viernes, 5 de junio de 2009

A punta de espada

Acabo de terminar una novela preciosista hasta la extenuación. Haciendo gala de un depurado estilismo en la descripción de las situaciones y los personajes, me ha traído a la memoria a algunos autores franceses, encabezados por el propio Dumas, y es que A punta de espada, de Ellen Kushner, es una obra fantástica poco al uso. Estamos ante una novela atípica, no es la espada y brujería habitual lo que encontraremos entre sus páginas, sino la capa y espada de las mejores historias de espadachines. Los hechos que acontecen en la novela transcurren en una ciudad sin nombre, entre los barrios de la ciudad, los de alta cuna y de baja cama. La Ribera ocupa el lugar de la ciudad antigua a orillas del río, que acoge entre sus decadentes edificios y su gloria perdida al pueblo llano, a ladrones y meretrices junto a los propios espadachines, que ofrecen a la nobleza el servicio de sus espadas para restañar honores heridos y limpiar de enemigos el camino hacia el poder. Los nobles, protagonistas también de la novela, con sus intrigas palaciegas y sus engoladas maneras, viven en la Colina, el barrio rico, alejado de la suciedad del río y de los desechos humanos que allí habitan.

El espadachín Richard De Vier, el más grande de entre los suyos, con sus andanzas y retos a muerte, de los que saldrá victorioso gracias a su buen hacer con la espada, y su amigo y compañero Alec, el estudioso de agrio carácter y oscuro pasado, conforman una pareja entrañable, a la que desearemos todos los parabienes posibles. Alec y Richard son pareja a todos los niveles, y es que en el mundo recreado por Kushner, las relaciones amorosas se dan entre personas, de igual o distinto sexo, con toda la naturalidad del mundo. Y es que este Melodrama de costumbres, como subtitula la autora al libro, ofrece como principal aliciente el estudio de las costumbres, de los hábitos de los personajes, siendo éste más importante que el de su psicología e, incluso, que la acción.

Pero no nos llevemos a engaño: A punta de espada es una novela entretenida, que engancha y se lee del tirón, pero la acción está contenida, se nos va dando de forma continuada pero sin sobredosis, de una forma muy real y totalmente creíble. Y nos deja con ganas de más. De más Ribera, con sus lances de espada apenas esbozados por la pluma de Ellen, de saber más sobre las relaciones turbulentas de Richard y Alec, de acompañares y probar el aguado sabor del vino de la taberna más oscura y, por supuesto, con más ganas de conocer las intrigas políticas de la Colina, tan ajena al dolor de los ribereños, donde el máximo castigo para un noble es el destierro al campo, a provincias, y el único honor que vale es el de los poderosos, un lujo del todo vetado a quienes no pertenecen a esta élite.

Descubrí la novela esperando la última novela de Geralt de Rivia, buscando entre los estantes donde se alojaban otros libros de la misma editorial. Me llamó poderosamente la atención la historia que prometía su sinopsis, la portada, los comentarios favorables de George R.R. Martin, Guy Gavriel Kay o Scott Card, pero no imaginé que sería tan bueno. Lo puse en la lista de pendientes: tendría que buscarlo algún día. Pero no fue hasta tiempo después, cuando descubrí en Midnight Eclipse una crítica de la última novela ambientada en este mundo (La caída de los reyes), que volví a pensar en él. Me decidí y lo compré. Y aquí estoy, deseando leer más de Kushner, adentrarme nuevamente en las embarradas calles de la Ribera para perderme entre la niebla y la nieve que cae, perezosa, de los marcos de las ventanas de rotos cristales y perdidos juegos cromáticos.

Día Mundial del Medio Ambiente

Hoy, como cada 5 de junio desde 1972, celebramos el Día Mundial del Medio Ambiente. Nació por una iniciativa de la Asamblea General de Naciones Unidas, y la idea del mismo es impulsar la concienciación de la población en materia medioambiental, algo que debería hacerse de forma continuada, a mi parecer, ya que el impacto de nuestras actividades diarias sobre nuestro entorno es cada día mayor y, por ende, más grave.

Multitud de asociaciones y colectivos celebran este día con todo tipo de actividades: reparto de plantones de especies forestales autóctonas, material informativo, impartición de charlas, etc. Así, desde Homo libris quería sumarme a esta iniciativa comentando algunos libros relacionados con el tema que me parecen imprescindibles para conocer hacia donde nos dirigimos en nuestra querida pero maltratada aldea global.

Empiezo con un clásico, Primavera silenciosa, de Rachel L. Carson. Escrito a principios de los años 60, en él se denuncia el uso de pesticidas (fundamentalmente DDT) en el control de plagas en la agricultura intensiva. Durante su lectura, descubriremos cómo hasta los años 50 los esquimales no conocían lo que era el cáncer, pero diez años después comenzaron a sufrirlo, y a descubrir trazas de plaguicida en sus organismos. También la increíble masacre sufrida en Sheldon, EEUU, durante esa misma época, cuando al intentar exterminar el escarabajo japonés, el DDT fue escalando en la pirámide trófica, matando a escarabajos y lombrices, también a los roedores y dejando estériles a los pájaros que no murieron por el veneno. Sin duda, un libro que denuncia duramente el uso de sustancias químicas que, a día de hoy, aún están presentes en la producción de algunos alimentos.

Ya que hablamos de comida, algo que nos llega muy de cerca, también me gustó muchísimo Otra manera de vivir, de la conocida primatóloga Jane Goodall. La autora es a los chimpancés lo que Dian Fossey a los gorilas de montaña (recordad la inolvidable película Gorilas en la niebla, basada en su trayectoria vital). En este libro, Goodall trata de forma amena la importancia de la alimentación en el desarrollo de los primates y, por supuesto, del hombre. Repleto de vivencias de la propia escritora, defiende la agricultura ecológica, y el consumo de alimentos locales y de temporada, para evitar la sobreexplotación de la tierra. Nos hace reflexionar en torno al modo en que se obtienen determinados alimentos (como las granjas donde viven masificados cerdos, vacas o gallinas ponedoras), y lanza un reto al lector: con nuestro voto silencioso, cuando vamos a la tienda a comprar, estamos decidiendo el modelo de vida que deseamos, para nosotros y, por extensión, para otros seres vivos.
Sí, colectivamente, nosotros, el pueblo, somos la fuerza que puede traer el cambio. Cada vez que salimos a comprar, cada vez que elegimos una comida en un restaurante, nuestras elecciones –lo que decidimos comprar o pedir- tiene importancia no solo para nuestra salud y equilibrio mental, sino también para el futuro del planeta. Afortunadamente, cada vez más gente se da cuenta de ello. Cada vez que un individuo cambia en su modo de vida, una persona más se apunta a la alimentación sana y ética.
De la pluma de uno de nuestros más reputados científicos, Miguel Delibes de Castro, y de su padre, el gran literato Miguel Delibes, nos llegó hace unos años un libro interesantísimo para comprender los problemas que aquejan a la tierra, y discernir cómo podemos enfrentarnos a ellos. Se trata de La Tierra herida, una obra en la que padre e hijo dialogan, preguntándose mutuamente de qué modo podemos afrontar los problemas medioambientales y sociales que estamos creando y dejaremos por herencia a nuestros hijos. Trata temas como el cambio climático, la reducción de la capa de ozono, la desertificación o la pérdida de biodiversidad. Una obra magnífica que podemos encontrar en ediciones de bolsillo, la “normal” de tapa dura y una de lujo, acompañada por un impactante trabajo fotográfico.

Últimamente se habla de crisis, crisis, crisis. Pero la económica no es la única, ni la más importante. De hecho, viene provocada por una crisis de valores medioambientales y sociales, propia del paradigma del consumismo exacerbado. Durante prácticamente el último siglo, la economía se ha basado en el consumo insaciable, en la ambición de tener más, a costa de todo y de todos. No importan las consecuencias, no cabe pensar en el otro. Vivimos en crisis continua, y en deuda con los países más pobres y nuestro medio ambiente. Ante esto, la única salida posible es apostar por un mundo más justo, más equitativo, más sostenible (palabra ésta que no se cae de boca de los políticos, y que está siendo vaciada de todo sentido, por desgracia). El decrecimiento, el vivir y disfrutar más, con menos, es la apuesta que nos hace Mejor con menos, de Joaquim Sempere, que considero muy interesante para descubrir cómo podemos mejorar nuestros hábitos de ocio y consumo.

Pero para los más jóvenes también hay propuestas. Por ejemplo, el clásico Momo, de Michael Ende, transmite valores de aprovechamiento y buen uso del tiempo, de cómo lo disfrutamos y a qué lo dedicamos. Vivimos con prisas, sin tiempo para la familia, para disfrutar, para aprender y mejorar como personas. Desde nuestro nacimiento, competimos por ser más rápidos, más altos, mejores que los demás. En nuestra sociedad se exalta la competitividad en todas las facetas posibles: en la escuela, en el trabajo, en el deporte… ¿Y de qué nos sirve? ¿Cómo nos hace mejores personas? Momo, nuestra protagonista, vive sin familia, sola, en un anfiteatro romano a las afueras de la ciudad. Sus amigos le llevan comida, y acuden a visitarla porque tiene un inmenso don: es capaz de escuchar como nadie. Cuando aparezcan los hombres grises, instando a todos a ahorrar el tiempo y dedicarlo a otros menesteres, ella y sus amigos serán los únicos que puedan alertar a la población del grave riesgo que corre.

Una novela que me encantó en su día (como ya lo hiciera años antes la versión cinematográfica, protagonizada por Harrison Ford) fue La Costa de los Mosquitos, de Paul Theroux, en la que un moderno Robinsón, genial inventor y descreído de la sociedad, aleja a su familia del consumismo imperante en Norteamérica para llevarles a la Costa de los Mosquitos, en Honduras, para hacer realidad su utópica forma de entender la vida. Un personaje que amaremos u odiaremos, pero que no deja a nadie indiferente.

Obviamente, existen muchos más libros que tratan de profundizar en la problemática medioambiental, o concienciar sobre la necesidad de preservar nuestra naturaleza. No quería terminar la entrada sin citar al más grande divulgador medioambiental de nuestra historia reciente: Félix Rodriguez de la Fuente, a quien perdimos hace 29 años, pero cuya obra y recuerdo quedará siempre con nosotros. Como director de diversas obras, entre la que se cuenta la magnífica enciclopedia Fauna, y como padre espiritual de toda una generación de biólogos, ambientólogos y apasionados del medio natural, Félix supo transmitir, como nadie, su pasión y amor por la naturaleza y el hombre. Vaya para él este sencillo homenaje.
Vosotros debéis enseñar a vuestros hijos que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, debéis decir a vuestros hijos que la tierra está plena de vida de nuestros antepasados. Debéis enseñar a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñados a los nuestros: que la tierra es nuestra madre. Todo lo que afecta a la tierra afecta a los hijos de la tierra. Cuando los hombres escupen el suelo se escupen a sí mismos.

Esto lo sabemos: la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra. El hombre no ha tejido la red de la vida: es sólo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red se lo hará a sí mismo. Lo que ocurre a la tierra ocurrirá a los hijos de la tierra. Lo sabemos. Todas las cosas están relacionadas como la sangre que une a una familia.

Extracto de la Carta del jefe indio Seattle.

domingo, 31 de mayo de 2009

Los hombres a los que no les gustaban los hombres que no amaban a las mujeres

No suelo dejarme guiar por los números a la hora de leer un libro. Que lleve cinco o cincuenta semanas en la lista de los más vendidos, que haya un millón de lectores aclamando que es la obra maestra del siglo, o que el autor sea el más prolífico de su país de origen no constituyen, a la sazón, aliciente suficiente para decidirme a leerlo. No se trata de una actitud clasista, ni de aquello de no leo lo que el vulgo, no me dejo arrastrar por las modas o voy de intelectual por la vida. Para nada. Quienes me conocen saben que soy capaz de alternar la prosa engolada y de lenta asimilación de Hawthorne con cualquier libro de Stephen King y quedarme tan ancho. De hecho, después de Tolkien leí la Dragonlance (no la trilogía de las Crónicas, no, sino buena parte de la producción que la franquicia de Margaret Weiss y Tracy Hickman dio de sí), y bien que disfruté con ello en su día. A lo que voy es a que, si bien me gusta la Literatura con mayúsculas, no desprecio aquella que, bien porque la quieran enmarcar en una categoría inferior, bien porque claramente sea de menor calidad (literaria), aporta buenos ratos de disfrute y, en no pocas ocasiones, el trasfondo suficiente como para dejar volar un poco la imaginación en torno a lo que el autor dejó vislumbrar entre líneas.

Dicho todo esto, lo cierto es que Los hombres que no amaban a las mujeres es el tipo de libro sobre el que, habitualmente, no habría tenido nada que decir en el blog. Lo terminé ayer, y a fe mía que me costó hacerlo. Si lo que buscamos es pasar un rato agradable, de lectura agitada camino al trabajo, o tumbados en la playa, lo cierto es que el libro cumple con creces las expectativas que podamos depositar en él. Pero de ahí a algo más… sinceramente, no le veo la maestría por ningún lado, ni que se trate, junto a los dos libros siguientes de la serie Millenium, de la trilogía del siglo que nos quieren vender. O eso, o los otros libros son rematadamente geniales.

Los hombres que no amaban a las mujeres está escrito con un estilo simple, muy simple, en ocasiones repetitivo (por aquello de permitir, como buen bestseller, una lectura superficial, y que aun así no se pierda el hilo de la trama), con diálogos que en ocasiones hacen que uno se desespere. Los personajes, salvando a los dos protagonistas, no destacan el desarrollo psicológico que lleva a cabo Larsson sobre ellos, y sorprende –diría incluso que resulta chocante- la familiaridad con la que se tratan entre ellos cuando aún son completos desconocidos. Vamos, que o el autor no ha querido complicarle la vida demasiado a Mikael Blomkvist, el protagonista masculino de la novela, periodista de profesión y devoción, o en el norte de Europa las personas son de lo más sociable y colaboradores cuando alguien llega a sus casas investigando sobre un crimen acontecido unos cuantos lustros atrás. En cuanto a la idolatrada Lisbeth Salander, investigadora privada, antisocial, huraña, de estética y aficiones cercanas al cyberpunk, resulta el personaje más intrigante de la novela, y sus contradictorias reacciones únicamente se explican, precisamente, por su rareza inherente. En cuanto a su lado hacker, Larsson cae en el tópico del genio aislado, que trabaja de forma conjunta con una red de jóvenes inadaptados que sobreviven a base de pizza y refresco de cola en sus habitaciones, aunque introduce en el rol la capacidad del pícaro… algo sobre lo que no puedo decir más sin desvelar importantes partes de la trama. Sin embargo, una vez más, Larsson no me convence.

Todo lo anterior sería salvable en una novela escrita para entretener. No es el primer éxito de ventas, ni será el último, que adolece de algunas inexactitudes en la ambientación o la trama. Ya digo que el libro entretiene, aunque personalmente no me ha enganchado como pudieron hacerlo otros autores con idéntico afán de entretener. Ya lo hacían algunos durante los años 70 y 80, sobreviviendo mientras escribían novelitas de bolsillo (los tan famosos como denostados bolsilibros) bajo las draconianas condiciones impuestas por las editoriales, y en honrosas ocasiones lo hacían manteniendo un estilo superior al de bastantes autores de éxito actuales. De hecho, alguno incluso llegó a ganar, años después, y dejando de lado el seudónimo, premios como el Planeta. Es más, me parece interesante el fenómeno superventas que lleva a un país deficitario en la lectura a lanzarse a devorar volúmenes de más de 600 páginas con afán futbolístico. Ojalá más libros despertasen el ansia de leer con tal compulsión. Hasta ahí, chapeau. Pero no me hagan comulgar con ruedas de molino, que una obra maestra es mucho más que esto.

sábado, 30 de mayo de 2009

Terruño, y otros cuentos

Tiene más de nueve años, pero sigue siendo uno de mis cuentos (por buscarle algún enclave literario, y con el adjetivo posesivo me refiero a escrito por mí) preferidos. Lo recuperé recientemente, gracias a la versión electrónica de una revista juvenil en la que fue publicado, en tanto otros muchos se perdieron, puede que por fortuna, para siempre. Quería traerlo aquí para que no le ocurra como a esos otros.

Una historia de un tiempo en el que escribía habitualmente, y tal vez un aliciente para volver a hacerlo.

Terruño

Aún no amanecía y ya se encontraba el viejo caminando entre los olivos, despanzurrando bajo la suela de sus botas los terrones arcillosos del suelo de secano, precedido por la perra, que avanzaba olisqueando a una quincena de metros de él. La llamó mediante un silbido. El animal, una añosa hembra de pointer de pelo blanco y naranja, se volvió hacia el hombre y retrocedió sobre sus pasos, cansina. Éste vestía un jersey verde oscuro, apenas entrevisto por el cuello de la zamarra de lana que lo cubría desde el suyo propio hasta bajo la cintura, justo donde comenzaba el pardo pantalón de pana. La perra llegó hasta él, siendo acariciada tiernamente por una mano surcada, como la tierra, de arrugas y cicatrices realizadas por la yunta del tiempo y el arado del trabajo. El cielo comenzaba a tomar un color plomizo que fue enrojeciendo por el este, y los bancos de niebla que se asentaban en las vaguadas comenzaron a tomar consciencia de su pronta desaparición. "Hará buen día", pensó el viejo. Descolgó de su hombro la alargada funda que portaba, sacó de ella una escopeta de cañones yuxtapuestos, cromados y con el ánima estriada, la partió, cargó con cartuchos que previamente había sacado de un zurrón que llevaba en bandolera y volvió a cerrarla con un sonoro chasquido.

Era casi mediodía, el sol se alzaba en el cielo, brillante, pero no lograba calentar la mañana. El viejo había tomado asiento sobre una roca de superficie pulida, al abrigo de una retama; la perra a su lado, tumbada, con la lengua fuera, jipando, las ubres de perra vieja que dio a luz múltiples camadas moviéndose con laxitud al ritmo impuesto por la acelerada respiración, los ojos oscuros vigilando las bocas de gazaperas que se abrían frente a ella, al otro lado de la barranquera. Al viejo se le daba un ardite el conseguir una pieza, al contrario que esos jóvenes cazadores cuya máxima aspiración era volver con las perchas llenas; tal vez porque él había pasado por esa etapa durante su larga vida, prefería disfrutar del día en el campo de un modo más sosegado, gozando del olor del aire, transporte de aromas a tomillo, romero y salvia; de los rayos de sol calentando su cuerpo, por más que ese día el astro parecía un avaro guardando su oro tras una vitrina, mostrándolo sin desear compartirlo. Sacó del bolsillo un cajetín de tabaco, lo golpeó contra el dorso de su mano izquierda, haciendo salir un cigarro que puso entre sus labios. Guardó el paquete de tabaco y sacó un encendedor con el que prendió fuego a la punta del cigarrillo, protegiendo la llama entretanto con la palma de la mano. Dio un par de caladas y espiró el humo por la nariz mientras levantaba la cabeza y, usando la mano izquierda como visera, descubría una pequeña mancha contra el azul del cielo. Un cernícalo, alas y cola desplegadas, se cernía sobre una loma cercana, avanzando de vez en cuando ayudado por las corrientes eólicas para volver a detenerse algo más adelante como si estuviera sujeto por un hilo invisible, quizá el de la supervivencia.

La tarde comenzaba lentamente a morir y el viejo volvía a caminar con la perra por delante, como siempre, bebiendo ésta los vientos en busca de un rastro. Se detuvo el cánido, de repente, sin avisar, una pata delantera flexionada, el rabo perpendicular al suelo y la mirada fija en unos matorrales. El viejo tomó con ambas manos el arma y se la encaró a la vez que emitía un chasquido con la lengua. La perra se lanzó contra el matojo y de éste surgió una mancha rojiza que aleteando ruidosamente mostraba la espalda al cazador. Tronó la escopeta y su boca escupió fuego, y la perdiz cayó pesadamente contra el suelo, dejando tras de sí una estela de plumón. La perra alternaba su atención entre el lugar donde se encontraba el ave y su amo. A un gesto de éste fue trotando, cogió el inerte cuerpo y volvió cojeando, la cabeza gacha, moviendo el rabo y con mirada cómplice, hasta depositar a los pies del hombre la presa. "Buena chica" pensaba el viejo mientras levantaba con sus manazas el noble rostro de la perra y la miraba a los ojos, profundos, inteligentes. Le cogió la pata derecha y buscó en la parte inferior de ésta, hallando clavada entre los pulpejos una esquirla metálica. La tomó entre dos dedos y la extrajo haciendo manar la sangre cálida y espesa del animal. "Ambos estamos viejos, demasiado viejos. Anda, volvamos a casa, que ya es tarde", dijo mientras cogía del suelo la perdiz y la introducía en el zurrón, que presentaba desde siempre irregulares manchas parduscas de sangre.
También de aquella época es el cuento El puente vertical, que fue publicado por la revista de ciencia ficción argentina Axxón en su número 111. Con esto del Papyre y el jugueteo con los formatos digitales para este dispositivo, me dió por publicarlo en formato FB2. Si alguien se arriesga a probarlo en su lector, puede descargarlo sin más.

viernes, 29 de mayo de 2009

Cantares

Días atrás, tras descubrir el blog de Lammermoor, De libro en libro, aproveché para ir leyendo diversas entradas, y hubo un par de ellas en particular que atraparon de forma inmediata mi atención. Referidas a las lecturas de la infancia, llevaban por título Calle Melancolía y Continuamos en la Calle Melancolía, en alusión a la canción de Joaquín Sabina. Este hallazgo coincidió en el tiempo con la publicación por mi parte de una entrada referente a los memorables comienzos de algunas novelas. Pues bien, por una curiosa asociación de ideas, uní el Macondo de Cien años de soledad con Sabina, recordé la letra de Peces de ciudad, canción que escribiera éste para Ana Belén y que luego versionase él mismo cambiando en la letra Macondo por Comala (la ciudad del Pedro Páramo, de Juan Rulfo), y que dice así:



Se trata de una de las canciones que más me gusta de Sabina, y escuchándola se me ocurrió una idea para esta entrada: la presencia de referencias literarias en las canciones. En múltiples ocasiones música y literatura van de la mano, siendo aquella permanentemente deudora de ésta, especialmente en el caso de la poesía.

Me vienen a la cabeza, por ejemplo, las versiones musicalizadas de la obra de diversos poetas en los discos de Paco Ibáñez, como los dedicados en exclusiva a Pablo Neruda y José A. Goytisolo, o a poetas andaluces como Becquer, Lorca, Cernuda, Alberti o Antonio Machado, entre otros. Joan Manuel Serrat también hizo lo propio con poesías de los dos últimos, así como de Miguel Hernández (musicalizadas por Alberto Cortez), Benedetti, como vimos hace unos días por la triste noticia de su muerte, y de León Felipe, autor del que nos habló no hace mucho Nerea en su blog.

Por otro lado, Borges se hizo bulerías en la voz de José Domínguez, El Cabrero, que canta con voz templada el soneto La lluvia.
Esta lluvia que ciega los cristales
alegrará en perdidos arrabales
las negras uvas de una parra en cierto
patio que ya no existe. La mojada
tarde me trae la voz, la voz deseada,
de mi padre que vuelve y que no ha muerto.
No es ésta la única vinculación existente entre poesía y flamenco. Uno de los discos con más embrujo que he oído nunca es el Omega de Enrique Morente junto a Lagartija Nick; rock y flamenco, Lorca y canciones de Leonard Cohen se unen en un todo hipnótico y aterrador, como nos demuestra la interpretación de La Aurora de Nueva York.

Loquillo y Luis Eduardo Aute también ofrecieron su visión particular del poema lorquiano, al igual hicieron Los Suaves, grupo de rock gallego, con las Palabras para Julia de Goytisolo y la música de Paco Ibáñez.

Si nos adentramos en el mundillo del rock se multiplican las referencias veladas a la literatura, no tan literales como en los casos mencionados anteriormente. Dentro de la producción nacional tenemos a Héroes del Silencio, con una Sirena Varada en la realidad, tan ávida de sueños como la de Alejandro Casona, que vivieron sus días de gloria bajo la máxima el camino del exceso nos dirige hacia la torre de la sabiduría, de William Blake, interpretando canciones pobladas de fragmentos provenientes de la mente de poetas malditos.

Pero si un hay un poeta que realmente podemos calificar como maldito es Edgar Allan Poe. Su Annabel Lee inspiró a Radio Futura una de las canciones más recordadas de los años 80, y sin necesidad de remontarnos tanto tiempo atrás, podemos acercarnos a Lou Reed, que dedicó un disco completo a Poe, The Raven. Otro tanto ocurrió con un clásico de la literatura fantástica, la trilogía de Gormenghast, de Mervyn Peake, con el disco de rock sinfónico Titus Groan, y qué decir de Sting, seguidor confeso de los libros de Peake, que llegó a dar a su hija el nombre de uno de los personajes, Fuchsia.

Tal vez sea por mi vena tolkiendili, pero lo cierto es que de pocas obras literarias conozco tantas versiones y referencias musicales como de la de J.R.R. Tolkien. Tantas que darían para una entrada monográfica, pero de entre las cuales me gustaría destacar dos. La primera de ellas, la recreación de la Batalla de los Campos de Pelennor que llevó a cabo Led Zeppelin en The battle of Evermore, y la segunda, el disco Nightfall in Middle Earth, de los teutones Blind Guardian, dedicado completamente a los acontecimientos narrados en El Silmarillion. También cuentan en su haber canciones sobre El Señor de los Anillos, Otherland (una obra de ciencia ficción de Tad Williams) o el libro de los libros: La Biblia. No son los únicos; la banda británica Iron Maiden, con su Number of the Beast (las sagradas escrituras, una vez más), Lord of the Flies (William Golding), la tumba de Lovecraft, que aparece en la portada del disco en directo Live After Death, el título Seventh son of a seventh son (la saga de Alvin Maker, de Orson Scott Card, el autor del conocido El juego de ender y de Esperanza del venado) o una extensa Rime of the Ancient Mariner basada en La canción del viejo marinero, de Samuel Taylor Coleridge, son prueba de ello.

Sin duda existen muchos más ejemplos de los que cito, pero ya ha quedado suficientemente espesa la entrada con tanto nombre y referencia, y precisamente aquí entráis vosotros en juego. ¿Qué otras referencias literarias encontráis en la música? ¿Y al contrario? ¿Qué canción, disco o intérprete os incitó a escuchar una frase de un libro, un poema, un simple nombre?

jueves, 28 de mayo de 2009

¿'L' de libro, o de lucro?

Llevo unos pocos días utilizando el lector de libros electrónicos Papyre (la versión española del Hanlin V3), y de momento la sensación general que me transmite el aparato es bastante buena. En unos días os comentaré un poco más acerca del eReader, pero hoy quería llevar a cabo una reflexión acerca de las implicaciones que podría tener sobre el mercado editorial la proliferación de estos artilugios, que sin duda alguna irán incrementando su presencia en los hogares a corto o medio plazo.

Mi interés se centró en estos dispositivos hace algunos años, cuando aún parecían un invento de la ciencia ficción que tardaría mucho tiempo en materializarse. Por mi profesión, la informática, he de utilizar muchos libros “perecederos”, libros técnicos que usualmente no son traducidos al castellano y que pueden tener una vida útil de 4 ó 5 años, convirtiéndose en meros objetos para curiosos pasado este tiempo. Los que adquiría iban acumulando polvo en las baldas de mis estanterías, o debía leerlos en formato PDF o CHM en la pantalla del ordenador o en la PDA, con el consiguiente deterioro de mis queridos ojos, por lo que se me antojaba interesante que aparecieran pronto estos dispositivos. Aunque los lectores electrónicos actuales aún no están preparados aún para facilitar la lectura de este tipo de libros, con gran cantidad de gráficas y diagramas, hipervínculos, diferentes tipografías y numerosas secciones y notas de página, me seguían llamando la atención, ya que sabía que podría sacarle partido a uno de ellos, utilizándolo como alternativa a la biblioteca pública, ya que por motivos de trabajo en el último par de años me resultaba bastante gravoso ir a la biblioteca pública, que siempre fue una de mis fuentes preferidas, y últimamente compraba todos los libros que leía.

A lo que iba, que me pierdo en un mar de divagaciones; en los últimos tiempos han comenzado a surgir voces, principalmente provenientes de editoriales y políticos, que claman al cielo su preocupación por el impacto que puede tener la piratería en el mercado del libro. No se preocupan, no, del alto precio de los libros en España, que pueden venir a costar de media 20€ en las primeras ediciones, en tapa dura o incluso rústica, y unos 10€ las de bolsillo, que suelen salir al mercado al año de haber sido editadas las anteriores. Se trata de un mercado intervenido para asegurar la producción y que no haya competencia desleal entre distribuidoras, algo interesante para los pequeños comercios (y que conste que para nada me gustaría que se impusiesen efnacs , corteingleses y centros comerciales varios sobre las librerías de toda la vida) pero que termina siendo un pesado lastre para los lectores, que debemos desembolsar una importante cantidad de dinero a la hora de adquirir un libro cuyo coste de edición, posiblemente, sea bastante inferior. Por si fuera poco, leer un libro de cualquiera de nuestras bibliotecas públicas tampoco es gratis, al determinarse la aplicación de un canon que grava los libros que son sacados de aquellas para la compensación del ¿autor? y que al no recaer directamente sobre los usuarios, la compensación parte de las arcas públicas, es decir, del bolsillo de todos los ciudadanos. En resumen, que las editoriales están siendo sobreprotegidas por los distintos gobiernos que han ido pasando por este país, y para leer hay que pagar sí o sí.

Y ahora surge un nuevo enemigo (¿para la cultura o para el oligopolio?), lectores electrónicos que hacen más cómoda la lectura de textos en formato electrónico y que, en combinación con Internet, deberían suponer un acicate que instase a las editoriales a superarse, y que en cambio ven peligrar en ellos la onerosa hegemonía que ostentan desde tiempos inmemoriales. No se plantean las ventajas que puede reportarles este nuevo modelo de negocio, como tampoco lo hace una Ministra de Cultura que bien podría hacer honor a su cargo, y culturizarse un poco, ya que según ella resulta asustante que los libros circulen por Internet. Resulta también llamativo que una de las mayores ferias del libro, la de la capital del reino, no acoja ninguna representación de esta nueva forma de leer. El problema de estos señores es que no quieren ver que este nuevo modelo no supone un hándicap, sino una oportunidad. El libro electrónico no tiene que suponer la muerte del libro tradicional, pero sí podrá contribuir a una democratización del proceso de elección de nuestras lecturas.

Por mi parte, seguiré comprando libros, aunque los lea previamente en mi Papyre. El lector electrónico será mi biblioteca pública más cercana, no un impedimento para que compre los libros que desee tener. Obviamente no voy a comprar el bestseller de turno, que únicamente me interese para pasar el rato leyendo en la playa, pero sí un libro que me guste releer y conservar. Por el primero estaré dispuesto a pagar una cantidad justa por su consumo, que repercutirá sobre el autor en un grado mayor de lo que lo hace actualmente, donde son los intermediarios quienes se llevan el máximo beneficio; el segundo lo compraré en papel, porque sigue pareciéndome la mejor opción para disfrutar de todo el placer de la lectura y de la pasión bibliófila.

Por todo esto, creo que los libros electrónicos no sustituirán a los tradicionales, sino que los complementarán. Aportarán la posibilidad de leer libros de forma imperecedera, eludiendo caprichos editoriales que descatalogan libros maravillosos que se tornan en imposibles de encontrar, por sepultarnos en una vorágine de nuevas publicaciones. Permitirán leer sin preocuparse por la fecha de caducidad de libros que podremos conseguir desde casa, a través de Internet, y nos aportarán la garantía de adquirir al fin, en formato tradicional, aquellos que queramos conservar o regalar.

Ahora bien, si las editoriales no aprenden la lección inherente al varapalo sufrido por la industria musical (que aun así, podría asimilar mucho más fácilmente el cambio de modelo comercial), perderán irremisiblemente esta oportunidad de negocio. Y no podrán decir que no se les avisó.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Imagina...

El segundo premio que recibe Homo libris ha llegado de la mano de Elwen, de Midnight Eclipse, a quien leo desde que tuve la suerte de descubrir su blog, a través del cual, además, estoy descubriendo un amplio catálogo de libros deseables, y de blogs interesantes.

“Let your imagination open its wings”
“Deja a tu imaginación abrir sus alas”

La distinción es un Premio a la Imaginación, y para alguien que se ha pasado media vida en las nubes, y la otra media en la Luna, recreando mundos imaginarios y perdido entre las páginas de los libros, la verdad es que se trata de una mención bastante acertada.

Entre las bondades del premio, se cuenta, además del cumplido agradecimiento a quien nos lo concedió, el poder expresar tres deseos. En estos momentos, con un par de premios recibidos, se me antoja deseable haber creado el blog en Wordpress y no en Blogger, para tener la facultad de crear páginas que no tengan la condición de entradas. Pero no, no malgastaré en algo así uno de mis deseos... Veamos:
  1. Mi primer deseo sería que, llegado el momento, no tuviera que explicar a mis hijos, o a mis nietos, por qué el oso polar que tienen de peluche no existe en la realidad, ya que el hábitat donde era posible su existencia ha desaparecido. Y quien dice el oso, dice tantas especies vivas que están desapareciendo de la faz de la Tierra.
  2. Mi segundo deseo está relacionado con el primero: que el Homo sapiens sapiens haga valer su nombre, que sea un poco más Homo libris, y menos ambicioso, que la crisis global de valores nos haga ser menos egoístas, más solidarios, menos consumistas y más sensatos.
  3. Por último, desearía que se cumplieran los deseos de toda la humanidad, siempre y cuando no constituyan una afrenta para sus iguales, ni para otros habitantes del planeta, ni para su propio mal.
En cualquier caso, ya que de momento lo único que está en mi mano es dar la oportunidad a otros cinco bloggers de expresar sus deseos, tras una arduo periodo de meditación, me gustaría premiar por su imaginativos blogs, que siempre me hacen disfrutar a... (redoble de tambores)
Espero que lo disfrutéis, y compartáis con nosotros vuestros más profundos deseos tal y como ya lo hacéis con tan imaginativos artículos.

Para terminar, y dado lo utópico de mis deseos (aunque nada me gustaría más que verlos cumplirse), os dejo con una canción bastante relacionada con los deseos y la imaginación. ¡Feliz audición!