novela distópica Fahrenheit 451, por citar dos de sus más aclamadas obras. Esta última nos previene ante la facilidad con la que podemos perder nuestra memoria colectiva. Los libros arden bien, demasiado bien, y con ellos se pierde la memoria, la necesidad de conocer y, en muchas ocasiones, hasta la decencia. Porque arrebatarnos los libros, robarnos parte de nuestra cultura, es buscar adocenarnos, convertirnos en un rebaño fácil de manejar y con escasas aspiraciones.


En estos tiempos que corren es más necesario que nunca que los libros, cúmulo de conocimiento, fiel reflejo de los avances en la ciencia, artes o humanidades, como amigos leales, estén ahí. Nos cierran las bibliotecas públicas, recortan presupuesto para la educación o encarecen el acceso a la superior. Pero ya sea desde blogs literarios, a través de las redes sociales o como personas-libro, hemos de preservar a estos delicados amigos de papel que, curiosamente, son los que nos hacen ser más fuertes.
Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guiñapos y ruinas de la Historia. Con su casco simbólico en que aparecía grabado el número 451 bien plantado sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedó rodeada por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre avanzó entre un enjambre de luciérnagas. Quería, por encima de todo, como en el antiguo juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y el jardín de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía.
[...]
-Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorado. La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer domina todo después del trabajo. ¿Por qué aprender algo, excepto apretar botones, enchufar conmutadores, encajar tornillos y tuercas?  
Ray Bradbury, Fahrenheit 451.
Descanse en paz. 

martes, 5 de junio de 2012

Porque «hora de actuar» es «ahora»


De La ira de la Tierra, una colección de ensayos de Isaac Asimov y Frederik Pohl publicada en 1991, extraigo algunos fragmentos del prólogo de este último para homenajear el Día Mundial de la Tierra de este año.
Últimamente se han escrito muchos libros sobre el medio ambiente y el modo en que lo estamos destruyendo, y muchos de ellos son excelentes. Entre todos nos han explicado el modo en que las actividades de la gente como nosotros estaban dañando la salud de nuestro planeta. Algunos de estos libros incluso nos dicen lo que podemos (y deberíamos) hacer en nuestra vida diaria para frenar su destrucción: reciclar, negarnos a comprar los productos más destructivos, organizar nuestra vida de manera que utilicemos todo lo que necesitamos con más eficiencia de modo que necesitemos menos.
[…]
Pero incluso si todos nosotros pusiéramos en práctica estas medidas, seguirían siendo insuficientes.
Ya es demasiado tarde para salvar a nuestro planeta del peligro. Ya han sucedido demasiadas cosas: granjas convertidas en desiertos, bosques talados y convertidos en tierras baldías, lagos envenenados y el aire lleno de gases perjudiciales. Incluso es demasiado tarde para salvarnos a nosotros mismos de los efectos de otros procesos perjudiciales que ya están en marcha y que seguirán su curso sin que podamos hacer nada por evitarlo. La temperatura global aumentará. La capa de ozono seguirá destruyéndose. La contaminación hará enfermar o matará a más y más seres vivos. Todo esto ha llegado tan lejos que ahora inevitablemente deberá empeorar antes de que pueda mejorar.
La única elección que nos queda es decidir cuánto estamos dispuestos a dejar que empeoren las cosas.
Todavía estamos a tiempo de salvar o recuperar una gran parte de este medio ambiente agradable y benevolente que ha hecho que nuestras vidas sean posibles; sin embargo, no es fácil. No se puede hacer nada si al mismo tiempo no hacemos cambios sociales, económicos y políticos importantes en nuestro mundo. Estos cambios van más allá de lo que podamos llevar a cabo como individuos. Este libro trata de por qué estos cambios a gran escala son necesarios, qué cambios se deben hacer y qué podemos hacer para que ocurran.
[…]
No hay ninguna duda de que algunos cambios importantes son inevitables. La única cuestión es cómo serán. Algunos de ellos ocurrirán independientemente de lo que hagamos, porque a medida que el medio ambiente se deteriore, se producirán de manera automática. Otros se originarán debido a nuestros esfuerzos por evitar el desastre. Todos los cambios serán trascendentales y el mundo de la siguiente generación va a ser bastante diferente del nuestro.
Para terminar, nos adentraremos en aspectos políticos de la verdadera conservación: por qué los cambios reales serán difíciles y qué acciones políticas podemos realizar para que ocurran.
Sé que esta parte tampoco resulta una buena noticia. Pedir al digno ciudadano medio que participe en los asuntos políticos que tan mala fama tienen en lo que a honradez se refiere, no es muy diferente a pedirle que considere la posibilidad de dedicarse a la prostitución callejera. Pero si queremos evitar el peor de los desastres, no hay alternativa a la acción política. Los individuos no pueden hacer la tarea ellos solos, es demasiado grande. Sólo la acción gubernamental puede llevar a cabo los cambios que hay que hacer y son los políticos quienes crean y controlan los gobiernos. 
Casi me siento en la obligación de pedirle perdón por hacerle trabajar tanto.
He tenido esta sensación otras veces. He pasado mucho tiempo hablando de los peligros para el medio ambiente mucho antes de que se convirtiera en un tema de moda; de hecho, más de treinta años. Algunas veces lo he hecho en los libros que he escrito, otras en mi carrera como conferenciante ocasional por todo el mundo, dando charlas a grupos de todo tipo. A lo largo de los años debo de haber dado varios miles de conferencias y, aunque han sido sobre muchos temas, por lo general he tratado cuestiones medioambientales en algún momento de ellas. 
En general, me he dirigido a auditorios formados por gente inteligente y atenta, parecida a los lectores que imagino que están leyendo este libro y, sin embargo, en todas las charlas, en algún momento de la enumeración de los desastres que se aproximan, percibo que se apodera de la audiencia una especie de silencio. Los oyentes son siempre muy correctos, incluso atentos; a pesar de todo, también puedo sentir que empiezan a desear ardientemente que el catálogo de malas noticias termine cuanto antes.
Comprendo a toda esa gente. También a mí me gustaría terminar.
El problema es que las cosas no han mejorado durante este tercio de siglo. Es cierto que ha habido un puñado de victorias reales: unos pocos lagos están más limpios que antes; incluso algunas veces se puede ver en el centro de Pittsburgh una estrella o dos en su cielo nocturno; en el East River de Nueva York, un pescador estupefacto cogió, no hace mucho tiempo, un pez vivo; Estados Unidos ha prohibido el uso de CFC destructor de la capa de ozono en los envases de aerosol, aunque no su fabricación y utilización en otras cosas.
Pero todos estos triunfos parciales no son suficientes. Por cada victoria ha habido una docena de derrotas. Como veremos después, en su conjunto, nuestro mundo está más sucio y más amenazado ahora de lo que jamás lo ha estado en el pasado, y no hay duda de que cada vez lo estará más si no hacernos nada para evitarlo.
También les comprendo en otro aspecto. Al igual que la mayoría de mis oyentes, a veces encuentro difícil de creer en lo más profundo de mi corazón que todos estos problemas medioambientales a gran escala tengan algo que ver conmigo. Después de todo, no parecen muy reales todavía. Sé, igual que mis oyentes, que cuando mañana por la mañana me levante y mire por la ventana, las cosas no parecerán estar tan mal. El sol seguirá brillando; los árboles de mi jardín seguirán verdes; seguirá habiendo comida en los supermercados y nadie se tambaleará por las calles cegado por la radiación ultravioleta. No hay duda de que a nuestro mundo le están sucediendo algunas cosas horribles, pero todavía no ha sucedido lo peor.
Así que ¿por qué debemos intranquilizarnos ahora por calamidades que pueden ocurrir dentro de varias décadas?
Sin embargo, yo estoy intranquilo.
Tengo siete buenas razones para hacerlo. Sus nombres son Christine, Daniel, Enilly, Eric, Julia, Tommy y Tobias. Son mis nietos.
Cuando escribo esto, sus edades oscilan entre varios meses y la adolescencia y me gustaría que cuando sean adultos y tengan sus propios hijos también tengan árboles a su alrededor, comida en abundancia y puedan pasear bajo el sol sin miedo a una muerte horrible, y saber que el mundo sobrevivirá.
Sin embargo, parece que es posible que no tengan todo esto. Son lo bastante afortunados por haber nacido con una gran ventaja a su favor: todos viven en lugares del planeta que estarán entre los que menos padezcan lo que le estamos haciendo. Aunque no les mantendrá a salvo durante mucho tiempo... no, a menos que usted y yo y mucha más gente nos intranquilicemos tanto como para hacer ahora lo que les proporcionará a ellos el patrimonio de una buena vida después.
Puede suceder. Puede haber un, final feliz si tenemos la sabiduría y la voluntad de lograr que suceda llevando adelante cosas bastantes difíciles de hacer.
Si no las hacemos, no habrá ningún final feliz. Lo único que habrá  para muchas de las cosas que hacen agradable nuestro mundo  es un final. 
Frederik Pohl, La ira de la Tierra. 

martes, 29 de mayo de 2012

Cien preguntas básicas sobre la ciencia

Ayer comencé a leer La mente errabunda, un libro de Isaac Asimov que recoge sesenta y dos ensayos de muy diversa índole, y he de confesar que me está fascinando. Esto me ha hecho recordar otro título muy ameno del autor que releí hace poco más de un mes y que tenía pendiente reseñar en el blog. Se trata de Cien preguntas básicas sobre la ciencia, un libro que recoge las preguntas que los lectores formulaban a Asimov a través de la sección que este tenía en la revista norteamericana Science Digest. En "Por favor, explique" (posteriormente, "Isaac Asimov explica"), Asimov respondía en unas 500 palabras a las dudas que le hacían llegar. Su colaboración se prolongó durante 8 años, a partir de 1965, y dado el carácter mensual de la publicación llegó a acumular el centenar de preguntas y respuestas que recoge este libro. 

He vuelto a leer a Asimov de forma completamente fortuita; me apetecía mucho últimamente y por eso hace poco compré los dos primeros volúmenes con sus cuentos completos, ya que solo tengo suyos algunos títulos porque en su día los leí fundamentalmente haciendo un uso intensivo de la biblioteca pública. Para más inri, cuando comencé a recordarle vi que precisamente este año se han cumplido veinte de su pérdida. El aniversario de su fallecimiento fue el pasado día 6 de abril. 

Suma y sigue, precisamente hace poco pensaba releer algo más de Verne y venía elucubrando la forma en que algunos autores nos marcan, especialmente cuando les leemos durante nuestra infancia o juventud. Verne y Asimov tienen tanta "culpa" de mi vocación científica como otros autores (qué decir de Félix Rodríguez de la Fuente y de su enciclopédica Fauna) la tienen de que esté volcada hacia las ciencias naturales. A Asimov le leí en su día con deleite, maravillado y ansioso por aprender. A sus imprescindibles relatos hay que sumar su ingente labor divulgadora. Alguno de mis textos básicos de aquella época son Breve historia de la Química y, sobre todo, Introducción a la Ciencia. En los dos volúmenes de la colección “Biblioteca de divulgación científica Muy Interesante” editada por Orbis es, posiblemente, la obra de divulgación científica que más he releído en toda mi vida. Verano tras verano, año tras año, volvía a ella para amenizar las largas tardes estivales hasta que, al caer la noche, miraba al cielo y a esas estrellas repletas de secretos por desentrañar. 


Cien preguntas básicas sobre la ciencia muestra las inquietudes de los lectores de Scientific American, desde la Física a la Química, de la Biología a las Matemáticas, pasando por las aplicaciones tecnológicas de los nuevos descubrimientos científicos en la medicina o la informática. Aunque al releerlo ahora, pasados los años, he comprobado que en algunos puntos el libro ha quedado un poco desfasado por los nuevos descubrimientos que se han venido realizando, por ejemplo, en el campo de la astronomía, lo cierto es que sigue plenamente vigente en cuanto a su sentido del humor y capacidad de transmitir, mediante sencillos y gráficos ejemplos, algunos de los conceptos más abstractos de la ciencia. Además, acabo de ver que existe una nueva edición de Alianza, revisada y con anotaciones a pie de página que vienen a poner remedio precisamente estas máculas que, inevitablemente, imprime el tiempo. 

No desvarío más, aunque sí os invito a leer el excelente artículo que mi compañero Carlos Romá ha dedicado a Asimov en el último número de Journal of Feelsynapsis y la entrada que le dedica al autor (una de ellas) Daniel Torregrosa en su blog Ese punto azul pálido. Y, por supuesto, a disfrutar con estas Cien preguntas básicas sobre la ciencia y a cuestionaros muchas más.

¡Feliz lectura!

miércoles, 23 de mayo de 2012

Sentimiento colectivo

"Lamento" tener que seguir extrayendo párrafos de Expediente Barcelona para traerlos al blog, pero es que además de la calidad literaria de González Ledesma me temo que la crítica social que contiene (esa de la que carece la novela negra española en contraposición de la nórdica, según afirmaban miembros de cierta asociación de traductores granadina para indignación propia y de extraños) está más de actualidad que nunca. Así,
Con Rodríguez, con Costa, con dos estudiantes de Derecho, un profesor de la Escuela Social y tres obreros fundamos el Centro Interior de Resistencia. Ya no se trataba de hablar, de reunirnos en los bares y de recitar nostalgias, sino de enfrentarnos a la situación con medidas que estuvieran a nuestro alcance de gentes que sufrían. En el local de una asociación literaria donde se editaba una revista condenada a garrote vil, nos reunimos para hacer un religioso inventario de nuestros sueños. Los obreros hablaron de huelgas, de jornales y de libertad sindical; nosotros hablamos de libertad de prensa, de eliminación de la censura y de los tribunales especiales, además de un cambio total en el profesorado universitario. Nos dimos cuenta en seguida de que no acabaríamos de coincidir jamás, de que ellos pedían unas mejoras concretas para hoy, mientras nosotros construíamos en las nubes la España del mañana.
[...]
Era difícil que nos uniésemos de verdad para hacer algo cuando enfrente teníamos a las comunidades de intereses más potentes de Europa; y las comunidades de intereses, señorita Jou, son más fuertes que todos los sueños paridos por la izquierda desde Pablo Iglesias hasta ahora, cosa que a mí me dolía reconocer. Por eso la verdadera izquierda no se pone de acuerdo jamás, puesto que tiene que administrar a la vez dinero, resquemores, banderas, mártires y ráfagas de viento. La derecha solo tiene que administrar intereses, para lo cual, además, emplea a los tecnócratas, los milagreros del siglo XX.
[...]
A veces me preguntaba, durante la noche, mientras oía moverse a la Isabel en la habitación contigua, si tenía algún sentido hacer todo aquello. Al fin y al cabo, ¿en qué país me movía? La gente que a uno le empuja en las calles, la que se disputaba los pisos y compraba los televisores a plazos, había perdido toda sensibilidad, todos sus ideales colectivos. [...] Yo me daba cuenta de que mi ciudad, mi país —pero a mí solo me importaba mi ciudad— estaba formada por hombres que tenían o buscaban un trabajo, una mesa, una mujer y una cama: habían llegado a no pensar en nada más. El país consistía en un simple juego de posibilidades económicas: lo importante era atrapar alguna, asirse a ella, mejorarla, mamarla y procurar que a uno no le pillasen las ruedas. A eso se le llamaba oficialmente «hacer grande a España». A falta de otra, los jerarcas de la situación se referían constantemente a esta tarea. Y luego, con la democracia, ha pasado lo mismo. Los grandes sentimientos colectivos ya no tienen cabida en la indiferente España.

martes, 22 de mayo de 2012

153.º aniversario

Un suave golpe sobre una puerta, un mugido desde el interior, y me encontré frente al profesor Challenger. Estaba sentado en una silla giratoria tras una amplia mesa cubierta de libros, mapas y diagramas. Su apariencia me hizo contener la respiración. Esperaba encontrarme con un hombre poco corriente, pero nunca ante una personalidad tan subyugante como la suya. El tamaño de su cuerpo y su imponente presencia eran los principales factores del efecto que producía conocerle. Su cabeza era enorme, la más grande que recuerdo haber visto. Su cara y su barba hacían recordar a los toros de la escultura asiria, especialmente la barba, tan negra que por momentos daba reflejos. azules, cuadrada y rizosa, que se extendía hacia abajo sobre su pecho. Sus ojos de color azul grisáceo miraban desde la sombra de espesas cejas negras, con expresión clara, crítica y dominante. Sus hombros amplios y un pecho del tamaño de un barril era lo único que aparecía desde detrás del escritorio, esto y dos enormes manos cubiertas de largos vellos negros.
Tal fue mi primera impresión del notorio profesor Challenger.

Arthur Conan Doyle, El mundo perdido.
Aunque su personaje más afamado es, qué os voy a contar, Sherlock Holmes, el autor que nació tal día como hoy en Edimburgo, 153 años atrás, escribió una obra que es una de mis novelas de aventuras y ciencia ficción preferidas de cuantas leí (y releí) en mi infancia: El mundo perdido. En ella nos dejamos arrastrar por la figura, atrayente y repulsiva a un tiempo, del profesor Challenger, un científico de bruscos modales que solo vive para la investigación y que en esta novela nos anticipa un Parque Jurásico mucho más apasionante, a mi parecer, que el de Crichton.

El mundo perdido no sería la única novela de Conan Doyle que contase con Challenger como protagonista (vendrían después La zona ponzoñosa, La tierra de la niebla, Cuando la Tierra lanzó alaridos y La máquina desintegradora), pero sí que es la que guardo en la memoria con mayor cariño.

Sirva de homenaje al escritor esta descripción de su personaje tanto como, por supuesto, las lecturas de sus obras que deseéis compartir aquí.

lunes, 21 de mayo de 2012

A galopar

— Se cansarán de oír esto —dijo—, pero he de repetirlo hasta la saciedad. Una Edad de Oro, ya sea en arte, música, ciencia, paz o abundancia, está fuera del alcance de nuestras actuales técnicas económicas y gubernamentales. Algo saldrá por casualidad, como ha sucedido alguna que otra vez en el pasado. Pero nunca como fruto de un intento deliberado. En este mismo momento, innumerables hombres y mujeres inteligentes y de buena voluntad están tratando de crear un mundo mejor. Pero los problemas surgen más deprisa que su capacidad para resolverlos. Nuestra civilización corre como un caballo asustado, con el cuerpo cubierto de sudor y echando espuma por la boca. Y al correr, su velocidad y su pánico aumentan conjuntamente. En cuanto a sus políticos e intelectuales, aunque blanden sus armas y gritan de la forma más salvaje que pueden, se muestran incapaces de dominar la bestia enfurecida.
— ¿Y qué haría usted con un caballo desbocado? —preguntó Castle.
— Dejarlo galopar hasta que se desplome de agotamiento —dijo Frazier llanamente—. Y mientras tanto, ver qué se puede hacer con su descendencia.

Walden Dos, B. F. Skinner.

jueves, 17 de mayo de 2012

Antichrista

En ocasiones abrir las páginas de un libro supone asomarse al precipicio, dejar entrar el horror y permitirnos el lujo de deleitarnos con ello. Algo así es lo que ocurre cuando comenzamos a leer Antichrista de Amélie Nothomb, uno de los últimos libros que he terminado. Como me ocurrió con Diario de Golondrina y, tal y como parece ser la tónica general de las obras de esta autora, el libro es muy breve. Su escritura fluida nos mete de lleno en la historia que nos narra hasta hacer que disfrutemos de su lectura como si de un relato se tratase: de una sentada y sin despegar las pestañas de las hojas que tenemos ante nosotros.

Antichrista es la pesadilla de cualquier adolescente, al menos de los que sean como Blanche, la jovencita de 16 años, tímida, apocada, aficionada a la lectura y con escaso don de gentes, que comprueba a su pesar el resultado que obtendrán sus  intentos por entablar amistad con Christa, una chica de su edad que también comienza ese año sus estudios universitarios y que es su antítesis; atractiva, atrevida hasta llegar prácticamente al descaro, Christa es el centro de atención de sus compañeros y pronto lo será de los padres de Blanche. En cuanto esta última la invite a pasar la noche en casa, deseando evitarle el pesado trayecto en tren que la lleva cada mañana desde su pueblo hasta la ciudad donde cursa los estudios de políticas, descubrirá cuán fácil es quedar atrapada en una vorágine de autodestrucción. Christa desplazará a Blanche hasta robarle el cariño de los autores de sus días, tornándola en invisible —más aún de lo que ya era— a ojos de sus compañeros, familiares y amigos. Además, no desperdiciará en ningún momento la oportunidad de recordarle cuánto le debe y lo desagradecida que es ante sus “atenciones”.

En cierto modo, la historia me ha recordado la figura del famoso cuco. Los cucos depositan sus huevos en las nidadas de otros pajarillos que se encargarán de criar a su pollo en detrimento de los propios, bien porque nazca antes y arroje los huevos aún sin eclosionar de las avecillas parasitadas, bien porque por su tamaño y el irresistible encanto de su colorido pico se vean obligados a cebar sin límite al parásito, hasta dejar morir de hambre incluso a sus propios pollos. Christa es así, ofrece su mejor imagen ante quienes desea controlar y descubre su lado oscuro únicamente a aquellos que son más débiles y que nada pueden hacer para arrebatarle el control. Desgraciadamente, me temo, hay muchas Christas en la vida real, y si bien en esta novela la autora peca a mi parecer de cargar las tintas de maniqueísmo, lo cierto es que no deja de resultar entretenida y deja la puerta abierta a la reflexión.

Más que recomendable, pues, tal y como nos dijeron tiempo atrás Carol o Isi en sus blogs.

¡Feliz lectura!

viernes, 4 de mayo de 2012

El invierno del dibujante

Aunque leo alguno que otro de cuando en cuando (me gustan, si bien no constituyen una de mis mayores preferencias), no suelo traer al blog entradas sobre los cómics que voy descubriendo. De hecho, no hace mucho pensé hacerlo con Blacksad y finalmente me contuve, y realmente es posible que esta sea la primera entrada dedicada a uno de ellos. Pero lo merece, tanto por la historia que narra como por haber sido mencionado con anterioridad en el blog, precisamente en la entrevista que nos concedió González Ledesma. 
HL: ¿Ha tenido oportunidad de leer o ver al menos El invierno del dibujante, cómic en el que aparece usted en los tiempos en que trabajaba para Bruguera? ¿Cómo es posible que una factoría de sueños como aquella fuese en su interior un infierno para los autores? 
FGL: Sí lo he leído. Me parece una obra admirable y creo que refleja la realidad de Bruguera. En cuanto a la segunda parte de la pregunta, porque solo pensaban en el beneficio inmediato y actuaban generalmente con un egoísmo despiadado. Bruguera tenía una gran habilidad para los negocios pero nunca supo tratar a la gente. Por eso, con los años, fue perdiendo a sus mejores creadores, que normalmente veían sus sueños rotos. 

De esos años nos habla El invierno del dibujante, y si bien ya mencioné las draconianas condiciones que imponía Bruguera a los escritores que trabajaban para la editorial, no eran más piadosas las que tenían que soportar los guionistas y dibujantes de aquellos cómics (o historietas, o tebeos, como se les llamaba entonces) que llenan de imágenes la remota memoria de nuestra niñez. 

Paco Roca nos retrotrae hasta finales de los años 50 del pasado siglo cuando, cansados precisamente de las condiciones laborales de Bruguera, un grupo de valientes historietistas decide abandonar la editorial y lanzar al mercado un producto propio, donde fuesen dueños de sus propias creaciones y de su destino. Nació así Tío Vivo, la mítica revista juvenil, de manos de cinco dibujantes: Giner, Cifré, Conti, Peñarroya y Escobar. En El invierno del dibujante podremos comprobar cuán difícil fue poner en marcha este proyecto repleto de ilusión y qué fácil resultó a la gigantesca Bruguera tumbarlo. 

Tan capaz de arrancarnos unas risas como de hacer aflorar unas lágrimas, este cómic de Paco Roca nos permite acercarnos a Vázquez e Ibáñez, reconocer al joven abogado González Ledesma y disfrutar de un libro editado con gusto: desde las preciosas ilustraciones de Roca al color de las páginas, que cambia con cada capítulo como las historietas de antaño y que da un tono adecuado a la estación en la que transcurre cada uno de ellos. 

En definitiva, estamos ante un libro imprescindible para los amantes del cómic, para quienes quieran acercarse a un periodo de nuestra reciente historia editorial y para, nada más y nada menos, aquellos a quienes les gusta leer una historia bien escrita.


jueves, 3 de mayo de 2012

Un puesto avanzado del progreso

Un puesto avanzado del progreso nos permite asomarnos a los orígenes de la que sería la novela más reconocida de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas. En esta obrita (por la extensión, no por lo agudo de la crítica social que la alienta), Conrad nos dibuja a unos personajes con la pluma cargada de ironía. 

Kayerts y Carlier son dos trabajadores que permanecen en la selva, en uno de los puestos de avanzadilla de una gran compañía comercial, y su único afán será lucrarse gracias a la imposición de duras condiciones de trabajo para los nativos y a las estratagemas que van imaginando que podrán llevar a cabo para destacar dentro de la estructura empresarial que les —así lo creen al menos— respalda. 

El autor aprovecha lo risible de ambos individuos para trazar las líneas de la despiadada colonización que sometió a los pueblos de África (o de Asia, o de América) al arbitrio de las naciones avanzadas de su época. Las relaciones con los pueblos indígenas fueron originadas únicamente por el interés económico de los países colonizadores, algo que permanece plenamente vigente en la figura de las compañías multinacionales que aún hoy siguen buscando obtener el máximo beneficio explotando los recursos naturales de aquellos países que cuentan con regiones que no han sido todavía esquilmadas por el hombre, o en el nuevo colonialismo que países como China llevan a cabo mediante la compra de tierras de cultivo en África. 

La editorial Traspiés, dentro de su colección de libros ilustrados Vagamundos, nos ofrece la oportunidad de deleitarnos con una magnífica obra satírica de Joseph Conrad, de reírnos del absurdo comportamiento de los protagonistas y, sobre todo, de reflexionar en torno a la importancia que tienen nuestras decisiones cotidianas en la configuración del mundo en el que queremos vivir. 
El miedo siempre permanece. Un hombre puede matar lo que hay en su interior: el amor, el odio, sus creencias, incluso sus dudas. Pero mientras se aferre a la vida, no podrá destruir el miedo; el miedo sutil, indestructible, terrible, que invade su ser, que tiñe sus pensamientos, que acecha en su corazón, que vigila en sus labios la lucha por el último aliento.
No puedo terminar la entrada sin invitaros a leer el libro, por supuesto, y sin desearos que paséis por el sitio web de Altotero, donde podréis leer un interesante artículo de Benigno Varillas sobre los pigmeos del Congo y su relación con los elefantes.

martes, 1 de mayo de 2012

Primero de mayo

Leyendo a González Ledesma esta mañana he llegado a un párrafo que me ha parecido muy significativo para el día de hoy. Porque hay que dignificar el trabajo y que los hombres, llevándolo a cabo, nos sintamos realizados y no esclavos. En su Expediente Barcelona leemos:

Eso me hizo recordar lo que pasaba con Costa, que al entrar a trabajar a las siete de la mañana ya le decía al portero de nuestra empresa, el portero cuya esposa no podía parir porteritos, sino fichas para el reloj marcador:
—Buenas noches.
Y cierta vez, el portero, extrañado, le preguntó:
—¿Por qué, a estas horas de la mañana, me dice siempre «buenas noches»?
Costa ni siquiera se detuvo para contestar:
—Porque ya se ha terminado el día.
Era verdad. En aquella ocasión la frase del Costa me hizo reír, pero ahora, en mi cubículo milimetrado, la entendía del todo. En las puertas oscuras del trabajo había millones de hombres que cierta vez, cierto día insólito, se paraban un momento, un minuto tan solo, para darse cuenta de que se les había terminado la vida.
Pero el minuto pasaba y ellos volvían a caminar, y quizá ya no volvían a pararse nunca más, porque su vivir tenía la virtud de hacerles olvidar que habían renunciado a vivir.
A veces, señorita Jou, he pensado que eso es una suerte.

Un IMM espontáneo

Pasan las semanas volando y apenas consigo tachar de la lista de pendientes algunos títulos que voy leyendo conforme consigo sacar algo de tiempo a las obligaciones cotidianas. Incluso así, se me acumulan las entradas en el blog, las de los libros por reseñar —y eso que no todos entran a formar parte de la familia de los incluidos en esta polvorienta bitácora— y otras sobre diversos temas bibliófilos. 

De cualquier modo, hoy me apetecía irme a la cama dejando constancia de algunos de los libros que me acompañarán en breve, entre otros una novela gráfica que estaba deseando leer (y que, si mal no recuerdo, será el primer cómic en aparecer por aquí), El invierno del dibujante, sobre el que ya preguntamos en su día a González Ledesma.


A esta se le unen varios libros sobre Biología y medio ambiente (Las rapaces ibéricas, un tomo de enciclopédico formato de lectura más que recomendable para el aficionado a estas aves; La vida amorosa de los animales, un ensayo sobre etología; Introducing Environmental Politics e Introducing Genetics, dos libros ilustrados de la colección Introducing... de la editorial Totem Books y la preciosa edición que nos trae Taurus de Sobre la selección natural de Darwin). 

Finalmente, para completar el cupo, una novela digna del disfrute de un (bien entendido) mitómano como yo. La fiesta de Orfeo nos retrotrae al Londres de mediados del siglo pasado, cuando una recién nacida productora de cine, la archiconocida Hammer Productions, comenzaba el rodaje de una película de terror que protagonizaría uno de mis actores preferidos, Peter Cushing. 

martes, 24 de abril de 2012

Estudiar, estudiar...

Francisco González Ledesma, tan agudo como siempre, retrataba en El expediente Barcelona una realidad que a día de hoy, en estos tiempos de recortes y de vuelco hacia una "Nueva Edad Media" en todo lo tocante a la cultura (y todo lo que esta engloba: literatura, artes, ciencia...), resulta de especial vigencia:
A mí todo eso del Milanés, tantos sacrificios, tantas humillaciones y tanto hambre para estudiar (porque encima pasaba hambre) me parecía un esfuerzo estéril. Qué quiere que le diga. Yo solo había estudiado comercio en la Escuela Especial, que entonces estaba en la calle Balmes, y tenía más que suficiente. Soy de los que creen que en España sobra gente de carrera. Tú vas a pedir un carpintero o un lampista y estás listo. No los hay. Pide un ingeniero, un médico, un abogado, un químico, y no hablemos de un maestro, y el problema es tuyo, porque la cola llega hasta la frontera. El padre, además, siempre lo decía: «El talento y la cultura, en sí, no los valores nunca. Bien mirado, no son nada. Los que lo tienen dicen que eso vale mucho y que no se vende. No te dejes engañar nunca: lo terrible para ellos es que no se compra».

jueves, 19 de abril de 2012

Diario de Golondrina

Uno nunca es tan feliz como cuando encuentra el medio de perderse.
Últimamente me encuentro bastante disperso; entre el trabajo, la carrera y otras obligaciones autoimpuestas en aras de no convertirme en “basura tecnológica”, lo cierto es que tengo poco tiempo para nada. Eso redunda en un descenso terrible en las entradas de los blogs y en poco tiempo para leer, tal vez lo que más eche en falta. Mi ritmo de lectura ha descendido tanto o más que mi capacidad de concentración, y lo único que ha aumentado es mi insatisfacción hacia lo que escribo. Últimamente todo lo que sale de mis dedos me parece carente de inspiración, inane, sin chispa. De ahí que, aunque tengo varias entradas en la recámara, no me decido a dispararlas. También es el motivo por el cual últimamente estoy intentando leer libros breves, de cien o doscientas páginas, y estoy acariciando la idea de volver a los relatos, a esos cuentos escritos por verdaderos maestros y que tantas satisfacciones me dieron en el pasado.

El último libro que he leído (ayer mismo, en el trayecto de ida y vuelta al trabajo en transporte público) ha sido Diario de Golondrina, de Amélie Nothomb. Había oído hablar mucho y bueno de esta autora francojaponesa, hace tiempo a un gran amigo de cuyo criterio me fio ciegamente y algo después a algunos de quienes este blog frecuentáis. En particular, por las reseñas que ha ido publicando Isi siempre se me antojaron libros interesantes, y cuando fue la autora elegida para leer en Bibliolandia pude al menor conocer vuestras impresiones. Azote tiene algunos de ellos en francés, pero no fue hasta que el otro día, cuando encontré este libro en la biblioteca pública que, finalmente, me hice con algo suyo.


Estamos ante un libro breve, muy breve, aunque esta parece ser la tónica de la autora a la hora de escribir sus novelas; lo hace en cuadernos, siendo esta novela uno de ellos. Si es el caso, lleva a cabo un juego metaliterario más que evidente, del tipo que le gusta a Paul Auster, donde en la autoría de la historia se dan la mano la autora y el protagonista principal. Diario de Golondrina nos acerca a la figura de Urbano, un repartidor de nombre antes desconocido, que tras un desengaño amoroso y una pérdida total de la capacidad de sentir emociones, se convierte en asesino a sueldo que adopta ese nombre.

Nothomb describe la desazón de un personaje que, desahuciado del mundo de los sentimientos, solo encuentra placer en lo extraño, en aquello que le resulta nuevo y desconocido. Siendo así, no es de extrañar que en su afán por encontrar algo que le estimule llegue a aceptar el trabajo de asesino a sueldo. Cuando descubra cuánto le excita arrebatarle la vida a seres desconocidos se habrá convertido en el más despiadado de cuantos asesinos contrata el ruso Yuri, que ejerce de intermediario entre estos y su desconocido mas omnipresente jefe.

Lo cierto es que el libro me ha gustado, tal vez porque la autora hace gala de su buen oficio con la pluma, aunque la historia parece poco creíble, un poco traída por los pelos, y el final de la novela resulta abrupto, demasiado abierto y con un desenlace previsible. También he leído que Amélie Nothomb suele ser mucho más caustica, más irónica en otros libros. Este, por lo pronto, me ha animado a leer más obras suyas, así que ya os iré contando.

¿Y a vosotros? ¿Qué os parece Nothomb? ¿Y esta obra suya? Contad, contad…

martes, 3 de abril de 2012

Concurso "Una sombra en Pekín"

¿Te gusta leer? ¿Y comentar en los blogs literarios sobre los libros que has leído y te gustan? Si estás en un blog como este, mucho “me temo” que cumplas con ello. Máxime si tienes un blog y, sobre todo, si te animas a participar en el concurso que la Editorial Traspiés nos ha hecho llegar: “Una sombra en Pekín”.


Las reglas son muy sencillas y puedes encontrarlas en su blog. Básicamente se trata de escribir una reseña del libro del mismo título (Una sombra en Pekín, de José Ángel Cilleruelo), hayas participado o no en la lectura conjunta que propuso la editorial para los meses de febrero y marzo del presente año. Una iniciativa, por otro lado, nada desdeñable, y a la que espero sumarme con otro título no dentro de mucho. Una vez publicada la reseña, simplemente has de pasarte por alguno de los blogs que constituyen el jurado (La caverna literaria, De todo un poco, Cazando estrellas, Libros que voy leyendo y El universo de los libros) y dejar un comentario con el enlace a tu reseña.

El premio consistirá en uno de los tres lotes de cinco libros, a elegir del catálogo de Traspiés, y un original (70 x 100 cm) de Juan Gonzalo Lerma, el ilustrador del libro.

¿Hasta cuándo puedes participar? Todavía te da tiempo, pero no puedes dormirte en los laureles. Tienes hasta el 10 de abril para publicar tu reseña. ¿Qué mejor forma de aprovechar la lluviosa Semana Santa que parece avecinarse que aprovechar para disfrutar de la lectura de un buen libro?

Disfrutad de la lectura y, quien los tenga, de unos días de asueto.

viernes, 2 de marzo de 2012

La juguetería errante

Algo tienen los libros de la editorial Impedimenta que enamoran con solo mirarlos. Es justo lo que me pasó con La juguetería errante; ver el libro y desear tenerlo fue una misma cosa. Lo cierto es que la portada es preciosa, la edición primorosa y el título resulta llamativo, pero el interés va a más en cuanto sabemos un poco de su argumento. En la juguetería que da nombre a libro se comete un asesinato, mas poco después desaparecen las pruebas. No el cuerpo (que también), sino la propia juguetería. Así comienza la aventura del poeta Richard Cadogan cuando decide irse unos días de vacaciones a Oxford tras desoír los consejos del tacaño de su editor y se mete de bruces en este misterio. Cuando consigue avisar a la policía y al ir a visitarla se encuentran con que ya no existe la tienda en cuestión, así que decide hablar con su viejo amigo Gervase Fen, el afamado profesor de literatura inglesa conocido por sus habilidades como detective aficionado. A bordo del descapotable rojo del profesor Fen, Cadogan y él vivirán una aventura repleta de persecuciones (aunque no siempre nos queda claro si actúan como perseguidores o perseguidos), de algún accidente que otro (ya que el coche de Gervase, Lilly Christine III, parece contar con un especial magnetismo que le lleva a precipitarse contra cualquier muro, árbol o edificio existente) y de mucho humor inglés.

Bajando por Woodstock Road, directamente hacia donde estaban ellos, venía pedaleando un hombre de cierta edad, anormalmente delgado, con su escaso pelo blanco al viento y con un rictus de desesperación en la mirada. Inmediatamente tras él, corriendo como si en ello les fuera la vida, venían Escila y Caribdis; tras ellos, una turba trituradora de estudiantes furibundos, con Adrian Barnaby (en bicicleta) a la vanguardia; tras ellos, un ayudante de celador, el alguacil universitario, y dos «bulldogs», embutidos todos en un diminuto Austin y con aspecto formal, grave e inútil; y el último del pelotón, agotado por la persecución, era Hoskins, que venía arrastrando exhausto su desgarbada figura.
Fue una visión que Cadogan jamás lograría olvidar en lo que le quedara de vida.
A diferencia de otros célebres detectives de la historia de la literatura, Gervase Fen no resuelve los casos gracias a seguir el método científico, entre loas y alabanzas a su materia gris o gracias a su intuición. De extrovertido carácter, dado a fabular y a deleitarnos con numerosas referencias literarias (donde, en más de una ocasión agradecemos las notas a pie de página de la edición), la historia se desarrolla sin que sepamos muy bien dónde nos va a llevar en sus investigaciones. Esto, sin embargo, no resulta desazonador, pues es tal el ritmo narrativo y lo adictivo de la historia que no nos paramos siquiera a pensar en ello. Seguimos a nuestros protagonistas con una suerte de sonrisa en los labios que no desaparece en ningún momento, ni siquiera al final de la historia, cuando en una escena repleta de acción no pude evitar recordar la versión cinematográfica dirigida por Hitchcock de Extraños en un tren, de Patricia Highsmith, y a una inolvidable secuencia de la misma.

Salvadas las distancias, y aunque se mencionan los nombres de Wodehouse, Stella Gibbons, Agatha Christie, Chesterton o Conan Doyle para intentar explicar el estilo de Edmund Crispin (seudónimo de Robert Bruce Montgomery tomado, junto al nombre de su detective, de un personaje de la novela de Michael Innes ¡Hamlet, venganza!), lo cierto es que a mí me ha parecido un libro escrito por un Harry Stephen Keeler algo más organizado, con mayor salud mental, mejor estilo literario y buenos referentes culturales. En definitiva, que resulta divertidísimo a la par que recomendable.

Aunque los libros de Crispin son muy populares en Inglaterra, lo cierto es que por aquí en España, que a mí me conste al menos, no era tan conocido. Por eso, por cuanto me ha gustado el libro y por lo precioso de los libros de esta editorial, me congratula saber que La juguetería errante constituye solo el punto de partida para la edición en castellano de la serie de libros protagonizada por Gervase Fen, nueve novelas y un par de libros de relatos, entre los cuales, ordenados cronológicamente por la fecha de escritura, La juguetería errante ocupa el tercer lugar. Aquí cuentan con un seguro lector de los mismos que espera con impaciencia la siguiente aventura de tan singular detective.

¡Por mis patas de conejo, que editen ya el siguiente!

viernes, 24 de febrero de 2012

El club de los parricidas

Pandemonium, s. Literalmente, Lugar de Todos los Demonios. La mayoría de ellos han ido a refugiarse en la política y las finanzas, y el lugar se usa ahora como salón de conferencias del Reformador Vocinglero. Cuando son perturbados por su voz, los antiguos ecos clamorean apropiadas respuestas que halagan mucho su orgullo.
La primera vez que oí alguna de las definiciones que contiene el Diccionario del diablo de Ambrose Bierce fue en la radio. Un compañero del programa de rock “Bajo cuerda” que por aquel entonces emitíamos en directo desde una emisora local lo llevó y fue intercalando alguna que otra entre canción y canción. Tanto nos gustó que recuerdo que busqué el libro y lo encontré en una de las librerías de Granada, ya desaparecida, que más contribuyó a engrosar mi biblioteca particular durante la etapa de estudiante. La librería Urbano de libros de saldo, ubicada en la calle Melchor Almagro, nos esperaba con miles de títulos al pie de sus escaleras. Había que descender por ellas como si nos estuviésemos adentrando en la cueva de Alí Babá, y aparecía, igual que esta, repleta de tesoros, aunque estos de papel. Y al salir, como si de Moria se tratase, en invierno podías ver entre las ramas desnudas de los olmos, al final de la calle, la desafiante silueta de Sierra Nevada. Un placer de dioses, como os contaba.

Volviendo a Bierce, aunque lo cierto es que su más conocida obra es precisamente ese diccionario, no es la única en la que su aguda ironía y, por qué no decirlo, buena ración de mala baba hace acto de presencia. Como os decía en la anterior entrada, la editorial Traspiés muy gentilmente me hizo llegar una copia de El club de los parricidas, y para deleite de propios y extraños he de decir que he disfrutado de su lectura como un enano.


El club de los parricidas comprende una serie de relatos en los que el autor va desgranando el cariño que guardaba hacia sus progenitores. De esta relación nos habla en el prólogo Jesús Aguado, el traductor de la presente edición, y pronto iremos descubriendo hasta qué punto era esta visceral.

En “Aceite de perro”, un niño ayuda a sus padres en sus respectivos trabajos. Comienza a narrarnos su historia con estas palabras:
Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos que ejercían dos de los oficios más humildes: mi padre era fabricante de aceite de perro y mi madre se encargaba de los bebés no deseados en una pequeña habitación adyacente a la iglesia del pueblo. Ellos se encargaron de inculcarme el amor al trabajo, ya que no sólo ayudaba a mi padre a capturar los perros que alimentaban sus calderos, sino que también en numerosas ocasiones, mi madre me pedía que me deshiciera de los desechos frutos de su labor. Puesto que todos los agentes de la ley del lugar, aunque no lo hubieran explicitado en sus programas electorales, se oponían a lo que ella hacía, con frecuencia tenía que emplear a fondo mi natural inteligencia para cumplir con esta obligación. La ocupación de mi padre, fabricar aceite de perro, era, como es lógico, menos impopular, a pesar de que los propietarios de perros desaparecidos le dirigieran miradas reticentes que hacían extensivas a mí.
“Un incendio imperfecto” nos trae la figura de un padre ladrón y un hijo que no le va a la zaga en estas artes. Un desacuerdo en el reparto del botín desata la furia del hijo y el final de su padre en unas circunstancias realmente flamígeras.


“Mi asesinato preferido”, o más bien el del protagonista de esta historia, es el de su tío. Lo narra ante el juez para hacerle ver que el crimen por el que está siendo juzgado —el de su madre— no es realmente tan abominable.

Después de asesinar a mi madre de manera especialmente horrible, fui arrestado y llevado a un juicio que se prolongaría durante siete años. Al exponer sus conclusiones a los miembros del jurado, el juez del Tribunal de Absolución afirmó que el mío era uno de los crímenes más espantosos con los que había tenido que enfrentarse.
Al escuchar eso mi abogado se levantó y dijo:
"Con la venia de su Señoría, los crímenes son espantosos o soportables sólo por comparación. Si usted conociera los detalles del asesinato anterior de mi cliente, el de su tío, sabría ver en este otro delito suyo (si es que puede denominarse así) la dulce indulgencia y la piedad filial que demostró a su víctima. El atroz ensañamiento de ese otro asesinato sí que tenía que haberle ganado un veredicto de culpabilidad. De hecho, difícilmente se habría librado del mismo de no haber sido por la circunstancia de que el honorable juez que presidía el juicio era también el presidente de una compañía de seguros con la que mi cliente había suscrito una póliza contra el ahorcamiento. Si su Señoría tuviera a bien aceptar escuchar, para su propia edificación, el relato de lo entonces acontecido, mi cliente, a pesar del dolor que eso le causaría, no pondría reparos en hacerlo bajo juramento".
En “Una tumba sin fondo”, una madre con pocos escrúpulos y unos hijos algo inocentes entierran a su padre en el sótano se la casa con el fin de seguir cobrando la pensión de este. Lo que no saben es que su secreto puede estar enterrado más profundamente de lo que jamás habrían podido imaginar.


Por último, “El hipnotizador” nos trae a un joven dotado de un poder especial. Ya en el colegio descubre que puede hacer que las personas actúen a su antojo, controlando su cerebro simplemente con mirarlas fijamente y pensar lo que desea que hagan. El abuso que de su poder hacen sus padres les pasará una elevada factura…

En definitiva, este libro de relatos de Ambrose Bierce no resulta apto para mentes delicadas, si bien su agudeza y explícita ironía le encumbran, a mi parecer, a lo más alto de este tipo de literatura. En la edición que nos ocupa, la de la colección Vagamundos, los textos vienen acompañados por las ilustraciones de Pablo López Miñarro y, aunque es una delicia para regalar, no os recomiendo que lo apuntéis para el día de la madre. Ni del padre, claro.

¡Feliz lectura!

lunes, 20 de febrero de 2012

Volver

Posiblemente haya transcurrido más tiempo que nunca sin que escriba, desde el inicio de esta aventura bloguera, en Homo libris o en Andanzas de un Trotalomas. Aunque en los últimos tiempos mi ritmo de escritura había descendido bastante, lo cierto es que diversas circunstancias se han aliado para dificultarme aún más la labor. He dejado pasar efemérides tan queridas para mí como la semana en la que Verne y Dickens cumplían años, he dudado una y mil veces sobre la decisión de cerrar los blogs, dejar de escribir en ellos indefinidamente, hasta que las musas me alcancen (no estoy nada contento con lo que vengo escribiendo últimamente) o unirlos todos en uno solo, personal e intransferible, que denote algo de actividad incluso en estos malos momentos. Pero (¡ay!) como suele ser habitual en mí, sigo sin tomar una decisión al respecto.


No obstante, ahora que algunas de las circunstancias que me apartaban de aquí han desaparecido (si bien no creo que pueda contar con tanto tiempo como antes) he vuelto. Espero que para quedarme, aunque a estas alturas del partido no tengo nada claro. Intentando ver la situación desde una perspectiva positiva, si bien habréis notado quienes tenéis blog que también ando desaparecido del vuestro, he de decir que sigo presente en ellos, si bien de una forma silente. En diciembre del año pasado mi ajado, vetusto y heredado móvil sucumbió, así que me vi “obligado” a hacerme con otro (con lo felices que éramos sin ellos ;)). Aunque mi intención era otra, finalmente opté por uno de esos mal llamados teléfonos inteligentes y, como el buen retro-geek que soy, además de instalar en él alguno que otro emulador de ordenadores de 8 bits (Spectrum is forever), lo estoy usando para leer vuestras entradas, al tener los blogs vinculados a través lector de RSS correspondiente. Por el contrario, me da una pereza enorme escribir con mis torpes dedos en ese engendro de teclado táctil que incorpora, motivo por el cual no aparezco en los comentarios, aunque espero ir solucionando esto.

Por el camino han quedado unas cuantas lecturas y mucho trabajo acumulado. Pero como por algún lado hay que comenzar, os traigo aquí un brevísimo IMM, teniendo en cuenta que son tantos los libros que se me acumulan, con los primeros que aparecerán por aquí dentro de unos (pocos, espero) días.


La juguetería errante, de Edmund Crispin, ha sido un verdadero descubrimiento. Como con otros libros, me enamoró su portada, me intrigó su título y, solo después, conocí un argumento que me interesó sobremanera. La edición de Impedimenta es preciosa y el libro me encantó cuando lo leí, si bien posiblemente haya sido la más irregular de cuantas lecturas haya disfrutado en los últimos tiempos. Os hablaré de él dentro de poco.


José Antonio, propietario de la granadina editorial Traspiés, me hizo llegar a finales del mes pasado un par de libros que están promocionando actualmente. Ya hablé de la editorial en su día y de la buena impresión que causó en mí su libro de Jonathan Swift Una humilde propuesta. Los dos que me hace llegar gentilmente (muchas gracias, José Antonio) son El club de los parricidas, de Ambrose Bierce, y Un puesto avanzado del progreso, de Joseph Conrad. Dos libros satíricos, como el de Swift, que vienen a acrecentar la buena impresión que me causó la colección de libros ilustrados “Vagamundos”.


Actualmente estoy disfrutando de lo lindo con la aproximación a la historia de la agricultura y de la ingeniería genética que realiza magistralmente Francisco García Olmedo, catedrático de biología molecular vegetal, en su libro La tercera revolución verde. Creo que lo terminaré pronto, ya que es breve y la mar de ameno, y decididamente lo traeré al blog.


Y poco más, de momento. Espero ir retomando un ritmo aceptable de escritura y que mi presencia, para mal o para bien, se deje notar en los vuestros.

Un abrazo y, como siempre, ¡feliz lectura!