jueves, 13 de agosto de 2009

El rey Arturo y algunas obras derivadas

Se da en ocasiones la paradójica situación de que un personaje, una historia, un drama, se ven replicados sin llegar a cansar; dan de sí tanto como para que numerosas reescrituras (y relecturas) no los agoten, y nos encontramos ante una reiteración en las historias, una búsqueda dentro de las mismas que no llega a cansar al lector sino que, por el contrario, le llevan a una situación de éxtasis donde quiere más, y más, y más, de ese personaje, historia, drama, que le atenaza sin posibilidad de escape. Algo así me ocurrió con el rey Arturo cuando, a lo largo de los años, fui haciéndome con diversas obras derivadas de su corpus principal, el que describía ayer y que está basado fundamentalmente en la obra de Malory (insisto, creo que merece una relectura por mi parte y una profundización en la misma, bien sea por mi parte, bien por algún lector de este blog, que nos ofrezca una visión más extensa a la par que profunda de la misma).

Entre los libros a que me refiero se cuentan los de Stephen R. Lawhead, el genial autor de La Canción de Albión, una trilogía en torno a la cultura celta que bien merece unas tardes de lectura, y que no estuvo tan inspirado (a mi parecer) cuando escribió su Ciclo Pendragón, una serie de cinco novelas basadas en el ciclo artúrico que adereza con una fantasía desmesurada y unos toques de la leyenda de la Atlántida. Sus diálogos son de lo más acertado, aunque personalmente la saga no terminó de convencerme y no fui capaz de completarla. En casa cuento con los dos primeros volúmenes, y creo recordar que leí el siguiente de la biblioteca pública. Posiblemente no sean lo mejor que se ha escrito sobre Arturo, pero no obstante, creo que pueden ser entretenidos como introducción al mito del rey de Britania.

Más suerte tuvo El rey, una curiosísima novela de Donald Barthelme que tuve la suerte de conseguir a través de Círculo de Lectores hará poco más de diez años. Imaginad a Arturo, a la reina Ginebra, a Lanzarote y Merlín, en plena Segunda Guerra Mundial compartiendo escenario con Churchill o Ezra Pound. El ideal caballeresco de Arturo choca con la sucia guerra que le ha tocado afrontar, intenta mantener al reino cohesionado y a su reina junto a él, en tanto los acontecimientos se desarrollan aceleradamente a su alrededor. Se trata de un libro curioso, plagado de diálogos y situaciones absurdas que, a su vez, invitan a la reflexión. Una curiosa novela que huye del pastiche para convertirse en un referente de la literatura antibelicista. Una maravillosa obra difícil de conseguir en castellano (hay pocas traducciones de la obra de Barthelme a nuestro idioma y, que me conste, la única de El rey es la de Círculo. Eso sí, creo que hay un PDF por Internet que, a las malas, puede serviros para descubrir esta obra que, a día de hoy, sólo puede conseguirse mediante la visita a librerías de viejo.

Aproximadamente un siglo antes que Barthelme, un compatriota suyo llevó a cabo una incursión en Camelot para presentarnos a un curioso personaje en el territorio del rey Arturo. Se trataba de Mark Twain, y su novela Un yanqui en la corte del rey Arturo llegó a divertirme de niño, cuando cursaba la ya cuasi olvidada EGB, con sus hilarantes situaciones. Sin duda, una de las novelas menos respetuosas con el ciclo artúrico, pero que merece la pena ser leída y disfrutada desde una perspectiva alejada siempre de la rigurosidad histórica (y literaria).

En territorio patrio también han existido autores que han incursionado en el corpus del ciclo artúrico. De Álvaro Cunqueiro encontré en casa la novela Merlín y Familia, un libro repleto de ironía, de fantasía repleta de lirismo, donde Felipe, el paje de Merlín, va desgranando en sucesivas historias los hechos que acontecieron durante la vida del mago. Dividida en dos partes, la primera de ellas nos va mostrando cómo Merlín atiende a diferentes personajes que acuden a él en busca de ayuda. En la segunda, Felipe, que ha entrado a formar parte del personal de la posada de Termar, nos cuenta las historias de algunos peregrinos que se dirigen a Santiago de Compostela. Cunqueiro no reincide en las historias conocidas, sino que hace uso del personaje, Merlín, para narrar nuevas crónicas que poco o nada tienen que ver con el ciclo artúrico tal y como lo conocemos. El autor de Las crónicas del Sochantre, una vez más, se luce.

También Manuel Rivas, un autor por el que tengo especial predilección, ha incursionado en el mito del rey Arturo. Su obra En salvaje compañía recrea el mito del Rey de Galicia, un cuervo blanco con grilletes de plata y bola de azabache que reina sobre los trescientos cuervos de Xallas, y que establece sutiles relaciones con la mitología celta, desde su Galicia natal, y con Arturo y sus caballeros.

Ahora tengo pendiente la lectura de Las nieblas de Avalon, de Marion Zimmer Bradley, una serie de cuatro novelas con la que por fin me hice en Valencia hace unos días, y de la que existen opiniones encontradas. Se trata de una revisión del mito artúrico desde el punto de vista de sus mujeres. Pude ver la adaptación cinematográfica y lo cierto es que me gustó, de modo que espero, al menos, encontrarme con unas novelas amenas que, aunque no sean demasiado rigurosas con la historia original, me diviertan lo suficiente. Y, eso sí, queda pendiente una relectura de la obra de Malory (de ahí que no avanzase demasiado en la anterior entrada) y un artículo al respecto.

Tengo pendiente, eso sí, leer algún ensayo sobre este tema. He descubierto el ensayo Historia del Rey Arturo y de los Nobles y Errantes Caballeros de la Tabla Redonda, de Carlos García Gual (gracias a la entrada de Alienor, sin la cual posiblemente no habría echado cuentas al prólogo de mi edición de La muerte de Arturo, de Malory o a este ensayo), y estoy deseando hacerme con él en cuanto pueda pasarme por la librería más cercana. Ya os contaré algo al respecto cuando pueda leerlo.

¿Cómo es vuestra experiencia con las obras en torno al rey Arturo, ya sean estas más o menos fieles a las fuentes originarias de la leyenda? ¿Habéis leído alguna de las obras que menciono, o me recomendaríais alguna en particular?

Os dejo, por fin, con la canción Mordred’s Song de los teutones Blind Guardian.



miércoles, 12 de agosto de 2009

El rey Arturo en la literatura

Aprovechando los días de (iba a escribir asueto, pero pronto comprobaréis que no ha sido así) vacaciones, he estado en casa de mis padres haciendo alguna que otra reforma y pintando algunas habitaciones. Al trasiego que acompaña habitualmente estos menesteres se han sumado las súplicas de mi madre para que libere un poco los estantes de las librerías y las amenazas de mi padre en el mismo sentido. Así que como soy un hijo verdaderamente digno de tal nombre, me he dedicado a reordenar, clasificar y guardar parte de mi colección de libros, liberando de algo de su peso a las vencidas estanterías. Entre los libros que han ido apareciendo se encontraban algunos sobre Arturo y su cohorte de nobles caballeros, y ya hacía tiempo que vengo pensando escribir algo sobre ellos, qué mejor ocasión para hacerlo que repasando algunos de estos títulos. Dicho lo cual, comenzaré por el principio, esto es, por el origen de la leyenda.

Existen ocasiones en las que realidad y fantasía tejen conjuntamente las historias que pasan al imaginario popular y terminan por convertirse en parte de la cultura de los pueblos. Personajes de ficción que no fueron tales, pero que la pluma de los poetas ensalzó hasta convertirles de meros guerreros en reyes, de hombres temerosos de un dios y de la muerte en algo menos que dioses. Es el caso del protagonista de las obras literarias que hoy visitan el blog, nada más y nada menos que el rey Arturo. El origen de la leyenda se remonta al siglo séptimo, cuando un caudillo de Britania supo contener las andanadas de tropas sajonas que intentaban conquistar las islas y que, por gracia y obra del arte de los bardos, terminó convertido en rey. Esto, claro está, en el simplista resumen de unos hechos sobre los que tal vez convendría profundizar y que, a buen seguro, alguno de vosotros sabríais narrar con mayor propiedad.

El primer libro “serio” sobre el rey Arturo que leí fue el de John Steinbeck, Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros. Desde su peculiar introducción, apelando a la memoria de los lectores para recordar las dificultades para adquirir una adecuada (y maravillosa) comprensión lectora, Steinbeck consiguió atraparme para acompañarle en el recorrido vital de Arturo; partiendo de su concepción por parte de Uther Pendragon en el vientre de Igrayne, hasta su muerte en lucha singular con su hijo Mordred, Arturo y los caballeros de quienes se rodea viven numerosas aventuras y logran no menos cuantiosas hazañas que, de momento, no es necesario desvelar, y que os invito a descubrir en el libro en cuestión.

También me gustaron las obras de T.H. White sobre Arturo. Conocidos en España por el título general de Camelot (The Once and the Future King), comprende varios volúmenes (La espada en la piedra, La reina del aire y las tinieblas, El caballero maltrecho, Una vela en el viento y El libro de Merlín) son, sin duda, los libros que más han influido en el conocimiento del ciclo artúrico, aunque no son los más fidedignos a la Vulgata. Curiosamente, la adaptación cinematográfica de la factoría Disney (Merlín el encantador) está basada en el primero de los libros de White. Estos libros están más cerca de la fantasía que de la recreación histórica, pero aun así merece la pena leerlos.

Tanto Steinbeck como White bebieron de las fuentes del ciclo en la pluma de Sir Thomas Malory. Imperdonablemente, leí tardíamente La muerte de Arturo, pero cuando lo hice me encantó. Años después me haría con la edición de Círculo de Lectores, que respeta la original de Caxton e incluye hermosas ilustraciones que embellecen el conjunto: dos volúmenes encuadernados en tela, con papel ahuesado que convierten la lectura en un verdadero placer, máxime cuando la traducción corre a cargo de Francisco Torres Oliver.

No podía dar por concluida la entrada sin nombrar a Tennyson, sin duda alguna uno de los poetas ingleses más influenciados por la obra de Malory. Hace apenas una semana se cumplían doscientos años de su nacimiento (de ahí que no ha mucho trajera al blog una reseña sobre su hermosísimo The lady of Shalott), y hoy quería finalizar la entrada invitándoos a releerle, a descubrir a Malory, a ver Excalibur (sin duda, una de las versiones cinematográficas del mito que resultan más interesantes) y citándoos en una próxima entrada donde repasaremos algunos otros títulos tal vez menos ortodoxos pero interesantes igualmente, basados en el corpus de la leyenda artúrica.

sábado, 8 de agosto de 2009

Estado crepuscular, de Javier Negrete

La ciencia ficción, especialmente la patria, no es muy dada a reírse de sí misma. Aunque existen precedentes realmente memorables; algunos cuentos de Asimov, Los viajes de Tuf de George R. R. Martin, la inolvidable serie de novelas de Douglas Adams sobre el autoestopista galáctico y la española Los viajes de Gurb, de Eduardo Mendoza, son algunos de ellos, que mantienen en algunos casos la reflexión en torno a la humanidad, su pasado, presente y futuro, que conforma en muchas ocasiones el núcleo principal del género, y que en otros meramente buscan la diversión del lector.

Estado crepuscular, una breve novela de Javier Negrete, podría circunscribirse sin mucho problema en la segunda de las categorías, y en su descargo diré que cumple con creces su función. Hasta la fecha tenía pendiente leer algo del conocidísimo autor, verdadero referente del género fantástico y de ciencia ficción en nuestro país, y que parece gozar con aproximaciones a la mitología grecorromana en sus novelas. Tenía la intención de leer La Espada de Fuego hacía tiempo, pero ha sido un libro cuya lectura he terminado por ir posponiendo de forma indefinida, y ha sido con ésta, al parecer, atípica aproximación humorística del autor, con la que he terminado por conocerle. Pero, como digo, no podría haber sido de una forma mejor.

Lo cierto es que me divierten muchísimo las novelas de Eduardo Mendoza sobre su no muy cuerdo detective sin nombre (conocido), y que tras una primera aproximación fallida a Lo mejor que puede pasar a un cruasán, de Pablo Tusset, terminé por leer la novela del tirón. Curiosamente, siempre ha sido en verano cuando he aprovechado, de forma consciente, para embarcarme en estas lecturas más ligeras y puede que, a la par, propicias para el periodo estival. Cuando comencé Estado crepuscular no podía imaginarme que me encontraría ante una historia y un protagonista, David Milar, de características similares a las citadas.

David Milar es un joven aficionado a la fiesta, la bebida y las mujeres, que en su afán de beneficiarse a la hermosa Mirtila acepta un trabajo que le pondrá en el brete de psicoanalizar el ordenador biológico de un lejano y hostil mundo. Aunque nuestro héroe, con gran confianza en sí mismo, se ve capaz de salir airoso de cualquier situación (máxime cuando hay faldas de por medio y cree poder sacar algún beneficio orgiástico de la misma), pronto descubriremos que necesitará algo más que suerte para mantenerse entre los vivos.

Como digo, el libro no pasará a los anales de la literatura universal, mas sí conseguirá hacernos pasar un rato agradable y divertido y, posiblemente, arrancarnos más de una carcajada. Os dejo con una de las primeras reflexiones de David Milar para que os hagáis un poco a la idea sobre el carácter de tan singular personaje:
Cuando más tarde hice el análisis de aquella noche, encontré algo extraño en lo sucedido. Me había fingido psiquiatra para A) tirarme a la concupiscible Mirtila Lump con la condición de B) viajar a Hoonai, el planeta de los Kghasatshu –singular, Satshu-,y curar un alienígena loco. Podría haberme limitado a A), encontrar las lógicas satisfacciones en ello, desaparecer en la estación Sheffield y que se buscara a otro para B). Pero, y he ahí lo raro, cumplí con B), como ahora les narraré, y en cuanto a A), después de despojarme el bolsillo con los malditos Chivas, la muy pécora me dejó en la puerta de su habitación con tres palmos de NARICES.

viernes, 7 de agosto de 2009

Algunas impresiones sobre Papyre

Hace poco más de un par de meses que vengo disfrutando de mi flamante Papyre (nombre con el que se distribuye en España el lector de libros electrónicos Hanlin V3), y aunque en principio quería dedicar algún tiempo a juguetear con él y probar distintas versiones del firmware, llevar a cabo comparativas entre ellos y el software de lectura para los distintos formatos que admite el dispositivo, finalmente me he centrado en leer, leer y leer. Puede que ahora, en el periodo vacacional, le dedique algún tiempo a estos menesteres, o puede que no. Es lo bueno de las vacaciones, que hasta cierto punto tenemos libertad para optar por llevar a cabo aquellas actividades que más nos plazcan. Hasta las más absurdas.

Aunque lo cierto es que la experiencia con el lector merecería un artículo más detallado, ante la petición de Lucía en los comentarios de la entrada de hace un par de días, voy a resumir en pocas líneas mi impresión sobre el Papyre, en una serie de puntos (una de cal y otra de arena):
  • Lo primero que podría decir sobre el lector es que, en efecto, sirve para leer. Parece una obviedad, pero no lo es. Es un dispositivo dedicado, es decir, que su función está centrada en servir como soporte para la lectura, y cumple con creces la misma. Se lee bien, con la nitidez que podría darnos el soporte en papel tradicional, y en cuanto te acostumbras a pasar las páginas con sus botones prácticamente no te das cuenta de si estás leyendo en un aparato electrónico o en un libro tradicional. Obviamente, para carcas como yo, siempre será preferible el formato clásico (el olor, el tacto, el sonido de las páginas al pasarlas…), pero quien diga que es menos cómodo para leer, miente.
  • Una de las limitaciones del Papyre frente a otros lectores electrónicos es que no permite realizar anotaciones, marcado del texto (únicamente tiene unos pocos marcapáginas electrónicos), por lo que su utilidad se ciñe a la lectura, dificultando su uso como “libro de texto” o material auxiliar para el aprendizaje. Estas labores se pueden llevar a cabo complementándolo con una libreta o editando el texto con un ordenador, siempre que sea un formato abierto. Es el caso del FB2 (realmente un documento de texto, en formato XML, con una determinada estructura), el RTF o los documentos de Microsoft Word u OpenOffice, pero no del PDF y otros formatos cerrados (propietarios).
  • El conversor que incluye el Papyre, así como otras aplicaciones existentes, permiten convertir fácilmente entre los formatos citados y otros que admite el lector. De este modo podemos pasar al formato que más nos guste los textos para facilitar su lectura. Tened en cuenta que el formato idóneo del Papyre es el FB2. Lo lee con rapidez, se le pueden aplicar distintos estilos y existe un mayor control sobre el tamaño de letra, tipografía, etc. También carga con mayor rapidez, aunque esto dependerá del software usado para leerlo, y que podremos cambiar como decía anteriormente: sustituyendo el firmware (en cierto modo, el sistema operativo) de la máquina.
  • Del software quería hablar, y es que aunque el que trae de serie el Papyre no está nada mal, sí que tiene algunas limitaciones en la lectura de documentos PDF (pocos niveles de zoom), que suelen estar preparados para ser leídos o impresos en un papel de tamaño A4, y que son demasiado grandes para la pequeña pantalla del Papyre, por lo que hay que llevar a cabo operaciones de escalado que tienden a ralentizar nuestra lectura. Más que esto, me resulta molesto el uso de los guiones en la separación de palabras. El software no es capaz de distinguir todas las sílabas de forma correcta, por lo que en ocasiones lleva a cabo fraccionamientos de palabras de la forma más rudimentaria. “Duele” la vista al leer cosas como las que siguen:
aleg-
re

juici-
o

calig-
rafía
  • Además de resultar molesto y despistar de la lectura, me temo que puede ser un problema a la hora de que lean los jóvenes: entre la escritura SMS y esto, rematamos la lengua. Bien cierto es que no le ocurre siempre, pero con que te aparezca una o dos veces por capítulo, te destroza la lectura, y aunque no es un problema del dispositivo en sí mismo, sino del software que incluye, creo que es algo a mejorar.
  • Uno de los aspectos que más me ha gustado es su autonomía. Dos meses, unos 10 ó 12 libros leídos en él, y he tenido que cargar la batería únicamente en tres ocasiones. Sí, le dura prácticamente un mes. Además, la batería que incluye no es más que la de un modelo de teléfono móvil de Nokia, por lo que no debe ser demasiado difícil ni cara de obtener.
  • La conectividad no es su fuerte. Un cable USB nos permite acceder a la tarjeta de memoria y a la memoria interna del dispositivo. Ni Wi-Fi, ni Bluetooth, ni nada por el estilo. Por otro lado, y sinceramente, no creo que lo necesite si lo vamos a usar para leer libros (ahora bien, su uso como lector de noticias y fuentes RSS podría mejorarse si contase con estos de comunicación inalámbricos). Además, así no viene Amazon a quitarnos los libros que ya habíamos comprado, como ha ocurrido con las novelas de Orwell y Kindle, el lector de libros electrónicos de esta compañía. Y es que, señoras y señores, en ocasiones la realidad supera a la ficción… Aunque sea en 2009 y no en 1984 ;)
Pronto os iré contando más cositas sobre el Papyre, si hay interés en saber algo más sobre él. Entretanto, si os interesa el tema, os recomiendo un blog que suele publicar noticias sobre lectores electrónicos: Libros & Tecnología.

El secreto

El día de ayer se hicieron públicos los nombres de los finalistas del Concurso Eón, del blog Literatura Youth Fantasy. Tanto nuestra querida Elwen como Iván González han sido seleccionados para pasar a la final del mismo. Desde aquí os invito a leerles y, por supuesto, a decidir de entre ellos el que os parece merecedor de alzarse con la victoria, que vendrá acompañada por un jugoso premio: un ejemplar de la novela Eón, El despertar del ojo de dragón. Para ambos finalistas, toda la suerte del mundo ante el próximo fallo del ganador.

El concurso me incitó a escribir nuevamente (llevaba años sin hacerlo, al margen de los blogs, claro está), y aunque el resultado no es todo lo bueno que me habría gustado, aquí os dejo con el relato que presenté al mismo. Espero que sea de vuestro agrado ;)


El secreto

Sobrevuelan el valle trazando amplios círculos hasta que, en un momento dado, rompen su monótona danza para concentrarse sobre un punto lejano, y los círculos, ahora concéntricos, se vuelven más y más cerrados, como el vórtice de un oscuro huracán que delata lo que ya presentíamos; el cadáver de una oveja ahogada, vapuleado y arrastrado por el río permanece en su orilla, hinchado y recubierto de fango. El primero de los buitres desciende hasta tocar el suelo a pocos metros del despojo y se acerca con desgarbados saltos hasta él. Su envergadura atemorizaría a un hombre fornido, pues con su pico ganchudo sería capaz de arrancarle la nariz o algún dedo, en caso de sentirse acosado. Por eso, es normal que nos mostremos cautos ante los hechos que están a punto de acontecer y que despertarán nuestro estupor.
El buitre ataca con voracidad los restos de la oveja mientras algunos de sus compañeros se acercan saltando por el suelo hacia él, cuando no están haciendo ya el amago de descender. Sin embargo, algo ocurre. Los buitres levantan el vuelo nuevamente graznando estrepitosamente y, en apenas un instante, que para el buitre que se estaba alimentando debió parecer una eternidad, de entre el ramaje de unos abedules que crecen junto al río surgen dos figuras corriendo, llevando entre sí un cedazo de hilo grueso que se expande conforme avanzan y van alejándose la una de la otra. El buitre, ahíto, intenta remontar el vuelo con pesados aleteos mientras las figuras lanzan un agudo grito preñado de excitación y, al momento, de frustración. Lanzan la red al aire, en un último y fallido intento de capturar al ave. Pero es inútil, el buitre se aleja sin que puedan detenerle.

***

Las dos figuras permanecen ahora tumbadas entre el cereal, mirando al cielo, cabeza contra cabeza, pensando en la mala suerte que hace unas horas les privó de la diversión de la captura. De haberse hecho con él, habrían pintado las alas del buitre de rojo, el color sagrado de la tribu, y ahora estaría coronando las cumbres de las montañas con el emblema de su poblado. Como son apenas dos niños, el enfado se les pasará pronto y, al no haber llegado aún el tiempo de la cosecha, mañana podrán volver a intentarlo. Uno de ellos, el del pelo rubio, deja de mirar las evoluciones aéreas de los abejarucos y dice algo, con la voz ronca del hombre que llegará a ser.
– No fue mi culpa –responde la joven, inclinando la cabeza para mirarle–. Corrí tan rápido como tú.
El joven calla, molesto consigo mismo porque sabe que ella tiene razón. La mira a los ojos, tan negros como su pelo, que aparece salpicado de restos de hierba seca y semillas.
– Sé donde hay un nido –dice finalmente.
– Yo también, en las montañas y en la cárcava.
– No, no un nido de buitre –dice él y, al intuir en los ojos de ella la pregunta, concluye–. UN NIDO.
Ella no puede creerle, pero sólo hay una manera de saber si dice la verdad.
– ¿Cuándo?
– Mañana, al amanecer.
Ya es noche cerrada cuando llegan al poblado. Las pieles aceitadas de las ventanas desvelan el anaranjado y cálido color del hogar. Iriam y Aluia se despiden y cada cual se dirige a su casa.

***

El autillo lanza con voz estentórea su reclamo, y la luna menguante cuelga sobre El Valle cuando dos figuras se alejan del poblado. A sus espaldas llevan un costal con algo de comida para pasar el día. El sol les descubre caminando a los pies de la cadena montañosa que resguarda al valle y lo alimenta con el río que nace de sus entrañas. El ascenso les llevará buena parte del día, pero acompañan su caminar con cantos alegres sobre las aventuras de héroes desconocidos que nunca visitaron El Valle, ni conocen sus poblados, ni están interesados en hacerlo. Sin embargo, cantar resulta divertido, aleja al miedo y al cansancio, que se hace más acusado conforme el calor de la jornada va a más.
La pareja, que ha hecho un alto en el camino para comer algo, divisa a lo lejos unas figuras que sólo pueden ser los buitres que han encontrado algo que comer. Aluia empieza a pensar si no habría hecho mejor ignorando al fantasioso de Iriam y si no habrán perdido la oportunidad de capturar uno de esos buitres. Hoy, incluso, le parece ver algún que otro buitre negro entre las circunvoluciones que les acercan de cuando en cuando a la montaña.
– ¿Queda mucho? –se atreve a preguntar finalmente.
– Bastante. ¿Qué pasa, ya estás cansada?
– Por supuesto que no, sólo preguntaba –y para corroborar su afirmación se pone en pie–. ¿Vamos ya?
– Venga.

***

La tarde empieza a declinar cuando llegan a una hoya cercana al pico más elevado que se puede divisar desde el poblado. En su fondo, una laguna de heladas y negras aguas remansadas les invita a beber. Aluia se acerca a Iriam, que está llenando la cantimplora.
– Empieza a refrescar –dice, y se golpea fuerte los brazos, que mantiene cruzados abrazándose a sí misma.
– Era de esperar. Espérate a que descendamos y verás.
– Pero primero veremos el nido, ¿no?
– Por supuesto, pero ahora acamparemos aquí. Es peligroso que nos anochezca mientras escalamos el pico.
– ¿Acampar? ¡No me dijiste nada de acampar! –Aluia se muestra irritada–. ¡Mis padres me matarán, no les dije que pasaría la noche fuera! ¡Ni siquiera saben que subimos a la montaña!
– Pues ahora puedes hacer dos cosas: o bajas, o te quedas. Es tu elección.
Iriam comienza a deshacer su hatillo para preparar el lecho, mientras Aluia se aleja enfadada. Iriam se acurruca, se tapa y cierra los ojos.

***

Iriam se despierta cuando oye crepitar el fuego, abre los ojos y, ya tranquilo, se despereza trabajosamente.
– ¿Pensabas dormir mucho más? –Aluia parece enojada, pero sus ojos verdes parecen desmentirlo–. Vamos, o no llegaremos nunca. Y espero de verdad que merezca la pena.
Iriam desayuna con avidez y se lame los dedos al terminar. Juntos, Aluia e Iriam, parten en dirección al pico.

El ascenso es duro, y las manos y rodillas nuestros jóvenes héroes sufren lo indecible. Las yemas y nudillos aparecen arañados y despellejados, las pantorrillas comienzan a acusar las agujetas de la caminata del día anterior y los infinitos rasguños de las aulagas hacen mella en su ánimo, pero continúan subiendo sin descanso. El último trecho es el más duro, y sólo a media mañana consiguen llegar hasta su destino.
– Mira, allí está –señala Iriam–. ¿Lo ves?
– No, no consigo verlo.
– Allí, donde la veta rojiza.
– ¡Sí! ¡Lo veo! –Aluia se muestra mucho más animada–. ¿No es un poco pequeño? –pregunta con suspicacia.
– No, no lo es. Desde aquí puede parecerlo, pero es grande. Lo suficientemente grande. Vamos.
Van bordeando el pico, y descienden por su cara norte, acercándose a su gemelo, que queda oculto por éste cuando se mira a las montañas desde El Valle. El nido va creciendo de tamaño conforme se acercan, o al menos es la apreciación que tienen. No parece estar ocupado, o al menos no divisan movimiento alguno en el interior. Cuando llegan al lugar más cercano que les es posible alcanzar, ascienden un poco para quedar en una posición privilegiada, frente al nido y algo elevados respecto al mismo. Allí apostados pueden ver el interior, y ahora sí, un par de bultos de críptica piel que les hace parecer de pura roca se mueven un poco, y vuelven a la inmovilidad.
– Ahí los tienes –susurra orgulloso Iriam–. Dos espléndidos ejemplares.
– Dos dragones de roca –Aluia no puede contener la emoción–. ¡Era cierto!
– Por supuesto que era cierto. ¿Qué te creías? –Iriam parece mostrarse enfadado, aunque Aluia sabe que sólo está fingiendo–. ¡Mira!
Uno de los pequeños dragones ha abierto los ojos. Les contempla con su mirada de oro fundido. Las ancianas siempre dijeron que el ojo del dragón de roca es puro magma en ebullición, y que es capaz de convertir en piedra al hombre que intente darle caza. Aluia, embelesada, le mantiene la mirada. El dragón no parpadea, limpia su ojo con la membrana nictificante, y al cabo de unos minutos lanza un curioso silbido. Su hermano, que permanecía dormido, despierta alertado y extiende sus pequeñas alas mientras acompaña al grito de su hermano.
– ¡Aluia! ¡Al suelo! –grita Iriam mientras tira con frenesí de la mano de Aluia.
Ésta se ha levantado y permanece ajena al sonido del batir de unas alas de cuero que parecen acercarse. Finalmente se deja arrastrar, y ambos se mimetizan como pueden con el suelo rocoso. Un dragón de roca adulto, uno de los padres de las dos criaturas que permanecen en el nido, se acerca portando en sus garras el cadáver de un ciervo. Se posa junto al nido con una suavidad que parece imposible en un animal de su tamaño, y comienza a alimentar a su prole. Aluia e Iriam no pueden dejar de mirar, fascinados ante la escena que se representa a sólo unos metros de ellos. Saben que su vida corre peligro, que si el inmenso dragón de roca les descubriese con sus acerados ojos terminaría con ellos. No puede permitirse que descubran su nido. No ahora, no cuando quedan tan pocos. Lo que no sabe, lo que ni tan siquiera puede imaginar es que a Aluia e Iriam tendrían que sajarles la piel y los músculos para arrancarles una confesión, y que ni tan siquiera así podrían conseguirlo. Ellos sí lo saben, y permanecen abrazados y asustados, con lágrimas en los ojos ante la maravilla del secreto que comparten ahora y que nadie les podrá arrebatar.

miércoles, 5 de agosto de 2009

¡Más madera!

Houston, tenemos un problema. Y bien gordo, además. El fin de semana pasado, como ya anunciaba en alguno de los comentarios, Azote ortográfico y yo anduvimos por Valencia porque ella trabajaba en unos asuntos relacionados con la celebración en esta mediterránea ciudad de la Campus Party 2009. Decidiendo optimizar al máximo el escaso tiempo que pasaríamos en la ciudad, y ya que conocía las librerías París-Valencia con anterioridad (gracias a ellas me hice con las Segundas Crónicas de Thomas Covenant a través de Internet), nos pusimos a hurgar en su fondo bibliográfico encontrándonos con alguna que otra grata sorpresa. Así, antes de partir ya teníamos encargada una buena remesa de libros, y aprovechando la mañana del sábado, durante la cual los participantes de la Campus dormían el sueño de los justos (como antítesis del desvelo de la SGAE), aprovechamos para hacer una escapada y conocer la librería en la que debíamos recoger el pedido.

La librería París-Valencia (al menos la que pudimos ver, sita en la calle Pelayo) me recordó a la ya finada librería Urbano de Ocasión de Granada. Estantes hasta el techo, rebosantes de libros en ediciones de saldo, que parecían cerrarse en un laberinto del que con gusto no habría salido en todo el día, el olor a papel cansado, de libros con muchos años a sus lomos, coexistiendo con alguna que otra novedad editorial, un caballero que nos atendió con esmero y trato agradable, una librería magnífica, sin duda alguna.

De la excursión trajimos unos pocos libros. De ahí lo de Houston y la referencia al problema. Y es que aunque pensaba que con mi flamante Papyre iba a conseguir limitar el número de libros que venía comprando al mes, la verdad es que de lo único que he sido capaz ha sido de redirigirme hacia otro sector editorial, obviando un poco las novedades –al menos hasta que se hacen merecedoras de crédito-, y tirando mucho más de librería de saldo o de títulos que me llaman especialmente la atención (fundamentalmente relacionados con la Historia y la Biología).

En cuanto a la “caza” en sí misma, por un lado Azote, que sigue con su afán de aprender catalán, se hizo con una serie de libros de texto de la añorada EGB (Català amb els clàssics) que parecen ofrecer un curioso acercamiento a esta lengua desde la revisión de textos de autores clásicos. También consiguió el libro Contes per Vells Adolescents, de Miquel de Palol, y una hermosísima edición bilingüe (inglés-catalán) en dos volúmenes de una selección de poemas de Ausiàs March, con su estuche grabado y todo.

Por mi parte, me hice con títulos de todo tipo. Desde un ejemplar de El caballero del puente, de Wiliam Watson, hasta la tetralogía de las Nieblas de Avalon, de Marion Zimmer Bradley, pasando por la divertidísima novela de ciencia ficción Estado crepuscular, de Javier Negrete, las experiencias ornitológicas que comparte Tito Narosky en Entre hombres y pájaros, la fascinación por los océanos que plasma Rachel L. Carson (la conocidísima autora de La primavera silenciosa) en El mar que nos rodea, un libro de texto universitario sobre Paleoecología y, por último, la obra teatral A mitad de camino, de Peter Ustinov (exacto, el famoso actor que interpretara de forma extremadamente personal al Hércules Poirot de Agatha Christie, a Nerón en Quo Vadis?, y dirigiera a Sofía Loren y a Paul Newman en una de las últimas superproducciones de Hollywood: la adaptación de la novela de Romain Gary, Lady L).

En resumen, un buen surtido de títulos por poquitos euros, una librería que os recomiendo descubrir, y mucha lectura por delante.

¿Leemos? ¡Adelante!

martes, 4 de agosto de 2009

El lector

Cuando el joven Michael Berg enfermó y dejó de ir unos días a clase no podía imaginar que conocería a una mujer que cambiaría su vida. Al pasar cerca de la casa de Hanna Schmitz sufre un vahído y es ésta quien le socorre. Instado por su madre, pasa a agradecerle la ayuda cuando se ha repuesto, y será entonces cuando su atracción por ella le lleve a cometer una pequeña locura: convertirse en su amante. Se acerca el fin de curso y es Hanna quien insiste en que Michael saque adelante el curso, a pesar de haber perdido unas semanas por mor de su enfermedad, y a cambio le permitirá seguir viéndola. Se establece entre ellos una estrecha relación, y Michael descubrirá en los brazos de Hanna el dulce sabor del amor y el sexo, así como los misterios de una personalidad voluble, inquieta, inescrutable. Los malentendidos se suceden a causa de ésta, y ante la imponente figura de Hanna, Michael se repliega y termina por doblegarse a su voluntad.

Michael comienza a leer libros para Hanna, a ella le gusta su voz y la forma que tiene de contarle las historias que contienen aquellos. Así se suceden días de felicidad para ambos, entre baños, sexo y lectura, que tocarán su fin de forma abrupta cuando Hanna desaparezca de la ciudad.

Pasa el tiempo, y el segundo acto de este drama se desarrolla durante la juventud de Michael. Está estudiando Derecho y visita, junto a su profesor y unos compañeros, el juicio al que están siendo sometidas unas mujeres colaboradoras con el régimen nazi. Allí descubre a Hanna, que está siendo imputada de los máximos cargos y que apenas sabe defenderse. Atando cabos, Michael descubrirá el secreto de Hanna, y aunque gracias a ello sabrá que no es tan culpable de los actos que se le imputan como podría parecer aunque, por supuesto, tampoco es inocente. Michael intenta romper con su pasado, sabe que podría ayudar a Hanna, pero también es consciente de que no es lo correcto, si ella no quiere ayudarse a sí misma.

Finaliza el libro con las palabras de un Michael ya adulto, divorciado y padre de una hija, que intenta mediante la catarsis de la lectura en voz alta purgar sus miedos y alejar a los fantasmas de su pasado. Sin embargo, comienza a grabar sus lecturas, y decide enviárselas a Hanna. Pasan varios años hasta que recibe una respuesta por su parte, y habrán de pasar más aún hasta que se decida a visitarla y saber qué siente por ella.

El lector, novela de B. Schlink no es precisamente reciente, la escribió en 1995 y fue un éxito internacional, llegando a ser traducida a 39 idiomas. Sin embargo, hasta la fecha no había sabido de ella. Me llamó la atención hará un año, cuando debido a su adaptación cinematográfica comenzó a sonar nuevamente el título del libro y leí un poco sobre su argumento, y he aprovechado la última semana para ir intercalando su lectura. La verdad es que me ha gustado mucho la forma que tiene el autor de ir introduciéndonos en el pensamiento de Michael durante las tres etapas de su vida que nos muestra: su adolescencia, juventud y madurez, los dilemas internos que le causa su relación con Hanna o el conflicto generacional entre los alemanes que vivieron, sufrieron o toleraron la guerra y la inmediatamente posterior, centrándolo fundamentalmente en la relación de Michael con su padre (algo que también queda reflejado magistralmente en la novela gráfica Maus, de Art Spiegelman).