lunes, 4 de mayo de 2009

La aparición del hombre

Soy un confeso seguidor de la Biología y, en particular, de la Antropología Biológica. Me apasiona la evolución del hombre, y es por ello que entre mis lecturas de cabecera se encuentran algunas que, de forma rigurosa a la par que amena, tratan sobre esta faceta de la evolución y de nuestro pasado -no en balde este blog fue bautizado como Homo libris por la conjunción de ambas aficiones-. Si tenemos en cuenta este hecho, no os resultará extraño que, uniendo a la celebración del año Darwin el interés despertado por la serie de Los hijos de la Tierra, de Auel, entre los comentarios a la última entrada del blog, y ya que acabo de concluir la lectura de La aparición del hombre, del biólogo e historiador alemán Josef H. Reichholf, el título de la de hoy coincida con el del libro.

¿Qué importancia tienen las rayas para las cebras? ¿Por qué el caballo apareció en América y terminó por extinguirse allí, tras su expansión por Asia, Europa y África? ¿Qué provocó el aumento del cerebro en el australopiteco? ¿Y las expediciones del Homo erectus fuera de su cuna, en África? ¿Por qué se extinguieron los Neandertales? La aparición del hombre es un libro de divulgación científica, escrito de forma tan amena que en ocasiones me ha parecido estar viendo, como si de un documental se tratase, e incluso como si allí estuviera en ese momento, los hechos que intentan dar respuesta a esas y a otras muchas preguntas. Hechos relacionados más estrechamente de lo que cabría suponer en un principio, y que pueden arrojar algo de luz sobre el porqué ocurrieron así las cosas y cómo hemos llegado hasta el lugar que ocupamos a día de hoy en el planeta.

Hacía tiempo que no me divertía tanto un libro sobre evolución humana. Partiendo de una introducción básica a la genética mitocondrial y al devenir de las eras geológicas, Reichholf pasa a narrarnos, como si de una novela se tratase, las desventuras que vivió aquel primitivo mamífero hasta llegar a convertirse en el humano moderno. Posiblemente, las polémicas declaraciones del autor acerca de los motivos que llevaron al Homo sapiens sapiens a establecerse de forma definitiva en asentamientos, dejando de lado la vida de cazador-recolector para hacerse sedentario llevaran a equipararle con Desmond Morris, otro biólogo bastante conocido por su obra El mono desnudo. Sin embargo, ambas obras ofrecen enfoques muy distintos a la par que complementarios (el primero, mediante el estudio de la evolución desde la perspectiva del cambio genético y la presión del entorno; el segundo haciendo hincapié en el estudio del comportamiento humano desde la perspectiva de la Etología), acerca de cómo y por qué caprichos de la evolución llegamos a ser de ésta y no de otra forma.

En resumen, una obra a tener en cuenta si queremos pasar un buen rato aprendiendo un poco más sobre la Prehistoria, el peso de los factores externos en la evolución, y sobre nosotros mismos.

miércoles, 22 de abril de 2009

Colecciones

Hace unos días finalizaba la lectura de Festín de Cuervos, el cuarto libro de Canción de Hielo y Fuego, la inmensa novela-río con la que George R. R. Martin nos deleita y hace sufrir a un tiempo, y que promete mantenernos expectantes hasta su finalización en algún momento de un hipotético futuro cercano (o no tanto, si tenemos en cuenta el decreciente ritmo de publicación, que no de calidad, del autor).

Terminada la lectura, y dando por hecho que transcurrirá un tiempo bastante dilatado hasta que Martin publique (y especialmente salga en castellano) Dance with Dragons, la continuación de la historia, me asaltan una serie de inquietantes preguntas, a las que no termino de dar respuesta. ¿Qué nos hace convertirnos en sufridos lectores de sagas interminables, aún no terminadas de escribir, traducir y/o publicar? ¿Por qué nos enganchamos a ellas como antaño los lectores de folletines, y anhelamos el próximo capítulo, la aparición de un avance, la noticia de alguna novedad en el horizonte de publicaciones? ¿Es una expresión de fanatismo, de fervor cuasi religioso o de pasión por lo escrito? ¿Se trata de un fenómeno similar al que se está dando con las series de televisión, que en buena parte desplazan al cine como elemento de divertimento en la actualidad? ¿No salimos escarmentados ante las jugarretas editoriales?

Me resulta difícil dar respuesta a dichas cuestiones, aunque lo cierto es que en el mundo de las grandes sagas literarias (o, cuanto menos, libreras) me ha ocurrido de todo. Desde esperar año tras año la aparición de un libro que nunca llega, la sexta parte de Hijos de la Tierra, de Jean M. Auel, que comencé a leer hace dieciocho años, hasta hacerlo con una saga ya escrita pero no volcada del polaco, como ocurre con La dama del lago, de Andrzej Sapkowski, último volumen de la serie de Geralt de Rivia, que tras un par de años de espera la editorial no solamente no publica, sino que otra comienza la reedición de toda la saga, y nos hacen esperar a los lectores un añito más hasta ponerse a la par y generar, de paso, una mayor expectación. Hablo, claro está, de Bibliópolis y Alamut respectivamente.

En otras ocasiones, las editoriales son aún más duras. Que se lo digan a los lectores de Titus Groan, que tuvieron que esperar tres lustros a que Minotauro se dignase a traducir Gormenghast, y a mí mismo que, conociendo la situación, no adquirí en su día el libro para encontrarme años después con las tres partes descatalogadas; conseguí adquirir la primera y tercera para encontrarme, una vez más, con Gormenghast no disponible. La búsqueda de este título me ha provocado más de un quebradero de cabeza y problemas con compras por Internet que tal vez algún día que venga a colación traiga al blog.

También ocurrió con Timun Mas y su edición de Otherland, otra novela río, ésta de Tad Williams (de él me encantó particularmente su Añoranzas y Pesares), que la editorial se encargó de dividir y subdividir en diversos tomos para aumentar el número de ejemplares a vender y, por ende, de ingresos. Sin embargo la jugada le salió mal, las ventas cayeron en picado, y la serie no fue completada. Visto el cariz que tomaban las cosas, me desencanté y la dejé aproximadamente por la mitad, aunque realmente prometía. Años más tarde, Círculo de Lectores tuvo un gesto hermoso, publicando esta última parte para quienes deseasen completar, aunque fuese con otro formato, la colección. Pero para mí ya era demasiado tarde, habría tenido que reunir el resto de ejemplares, y por aquel entonces me encontraba cansado de la situación creada.

Así las cosas, ¿es arriesgado hoy día sumergirse en la lectura de una novela-río? ¿Creéis que las editoriales aprovechan el tirón de determinados autores para hacer su agosto a costa del sufrimiento de los lectores? ¿Puede más nuestra afición que el desgaste causado por este maltrato? ¿Cuál es vuestro parecer?

sábado, 11 de abril de 2009

La Ratesa


Así se cumplió, dijo la Ratesa con que sueño. Donde estuvo el hombre, en cada lugar que dejó, quedó basura. Hasta en la búsqueda de las últimas verdades y pisando los talones de su Dios produjo basura. Por su basura, acumulada capa a capa, se le podía reconocer siempre en cuanto se excavaba para buscarlo; porque más longevos que el hombre son sus residuos. ¡Sólo la basura ha durado más que él!
Recibir una rata común, de las denominadas de alcantarilla, como regalo de Navidad es algo de lo más inusual. Tanto como que nos haya llegado porque la solicitemos de forma expresa. Sin embargo, así comienza esta novela de Günter Grass, con la llegada de tan insólito como esperado regalo, una rata que pronto colmará los sueños del narrador convirtiéndose en La Ratesa, aquella que le describe cómo el hombre ha llevado su existencia hasta el límite y más allá, desembocando en un cataclismo nuclear a nivel mundial que ha terminado con su extinción.

A Günter Grass le tenía ganas. Así, había visto publicadas una obra suya tras otra, y desde que leí el argumento de El Rodaballo, y descubrí su Tambor de Hojalata, deseaba leerle. Sin embargo, por un motivo u otro nunca había terminado por decidirme a devorar uno de sus libros, hasta que se apoderó de mí la imagen de La Ratesa. Encontré el libro en la librería de viejo BookMarket, y si bien no lo compré en mi primera visita, ni en la segunda, ni tan siquiera en la tercera, el libro me llamaba una vez tras otra al acudir a la estantería en la que se alojaba. Finalmente, en esta última visita que describía días atrás, el libro se vino conmigo.

Leerlo ha supuesto seguir a Grass a lo largo de las callejas de una ciudad devastada. Comenzó por tomarme de la mano y empezar a hablar sin pausa, para soltarme comenzada la narración y dejarme perdido en una calle oscura. Oía su voz al otro lado del muro, corría para encontrarle girando una esquina y, tras volverla, encontrarme con que había vuelto a perderle. Su voz, ahora, provenía de una calle lejana, llegaba y oía cómo seguía relatando la historia de la destrucción del hombre, el viaje científico a los mares de Damroka y varias mujeres más a bordo de una gabarra a los mares septentrionales, el señor Matzerath a Polonia y las peripecias de unos particulares Hänsel y Gretel con ínfulas de punkies.

Pese a todo, aun extenuado por esta búsqueda continua de la historia, he de admitirlo: el libro me ha encantado. No es un libro para leer a la ligera; tampoco lo esperaba. Günter Grass plasma en La Ratesa todo el horror de la autodestrucción del hombre, que ya podía barruntarse en los años ochenta, cuando fuera publicado el libro, poco antes de que le fuera concedido el Premio Nobel a su autor. Hoy día, las cosas no han cambiado demasiado, sino que cada vez van a peor. Las palabras de la Ratesa parecerían premonitorias, de no ser porque todo, siempre, fue así:

Es verdad, amigo mío, dijo la Ratesa, pero de todas formas deberías oír lo que nos indujo a hundirnos bajo tierra: hacia el final de la historia humana, vuestra especie se había habituado a un lenguaje que lo nivelaba todo tranquilizadoramente, consideradamente, que no llamaba a nada por su nombre y sonaba sensato hasta cuando hacía pasar las tonterías por conocimientos. Era asombroso cómo los capitostes, los políticos, lograban hacer las palabras flexibles y maleables. Decían: con el terror nuestra seguridad aumenta. O bien: el progreso tiene un precio. O bien: el desarrollo técnico no puede detenerse. O bien: no podemos volver a la Edad de Piedra. Y ese lenguaje engañoso era aceptado. Por eso se vivía con el terror, se corría tras negocios o diversiones, se lamentaban las víctimas de las antorchas de admonición, se las consideraba hipersensibles y, por ello, incapaces de resistir las contradicciones de la época.

De acuerdo: ¡hasta vuestra basura es impresionante! Y a menudo criaturas como nosotras nos asombramos cuando las tormentas de polvo refulgente traen desde muy lejos a la llanura, por encima de las colinas, voluminosos elementos de construcción. ¡Mirad, ahí planea un techo de fibra de vidrio! Así recordamos a los encumbrados hombres: pensando en subir cada vez más alto, cada vez más arriba… ¡Mirad qué arrugado cae al suelo su progreso!

jueves, 2 de abril de 2009

La isla de Abel


Abel nunca habría pensado que, celebrando el primer aniversario de su boda con Amanda, una implacable tormenta terminaría por separarle de su joven esposa. El ratón, que había vivido siempre entre los algodones que su estatus social le proporcionaban, tuvo que armarse de valor para sobrevivir en la isla a la que fue arrojado por la tempestad.

Así se desarrollan, de forma aparentemente simple, las aventuras que este Robinson de los roedores vive en la isla a la que William Steig parece desterrarle. El libro, que leí en mi infancia (es uno de los que recuerdo de entre los muchos que disfruté en mis primeros años como lector de la Biblioteca Pública de Santa Fe, en Granada), pude encontrarlo hace poco en una librería de segunda mano, y pasó a sumarse a los “recuperados” de aquellos tiempos, cada vez más lejanos.

Si os hablo de Steig, a muchos ni os sonará el apellido del autor de La isla de Abel, el librito que traigo hoy a colación por celebrarse el Día del Libro Infantil y Juvenil. Pero si os menciono a un ogro verde, malhumorado, que vive en una ciénaga y que se ha convertido en los últimos años en un fenómeno de masas tras su aparición en el cine, a la mayoría le vendrá a la mente el nombre de Shrek.



Fue Steig un neoyorkino que dedicó su vida a escribir e ilustrar libros infantiles, y que falleció hace seis años, a la edad de noventa y cuatro. Publicó La isla de Abel en 1976, pero no sería hasta 1990 que vería la luz Shrek! Ganador de prestigiosos premios de literatura infantil, quería traer hoy al blog su memoria, para recordarle a él y a tantos otros autores que, iniciando a jóvenes lectores, les descubren un mundo de fantasía en los libros. Por desgracia, en numerosas ocasiones su obra permanece en la sombra, o es desconocida su procedencia a pesar incluso de que sus personajes puedan alcanzar la misma fama que el ya mencionado ogro.

Feliz lectura.

lunes, 30 de marzo de 2009

Olores

Nos rodean cientos, miles de olores, pero rara vez damos la importancia que merece al sentido del olfato, excepto cuando el olor es en extremo desagradable y penetra ofensivamente por nuestras fosas nasales, o bien por reparar en él debido a su intensidad o por asociarlo a otras sensaciones, objetos, personas... recuerdos, al fin y al cabo.

Creo que hay pocos olores que sean para mí más significativos que el olor de las páginas de los libros. Cada libro tiene su propio olor, cambiante con el tiempo, según las andanzas que le depare su vida novelesca. Sin embargo, hay dos olores que podríamos dar en llamar universales en lo tocante a lo olfativo y a los libros: el olor de los libros de texto recién comprados, y el olor de una librería de viejo (o extensa biblioteca cargada de libros antiguos, tanto da).

Respecto al primero de ellos, ¿a cuántos nos vienen a la memoria esos días gloriosos de colegial, en los que, recién iniciado el curso, esperábamos impacientes la caterva de nuevos títulos que, traducidos en objetos de deseo, esnifábamos tras su compra, impregnándonos del olor a tinta aún fresca y a papel satinado recién prensado, impreso, encuadernado y desbarbado, pletórico de sabiduría? A los libros recién adquiridos se unían los heredados de hermanos, primos, amigos, que por mor de un milagro, no habían quedado desfasados aún en la vorágine editorial a que estamos acostumbrados hoy día. Éstos presentaban dobleces en las esquinas, garabatos y el nombre de sus antiguos poseedores, escrito cual Ex-Libris con la fluida caligrafía de alguno de los padres, o con inexperta mano de niño. El encanto de estos últimos era ir descubriendo, día a día, alguna ocurrencia que tuvo quien antes estudió esas páginas y, ya crecidos, los diversos amores platónicos que le desvelaron alguna que otra noche.

En cuanto al segundo de los olores, para quienes, superada la imposición de la obligatoriedad de los estudios, llegamos a amar los libros, a necesitar más que desear su presencia, el penetrar en una estancia atiborrada de libros, donde se acumulan cual pilares capaces de sostener toda la cultura y sabiduría de los pueblos, puede provocar sensaciones de admiración y recogimiento tan profundas al menos como las que provocaría en un fervoroso creyente llegar como peregrino a Santiago, o alcanzar por primera vez en su vida La Meca. El olor de los libros añosos, ancianos, recorridos por infinitas manos ávidas de saber, de surcar los mares de tinta de sus palabras, no tiene parangón. Las hojas, quebradizas ya por el tiempo vivido, despiertan en nosotros sentimientos protectores, la necesidad de tratarlas con mimo; los lomos, desgastados por el uso, invitan a ser acariciados; el tiempo, deja de existir.

Le livre, cet obscur objet du désir.


(Me autoplagio al recordar que escribí esto hace algo más de un año, para traerlo al blog.)

jueves, 19 de marzo de 2009

La vieja librería de Babel

Una de las cosas que más me gusta de las librerías de viejo es que suelen pertenecer a personas que albergan un especial amor hacia la letra impresa. Que no digo que no lo tengan otros libreros, o que estas librerías sean, al fin y al cabo, un negocio, pero creo que, en bastantes ocasiones, hay que estar hecho de una pasta especial para pasar el día entre libros viejos, usados, manoseados hasta la saciedad. Libros que, para quienes saben leer entre líneas sus páginas y apreciar el desgaste de sus cubiertas, pueden guardar otras historias distintas a las narradas.

Descubrimos la librería de libros de segunda mano Book Market, en el número 28 de la calle San Miguel de Torremolinos, un buen día que caminábamos por esta calle eminentemente comercial de la localidad malagueña sin un propósito definido. Al ver el cartel anunciador, amarillo y rojo, llamativo por su promesa de libros multiculturales, nos adentramos en el pasaje que la albergaba, el de la Virgen del Carmen, perpendicular a San Miguel,y subimos la empinada y estrecha escalera que daba acceso a una estancia atestada de libros que, alineados en sus baldas, nos esperaban. Nos saludó la propietaria de la librería, una amable mujer de mediana edad, en español. Pronto cambió de idioma al inglés, al dirigirse a ella Azote Ortográfico, algo nada extraño habida cuenta su nacionalidad, y que en estas localidades costeras, tan orientadas al disfrute turístico, existen amplias colonias de foráneos.

Entretanto, empecé a examinar los lomos de los libros más cercanos. ¿Rusos? En efecto, se apiñaban por colonias: los libros rusos, con sus caracteres cirílicos en rigurosa procesión lingüística, ejemplares daneses, suecos, franceses. Españoles, haciendo frente a la invasión que se les venía encima, e ingleses, la mayoría, ocupando una amplia sección de la librería.

Nos perdimos en la biblioteca de Babel, examinando antiguas ediciones, libros en rústica bien conservados que, no obstante, dejaban apreciar algún signo de sus antiguos propietarios: un punto de lectura que marcó su último uso, una dedicatoria, el Ex Libris… No importaba el idioma, sino el tacto de sus cubiertas, el amarillear de sus páginas, el dulce susurro al pasarlas, el olor a papel envejecido de la librería. Sobra decir que cargamos con algunos de estos libros. Y que volvimos después, siempre que tuvimos oportunidad o fuimos a Torremolinos con algún otro objetivo.

Nuestra última visita fue hace sólo unos días, y en exclusiva para visitar la librería, ya que hacía algún tiempo que, por obligaciones varias, habíamos dejado de hacerlo. Nos sorprendimos al ver a un hombre cargar con cajas de libros, cajas en las que estaban siendo embalados de forma displicente por su propietaria y algunos colaboradores. Pánico. ¿Cerraban? No, simplemente nos mudamos, nos tranquilizó aquella. El local empezaba a quedar pequeño, las empinadas escaleras echaban para atrás a los más mayores, por la dificultad del acceso, y a los más pequeños o a sus padres, por la difícil subida de los carritos portabebés. El pasaje, solo, desvalido, sólo albergaba al humilde negocio librero, de modo que habían encontrado un lugar cercano en el que alojar estos cofres de sueños. No será necesario añadir que nos llevamos otros cuantos títulos. Encima (como la vez anterior), tres por dos en volúmenes en inglés, 10% de descuento en las publicaciones en español. Una ganga en toda regla.

Así las cosas, os animo a descubrir esta librería si tenéis oportunidad de pasar por Torremolinos. La nueva ubicación es la calle Cauce, número 11, paralela a la calle San Miguel.

¿Cómo veis el negocio de los libros de segunda mano y de ocasión? ¿Os gustan los libros de segunda mano? ¿Por su precio o por su historia? ¿Qué librerías de viejo nos recomendaríais de vuestra ciudad?

sábado, 14 de marzo de 2009

Las siete diferencias... y una base común

En literatura, el concepto de fantástico cubre un amplio espectro de posibilidades. Obras tan magníficas como dispares son frecuentemente etiquetadas mediante este adjetivo sin que se observe el más mínimo alzamiento de ceja por parte de un hipotético observador: La Metamorfosis de Kafka, buen número de los cuentos de Poe y Cortázar o el realismo mágico de García Márquez, por citar sólo unos pocos ejemplos, podrían quedar englobados en este amplio conjunto constituido por la literatura con tintes fantásticos.

Salvando la ambigüedad mencionada, que permite abarcar un amplísimo número de títulos, hoy quería reflexionar sobre un género en particular, el de la fantasía, que si bien queda englobado por el común de lo fantástico, habitualmente se le encuentra muy vinculado a los de ciencia ficción y terror, agrupando entre todos ellos una amalgama de títulos que en numerosas ocasiones atraviesan sin pudor la frontera entre unos y otros géneros.

Me aventuré en los mundos de fantasía (también conocida como fantasía épica, o de magia y espadas) gracias a la estupenda novela de Michael Ende, La historia interminable. Aunque antes de ello leería sus libros infantiles de Jim Botón y Lucas, el maquinista, y después conocería a Momo, y su magnífico libro de relatos El espejo en el espejo, La historia interminable constituiría la recreación de un mundo que cualquier niño lector desearía conocer: un libro mágico que abre las puertas al Reino de Fantasía, con interminables historias que, por tanto, no tendrían fin.

Tiempo después, cuando me encontré ante el, hasta el momento, libro más importante de la fantasía moderna, El Señor de los Anillos, llegué a desear que ciertamente, ésta fuese una historia que no tuviese fin. Pocos libros me habrán marcado más que la famosa trilogía de J.R.R. Tolkien sobre las aventuras y desventuras de un grupo de hobbits a lo largo y ancho de la Tierra Media. Tras sucesivas relecturas, he de confirmar que es un libro que gana con el tiempo, con el redescubrimiento de la épica historia que nos narra y con los personajes que la pueblan.

Poco después de leerlo, ante la necesidad de más historias de corte similar, me embarqué en una búsqueda imposible que terminó por decepcionarme. La inundación de títulos de colecciones fantásticas que sufrió el mercado editorial, liderado particularmente por Timun Mas, no llegó a cumplir con las expectativas que el filólogo inglés crease con El Señor de los Anillos o su antecesor, más orientado a un público infantil y juvenil, El Hobbit. Salvo honrosas excepciones, eso sí, como Las Crónicas de la Dragonlance, que en esta primera trilogía aún se salvaban de la quema de títulos posteriores ambientados en este mundo de Dungeons&Dragons TM, y eso aún a pesar de lo simple de sus personajes (aunque siempre nos quedará Raistlin) y su trama; Añoranzas y Pesares, una saga de Tad Williams que realmente me apasionó; o La canción de Albión, de Stephen R. Lawhead, que escrita con gran talento se alejaba de los tópicos del género mediante una inmersión en las costumbres de los pueblos celtas.

Tras esto, terminé por alejarme del género que tantos buenos momentos me había hecho pasar. Aun así, de cuando en cuando hacía alguna incursión que no terminaba de convencerme, e incluso tenía pendientes algunas lecturas que estimaba de calidad, y que cayeron en saco roto precisamente tras encontrarme con los títulos descatalogados, como con los Libros de Titus, de Mervyn Peake, de los que ahora intento localizar el segundo volumen, Gormenghast, sin mucho éxito de momento. Volviendo a estos momentáneos reencuentros, uno de los descubrimientos más gratos vino de la mano de Círculo de Lectores y su edición de los dos primeros volúmenes de la serie de Geralt de Rivia, de Sapkowski, en un ejemplar con todos sus relatos. Literatura fantástica renovada, con una visión posmoderna que desmonta, para reconfigurar a continuación su urdimbre, narraciones fantásticas y cuentos populares de Centroeuropa, alejados de la clásica visión de cuento de hadas, elfos y trasgos que tan característica es de otras novelas del género.

Por último, descubrí hace algo menos de un año -gracias a la visita de su autor a una librería malagueña- la saga de Canción de Hielo y Fuego. George R. R. Martin se basa en la Guerra de las Dos Rosas para comenzar una historia con tintes fantásticos en la que recrea con singular habilidad la idiosincrasia de los principales personajes de la saga, dotados de una profundidad psicológica realmente abrumadora.

¿Qué os parece el género de la fantasía (épica o no)? ¿Habéis leído alguno de los títulos que cito? ¿Qué os parecieron? ¿Recomendaríais o desaconsejaríais su lectura?